jueves, 28 de noviembre de 2013

Me escuecen los ojos de ser bonito

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Íbamos caminando de Oña, en la provincia de Burgos, a Gamboa, en la de Álava, cuando vimos una huerta conventual con repollos y coles junto a un escodadero, sitio donde los venados y gamos dan con la cuerna contra los árboles o las piedras para descorrearla. Uno dijo:



-¡Qué buenas berzas!

Andadas unas leguas, respondió el otro:

-Para con chorizo, o botagueña, longaniza de asadura de puerco.

Reímos como los poetas entregados a las musas, la poesía, la música y la tragedia, soñando con el higo boñigar y la botaina o dedil de cuero con que se cubren los espolones de los gallos.

-¿Por qué lloras?, pregunto el uno, respondiendo el otro:

-Porque me escuecen los ojos de ser bonito.

Prosiguiendo:

Sí, gimoteo como el llorón que tiene el vicio de llorar en el pequeño terreno labrantío cercado próximo a la casa.

-Jeje, rió el uno, preguntando: ¿Como las bóvedas, tejados o cubiertas dejan pasar el agua de lluvia?

-Sí, replicó el otro. Como llovían las cebollas de Miguel Hernández, de Orihuela en Alicante, en su “el toro ha nacido para el luto”, o “mi niño con sangre de cebolla se amamantaba”. Prosiguiendo:

-Lloro lágrimas de sangre mientras fluye un líquido o gotea de algún lugar del alma cual penacho que se dobla y cae hacia abajo llorando por solo, y no llorando por pobre; que el que no llora, no mama, tú bien sabes, como decía “el obispo de Calahorra”, riojano beneficiado, maestrescuela y canónigo de Toledo, y Secretario del Santo Oficio, que se hizo célebre por su “Historia de la Inquisición”, obra muy apasionada y parcial que mereció un puesto en el Índice, cual haz de ramas, gajos amarrados a un mango artemisilla amarga que, cuando nace la escoba, nace el asno que la roya con ese cierto honguillo parásito que le ataca en sentido directo y también figurado.

-El amor me lleva el brazo hasta los clavos del corazón, respondió el uno con picardía. Prosiguiendo:

-Estaban “Tres Dedos”, “Cuatro Arrobas” y “Eperiano” jugando a la Taba, en un bar de Briviesca, en Burgos, junto algunos pasivos. Llevaban perdiendo tres Euros en algunas operaciones aritméticas de “panza”, “carne”, “culo”, “liso” (siete y seis, trece, llevo uno), desconfiando les saliera bien lo que tenían entre manos, como Onán cuando niño se sentía mantilla de lana en el año solar que excede al lunar común de doce lunaciones.

-Sí, le cortó el otro, diciendo: mil lágrimas me fluyen como el añalejo o librito que sale cada año para el orden y régimen del rezo divino en epanadiplosis acabando una cláusula con el mismo cuerpo que se empieza en heráldica el tablero de nueve escaques; como esa especie de nubecilla que se pone delante de los ojos sin pensar o pensando en las musarañas.

-No es para risas, prosiguió diciendo. A mí, de uno u otro modo, me escuecen los ojos de ser bonito.

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