jueves, 17 de octubre de 2013

La felicidad

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sus abuelos emigraron a la Argentina buscando la felicidad.

Todos los inmigrantes la buscaban. Los españoles, los italianos, los rusos.

Para ellos era un lugar donde vivirían mejor.

O sea que ahí vivirían contentos y satisfechos. Sin miedo a las guerras y la pobreza.

Así es que, para los que llegaban a la Argentina (como a otros países de América Latina) ese era un lugar donde vivirían felices.

Y muchos fueron obreros y peones rurales, siempre con la esperanza de que sus hijos sean profesionales. Médicos, abogados, ingenieros. Profesionales, que era como ser aristócratas. Pasar a una nobleza, y entonces ser felices.

Así es que muchos de sus hijos fueron entrando a las facultades, recibiéndose y teniendo sus diplomas.

Sin embargo, los hijos y nietos de aquellos inmigrantes no eran felices.

Algunos de ellos, para serlo, se hicieron religiosos. Curas, monjas.

Y otros empezaron a creer en una nueva religión: la inevitable revolución, que una vez hecha haría surgir el Nuevo Hombre, que obviamente sería bueno y feliz.

Y los que la harían serían los obreros, hecho históricamente inevitable, según parecía decir su nueva biblia: El Capital, de Carlos Marx.

Clase obrera, que formada toda por buena gente, al tomar el poder haría posible la aparición del Nuevo Hombre. El hombre feliz, con la revolución socialista.

Pero los obreros que pasaron a tener influencia en los gobiernos de la burguesía no buscaban hacer la revolución. Aunque eso estaba fácilmente explicado: eran burócratas sindicales.

A los que en una época se empezó a matar porque eran traidores a su clase. A los otros obreros que, por serlo, eran todos buenos.

Es que había aparecido la religión del foco. Un foco revolucionario que, obviamente se extendería por toda América Latina. Lo máximo a partir de una cosa mínima, pero bien hecha. Lo contrario a la Teoría del Caos.

Así fue que hubo algunos estudiantes, adolescentes, que entraron en la lucha armada con la certeza religiosa de que, así como pasó en Cuba con el barco Grama del que descendió Fidel, a partir de una cosa mínima, a partir de un foco se extendería la revolución armada por toda América Latina y sería socialista. Y entonces, obviamente, surgiría el Nuevo Hombre feliz.

Lucha armada que, sin embargo en la Argentina no tuvo el apoyo del pueblo, como aconteció en Cuba, que el pueblo se juntó a Fidel Castro contra el dictador Fulgencio Batista.

Lucha armada que fue el pretexto, la justificación de la sangrienta dictadura militar que empezó en 1976. Torturar y matar a 30.000 para combatir la “delincuencia subversiva” y posibilitar el “proceso de reorganización nacional”, a partir del cual, como ciertamente creía el sanguinario Videla, la Argentina sería un país feliz.

Así es que en la historia de cada país hubo batallas, muertes y torturas.

Diferentes formas de la desesperación del llamado “ser humano” para ser feliz.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.