miércoles, 10 de julio de 2013

El rey ratón

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ratón. Ladrón cobarde. Depredador de los animales y del medioambiente.

Había un rey, Enrique el Pajarero, un buen maula, taimado y bellaco, que da propina a criado ajeno, tramposo, embustero, trápala, haragán, que se regocijaba a causa de la caza. El era un dios impuesto por el fuego y por las armas, bendecido por el gurú de la tribu, matachín y jifero, el Enano del Envoltorio, quien se le encontró entre zarzales, loberas y cunetas, en Mataburros, ciudad del aguardiente, donde usan poner colgado de la ventana un manojo de ramo verde sobre la puerta, como señal de vender vino tinto, y un paño de lino doblado como señal de blanco. Esto fue como un milagro, pues cayeron ese día mucho pedrisco y grilletes, con la marca de los detalles del paredón y la cuneta, que se vio a unos ladrones sacando a deshora la ropa y el ajuar de una casa; llegando la justicia de Ronda y preguntando:

-¿Qué gente?

Respondieron:

-Se ha muerto aquí un vecino y pasamos el hato de la viuda a otra casa.

Dijo la justicia:

-Pues, ¿cómo no lloran?

A esto dijeron:

-Mañana llorarán.

Que cuentan que esto mismo dijo en Búe de la Aldehuela, un aldeorrio o lugarejo feo y miserable, el Enano del Envoltorio, quien, cuando eructaba, las rocas y las aguas se cubrían de calaveras, y que nadie escapó a su vil garrote y sus cerrojos, tan sólo los cangrejos autóctonos y dos abuelas aparecidas en la segunda noche del segundo día de la tercer tormenta, cuando se terminó el día del combate y se fueron del pueblo centenares de gentes y la tierra volvió a verse pariendo brujos y políticos con cabeza de adobe grueso.

Corría el mes de Abril, cuando se da choca o cebadura al azor dejándole pasar la noche con la perdiz que voló, y las dos abuelas, con la barriga del tamaño de la tierra, vieron al rey Ratón, matante, marchando a la caza del elefante más allá de aquellas montañas, en Matabelos, nación indígena del África Austral, perteneciente a la raza cafre, olvidada la matacán o liebre ya corrida por los perros. Se le vio con catetómetros, aparatos provistos de un anteojo y un nonio, instrumento matemático que sirve para apreciar dimensiones lineales o angulares muy pequeñas, para medir pequeñas dimensiones verticales, y con la mochila de siete nudos, más el ojeador, que ojea la caza y la acosa, guía indígena y cafre que le guiaba y que se alababa de que le había hablado el rey; y preguntado por qué le había dicho, respondió que le dijo: - “Alza la lanza, necio”, siguiendo al elefante indefenso hasta la mata. Y, pin, pan, pun, tiro en la nuca y elefante muerto.

Mientras un Burro Pandero, obispo de anillo, junto al Adda, río de la Lombardía, afluente del Póo, que pasa por el lago Como, y en sus orillas ganó en el siglo III a.c. el cónsul Flaminio una gran batalla a los Galos, pronunciaba un sermón en el que alababa la acción del monarca y avisaba con gozo que el Enano del Envoltorio regresaba de su tumba con poder sobrenatural, y sin más ni más el rey le nombraría Gurú mayor del reino.

Si algo distinguía al rey Ratón era que, por encima de dimes y diretes, él podía hacer con su cuerpo y vida lo que le viniera en gana. Siempre hizo sus necesidades cuando más deseoso estaba de ellas. Y, mientras lo hacía, cantaba hablando por boca de ganso:

“Abájanse los adarves y álzanse los muladares”.

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