miércoles, 2 de octubre de 2013

El secreto que nos une

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Con 62 años, ya hacía dos que Alejandro estaba jubilado.

Su carrera como profesor universitario había sido buena. No destacaba por nada en especial; no había sido lo que se dice “un tipo brillante”, pero entre sus alumnos había una generalizada opinión: que era “buena gente”. Cariñosamente lo habían apodado “Osito de peluche”.

“Claro que… “ser buena gente” es una manera elegante de decir que uno es un estúpido, un flojo. Que no se atreve a ser osado… En definitiva, ¡que uno es un pusilánime!”, reflexionaba amargamente. Su viudez, sus largos años de celibato autoimpuesto, su soledad (sus dos hijos vivían en el extranjero y casi no tenían relación con él), lo habían ido transformando en un viejo amargado. En casi quince años de obligada soltería una sola vez había tenido un contacto sexual, muy malo por cierto. Muy ocasionalmente se había masturbado, siempre con un tremendo sentimiento de culpa. Alguna vez que le sucedió eso, llegó a pedir una consulta con un psicólogo, pero al momento de tener que ir, la canceló.



Sofía era hija de madre soltera. Tal vez por eso, por la forma en que había sido criada, por la libertad que siempre se le había concedido, era una joven infinitamente abierta. “Muy liberal”, podría llamársele, no sin cierto dejo de velada recriminación moralista. Pese a eso, que para muchos podía ser sinónimo de liviandad, incluso de lascivia, sabía cuidarse muy bien. Con sus recién cumplidos 22 años elegía cuidadosamente con quién mantenía relaciones sexuales. Era especialmente intuitiva y no se equivocaba en sus apreciaciones sobre la gente. Por la desenvoltura con que se movía, jamás nadie podría verla una “jovencita inexperta” sino, en todo caso, una “consumada mujer”. Era muy atractiva. E igualmente: muy inteligente. Sin dudas, la más apetecida por los varones de su Facultad.

Algunos alumnos, sabiendo de su formación marxista, habían pedido que Alejandro regresara y diera algunas clases especiales, fuera de programa, por supuesto pagado por la universidad. “Unos centavitos nunca vienen mal”, fue su justificación. Además, la docencia le encantaba; y más aún, temas como el que le proponían. Sofía, un poco a regañadientes, asistió –más que nada porque su novio casi la obligó, haciéndola sentir mal y “acorralándola” con argumentos malintencionados: “una tipa alternativa tiene que saber marxismo; si no, es una burguesita de mierda”. En parte por la culpa que eso le provocaba, en parte para no complicar más las cosas –la relación estaba pendiendo de un hilo desde hacía un tiempo–, comenzó a ir al ciclo de charlas.

Fue escucharlo y quedar fascinada. Por supuesto, no se lo dijo a su novio (le daba mucha vergüenza reconocer algo así, y eso hubiera podido ser el final de la relación, cosa que Sofía no quería. La relación iba mal, pero ella deseaba salvarla a toda costa). Más aún: no lo quería reconocer siquiera para sí misma, pues le parecía tremendamente desagradable pensar que la podía seducir un viejo más viejo que su propio padre biológico, a quien sólo de vista conocía. Pero algo había en él que, sin dudas, la atraía. Terminada la primera charla –“Vigencia del marxismo hoy”–, buscó cómo acercarse al catedrático e intercambiaron algunas palabras.

Alejandro también quedó fascinado con la joven. Sin dudas, más aún que ella con él. “¡Si todas las jóvenes fueran así…!”, quedó pensando con cierta amargura. Ninguno de sus dos hijos había heredado una posición crítica. Ambos habían marchado al extranjero con expectativas de hacer mucha plata, lo que lo tenía muy decepcionado. “Esta niñita sí que la tiene claro”, fue su primera apreciación. Entre una cosa y otra, se dieron sus respectivos números de teléfono. Con cualquier excusa –obviamente vinculada al tema del curso– quedaron en hablarse durante la semana. Fue el profesor quien tomó la iniciativa.

Ambos se sintieron atraídos, pero ninguno quería darse por enterado. Era obvio que se había establecido algo, una empatía, un vínculo que no era sólo lo esperable en un ámbito académico. “Pero, ¿qué es esto?”, se preguntó Alejandro, sorprendido, turbado.

A Sofía también le llamó la atención eso. No podía saber con exactitud qué era. Nunca antes había sentido algo igual por un docente; esto era algo nuevo. Extraño, sin dudas, pero atractivo. “¿Por qué me estará pasando esto?”, se atrevió a preguntar. Rápidamente desechó la pregunta. “¡Qué estupidez, por favor!...”, fue su reacción ante esa cosquillita que empezaba a invadirle. Salvar la relación con su novio era lo más importante ahora.

En un principio ninguno de los dos quiso prestar atención con seriedad a ese sentimiento que comenzaba a incubarse. Sofía tenía demasiadas preocupaciones: trabajaba como secretaria, estudiaba tercer año de Psicología, estaba pendiente del resultado de un examen de embarazo tras un inusual atraso de algunas semanas justo en el momento en que la relación con su pareja se tensionaba. Además, tanto por su belleza como por su inteligencia, debía andar cuidándose continuamente “de la jauría de perros hambrientos que la acosaba”, según decía sarcástica. Sarcástica, pero al mismo tiempo gozosa. Saberse la más apetecida de la Facultad la hacía sentir viva, tremendamente viva.

Vivo también, tremendamente vivo comenzó a sentirse Alejandro. Cuando quiso explicárselo a sí mismo, no pudo hacerlo. El hecho ya estaba consumado: había enviado un ramo de flores a la oficina donde trabajaba Sofía, anónimo.

La joven quedó atormentada. ¿Las mandaba su novio… o este nuevo pretendiente? Lo que menos quería en el mundo era tener problemas sentimentales. Liberal como era, tenía una ética monogámica sumamente estricta. Ella elegía con quién se metía, pero siempre respetaba fielmente a su pareja. Había tenido varios novios así como bastantes encuentros ocasionales (sólo una vez lo hizo con una mujer, y no le gustó). Siempre, de todos modos, fue estrictamente fiel a su pareja de turno cuando había tomado ese compromiso. Ahora algo se le movía. Y, por supuesto, la asustaba.

Con su pareja estaba enamorada; él era un joven bioquímico, militante de un grupo de izquierda y músico (tocaba la guitarra en una banda rockera). La idea de estar embarazada de él no le caía bien en este momento, con 22 años y una carrera a medio hacer. Pero tampoco la desesperaba. La aparición de esa cosquillita que le provocaba Alejandro sí la incomodaba. No quería eso…, pero al mismo tiempo le producía una sensación agradable, difícil de explicar. “Maripositas en el estómago”, se le antojaba. “Pero… al fin y al cabo, ¿por qué habría que explicarlo, no?”.

No podía decir que estuviera enamorada de ese viejo de sucia barba (Alejandro era muy descuidado en su aspecto físico); pero sí había algo que la atraía. Quizá la imagen intelectual que el profesor transmitía, su aplomo, su seguridad. No era enamoramiento, claro. Sólo pensar la posibilidad de darle un beso –¡y ni que se diga hacer el amor!– a alguien que le evocaba su padre siempre ausente, la transtornaba. Lo suyo era platónico: le agradaba escuchar hablar, dejarse seducir por alguien a quien consideraba “sumamente inteligente”.

Al recibir las flores, Sofía se enojó mucho. “Yo no soy chica de flores, ni de chocolates ni de ositos de peluche. ¡Eso no va conmigo!”, espetó molesta.

Molesta también, pero más aún temerosa de lo que podría disparar la pregunta, consultó a su pareja si era él quien le había enviado ese presente, y el porqué. Efectivamente, la pregunta ocasionó una explosión. Sin quererlo, tuvo que reconocer ante su novio que tenía un admirador. La risotada que lanzó el joven al saber que el viejo profesor estaba cortejando a Sofía fue estruendosa. “¡Ya ni se le debe parar al pobre viejito…!”, se burló con estrépito.

Quizá a causa del enamoramiento platónico que sintió por Alejandro, quizá por la reacción despectiva de su novio ante la confesión, o por una combinación de ambas cosas, Sofía comenzó a desarrollar un sentimiento cada vez más profundo hacia el maestro, silencioso, absolutamente privado. Nunca se atrevió a confesárselo a él.

Éste, sin poder entender qué le estaba pasando, también comenzó a experimentar una catarata de sentimientos hacia Sofía que lo ponían al borde de la desesperación. Hacía años –“¡siglos!”, según su propia apreciación – que no le pasaba algo así. Más aún: sintió que nunca en su vida, ni con su fallecida esposa ni con ninguna otra mujer, había experimentado algo similar. Se sabía un hombre maduro, obviamente; pero todo esto lo hizo sentir inmediatamente un adolescente enamorado.

Sofía, quien desde el primer día lo había tuteado y se sentía –no sabía por qué– con derecho a tratarlo con la mayor naturalidad, o incluso intimidad, lo abordó con sumo cariño, pero firme a la vez: “por favor, Ale, no lo tomes a mal, pero no querría que me vuelvas a mandar flores”.

Ante eso, que lo dejó bastante sorprendido, cambió la estrategia. A la mañana siguiente, la joven tenía en su oficina un paquete con ocho libros, con la dedicatoria: “Para una chica que no es de flores” (coincidencias de la vida: su novio se apellidaba Flores. ¿Coincidencia?). Y firmaba “Osito de peluche”. Llegar a estampar esa rúbrica le costó dos horas de cavilación. Y algo más todavía: después de más de quince años de abstinencia, que comenzó coincidiendo con la enfermedad terminal de su esposa, se encontró que mientras decidía si ponía esa firma… volvió a fumar. Desde allí, ya no pudo parar.

No pudo parar muchas cosas, las que se le fueron precipitando de un modo que lo dejaban cada vez más estupefacto. Pero en realidad eso, más que atemorizarlo, lo hacía sentir más vivo, más feliz, eufórico. Volvió a fumar, y comenzó a sentir por Sofía lo que nunca había sentido en su vida. Era una pasión desbordante. Los regalos comenzaron a sucederse casi a diario.

Sofía dejaba hacer. Casi nunca respondía a cada presente que le llegaba. Pero rápidamente se sintió abrumada. En un correo electrónico (uno de tantos, pues correos, mensajitos de texto y llamadas telefónicas se habían vuelto regulares, cosa de varias veces por día) afirmó: “No sé qué esperes a cambio. Yo no estoy en condiciones de darte nada, Alejandro. Soy más bien distante, y por favor no te ofendas por esto”.

Para el profesor fue enigmático el mensaje. Y al mismo tiempo, disparador de la locura que prosiguió a partir de ahí. Su pasión por la joven se volvió más profunda, frenética podría decirse. Llegó a pensar en teñirse el cabello para ocultar sus canas. No lo hizo finalmente, pero el sólo hecho de planteárselo lo descubrió como alguien a quien él mismo desconocía. “¿Por qué me pasa todo esto?”. Muy tímidamente se lo comenzó a preguntar, pero casi inmediatamente desechó la pregunta.

“¿Qué importa el porqué? Me pasa, y punto. Quizá es una locura una relación con alguien a quien le llevo cuarenta años… pero ¿por qué no? ¡Nada grande puede hacerse sin una gran pasión!”, cerraba su reflexión citando a Hegel. Sabía que se engañaba, que algo no encajaba, pero no podía –ni quería– detener lo que se había iniciado. Lo alentaba a seguir adelante el hecho que Sofía nunca le dijo claramente que no. Ella, al mismo tiempo, quizá sin proponérselo, lo estimulaba a seguir, pues en forma velada, más con sus silencios y su misteriosa sonrisa –“parece la Mona Lisa, decía Alejandro”– le hacía saber que esa comunicación y su misma presencia le agradaban, la alagaban, la hacían sentir bien.

La relación pasó por un par de semanas en esta situación de tensa calma, en esta peculiar dinámica de sí y no, de regalos y mensajes con breves respuestas o sin ellas, de silencios que daban para pensar cualquier cosa. El “soy más bien distante” hacía que el profesor se afanara más aún en su búsqueda.

“Si me dijera claramente que no, todo estaría más claro. Pero esta ambigüedad me está volviendo loco. ¿Querrá o no querrá?”, pensaba Alejandro entre cigarrillo y cigarrillo.

En esos días se confirmó que Sofía no estaba embarazada. Nunca hubo un contacto físico entre ellos, un beso, una caricia. Alejandro, en los escasos dos cafés que compartieron a la carrera en algún bar de zona céntrica, derramó lágrimas ante ella. Ella lo hizo muy en privado. Él llegó incluso a escribirle un poema –muy ocasionalmente había escrito poesía en su vida, y nunca se había atrevido a publicarla–. Tampoco esta vez se atrevió a compartirla. Sabiendo que la situación tenía más de imposible que de cosa real, Sofía planteó en algún momento “que sea una relación secreta, que este sea el secreto que nos une”.

Esa simple frase trastocó a Alejandro, le cambió la vida. Mantener una relación secreta con alguien como esta muchacha lo alteró para siempre. El retomar el cigarrillo fue la expresión visible de los cambios que se le precipitaban.

Se habían citado para almorzar un miércoles; ir a cenar implicaba ya algo que ninguno de los dos se animaba, y si habían jugado a hacerlo –“cena… ¿con desayuno incluido?”, se permitió bromear Alejandro, expresión de la que luego se moría de vergüenza al recordarla, y por la que pidió reiteradas veces perdón–, inmediatamente se lo prohibieron.

Alejandro esperó ese encuentro como el día más especial de su vida. Tenía preparado un regalo especial que quería entregarle en las manos a Sofía, y no como había hecho hasta ese entonces, como misteriosos envíos. Le había comprado un libro de poemas de amor de Pablo Neruda, y le había escrito una sentida dedicatoria. Una hora antes de la cita, Sofía la canceló.

La explicación fue totalmente comprensible: dado que había resultado negativo el embarazo, quería por esos días afianzar la relación con su pareja, y salir con otro tipo, así sea su profesor, un viejo del que nadie podría sospechar esos ocultos –y tremendamente volcánicos– sentimientos hacia la joven, no se lo quería permitir en este momento. Con el mayor cariño posible, Sofía pidió que no se enojara ni se ofendiera, que no era nada personal contra Alejandro, que le encantaba mantener esa relación secreta, platónica, pero que se dieran unos días.

Alejandro, lloriqueando como un niño, preguntó si le podía seguir escribiendo esos mensajitos de amor que ya se le habían hecho naturales, y haciéndole llegar regalos (libros y discos básicamente). Sofía, más con bonhomía que con pasión, dijo que sí. “¿Ternura? ¿Compasión? ¿O querrá algo de verdad?”, se devanaba el cerebro el profesor.

Para Alejandro eso fue una línea divisoria total. Por supuesto la esperaría, pero entendió rápidamente que el sueño vivido esas pocas semanas era eso: solamente un sueño, una ilusión. “Seamos realistas. ¡Pidamos lo imposible!”, trataba de estimularse recordando esa célebre pintada del mayo francés. Pero muy hondamente se daba cuenta que, como siempre, las mujeres tienen los pies sobre la tierra mucho más firmes que los hombres. Y que él, pese a su supuesta solvencia intelectual, se había dejado llevar por una fantasía loca. “¿Y dónde queda el secreto que nos une?...”, se preguntó amargamente.

Primer final

La sensación de fracaso, de derrota, fue absoluta. Lo vivió como una catástrofe sin salida.

Pudo darse cuenta que se había enloquecido con la situación, que era una quimera sin la más mínima perspectiva de posibilidad. Ilusión muy linda, sin dudas, apasionante. Si se dejaba llevar por la frase de Hegel, era hasta incluso loable. La pasión que le había puesto a todo esto era desbordante, monumental (volver a fumar tenía que ver con esos cambios enormes que se habían producido en estas dos o tres semanas). Pero ello no quitaba que fuera una ilusión bastante enfermiza. Pudo reconocer que años de abstinencia sexual, de encerramiento en sí mismo, la lejanía de sus hijos y el saberse un mediocre y deslucido catedrático que había pasado sin pena ni gloria, todo eso se le había movido de pronto ante esta catarata de sentimientos que le provocaba una inteligente y hermosa jovencita que bien podía ser su nieta.

Y pudo entender también que todo esto, más allá de la quizá buena intención de Sofía de intentar mantener la relación con ese “secreto compartido”, era producto de una locura de su parte. No era Sofía la causante de la situación; ella, en todo caso, quizá sin saberlo, sin proponérselo en sentido estricto, era el objeto de sus cavilaciones, de sus desenfrenadas pasiones. Pero más bien era la excusa. Nunca llegaron a tocarse una mano, a darse un beso en la boca. Si Alejandro se masturbó varias veces pensando en ella, eso corría por su cuenta, era su fantasía, su loco apasionamiento por inalcanzables molinos de viento. Sofía desde su lejanía, pero siempre guardando una cuota de seducción que lo había llevado a ese estado de enamoramiento a él, no buscaba nada en especial. Al menos, no lo buscaba racionalmente. Si como oscuro y prohibido objeto de deseo le movía las fibras más íntimas al profesor, no era un plan calculado por parte de la bella joven. Ella se dejaba seducir sin responder, o respondiendo con medias frases que daban para todo. “Que esto sea el secreto que nos une”, dicho con picardía, seguramente sin la menor malicia, preservando la fidelidad con su novio pero sin querer ser hiriente con Alejandro, habían disparado en éste lo que hacía años estaba esperando. Sofía fue eso para el viejo profesor: una excusa.

Una semana después de la cita cancelada, Alejandro amaneció desangrado en su habitación. Se cortó las venas un miércoles a la noche. La señora de la limpieza lo descubrió al día siguiente en un charco de sangre. Junto a él yacía también el libro de poemas nunca entregado, y entre sus páginas había un manuscrito –así lo confirmó luego la policía– donde le proponía a Sofía irse a vivir juntos.

Segundo final

La decepción que sintió el profesor fue mayúscula. Lo turbó. Lo hizo llorar amargamente y le nubló la vista, pero más aún, le turbó la razón.

Vagamente se daba cuenta que todo el sueño era una locura, que era ante todo una fiebre suya y no de Sofía. La joven, tal vez para no herirlo, o porque sí, efectivamente, en algún nivel también gozaba de la platónica relación y de la presencia de Alejandro como figura ideal, como mito no corpóreo, como evocación de quién sabe qué fantasías, no lo había despreciado explícitamente. Era por demás de obvio que ella no quería absolutamente más nada por fuera de una cierta galantería que terminaba en algún libro obsequiado. Sin necesidad que se dijera, el viejo catedrático sabía que si había alguien que soñaba y podía masturbarse con esos sueños, era él. Ella seguía su vida con otras preocupaciones. Alejandro quizá importaba algo, pero estaba muy por debajo en la lista de sus prioridades.

Aquel “no sé qué esperes a cambio” proferido por la muchacha había sido lapidario, definitorio. Lo movió por algunas semanas a los más desesperados –y locos– esfuerzos. Se sentía un adolescente tras su presa juvenil, un cazador armado de un arma afilada, ansioso, a la espera. Ya se le había vuelto obsesión: ya no era amor, era desesperada búsqueda frenética de un botín.

Lo sabía, lo intuía, se daba cuenta que Sofía, con la mayor cuota de racionalidad, lo ponía en su lugar, sin ofenderlo en ningún momento, pero situándolo correctamente. Sabía –sin permitir decírselo en voz alta– que, como siempre, son las mujeres las que entienden y manejan mejor estas cosas; que las construcciones machistas de “histéricas insufribles que no saben lo que quieren” es una pura edificación de los varones. Se daba cuenta que la decepción sufrida ante la negativa de la muchacha lo estaba transtornando de un modo peligroso. Pero no quería hacer nada al respecto. La obsesión se le había vuelto enfermiza: “o ella o yo”.

Sin permitir decírselo tampoco, asoció la juventud de Sofía con la juventud en general –para él: sinónimo de estupidez, de irresponsabilidad y superficialidad–. Aunque en realidad no se lo quería decir a sí mismo, sabía que estaba hablando de sus hijos, que no habían seguido sus pasos y se dedicaron justamente a lo contrario de lo que fue su proyecto de vida. La sana distancia puesta por la joven la vivió como una afrenta intolerable.

Fueron necesarios varios whiskies para tomar valor. Sabía que era una locura, pero no podía –ni quería– evitarlo. Una semana después de la cita cancelada, por la noche, la siguió sigilosamente desde la universidad hasta su casa. Amparado en el silencio y las sombras, no dudó en darle una docena de puñaladas. Lloró desconsoladamente ante el cadáver ensangrentado, y pensó en quitarse la vida. Pero no lo hizo.

Al día de hoy la policía aún no ha podido dar con él. Según algunas pistas, habría marchado al extranjero, tal vez a París, donde vive su hijo mayor. El novio de Sofía no pudo soportar el inconmensurable dolor y se suicidó.

Tercer final

El pedido de espera hecho por Sofía aumentó la pasión. En nombre del secreto –“sacrosanto secreto”, llegó a decir Alejandro– comenzó una agónica espera. Supo mantenerse en silencio y sin acosar a la joven por espacio de varias semanas. Pudo darse cuenta que la persecución con la muchacha era eso: persecución, acoso intolerable. Sofía nunca se lo dijo, pero eso pudo intuir él. Prefirió hacerse un poco a un lado y no seguir insistiendo.

“El amor y la locura tienen mucho en común. Lo difícil es saber dónde está el límite”, pudo escribir finalmente en algún mensaje que envió a la joven justo un mes después del almuerzo cancelado. El libro de Neruda siguió esperando dentro de su envoltorio. Pensó arrojarlo a la basura, pero prefirió esperar. Sofía no fue a sus clases de marxismo en dos oportunidades. Un jueves por la tarde, día de mucha lluvia, ella tomó la iniciativa y lo llamó. Se acababa de separar del bioquímico Flores y buscaba a Alejandro para llorar un poco.

Ella nunca pudo explicarse por qué prefirió llamar al profesor en esas circunstancias. Sabía que la atraía, más intelectualmente que como varón, por supuesto. Se sorprendió grandemente cuando vio que, con lágrimas en los ojos, marcaba el número de Alejandro y no el de ninguna de sus amigas cercanas para contar la decisión de la separación.

El amor del profesor había crecido ese tiempo de un modo exponencial. Sus ausencias en las clases que ahora impartía lo habían entristecido mucho, pero resignadamente lo había aceptado. Entendía que esa relación era un absurdo, un imposible. Esperar algo era tonto. Además, lo que menos quería él era una aventura pasajera con una niña cuarenta años menor. Esa idea incluso le repugnaba.

Pero no fue una aventura. Por un tiempo –unos tres meses– fue un secreto celosamente guardado por ambos. El secreto los unía, los fundía en un solo ser. Cuando Sofía recibió la confirmación del embarazo, decidieron hacerlo público. Hoy viven juntos, y Alejandro volvió a la universidad como profesor extraordinario. La niña que viene en camino se llamará Esperanza. Y a pedido de Sofía, Alejandro ya no fuma más.

Moraleja

La vida, sin pasión, es anodina, intrascendente. Puede pasársela, o más bien, soportársela. La vida plena, aquella que reclamaban las pintadas del Mayo francés de 1968 (“Seamos realistas, ¡pidamos lo imposible!”, “La imaginación al poder”, “Desabrochemos el cerebro tan a menudo como la bragueta”), no puede vivirse sin la más absoluta y desenfrenada pasión. Nada grande en el mundo se ha hecho sin una gran pasión.

Tomado del libro “Cuentos filosóficos”, de pronta aparición.

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