viernes, 20 de septiembre de 2013

Las personas son importantes

Cecilia Ferreiroa (Desde Buenos Aires, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

El teléfono había estado sonando toda la mañana. No tenía ganas de atender. Lo dejaba sonar hasta que colgaran. En un momento pensé que podía ser algo importante pero aun así no atendí. Me había quedado sentada en el sillón de la sala como si estuviera pegada. Cuando por fin me levanté vi que en mi celular tenía un mensajito de texto de mi hermana Marcela. Me preguntaba si iba a estar a la tarde para dejar unas cosas de pasada a un lugar al que tenía que ir. No me decía de qué cosas se trataba ni a qué lugar iba. A pesar de haber planeado salir a comprarme unas botas de lluvia, acepté su pedido. Siempre terminaba diciéndole que sí a todo. Después me daba bronca porque ella no era igual conmigo. Muchas veces le había pedido algo y ella me había dicho sin ningún problema que no podía. Una vez me dijo que estaba muy enganchada leyendo una novela y que quería terminarla. No buscaba explicaciones muy elaboradas. De chicas empezábamos con el juego que ella quería, con la promesa de que después jugaríamos al mío. Pero cuando llegaba mi turno, Marcela decía que ya no tenía ganas de seguir jugando. Siempre hacía lo mismo y yo siempre volvía a jugar con ella. Repetirme tan dócilmente me hacía sentir un poco estúpida.

Llegó a las 3. Me dejó una mochila y me dijo que la pasaba a buscar más tarde. Definitivamente debería quedarme en casa el resto del día. Antes de que se fuera le pregunté:

-¿A dónde vas?

-A hacer unas cosas que tengo que hacer por acá cerca.

 Otra vez evadía la respuesta. En eso Marcela era una maestra. Sólo respondía a lo que ella quería. Aunque para negarse a mis pedidos era muy directa. No se me ocurría qué podía tener que hacer por el barrio. Era un barrio de lo más muerto. No había nada para hacer. No había restaurantes, excepto alguna que otra pizzería berreta, no había bares, no había negocios de nada, sólo bazares. Todo el barrio estaba lleno de bazares. Uno al lado del otro. Con uno o dos habría sido suficiente pero había miles. Una vez vino a casa una compañera de un taller de cocina. La había invitado a tomar el té para no tener que cocinar nada. Cuando le abrí la puerta me dijo: “En este barrio no vive nadie”. Había venido caminando unas cuadras y había visto un poco de los alrededores. Esa era la impresión que daba el barrio, parecía que no podía ser habitado por nadie.

La mochila de Marcela no pesaba mucho. No entendía por qué no podía llevarla con ella. No pude resistir y la abrí. En la mochila tenía unos libros, su agenda, las pinturas, un cuadernito y una hebilla. Después vi que tenía plata en una cartucherita y su cámara. Quizás por eso no quería llevarla. Como Marcela era muy reservada conmigo, siempre terminaba revisándole las cosas. Lo hacía desde que tenía memoria. Una vez, cuando éramos adolescentes, me descubrió abriéndole la cartera. Casi me muero del susto. La miré con una cara de pánico tremenda. Me pareció que si no le decía algo me iba a acogotar, y le dije la cosa más evidentemente falsa que se me pudo ocurrir: “Pensé que era mi cartera”. Ella ni se molestó en responderme, me miró con desconfianza y se la llevó.

Volvió a buscar su mochila a las 6.30. Yo me había quedado toda la tarde sin hacer nada porque tenía miedo de no escuchar el timbre. El portero funcionaba mal y a veces no sonaba. Cada dos por tres levantaba el tubo y decía: “hola, hola”. Cuando Marcela tocó, pegué un salto. Había sonado fuerte y claro. No quiso quedarse ni un segundo para charlar. Dijo que tenía que irse. Buscó sus cosas y se fue. Yo sólo había sido un depósito para su mochila.

Di el asunto por terminado. Si Marcela no quería contarme adónde iba, era asunto suyo. Por lo demás, podría ser cualquier cosa sin importancia. Creo que me intrigaba más por el barrio, por saber qué podía hacer alguien en un barrio como este.

La semana siguiente Marcela me volvió a pedir si podía dejar la mochila. Como tantas otras veces, acepté sin chistar. Me la dejó y se fue. Subí corriendo las escaleras y cuando llegué arriba me asomé por la ventana para ver si la veía. La vi cruzando la calle por la vereda de enfrente. Caminó hasta mitad de cuadra y se metió por una puerta. Que yo supiera, en la otra cuadra había bazares, una farmacia y nada más. No me imaginaba dónde podía haberse metido.

Cuando vino a llevarse su mochila, salí yo también a la calle. A mitad de la otra cuadra, al lado de un bazar, había una vidriera con un afiche que tenía dibujado un feto dentro de una panza en la que se introducía una jeringa. Arriba había una inscripción: “Así se mata a un inocente. El grito silencioso”. Parecía ser el lugar en el que había entrado Marcela. En la pared estaba escrito el siguiente mensaje:

“El mundo es lindo…

Las personas son importantes…

Vale la pena vivir.”

¿De qué se trataba todo eso? ¿Qué hacía ella ahí? Decidí llamarla y preguntarle.

-¿Qué es ese lugar al que entraste con un feto en la puerta?

-¿Qué feto? –me dijo Marcela

- En la otra cuadra de casa. ¿Qué vas a hacer ahí?

-Ah, ¿los evangelistas decís? No vi que había un feto en la puerta.

- ¿Y qué hacés vos con los evangelistas?

- En realidad, voy a ver a un chico que conocí.

Lo dijo con tono serio y monocorde, como cuando mentía. Cada vez que mentía ponía cara y expresión de nada. Buscaba parecerse a un árbol o a una pared para que no notaran que estaba mintiendo. Yo conocía bien la técnica porque nuestra madre nos había enseñado a mentir de esa manera. Nos decía que debíamos poner cara de póker y en seguida nos mostraba cómo hacerlo. Cuando éramos chicas poníamos esa cara cada vez que le mentíamos a alguien. Yo la ponía cuando tenía que decir que me gustaba una comida. Y Marcela todavía la seguía poniendo cada vez que me mentía a mí.

Me preocupó pensar que Marcela estuviera yendo a las reuniones de los evangelistas. De adolescentes huíamos de ellos cuando nos querían dar unos folletos. Huíamos porque nos daban miedo, y en el fondo pensábamos que si uno entraba en su mundo no podía salir fácilmente de él. A veces tocaban el portero de casa para traernos el mensaje del Señor y nos hacíamos pasar por una empleada. Hay cosas de mi infancia que permanecen en mi vida como un mecanismo. Todavía sigo haciéndome pasar por una empleada y respondo “la señora no está en la casa en este momento” ante cada llamado que no quiero atender. Estaba tan acostumbrada a hacerlo que una vez, sin pensarlo, lo hice con una amiga. Había llamado a casa y como yo no tenía ganas de hablar con ella en ese momento, le dije la frase con mi mismo tono de voz. Ella me contestó: boluda, ¿qué te pasa?

La semana siguiente Marcela no vino a casa. Quizás ahora que yo sabía, no quería exponerse a mis cuestionamientos o preguntas. A Marcela le gustaba hacer las cosas a escondidas, no quería que le dijeran lo que debía hacer y lo que no. Cubría su vida con un halo de misterio. Daba la sensación de que su verdadera vida transcurría en otro lado y que uno sólo podía acceder a lo que no era importante.

Llamé a Marcela.

-¿No venís más por el barrio?

-No, ya no voy más.

-¿Te peleaste con el chico?

-¿Qué chico?

-El chico con el que salías.

-Ah, ese. Sí, bueno, más o menos.

Me molestaba hablar con Marcela de cosas que consideraba falsas sólo por seguirle la corriente y ver si se decidía a dejar de mentirme. Me pasaba que empezaba a dudar si era mentira o no y quedaba enredada en mis propias redes. Por más que buscara la forma, Marcela me resultaba inaccesible. Quizás ella no tenía interés en relacionarse de una manera verdadera y natural conmigo, y se comportaba como un laberinto.

No noté un cambio importante en su comportamiento. Algo que me mostrara que se había convertido en evangelista, como que anduviera diciendo que el mundo era lindo y que las personas eran importantes, así que dejé de preocuparme. Más bien parecía que a Marcela las personas no le importaban demasiado. Quizás fuera verdad que había estado saliendo con un chico evangelista. En todo caso, ya parecía haberse peleado.

Al cabo de un tiempo me pidió si podía dejarme la mochila otra vez. Sentí frustración. Me había hecho a la idea de que ya no iba más con los evangelistas pero parecía que la cosa seguía. Le dije con tono triste que podía dejarla en casa. Debió sospechar algo porque me aclaró:

-No voy a la otra cuadra de tu casa, sino a San Juan.

-¿Qué vas a hacer?

-Es un curso al que me anoté.

¿Curso de qué? Preferí evitarme una respuesta evasiva, así que no le pregunté. Me conformé con saber que no iba con los evangelistas. Después de todo, el barrio parecía tener muchas cosas para hacer.

Me pareció que la mochila que me dejaba era una manera de tenerme pendiente, una especie de pista, que yo estaba muy lejos de poder comprender. Relacionarse con Marcela era volverse un poco detective. Ningún objeto valía por sí mismo. Esa estrategia suya me estaba cansando. Toda la vida me la había pasado deduciendo, atando cabos.

La vez siguiente al recibir su mochila, le di un juego de llaves de casa.

-Para cuando vengas a buscar tu mochila, porque yo no voy a estar.

-¿Cómo que no vas a estar? Yo pensaba quedarme a tomar unos mates.

Si había algo que Marcela no soportaba era que no estuvieran a su disposición. Era capaz de inventar intenciones que no tenía, ganas falsas. Me di cuenta de que esta situación la descolocaba y la disfruté un poco.

Unas semanas después llegué a casa y vi que estaba su mochila. Estaba usando las llaves. A pesar de que yo se las había dado, no puede evitar sentir una ligera molestia por que las usara cuando yo no estaba. Tuve que volver a salir y no pude verla cuando la vino a buscar.
Pasó un tiempo en el que casi no nos vimos. Yo había empezado un curso de repostería el mismo día en que Marcela tenía el suyo y llegaba a casa muy tarde. No sabía si estaba dejando su mochila y tampoco traté de averiguarlo. Había decidido mantenerme en la superficie de las cosas con ella y no ahondar ni intentar deducir más. Marcela sería lo que quería ser para mí, lo que me dejaba ver, lo que compartía conmigo. Eso no era mucho porque más que nada ella ocultaba.

Una noche cuando llegué de mi clase de repostería vi un arbolito en miniatura en la mesa de la sala. Había una nota al lado. La leí:

Este Acer es para vos. Es un bonsái. La profesora dice que representa la vida y crea un puente entre lo divino y lo humano. Te estoy haciendo un Ginkgo yo misma para que no te olvides de tu hermana. Porque vos mucho ir y venir y nada de estar para tomar unos mates con tu hermana. ¿Ya no te importa?

¿Qué le había dado por los bonsái? Nunca le había notado un interés por ellos. Dejé el papel en la mesa. Por primera vez me decía algo que planeaba hacer pero no estaba segura si era la estrategia de siempre cuando yo me alejaba o si se trataba de algo distinto, algo nuevo. No tenía ánimos de averiguarlo. Puse el bonsái en el balcón para que lo humano y lo divino se entrelazaran serenamente.

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