miércoles, 25 de septiembre de 2013

La ciudad en vacaciones

Alberto Moncada (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los núcleos urbanos adelgazan en julio y agosto. La demografía disminuye aunque Madrid, Barcelona, Sevilla y otras ciudades incorporan nuevos vecinos temporales, los millones de turistas que nos visitan, equilibrando vacíos en museos, hoteles y restaurantes antes de desbordarse por playas y montañas. Muchos españoles dejan de trabajar durante dos o tres semanas del verano aunque, dada la peculiaridad de nuestra economía, otros tantos solamente trabajan en el verano haciendo de temporeros de la industria del ocio. España es de los pocos países del mundo desarrollado donde la agricultura temprana e intensiva y el turismo proporcionan los cuatro o cinco meses de trabajo al año con los que se tienen que conformar los que no tienen otro empleo. Algo es algo.



¿Cuanta gente veranea en España? Los medios de comunicación crean la imagen de que España entera está de vacaciones en julio y agosto e instala sus centros de información en esos lugares, Marbella, Mallorca donde acontecen las cosas triviales que hay que contar a falta de otras noticias. Los noticiables del verano no son los mismos del invierno y la imagen de una España en holganza se convierte en el retrato oficial del país. Pero la realidad es muy otra. Menos del treinta por ciento de los españoles pasan más de una semana en verano en lugares distintos al que viven y solo la mitad de ellos lo hacen pagando una estancia hotelera. Lo que pasa es que muchas industrias, muchos comercios y casi toda la Administración echan el cierre en agosto y sus trabajadores se ven obligados a hacer algo distinto con su tiempo. Hay un veraneo vergonzante de quienes no tienen dinero para salir ni incluso para cosas extra y se esconden en sus casas hasta que pase la estación del ocio y los trasiegos. De los cuarenta millones y pico de españoles, sólo cuatro millones constituyen ese núcleo duro de pudientes que pueden pagarse, para sí y los suyos, un veraneo largo, de aquellos que disfrutaba la más delgada clase media de hace treinta años. Las familias pudientes ya no se toman aquellas vacaciones de dos y tres meses que era lo normal en una clase media hecha fundamentalmente de funcionarios. La economía moderna mide las vacaciones en semanas, salvo para ese resto de trabajadores, profesores, maestros que todavía vacan de julio a septiembre.

Como alternativa al veraneo familiar la gente, especialmente la gente joven se va en pareja, en pandilla, en grupo después de ahorrar o gorronear lo necesario para la huída, ese “get away” que la universal cultura americana puso de moda como sustancia verdadera de la vacación. “Quitarse de en medio es el remedio”, decía un viejo anuncio americano y los españoles empezamos a preferir eso a reconstituir la vida familiar en otro sitio pero con los mismos paradigmas. Hasta empieza a ponerse de moda en parejas pudientes las vacaciones matrimoniales, una semanita de perder de vista al marido o a la esposa en compañía de los amigotes/as. A la vuelta, para los que tienen capacidad de crédito, les espera la cuenta de débito de la tarjeta.

El bullicio y el amontonamiento urbanos se reproducen en verano en las playas, especialmente en ese Levante donde la gente de tierra adentro se tuesta al sol y grita y se solaza con modos que a los más antiguos incomodan. “Hacen falta tres generaciones para que la gente acceda a la educación de la clase media”, se queja un viejo veraneante ante las costumbres diurnas y, sobre todo nocturnas, de la nueva mayoría.

Pero en el verano hay gente que prefiere ir a contracorriente y no sale de su ciudad y no siempre por hacer de la necesidad virtud. Precisamente ese amontonamiento de playas y lugares vacacionales echa para atrás a los que consideran que el descanso consiste fundamentalmente en eso, descansar. Para tantos madrileños o barceloneses, para tantos urbanos vocacionales, quedarte en tu casa y aprovechar los vacíos de los que se han ido es la mejor vacación. Disfrutan cómodamente de los espacios comunes, se puede aparcar y hasta los Ayuntamientos hacen la vista gorda en la ORA. “Madrid, en verano, con calor y sin familia, Baden Baden” era el slogan de aquella desaparecida tribu de los Rodríguez.

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