jueves, 17 de octubre de 2013

La cadena encantada de Juana Pabla

Antonio Prada Fortoul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Barú es una isla ubicada en el archipiélago del Rosario, en el Caribe cartagenero. En ese bello paraje, (1949) las casas ocupaban el cinco por ciento de la isla, el resto de esas feraces tierras era utilizado para criar ganado vacuno, lanar, cerdos zungos de largos hocicos, sembraban frutales propios del Caribe, como patillas, melones, nísperos y tubérculos para el consumo de los lugareños.

A pesar de esa inclinación agrícola, la actividad que constituía el eje económico de la población, era la pesca artesanal.

Los pobladores lanzaban diariamente sus botes al agua regresando a media mañana con sartas de juréles, chinitos, pargos, mojarras, barracudas de carne blanca y azulado espinazo, para el consumo de los habitantes y el mercadeo.



La vida en ese entonces transcurría sin sobresaltos en ese hermoso paraje.

En la isla vivía don Fritz, un alemán que llegó a ese lugar después de la Segunda Guerra Mundial acompañado de Marlen su mujer, una hermosa hembra bávara de larga cabellera, tetas pirenaicas, bien torneadas y ojos de un profundo azul que se confundía con la coloración de los bajos en el mediodía.

Tuvieron un hijo llamado Helmut, el cual llegaba anualmente a la isla procedente del interior del País, donde estaba culminando sus estudios de medicina.

A pesar de su rígida formación teutónica y la renuencia de sus padres, el joven estudiante se había integrado al ambiente, usos y costumbres de la isla; bailaba los aires musicales como cualquier isleño, sentía el compás y ritmo de esas bellas canciones, vibraba con la percusión y los sonidos corales de los cantos a los Orishas, que venían de la espesura en las noches de luna llena.

“Es por haber nacido aquí, de ser isleño, que se le pegó nuestra forma de bailar”, decían los ancianos de la isla.

Su padre había construido una casa en ese bello lugar con cuatro alcobas bien dotadas para los tres hijos que habían planeado tener y la principal para él y la finada Marlen, devorada por un enorme tiburón blanco desviado de su ruta un nefasto domingo de abril cuando la bella germana nadaba en el bajo de las langostas. Desde ese infausto día, don Fritz jamás volvió a salir de su casa.

Todas sus necesidades domesticas se las atendía una mujer de la isla llamada María Ester Pichott; esta le cocinaba, arreglaba la ropa y le mantenía la casa aseada, jamás se volvió a ver a don Fritz en el pueblo.

María atendía la casa con pulcritud, su esposo Genaro, curtido pescador isleño, tenía dos embarcaciones que le producían lo suficiente para vivir con desahogo.

De la unión de Genaro y María, descendiente de los primeros habitantes de esas islas, unos valerosos haitianos que pelearon en las guerras de independencia acompañando a Simón Bolívar que se quedaron cautivados con la belleza arisca y montaraz de ese paraje que era una acuarela viva, hermosa y cautivante, nacieron seis hijos, cinco varones y una hermosa muchacha, la menor de todos llamada Juana Pabla la cual había cumplido diez y nueve años de edad.

Los varones permeados por el espíritu aventurero de todo isleño, emigraron para Panamá formando sus hogares con descendientes haitianas.

Cada año visitaban la isla para reunirse con sus padres, esposas e hijos.

Juana Pabla tenía bellos atributos que extremaban su hermosura, los ancianos de la isla, la consideraban hija de Yemayá por su belleza e inclinación a todo lo relacionado con las aguas del mar y los corales.

Juanita amaba a Helmut, a pesar que este cuando llegaba la isla, lo hacía con una mujer diferente oriunda del altiplano, “una blanca” decía la gente del pueblo.

Ese amor silencioso y no correspondido desilusionaba a la hermosa doncella.

Durante la realización de un llame nocturno a Yemayá, el Orisha dueña de las aguas del mar y de los corales, esta divinidad yoruba escuchó el lamento de amor de su hija Juana Pabla. Yemayá acaballó a una de las presentes y en su mensaje en “lenguas”, dijo a la isleña que ese Mayo resolvía sus amores sin respuesta.

Juana Pabla, permanecía virgen en espera del joven teutón.

Este la saludaba con afecto, sin ningún interés pasional o malicia.

En una ocasión la madre de Juana Pabla amaneció con fiebres y mandó a su hija para que hiciera los “oficios” en la casa del alemán.

Esta, acatando a su mamá se hizo presente en la casa de don Fritz para realizar la labor doméstica que le correspondía.

A media mañana se presentó Genaro en la casa de los teutones, con un enorme pargo que entregó a su hija para que hiciera el almuerzo.

Al despedirse de su padre, Juanita descamó, posteó y limpió el pez.

Al abrir el vientre para sacar el tripajo, encontró en su buche una cadena de oro con un dije representando a un delfín en pleno salto, asiendo en su boca un coral cuyo rojo intenso, titilaba como los enceguedores rubíes de Rio Grande do Sul.

Asombrada por la belleza de la joya llamó a Helmut que dormía en una hamaca.

Este después de apreciar la joya dijo a Juana Pabla: ¡Es tuya Juanita, úsala!

Juana lavó la cadena y dijo al joven germano que la colocara en su cuello; este se le acercó por la espalda a la hermosa hija de Yemayá y al sentir la dureza de las nalgas agresivas de la joven, apreció la tersura de esa piel africana y se percató de la belleza de Juana Pabla y su cuerpo cual diosa del Serengueti.

Su cuerpo ardía en una ansiedad de amar a la bella mujer que giró suavemente su cuerpo quedando frente al joven que sintió la cálida turgencia de los senos de Juanita, su olor a matarratón, hierbas y humo lo sumió en un frenesí de pasión que con sapiencia correspondió la isleña que ese día conoció el amor.

Se casaron un lluvioso domingo de Agosto en un festejo de tres días.

Pusieron un puesto de salud en la casa de Helmut donde fijaron su residencia y desde ese día, una vida de amor y pasión colmó esta pareja de enamorados.

Tuvieron gemelos en el primer parto, Juana Pabla repitió en el segundo con otros gemelos, varones como los anteriores.

Siempre estaban juntos con sus hijos, formaban una pareja amorosa, ejemplo de entrega y abnegación, eran un matrimonio ejemplar.

Un día que salió a pescar en el bote de su padre, olvidó la cadena en el nochero, al regresar encontró a Helmut arrobado viendo el brillo del coral acentuado por el sol que entraba por la ventana del patio, cuando Juana se puso la cadena, Helmut la siguió por toda la casa. En ese instante Juana Pabla adivinó el ensalmo de su madre Yemayá en la joya, Jamás volvió a quitarse la cadena de su cuello.

Un sábado nefasto, unos escualos persiguiendo un cardumen de jureles, entraron a la cala isleña. Juana con dos amigas buceaba langostas en los fondos coralinos del arrecife las cuales echaban en una canasta donde brincaban con desespero en busca del agua de mar.

Cuando Juana Pabla se lanzó en un clavado perfecto desde lo alto de las rocas hacia los coralíferos fondos cuyas algas multicolores formaban una cadenciosa selva submarina que ondulaba al vaivén de una desconocida y lejana ritmación.

Un tiburón, percibiendo las vibraciones del chapuzón, se desprendió del grupo de escualos para atacar; no pudo escuchar la bella isleña las voces de sus amigas previniéndola del depredador que se acercaba amenazadoramente.

Pensaba en sus hijos y su amado Helmut, recordaba el pargo que en un Mayo inolvidable, llevara su padre a la casa de su amado entregándole con el hermoso pez, toda una vida llena de felicidad.

En fracciones de segundos el agua se coloreó totalmente con la sangre de la hermosa isleña mientras el tiburón agitaba el agua con feroces movimientos, en esos momento despertó Helmut con un profundo dolor en sus genitales.

Los niños empezaron a llorar inconteniblemente.

Los golpes en la puerta lo sacaron de su estado letárgico y se levanto al escuchar las voces alarmadas de varios isleños lanzando gritos desesperados.

Cuando le comunicaron la fatal noticia, se desplomó el joven enamorado en el umbral de la puerta llorando desconsoladamente.

En ese estado permaneció hasta el día siguiente cuando su padre y varios vecinos lo obligaron a que se levantara.

Desde ese día, el joven viudo se sentaba en la punta de los acantilados a llorar a su amada Juana Pabla a quien llamaba con desgarradores lamentos de dolor que hacían conmover los palmares cuyo susurro triste se escuchaba en las pausas.

Todas las noches su padre y varios vecinos lo arrancaban de su estado de dolor en una condición catatónica y lo sumía en un seráfico ensimismamiento.

En el fondo del arrecife estaba la cadena con su dije incólume, el brillo sangriento que el sol hacía reflejar, despertaba el dolor incontenible en el alma de Helmut quién no había cesado de llorar desde la muerte de su esposa.

Una mañana el reflejo sangriento que despedía el coral al posársele los rayos solares, atrajo una barracuda que se desplazaba por las cálidas aguas del Caribe cartagenero. Como saeta, se dirigió al lugar de donde venía el brillo provocador y de un solo bocado, engulló la cadena con arena y diminutos moluscos del fondo.

Cuando se alejó el depredador de los bajos, Helmut, en un impresionante y perfecto clavado, nadó tras la barracuda perdiéndose en el horizonte infinito de las aguas continentales en busca de una utopía que los humanos llaman amor.

¡Jamás volvieron a verlo!

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