viernes, 26 de julio de 2013

Emborracharse

Gustavo E. Etkin (Desde San Salvador de Bahía, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sin darse cuenta, poco a poco, Dalmiro empezó a emborracharse.

Al principio bebía una copita pequeña de caña. Era solo para sentir su gusto en la boca. Después, un poquito más. Después dos. De querer sentir su sabor fue pasando a procurar su efecto: marearse. Hasta que una vez tambaleó. Y otra vez tropezó con una silla. Ahí se dio cuenta que no podía pasar un día sin tomar. Que estaba empezando a quedar dependiente. Y borracho. Curda. Todos los días.



Él, que siempre despreció a los borrachos. Que bebían porque no tenían otra cosa que hacer. En que pasar el tiempo haciendo algo que les guste. Lo único que les gustaba, su máximo placer, más que coger y comer, era beber. Chupar.

Además, el alcohol es una droga lícita. Aunque nunca tuvo claro cuál es la diferencia, el criterio que diferencie una droga lícita de una ilícita. Porque si se trata de la dependencia, de no poder pasar ni un día sin ella, eso es lo que le estaba pasando con el alcohol

Hasta que se dio cuenta de una cosa. Como dice el tango Nostalgia: “quiero emborrachar mi corazón para olvidar un loco amor, que más que amor es un sufrir”. O sea emborracharse para olvidar cosas. El pasado. Y tampoco pensar en el futuro que, como para todos, es la muerte. Solo acentuar el presente. Lo que se ve y lo que se escucha ahora.

Con el tiempo se fue dando cuenta de una diferencia. Una cosa era el efecto de la bebida, quedar curda, y otra el placentero momento de tomarla. Sentirla en la boca.

Y ahí se preguntó que le gustaba más. Que es lo que buscaba al beber. Si el momento de sentir la bebida en la boca, tal vez parecido a lo que sentía cuando chupaba la teta de su mamá, o su posterior efecto encurdelante.

Se dio cuenta que las dos cosas. Pero sobre todo poder olvidar el pasado.

Y no pensar en el futuro.

Solo el aquí y ahora.

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