viernes, 30 de agosto de 2013

A la memoria de otros soldaditos de plomo…

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-No te detengas. Nunca te detengas. Seguí caminando aunque te gastes las piernas hasta las rodillas-. La voz parecía estacionar, luego de remontar desde las profundidades.
-No vuelvas la cabeza. No vistes nada. En la esquina doblá a la derecha. Siempre sin mirar-, El tono era mordido. Grave, opaco, letal. Me dolía la espalda, esperando el tiro del final. El olor a quemado. El olor a carne quemada. El olor a carne humana quemada, no se puede olvidar.



Las luces de “la canchita”, en el triángulo de los fondos de Lanús y Lomas, no se querían apagar y perderse el rosario de cuerpos atados con alambre. Casi un collar, para hacer fácil a la dinamita, volarlos en pedazos.

A ellos no les preocupaba ese lastre, total al “Pepe” le juntaban lo que quedaba y él mandaba a enterrar, sin preguntas.

Las sirenas daban concierto, pero cuando se alejaban lo hacían por otra cacería. Nunca por lo que dejaban atrás. Esas cuestiones se resolvían en silencio.

Las intermitencias me despertaron. Estaba empapado y almanaques inflexibles, al frente, anunciaban que era 24 de marzo. El papel agitado volaba desde atrás, era nuevo milenio y después…

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Yon era un repique en la línea. Su voz sonaba apagada. Al menos me lo pareció.
-Nos encontramos en el rancho de Roque, para almorzar-, me tranquilizó. Roque siempre fue “tenedor de garantías”, sobre todo en tiempos difíciles. En el acto me pregunté sobre cuando tuve y tuvimos tiempos fáciles.

Casi me asesino por la curiosidad y una respuesta naive.
El barrio de Parque Patricios conserva, entre otras sutilezas, los tonos sepias de fotos remotas.
Hay callecitas que no llevan a ningún lado, con también remotos arcos de glicinas en patios umbríos, abovedados por jazmines del aire. Cursilerías que la gente conserva, para gusto de exploradores. Allí mora Roque.

El rancho es un oasis, manteles blancos sobre nogal oscuro tapizan el salón que sigue a la pulpería. Yon pensaba, “apoyado” por un “Calvados”, servido en copa con cuello de cisne. Me hizo una seña equivalente a “servite”. Obedecí, diligente, silencioso y oportuno. El platito de borde dorado, portaba una raba pintada con salsa tártara, merecedora de corteses inclinaciones.

Nos depositamos en un rincón privado de intrusos., gracias a instrucciones de la invisible anfitriona. Los respaldos altos y mullidos, asordinaban rumores y tuve que aceptar a la confidencia, como invitada a la mesa de se día.

-Los cuentos son tu seguro, no creo que de vida, porque te van a volver a facturar, como en la época de los soldaditos de plomo-, pasé por alto aludir a Víctor Heredia, no a los bocadillos de espinaca con pimienta blanca y menos al Riesling helado que venía, como lo santos, marchando.
Lo miré con más cuidado, nostalgias merodeaban la mesa.
-Hermano, perdimos muchos “cumpas”, muchos compañeros, muchos camaradas, algunos amigos, en esos años de plomo, ¿te acordás?-, me sentí incómodo.
-¿Y?-, fui en extremo elocuente, rozado por una irritación incomprensible.
-Quiero pedirte un favor-, me puso al borde del infarto.
-Poné en tu próximo cuento, algo de ese que escribiste-. La venganza venía envuelta en vino blanco.
-¿Cuál?-, deslicé indiferente.
-“El sueño de la “C” y no te hagas el boludo, boludo”-, me convenció en eso del boludo, con su insistencia.
-¿Porque?-, seguí sumando diferencias
-Es mi pequeño homenaje para ellos y se lo que podés hacer, porque además no te cuesta nada-, me la cobró mal. Pensé. De nada valía recordarle que ese cuento ni siquiera es alegórico a ese Proceso. Me dije, “total” y le dije…
-Pero voy a elegir que poner, ese cuento es largo y además, “porno”, aceptando.
-Está bien-, fue su escueto comentario.
-Ah, y gracias-, cerró sin levantar la cabeza. Me lo quedé mirando.

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El sueño de la “C”

La línea de subterráneos recibía en sus molinetes, miles de viajeros durante el día.
Como pirañas, quietas, los devoraban para lanzarlos fragmentados, dentro de coches que compactaban sueños, rutinas, expectativas, romances y suicidios postergados.
Ese lunes y en la hora de máxima ebullición, cuando la mañana rinde culto a la acumulación, además del tránsito usual, el cansancio sumaba lastre. Un bostezo colectivo destinado a la invocación del sueño abandonado, conjura de obligaciones letales de la vida.
Federico viajaba en el primer vagón de la formación 403. Emilio lo hacía en el último. Eran cinco. Los otros trasladadores de ganado humano, estaban cubiertos por Juan, Lucas y Bryan.
Las tomas de aire, que se alojaban en la parte superior de cada coche, fueron hábilmente alcanzadas, por los pasajeros de inocente aspecto.
Su adolescencia los ponía a cubierto de determinadas suspicacias. Eran hijos de la “media clase”, capaces de heroicidades sin raiting y de feroces canalladas, generadas por impiedad, eran las urgencias de sus tiempos.
El recurso utilizado fue la mochila de estudios, que apretaron contra la rejilla interna, simulando cierta imposibilidad .para bajar los brazos.
La densidad calumnia urbanidades. (…)
(..)En un momento sincronizado, los cinco, cada uno en su vagón, accionó el dispositivo de la parte superior de sus respectivas mochilas, que actuaban sobre un percutor capaz de liberar el gas tóxico, letárgico, invisible, inodoro, insípido, indescriptible, que daría, ventiladores mediante, el bautismo del sueño artificial. El logro globalizado de la red acotada (…).

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Un poco de inspiración y nada de transpiración. La contradicción política. Pudieron ver, con satisfacción, el Fahrenheit general del reposo.

(…) En el andén, donde arribaba el tren de la vida que viaja hacia la muerte –como canturreaba Cabral, en boca de Adriana-, esta, Mariela y Rocío, estaban listas para intervenir. Cuando arribó, las puertas no se abrieron (…) Adriana, ya en la ventanilla del conductor, comprobó que Federico había tomado el mando. Ambos, rápidamente, una vez franqueado el acceso para ellas y controlada su propia seguridad respiratoria, colocaron las cargas explosivas en cada vagón, convenientemente acondicionadas, reformando y reforzando el ramillete de brillantes y letales acompañantes del pasaje de allí en más.

Una gigantesca fiesta de celebración, si estallaban.

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(…) Adriana, teléfono celular en mano, avisó a la producción de radio central, que el convoy de subterráneos de la línea “C”, formación 403, había sido secuestrado, con todo su pasaje a bordo.

(…) Máximas medidas de seguridad, fueron adoptadas. Escuadrones especiales, apostados en lugares estratégicos, cerraban caminos, accesos a la red troncal ferroviaria subterránea y por tierra, mar y aire, los dispositivos represivos, se aprestaban a funcionar con mortal precisión. Los chacales hambrientos olían la sangre. La jauría invertía y gastaba en adrenalina.

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(…) Los secuestradores usaron, hasta allí, la certeza de que no habría represión indiscriminada, porque las condiciones de la liberación, no habían sido anunciadas, eran su garantía circunstancial.

Los conceptos fueron precisos y breves.

Adriana, vocero oficial del grupo, era la encargada de darlas a conocer (..) Estas son las condiciones, un helicóptero con autonomía y capacidad de reabastecimiento, cien millones en billetes de baja denominación, diferentes monedas de cotización universal y libre acceso bancario.

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Ellos dieron seguridad de entregar el informe sobre controles a distancia de los explosivos, que cada vagón tenía activado y el plazo acordado de siete horas, vencía a las catorce de ese día, a contar desde aquella primera llamada a la estación central de radio.

Desde el mismo helicóptero y a través de la emisora, indicarían las claves de anulación de las cargas. Sus propias vidas eran la contra garantía del cumplimiento. No esperarían respuesta. Irian directamente a la plaza, para abordar la máquina a la hora señalada. Todo debería estar allí, según lo ordenado. La responsabilidad corría por cuenta del gobierno.

Se identificaron: “Comando la sangre derramada” (…)

(…) Salieron a la superficie, seguros que eran estrechamente vigilados. Repitieron las instrucciones finales, una vez más.

En la plaza, el helicóptero aguardaba, según lo dispuesto. Ascendieron sin dificultades. Chequearon los requerimientos. Todo estaba en orden.

Comprobado cada recaudo, transmitieron la orden de secuencia coordenada, para anular la cadena explosiva. Lo hicieron cuando su máquina sobrevolaba el río más ancho del mundo, lejos de toda mirada. Desde el control radial, les anunciaron su conformidad. No pudieron escucharla. El helicóptero estalló, como una roja flor en el cielo.

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(...) Sobre el horizonte próximo, apareció otro similar, mellizo, verificando a ras del agua. Dos buzos se deslizaron, como presagios, sumergiéndose para retornar a la superficie con maletas metálicas y pulgares en alto, confirmando la recuperación.

En la plaza, la conmoción se convertía en manifestación de diferentes expresiones. Se daba rienda suelta a la angustia contenida. La noticia ganaba la calle, anunciando la fuga, sin rastros ni admisiones. Nada se pierde todo se transforma.

En el centro de la plaza, una niña, de no más de seis años, en la multitud agitaba una banderita algo desteñida, donde destacaba la inscripción: …

“La sangre derramada jamás será negociada”.

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- Ah, Yon, esto es in memoriam… Era el 23 de marzo de 2002.

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