miércoles, 31 de julio de 2013

La Yopalera de Provincia

Alberto Pinzón Sánchez (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Luis había nacido 30 años antes en Provincia. Su infancia corrió suelta como la mayoría de los niños del poblado, entre la asistencia a la escuela pública, los baños en el río con sus compañeros de edad y las excursiones a los alrededores para cazar pájaros y hasta pequeños animales, con tiros certeros de pequeñas guayabas muy verdes y redondas, disparadas con potentes caucheras u hondas de caucho. Desde siempre y continuamente, Luis alardeaba sobre su abuelo, el general de la guerra de los mil días Flavio Pinzón.

Cumplidos los 15 años, su padre un abogado de mediana edad, bastante aficionado a las bebidas embriagantes y al juego del billar en el café del pueblo, lo llevó a la capital del departamento para presentarlo al comandante de la Brigada Militar y protocolizar su ingreso a la escuela militar de cadetes, donde pudiera continuar sus estudios y hacer una verdadera carrera militar.

-Mire don Luis, le dijo el coronel comandante de la Brigada, el cupo de cadetes es muy limitado y desafortunadamente ya está copado. Pero no se desanime, le voy a dar una dirección de un amigo en Bogotá para que lleve al muchacho y allá seguro le darán destino.

Una semana después de un largo y complicado viaje, don Luis y su hijo homónimo se presentaron a la imponente casona de ladrillo rojo y puertas negras ubicado en la carrerea cuarta con calle octava de Bogotá, preguntando por el director, quien los recibió después de leer la carta de recomendación enviada por el comandante de la Brigada departamental.

-Muy bien don Luis, dijo el director en una muy corta entrevista, déjenos a su hijo que nosotros cuidaremos de él y lo haremos un hombre de la patria, de quien usted seguro se sentirá orgulloso. Y ahora discúlpeme porque debo atender unos asuntos políticos muy importantes. No hablaron más. El director llamó a su asistente, le dio la mano de Luis diciéndole que le diera una dotación completa y le asignara un catre con los otros reclutas.

Luis con los ojos un poco aguados y con un nudo en la garganta que le dificultaba las palabras, alcanzó a darle una palmada en el brazo a su padre en señal de despedida. -Obedezca mijo, y no vaya a hacer quedar mal la memoria de su abuelo, alcanzó a decirle su padre mientras lo miraba con resignación.

Una muda de ropa de servicio, un catre de hierro oxidado, desfondado y remendado con alambres, dos juegos de sábanas y cobijas y un pequeño armario de metal verdoso llamado “locker”, fue su dotación. Luego peluqueada al rape estilo “schuler”, presentación a sus compañeros de entrenamiento y automatización de los horarios y rutina. -Mi hermano; son tres años sin volver a casa, le dijo uno de los 15 compañeros de entrenamiento que ocupaba el catre de al lado.

Luis asimiló pronto las actividades diarias: levantada a las 5 de la mañana, desayuno de una taza de aguapanela con leche y dos mogollas. Limpiar y trapear los baños, sanitarios y dormitorios. Tres horas de clase teóricas y dos de práctica. Una alimentación basada en sopas de maíz o caldos de papa con hueso, un pedazo de carne sancochada, arroz, frijoles, alverjas papa, yuca o plátano y aguapanela. Luego una horade de armamentos, balística y tiro desde corta distancia. Tres horas de deportes a escoger entre básquet o microfútbol. Gimnasia o levantamiento de pesas. Boxeo o lucha libre, o trote en el patio central. Refrigerio nocturno. Lectura obligatoria de una hora en la biblioteca y, acostada. Así pasaron planos los tres años y Luis recibió el diploma que lo acreditaba como detective de Colombia.

Además de la disciplina perruna y a ser un excelente gatillo, Luis había aprendido historia sagrada o bíblica. Historia militar y política de Colombia. Técnicas de interrogatorio. Identificación de personas y dactiloscopia. Grafología y documentos. Fotografía y recolección de pruebas. Capturas y allanamientos. Seguimientos, vigilancia y obtención de información. Misiones especiales, mecánica automotriz, y sobre todo espionaje e infiltración, tanto adentro como afuera.

Después de la graduación como detective, Luis hecho ya un adulto, regresó a Provincia a visitar a sus padres y familiares. El clima soleado con un viento tibio y suave oloroso a maderas y bosque, fue un fuerte contraste con los cuartos y sótanos húmedos y oscuros, podridos y olorosos a residuos humanos descompuestos, de la academia del servicio de inteligencia colombiano. Una vez llegado y casi sin darle tiempo a que se acomodara en casa, su padre le dijo que don Gabriel, contando con la aprobación del comandante de la Brigada Militar ya le tenía trabajo. -Debes ir donde él y ponerte a sus órdenes, le dijo su padre con premura.

Saludó con nostalgia algunos amigos de antes, pero de inmediato se dirigió a la casona de don Gabriel situada en el marco de la Plaza, a un lado de la iglesia. Allí lo estaba esperando él con una cerveza. Don Gabriel era hombre de cierta edad, rechoncho y no muy alto; de ojos vidriosos y desapacibles, un poco hundidos entre su cara y adornaba su labio superior con un bigotico cenizo como su pelo, y la boca con una comisura labial de desprecio. Gabriel Vela Bustamante era un capitán retirado del ejército, llegado a Provincia20 años atrás como alcalde de la dictadura militar; se había casado con una hija de un rico ganadero y hacendado de Provincia y había echado raíces en el pueblo.

– Muchacho, le dijo dándole unas palmadas en el hombro; de ahora en adelante usted es mi guardaespaldas. Será como mi sombra. Queda encargado de mi seguridad. Por lo demás, plata y eso, no se preocupe. Eso ya está arreglado.

Luis turbado y ansioso agradeció la designación, y con cierta pretensión le respondió que no se preocupara, que trataría de hacer su trabajo lo mejor posible. Pasados unos meses de prueba, don Gabriel le pregunto a Luis si conocía el árbol de “Yopo”. Si lo conocía y muy bien. –Entonces tome este sobre con billetes y se va a Bogotá a averiguar en cuanta biblioteca exista todo lo relacionado con ese árbol y en tres meses lo espero. Es un negocio muy grande y prometedor -No se preocupe don Gabriel, aquí estaré.

A pesar de no existir mucha bibliografía, Luis se dio mañas de averiguar lo fundamental sobre el árbol del Yopo. Juntó todos sus apuntes y tomó el bus destartalado nuevamente hacia Provincia. De inmediato le dio informe a don Gabriel, quien lo oyó extasiado:

-El árbol de Yopo, le dijo, es muy conocido desde antes de la llegada de los conquistadores españoles en América del Sur y el Caribe con diferentes nombres. Existen dos variedades importantes, pero la que se da en los Llanos colombianos se denomina Anadenatha Peregrina, o Piptadenia, y tiene tres usos: uno, como sombrío para pastos de ganadería extensiva, especialmente la braquiaria, además sirve como cerca viva para los potreros ganaderos. Otro, como leña para los asaderos de carne que hay en las ciudades, por el sabor especial que sus humos y sus brasas dan a la carne a la llanera y tres, como alucinógeno precolombino usado por los indígenas de la llanura Orinoquica, debido a los alcaloides triptamínicos, especialmente la Bufotenina, o 5 hidroxi dimetil triptamina, o DMT, sustancia usada en Psiquiatría como medicamento anti depresivo con el nombre genérico de Amitriptilina.



- Luis, eso que usted acaba de decir, constituye un secreto el más verraco, dijo don Gabriel abriendo los ojos y pasándose las manos por entre el pelo grisáceo. Luego moderando su vehemencia agregó- Así pues que tiene que quemar todos esos papeles o guardarlos en donde nadie los encuentre, porque ese es el negocio del que le hable y que vamos a hacer. Voy a sembrar de Yopo mi finca Pocoapoco. ¿Conoce mi finca Pocoapoco, la que queda en la llanura más allá del rio? Si la conozco don Gabriel. – Bueno, ahí voy a sembrar todo el Yopo que se pueda. Con esos palos vamos a proveer de carne y de leña a los asaderos de carne de la región y si es preciso, la mandamos hasta Bogotá, y las pepas, o semillas que llaman, esas carmelitas, de donde los indios sacan el alucinógeno para inhalar, ya el laboratorio gringo que produce esa droga nos ofrece comprar todas las existencias ¿Cómo la ve? ¡Uy don Gabriel! Eso es mucho, fue lo único que se le ocurrió responder a Luis.

En tres años don Gabriel le cambió el nombre a la finca Pocoapoco, denominándola ahora “La Yopalera”. Al lado de la casa tradicional de palma con piso de tierra para los vaqueros y demás empleados temporales, construyó al lado de un riachuelo una casa de ladrillo bastante cómoda y aireada de techo de palmas y piso de cemento, con un cuarto aparte con servicios para huéspedes y encargó a Luis de toda su administración. El ambiente plano de horizonte abierto y sin límites, de pajonales ralos, cortado ocasionalmente por algunas matas de monte con palmeras de moriche y otros arbustos olorosos, regido por periodos de vientos y lluvias, seguido de un sol canicular, seco y abrasador bastante diferente al de Provincia, fue su primera adaptación. Luego vino el acomodo a la comida a base de plátano y carme, a moverse a cualquier parte a caballo y a familiarizarse con la llamada ganadería práctica. Luis dividió el tiempo entre las labores de administración de la hacienda, preparación del vivero de Yopo para la arborización y en excursiones de exploración a la inmensidad de la llanura vecina. Conoció e hizo amistad con Pedro Espinosa, el rústico y analfabeta ganadero tradicional más rico del vecindario. A los hermanos Riobueno en cuyo fundo aún existía los restos de un resguardo muy antiguo, talvez colonial, de indios guahibos en extinción y más allá, el rio gigantesco, amarillento de orillas arboladas con barrancos rojizos.

Con todos entabló relaciones cordiales y serviciales, pero su atención se centró en los indios guahibos, a quienes visitó con cierta frecuencia llevándoles regalos especialmente de carne en tasajo y herramientas de metal; hasta que finalmente el jefe del grupo indígena lo autorizó a participar en una ceremonia para fumar Yopo con toda su preparación y ejecución: desde el secado de las semillas carmelitas al sol, su trituración y pulverización con cenizas del mismo árbol; el inhalador hecho del hueso hueco y bifurcado del ala de la garza morena adaptado con cera y goma, el cepillo de cerdas de Váquiro para juntar el polvo en la totuma ritual , y el recipiente para el almacenamiento del rapé preparado y listo para inhalar.



Luis temeroso o precavido no inhaló aquel rapé, sino hasta después de haber observado varias veces las reacciones que este producía en los indígenas. Finalmente pudo comprobar que después de un momento no muy largo de distorsiones ópticas y alucinaciones visuales y mucha sensación de sed, o sequedad en la boca, venía un momento de molestia, irritabilidad o desagrado, que podía convertirse en agresividad súbita.

Después de un tiempo de haber arborizado con Yopos varios cientos de hectáreas, empezaron a llegar visitantes traídos por un enviado de don Gabriel; la mayoría eran doctores extranjeros, que venían con muchos aparatos de laboratorio, microscopios, tubos de ensayo, frascos y cámaras fotográficas. No permanecían más de una semana y así, silenciosamente, como habían venido en sus yips se marchaban.

Dos años después de estar Luis plenamente adaptado al ambiente llanero de la finca y de sacar mensualmente por el carreteable que la unía con Provincia, un camión con novillos cebados, varias cargas de leña y muchos paquetes de semillas carmelitas de Yopo, hubo un acontecimiento sorprendente:

Llegó hasta el lado de la casa un helicóptero, del cual descendieron el amigo de confianza de don Gabriel y un señor extranjero con gafas oscuras y una cachucha de beisbolista con visera larga, que hablaba muy poco castellano. El enviado de don Gabriel le entregó a Luis una nota suya firmada, diciéndole que se pusiera a órdenes del señor extranjero y viajara con él hasta donde él lo llevara. Era un asunto muy importante del negocio del Yopo que hacía necesaria sus conocimientos y su presencia. Luis no dudó. Arreglo un maletín de plástico con alguna ropa y efectos personales; se despidió de la entristecida mujer que le cocinaba y ampliamente le servía. Luego de los trabajadores temporales diciéndoles que pronto regresaría y se subió al helicóptero, con la misma tripulación que había venido.

Quince años después de que aquel helicóptero misterioso se elevara de la finca la Yopalera en medio de un remolino denso e irrespirable polvo y yerbas secas; ni familiares, ni nadie, sabe dónde está Luis, el detective oriundo de Provincia aficionado a la antropología.

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