jueves, 10 de octubre de 2013

Un curioso

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Federico siempre fue muy curioso. Cuando era nenito quería saber de dónde vienen los chicos. Sus padres le decían que los traía la cigüeña. Pero después, cuando descubrió que no era eso, quería saber cómo habían cogido los padres de cada nene. En qué posición.

Y después, cuando fue a vivir solo, cogía con muchas mujeres sobre todo para saber cómo sería la suavidad de sus pieles, la textura de sus tetas. Sus labios al besarlas. El interior de sus conchas.



Siempre le gustaba lo que llamaba “bromitas curiósicas”, que era hacer algo para despertar la curiosidad en otro. Hacer que alguien se pregunte -sorprendido- ¿qué es esto?, ¿qué es eso?, ¿de dónde salió? Y siempre causar preguntas.

Una vez unas mujeres que cenaban en la sala de su empresa se fueron levantando. Algunas para ir al baño, otras para hablar con su celular en otro lado. Y cuando por un momento la sala quedó vacía cambió todas las carteras que estaban en las sillas o sobre las mesas. Cada una en otro lugar.

Así que desde afuera vio la desesperación de todas cuando encontraron una cartera diferente a la suya. Todas se levantaron y la mostraban buscando su dueña y también su propia cartera.

O si no imaginaba que pensarían los vecinos a los que les entraba por las ventanas pequeños papelitos o pedacitos de plástico que dejaba caer desde su ventana. ¿Sorpresa? ¿Rabia? ¿Curiosidad, como habría sido con él?

Con el tiempo fue queriendo saber que podría sentir alguien en el inevitable momento de morir, sabiendo que iba a morir. ¿Miedo, tristeza, alivio, alegría?

Aunque de una cosa estaba seguro: para esa curiosidad no quería respuesta.

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