viernes, 30 de agosto de 2013

El día que capturaron una sirena

Antonio Prada Fortul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El rosario de islas, islotes y atolones que circundan el Caribe cartagenero forma un edénico lugar disfrutado por los nativos quienes en las noches estivales, narran leyendas rayanas en la fantasía. Historias que se remontan a muchos años y los isleños las han transmitido de generación en generación manteniéndose incólumes.

Edemberto Barrios Medrano nació en Barú, antiguo asentamiento de caribes y cimarrones africanos, lugar que se caracteriza por su hermosura, y por la inmensa riqueza arqueológica que se encuentra casi a flor de tierra.



Edemberto a quien le llamaban el Cabo Edem, era capitán de altura y en los últimos años gobernó un barco costanero que viajaba entre San Blas y Cartagena. El Cabo Edem, era un hombre de mar, un nauta para quién el océano no tenía secretos, había surcado todos los mares del mundo y en esos momentos, una enfermedad que lo aquejaba, lo había apartado de la navegación actividad que había desarrollado durante toda su vida.

En una ocasión cuando viajábamos rumbo a las islas sentados en la bancada de un esquife, me contó una historia narrada por su bisabuelo, este afirmaba que frente a la “Playa de los muertos”, había un islote llamado “La isla del Mohán”. Tenía una vegetación tierna y sus pobladores vivían del contrabando, la pesca, siembra de tubérculos y frutas, como mangos, patillas y melones, en tiempos de cosecha del melón, el olor dulzón de la fruta, se esparcía por todas las islas vecinas.

Cierto día los pescadores al tender el boliche en el sitio habitual de pesca, sintieron una resistencia inusual en este, pensando que habían capturado un cardumen de júreles o róbalos, empezaron a jalar con entusiasmo.

Cuando el “copo” estaba cerca de la orilla, lo arrastraron hasta esta, y vaciaron el contenido en las blancas arenas.

Al retirar la red con los peces capturados que se arqueaban desesperados en agonizantes estertores, notaron que enredada en el fondo de esta y rodeada de plateadas mojarras y jureles, estaba una hermosa mujer de cabellos inmensamente azabaches, rayanos en el azul nocturno, los cuales sobrepasaban su cintura, tenía unos senos perfectos cuyos pezones de color dorado, tenía al descubierto.

La sorpresa de los pescadores y curiosos de la isla, aumentó al ver que la mujer capturada por esos hombres de mar, tenía figura de pez desde la cintura hacia abajo, con escamas verde brillante y bordes perláticos que despedían destellos tornasolados de una luminosidad cegadora.

La mujer lloraba y se dirigía a los pescadores en una extraña lengua, los ancianos le recomendaron a los pescadores que la soltaran, la sirena lloraba y señalaba al mar.

¡Suéltenla!…reiteraban los ancianos

¡Suelten a esa mujer o tendremos serios problemas!

La mujer lloraba y señalaba al mar con desesperación lanzando gritos angustiados, mostraba los senos hinchados de los cuales manaba un líquido espeso y nacarado.

Los ancianos insistían en que la devolvieran al agua pero los pescadores aducían que era de ellos y que la iban a vender en Cartagena.

El patrón de la barcaza, insensible al clamor de los ancianos, mandó a construir un guacal para encerrar a la hermosa mujer que lanzaba angustiosos gritos mientras repetía estas palabras: “Pedí, Pedí, Pedí dicomu”. (Tengo un niño, mi niño, en lengua helénica).

Toda la mañana estuvo encerrada en el huacal la hermosa sirena.

Desesperada, gemía y gritaba llevando su voz al mar que como un eco, seguía el curso de las corrientes oceánicas y de los vientos ciclónicos desde esa isla del Caribe.

A las once de la mañana, un violento remolino se produjo frente a las playas de la isla y en medio de turbulento vórtice, emergió la figura erguida de un hombre con cola de pez.

Haciendo señas a los habitantes gritaba en un español perfecto: ¡Suéltenla que es mi esposa!...Cargaba en sus brazos a una criatura con la misma apariencia de ellos gritaba y a los pescadores: !Suéltenla que se muere, necesita estar en el mar¡…¡Por favor! Gemía mientras impotentes y esmeraldinas lágrimas color del mar, resbalaban por sus mejillas doradas por los soles de los océanos de los tiempos: ¡Suéltenla¡ gritaba desesperadamente.

El niño en el regazo paterno, haciendo uso de ese don premonitorio que poseen, lloraba a su madre que agonizaba deshidratándose en el huacal colocado cerca de la orilla.

El sol, las brisas secas de la isla, la salitrosa humedad de ese extraño entorno, causaban estragos en la sirena que se estaba consumiendo a pasos agigantados.

Los ancianos le suplicaban al patrón de la lancha que soltara a la sirena y este riéndose dijo: No señor... Voy a capturar a los otros para completar la familia.

En ese momento fallecía la sirena enjaulada, su pareja que estaba en el agua, lanzó un grito de dolor, ira e impotencia que se escuchó en toda la isla. El mar se encrespó violentamente y un fuerte aguacero se desgajó sobre la isla a pesar que en esa fecha nunca llovía.

Los ancianos, conocedores de todas estas cosas concluyeron en que era un mal augurio esas señales inusuales del mar.

En la noche una brisa helada sopló sobre la isla llenando de temor a sus habitantes; misteriosamente, todas las embarcaciones fueron desvaradas y soltadas en el mar al capricho de las corrientes marinas que las alejaban cada vez más de la orilla.

Al día siguiente había desaparecido el guacal con el cuerpo de la sirena.

La marea empezó a subir lentamente cubriendo las playas, esteros y caletas.

Extrañamente había cambiado el curso de la corriente y las aguas anegaban cada vez más el ámbito de la Isla del Mohán.

Los isleños sintieron terror cuando vieron en los acantilados y bajos del islote, cantidad de tiburones merodeando agresivamente en las paredes arrecifales, en esos momentos se percataron que los botes varados en la orilla y los que estaban acoderados entre sí, habían desaparecido. Sintieron tanto miedo que algunos lanzaban gritos histéricos al ver en la cresta de las olas la pareja de la sirena capturada, cargando a su hijo y que se enseñoreaba en el mar dando gritos ininteligibles, gritos de indignación y venganza, incomprensibles para los pobladores.

Solo entendían esta expresión: ¡Perimene metá! (Esperen lo que viene) y después gritaba con su potente voz: ¡Ela dó tsalaza… Ela, Ela dó! (Ven mar… ven)

Un anciano comentó a los isleños que este ser, daba órdenes a los elementales del agua y a los tiburones que se acercaban mas a la orilla mientras la marea subía apresuradamente.

El anciano de sienes blancas rogaba para que el hombre mitad pez, no despertara con sus adoloridos alaridos, al Orisha Olokun, una de las divinidades del mar, el más fuerte y misterioso camino de Yemayá que vive en el fondo del mar y cuyo poder es demoledor.

El agua inundó las casas que estaban cerca de la orilla, todos buscaron protección en los sitios elevados, la marea había cubierto el amarradero y subía de manera lenta pero pareja.

Los habitantes de Barú, miraban impotentes cómo se tragaba el agua la isla del Mohán, unos osados pescadores lanzaron sus embarcaciones para rescatar a los moradores de la isla y fueron devorados por los tiburones, ante la mirada horrorizada de vecinos y familiares que nada pudieron hacer por ellos.

Los voraces escualos, como si una mente superior los guiara, se lanzaron arremetiendo con fuerza contra las pequeñas embarcaciones, hasta voltearlas una por una.

El agua anegaba los salinos esteros, la zona manglárica y toda la superficie de la isla.

Los habitantes estaban montados en el techo de las viviendas buscando resguardo de la incontenible marea que había sumergido los manglares, ocasionalmente uno que otro caía al agua y era devorado por los hambrientos tiburones que simplemente se dedicaban a esperar que los isleños cayeran de sus refugios.

A las tres de la tarde, solo quedaba un niño con vida el cual estaba fuertemente aferrado a una precaria tabla. Los tiburones pasaron a su lado sin mirarlo.

Todos los habitantes de ese hermoso islote fueron víctimas de la ferocidad de los escualos, solo se salvó de morir devorado por estos, el niño de doce años que fue conducido por la corriente hasta las playas de la isla de Barú donde lo esperaba la población para socorrerlo.

En una curiosa caravana, los tiburones abandonaron el lugar rumbo a los mares ignotos de los tiempos perdidos, la isla en un rugido sobrenatural, se fue hundiendo hasta desaparecer completamente en las profundidades abisales del Océano que en ese lugar de Barú, tiene una de las mayores profundidades del Caribe cartagenero.

Desde las profundidades, emergió el extraño ser con su hijo en los brazos, remolcando un lecho de algas y de verde tarulla, donde reposaba para siempre la sirena de sus sueños.

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