martes, 6 de agosto de 2013

Un momento en la vida de Violeta

Andrea Sosa (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Inmersa en un cúmulo de sentimientos, se encontraba Violeta, cuando decidió sentarse bajo un árbol y contemplar. Contempló el espacio caótico, lejos de ser estático, por más de una hora. Postrada inmovible, casi como una roca, pero con un cúmulo latente de rabia, tristeza y desesperación: miró, pensó y lloró… Se preguntaba: ¿Cómo sería el mundo si existiese una ley orgánica-biológica y universal, en la que las madres; cuando se volviesen madres -y no solo las madres sino los padres también- (claro, en el caso de que esté presente y no haya sido víctima de ésta, que es casi una maldición que sucede en los países latinoamericanos, de “borrarse del mapa” sin conflicto interno alguno) criaran a sus hijos con el afán de cuidar, proteger y alimentar para posteriormente liberar y dejar ser, abortando la idea de quererse proyectar, como individuos frustrados en sus hijos, o como individuos con carencias internas, con las cuales utilizan a sus hijos como sustitutos, con lo que les es más favorable dejar al hijo problemático con sus problemas, para ellos poderse “lucir” o continuar con sus vidas de forma normal, o seguir sosteniendo su putrefacto matrimonio a costillas del hijo problema, o aquellos que ven en sus hijos productos; obras de su construcción, esfuerzo e inversión, tanto en tiempo; pero sobre todo, económico, como una especie de trofeo, o los que tienen hijos como si fuese un cumplimiento social, cuasi obligatorio, casi como una fórmula para ser un individuo “completo” posterior a casarse, tener casa, carro, celular, tarjeta de crédito, un perro, comer Mc. Donald´s y tomar Coca Cola los domingos en familia y por supuesto, tener hijos (como por añadidura). Por otra parte, aquellas madres que simple y sencillamente, no quieren a sus hijos, lamentan día y noche el error que cometieron o el estorbo que son en sus vidas. Sin embargo, está la madre que lo abandona en un basurero y/o la que vive con él, haciéndoselo saber, de una u otra forma quizá no tan explícita, como dosis mortal o fórmula, para criar al perfecto hijo infeliz; infeliz porque quizá con suerte, supere la carencia de amor, ¿buscando a lo largo de su vida sustitutos?



En fin, todo aquello se cuestionaba Violeta, en ese momento en el que casi por inercia, se desplomó en el suelo, por que continuar con dichas ideas y sentimientos, no le era posible más.

Violeta era una joven con una situación familiar bastante promedio y poco fuera de lo común, quizá por lo que se lamentaba por aquellos que no pudiesen tomarse el tiempo de pensar y cuestionar por estar inmersos en alguna de esas situaciones, las cuales son de por sí, suficiente motivo para gastar energía y permanecer en “estado de colador roto” -lo llamaba Violeta- en el que la persona se encuentra absorbiendo, sin filtro, todo lo que le atraviese, sin parar, sin cuestionar, solo absorbiendo. Claro que esto no hacía que Violeta fuese una joven perfectamente feliz, con la vida resuelta, en lo absoluto.

Seis horas después, Violeta se levantó… vio el árbol, la luna, suspiró y retomó su camino. Al llegar a su casa y justo antes de dormir, recordó que hace un tiempo que no menstruaba. Al día siguiente, fue… compró, usó, esperó y… estaba embarazada.

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