viernes, 6 de septiembre de 2013

El sueño de la “C”

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La línea de subterráneos recibía en sus molinetes, miles de viajeros durante el día. Como pirañas quietas los devoraban para lanzarlos, fragmentados, dentro de coches que compactaban sueños, rutinas, expectativas, romances y suicidios postergados. Ese lunes y en la hora de máxima ebullición, cuando la mañana rinde culto a la acumulación, además del tránsito usual, el cansancio sumaba lastre. Un bostezo colectivo, destinado a la invocación del sueño abandonado; conjura de obligaciones letales de la vida.



Federico viajaba en el primer vagón de la formación 403. Emilio lo hacía en el último. Eran cinco. Los otros trasladadores de ganado humano, estaban cubiertos por Juan, Lucas y Bryan. Las tomas de aire, que se alojan en la parte superior de cada coche, fueron hábilmente alcanzadas, por los pasajeros de inocente aspecto. Su adolescencia los ponía a cubierto de determinadas suspicacias. Eran hijos de la “media clase”, capaces de heroicidades sin raiting, o feroces canalladas, generadas por impiedad; eran las urgencias de sus tiempos.

El recurso utilizado fue la mochila de estudios, que apretaron contra la rejilla interna, simulando cierta imposibilidad para bajar los brazos. La densidad calumnia urbanidades. El apretujamiento licúa razones y, a veces, abre dudosas brechas a la fuerza. Una mimética de olores, colores y sonidos - monótono repiqueteo -, achata, aplasta, minimiza, uniforma, colectiviza, desmoraliza, como aquellos viajes que Schindler conocía, antes de confeccionar listas.

Los peculiares viajeros, ese ejercicio, lo practicaron en las dos primeras paradas donde el tren se detuviera, con intermitencia habitual. La manada desembarca o embarca, con proporcionalidad garantizada por el empujón a tiempo, que abre fisuras en la multitud.

El gusano ciudadano excedía, largamente, la tolerancia física de la formación y sus pasajeros, lo aceptaban, resignados. En un momento sincronizado, los cinco, cada uno en su vagón, accionó el dispositivo de la parte superior de sus respectivas mochilas, que actuaba sobre un percutor capaz de liberar el gas tóxico, letárgico, invisible, inodoro, insípido, indescriptible, que daría, ventiladores mediante, el bautismo del sueño artificial. Casi un regalo adicional. Una devolución de gentilezas inesperadas.

Simularon los síntomas que el pasaje comenzó a sentir: adormecimiento progresivo y luego total. El logro globalizado de la red acotada. Un poco de inspiración y nada de transpiración. La contradicción poética. Pudieron ver con satisfacción el Farenheit general del reposo. Luego extrajeron sus respectivas mascarillas, capaces de darles tiempos de oxígeno, hasta la llegada a la próxima estación. Para entonces, Federico estaba a las puertas de la cabina del conductor, para ocuparse de la situación. El personal también disfrutaba el valor agregado del recreo. La acción fue fulminante.

En el andén, adonde arribaba el tren de la vida que viaja hacia la muerte –como canturreaba Cabral en boca de Adriana-, esta, Mariela y Rocío, estaban listas para intervenir. Cuando arribó, las puertas no se abrieron. La intranquilidad e impaciencia, propia de los urgidos, se apoderó de quienes aguardaban. Las tres recostadas contra la azulejada, decorada y muralizada pared, en sectores distintos y propicios para los accesos coincidentes con las puertas y los raptores, controlaban la aglomeración; extrajeron de sus estuches de música, las armas largas que contenían y, con aerosoles de mano, cargados con el mismo tóxico, neutralizaron a los aguardantes, alineándolos contra el improvisado respaldo, con orden casi ejemplar; Adriana, ya en la ventanilla del conductor, comprobó que Federico había tomado el mando.

Ambos, rápidamente, una vez franqueado el acceso para ellas y controlada su propia seguridad respiratoria, colocaron las cargas explosivas en cada vagón, convenientemente acondicionadas, reformando y reforzando el ramillete de brillantes y letales acompañantes del pasaje, de allí en más. Una gigantesca fiesta de celebración, si estallaban. Federico regresó a la cabina, bajo la aterrorizada mirada de los amenazados, demorados en el andén. Tenían fila preferencial para el desastre; la morbosidad estaba pronta y era responsable de cada retina presta.

Adriana se quedó con Bryan. La adrenalina funciona sin control en situaciones límites. Los sentidos se disparan, no siempre, de forma inverosímil, impensada. La excitación y una euforia casi dosificada, guiaban sus movimientos. Sabía que la miraban, abiertamente, desde la plataforma, pero no se detuvo, muy por el contrario, deseaba que la vieran y deseaba que la desearan. Disfrutó con la provocación y la morosidad de sus acciones. Diestramente, mientras Bryan no perdía de vista el ganado y el arma en sus manos, parecía soldada, separó sus piernas para que ella se arrodillase con comodidad, luego de soltar la hebilla del cinturón y bajar el cierre del jean; aspiró y su boca accedió a la palpitante forma demorada, en la brevedad del slip.

Era voraz y tenía urgencia, pareció ahogarse, la boca llena de él; sus manos acariciaban ferozmente; la cabeza subía, bajaba, giraba y la lengua, sin pausas, saboreaba inflexible; era una máquina imposible de detener y temible; sabía que dominaba la eternidad de ambos, la fascinación de los espectadores y casi adivinó la llegada del torrente, que le colmó la sed. Saboreó, largamente; tenía el control a favor.

Reiniciaron, lentamente, la marcha rumbo a la estación terminal, dejando una estela marina de estupefacción, ardientes sensaciones dormidas y sacudidas violentamente, en más de uno de aquellos que quedaron al borde de la tentación y la imprudencia. Faltaban, para el final del recorrido, algunas otras plateas improvisadas, pensó ella y sonrió para sí; en el trayecto y sin soltarlo, Adriana, teléfono celular en mano, avisó a la producción de radio central, que el convoy de subterráneos de la línea “C”, 403, había sido secuestrado con todo su pasaje a bordo.

Las tres, tenían en su poder herramientas que les permitían pasar de un vagón a otro, si era necesario, para reforzar las dosis calculadas o apoyar a sus compañeros en caso de emergencias. Eran buenos samaritanos.

En la superficie, la noticia corrió velozmente y llegó a las esferas del poder. Máximas medidas de seguridad fueron adoptadas. Escuadrones especiales, apostados en lugares estratégicos, cerraban caminos, accesos a la red troncal ferroviaria subterránea y por tierra, mar y aire, los dispositivos represivos, se aprestaban a funcionar con mortal precisión. Los chacales hambrientos olían la sangre.

Abajo, Adriana, le indicó a Rocío que cambiara de vagón con ella y cuando arribaban a la siguiente parada, le advirtió a Lucas, con señas precisas, que se mantuviera alerta; la marcha de la formación era lenta, pues necesitaban comprar tiempo; ella recorrió el paisaje del pasaje dormido y, satisfecha, se apretó contra la espalda de Lucas, susurrándole no descuidar nada; luego, su lengua recorrió, premiándolo, el oído atento; las manos se deslizaron, por delante, para comprobar el efecto que sus pezones, erectos contra los dorsales, generaban.

La gente, en cada parada, no había sido evacuada ni advertida, para evitar pánico y sostener una imagen de normalidad que no alterara, en extremo, a los secuestradores; dejarles creer que podían, era la droga propicia; sin embargo, la multitud sospechaba y guardaba su cuota de enferma y curiosa excitación, por lo inesperado; la vida de muchos, tal vez de la mayoría, nunca había pasado de algún sobresalto doméstico y ahora, sorpresivamente, se sentían catapultados al protagonismo irrepetible. Adriana lo comprendía, al participarlos de la función enervante y demoledora, mientras sus manos, a la vista de los azorados e incrédulos, modelaban incansables, dentro del pantalón de Lucas; el tren se deslizaba leve, según lo planeado y les daba, a todos, su oportunidad. Ella estaba lanzada y se deslizó frente a él, para extraer con ambas manos, el objeto de su dedicación, que parecía a punto de estallar; lo midió, sin medir su tiempo, antes de tomarlo con la boca; ahora la lengua paladeaba, mientras Lucas se mecía lentamente; ella no quería permitirle demasiado y su exigencia golosa, era imparable; se lo bebió todo, casi sin respirar, en tanto el convoy 403, aumentaba la marcha, al abandonar la estación y la ardiente resolana, que allí quedaba.

Arriba, helicópteros, patrulleros, automóviles y ambulancias, sumaban su propia sinfonía cacofónica, a la mañana que comenzaba a declinar, a rendirse. Los accesos y el personal que trabajaba en los comercios de la estación terminal, único sitio evacuado, eran adaptados para estar en condiciones, antes que el 403, llegara a destino, con las condiciones que todavía no se conocían. La jauría invertía y gastaba en adrenalina.

Abajo, dentro de la formación, en el vagón siguiente, destino de la lujuria desatada, Mariela, luego de reforzar el suministro de gas tóxico circuló cuando vio acercarse a Adriana; los pulgares en alto, confirmaban que todo marchaba según lo planeado; se cruzaron en el canje de caminos virtuales; una curva próxima y a la derecha, les dio a ella y a Juan, el estado de situación de la inminente detención. El vaivén de la curva, los tuvo próximos, en exceso; templada y segura, se pegó al cuerpo de Juan; sus brazos lo rodearon por la cintura, en tanto le advertía sobre la inminencia, señalando con su brazo extendido, el anden poblado. Otra reducción de la marcha, hasta volverla algodonal y el deslizar tenue, coincidió con las prolongadas y morosas trayectorias, que las manos de ella imprimían al voluptuoso columpiarse. Vuelta de actuaciones anteriores y de espaldas a la puerta del vagón, luego de explorarle la boca, brevemente, comenzó un recorrido plural; con premura cerebral, masajeaba incansable, hasta lograr su propósito; en cuclillas, había llevado su breve remera hasta los hombros y sus pezones hicieron de guía, al ida y vuelta creciente; con la cabeza afirmada, dejó de permitirle retrocesos y su boca lo atrapó para circundarlo con esa lengua frenética; la fuente inagotable de succión, volvió a darle el tributo, que llegó en forma de una larga y buscada descarga.

Satisfecha de la incredulidad pública, pero extasiada y a punto, reparó en el asiento delantero opuesto y a la altura de la puerta, donde creyó advertir un ligero movimiento; la velocidad estable se recuperaba rumbo al último tramo, la estación terminal. Donde vivirían otra función

Cuando el convoy 403 llegó, silencio y desolación, fueron el paisaje que los secuestradores encontraron; sabían que tiradores especiales ocupaban lugares preferentes. Elegidos, para el exterminio probable o posible. Los secuestradores usaron, hasta allí, la certeza de que no habría represión indiscriminada porque las condiciones de la liberación no habían sido anunciadas, eran su garantía circunstancial. Los conceptos fueron precisos y breves. Adriana, vocero oficial del grupo, era la encargada de darlas conocer; en tanto lo hacía, saboreaba la presa elegida. Mantuvo durante todo el viaje, el enlace en directo, algo que le sumaba excitación.

- Estas son las condiciones... un helicóptero con autonomía y capacidad de re abastecimiento ... cien millones en billetes de baja denominación y diferentes monedas, de cotización universal y libre acceso bancario- ...; ellos garantizaban la seguridad de entregar el informe, sobre controles a distancia de los explosivos, que cada vagón tenía activado y el plazo acordado de siete horas, vencía a las catorce de ese día, a contar desde aquella primera llamada a la estación central de radio. Desde el mismo helicóptero y a través de la emisora, indicarían las claves de anulación de las cargas. Sus propias vidas eran la contra garantía, del debido cumplimiento. No esperarían respuesta. Irían directamente a la plaza, para abordar la máquina, a la hora señalada. Todo debería estar allí, según lo ordenado. La responsabilidad corría por cuenta del gobierno. Se identificaron: “Comando la sangre derramada”.

Adriana había emitido el mensaje, con un pie apoyado en el tipo del asiento delantero, que había reaccionado; lo tomó del pelo, haciéndolo erguir, en tanto su arma era control de muerte; supo que había presenciado el acto con Juan y quiso medir la ansiedad, el miedo o la excitación del otro, mayor que ellos, por eso elegido y por una boca sensual que llamó su atención. Comprobó, con su mano izquierda, que el fuego había llegado a la zona que deseaba; lo obligó a permanecer de pie, con el arma apoyada contra la sien, en tanto y ante la atenta vigilancia de Juan, lo demolía lenta y cuidadosamente, siempre tomado por los cabellos; se adhirió a su cuerpo, hasta estremecerlo y comenzó una prolongada sesión de fricción; luego de verlo, sentirlo crecer y arder, introdujo su lengua letal, en la boca del otro, satisfecha con la sensualidad intuida y que se abría paso a medida que la suya progresaba, hurgando, meticulosa; la mano que había cruzado la frontera de acceso a su pantalón, entró abierta, ávida y húmeda para tomarlo todo, ya había extendido los límites; su boca soltó la lengua atrapada, después de saber y avisar, que era arcilla moldeable; lo obligó a que sus manos la desvistieran y dirigió cada caricia, segura del escondite de sus espasmos; se sentó, desnuda, en el respaldo del asiento, mientras conducía y veía llegar la cabeza hacia su centro vital; se irguió, abriendo las piernas, en ardiente bienvenida, mientras la boca desesperada de él, trabajaba sin descanso; ella gozó por un tiempo inmedible; la lengua, sabia y plena, ya no la dejaba respirar y cada descarga, emparejaba las cosas; ella se meneaba, fragorosa, metódica, con precisión espeluznante, avanzaba y retrocedía cubriéndolo, al arquear su cuerpo, segura de sus labios inferiores que se abrían espléndidos, para el disfrute. Las manos de él, ahora más seguro, la gozaron, apropiándose de los pezones, hasta enrojecerlos, despiadadamente; su trabajo era brutal; la boca ascendió, para morderlos, obligándola a aullar y contorsionarse; su turno con la boca, coincidió con el tiempo agotado, para Adriana; ella le arrancó la ropa; ya no podía esperar más; él entró, con el frenesí que le dió sentirla erguirse, para recibirlo. Estallaba como lluvia de fuegos sucesivos, sin pausas; él implacable, ahora en control, la hizo girar volviéndola, para tomarla con destreza; lo facilitó, para sentirse colmada. Colocó el arma en lugar seguro, fuera de su alcance, para dedicarse de lleno a gozar; lo acostó en el piso del vagón y en tanto lo sentía entrar y salir, administrándolo, comenzó a forzarlo con ferocidad inigualable, subía y bajaba, desenfrenadamente; lo tuvo así el tiempo que se le ocurrió y sólo ella podía establecer; luego, lentamente, gradualmente, detrás de cada plenitud, lo mecía suavemente volviéndolo a activar ante la menor declinación, para retornar a la cumbre del placer; decidió tomar su boca, que no abandonaría, segura de la victoria y el poder; se fabricó el orgasmo total, una culminación alucinada, donde su cuerpo y sus manos, funcionaban como conjuntos separados, para lograr lo imposible la clausura de su derrame y lo consiguió; gozó y lo gozó cuanto se propuso y sin solución de continuidad; se lo debía a si y todos se lo debían; era su forma de cobrarse y nunca se extenuó; sabía lo que venía después. Recuperó el arma, dulcemente cubrió con un pañuelo impregnado en gas tóxico, su boca y lo abandonó al sueño, sin dejarlo terminar. Juan, quien miraba, tragó saliva al alcanzarle la radio y su ropa.

Arriba, los aprestos eran febriles y las deliberaciones ocupaban a cuanta autoridad estuviera disponible; la opinión pública -eufemismo, según ellos, de un público que opina lo que a nadie importa-, estaba desquiciada y el caos vehicular, en la ciudad, era descomunal. Se adoptaron medidas respecto de los accesos a la plaza y los medios de comunicación, se masacraban, para lograr alguna información. La radio, por orden de los secuestradores, pasaba música y repetían el comunicado con las indicaciones, cada media hora, para que a nadie le quedaran dudas y mucho menos desconocimiento sobre incumplimientos o traiciones.

Abajo, en el convoy 403, las víctimas estaban dosificadas, científicamente. Cuando el tiempo para llegar a la plaza en término, lo hizo necesario, destinaron la cuota de refuerzo, para evitar el pánico, a riesgo de aquellos que no pudieran tolerar el gas; luego, tranquilamente y dando cuenta de su posición a la radio, con instrucciones de que se difundiera en directo, emprendieron la marcha. Salieron a la superficie, seguros de que eran estrechamente vigilados. Repitieron las instrucciones finales, una vez más. En la plaza, el helicóptero aguardaba, según lo dispuesto. Ascendieron sin dificultades. Chequearon los requerimientos. Todo estaba en orden.

Asegurados de cada recaudo, transmitieron la orden de secuencia coordenada, para anular la cadena explosiva. Lo hicieron cuando su máquina sobrevolaba el río más ancho del mundo, lejos de toda mirada.

Desde el control radial, les anunciaron su conformidad. No pudieron escucharla. Su máquina estalló como una roja flor en el cielo. En el horizonte próximo, apareció otra, similar, melliza; verificaba a ras del agua; dos buzos se deslizaron, como presagios, sumergiéndose para retornar a la superficie, con la maleta metálica y los pulgares en alto, confirmando la recuperación.

En la plaza, la conmoción se convertía en manifestación, de diferentes expresiones, se daba rienda suelta a la angustia contenida; la noticia ganaba la calle, anunciando la fuga, sin rastros ni admisiones; en el centro de la plaza una niña, en la multitud, de no más de seis años, agitaba una banderita algo desteñida, donde destacaba una inscripción... “La sangre derramada jamás será negociada”...

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