jueves, 7 de noviembre de 2013

Chapuzón inesperado: Buena receta

Marcelo Colussi (Desde Guatemala, ARGENPRESS CULTURAL)

Con 63 años, estaba en la plenitud de su carrera como director de orquesta. Especialista en Mozart y Haydn, sus grabaciones se habían hecho célebres, habiendo logrado así amasar una considerable fortuna. Wilhelm von Krauersaut era todo un excéntrico.

Luego del primer vómito de sangre, el diagnóstico fue inequívoco: le dieron no más de seis meses de vida. Mientras le duraran las fuerzas, decidió hacer una despedida que lo guardara en la historia como más célebre aún de lo que ya era. Y más excéntrico. Organizó un concierto final en las cataratas del Iguazú.



Le aconsejaron que no, que era demasiado arriesgado, pero nada lo hizo desistir en su determinación. Y el gran día llegó. Había más de cien profesores y un coro de cincuenta voces apostados en un escenario levantado sobre la Garganta del Diablo, y eran alrededor de tres mil las personas asistentes, ubicadas en improvisadas pasarelas que surcaban los otros saltos. El juego de luces que acompañaba el concierto era fascinante. El programa elegido contemplaba tres obras monumentales: la Sinfonía Fantástica de Berlioz, la Obertura 1812 de Tchaicovsky y la Novena Sinfonía Coral de van Beethoven. Cuando sonaba la Marcha del Suplicio, del compositor francés, sucedió lo inesperado. Una de las pasarelas cedió, cayendo más de mil oyentes a las cataratas. El golpe emocional fue tan grande para von Krauersaut que, contrariando todos los pronósticos, vivió cuatro años más.

Dicen que en un baño público de su Munich natal apareció la inscripción anónima: "Cura para el para cáncer de pulmón: arrojar al agua a unos cuantos".

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.