jueves, 21 de noviembre de 2013

A Juanita le echaron Bilongo

Antonio Prada Fortul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el Barrio Getsemaní en Cartagena de Indias, vivió durante muchos años una familia de apellido Montié. Eran descendientes de los haitianos que vinieron de Puerto Príncipe enviados por Alexandre Petion, para acompañar a Simón Bolívar en la gesta emancipadora que este lideró contra el imperio español. Embrujados por la belleza de estas tierras, se dispersaron por la región y jamás volvieron a la tierra de los Irokos florecidos: Haití, su bella isla encantada. Los que se quedaron en las costas cartageneras, dejaron una numerosa prole con apellidos como Ladeus, Pichott, Leclerc, Fortoul, Schorborg, Leotteau, Macott etc.

La matrona de la familia se llamaba Isabel y le decían “Mama Chola”, se dedicaba a leerle la suerte y el tabaco a los vecinos, mandar baños, deshacer líos, transmutar energías negativas en positivas, regresar maridos renuentes, hacer que mujeres cerreras abrieran las piernas a galanes rechazados y trabajos con ayuda de unas entidades africanas que familiarmente llamaba Eggun.

Su esposo Petit, era delgado y alto, tenía una mirada desamparada, era hombre de carácter y poseía un tono gutural en su voz. Hablaba como en susurros, los vecinos, siempre lo veían sentado en una mecedora indicándole a sus hijos a identificar los mensajes del humo y la ceniza del tabaco.

Mama Isabel y Petit tenían dos hijos, Pierre que era un experto pescador y una hembra hermosa de ebanácea piel llamada Claudette, la cual llamaba la atención de todos los varones del barrio por su cuerpo y elegante porte semejante a las sacerdotisas de Brunei.
Un vecino del sector llamado René, se enamoró con la bella hija de Isabel y Petit y se casaron después de un muy corto noviazgo. La fiesta del matrimonio duró dos días y todos los gastos del casorio corrieron por cuenta de los padres de la novia.

Los recién casados se instalaron en la casa de Claudette donde vivieron durante tres años, lapso en que tuvieron dos hijos llamados Petit y Pierre respectivamente. La vida conyugal del joven matrimonio transcurría en un ambiente de felicidad y permanente alegría, que se había acrecentado con el nacimiento de los hijos.

Pero como todo en la vida no es color de rosa y la felicidad ajena causa escozor en las almas bajas, esta feliz pareja no pudo escapar de las acechanzas producidas por la envidia, desventura e infelicidad.

Una familia vecina que vivía distante de los Montié, se ganaba la vida haciendo fiestas semanales a las que asistían los vecinos y personas de otros barrios atraídas por los famosos saraos que ahí se realizaban.

Juanita, una joven que vivía en esa casa, estaba enamorada de René y quería “quitárselo” a Claudette, porque esta era “aguajera y mandaba mucha vaina”.

Un Agosto lejano cuando este regresaba de su trabajo en la fábrica de jabón, pasó por la casa de la joven donde se desarrollaba una gran cumbancha, esta lo invitó a que se acercara un rato. Haciendo uso de todo su encanto, consiguió que el joven esposo se quedara en la fiesta, Juanita era una mujer de mundo y sabía bien como convencer al macho más reacio y reticente, este no iba a ser la excepción.

Aprovechando un descuido del desprevenido René, sopló en su rostro un poco de Afoché quedando el incauto esposo de la bella Claudette petrificado, con la mirada fija en el infinito, sin hablar, en ese estado de catatónica indefensión, fue conducido a la alcoba de esta.

Cuando René entró en Juanita, Claudette se despertó alarmada al escuchar la voz de René en su oído, se levantó del lecho y llamó a su mamá que en esos momentos dormía. Alertada por lo que decía su hija, presintió que algo terrible sucedía al esposo de esta; llamó a Petit y salieron los tres al patio, agarraron una bangaña de ceiba, la llenaron de agua, pusieron dos velas en cada punto cardinal y después de emitir unos sonidos mántricos colocaron en el fondo de esta, un espejo en el cual pusieron un Otán traído en el vientre de un antepasado africano en la diáspora y había estado en la familia durante varias generaciones.

Después de hacer unos movimientos circulares e iniciar una lenta y armoniosa danza imitando las garzas mangláricas, apareció en el sumergido espejo el rostro del esposo de Claudette. Vieron a Juanita soplar el Afoché a René y como lo conducía a su alcoba para copular con este que estaba completamente dominado. Tu esposo no tiene culpa, le dijo la madre a su desconsolada hija.

Esta noche no lo esperemos, no tiene pies para regresar.

Efectivamente, René solo tenía ojos para Juanita y hacía lo que esta le ordenaba.

Mientras tanto en la casa de Claudette se trabajaba rápidamente para curar al esposo plagiado. Después de un trabajo de tres días, René regresó a casa aturdido Sus suegros le explicaron lo sucedido ese sábado cuando fue víctima del encantamiento de la astuta mujer.

Mama Chola y Petit, lo bañaron con agua de mar y agua común, ruda, matarratón, hojas de guayaba, anamú, perejil y otras hierbas recogidas por sus suegros en diferentes lugares de la ciudad.

Después de curarlo Isabel dijo a su hija: ¡Ya tu esposo está bien, ahora vamos a darle el vuelto a esa perra!

En los dos días siguientes, un frenesí desaforado se apoderó de la familia. Hervían plantas de olores extraños, profundos, duraban horas macerando hierbas, hojas y raíces de diferentes árboles, realizaban extraños ceremoniales a media noche donde no permitían la presencia de sus hijos, emitían sonidos ululantes en la madrugada que alarmaban a los vecinos y durante tres días seguidos, estuvieron preparando el bilongo que tenían destinado para la mujer que quiso arruinar la vida de la bella Claudette.

En un caluroso Abril, una anciana vendedora de mangos paso por la casa de Juanita pregonando sus frutas frescas, olorosas y baratas. La anciana de rostro inocente, apacible y angelical se acercó al pretil de la vivienda y los moradores compraron una buena cantidad. Juanita saboreaba el sabroso frutal de fresca y dulce pulpa cuyo jugo se le escurría por las comisuras de los labios, todos en esa casa comieron hasta la saciedad debido al precio, frescor y la sabrosura de estos.

Después de recibir el valor de la venta, la anciana desapareció de la vista de esa familia, dejando tras de sí un fuerte olor a hierbas del campo y humo de leña.

Al doblar la esquina para dirigirse a su casa, el rostro de la vendedora de mangos, se transformó hasta adquirir las facciones de Mamá Chola la madre de Claudette cuyo cuerpo avejentado y encorvado, retomó su forma natural, el cuerpo de macizas carnes que correspondía a la mujer de Petit, el misterioso y sabio haitiano que vivía en la calle Lomba.

Una semana más tarde, amaneció Juanita con una fiebre muy alta que le había hecho brotar vejigas en los labios. Los médicos la trataron pero el estado febril aumentaba lo mismo que las vejigas que se multiplicaban y al reventar, se convertían en granos renuentes a todo tratamiento.

Poco a poco el cuerpo se llenó de purulentas llagas que la cubrieron totalmente.
Sus padres después de hacerle toda clase de tratamientos con destacados médicos de Cartagena, la llevaron donde una mujer tairona, una famosa indígena que vivía en una finca en Mamatoco. La mujer a quién llamaban la “India Mayeya”, después de un tedioso tratamiento, se rindió aduciendo que era una poderosa Nganga, brujería africana del Dahomey que solo un poderoso Babalao y palero que vivía en Batabanó, o un loa llamado Lomé que vivía en Cabo haitiano, podía curarla de ese poderoso burundango.

Los familiares de Juanita le aplicaron toda clase de remedios y de emplastos para curarla pero todo fue inútil, un caluroso Viernes de Agosto, falleció después de una noche febril y llena de pesadillas para la familia.

El día del entierro estando en cadáver en el féretro, uno de los familiares destapa el sarcófago para ver por última vez a la fallecida y cuál no sería la sorpresa de todos cuando al abrir la tapa, encontraron el cadáver sin laceraciones ni llagas de ninguna naturaleza.

Aún en los velorios del barrio, algunos ancianos, los de más edad, narran con temor lo sucedido a esa joven que murió bajo los efectos de una poderosa Nganga africana propiciada por una familia haitiana que se sintió agraviada.

Desde ese entonces, tanto la casa de los haitianos como la de la familia de juanita han permanecido desocupadas.

René jamás volvió a su trabajo.

Muchos vecinos afirman que vieron a la familia embarcarse en una goleta de las que viajaban por el Caribe con destino a Puerto Príncipe.

Nadie se ha atrevido a ocupar ninguna de esas viviendas.

Dicen que en algunas noches novembrinas, se escuchan gritos de cumbiamberos del más allá, saliendo del interior de esa vivienda abandonada.

Algunas ancianas del barrio al pasar por cualquiera de esas casas hacen la señal de la cruz y cruzan apresuradamente para pasar por la acera opuesta.

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