viernes, 30 de agosto de 2013

La inmortalidad

Rodolfo Bassarsky (Desde Barcelona, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Como cenizas removidas,
queriendo sintetizar una vida,
se tiñen la imágenes-raíces
del tiempo personal

y se enredan en el arco iris
del universo atemporal

Elba L. Meier

La entrada está formada por una pequeña superficie de 3 metros por 3 metros de césped verde intenso, muy cortito, como un felpudo vegetal. Mullido, suave y aromático. Un alfombrado excepcional que da la mejor bienvenida al visitante.



Se inicia el sendero de 1 metro de ancho tapizado por pequeños fragmentos de conchillas finas y crujientes. Cada paso marca el ritmo que produce esa percusión obligada que armoniza con la música eventual de la brisa y el canto de jilgueros, ruiseñores y otras aves canoras. El caminante toma conciencia de su protagonismo en la orquesta y adapta de manera variable su ritmo a los acordes de los demás instrumentos, los de aquella naturaleza pródiga que lo rodea. El caminante está solo. Solo, no: sin la compañía de otros seres humanos. Pero acompañado por la palpitante diversidad animal y vegetal, viva, que lo cobija, lo invade, lo circunda y lo convierte en su esclavo.

Cuando el caminante comenzó su camino, penetró en un ámbito ajeno, era un explorador curioso, un investigador atento con el deseo imperioso de descubrir. Él y el entorno desconocido que se desplegaba ante sí. Él y lo otro, la excitante diversidad de la vida vegetal y la vida animal soportadas por la piedra, la tierra, el aire y el agua. Como un extraño tímido y prudente miró, escuchó, tocó y olió todo para conocer mejor. Saboreó el laurel y el eucalipto y el hinojo salvaje. Mascó el alcanfor y bebió leche de coco. Ya tenía un contacto íntimo.

Pasaron 2 horas y aún el sendero lo guiaba tras laberínticas sinuosidades, alejándose varios kilómetros de la alfombra inicial. El caminante ya no era ajeno. Esa rama era la prolongación de sus extremidades, esas raíces eran parte de sus pies, aquella música era su propia obra. Aquel cielo, su techo. Él era parte integrante de todo, unido en armonía con el resto. Tierra y piedra, su propia casa y un arroyo de agua transparente, su fuente particular. Las flores salvajes, sus perfumes. Los insectos, sus amigos pequeños. El pino corpulento, un amigo para abrazar.

El caminante advirtió que todo se movía, nada permanecía absoluta y eternamente quieto. Nada ni nadie era estático. La gran variable: la velocidad. Las aves, los insectos, las ramas finas y las hojas impulsadas por el viento iban y venían ostensiblemente: un movimiento perceptible y en ocasiones inquietante. La piedra y la tierra estaban inmóviles sólo en apariencia, porque – reflexionó – su aspecto varía. En el futuro el aspecto no será el mismo, como ahora no es el mismo que en el pasado. Eso demuestra que algo se movió, algo que estaba no está. No es verdad su quietud. Sintió el vértigo del mundo. Comenzó a bailar a grandes pasos pausados dibujando figuras redondeadas con su cuerpo que había adquirido autonomía y era independiente de su voluntad. Ya no caminaba, bailaba en el escenario del universo, sintiéndose parte de él e intuyendo la índole no develada de la inmortalidad.

Este cuento pertenece al libro CUENTOS CORTOS (bastante atípicos).

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