jueves, 21 de noviembre de 2013

Amores de celuloide

Reinaldo Spitaletta (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Enamorarse de una actriz era la máxima expresión del idealismo erótico. Era ir más allá de la piel y ubicarse en los terrenos de la imaginación. No recuerdo ya cuál fue mi primer amor de celuloide, que nació, al principio, en las funciones de cine matinal, cuando los sueños estaban intactos y el mundo era menos infeliz. Después, la matiné, la vespertina y las proyecciones de las nueve de la noche. De lo que sí tengo certeza es que hubo varias mujeres (bueno, en rigor una artista cinematográfica no es una mujer sino una imagen) que llenaron mi anochecido cuarto unas veces con fotografías y carteles de cine y otras con su presencia íntima, secreta, en mi recién inaugurada adolescencia.



Como decía Benedetti, es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz. O de varias, al mismo tiempo, que en estos asuntos no hay manera de que te acusen de poligamia. Una actriz (ah, y seguro para las mujeres, un actor) era una compañía de ensueño, un modo de sentir palpitaciones y aspirar al paraíso instantáneo de un “mal pensamiento”. Digamos que, por ejemplo, a Marlene Dietrich, la de las piernas sensuales de cabaret, la conocí cuando mi adolescencia era ya un recuerdo de acné y de tropelías callejeras. No me enamoré de ella, aunque, si la hubiera visto en El Ángel azul, cuando yo tenía catorce o quince, seguro la hubiera abrazado en mis oscuridades de cuartito azul.

De la que sí me enamoré fue de Claudia Cardinale, a la que conocí en El fabuloso mundo del circo, una película que vi, creo, en el Teatro Bello. Muchos años después, la apreciaría en papeles estelares en El gato pardo y Rocco y sus hermanos, dirigidas por Visconti, y filmadas antes que la hollywoodense del circo. Tenía una cara de ángel perverso y toda ella denotaba que estaba hecha para ser acariciada. No pude conseguir ningún afiche suyo, pero si la vi en alguna revista que papá llevó a casa, en la que, además, estaban otros dos amores italianos: Gina Lollobrigida y Virna Lisi, que para mí fueron, en aquellos años fogosos y de represiones sexuales, mis vírgenes de medianoche.



Parece (o mejor dicho, es) una obviedad, pero hay que declararla. Creo que los muchachos de mi generación, por lo menos aquellos que habitábamos en Manchester, El Congolo o Andalucía, queríamos ser los bebés de Sophia Loren. Era un manantial. Una vía láctea. Una perturbación eterna. Me parece que la vi por primera vez en El Cid y después, en una semana santa, en una versión de Quo Vadis. Aunque me hubiera gustado verla entonces en Bocaccio 70 o Matrimonio a la italiana, pero eran para mayores de 21 años. Bueno, es un decir, porque, a veces, el portero del Teatro Bello, al que le dábamos una propinita, nos permitía el ingreso a las de adultos. De ella, aunque no conseguí cartel, sí coleccionaba las “vistas”, que eran fotogramas de películas, que en Bello se pusieron de moda en los sesenta, y uno las intercambiaba, las compraba como si fueran “caramelos” o cromos, y a veces algún chico con alma de inventor, fabricaba un “telescopio” para mirar en él a las más bellas actrices, pero, también, a actores del Oeste o de filmes de “capa y espada” o a algún gladiador.

Sophia Loren estuvo mucho tiempo en nuestras imaginaciones calenturientas, acompañándonos con su belleza casi inverosímil (como la de Anita Ekberg) en jornadas nocturnas y, por qué no decirlo, en atardeceres tropicales, en los que la lujuria simbólica era la única posibilidad para aguantar el calor en un pueblo sin acueducto. Qué bella era esa muchacha de La campesina (Dos mujeres, dirigida por Vittorio de Sica), con sus cuerpo hecho para la contemplación de distantes adolescentes de la zona tórrida.



Pero la más bella mujer que estuvo en mi pieza (tuve alguna sin revocar y por la noche las cucarachas bajaban y subían por las paredes) fue Raquel Welch. Cuando la vi en El viaje fantástico no tuve dudas: sería mía. Y en efecto en medio de mi aturdimiento por tanta sensualidad, me puse a buscar afiches o fotos, hasta cuando una vez mi mamá (sí, ella, no mi padre) llevó a casa una revista de farándula cinematográfica y ahí, en la portada, en bikini, estaba ella, espléndida, única, diosa de la piel, la misma que vi más tarde en Cien rifles. Las más ardientes noches de mis soledades las pasé con esa actriz gringa, mientras miraba sus imágenes o las soñaba, con la respiración entrecortada.

Algún guasón preguntará que por qué no aparece la gran Marilyn, la mujer fatal, el máximo símbolo sexual de varias generaciones, y yo le contestaré que en mi adolescencia no vi ninguna de sus películas. Pero sí sus fotos de periódicos y revistas, y los almanaques que llevaba papá con la presencia inefable de aquella muchacha infeliz que cuando murió (¿la asesinaron?) dejó un vacío existencial en el mundo y millares de viudos que la amaron con un amor imposible. No me enamoré de aquella mujer de celuloide. Me hubiera enamorado más fácil de Isabel Sarli, pero a ella la conocí cuando ya la adolescencia había terminado.

Qué tiempos aquellos, de cierta casta ingenuidad, en la que uno proyectaba imaginarias películas de amor contra la pared de su cuarto, en noches plenas de estremecimientos y aventuras solitarias debajo de las cobijas.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.