jueves, 14 de noviembre de 2013

Cine: “Infierno o paraíso”, de Germán Piffano (2013)

Jesús Dapena Botero (Desde Villagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: Colombiana
GÉNERO: Cinemá-Verité
DIRECCIÓN: Germán Piffano Mendoza
PRODUCCIÓN: Victoria Cedeño / Heidi Rojas
PROTAGONISTAS: José Antonio Iglesias Prieto, Yineth Constanza Rodríguez, Germán Piffano Mendoza
MONTAJE: Pepe Salcedo
FOTOGRAFÍA: Paulo Pérez, Adriana Bernal, Pierre Heron
MÚSICA: Mateo Ojeda
DURACIÓN: 99 minutos

Una tarde del 2012, mientras leía el libro de mis amigos valencianos Anacleto Ferrer, Xavier García-Raffi, Bernardo Lerma y Cándido Polo, Psiquiatras de celuloide me entraraba una llamada por Facebook de una persona, para mí, hasta ese momento perfectamente desconocida, el antropólogo y director de cine Germán Piffano Mendoza, recomendado por el gran director de cine colombiano Víctor Gaviria, a pedirme una asesoría sobre asuntos psicopatológicos, para una cinta que estaba realizando sobre un hombre, cuya historia me evoca al Sísifo de la mitología griega, un hombre que desciende a los infiernos para ir resucitando, no precisamente al tercer día, dadas las grandes dificultades para pasar de ser un “desechable” - aunque no me gusta esa palabra tan denigratoria del ser humano - de El Cartucho a ser un hombre que lucha por salir adelante en su España natal, en medio de la crisis económica y política que ha asolado a este país, sin que por ello, el repatriado haya recaído en la drogadicción; ello atrajo profundamente mi atención porque era como un sueño, toda una realización de un deseo; precisamente, en el capítulo que estaba leyendo hablaban de la asesoría que le brindaron muchísimos psiquiatras estadounidenses a John Huston, cuando le fuera encargado a este magnífico director hacer un documental sobre el proceso de reinserción de los soldados, quienes volvían traumatizados de las contiendas de la Segunda Guerra Mundial, otro regreso de un infierno al supuesto paraíso del American Way of Life y yo envidiaba la situación de esos colegas, que habían colaborado con Huston en su cinta Let there be light (1946), un filme en el que las cámaras apenas registraron lo que tenía lugar en un hospital militar de los Estados Unidos de América, destinado a la reinserción psicosocial de los veteranos de guerra.



Para dar tal asesoría debía ver una película en proceso de gestación, lo que para mí, resultaba todo un honor, que agradezco tanto a Germán Piffano, como a Víctor Gaviria, quien me recomendó para ayudar a pensar algunos problemillas, que no resultaban difíciles, y haberme abierto la relación amistosa que ahora me une con Germán y Victoria Cedeño, una de las productoras del filme, cargados de esperanza de que la cinta tenga reconocimiento en festivales como el de Cartagena.

Ahora, que la cinta ya está lista, vuelven a enviármela, corregida y mejorada, con el sorprendente montaje de Pepe Salcedo, ayudante de Luis Buñuel y editor predilecto de muchas de las cintas de Pedro Almodóvar. Según comunicación personal del propio Germán Piffano, la historia narrada está marcada por la presencia del Dante, que se expresa en el bello exergo, que anticipa el desarrollo de la película:

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura,
ché la diritta via era smarrita

No sé si Germán fuese muy consciente que al acercarse a la calle de El Cartucho, se encontraría con parte de su destino, el cual lo convertiría en el Virgilio, encargado de llevar a José Antonio Iglesias Prieto, cariñosamente Jose, de su condición en los círculos del infierno de los paraísos artificiales, de los que nos hablara Baudelaire, en busca de un Paraíso, que no es posible encontrar en esta tierra, por más que una Beatriz, como Yineth se atravesase en el camino, para acompañar al galleguiño de Sanxenxo, criado en Venezuela y habitante en Colombia a la aventura andaluza, sin las españoladas de la copla ni el flamenco, junto con el pequeño José, a quienes vemos caminar por hermosos parajes de Sevilla, en lo que más bien pudiera ser una especie de purgatorio, que es ese de la rehabilitación psicosocial de un hombre, que descendió a los infiernos, pero que como una suerte de Sísifo, no encuentra otro lugar en el mundo laboral, que el de cargar una roca que vuelve a rodarse cada vez que cree ir llegando a la cima, todo ello acompasado por un profundo sentimiento trágico de la vida, un poco, a la manera de Unamuno, sin acudir de nuevo al mundo del bazuco.

Es seguro, que de ahí, surgió el título de esta película, Infierno o paraíso, frase que lleva implícitos los interrogantes, que inician el poema homónimo de Víctor Hugo, poeta torturado por los profesores de matemáticas, que lo ponen en el dilema de elegir entre el infierno de los números y el paraíso de las letras.

La pregunta de Germán no se refiere a la ciencia de las cifras, sino más bien a saber cuál es el infierno, si el mundo de El Cartucho, poblado por muchos hombres apodados “El diablo” o si está lejos de ese mundo donde residen esos seres condenados a la otredad, al decir del psicoanalista Rodolfo Moguillansky, a ese espacio en el que habitan esos sujetos, que una sociedad “bien pensante”, muy entrecomillada, lanza al espacio de lo deleznable, de lo despreciable, de lo desechable, a los que se trata con la violencia de la llegada inicial de los esbirros de Enrique Peñalosa, cuando sin diálogo alguno, de por medio, llega a deshacerles su casa.

Pero nuestro director, en aquél entonces estudiante de antropología no duda en lanzarse a ese extraño mundo, cuando tras la primera intentona devastadora de Peñalosa a esas calle, el Gobierno municipal comprende que se hace necesaria una estrategia dialogante, que implique a todo un esquipo de profesionales de las ciencias sociales.

Y, con esos técnicos humanista, Germán se acerca a ese lugar donde habitan esos hombres, mujeres, ancianos y niños, sitio que retrata en un magistral documental, que queda como testimonio histórico de un espacio, donde podríamos decir que se agudiza el malestar en nuestra cultura, del que muchos tratan de escapar, con el recurso de la droga, que anestesia esa desazón que los carcome, en lo que yo llamaría el goce del adicto, para emplear un concepto netamente lacaniano, que como bien lo expresa el propio José Antonio, deja un vacío, porque él mismo se da cuenta que el bazuco, de alguna manera, lo estaba vaciando, como si fuese un hueco negro, sin devolver esa primera experiencia de satisfacción, principio y fin de la búsqueda de esa juissance, para decirlo en buen francés.

Para mí, toda la secuencia de El Cartucho es lo mejor de la cinta, que más allá de las ficciones buñuelinas, que evoca, nos hace recordar la cinta de 1950 del genio de Calanda, Los olvidados o esa última cena de Viridiana, en la fiesta, que se celebra en torno al fuego, como un canto a la libertad aparente del adicto, ya que nadie está más esclavizado que el drogodependiente de la substancia que consume, la cual llega a dominarlo por completo

Pero más que un surrealismo oniroide, lo que hace Germán, es a la manera de Dziga Vertov, hacer cinema-verité, cargado de cierto neorrealismo, al hacer un testimonio con las voces, de todos aquellos que como “El diablo” y el propio José Antonio conviven con la muerte constantemente, aunque ésta nunca deje de afligirlos, en medio de una vida súper dura, al precio de un gran sufrimiento, no sólo en El Cartucho sino en todas partes, en esa vida en la calle, así proviniesen de medios elitistas, donde les dieran tanto en la infancia, que terminaran por dañarlos, con tanta condescendencia y tanto mimo, como bien lo declarara aquella mujer que fuera administradora hotelera.

Todos comparten una renegación de los vínculos preexistentes, como si no hubiesen existido, muchas veces, movidos por tanto, tanto sentimiento de culpa.

Y ahí, en ese contexto, vemos surgir en el aparentemente repulsivo José, que está cansado de serlo, un ser con un estilo lírico, yo diría, con el psicoanalista David Liberman, melancólico, cuando extraña las cosas íntimas del hogar, los perfumes, un poco a la manera de un Marcel Proust, quien se lanza en busca de un tiempo perdido, cuando de forma improvisada expresa:

Extraño ver tu cuerpo desnudo
a través del espejo empañado por la ducha,
que entremezclados con el olor de la pasta de dientes
y el perfume del jazmín y la aurora,
darán paso a la mañana
para acrecentar más
el brillo eterno que hay en tus ojos.

Tu presencia y tu ausencia,
tu ira por la mentira y tu amor por la verdad…

Hacerte el amor en los rincones,
el ver las huellas de tus pies mojados
en los pasillos de la casa…
Tu risa, tu paz,
tu fe y tu llanto…
el olor a café,
el ruido del mar…
Tu ruido,
el olor de mujer,
las pastillas de jabón,
guardadas entre la ropa…

Extraño…

¿No se trata, acaso, de una pieza antológica para un poemario erótico?

Para enseguida adentrarnos de nuevo en El Cartucho, mediante tomas aéreas, que nos hacen entrar por El Castillo, en un mundo, donde los seres humanos se confunden con la basura, lejos de toda urbanidad, mientras se vive por las alcantarillas, mientras los verdaderos narcotraficantes, son tratados de don…, porque son los que mueven el negocio, a la vez que los consumidores son meros ñeros, a los que se les echa como a perros, porque huelen mal, denuncia que también vi en un documental gallego, Déjanos vivir, que me prestara una paciente de esta zona de la Rías Baixas de la Galicia paterna, tan hermosamente acompasado por la Negra Sombra de Rosalía de Castro, la gran lírica de estas tierras.

Porque como en el Cambalache de Enrique Santos Discépolo, cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón, en el macrocontexto de un sistema, que no sólo es corrupto en el ámbito del negocio de la droga, sino también en el de las fuerzas policiales, que penalizan la adicción, a la manera de inquisidores, que consideran al consumidor un pecador, un vicioso, sin percatarse que detrás de ese síntoma adictivo, hay el sufrimiento y el malestar de lo que se ha dado en llamar, en la actualidad, patología dual, coexistencia del trastorno de la drogodependencia con otras psicopatologías, de donde habría que mirar el fenómeno de la adicción más como una enfermedad que como un vicio o un delito, porque más que la violencia policiva, como toda violencia generadora de más violencia, como reza el dicho popular español, lo que el adicto necesita es otra cosa, para poder salir del universo en el que ha quedado entrampado; buena fue la lección que aprendiera el imprudente Enrique Peñalosa, al entrar a la brava, a derrumbar El Cartucho, para mantener la seguridad de la “buena sociedad capitalina”, al comprender que si avanzaba en su escalada salvaje, encontraría la resistencia de personas, que también sienten, como todo ciudadano, por suburbanas que sean, que tienen derecho a existir, a ser lo que creen que han elegido con absoluta libertad, aunque esa creencia sea, en sí misma, una falacia de la alienación; porque lo que la cinta de Piffano nos demuestra es que el afrontamiento del problema no es el recurso a los aparatos represivos del Estado sino el ver, como a través, de las profesiones humanísticas, se llega a un diálogo, a una razón dialogada con ese otro, por distinto que sea, hasta el momento, considerado como deleznable, pero que nos sorprende con la genialidad de discursos como el de Jose, ese habitante de la calle y tantos otros, como la hotelera o el ancianito, que nos dicen, con su vida, que son tan humanos, tan demasiado humanos, como lo conceptualizara Federico Nietzsche, sólo que viven en un mundo dionisíaco, que un universo apolíneo no se permite tolerar, cuando quizás lo que se requería era la posibilidad de llegar a una razón dialogada, entre universos con lógicas distintas, como bien lo señalara Jürgen Habermas, a lo largo de su obra.

Impresionante resulta el desmonte de El Cartucho, como si se recreara la bestialidad de la violencia institucionalizada de las Uvas de la ira, de un John Steinbeck, que destruye auténticas joyas arquitectónicas, que bien pudiesen haber sido restauradas de otra manera.

De ahí, para mí, la importancia de la cinta de Germán Piffano, quien es como la otra mano del vínculo humano, que hace que se realice el anhelo de un Jose, quien nos clama, desde el orden de la necesidad:

Por eso necesito que alguien rompa el silencio, hermano… que alguien rompa el frío y que alguien me devuelva la necesidad de afecto y de amor, sin manipulación. - aunque sabemos que con el amor no basta.

En la medida que Jose se siente contenido por un grupo humano, que funciona como una madre suficientemente buena, con capacidad de ensoñación, puede volverse a ver en el espejo, un poco a la manera del infans de Wallon y de Lacan, ya no para ver un marco vacío, que llena de un terror sin nombre, sino para reconstituirse a sí mismo como sujeto y darse cuenta de que está saliendo del cascarón, en el que se había metido; en la medida que algunos miembros de la colectividad humana, lo abrazan, para anudarlo en un lazo social, con el cuidado médico, tan distinto a la frialdad tecnológica del funcionario del primer centro de acogida, al que se ve poner una distancia fóbica, para no confundirse con lo ominoso, que puede ser portado por un hombre, que viene del espacio de la otredad; todo ese reencuentro con seres humanos empáticos, le devuelve la fuerza propia, mientras dura ese proceso de prevención secundaria, que es la cura propiamente dicha.

Y, entonces, creo que comienza la segunda parte de la película, con ese interludio de la acogida de parte de la supuesta sociedad bien pensante.

Toca ahora guerrear en otro universo, casi kafkiano, el del mundo de la burocracia, que supuestamente vela por la salud y el bienestar de la ciudadanía, ámbito administrativo, al que hay que soportar con paciencia, algo que Jose no deja de caricaturizar, como si estuviese siguiendo una radionovela, que siempre deja en suspenso, mientras derrumban ese otro universo que hay que hacer desaparecer, a como dé lugar.

Piffano nos transporta, entonces, a una Comunidad Terapéutica, denominada Fundación Lugar de Encuentro, que le permite no sólo reconstruirse sino volver a hallar a su familia, a la cual, se le había desaparecido durante los largos años de El Cartucho, un grupo consanguíneo sometido a la torturas, que genera, a los dolientes, la desaparición de un ser querido, del que no se sabe si es vivo o muerto y, a su vez, toparse con el amor de Yineth, una compañera de ese centro curativo, con quien se embaraza con todo un proyecto existencial, el hijo, la posibilidad del retorno a España, al llenarse de ilusiones y esperanzas, de deseos de vivir.

Volver a España es toda una Odisea, que puede recordarnos la aventura de Karl Rossman, el personaje de Kafka, que emprendiera en el sentido inverso hacia América, aunque no nos tropecemos con el apoteósico final que el autor checo le diera a su personaje en, quizás, la más optimista de las obras kafkianas, puesto que a Jose, al sacarlo del mundo de El Cartucho, no se le prometería nunca un jardín de rosas, ni un infierno ni un paraíso, porque de éste fuimos expulsados, si somos fieles al episodio bíblico; bien sabemos que, para vivir en la tierra, hemos de aprender a navegar, como decía el gran psicoanalista inglés, W. R. Bion, en un archipiélago de incertidumbres, un poco, a la manera del Sísifo de Camus, siempre enfrentados al absurdo de la existencia humana, para lo que necesitamos cierto espíritu de rebeldía, de búsqueda de sentido, sin quedarnos ni en el quietismo ni en la pasividad, algo que podemos constatar en el diálogo de Jose con Germán, en su reunión, en Santafé de Bogotá, cuando nuestro protagonista va en busca de la reagrupación familiar, trámite requerido para traer la parentela a España; de ahí que no cabe duda que, en este hombre, descubrimos a un luchador, a un guerrero, así, a veces, lo veamos a punto de desfallecer en esa vía dolorosa de la reparación, que, asimismo, da cuenta de su vitalidad, de su erotismo, de su contienda contra la enfermedad y la muerte, siempre con la esperanza del Freud de Lo perecedero, quien, por equivocado que estuviese, al final de ese hermoso artículo, estaba convencido de que en la Europa de 1915, volveríamos a construir lo que la guerra había destruido, quizás sobre un terreno más firme y con mayor perennidad.

Jose no se arredra para dar testimonio de su batalla interior y con el mundo externo, movido por un narcisismo de vida, opuesto a ese narcisismo primario, tanático, que es el que quisiera gozarse el drogadicto, aun al precio de la muerte, en medio de esos paraísos artificiales, descritos por Baudelaire.

No hay lugar para la conmiseración, pero sí para la aceptación de la plena responsabilidad de la recuperación, por moralista que suene esta declaración.

Vemos a Jose contento del reencuentro con su mundo interno, ese que parecía devastado en los tiempos de El Cartucho, con una familia por la que combate en la lidia cotidiana, más allá de la belleza del Guadalquivir y de la Giralda, por lo conflictiva y contradictoria que es la vida misma, máxime cuando se vive la absurdidad de la crisis económica española, de una España engañada por los banqueros, vendedores de ilusiones, para luego, a la manera de los sofistas, culpabilizar al pueblo español de vivir más allá de sus posibilidades, mientras les prometían que las tenían todas y no debían desaprovechar las oportunidades, que el engañoso neoliberalismo y la sociedad de consumo les brindaban, a pesar de la inestabilidad laboral, que ellos mismos promueven, pues como acertadamente lo dice Yineth, en las dificultades que están ellos, como familia, están miles de personas aquí en España y en el mundo, como si fuésemos habitantes de un universo orwelliano.

Pero con todo, a pesar de la pobreza económica, no podemos dejar de pensar a Jose como un rico, que puede, a la hora de nona, confesar, como Pablo Neruda, que ha vivido, lo eximio y lo ruin, a la manera del Sergio Stepansky de León de Greiff, por ser una persona tan valiente, como el sastrecillo de los hermanos Grimm, que regala a su niño; tal vez, en un intento de darle un ideal del yo, para enfrentar ese miedo de vivir, que - según Eladia Blázquez- tenemos que asumir en cada nuevo día, esa angustia sorda en las que estamos y nos acercan a todos, como si estuviésemos unido codo con codo, por temor que nos roben el amor, la paciencia y ese pan, que ganamos a sudor y a conciencia.

Y es que el valiente, a diferencia del arrogante, no es el que no siente miedo, sino quien mide el peligro, asume el temor y se arriesga a luchar contra la fatalidad; he ahí, el desafío para enfrentar este mundo que no sabemos si es infierno o paraíso, tremendo interrogante; en todo caso, para nada, un jardín de rosas, un mundo que tenemos que pensar para aprender de la experiencia, transformarnos y transformarlo, esperanza que nunca deberíamos perder, porque como dice Jose, al final de la cinta:

Ahora no se puede huir… - con puntos suspensivos, en vez, de punto final; pues, querámoslo o no la vida sigue, sin un final hollywoodense.

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