jueves, 28 de noviembre de 2013

Zaldúa el Califa

Antonio Prada Fortul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace mil novecientos años, el Califa Zaldúa Ibn Al Zaharreetz, era el más acaudalado miembro del notablato de toda la región pérsica y sus alrededores.

Zaldúa además de ser califa de Bagdad, era un rico y astuto comerciante de la región y sus confines.

Consideraban al buen Zaldúa uno de los hombres mas ricos de la tierra.

Vivía este rico noble, en un inmenso castillo con custodiadas y seguras almenas construidas en pulido y brillante cobre, susurrantes palmeras estratégicamente ubicadas, arrullaban su sueño y numerosos pájaros de todos los rincones del planeta, lo despertaban con sus trinos sonoros.

Lujosísimas estancias cuyas cúpulas doradas y los minaretes de plata repujados con chispas de oro, deslumbraban a los visitantes mucho antes de llegar a los umbrales de esa antiquísima ciudad de sabios sacerdotes y magos, que nació con la aparición del primer hombre.

Tenía el buen Zaldúa, un harem inmenso, compuesto por treinta y cinco hermosas hembras de todas las nacionalidades y tonalidades.

Mujeres africanas hermosas de perfiles adánicos y pieles núbicas, auténticas sacerdotisas de Ochún y Yemayá, capturadas en los arroyos sagrados de los adoratorios yorubas, orientales de ojos rasgados y cuerpos sinuosos, helénicas de rosados pechos y perfiles geométricos, escandinavas con ojos de esmeraldino mar y duras tetamentas.

En ese harem estaba representada la belleza de las mujeres del planeta.

Diariamente eran bañadas en piscinas repletas de azahares, rosas y gladiolos.

A dichas aguas se agregaban esencias de pinares escandinavos y cogollos tiernos de dátiles para aromatizarlas.

Por último le untaban delicadamente a esas hermosas hembras tan bien dotadas, esencias concentradas de heliotropos silvestres en la zona que los antiguos llamaban pudorosamente: La parte innombrable del cuerpo.

Como el Califa Zaldúa era celoso en extremo, mandó a sus soldados a buscar al hombre más feo de la tierra para contratarlo como eunuco, ya que había ejecutado una docena de estos impotentes servidores, al observar las miradas lascivas que lanzaban a las doncellas de su harem.

Después de siete largos meses de búsqueda, sus soldados llevaron a su palacio a un hombre el cual tenían dentro de una jaula de gruesos barrotes de madera.

Cuando el Califa se acercó al rústico huacal, retrocedió espantado y exclamó: ¡Por las barbas del profeta! ¡Este hombre es más feo que los duendes del desierto…Carajo!

Jamás había visto a un ser humano tan imperfecto como ese nubio que tenía ante sus ojos, medía más de dos metros de estatura, era bizco, bembón, me muerde, orejón y completamente ñato, además de eso tenía una puntiaguda perilla en su cabeza huérfana de cabellos. Verdaderamente era horrible ese ser humano.

El Califa estuvo tan contento por su adquisición para el cuidado de su harem, que consideró innecesaria la castración.

“A ese animal no se lo come ni el gusano, mis mujeres están seguras”.

A partir de ese día, Morín fue nombrado como custodio mayor del harem.

El Califa compartía el lecho con sus mujeres, cada treinta y cinco días o más de acuerdo a sus descansos semanales, se acostaba con la mujer designada y duraba con ella de diez a quince minutos. Luego volvía a su aposento con su comitiva dejando a una mujer ansiosa e insatisfecha en el mullido lecho de colchones rellenos con plumas de ganso.

Notó el califa que desde el mes anterior al disfrutar de sus hermosas hembras, había alegría en ellas, algo que era inusual en su harem.

Sus mujeres ya no manifestaban desgano al compartir el lecho, las encontraba más dispuestas, entusiastas, satisfechas y risueñas, se alegró y se complació mucho porque reinaba la armonía conyugal en su palacio.

Siete meses más tarde tenía embarazadas a las treinta y cinco mujeres de su harem quienes lucían orondas sus enormes vientres preñados.

El Califa orgulloso por su hombría, paseaba risueño por el palacio y decía a sus consejeros: ¡Abran Paso señores que acaba de llegar el Gran clavador!

Cuando llegó la hora de la verdad, el médico del palacio y las diez parteras reales, se multiplicaban para atender el desembarazo de esas mujeres que se distanciaba el uno del otro con una diferencia de cuatro a cinco días.

Duraron dos meses atendiendo los partos de las mujeres del harem.

De acuerdo a la costumbre, el Califa escogió un día después del segundo mes del nacimiento del último de sus herederos, para conocerlos y ser presentados con toda la fanfarria habitual a los miembros de la corte palaciega y otras autoridades del reino. Era una gran fiesta la que se iba a celebrar en ese acontecimiento magno, toda la realeza de Bagdad, estaba presente en el imponente castillo.

Estaba orgulloso Zaldúa Ibn Al Zaharreetz de sus treinta y cuatro nuevos hijos.

Tenían entre sesenta y setenta y seis días, tal era la diferencia entre el nacimiento de cada uno de ellos.

Los infantes fueron colocados en fila en sus cunas nacaradas con bolillos de oro y pasamanos de ébano en sus rosadas ventanitas y fina seda cubriendo el minúsculo techo.

Risueño y acompañado de sus consejeros y visires a quienes iba a mostrarle su proeza viril, ingresó al inmenso salón y lleno de orgullo gritó: ¡Destapadlos!

Treinta infantes completamente azabaches, negros como las noches del oasis de Tel el Amarna se mostraban a sus ojos asombrados, tenían la mirada estrábica, una bemba inmensa, una larga perilla en su cabeza y completamente ñatos, estiraban sus tiernos brazos hacia el Emir.

Los acompañantes no pudieron contener la risa y cubriéndose con sus chilabas apartaban la cara con disimulo.

Morín en la puerta del harén, empezó a sudar.

Tenía cara de culpable.

El Califa sin vacilaciones gritó a sus sonrientes guardias !Ahorcadlo!

Media hora más tarde, Morín entregaba su alma al gran profeta Alá.

Fue el único ahorcado que murió con una risa de picardía en su rostro.

Morín murió feliz.

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