jueves, 12 de septiembre de 2013

11 de septiembre de 1973: Comentando el libro “Rompiendo el silencio. Yo te acuso Pinochet”, de Martha Montoya

Jesús Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Querida Martha Helena:

¡Con el regalo de tu libro “Rompiendo el silencio. Yo te acuso Pinochet”, me dejaste con el corazón en la mano!

Acababa de leer otra obra de literatura testimonial, Sin destino de Imre Kertész; ese relato novelesco del premio Nobel húngaro, sobre el holocausto judío, es, sin lugar a dudas, bastante interesante pero producía ese distanciamiento emocional, que pretende el realismo crítico, muy distinto de esa búsqueda de transmisión afectiva que tú buscas.

Y sí… era preciso que rompieras el silencio, para como un Zola femenino, levantar tu propio y tremendo: Yo acuso a un hombre que representaría a la violencia social y el terrorismo de Estado.

Lo que me resultaría más atrapante es que tu versión de esa violencia, es transmitida desde la subjetividad de una mujer singular.

Tu relato más que un alegato, hace parte de una ceremonia catártica, en la que, a la manera que lo señalara Aristóteles, dimensionas toda la angustia, provocada por las violentas manos del totalitarismo de Estado, que retorna triunfante, mientras siembra la muerte por todos lados.

Toda esa historia, nos mueve al terror y la piedad, que es lo que se convierte en curativo tu exorcismo de tantas y tantas situaciones traumáticas, como las que nos describes, que quedaban acalladas por un la ley del silencio, impuesta por el terrorismo mismo y de otro lado por nuestro psiquismo que trata de defenderse de un dolor y un terror tan inmensos.

Como bien lo señalaran psicoanalistas comprometidos con su tiempo como Diana Kordon, Lucila Edelman y colaboradores, en su libro Efectos psicológicos de la represión política, el silencio es uno de los imperativos que imponen los opresores, junto con otro tan terrible como el que buscan con la inducción del sentimiento de culpa.



Los profesionales de las ciencias “psi” podemos hacer a la manera de los escritores realistas, una descripción tan objetiva, como la ciencia pueda serlo, pero tu relato nace de tus propias entrañas, de tus vivencias más íntimas, del propio drama interior que generaron los acontecimientos, con toda una resonancia subjetiva, que es tan válida, como la objetividad que nos demandan los positivistas.

Bien vale la pena que más que una fría estadística, nos hables desde el alma, para permitir vislumbrar esos matices, que el número aniquila en su afán cuantitativo, que ignora la calidad y calidez de lo cualitativo.

Uno agradece que hayas sobrevivido para que puedas darnos tu propio testimonio, sin correr la desventurada suerte de muchos que sucumbieron a esa horrorosa fatalidad, cuyas vidas fueron tronchadas por pensar distinto, por tener otros ideales, a los de esos cóndores, aliados con el águila de los Estados Unidos, en su furor anticomunista, que pretendía imponer un Orden, a contrapelo con la voluntad popular, con un nuevo pacto social, como si Hobbes triunfara sobre Rousseau, para impedir el desarrollo de un contrato más amoroso, basado más en la solidaridad entre los seres humanos, que en el temor y la desconfianza de los unos y los otros.

Y al leerte, bien podría yo haber jugado a la rayuela, con tu texto y leerlo desordenadamente, pero preferí ingresar en tu obra, de acuerdo al derrotero lineal con que lo presentaste, para seguir cierta cronología histórica, como sucesión de hechos, con la esperanza de que haya tiempo de hacer otras lecturas, y saltar de cajón en cajón, de capítulo en capítulo como en la obra del amable Julio Cortázar.

Pero también habría que agradecerle mucho a Rafael Méndez Buelna, por el hecho de con su escucha, casi con un tercer oído de psicoanalista, como un Sócrates, haya servido de partero las palabras silenciadas, sin importarle que tu llanto botara a raudales, para que lágrimas y palabras brotaran agua curativa, que impide la putrefacción de los recuerdos estancados.

De alguna manera, él sabía que una escucha empática convocaba a nuevos relatos, así tu cuerpo se sacudiera de dolor y de espanto, porque de lo que se trata es de volver al pasado, para a pensar lo impensado y, quizás, lo impensable, que es lo único que puede permitir dar nuevos sentidos a hechos y experiencias tan amargas, que no pueden quedarse retenidos en el fondo de nosotros, sin hacernos un inmenso daño, tanto individual como colectivo.

De seguro, Rafael se dijo, como, quizás leí alguna vez en Thomas Mann:

¡Silencio, vamos a entrar en la intimidad de un alma!

Pero hay que estar preparado para cuando el terror emerja, pueda dársele la dimensión subjetiva más verdadera.

Es importante que el interlocutor, con su tenacidad, obligue a continuar con la palabra, a pesar de los desmayos y resistencias, para que - ¡por fin! –las palabras, que nombran el recuerdo, germinen y nombren lo innombrable, la decepción sangrante de un país tercermundista, donde la construcción de la ilusión del socialismo como consolación, fuera derrumbada a sangre, terror y fuego, cuando se trataba de una propuesta democrática, pacífica y, para nada violenta.

Debió ser desgarrador ver que toda aquella fiesta, a la que llegaban gentes de todas partes del planeta, fuera desbaratada de golpe y porrazo, como si la terrible bota de un gigante, aplastara las flores de un jardín naciente, como si hubiera llegado la hora del juicio final, para convertir todo aquel paisaje floreciente en el panorama apocalíptico de un Chile ensangrentado, precisamente, cuando tanta gente como tú, venían de otros lados, con el propósito de ofrecer su corazón, a la manera de un Fito Páez, tarea que se sabía que no era, para nada fácil, si había alguna consciencia de que en la Historia, con mayúscula, hay fuerzas que se oponen al desarrollo de los cambios, sin importarles lo más mínimo, el sufrimiento de infinidad de historias con minúscula, de miles y miles de personas.

Lo que interesaba al Poder en pro del Orden, que querían imponer, era crear el caos, la confusión y el desconcierto, lo que hacía más dificultoso avanzar en medio de la calamidad y la catástrofe social, que pretendían crear. ¡Siquiera el juez Garzón sancionara a Pinochet y, si bien, no logró encarcelarlo, su labor hizo que Videla si pudiera morir entre rejas, tal como ambos se lo merecían, ya que son como esos cóndores, que no se entierran todos los días!

Esos chafarotes estaban empeñados en crear el invierno de su descontento, como si fuesen seguidores de Ricardo III, en un contexto social, donde como en el nazismo, en el que se sacrificaba a los resistentes, hasta quemar sus libros y sus idearios, en un supuesto final, tan apocalíptico el del Frarenheit 451 de François Truffaut, donde los sobrevivientes, quizás, tendrían que aprenderse de memoria los grandes textos, para que los ideales sobrevivieran a las brasas, en medio de un ámbito enloquecedor, en el que las ansiedades persecutorias, que todos llevamos dentro, pasaran del registro de lo imaginario, al espacio de la realidad material, en la que se prohíbe pensar de una manera distinta a quien se impone como soberano, en un mundo orwelliano, donde el enemigo es de signo contrario al del Padrecito Stalin.

Pero, afortunadamente, la escucha de Rafael, tu partero, al rescatar tu palabra, también recuperaría su función poética, con los versos que incluyes en tu desgarradora y lírica narración, que a su vez salpicas de increíbles personajes como la generosa abuela comunista del estadio, infamada como el personaje de La letra escarlata, consciente de que una de las formas de escapar a la locura, inducida por la violencia social, es la creación de lazos entre los oprimidos, que trata de disolver un Poder aterrorizante, que convierte a los disidentes, en condenados de la tierra, al precio de su ignominia, como tan bien, lo mostrara nuestro querido Frantz Fanon.

Me parece que nunca deberemos de cansaremos de gritar con Ernesto Sábato, un nunca más, frente a la desaparición y la tortura, al submarino en la mierda misma, a la picana, que pretenden conducir a los seres humanos a la muerte o la demolición, como nos lo mostrara el Pedro, cuyo caso, Marcelo Viñar describiera en la revista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, dedicada a nuestro malestar en la cultura, que puedes leer aquí:

http://www.trilce.com.uy/pdf/fracturas_de_memoria.pdf

Y tenemos que gritar también ese nunca más, frente al secuestro, la deprivación sensorial y el encarcelamiento, que se convierten en un ataque a la percepción y a la razón, en la medida que se procura borrar las categorías kantianas, como defensa contra el caos del mundo, con el fin de alterar el juicio de realidad, al devenir enloquecedores, en medio del pánico individual y colectivo.

Es, por ello, preciso recuperar la memoria, para que, como tú dices, la amnesia no se vuelva en el único pasaporte a la sobrevivencia, mientras en la peor de las adversidades también se pueda volar en el Pegaso de nuestras ilusiones, como lo era el soldado viejito, de piel morena, delgado y de poca estatura, que se convertía en mensajero del amor, porque otra sensibilidad le poseía, bien distinta a la de los esbirros del sistema, un personaje, para mí, tan bello, como la abuela comunista.

Ante un empuje tan bestial del Tánatos de la dictadura, es preciso que vuele Eros, que se aventure por la vida, en una jugada, como la que hacen Eladia Blázquez y tú, al honrar y apostar por la vida, cuando con palabras y actos entonan:

En este aliento
Que es mi luz y mi alimento,
Apuesto por la vida...

Pues

Merecer la vida no es callar y consentir
Tantas injusticias repetidas…

Y, para preservar la identidad, como bien lo señalas en el caso de Pablo, se precisa, si es posible, ir más allá de la tortura, para que ésta no diezme a las gentes, ni nos obliguen a caminar sobre el cuerpo de los otros.

De ahí, que sean necesarias acusaciones como la que haces, para recuperar la libertad, la supervivencia y la vida, como formas de asumir el absurdo de la existencia, en particular, en medio del sufrimiento, la tristeza y la soledad, que ha tenido que padecer nuestra América Latina.

Me alegra que hayas quedado con la vida suficiente para denunciar esos aparatos represivos del Estado, a esos monstruosos carabineros, que funcionaban como la guardia civil caminera, que cometiera en la Granada, donde fuera el crimen del siempre entrañable Federico García Lorca.

Aquello no fue un sueño, ni siquiera una pesadilla sino una realidad pura y dura.

Y es preciso recordar que la violencia social penetra en las capas más profundas de nuestros inconscientes, como bien lo señalara Janine Puget, en su artículo Violencia social y psicoanálisis. Lo impensado y lo impensable. (1)

Es de ahí, la importancia del papel de Rafael como interlocutor, ya que te permitió recordar, para poder elaborar tanta situación traumática, que viviste bajo la mano ominosa de Pinochet, lo que prueba que, a pesar de sus nefastas intenciones, ni haces parte de una generación perdida, ni pudieron robarte el alma, que al ir en busca de ese tiempo, que trataste de silenciar, no pudieron arrancarte el corazón, aunque con tu narración nos dejes el nuestro en nuestras manos, cuarenta años después de ese holocausto chileno.

Y si has elegido, como Edipo, el camino de Colono, haz encontrado patrias más amplias, que las signadas por puntos y rayas de los mapas políticos pues hay viajes al infierno, que permiten la resurrección y dan una carta de ciudadanía universal, la de ese humanismo que quisiéramos rescatar en un mundo, en el que parece que lo esencial se ha hecho invisible para los ojos.

Me resisto a crear que seamos una generación perdida; más bien, considero que somos un eslabón de una cadena, que tiende al infinito; nos pertenecemos a nosotros mismos, en medio de la inciertumbre que nos comananda; en un mundo, ancho y ajeno, ahí vamos cada uno con su semilla, que vamos transportando, en busca de una buena tierra, así el Poder lo tengan los otros y no precisamente los que deseáramos.

Y ya ves, tus palabras, escritas en México y publicadas por esa buena editorial colombiana que es Hombre Nuevo, emprenden un viaje a España, por intermedio de una compatriota colombiana, y me convierten en testigo de tu adiós al silencio y al olvido, a la espera que atrocidades, como aquellas cometidas en Chile y Argentina, no se repitan y queden páginas en blanco para ser llenadas ulteriormente, porque como decía otra gran psicoanalista: El silencio es el auténtico crimen (2), cuando olvidamos que estamos obligados a ser testigos de nuestro tiempo, para denunciar, explicar y prevenir las guerras, cosa que nos compete ahora, cuando ese jinete de la apocalipsis se cierne sobre el planeta, aupado por un supuesto un premio Nobel de Paz, quien debería avergonzarse de haberlo de recibirlo, sin haber hecho nada, y que ahora pretende meternos en una guerra con Siria, que quien sabe si sea como la Polonia que un día invadiera Hitler, que lance a la humanidad a una nueva Guerra Mundial, que puede convertirse en la catástrofe final.

Un abrazote y mil gracias por tu bello libro.

Jesús

Notas:
1) Puget, J. Violencia social y psicoanálisis: lo impensable y lo impensado. Psicoanálisis, 8(2/3), 307­366, 1986.
2) Segal, H. El silencio es el auténtico crimen. Revista de Psicoanálisis, 42, N (6): 1323-1335, 1987.

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