miércoles, 23 de octubre de 2013

Eibar... tu grato nombre...

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El sol se derrumbó, impiadoso, sobre este sururbano. El cielo, diáfano, era un insulto, de bello. Ni la etapa azul - si la tuvo -, de Picasso lo podría igualar.

Le di la bienvenida al día, pese a llevar dos sin dormir bien, fruto de trajines nocturnos, pero me había llegado la revancha, vía e-mail, por eso esperaba al vasco, para disfrutar, como el chino que aguardó hasta ver pasar el cadáver de su enemigo.



La gente dormía a esa hora primera de la mañana, resistiendo el complot de relojes con trabajos desguarnecidos. Sabía que Yon transitaba horarios de regresos, a veces con gloria, otras sin ella, u otra.

Yo no puedo estar en todos, pero con los hábitos instalados – no las prendas de los curas -, casi como “el caballo del sodero”, que en el pasado remoto recorría el itinerario del reparto de memoria, estaba seguro que él llegaría con puntualidad flemática - si ello fuera posible -, para participarme de una nueva extravagancia o simplemente “vagancia”, propia de quienes tienen tiempo y formas curiosas de ocuparlo.

Pero esta vez tenía con que sorprenderlo. Algo no siempre posible.
Cuando el Alfa gris, silencioso y lánguido, se deslizó en la entrada para autos, su detención pareció un parpadeo del rumor. Otra imposibilidad.

Se lo vio algo exultante, no en vano lo conozco de otras campañas: trincheras brumosas de las que pudimos salir cuando la fatalidad nos pisaba los talones.

Alguna selva tropical donde la humedad era el llanto intermitente de Dios – tercera imposibilidad -. Cierta callejuela nevada, tortuosa, “con toda la mar detrás”, como cantara Patxi (Andión), otro vasco converso.

Episodios que acumularon señales adquiridas en los frentes de la convivencia clandestina, esa que otorga el documento de sobreviviente, una identidad muy particular, cultivada en el recato y proseguida en la discreción que se suele administrar cuando uno anda entre “gatos pardos”.

Luego que trasladó los bultos previsibles destinados a la comida posterior y la caja de bebidas, imprescindible para regar el jardín – no el sevillano-, riguroso de la mesa campestre siempre dispuesta, me sentí soberbio y dueño del poder previo a los anuncios; en rigor de verdad el momento, ya que el resto es consecuencia.

Le miré los ojos azules; la piel siempre bronceada - su marca de fábrica -; un hombre de sol y de sal, antes de dispararle.

- ¿Estás preparado Yon Eibar para la sorpresa que te tengo?

- ¿Cuál, el e-mail de Guipuzcoa, de Eibar, preguntando por Eibar?-.

Se me cayó, una vez más, la mandibula. El asombro, cuando nó, era su territorio y yo había vuelto a sucumbir en el acto. Mi candidez espanta.

-No te aflijas- me consoló -Seguirás siendo niño-, su sentencia no le resultó laboriosa. Cerrá la boca, porque de seguir así puedes morir de hambre en el tiempo -. El tono burlón, seco, cortante, emitido desde su histórica parquedad, me dejaba, de nuevo, sin argumentos.

-No olvides que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Otra cosa es que les crean. Y por otra parte ¿acaso no eres periodista?, ¿acaso no dicen que eres escritor? –

-Ahora es cierto – me conformé.

-Entonces a ese oficio tuyo de las noticias ser niño te va a ayudar; creerás decir la verdad, la tuya que no es la misma para otros, pero con eso te alcanza para absolverte en ese mundo de palabras -, agregó.

-¿Entonces que le decimos a la gente de Eibar?; ¿que le decimos al Martínez quien dice, en esto de decir, ser periodista y tener un programa de radio en la cadena SER? -, amplié.

-Pedirle disculpas. Bastantes dolores de cabeza les diste con tus cuentos y mi mención; mirá que te dije: Yon Eibar no quiere promoción. Pero vos sos un hijo... de la publicidad y Yon Eibar por aquí, Yon Eibar por allá y ahora los vascos, dueños del pueblo, no te van a creer que “andamos con el alma en una nube y el cuerpo como un lamento” -, eso también lo cantaba Patxi -, pensé en voz alta -, una sonora manera de no estar de acuerdo y que la anarquía superior brillara por un segundo.

-Claro que depende de lo que digan; además de las disculpas por usurpación de títulos y honores, que les llegue un saludo más o menos decoroso de este “pardepe”, que recuerdan cosas que quizás ellos puedan haber olvidado. En esa época Patxi “contaba” historias; hoy, en el mundo, las historias vienen de “Potterlandia” y globalizadas -, retrucó.

-A llorar a la iglesia -, le dije guardando algún gramo de encono.

-Además ese pueblo hace honor a las armas, por eso vela las suyas y por las suyas no convalidarán a un par de impostores como nosotros, aunque en mi caso no sea así, sin entrar en detalles veraces y, además, si hasta tienen un equipo de fútbol, ¿porque nos querrían? -, agregó analizando el disparate.

-Basta para mí, haré lo que me pidas -, quise girar el encuentro. Me aburren las peroratas.

-¿Que te trajo por aquí, ya que la sorpresa la perdí en la primera postura de este casino?-

El día había decidido seguir su camino de luz y el calor de este enero freía hasta los deseos. La imagen de la mujer dorada apareció de súbito, con la potencia de las llamadas viscerales y a veces inoportunas o a destiempo.

Alguien, cuya sombra en la arena emerge como oasis en el caos, puede hacerme olvidar que en marzo, 28 años atrás y un día 24 –sumado da 6 el número del diablo -, la oscuridad y un otoño hostil, decidieron el presente argentino.

Es cierto, ella puede registrar, para que yo no olvide, la afirmación de Rodolfo (Walsh): “congelaron salarios a culatazos mientras los precios subían (y suben) en las puntas de las bayonetas. Pero es seguro que, además de la memoria, Yon pensaba – algo probable -, “que una sombra ya pronto serás”, si no rompo este silencio y dejo que diga lo que tenga que decir, si es que vino a decir algo, aunque su cara se ensombreció.

-¿Te enteraste de la mujer que mataron en Lanús? -, dijo casualmente -la comerciante degollada -, precisó aunque para mí no fuera necesario.

-¿Si, que pasa con ella? -, repregunté, harto de tanta violencia legitimada.

-Nada. Se llamaba Graciela, eso -, deslizó.

-¿Y? – fue mi hiriente impertinencia, algodonada por una memoria traviesa que conmigo, hace lo que me conviene.

-Nada y todo. Lanús y Graciela, deberías recordar, son sinónimos del Alfa gris y tu ingrata indiferencia me da asco -, callé y otorgué por aquella rubia y menuda figura que, generosa, le cede sin cargo, entre otras cosas, el auto.

No supe como disculparme, igual que la mayoría de la gente en cualquier circunstancia.

-Vengo de allá. Era cerca de su casa. Y lo sugestivo, pareció un llamado. Nadie degüella para robar, si no se roba. Ahora nos vamos para la villa Argentina, de Lanús-Lomas, porque la cosa la vamos a buscar por ahí. En memoria de una desconocida porque, otra vez, “los malos muchachos” miran para otro lado -, afirmó, dando por cierto mi consentimiento.

Con... sentimiento entendía que decía, pero de ahí a volver a las andadas, esas de investigar, nada. Siempre tuvimos líos por revolver hormigueros. Revolver, además, no es algo que necesitaba tener en mente, pero la villa no es recomendable a ninguna hora del día y que lo diga nuestro “Villa”, quien de villas sabe un montón.

-Vamos a comer, de camino, en la “Girgo”, porque Claudia (la dueña) me pidió que llevara lo necesario para el plato de hoy¸ después seguimos hablando -, anunció ignorándome.

El lugar, claro y luminoso, derramado en la calle Portela, resulta acogedor, sin perdón por la palabra.

-Potage de granos -, fue la noticia; lacónico anuncio sobre el menú. Mientras Yon saludaba a las damas, dueñas del lugar yo, en la barra que divide la cocina de uno de los salones, vi el programa de noticias, del canal de las noticias. El resumen, en ese momento repasaba, con un cronista en vivo, detalles del crimen de Lanús.

La casualidad viaja, a veces, del brazo con la causalidad. En el fondo de la imagen, el Alfa convertible, único, de la única propietaria solidaria (quien nos presta el otro Alfa, el gris) de esta historia de Yon, se deslizaba por 25 de Mayo, rumbo a la avenida Yrigoyen, uno de los presidentes a quien le hacían un diario; pareció un guiño de Graciela.

Me volví a comentárselo al vasco, quien ya estaba, indescifrable, siguiendo la escena. Otra copa del Verdelho llegó, para salvarme.

“La venganza será terrible”, pero ese es un título de Dolina y no una asociación de ideas; casi una asociación ilícita, esto de pensar. Era la hora apropiada de un luminoso febrero de 2004, justo antes de la tormenta.

Sacudí la cabeza cuando Yon acomodó el arma en su cintura.

Más vale no aclarar porque oscurece...

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