viernes, 27 de diciembre de 2013

El tesoro de la casa de San Diego

Antonio Prada Fortoul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

San Diego es uno de barrios los más antiguos de Cartagena de Indias, nació con la ciudad y posee un encanto sutil que hechiza y cautiva a quien transita su entorno. Muchos sectores del barrio muestran una innegable influencia morisca en sus coloniales construcciones. Tienen una distribución que permite la entrada de las brisas marinas por puertas y ventanales, saliendo por el patio y ventilándolas con una permanente tirada de aire fresco en su interior a pesar de la habitual canícula de esta ciudad tropical.



La influencia agarena es notoria en sus portones, arcadas de aguda mediapunta, y en la trama caprichosa de sus arabescos calados interiores.

Las calles, algunas destapadas y otras con vetusto adoquinado, tenían aceras de piedra coralina; a pesar de quedar en el centro de la ciudad, la cotidianidad era igual a la de los barrios extramuros de este puerto del Caribe. Las matronas mechaban la carne y rallaban el coco a las tres de la tarde sentadas en taburetes de cuero, las mujeres peinaban sus hijas en los portones haciendo en sus cabellos, delicadas y caprichosas tramas. Es un barrio típico del caribe mostrando en esa acuarela viva, los usos y costumbres de la época.

Quienes visitan esa embrujadora urbe, desean tenerla como morada permanente.

En San Diego vivió José Medrano, trabajaba en una jabonería y tenía cinco hijos.

Su condición financiera era difícil, el salario no alcanzaba para mantener el hogar, hacía maromas para sostener la carga familiar y acudía a prestamistas para sortear la situación. Vivía arrendado en una casona cuyo propietario iba el último día de cada mes a cobrar la renta. A pesar de la estrechez, Medrano era feliz.

Todas las noches era despertado por una tenue luz en su rostro. Extrañamente el techo no tenía goteras que permitieran el paso de ese brillante halo azul blancuzco que lo desvelaba desde hacía varias semanas.

Un sábado en la noche al acostarse, un diminuto y luminoso haz se posa en su pecho. Se levanta y el centelleante rayo se desplaza a la puerta de la habitación; lo observa salir de la alcoba y se detiene en la parte exterior, sale en pos del encandilador y brillante rayo lunar que se dirige a la puerta del patio, sin temor siguió la luz que lo guió hasta el ramaje de un frondoso níspero.

La luminosidad alcanzó el tamaño del ojo de buey de un bergantín y quedó estática al pié del árbol. Volvió Juan a su alcoba y durmió profundamente.

Al día siguiente comentó a su esposa, lo ocurrido la noche anterior y esta le dijo que tiempo atrás su abuela le había contado algo similar pero no recordaba bien la historia. Acordaron visitarla al día siguiente domingo, para hablarle del fenómeno.

La abuela de su esposa a quien llamaban Yaya, era una matrona de noventa años nativa de Mahates, población llena de historias de brujas y duendes. Los ancianos del pueblo poseen un conocimiento heredado de los ancestros africanos transmitido de boca a oídos a pocos privilegiados y celosamente guardados por estos.

Ese día recibió Yaya, la visita de su nieta con su esposo y sus cinco biznietos.

Habló con ella contándole lo referente al haz de luz; esta lo escuchó atentamente y al despedirse, entregó a José una pequeña piedra diciéndole: Este es un Otán, piedra sagrada de los ríos donde se invoca a Ochún, tiene un poderoso aché que te va a servir en esta circunstancia especial de tu vida. Ha estado en mi familia durante siglos, llegó de África en el vientre de uno de mis antepasados.

Guardó el Otán en un bolsillo y sintió que una extraña energía invadía su cuerpo.

Esa noche soñó con una familia española que enterraba un cofre en su patio.

Se veía en medio de esas personas. Su presencia era etérea, gaseosa, volátil, podía mirar pero no podía tocar nada. “Es solo un sueño”… pensó.

Querían huir del cerco que tenían a la ciudad unos piratas franceses ávidos de sangre y riquezas. Habían saqueado hasta las iglesias profanándolas sin respeto.

Los defensores se rindieron sin pelear, Sancho Jimeno el defensor del Castillo San Luis de Bocachica, abdicó sin lucha.

La ciudad estaba indignada contra el cobarde español que no supo defenderla.

Observó a la familia que empacaba lo básico para alejarse de la ciudad sitiada.

Cuando se disponían a salir, un grupo de furiosos piratas penetró abruptamente en la morada y antes que pudieran defenderse fueron masacrados por los invasores que hablaban con un fuerte acento francés.

En ese alucinante sueño y en medio de esa terrible matazón, vio la frustración de esos desalmados quienes al no encontrar riquezas, lanzaron al exterior los cadáveres de la familia masacrada.

Al salir al alero del frontispicio, notó que esos sucesos ocurrieron en la casa donde vivía. En medio de su pesadilla vio en la fachada el mismo escudo de armas de piedra coralina que adornaba su frontón. Despertó agitado y sudoroso.

Durante una semana no volvió el enceguecedor halo. Una noche regresó la luminosidad posándose en su cara despertándolo de inmediato.

Sin temor, agarró el Otán que le diera la abuela y siguió el sendero marcado por la luz y tal como ocurrió la primera vez, la luminosidad lo condujo a la base del níspero. Una voz su el interior le indicaba que llevara una pala al pié del árbol.

José estaba preparado y sin vacilaciones empezó a cavar en el sitio.

Excavó arduamente hasta tropezar con la punta de la pala un objeto sólido, al terminar de sacar la tierra, encontró un arcón de cuero repujado con un escudo de armas en oro en el lomo, reforzado con esquineros y gualdrapas del mismo metal.

Limpió el pesado cofre y con mucho esfuerzo lo puso en el borde del foso. Descubrió que era el mismo baúl del sueño que tuvo con la familia asesinada por los piratas franceses. Cubrió el foso, cargó el pesado arcón y bañado en sudor por el esfuerzo se dirigió al interior de la casa, colocó en el suelo el pesado y repujado baúl y se sentó en la sala a descansar.

Su esposa se levantó intrigada al ver las luces encendidas y se sorprendió al ver a su esposo sudoroso abriendo el cofre de cuero, cuyos áureos bordes estaban en perfectas condiciones.

Sin mucho esfuerzo forzó la cerradura y apartando la cara para evitar el vaho mohoso de los siglos, lo abrió completamente.

Un paño de felpa de profundo azul turquí que cubría el contenido, se desintegró al levantar la tapa que cubría el contenido del arcón.

Encima estaba un grueso pergamino, escrito con una caligrafía elegante.

Con mucho cuidado desdobló el papel y leyó el contenido de este:

“Provincia de Cartagena de Indias 21 de Abril de 1.697 Año del Señor.
Nos, Don Diego Manuel Corrales Leal y Barriosnuevo, Doña Fermina Casasola y Girón, mas los infantes Hugo Manuel V, Fermina Isabel, y Gabriel Tomás Camilo Corrales Leal y Casasola, hijos concebidos en sagrada unión, abandonamos nuestro hogar rumbo a nuestra estancia, huyendo de los franceses que tomaron la ciudad.
Quién esto hallare por iluminación de la Divina Providencia sabrá que hemos fallecido a manos de estos agresores. Pedimos a quien esto encontrare, nos mande misas por el descanso de nuestras almas en la viña del señor.
Bendeciremos a quien esto hiciere.
Rubrico la presente con mi firma a los 21 días del mes de abril de 1.697
Hugo Manuel Corrales Leal y Barriosnuevo IV Caballero de Monte Verde.
Oficial de honor de la Guardia del Rey, Patricio de la Santa Losa y Tres veces Grande de España.

Impresionado por lo leído en el pergamino, lo entregó a su esposa.

El brillo de las joyas del arcón los deslumbró.

Hicieron un arqueo del contenido de este. Veinte y cinco lingotes de oro de veinte y cuatro quilates, con un peso de dos mil gramos cada uno. Seis collares de perlas negras, seis de perlas nacaradas y blancas, engarzadas con oro de veinte y cuatro y separadas por esmeraldas de un verde deslumbrante.

Cinco cadenas de un metro de largo y dos mil quinientos gramos cada una, engarzadas con sangrientos rubíes de destellos enceguecedores. Cuarenta anillos de oro, once engarzados con perlas, veinte enceguecedores diamantes de las minas de Congotanga, brillantes varios y cuarenta anillos de oro macizo representando los diferentes blasones que pertenecía el hidalgo caballero.

El peso de estos sobrepasaba los noventa kilos de oro.

El resto estaba compuesto por cuarenta brazaletes de oro engarzados con diamantes y zafiros africanos, cuarenta pares de aretes en oro y plata, sesenta pulseras en oro macizo de diferentes tamaños y cuarenta y nueve diamantes.

Al terminar de inventariar el contenido del cofre, se arrodillaron dándole gracias a Dios por haberle permitido encontrar ese “entierro” que los iba a sacar de pobres. No sabían cómo tasar el valor de ese tesoro incalculable que la Divina Providencia había puesto en sus manos.

Muy temprano fue a la Catedral y después de hablar con el arzobispo, pagó las misas diarias de la finada familia española por veinte años.

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