viernes, 30 de agosto de 2013

Cortázar en el cielo de la infancia: Rayuela cumplió cincuenta años de publicada

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

La obra del escritor argentino siempre es una buena opción para la lectura y la relectura, porque él supo hacer de la palabra un universo que tiene la exacta dimensión del ser humano y todas sus pasiones.

El nueve es el cielo. Hay que saltar para llegar a él. Juego de chicos, ¿aspiración de grandes? Tiempo que fue y que no vuelve, a menos que por casualidad nos encontremos con una bandada de rodillas raspadas, de esas que prefieren las pelotas y las cuerdas, y nos presten como si nada, el dibujo hecho con tizas de colores que pintan el suelo, edificando desde abajo el ascenso. No sé si en todas partes, pero donde me tocó pasar la infancia se jugaba a la rayuela, que en esa época claro no sabía de Julio Cortázar, aunque ya se había subido al nueve saltándose todos los pasos.



“Porque se ha salido de la infancia, se olvida que para llegar al cielo, se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”, escribe por cierto, el escritor argentino en la que tal vez sea una de sus novelas más conocidas y que lleva precisamente el nombre de ese juego que algunos dicen nació inspirado en la Divina Comedia de Dante.

Pisé, avioncito, la vieja, semana y el lápiz son algunos de los nombres que tiene este juego en Venezuela, que al final ilustra a los niños que fuimos y por supuesto, la vieja aspiración humana de alcanzar las nubes. Y Julio Cortázar supo llegar usando como escalera a las palabras.

Breve semblanza

Julio Florencio Cortázar, nació en Bélgica, el 26 de agosto de 1914 y falleció en París, Francia, el 12 de febrero de 1984, de padres argentinos él también lo fue.

Se formó como Maestro Normal en 1932 y en 1935 se graduó como Profesor en Letras. En Buenos Aires inició estudios de Filosofía, pero luego de aprobar el primer año decidió utilizar el título que tenía para trabajar.

En 1945 reunió su primer volumen de cuentos, La otra orilla. Y un año después publicó el cuento “Casa tomada” en la revista Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges. Después de la publicación de algunos trabajos literarios, obtuvo en 1948 el título de traductor público de inglés y francés. Meses después, en 1949 publicó el poema Los Reyes, fue precisamente esa la primera vez que firmó su obra. Y durante el verano escribió “Divertimento”, la novela que dicen los críticos prefigura lo que será Rayuela.

En 1951 apareció “Bestiario”, ocho relatos que le valieron cierto reconocimiento en el ambiente porteño. Poco después, disconforme con el gobierno de Juan Domingo Perón, decidió residenciarse en París, ciudad donde, salvo algunos viajes por Europa y América Latina, viviría durante el resto de su vida. Vida que estuvo siempre íntimamente ligada a los sentires populares, a los sueños de las gentes, a sus dolores y pasiones más hondas. Tal vez por eso más de un derecho de autor de sus novelas decidió donarlos a los presos políticos de la dictadura de Argentina. Hombre, grande como su nombre, como la palabra que nunca lo contuvo, fue un extenso paisaje para armar y desarmar al mundo.

Algunos de los libros de cuentos de Cortázar son La otra orilla, 1945; Bestiario, 1951; Final del juego, 1956; Las armas secretas, 1959; Historias de cronopios y de famas, 1962; Todos los fuegos el fuego, 1966; El perseguidor y otros cuentos, 1967; Un tal Lucas, 1979; Queremos tanto a Glenda, 1980 y Deshoras, 1982. Entre sus novelas están Los premios, 1960; Rayuela, 1963; 62 Modelo para armar, 1968; Libro de Manuel, 1973 y Divertimento, 1986.

Rayuela

Rayuela, la contranovela, como él mismo la definió, cumplió ya cincuenta años. Horacio y la Maga, tienen cinco décadas queriéndose a su manera. Esta novela, rara, entretenida y lúdica, que fue la cumbre del surrealismo latinoamericano en la época del boom literario, sigue inspirando a los jóvenes que se acercan por primera vez a ella y no deja indemnes a quienes se sumergen en las relecturas. Es una novela para armar, aunque eso vino después, pero sobre todo es un libro para encontrarse, para tender puentes, para pensar y amar siempre lo más libre del ser humano y también claro, entender las sombras que a todos nos habitan.
Por si acaso no nos caería mal dibujar de vez en cuando, y aunque sea a escondidas, una rayuela. Y una vez hecha, arrojar una piedra, sin hacerle trampas a la vida, a ver si se alcanza el cielo, pero el de la infancia, al que seguro prefirió ir Cortázar acompañado de cronopios y de alguna Maga.

RAYUELA – fragmento

Julio Cortázar
(Final capítulo 56)

“Era así, la armonía duraba increíblemente, no había palabras para contestar a la bondad de esos dos ahí abajo, mirándolo y hablándole desde la rayuela, porque Talita estaba parada sin darse cuenta en la casilla tres, y Traveler tenía un pie metido en la seis, de manera que lo único que él podía hacer era mover un poco la mano derecha en un saludo tímido y quedarse mirando a la Maga, a Manú, diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse apenas hacia fuera y dejarse ir, paf se acabó”.

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