miércoles, 2 de octubre de 2013

La terquedad de la gacela: Una historia de libertad

Juan Rosales (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

"No sé si tiene sentido, pero me digo cada vez, contá la historia de la gente como si contaras en medio de un camino. Despojate de toda pretensión y cantá. Simplemente cantá con todo tu corazón. Que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia"
Haroldo Conti, escritor desaparecido por la dictadura en 1976

Antonio de Saint Exupery, autor de "El Principito", aviador francés que recorrió con su avión correo una y otra vez la Patagonia y murió batallando contra los nazis en la 2a. Guerra Mundial, cuenta en su libro "Tierra de hombres" que en un tiempo criaba, con otros compañeros, gacelas en Juby, África. Las encerraban en un recinto enrejado, al aire libre. Capturadas muy jóvenes, dice, viven y comen de nuestra mano. Se dejan acariciar y hunden su hocico húmedo en la mano protectora del amo. Se las cree domesticadas, al abrigo de los peligros de afuera, de la selva desde donde llegan los rugidos amenazadores de los chacales y las fieras. Y sin embargo, llega un día en que se las encuentra empujando, tenazmente, con sus cuernecitos contra las vallas, en dirección a la jungla.



Dejan que se las tranquilice, llegan a beber la leche que se les trae, pero apenas se sueltan corren hacia el enrejado y siguen empujando, con sus pequeños cuernos y la cerviz terca, incluso hasta morir en el intento.

Y el lector se pregunta: ¿qué poderoso instinto vital, qué inconmovible sentimiento de libertad, de ser ellas mismas, las empuja a querer derribar los muros levantados por los amos y salir, correr, saltar los obstáculos, afrontar los peligros, prefiriendo el riesgo de las zarpas a una esclavitud tranquila?

Cierto, no basta con el empuje individual, aislado de una gacela para echar abajo las rejas, ni siquiera para sobrevivir solitaria entre las fieras. El animal no se pregunta, no tiene conciencia de su servidumbre, simplemente lucha por su existencia. Los hombres, que comparten el sentimiento de libertad que es atributo de todo ser vivo, pueden aprender de su experiencia que en una sociedad injusta y desigual la libertad del opresor para expoliar al oprimido no es la misma libertad del oprimido que necesita terminar con toda forma de opresión humana, que hace falta en cada persona, en cada comunidad, el coraje terco de la gacela junto a la capacidad humana de unirse y empujar juntos para echar abajo los muros con que los viejos y nuevos esclavistas han pretendido encerrarlos y someterlos a lo largo de la historia.

Decía el sabio historiador Tucídides hablando del secreto de la libertad: "El secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad está en el coraje".

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