miércoles, 30 de octubre de 2013

Un sueño muy extraño en la isla Carex

Antonio Prada Fortul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


Luis Guerrero Macott nació en Punta Arena, poblado al este de la isla Carex, sus padres y familiares eran isleños. Su madre había fallecido tres años atrás víctima de un paro cardiaco cuando él tenía doce años, fue una pérdida irreparable.

Luis estudiaba en Cartagena y al finalizar su semana escolar, regresaba a la isla.

Ese sábado después de desayunar, salió con varios amigos al arrecife para hacer acrobacias desde lo alto de las rocas. En el trayecto al atolón de caprichosas formas, se sumaron varios amigos de la infancia.

Querían acompañarlo y mostrar el regocijo que producía su llegada a la isla.

El mar Caribe tenía tal transparencia, que permitía ver el retozo de los peces en el rocoso y florido fondo. Disfrutaban lo diáfano del mar, y se lanzaron a las aguas buceando langostas y caracoles por los laberintos de coral.

Uno de los presentes, se lanzó de lo alto del arrecife en una elegante cabriola sumergiéndose en las aguas serenas, en un perfecto y magistral clavado, todos se lanzaron desde las rocas y cuando le toco el turno a Luis, se impulsó con fuerza elevándose por los aires en un salto inverosímil y hermoso.

Se contorsionó el joven nadador en los aires extendiendo sus brazos a lo largo del cuerpo buscando equilibrar este, luego en una verticalidad perfecta, se sumergió en la transparencia de esas tibias aguas que en esos momentos tenía los colores de Yemayá la dueña de los corales y los mares del mundo.

Un silencio rayano en lo místico acompañó el hermoso salto del joven isleño que como saeta mandinga, penetró raudo en el agua dejando un rastro de ondas circulares en el azul cristalino del mar. Fue un clavado perfecto.

La sangre de Luis que salía a borbotones, tiñó las aguas de un escarlata profundo. Los amigos se sumergieron en esos fondos pensando en el ataque de un escualo.

En el rocoso lecho marino, yacía el jóven isleño con los ojos cerrados en la llanura multicolor de ondulantes algas danzarinas e hilado musgo de profundo verdor, la maleza submarina se movía en armonioso y cadencioso vaivén y los helechos marinos y juguetones, acariciaban su rostro.

Lo subieron a la superficie y llevaron a la orilla, le dieron respiración boca a boca y varios jóvenes se dirigieron al pueblo a buscar ayuda.

Minutos más tarde, familiares, amigos, vecinos y habitantes de la isla estaban en el lugar prestándole los primeros auxilios.

Cuando se normalizó la respiración, fue embarcado en una lancha y lo llevaron directamente a uno de los hospitales de Cartagena de Indias.

Tenía una herida en la cabeza y contusiones en diferentes partes del cuerpo, en la pierna derecha tenía una cortada de la que manaba un hilillo de sangre.

Fue atendido en el hospital mientras la familia esperaba.

Tres horas después un médico dijo que Luis no había recuperado el conocimiento, y estaría en observación dos días, después de ese lapso podían dictaminar.

Los presentes abatieron sus rostros mientras el padre y los hermanos del joven isleño lloraban angustiados.

Dos semanas después Luis seguía en un coma profundo, sus heridas sanadas y su condición estable, pero su cuerpo se adelgazaba ostensiblemente.

En el seráfico mundo en que estaba Luis, recordaba el golpe que se había dado con las rocas del fondo, no “planeó” a media agua porque no tuvo tiempo de arquear su cuerpo y eludir las filosas rocas del fondo marino.

En el sueño caminaba por el sembradío de su padre cerca la casa que compartía con sus hermanos en ese sitio amparado de los vientos ciclónicos por los verdes farallones de los acantilados.

Admiró la coloración de las flores y lo podado que estaba el entorno del corral, siempre fue renuente a cortar la hierba; caminó por el florido sendero y al doblar el recodo, escuchó una voz tierna, dulce y amorosa que lo llamaba: ¡Luisito!

Reconoció en esa voz la entonación que daba su madre al llamarlo. En la vera del camino, estaba una mujer con un halo refulgente rodeando su entorno corporal, era una luminosidad de coloración dorada y blanco azulosa que casi lo cegaba.

Era su madre que en medio de esa iluminación sobrenatural, lo llamaba con ternura mientras lloraba de alegría: ¡Hijo mío!, decía la mujer mientras lo abrazaba y acariciaba con un amor sobrenatural. Se acercó a su madre sin temor y al igual que ella lloró por la separación y ausencia de esta.

¿Cuándo llegaste mamá?... ¿Dónde has estado? ... ¡Decían que habías muerto y sufrí mucho, no dejaré que te vayas, te quedarás con nosotros para siempre!

La madre sin dejar de abrazarlo y llorar inconteniblemente se quitó el heliotropo que tenía detrás de su oreja, desabrochó la cadena que colgaba de su cuello y entregándola a su hijo dijo con dulzura: ¡Toma hijo, dale a tu hermana!

Agarró tiernamente a su hijo por los hombros, besó con amor y ternura su frente y dijo con voz amorosa: ¡Hijo mío, sigue el camino a tu derecha, allá te esperan!

Con profunda tristeza se despidió de su madre y caminó por el sendero indicado, había desaparecido el agobiante dolor de cabeza y se sentía vigoroso.

Al doblar el recodo que conduce al “Bajo de los sábalos”, extrañamente ya no estaba en la isla, se encontraba en el centro de Cartagena de Indias, caminando por la calle del curato del Barrio de san Diego, al costado de la iglesia de Santo Toribio.

Lo desconcertó la situación ubicacional, pero una fuerza superior lo impulsaba a caminar por las callejuelas en esa espectral semipenumbra de las seis de la tarde.

Siguió andando hasta al antiguo convento donde estaba el Hospital Santa Clara.

Nadie le impidió la entrada y sin darse cuenta se encontró en una habitación donde estaba su padre y sus hermanos gimiendo desconsoladamente, no vio la persona que estaba en la cama porque una fuerza sobrenatural, ciclónica y divina, lo arrancó del sitió y en un abrir y cerrar de ojos, se sintió acostado en ese lecho.

Estaba desconcertado, a su lado una persona con una bata blanca lo examinaba.

Cuando llamó a su padre el galeno dejo caer la lupa.

¡Papá! Repetía Luis sin saber que sucedía.

¡Cálmense! Decía a todos que no paraban de llorar.

Al decir que había estado una hora antes con su mamá, el llanto se hizo más profuso y empezaron a mirarlo de una manera extraña.

¡Es cierto! dijo. ¡Me dio esta cadena y la flor para María! Cuando Luis mostró la cadena que había pertenecido a su madre y el recién cortado heliotropo húmedo aún por los serenos del más allá, su hermana se desmayó cayendo en el piso ajedrezado del hospital.

Su padre después de atenderla y hacerla volver en sí, escuchó a su hijo cuando le repetía, ¡Mi mamá me dio estas cosas antes de venir, ella me indicó el camino!

Cuándo el joven isleño se percató que estaba vestido con ropa de hospital le preguntó intrigado a su padre... ¿Dime papá, desde que horas estoy aquí?

Hijo, contestó el aludido, hoy cumpliste tres meses de estar en coma en este hospital, Todos estamos aquí esperando tu deceso.

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