miércoles, 10 de julio de 2013

Sobre la muerte digna

Fermin Gongeta (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace algunos años que, en el Registro de Voluntades anticipadas del Departamento de Sanidad de Gasteiz, inscribí mi Testamento Vital. Es así como se llama al conjunto de deseos que uno pide que se cumplan cuando, sin capacidad de decidir, su vida está a punto de concluirse sin remedio posible de recuperación.

Hoy, primer día de junio, la noticia la ha puesto de relieve la Junta de Andalucía. Intentan planificar una muerte digna. La información me alegra sin duda alguna. Y no le pongo peros…

Eso no impide que tanto la reseña, como su contenido, me hayan removido las meninges.

Es un tema, el de tener una muerte digna, que me ha preocupado, incluso obsesionado, desde hace mucho tiempo. Y mi conclusión, tanto antes como ahora, es que, difícilmente se puede tener una muerte digna si la vida que uno ha llevado, que no vivido, ha sido en todo punto indigna, inhumana y deplorable. Se muere como se vive.

Nos encontramos en el siglo 21 según el cómputo católico. Al cabo de 21 siglos, los habitantes de este planeta no han conseguido implantar a nivel mundial, un nacimiento digno. Porque ¿cuántos niños mueren al nacer? ¿Cuántas madres fallecen al dar a luz?

Veintiún siglos… como mínimo, y aún la sociedad no hemos conseguido establecer un nacimiento digno a nivel planetario.

Dar a luz, parir y nacer, con dignidad, es decir en toda seguridad sanitaria y sin sufrimiento, sigue siendo en el mundo un privilegio reservado a una minoría, a menos del 20 por ciento de la población.

Nacer con dignidad. Vivir con decoro y sin angustias, para poder morir humanamente.

Porque aún no somos conscientes de que la muerte no deja de ser un momento, un instante, una ficha más del puzle de nuestra vida. Sin duda la más diminuta que no sabemos cómo ni dónde colocarla.

Nacemos involuntariamente. Y nuestra vida entera nos la han arrebatado hasta tal punto que nos hacen incapaces e impotentes. Nos destruyen implacablemente si intentamos subsistir en libertad. Nuestro destino ya no es nuestro; desde el inicio.

Por un lado porque nos lo han arrebatado. Y por otro lado, acostumbrados al servilismo político, somos incapaces de tomar decisiones determinantes y vitales, lo mismo individual que colectivamente.

¿Y la muerte?

Si nos matan los poderes públicos, lo hacen legítimamente, que para ellos equivale a hacerlo humana y moralmente.

¿Los poderes públicos? Sí. Los políticos, los banqueros, los grandes empresarios, los eclesiásticos. Ellos constituyen el núcleo de los poderes públicos, apoyados por la policía, militares y carceleros.

Y… me cuesta decirlo, pero también, reforzados por nosotros mismos, por todos nosotros, incapaces de responder a sus agravios y taques permanentes. Es nuestra pasividad la que sirve de excusa y trampolín a los poderosos para cometer todo tipo de atropellos, a los que desgraciadamente nos tienen acostumbrados.

Morir dignamente es imposible sin haber vivido con honorabilidad y decencia.

Según la Planificación de una muerte digna, aquel que se halla en peligro inminente de muerte, ha podido decidir previamente, el grado de deterioro de conciencia que está dispuesto a aceptar, así como el nivel de dolor.

Es bueno, lo confieso. Es digno y saludable. Relajante para los humanos, si es que los poderes públicos y las instituciones sanitarias lo realizan con seriedad y respeto.

Nacer, vivir y morir. Esa es nuestra trilogía.

No puedo creer que quienes imponen condiciones drásticas a mi nacimiento y a mi vida, estén dispuestos a aceptar la dignidad que yo preciso para mi muerte.

“¡Líbrame Señor, de una muerte súbita e imprevista!” Cantan aún clérigos católicos y penitentes.

Lo alarmante es que ese pensamiento ha sido aceptado y legislado por los hoy denominados gobiernos democráticos, y una gran parte de sus instituciones sanitarias.

En el fondo de la súplica religiosa, y de la concepción política, subyacen dos conceptos. El primero es que todos los humanos, salvo la jerarquía eclesiástica y los políticos, llevamos una vida pecaminosa y depravada, merecedora del fuego eterno. Por ese motivo necesitamos una muerte más lenta que nos permita el arrepentimiento y la confesión con el fin de esquivar el fuego eterno.

La segunda idea que soporta la repulsa y terror a la muerte repentina, es que la Iglesia católica y romana ha inculcado la idea de que el dolor purifica. ¡Cuánto más sufre uno en esta vida, más méritos almacena para una vida feliz y eterna, pero futura, en el cielo! Por eso los poderosos utilizan latigazos contra las clases humildes, para que luego vayamos al cielo.

Y, habiendo creído todo esto, renunciamos a una vida digna, y por consiguiente a una muerte digna, el final de la farsa de nuestra existencia.

No me vale haber firmado un papel manifestando mis deseos sobre el final de mis días.

Los papeles de la democracia de la vida, y por consiguiente de la muerte, están escritos en el frontispicio de la revolución francesa y en la declaración universal de los derechos humanos. Pero no basta con escribir.

Es preciso luchar por conseguir que nos respeten a todos, que nos permitan una vida en dignidad y justicia. La vida solo puede ser de lucha. De lo contrario se reduce a sumisión.

Nacer para mal vivir en la miseria, no es nacer humanamente.

Vivir bajo la opresión de autoritarismos indignantes no es vivir.

¿Y morir? La muerte no es sino la conclusión del nacimiento y de la vida.

Lo afirmó Nietzsche: “No hay más salvación que la muerte rápida para el que tanto sufre por sí”.

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