miércoles, 21 de agosto de 2013

Ariel: El ensueño latinoamericano

Pablo De la Vega (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La emulación es una expresión monótona carente de crítica. Es por ello que los actos que emulan sobreabundan de irreflexión y son faltos de gracia. Pensar lo que es el individuo con esta perspectiva es sinónimo de cobardía y sumisión, asentir al espíritu afamado de una imagen adorada por el vulgo pero a la que le es irreverente la verdad. Hemos visto este efecto repetido un sinnúmero de veces por intelectuales, escritores, y pensadores que, a lo largo de la historia, han hecho suyas las palabras dichas con anterioridad por otra persona (no en forma de cita, sino parafraseando el mismo discurso), queriendo ilustrar al conglomerado la razón justificante de un hecho, una reacción, una idea o un fenómeno que acontece en el ser humano. Pero, «¡No hay nada nuevo bajo el sol!».



Nos encontramos enjaulados en un esquema intelectual. Considerados «aristotélicos o platónicos» -en palabras de Coleridge-, discriminados, no con enfoque racial sino gnoseológico, según nuestras ideas, calificados por nuestro pre-nombre profesional: Lic., Ing., M.Sc., Ph.D, etcétera. La Academia Occidental norma que el estudio debe seguir un «método universal» para ser aceptado. La ortodoxia, menospreciada en estos tiempos, parece estar en batalla continua con la rebelión oracional, la abstracción semántica, la falta de sentido lingüístico y la sintaxis contemporánea -efectos sublimados en el género poético y las redes sociales-, no obstante sigue latente en el sistema de ideas empoderado por el «rigor científico», un aliado infalible en esta dictadura intelectual.

Desde la «periferia», Latinoamérica ha generado corrientes de pensamiento propio. Fruto de la necesidad de analizarnos a nosotros mismos, obviando los esquemas occidentalizados, nos encontramos con las respuestas pertinentes para nuestras necesidades, queriendo ser ajenos a la sobreabundancia de emulación. El pensamiento europeo con sus corrientes nos es prescindible. Es por ello la necesidad imperante de «pensarse» desde el carácter propio; seguir animando esta iniciativa de comprender Abyayala y nuestra realidad latinoamericana.

La identidad intelectual de la región viene forjándose desde hace siglos (en tela de juicio, incluso, milenios). Fue en el siglo XX donde se mostró con más estruendolos resultados del pensar latinoamericano, a raíz de las guerras civiles y revoluciones. No obstante, varias luminarias problematizaron la emulación, criticando los métodos decimonónicos de raigambre europea y difundiendo al pueblo americano la necesidad de un espíritu libre, ideal y propio. Ese fue el caso de Rodó, un hito en el pensamiento latinoamericano.

Viendo el tinte fotográfico de José Enrique Rodó (1871-1917), parece una persona de aspecto serio y centrado, nada cómico y poco risible (así lo afirmaba Benedetti). Pero el genio analista no es el que alarga los labios, sino aquel crítico prudente capaz de encontrarse con las problemáticas de su contexto y espolear, a guisa de palabras o acciones, las soluciones consecuentes para ser libres, como lo es «Ariel».

Nacido en Montevideo, vivió en la época del «efectismo» dariano, según él lo afirmaba en su estudio Rubén Darío. Su personalidad literaria, su última obra. Este panorama influyó grandemente en sus ensayos. El modernismo afectó a la mayor parte de escritores del continente, dejando la firma de un movimiento plenamente americano. Inmerso en la vida política y académica tuvo contacto con destacadas figuras intelectuales, siendo reconocida la correspondencia mantenida con el gran pensador Miguel de Unamuno. Participó en varias publicaciones y revistas y fundó con varios colegas la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales (aclamada por «Clarín»)

Debido al malestar prevaleciente en su época y la problemática política uruguaya publica una serie de ensayos denominados La vida nueva, que buscan ser un aliciente para las agravadas situaciones. No complacido con el resultado escribe un magnífico ensayo en seguimiento de estas publicaciones. Es en el año 1900 cuando sale a luz la que será su magnum opus: Ariel. La obra es una bocanada de aire para el espíritu americano mermado de utilitarismo e ideas europeas, un acicate dirigido a la juventud creciente de nuestros pueblos «para que oriente su espíritu y precise su programa dentro de las condiciones de la vida social e intelectual de las actuales sociedades de América».

¿Cuál era el objetivo de un librillo tan directo y revolucionario, que agitó las ideas y marcó un sendero para la concepción del ser americano? Fundar un pensamiento propio de Latinoamérica, llevado por el sentido ético ideal del ser humano, ajeno al materialismo pérfido que aumenta por las ideologías industrializadas. Ariel es una larga disertación, una peroración oportuna a la simiente, cosecha de realidades ensoñadas. Rodó tenía una férrea esperanza en la juventud como agentes de presente y futuro, con la fuerza idónea para alegar la injusticia y la voluntad suficiente para cambiarla. Pero reconocía el terreno blando en el que discurría -que así como ayuda, mata- y se aseguraba de dictarla «palabra oportuna que rindiera, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación».

La terquedad humana, contraria a la esperanza, en su cómodo ensimismamiento, nace de los deseos de la emoción, del vago no importa y de los «pesimismos vanos» (como llamaba Rodó).El utilitarismo nos arraigaba la idea de que los sueños son nubilosas utopías en las cuales se apoyan los indefensos, ideas hueras sin la fundición inquebrantable de la realidad material -aparentemente un provecho absoluto-. Mas el joven lleno de dinamismo y vitalidad está hecho de sueños. Las ideas son las que le incitan a la fecundidad, a «manifestarse en la vida de las sociedades humanas como una fuerza bienhechora».

Rodó incita a buscar la amplitud, salid de la simple perspectiva que nos engrilleta. Hay una miseria en el ejercicio de una idea singular, de lo monótono y acomodado. Hay que beneficiarnos con la dilatada creatividad que acontece en continuo devenir con el quehacer. El ejemplo de la cultura griega ejerce una gran influencia sobre Rodó, quién considera a los helenos como modelos de vitalidad: una civilización capaz de crear, manifestar y pensar sobre ellos mismos.

Lo cotidiano esclaviza nuestro espíritu: el exceso de trabajo, de búsqueda de lo «útil». El deseo empoderado de tener absorbe nuestras fuerzas y mantiene al espíritu en un continuo combate: nos volvemos un ser dividido. Es por ello que debemos dominar la inteligencia y la virtud que manejarán nuestros deseos. Esto modificará nuestro sentido moral y buscar la libertad, no solo de uno mismo, sino de todos. Los espíritus libres son aquellos que comparten la libertad con los demás.

Ser víctimas del utilitarismo es ser parte de la servidumbre inconsciente, de la esclavitud expectante, y ser manejados por un discurso tácito de autoridad que nos susurra lo que es útil según su voluntad. ¿Acaso esto es libertad? He allí el discurso rodoniano en favor de las ideas, de una juventud emancipada capaz de analizar sus necesidades y crear la realidad que quiere, de tener la «serenidad pensadora» suficiente para vislumbrar los caminos, hollando las cadenas y corriendo hacia el sueño. Ese es el Ariel que seguía a Próspero como un ápice etéreo, un cuerpo de cielo vestido de galas de ensueño y que Rodó, tomó como ejemplo para animar el espíritu latinoamericano en busca de su propio sendero.

Imagen que acompaña el texto: se titula "Ariel" y fue realizada por un pintor suizo, establecido en Gran Bretaña llamado Henry Fuseli (1741-1825).

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