miércoles, 30 de octubre de 2013

Pablo de espuma, Pablo de arena

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ilustración obra de la artista plástica argentina Beatriz Palmieri: Niño en el mar.

Aquí nomás, a pocas cuadras de donde el mar rinde su fuerza ante la arena, duran los días de un niño-hombre que se me ocurre de espuma.

Que se me ocurre de arena.

Su cuerpo esmirriado cumplió diecisiete años, su cerebro, protegido por una maraña empiojada de pelos negros, se plantó en huelga de brazos caídos por tiempo indefinido atorándose en los siete.

Tiene los ojos oscuros de mirada vacía como urgueteando un pasado que lo marcó para siempre dejando huellas de fuego sobre su alma casi errante, tan hueca como dicen que es la nada.



Me acompaña cuando salgo a hacer las compras, ese es su pasaporte diario que le permitirá la entrada al kiosco donde habrá de saciar sus ganas infantiles con alguna golosina inaccesible para él, de otra manera.

-Tené cuidado con ese pibe, me dicen algunos de los pocos vecinos residentes en este pueblo de turistas veraniegos. Anda en malas juntas, te va a afanar en cualquier momento, agregan.

(Por qué será, me pregunto, que la pobreza siempre se enlaza, como ley inexorable, con el delito. Por qué será, me pregunto, que la marginación representa, para muchos, un vínculo entrelazado con la degradación humana. Por qué será, me pregunto, que los verdaderos degenerados de la historia pasada y la presente: los chupasangre, los expoliadores, los saqueadores, nunca ofrezcan un mínimo de sospechas, pese a ser los colaboradores inmediatos para que sigan vagando Pablo de espuma, Pablo de arena.)

Pablo me cuenta historias de un ayer desgarrador, habla de su madre ahogada en alcohol, prostituta, fallecida una noche de excesos con estómago vacío. Habla también de su padre “suicidado” en una cárcel donde pagan sus culpas los que han sido cazados, también, por ser de espuma y arena, como el niño-hombre inacabado.

Suele agarrarse a trompadas con otros chicos porque:

-Me puteó a mi madre y eso no puedo dejarlo pasar, doña, dice justificando sus arranques de ira demasiado asiduos, tanto como lo son las agresiones que recibe de hijos de buenas familias que no dudan en recordarle su historia a este pequeño “animalito” abandonado a su (mala) suerte.

Me cuenta que cuando termine la escuela, cuando supere el segundo grado donde se encuentra anclado desde hace tantos años, quiere ser policía para poner orden en el pueblo.

Me cuenta que todas las noches da vueltas por la calle comercial para avisarle a la cana cuando andan los chorros. Y hace “vigilancia” también por mi vereda.

-Porque yo patrullo, doña y te cuido, comienza su monótono, repetitivo relato todas las tardes al regresar de la playa.

-Hoy faltó la maestra, miente, cuando durante semanas enteras anda por la arena jugando con su perro tan callejero como él. Tan de espuma, tan de arena, tan sin nada como el niño-hombre. Sin control de ningún tipo. ¡De ningún tipo! Sin asistencia, sin caricias, con la panza empachada de ausencias.

Pablito y yo pasamos horas conversando pero su mente divaga, se dispara como flecha enloquecida, da en el centro del blanco del absurdo y vuelve a contarme que ya se anotó en la escuela de policía para cuando termine de cursar sus años detenidos en un ayer.

-Yo te cuido, doña, repite cada vez que nos encontramos. El sigue mis tiempos, espera que abra mi ventana para demostrarme que es cierto, que él me protege para que no me pase nada.

-Claro Pablo, vos sos mi guardaespaldas, respondo, mientras su perrito mueve la cola dándome también los buenos días, creo que comprende el vínculo que se generó entre nosotros.

-Tené cuidado con ese pibe, me repiten los vecinos que ya han puesto un sello de delito inminente sobre ese cuerpecito donde la vida transcurre rodeada de vacío.

Pablo de espuma, Pablo de arena, sonríe dejando ver el espacio sin nada donde el abandono expulsó a sus dos dientes centrales. Va con un palo en la mano que imagina un garrote de policía. Corre gaviotas, desafía al miedo patea caracoles y espera un mendrugo de pan viejo, como el que le dan en la escuela donde no llega el pan fresco para los pobres.

Y por esas paradojas que aparecen cuando la hipocresía rodea la cintura de la vida, los ladrones conocidos, protegidos, asalariados oficiales, de mirada siniestra pero no vacía, siguen caminando por las calles desoladas sin ofrecer ningún tipo de sospecha.

Aquí nomás, a pocas cuadras de donde el mar rinde sus fuerzas ante la arena, todos saben, todos callan, todos miran desde el silencio que cobija al miedo. Y me alertan sobre este Pablo esquelético que anda por la vida rodeado de soledad y estancamiento.

Y yo, que aprendí que en la vida no todo es como me lo cuentan, sigo pensando qué carajos hago para que este niño hombre deje de arrastrar su cruz por esta vida que lo llenó de estigmas, convirtiéndolo en sospechoso de un mañana sin sol y noches sin lucero.

-Yo te cuido, doña, dice con ternura mientras arroja piedras contra un árbol reseco como su piel y sigue su tiempo de sueños abortados. Pablo de espuma, Pablo de arena. ¡Pablo de nadie!

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