miércoles, 3 de julio de 2013

María Elena perdió por knock-out…

Carlos Albertgo Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay quienes piensan que un santo es alguien que va a sufrir martirio. Un hombre cuya lógica no va a funcionar con el mundo rigurosamente práctico. Hay quienes piensan que el hombre es santo “per se”.



Hay quienes esperan que esos santos sean tan poco terrenales que tengan ya un pie en el cielo y naturalmente entienden por cielo lo contrario a la tierra.

Separan lo material de lo espiritual con pasión por el orden y la gente disciplinada que conoce su sitio.

El susurro, en la memoria, concluyó con el teléfono aterradoramente cantarino.

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Yon fue telegráfico, aunque parezca una antigüedad.

-Vamos a vigilar las trampas, te espero en “la oficina”, si no están Osvaldo o Lucas, puede que si Natalia o Christian, ellos sirven, por las dudas me demore., dijo y cortó.

Jorge a veces tiene razón, cuando cree que soy un holograma. Me cree menos cuando le cuento de “la nave de los locos”.

Puedo perdonar pero no fiar y es otro tema, aunque el vasco, otra vez, se llevaba mi dedicación obsesiva a la memoria de su madre.

Era temprano y estaba destemplado, me pasa cuando me sorprenden con destiempos y esta era una de las veces.

El jugo de naranja con vodka, olvidado por alguien, no pudo aplacarlo.

Salí para abordar la combinación 548, tren, Lomas.

En “la oficina” la cristalería era refulgente.

Blonda como un sol, algo que me rescató de ausencias, esperaba “la bichu”, detrás de lentes acorazados y demoledores, para mí.

Justo cuando estaba por preguntarle, apenas entré, por “Kikino”, el superbebé, en realidad casi un violador de barrio, pero para las madres el tiempo es una mariposa y por “tano”, su “peor es nada”, me paralizó la torre de medio kilo de cremas heladas, que son en realidad su amor desenfrenado, donde hundía la cuchara golosa, amarrada por su mirada glacial. Mucho menos podía pensar en preguntar por “Fanta” y “shara”, las perras que alborotan la frontera.

Es que ella vive en Lomas, de Santa Fe “para allá”, donde el camino negro parece el último bastión. De allí en más, las buenas gentes y las otras se confunden entre peajes rigurosos, bandas, tribus, barras, caricias de manos agrietadas, bullicio cuartetero y entrenamiento para recibir “la bolsa” de lo que sea y venga de donde venga, “laburos” de dudoso cobro, changas que se pierden a la vuelta, en un estaño y si se zafa, queda el “arrebato” traidor y de “últimas”, para perder. Bucólico paisaje, ¿no es cierto?, me preguntaba cuando entró Yon.

-“La bichu” es una de esas flores que atrae, mariposas, moscas, moscardones y hasta abejorros ruidosos, bullangueros, con el taladro listo-, enumeró Yon, como si hubiera algo que disculpar. Se enfrascaron en una charla privada y yo me perdí, cuando no, en otra divagación.

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La única forma de que pueda ser yo mismo, es destrozando las cosas.

Nunca voy a escribir un libro que deje satisfechos a los editores.

He escrito demasiados libros.

Millones de palabras… todas en la cabeza.

Allí resuenan como monedas de oro… claro que sólo para mí, pensaba, cuando atrapé fragmentos de las historias que, después, el vasco me iba a repetir pausado, como a un niño algo duro de entender.

“La mujer dorada” ganó una beca en “Bellas Artes”, las artes no son tan bellas, resulta que ya va por el segundo año que, cuando concurre a retirar el premio, le dicen que cambiaron el destino.

-¿Cómo es eso?, preguntó Yon.

-Sencillo… la beca gratuita para pintura “no corre”. Si querés poder anotarte en otra disciplina, fotografía por ejemplo, pero para seguir tu carrera en la plástica, tenés que pagar, como si nada, “¿que tul?”-, contó la rubia.

-Perpetua-, masculló el vasco.

-Por robar esperanzas y el IVA de las ilusiones, ¡esto no se trata de “guita”!, dijo furioso.

Yo miraba fieramente los croisson´s tostados, rebozantes de roquefort con techos de crudo, para digerir un shirah espeso. Inspiré, resignado, y me zambullí.

-Hay quienes creen que el mundo material es ilusorio y el cielo un nombre para el olvido personal-, me dijo masticando lentamente, mientras la rubia naufragaba en un lemon pie, porque tenía rollo, seguro.

-El “quid” estriba en que, en este difícil viaje de la ilusión al olvido, cualquier cosa cuenta como práctica, puesto que todas son especulativas-, filosofaba sin pudor.

Me salvó ella, que “corrige” situaciones fácilmente.

-Yo respeto, entre otras cosas, el valor físico-, empezó a contar.

-Suelo detectar cierta hipocresía, cuando se habla demasiado sobre el valor moral-, agregó en un prólogo que pintaba para largo.

-El valor moral huele a negativa-, agregó.

-El físico es como una invitación y me parece franco-.

-Lo encuentro atractivo-.

-El valor físico no carece de moralidad, ¿se entiende?

Yo estaba perdido, como Bin Laden en Manhattan. ¿Cuánto tardaría para contar la historia?, si es que había una historia. Porque si no el “saltamontes”, uno de los apodos del ayatollah, quien sugiere como al pasar las notas en la redacción, me bajaría un poco más la calificación y aumentaría el riesgo “Pa…rodíz.

- En todo caso hablamos del valor moral, como se hallara en un plano humano más alto, pero el coraje físico suele inspirarlo la valentía moral y a menudo no se conocería sin ella-, arguyó la rubia.

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-Quizás podría decirse lo mismo al revés., agregó.

-¿Hasta cuando?-, le recordó Yon.

Ella se recompuso y volvió de la tercera copa helada.

-En el Alende, la cosa no tiene remedio-, empezó.

Esa es buena, pensé, como para empezar.

-En el hospital no hay insumos. Las chicas que hacen el trabajo social “negocian” una leche para evitar la materna, de madres herederas del HIV -, sumó la rubia.

-La ambulancias están guardadas, como alguna vez estuvieron las urnas, porque no pagaron los seguros y las urnas van a quedar guardadas ahora, porque seguro, que pronto nadie las va a querer usar. Eso también es seguro, hablando de seguros y estos no son renovables-, multiplicó argumentaciones.

-La gente tiene que sortear la moneda, si les queda alguna, para tomar el colectivo e ir a atenderse en el Gandulfo. Dos no pueden viajar, sobre todo si son jubilados en matrimonio, institución que, como la familia, va camino de la extinción-, sentenció.

-En eso de faltar todo y sobrar nada, el sábado a la noche, María Elena estaba en la guardia, atendiendo lo que no se podía atender, siguiendo rutinas de medicar con cuentagotas, porque no hay medicamentos, cuando llegó el tipo, nervioso y sin preparación para el rebote. El remedio que buscaba no existía. El cuadro era grave en la casa Treinta cuadras pateadas de ida, rumbo al hospital, buscando la victoria y regreso sin gloria y sin remedio. “Allí se pudrió el rancho”- agregó, después de una cucharada de helado.

-¡Caramba!, la gente no tiene paciencia… y al tipo le atacó la fiebre del sábado por la noche-, prologó ella.

María Elena iba a explicar lo inexplicable, cuando llegó el cross preciso y letal, que se llevó la frágil mandíbula de la doctora y, detrás, su cuerpo desparramado en la sala de guardia, como un exceso más de la necesidad. El tipo se miró la mano dolorida, le regaló la último puteada y se fue-, describió.

-¿Vos creés que alguien se hizo cargo?-, estalló finalmente ella.

-Le contaron hasta mil y todavía duerme-, completó la dolorida.

-Basta para mí, por hoy-, Yon sacudió la cabeza entrecerró los ojos celestes, ahora helados, como la primera nevada de verano, le dio un beso en la mejilla a ella y murmuró.

-Vamos…-, saludó a la gente de la casa, multiplicando mi intriga por el crédito stand by invisible y salimos.

-¿Sabés una cosa?-, me dijo… adoro las monstruosidades góticas de los viejos edificios públicos de Bombay-.

-¿Te acordás del panorama nocturno desde el Arc du Carrousel, a través de la Place de la Concorde y a lo largo de Champú Elysés, con el tránsito atascado en Etoile?-, agregó para no privarse.

-¿O Londres desierta una mañana de domingo cuando resplandece el sol de octubre?-

-¿Y el archipiélago malayo, desde el aire?-

¿Y la punta de la bota de Italia, desde cuarenta mil metros de altura?-, aumentó.

¿La primera vista de Maniatan, desde la cubierta de un transatlántico que remonta el Hudson a última hora de la tarde?

-¿Y el peso del silencio sólo superado por el tamaño de las estrellas en el Valle de la Luna?, completó.

-Si lo sé-, alcancé a contestarle, guareciéndome del chaparrón.

Ese es el capital de las sensaciones, por eso vivir es un oficio, y habrá segunda vuelta, me dijo ese 8 de diciembre del 2001.

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