jueves, 28 de noviembre de 2013

Señas particulares

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Daniel trepaba los eucaliptos y casuarinas de la quinta del jorobado. Parecía poseer una cola prensil que lo impulsaba de una rama a otra, con un preciso y elegante balanceo. Rápido estaba en la cima, escudriñando los nidos de torcazas y robándoles los huevos. El resto de la pandilla, lo esperaba al pie de los árboles.



Iban a cazar sapos al arroyito, que bordeaba la quinta del jorobado.

Esteban llevaba su rifle de aire comprimido, calibre 4.5. El resto, armas mucho menos sofisticadas.

Renacuajos, anguilas, lagartijas y otros animalejos tenían su guarida entre los matorrales acuáticos, que crecían en el fondo del arroyo y despuntaban sobre la superficie, cuando había crecida.

La pandilla aguardaba la hora del apareamiento, que llegaba con las últimas luces de la tarde. El croar se tornaba ensordecedor. No transcurría un solo instante sin que se escuchara a los sapos, con su buche inflado, despedir esos miles de pequeños truenos, a lo largo de toda aquella fiesta orgiástica.

Esteban disparó un pellets certero, y la hembra aterrorizada huyó con su partenaire a la rastra, en busca de refugio.

Inerte y con sus patas delanteras abiertas como declarando una tardía rendición o suplicando una clemencia ya inútil, el macho apareció flotando en la superficie. Las hembras no eran el blanco preferido. Matarlas significaba perderse el espectáculo de verlas cargar a cuestas con la culpa del pecado.

-Eso les pasa por golosas. Dijo uno y todos se rieron.

Cuando la cacería había acabado, el estanque no tenía menos de una docena de sapos, flotando boca arriba, mostrando sus hinchadas panzas blanco-verdosas.

Mientras los demás estaban rescatando los cadáveres de los sapos, Daniel se había encaramado a un alerce. Se bamboleaba, como un péndulo, poniendo a prueba la elasticidad de esa última ramita.

-Miren lo que tengo. Les gritó, levantando el brazo derecho e improvisando una sonrisa por donde salieron los últimos destellos de luz que se reflejaban en su incisivo de oro.

-Atrapen un sapo vivo, que yo bajo enseguida. Ordenó y desapareció dentro de la frondosa copa.

Daniel tenía a la tarántula, tomada entre el tórax y el abdomen, mientras que ésta movía sus seis patas, asemejándose a un pequeño robot descontrolado.

-Vamos a organizar una riña de tarántula y sapo. Apuesten señores, apuesten. Yo voy por mi arañita, mas conocida por “Negrita” y ustedes, los saperos, por el feo ése.

Pusieron al sapo dentro de una caja de zapatos, lo empujaron suavemente hacia uno de los rincones. Daniel colocó a la tarántula en el rincón opuesto. Como tapa usaron un vidrio, para que la batalla fuera a vencer o morir, sin posibilidades de que aquel circo romano en miniatura, ofreciera la más mínima posibilidad de escape a ninguno de los dos gladiadores.

-¡Vamos Negrita, dale duro. Saltale encima y estrangulalo. Ne-gri-ta, ne-gri-ta!

Azuzaba Daniel a su mascota, mientras que ésta se desplazaba lentamente hacia su contrincante. El sapo comenzó a temblar, parecía que estaba sufriendo un ataque de epilepsia. Los temblores se acentuaron hasta que comenzó a dar saltos y a golpear su lomo contra el vidrio.

-¡Se cagó, el sapo maricón se cagó! Miralo al muy mariquita dando saltos. Renegaban todos, mientras Daniel se sonreía socarronamente.

La araña se pegó al suelo de la caja, como esperando la oportunidad de saltar sobre su enemigo. El sapo amainó sus saltos y temblores. Comenzó a caminar hacía Negrita, que se mantenía agazapada y de un salto la aplastó.

-¿Pero qué pasó?... ¡No puede ser! ¡Ese animal va a matar a mi Negrita! ¡Hay que sacarlo de ahí!

-¡No, no Daniel, esto es un combate a muerte y la pelea aun no terminó!

Le dijo Esteban.

Daniel malhumorado y nervioso esperaba una respuesta de su Negrita. Pero nada. El sapo se mantenía aplastándola y ya la había cubierto completamente con su cuerpo.

Sacaron al sapo con bastante esfuerzo. Este se había afirmado contra el piso de la caja como si fuera una ventosa.

Negrita era una laminita negra y peluda estampada contra el fondo.

-¡Hay que reventar a ese sapo hijo de puta! Sentenció Daniel.

-No, el sapo se ganó el derecho a la libertad. Le contestó Esteban y continuó con sus razones.

-Si Negrita hubiera ganado la riña, no la hubiéramos sacrificado. Así que al sapo hay que llevarlo nuevamente al arroyo.

Era la segunda vez que la palabra de Daniel era rebatida. Se mantuvieron las miradas por unos instantes. Esteban no estaba dispuesto a conceder ninguna garantía de seguridad sobre la vida del sapo. Daniel se dio cuenta de ello.

-Bueno, entonces vamos a hacer boleadoras con los sapos muertos y los colgamos de los cables.

Una hilera de sapos resecados por el sol estival, adornaban siniestramente los cables eléctricos de esa cuadra.



Al Padre Carmelo lo encontraron muerto, con la cabeza sobre el escritorio y los brazos colgándole, por los costados del sillón reclinable. Tenía dos pequeños orificios en su ancha frente de calvo, por donde emanaban dos hilitos de sangre tibia.

El patrullero llegó, mientras la secretaria parroquial, todavía histérica, caminaba de la sacristía al lugar del crimen, levantando los brazos al cielo.

El oficial esforzó su mejor mueca de sabueso sagaz.

-¿Quién fue el primero en ver al muerto?

-El asesino. Gritó uno de los pibes, agolpados en el lugar.

-Cállense, mocosos maleducados. Y se me van para sus casas, que estamos en secreto de sumario. Regañó el oficial, pero nadie le hizo caso.

-¿Usted le conocía alguna enemistad, señora? Le preguntó el oficial a la secretaria, frente al escritorio sobre el que Carmelo reposaba su cabeza. Los niños hicieron coro alrededor del escenario del crimen.

-¿Yo? Nononó. Imagínese, el cura párroco. ¿Qué enemigos puede tener un sacerdote? Menos el padre Carmelo, que era un santo.

Sobre el escritorio había algunos certificados de bautismo.

-¿Quiénes son estos nombres? Preguntó el oficial.

-Es la lista para la primera comunión. Contestó la secretaria. Se va... bueno se iba a celebrar la semana próxima. Seguramente vendrá el padre Evaristo, pero no creo que para la semana que viene. Yo no sé que va a pasar...y el sacramento de la comunión, con lo importante que es.... ¡Imagínese! La transustanciación del pan y el vino en la carne y la sangre de nuestro Señor...



La quinta del jorobado era un terreno arbolado, con un chalet en el medio. Estaba circundada por una alambrada de dos metros de alto, cubierta con una enredadera muy densa.

El lado oeste de la quinta daba al arroyito y entre aquella y este se dejó una estrecha cinta de terreno, que el uso la convirtió en paso obligado y lugar de encuentro de mucha parejas.

-¡Mirá ese culo! ¡Tirale, tirale! Le dijo Daniel a Esteban, cuando el hombre se bajaba los pantalones y dejaba desnudas sus nalgas, al tibio aire de las recién nacidas noches de verano y frente a la mira del calibre 4.5. Una noche hicieron tres blancos casi simultáneos. En otra oportunidad un hombre se trastabilló y cayó al arroyito.

El festín terminó cuando Esteban recibió un anónimo que decía: “Sabemos que sos vos, cortala con el aire comprimido, sino, nosotros te vamos a cortar los huevitos. Somos varios con el culo pinchado, pendejo hijo de una gran puta.”



-¡A ver tú, ven aquí! Le gritó Sócrates, sin poder ocultar un dejo de subestimación y hasta de desprecio.

Una veintena de muchachitos dejaron de correr tras una pelota de fútbol.

Fijados al suelo como estatuas, tenían sus miradas clavadas en el rostro de Sócrates, que impaciente esperaba una respuesta. Entre ellos estaba Daniel y los demás cazadores de sapos.

-¡Ven aquí, te dije! Repitió Sócrates tensando la voz y señalando a Daniel, no solo con el índice de su mano derecha sino también y más duramente con esos dos arpones azules que salían de sus ojos.

Daniel se paró frente a Sócrates con la cabeza baja, sin poder mantenerle la mirada.

El resto estaba atento a la escena con tanta circunspección que solo la cola de Bichita, la perra de Esteban, era lo que se movía.

-Ya mismo te pones a descolgar todos esos sapos. Para mañana no quiero ver nada colgado. Le dijo lacónico, y frío, señalándole con el dedo el tendido eléctrico adornado por aquellos colgajos de esperpentos retorcidos. Se lo ordenó con tanta autoridad que todos los presentes, sintieron el golpe de cada palabra inmisericorde ante aquella víctima indefensa, casi postrada.

Nadie podía creer todo aquello. Era la primera vez que se veía a Daniel doblegar su espinazo aguerrido, obedecer una orden y resignarse sin la más mínima protesta.



-¿A dónde se llevan al Padre? Preguntó la secretaria parroquial, mientras dos enfermeros movían el cuerpo, lo ponían sobre una camilla y se lo llevaban a la ambulancia.

-No se preocupe, se lo llevan para la autopsia, pura rutina. Le contestó el oficial, mientras recorría la oficina parroquial.

-Parece que al padre le gustaban los pajaritos. Comentó el oficial mirando las jaulas colgadas, sobre una de las paredes.

-Sí, él mismo salía a entramparlos. Le gustaba mucho el trino de los cabecita negra y las calandrias.

-Uy, miren, ¿ahí no estaba el pitirrojo? Gritó uno de los muchachitos que aún estaban en la oficina. Las miradas del resto, incluso la del oficial y la secretaria se dirigieron a él y luego hacia la dirección de su dedo índice.

-Bueno... la jaula está cerrada. O el pajarito sabía algún pase mágico o alguien lo dejó en libertad o... se lo robó. Sentenció el oficial.

-Elemental Watson. Dice un muchachito en voz alta y le murmura al de al lado, ¿De qué se las da este vigilantucho...de Pepe Carvalho...o de Philip Marlowe?

-Tengo que confiscar la jaula para propósitos investigativos.

-Qué oficial ¿va a buscar las huellas dactiloscópicas del pajarito... o le va hacer un identi-kit?

-¡Vamos, vamos! Circulando.



A la mañana siguiente muchas cosas habían cambiado. El cielo azul no estaba truncado, por esas manchitas negras colgadas de las líneas de alta tensión, ni los vecinos se quejarían mas, por las marcas de la pelota embarrada sobre sus paredes recién pintadas. El portugués, sordo como una tapia, no insultaría en su idioma, por la constante desaparición de sus rojas y jugosas granadas.

Sebastián también se sintió un poco más tranquilo, sus tres hijas estarían más seguras del acoso de ese grupo de salvajes; y el jorobado de la quinta no tendría que rellenar sus cartuchos calibre 12 con sal gruesa, para sacar a la maldita tribu de descarriados, cuando estos se le metieran en la quinta, con el solo propósito de molestarlo.

Las polacas de la esquina, que tenían un almacén de comestibles, comenzarían a respirar tranquilas. El tribunal moral de la banda las había condenado al insulto permanente, por su moral sexual descarriada.

Los cuentos abundaban, pero el que tenía más circulación decía que las susodichas compartían el partenaire de turno haciendo triolisme o, lo que es lo mismo, le menage a trois.

Las polacas eran las invitadas de honor en los sueños ardorosos que comenzaban a despuntar en las mentes de los integrantes de la pandilla.

Las dos gozaban de siluetas por donde no había pasado la fatiga de la vida matrimonial. Tal vez por eso, mas que como mujeres, eran vistas, por ese grupo de muchachitos, como animales desconocidos y por lo tanto, temibles.



-Secretaría parroquial, buenos días.

-¿Con la secretaria?

-Sí, diga.

-Le habla el oficial a cargo del crimen del Padre Carmelo.

-Sí, dígame oficial.

-Voy para allá, tengo que hablar con usted.

-Lo espero.

-Mire, en este caso no hay indicios que el móvil haya sido el robo. Esto se produjo por venganza Un ajuste de cuentas.

-¿Qué me quiere decir oficial?

-Que el cura andaba en algo que escondía muy bien, en algo que nosotros no sabemos. Usted no ha visto en estos años nada...anormal en el cura. Una mujer o dos...o un hombre...¿usted me entiende, no?

-Sí, sí oficial, entiendo, pero yo no he visto nada de eso.

-Tengo que hacer un registro de la habitación del Padre.

-Claro, sí, sí... venga, lo acompaño.

El oficial comenzó por el ropero y la cómoda, que todavía guardaban las ropas de paisano del Padre Carmelo. En la mesita de luz se encontraron unas cartas con sellos de Italia.

-Son de su hermano. Dijo la secretaria.

-Las voy a retener para mandarlas a traducir. Puede haber una pista. Dijo el oficial y se dirigió a la pequeña biblioteca.

Algunas biblias en español, otras en italiano y algunas en latín. Misales del año 87 hasta el último del 90. Las obras completas de André Guide y de Teilhard de Chardin.

-Miiiire usted, aquí está la cosa. Dijo sorprendido el oficial cuando abrió una vieja biblia en latín, que tenía un compartimento secreto, logrado mediante el prolijo recorte de rectángulos interiores, desde la página 127 hasta la 611. Extrajo el contenido.

-Una revista pornográfica, ¡y de qué clase! ¡3 equis, como mínimo!

-Jesús, María y José. Válgame Dios. Exclamaba la secretaria, perturbada, tratando de echarle un vistazo un poco más minucioso al material.

-Pero... ¿qué es ese escándalo en la oficina? Preguntó el oficial.

-Los pajaritos están trinando, pero esta no es la hora habitual, les acabo de dar de comer. Nunca trinan a esta hora. Voy a echar una ojeada. Permiso.

Oficial, venga, venga a ver esto.

El petirrojo estaba parado sobre su jaula. Movía la cabeza de acá para allá, mientras el resto de sus hermanos no paraban de trinar excitados por la visita del liberto.

El oficial se acercó sigiloso a la jaula, pero el pajarito voló hacia la reja de la ventana que daba a la vereda.

Sale por la ventana. El policía y la secretaria por la puerta. Lo encuentran paradito sobre la reja de la vereda, como esperándolos. Vuela. El policía y la secretaria detrás.



Esteban siguió con su afición al tiro. Por las tardes, luego de la escuela, montaba los 23 peldaños hacia la terraza de su casa. Allí se apostaba, tras el muro, para dispararle a los gorriones, que poblaban el sauce llorón de la vecina. Esteban se disciplinaba para que cada disparo tuviera realmente un propósito deportivo y no fuera un acto espontaneo, efecto de un posible sentimiento de desprecio por la vida animal.

Los gorriones se desplomaban de las ramitas del sauce, como si hubieran sido hipnotizados en una fracción de segundo, más que penetrados por un balín de plomo.

Al caer, las gallinas formaban un gran revuelo de histerismo y corre-corre, para luego ir acercándose a la víctima, muy cautelosamente y comenzar a picotearla.

Una de esas tardes llegó Esteban de la escuela y antes de subir a la terraza buscó a Bichita.

El barrio había cambiado desde aquel día en que Daniel obedeció la orden del señor Sócrates, transformándolo en un lugar desierto de aventuras.

Bichita también, por aquellos días, pasaba más tiempo en la casa que recorriendo las calles tras los pasos de su amo.

¡Bichitaaaa! Bichitaaaaaa!

La perra de color canela y manchas blancas en sus flancos, con algo de Terrier, comenzó a ladrar desde el último peldaño de la escalera que iba a la terraza.

Movió la cola como electrizada cuando lo vio a Esteban y lo llamó en otro arrebato de ladridos.

¡Ya voy, ya voy! Esperá que voy a buscar el rifle y subo.



-¿Te acordás de las fogatas de San Juan y San Pedro?, le preguntó Juan Carlos a Esteban, mientras éste recordaba el aroma de septiembre y los limoneros floreciendo en blanco y verde brillante. Las mañanas de escarcha que mojaba los calcetines y terminaban en un resfriado y por supuesto de las fogatas con sus chispas crujientes de madera aun verde, que subían al cielo y se confundían con las estrellas.

-¿Hace 25, o 26 años que te fuiste? Le preguntó Juan Carlos. Esteban no contestó.

-¿Y del jorobado, te acordás del jorobado? ¡Cómo le hinchábamos las pelotas! Pobre viejo, se murió hace como diez años.

Esteban estiró el brazo para alcanzar la tacita de café, que le ofreció la mujer de Juan Carlos.

-Querida este es el mejor amigo de mi infancia, ¿te lo dije, no?

- Ah sí, mirá que bien. Contesto irónica, la mujer.

-Bruja murmuró Juan Carlos por lo bajo. Las cosas no andan bien entre nosotros.

-Mirá flaco, yo no quiero joder, otro día paso.

-Pero que decís, que otro día ni otro día, vos te quedás como sea. Y se va para la cocina a traer más café

-¡Esteban, Esteban, vení. ¡Vení rápido!

Esteban se levantó del sillón y fue para la cocina. Lo encontró apoyado sobre el fregadero, estirándose para llegar a la ventana.

-¿A que no adivinás quienes son esas dos que van caminando por la esquina?

Esteban vio a dos mujeres de mediana edad, rubias y esbeltas a pesar de la edad. Las dos tenían el paso firme y las espaldas rectas.

-¡Las polacas, las polacas! Gritó Esteban, que parecía emocionado como si hubiera visto un par de duendes amigos y cómplices. Quiso correr para abrazarlas y pedirles disculpas por todos los agravios que les había infligido en su niñez, pero no se animó.



El oficial estaba exhausto de correr tras el petirrojo. La secretaria lo seguía a unos metros.

-Va como para el arroyito. Dijo el oficial.

-Sí, replicó la secretaria. No lo pierda de vista oficial, el animal nos quiere decir algo.

-¿Usted cree? ¿No estaremos corriendo al pedo....digo, por gusto?

-Nononó, el animal sabe algo, oficial.

El animal se paró sobre una casa humilde y comenzó a cantar.

-Allá está. Señaló la secretaria.

-Buenos días, señora. Dijo el oficial.

-¿Qué desea? Contestó la mujer, de unos 65 años.

-Le queríamos...le quiero hacer unas preguntas.

-¿Y ella quién es?

-Eh...una amiga.

-¿Desde cuándo los policías hacen preguntas acompañados por las novias?

-Mire señora, es por el asunto del petirrojo.

-Ah, si... y a cuántos asesinó el petirrojo, esta vez.

-Señora este es un caso importante. ¿Quién es el dueño del pajarito?

-Mi hijo y ¿qué?



-¿Y te acordas de las hijas de Sebastián, de las tanitas? Le preguntó Juan Carlos a Esteban

-Sí, ¿qué pasó?

-¿Y qué querés que pase? Se casaron, boludo. Pero no te pregunto para que me preguntés ¿qué pasó? Te pregunto para que recordemos. A vos te gustaba Teresita, ¿no es cierto? Bueno, Teresita echó un par te tetas, que si la ves te morís.



-Entré a la oficina del cura.

-¿Qué hora era? Preguntó el oficial de guardia.

-Las once de la mañana, más o menos. Llevaba la pistola...

-¿Qué tipo de arma?

-Una Pietro Beretta, calibre 22. La llevaba sujeta por el cinto a la altura del riñón derecho. El cura estaba firmando unos papeles, creo.

-Continúe.

-Levantó la cabeza recién cuando yo estaba a dos pasos del borde de su escritorio. Se sorprendió al verme. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa.

-Continúe.

-Le entregué el papelito.

-¿Cuál? ¿Este? Y el oficial le muestra un papelito donde estaba escrito: “Viejo hijo de puta, te llegó el turno por degenerado”. Dos gotitas de sangre lo manchaban, una sobre “hijo de puta” y otra sobre la d de degenerado.

-Sí, ese. El cura lo leyó.

-Continúe.

-Acaricié las cachas de la pistola, acomodé los dedos y la palma de la mano al diseño de la empuñadura, esa pistola tiene un diseño de empuñadura que causa placer y al mismo tiempo mucha seguridad. Nada que ver con la Walter P 38 que usan ustedes. El oficial levantó la vista de la Olivetti y lo miró como preguntándole ¿me estás tomando el pelo, hijo de puta?

-Continúe.

-Y desenfundé el arma y le metí dos plomos en la frente.

-Continúe.

-Recogí el papelito de la mesa, lo volví a doblar en cuatro y me lo guarde en la billetera, donde ustedes lo encontraron. Me quedé un ratito en la oficina mirando los pajaritos y el pitirrojo me dio mucha lástima. Le abrí la puerta y lo dejé en libertad, pero el prefirió seguirme. Durante este tiempo nunca lo metí en una jaula. Comía alpiste de mi mano. ¿Por qué me habrá traicionado?...

-¿Quién le hizo el encargo?

-No, mire, eso no se los voy a decir.

-Ahhh, eso no lo vas a decir. Está bien. Firma acá.

Daniel firmó, Daniel Piña.

-No te muevas, vengo enseguida y volvemos sobre eso que no me querés decir. Le dijo socarronamente el oficial. Daniel estaba esposado, con las manos atrás, amarradas al respaldo de la silla.

-Jefe, firmó y cantó casi todo, menos quien le dio el encargo.

-Llamámelo a Cablepelao. Esto yo lo arreglo enseguida.

-Si Jefe, dígame. Se cuadró Cablepelao, que era un gigantón de cara redonda y aindiada.

-Escuchame negro, quiero que te llevés al que está en la sala de declaraciones, y le des con la máquina. Pero cuidado animal, no te pasés de revoluciones, no me lo pasés para el otro lado. No quiero marcas, ¿me escuchaste? Mirá que corren otros tiempos. Estamos en democracia.



Llegó Jorge, el hermano mayor de Juan Carlos. Todos le decían cariñosamente Papo. Estacionó el Ford Taurus frente a la casa de su hermano. Era dueño de una funeraria. Los dos lo vieron bajarse del auto y Juan Carlos se apresuro en salir a recibirlo. Papo lanzaba ojeadas discretas hacia la casa.

Esteban salió para romper el misterio de esa situación. Cuando se encontró con Papo se abrazaron.

-No sabés nada ¿no es cierto? Papo interrogó a Esteban. Se habían quedado solos en la acera. Juan Carlos había vuelto a entrar y Esteban sentía su mirada, desde la ventana de la cocina, como si le retumbara en la nuca.

- Ayer hubo un amotinamiento en la Cárcel de Olmos y uno de los muertos es Daniel. Tengo que ir a buscarlo a la morgue.

-Pero...

-Hacía tres años que estaba preso. Mató a un cura por encargo. El viejo era un degenerado. Parece que tenía relaciones con las menores y una madre se enteró y contrató a Daniel para que lo liquidara. Daniel nunca cantó quien fue. Se comió la pálida solito. ¿Querés venir?



El cuerpo de Daniel estaba apenas reconocible, el fuego de los colchones y el material inflamable de la enfermería había quemado gran parte de su cuerpo.

Estaba sobre una de las camillas de la morgue, cubierto por una sábana. En la sala, sentados, un agente de la policía y un médico forense, tomaban mate.

Había otras tres camillas ocupadas.

-¿Me dijo Daniel Piña, no es cierto? Le preguntó el agente a Papo.

-Sí, Daniel Piña, agente.

-¿Pariente?

-No. El no tiene, o mejor dicho, no se va hacer cargo, que para el caso es lo mismo. Yo soy el propietario de la funeraria “San Pedro” y me hago responsable.

-Mire, tiene que estar entre estos cuatro. Le dijo mientras consultaba una lista de nombres.

El olor a carne quemada penetró las fosas nasales de Esteban. Se acordó del basural, cuando los desperdicios domiciliarios de algunas casas del barrio se quemaban cada dos o tres días, frente a la quinta del jorobado y muy cerca del arroyito. Estaba a punto de desmayarse, se dio cuenta, tuvo que concentrarse para que no lo venciera el mareo y le pidió al agente si podía abrir la ventana.

El policía miró al médico que asintió con una sonrisa burlona. Esteban se dirigió hacia los ventanales que estaban sobre una mesada de azulejos blancos. Abrió las dos hojas estrechas pero altísimas, de vidrios cincelados y dejó que entrara el aire que necesitaba. Se quedó parado mirando los tejados de las casas vecinas desde ese segundo piso.

Dos gorriones se apoyaron sobre los rayos de una antena de televisión.

Se dio vuelta y vio a Papo observando a uno de los cadáveres mientras el médico levantaba y sostenía la sábana.

Papo negó con la cabeza y se fueron al otro.

Esteban se acercó. Se paró cerca de Papo. El médico levantó la sábana, y descubrió la última sonrisa de un diente de oro.

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