viernes, 27 de diciembre de 2013

El zapatero de Provincia

Alberto Pinzón Sánchez (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Marcoalirio Ariza estaba sentado sobre una pequeña banqueta, martillando una suela de zapato con un martillo pequeño de mazo plancheto, sobre un pie de hierro encabado en un pedazo de madera que sostenía entre las piernas. El pequeño cuchitril oscuro y sucio donde trabajaba, quedaba bajo el nivel de la casa y tenía una grada para adentrarse en él. La pequeña casa donde él malvivía y trabajaba solitario, quedaba en una de las salidas de Provincia; tenía piso de tierra oscura pisada donde yacían esparcidas algunas botellas vacías de aguardiente, paredes delgadas de adobe y techo de paja gris, gruesa, larga y trenzada. Cuando vio llegar al médico a la puerta de la zapatería, alzó la cara y mirándolo intensamente con el único ojo que tenía, le dijo:

- Doctor siquiera que vino, porque las pastillas ya se me están acabando.



Su frente era amplia y el escaso pelo echado hacia atrás trataba de ocultar una gran cicatriz ancha fibrosa y oscura como un cordón, que le recorría de lado a lado la cara pasando por la cuenca derecha vacía tapada por el parpado caído del ojo derecho, para terminar a en la mandíbula del lado izquierdo dando la impresión de ser una persona a quien le habían partido en dos mitades la cabeza. La ceja derecha formaba parte del cordón fibroso de la cicatriz, pero la izquierda ya mostraba los vellos ralos de la madarosis. El cordón cicatricial dividía también en dos mitades el cuerpo ancho, bulboso y de piel brillante de la nariz, pasando por un lado de la comisura labial izquierda (que acentuaba su imagen trágica) dejando la boca grande y carnosa libre, hasta llegar al borde de la quijada, dándole a su edad madura cierta imprecisión. En ese momento el médico le preguntó:

 - Pero Marcoalirio, no estará tomando aguardiente con las pastillas que le dejo ¿No?

Volvió a mirar al médico con su ojo único que dejaba ver una sombra oscura de indiferencia y le respondió:- ¿Pero qué quiere doctor, que baje esas pepas y todo el tormento de mis recuerdos, solamente con agua del aljibe?

Siendo un acuerpado adolescente, Marcoalirio vivía con sus padres y sus dos hermanas menores en una pequeña parcela de pendiente, cultivada con algunas matas de café y plátano en la vereda la Cuchilla de Provincia; allá donde la cordillera se quiebra para aplanarse en el altiplano Central. Fue un sábado a Provincia a comprar algunas provisiones, principalmente baterías o pilas para la linterna, velas de parafina, puntillas y clavos para las reparaciones en la casa y las cercas, sal mineralizada para las dos vacas caseras que tenía su madre y que cotidianamente les daban el desayuno a toda la familia. Al salir de la tienda, un día luminoso y cálido como los de Provincia, una patrulla de soldados vestidos de verde y armados con grandes y pesados fusiles, al verlo joven y enruanado en el calor de Provincia, le exigieron terminantemente: ¡Su libreta militar! No tengo, fue toda su respuesta. Entonces venga con nosotros para que resuelva su situación militar obligatoria, le respondió el jefe de la patrulla quien no se distinguía de los demás soldados.

Fue llevado al patio de paredes de cemento muy altas de la casona de la alcaldía de Provincia junto con varios jóvenes más. Al atardecer, cuando comenzó la brisa olorosa que refresca el calor del mediodía en Provincia, lo subieron junto con sus compañeros, como ovejas, a un camión grande y carpado de los que se usan para trasportar ganado. Viajaron toda la noche en medio de sacudones y frenazos y al amanecer, dio gracias por haber llevado puesta la ruana, pues un viento frio, penetrante, sin olor a nada, entraba por entre las maderas del camión; entonces se dio cuenta que estaba adentrándose en el altiplano central. Por una hendidura que dejaba la lona del camión pudo ver las luces de la gran ciudad y los avisos luminosos relampagueantes a lo largo de la carretera. Un rato después, cuando el camión paró, lo descapotaron y les ordenaron bajar. Otra patrulla de soldados armados con fusiles pesados los recibió, pero esta vez el jefe estaba vestido con un uniforme verde de paño y quepis. Estaban en la base militar de Usaquén cerca de Bogotá y les gritó que estaban ahí para prestar el servicio militar obligatorio que nuestra querida patria, Colombia, nos demanda.

 Seis largos meses sin noticia de su familia ni comunicación alguna, duró el entrenamiento diario en un helado cerro aledaño tupido con un bosque ralo de matorrales enanos impregnados de ollín, a base de duchas heladas, trotes extenuantes, comidas de arroz, papa y plátano cocinados, y largas prácticas, muy intensas, de tiro al blanco con fusil largo, lucha cuerpo a cuerpo con bayoneta calada y lanzamiento de granadas, que les dictaban otros militares que hablaban muy raro. Al final del entrenamiento los jefes le dijeron que por su esmero y desempeño había sido seleccionado para ir a continuar la lucha de nuestros libertadores en Corea, tierra de libertad, donde se estaba librando una guerra sin cuartel de la civilización occidental y cristina contra el comunismo ateo; lucha cuya una solución era la victoria. El sábado 12 de mayo de 1951 (Marcoalirio siempre tuvo muy presente esa la fecha) desfiló junto con sus 800 compañeros de Batallón llamado Colombia, en la plaza de Bolívar de Bogotá, frente al presidente de la república Dr. Laureano Gómez, todo el alto Gobierno de Colombia, el cardenal primado con el capellán del ejército y, el embajador de los Estados Unidos.

Ocho días después de un viaje continuo, en una caravana de camiones militares que atravesó dos cordilleras, fue embarcado en el puerto de Buenaventura, en el mar pacifico, en un navío del ejército de los Estados Unidos rumbo a Corea. La inmensidad sin límites del mar, la brisa persistente con sabor salado, el fuerte y permanente vaivén de las olas, más el calor torrencial de la canícula, hicieron de su viaje una enfermedad. Escondido en su litera vomitando cuanto comía lo convirtieron en un espectro enfermizo de quien se burlaban sus compañeros de armas. Solo tuvo un descanso cuando desembarcaron un mes más tarde en Corea, en el puerto maloliente de Pusan donde ya habían comenzado los vapores calurosos e irrespirables del verano coreano, y sin mucho reposo fue incorporado con sus compañeros, todos al mando de “Don Polo” como llamaban al coronel Polanía, al regimiento 21 de infantería adscrito a la 24 división del ejército de los Estados Unidos. Ahora era el idioma la nueva dificultad, pues poco entendía el lenguaje de los portorriqueños y mejicanos que servían de intérpretes con los nuevos jefes militares. Nuevos entrenamientos intensivos en el uso de granadas y bazucas antitanque, guerra de trincheras, y por la tarde cursos de historia del alma heroica y las hazañas épicas del ejército colombiano a lo largo de su vida republicana: Santander, Obando, Mosquera, Rafael Reyes, Próspero Pinzón, Vásquez Cobo, ect que les dictaba un capitán chaparro, medio rubio, de mirada irascible y de apellido Valencia, a quien si entendía casi todo porque hablaba con el acento y el tono de sus paisanos de Provincia.

En la mitad del verano, comienzos de agosto del 51, Marcoalirio junto con sus compañeros fueron trasportados por vehículos militares estadounidenses a la batalla por la toma de la ciudad coreana de Kumsong. A Marcoalirio junto con 11 once compañeros les asignaron la toma y mantenimiento a toda costa de una pelada colina estratégica, quemada y arrasada por el fuego, llamada por los colombianos “el Chamizo”; mientras sus compañeros de batallón eran distribuidos en otras dos colinas circundantes. Ahora la dificultad era la tierra arenosa y seca por el calor húmedo e irrespirable del verano, que casi no permitía cavar trincheras profundas donde protegerse de los cañonazos permanentes y sin descanso de la artillería y de los bombardeos aéreos enemigos. En la madrugada del 7 de agosto del 51, una lluvia estruendosa de metralla, esquirlas y bombas incendiarias cayó sobre el hueco donde se encontraba Marcoalirio, hiriéndolo de gravedad en la cabeza y sin darle casi ninguna posibilidad de participar en la batalla posterior. Rápidamente fue atendido por sus compañeros que lo lograron sacar hasta la carpa del puesto médico de los americanos, donde lo sometieron a una cirugía y lo evacuaron a una base militar para heridos de guerra ubicada en Japón. Allí permaneció, durante el inclemente invierno japonés, seis meses de una tediosa e interminable recuperación o rehabilitación, comiendo diariamente enlatados de sopas, verduras, frijoles, maíz y una pasta sonrosada de carne de cerdo llamada spam, y por su escaso conocimiento del inglés, a merced de los intérpretes de “espaniss”; hasta cuando lo llevaron nuevamente al navío estadounidense que en febrero del 52, regresó a Cartagena de Indias con el primer contingente de soldados del batallón Colombia proveniente de Corea. Tres días después, ya en Bogotá, en la misma guarnición donde lo habían entrenado el año anterior, sus jefes y un supervisor estadounidense le liquidaron los salarios que no había cobrado a razón de 39 dólares mensuales, más 100 dólares de indemnización por la herida en la cabeza: 500 pesos colombianos en total.

Con ese dinero en el bolsillo y una cédula militar, Marcoalirio aún sin tener noticias de su familia, buscó un trasporte hacia Provincia y dos días después estaba en la vereda donde quedaba su casa. Allí ya no había sino unos restos de paredes calcinadas apresadas por unos bejucos y por ramazones que entre salían de la tierra calcinada. Un escalofrío recorrió su cuerpo, mientras una humedad, que podían ser lágrimas, brotaba de la cicatriz de sus ojos. Así, estuporoso y anonadado estuvo un largo rato observando los escombros que podía ver. Buscó algunos vecinos amigos, pero la vereda estaba casi vacía. Finalmente encontró un viejo enflaquecido y miserable que le contó lo sucedido: al poco tiempo de su ida, habían llegado los Chulavitas conservadores y como la vereda tenía fama antigua de votar en las elecciones por el partido liberal, habían matado a los que pudieron y a los demás los habían perseguido hasta bien allá de las selvas del rio Minero. El viejito no supo o no pudo dar razón de los familiares de Marcoalirio.

Entonces decidió seguir la ruta de quienes habían logrado escapar hacia la selva para averiguar por sus padres y hermanas. Después de adentrase en la selva caminando casi dos meses por entre precipicios agrestes y cruzando cañadas de ríos torrentosos y selvas húmedas, lluviosas y pantanosas; sorteando hambre y todo tipo de dificultades y riesgos que ofrece la selva, logró finalmente llegar a un descampado o claro selvático, donde hizo contacto con un grupo de conocidos que habían armado unas chagras primitivas y apenas sobrevivían en aquel fangal de tierras rojizas. Allí conocían bien a su familia y cuando les contó de donde venía, le confirmaron que sus padres y dos hermanas habían sido degollados a machete por los Chulavitas y luego quemados sus cuerpos en la ruina que había encontrado. Desde ese día (dicen los que lo conocieron) que Marcoalirio había adquirido esa mirada intensa y oscura de su único ojo.

Por su experiencia, rápidamente el grupo le dio la dirección. Empezó por organizar la colonia de manera militar, con disciplina, horarios estrictos, grupos de trabajo, apoyo, comunicaciones, trasporte, talleres, tareas, vigilancia e instrucción militar. Al poco tiempo la colonia de 36 personas, adultos y niños, hombres y mujeres, era un temible y vengativo grupo guerrillero itinerante, que empezó a hacer incursiones mortíferas sobre las veredas pobladas y pequeñas aldeas del piedemonte y la cordillera, controladas por los conservadores. Así adquirieron más armas, especialmente carabinas y machetes, más provisiones y seguridad; pero en una de las primeras escaramuzas, Marcoalirio perdió la prótesis ocular u ojo de vidrio que le habían colocado en la base militar de Japón, con lo que su cara amarillenta, cicatrizada y tuerta, se hizo más enjuta, sombría y dramática.

Una vez se comienza es muy difícil parar: después de dos años de despojos, venganzas con ajusticiamientos masivos, finalmente hicieron contacto con otros grupos de colonos liberales alzados en armas y establecieron una red grande de comunicaciones, que abarcaba toda esa parte de la selva y el piedemonte de la cordillera. La amnistía para los guerrilleros decretada por el general Rojas Pinilla en el año 53, por lo escondido y alejado de su escondite, ni siquiera le fue informada. Con la del año 57, de Lleras Camargo, algunos viejos compañeros del grupo se licenciaron y salieron al puesto del rio Minero donde el ejército de Colombia los esperaba para reinsertarlos en el campo de donde habían salido huyendo, con un azadón, un machete, una muda de ropa, más 30 pesos. Algunos hicieron saber que habían podido regresar a sus veredas en Provincia, pero de la mayoría no se volvió a saber nada; mientras tanto, al haber cesado los ataques militares y bombardeos en esa zona; Marcoalirio y su grupo iniciaron un punto perdido de colonización selvático llamada “el Chamizo”, en recuerdo de la herida coreana, el que pronto empezó a crecer y a afianzarse como un sitio poblado y organizado para iniciar nuevas colonizaciones selva más adentro. Cuando el cese de los ataques militares se hizo permanente, Marcoalirio con dos compañeros cercanos enterraron las carabinas guerrilleras embadurnadas de grasa, bien forradas en plástico, en lugares especiales solo conocidos por ellos y, se dispusieron a desarrollar una nueva vida en el Chamizo.

Habían pasado quince años desde que le pidieron la libreta militar en Provincia: Marcoalirio había aprendido y desarrollado varias habilidades, entre ellas, el arte de la talabartería de aperos de cuero para mulas de carga y construyó en el centro de Chamizo, una pequeña mediagua-taller donde ejercía su oficio y atendía a los colonos necesitados. Pensó que sería bueno dejar la vagabundería con mujeres pagas y tener una compañera permanente. Pero la verdad era que su cicatriz facial no le ayudaba con las mujeres, quienes veían en él un hombre firme trabajador y honrado, pero, corroído por una fea venganza que le salía por la cara. Sin éxito, se dedicó al alivio momentáneo que le daba la bebida cotidiana de aguardiente, la música estridente de corridos mejicanos y a las mujeres pagas que había conocido por primera vez en el puerto coreano donde desembarcó la primera vez y a las que desde entonces se había aficionado; pero ese ritmo de olvidar destinado al fracaso y a la soledad, apenas le duró unos años más. Entonces fue cuando empezó a sentir hormigueos en los dedos de las manos y a perder la habilidad manual y la fuerza para trabajar en los cueros. Luego le salieron unas manchas rojizas en todo el cuerpo, a no sentir dolores en las manos, ni en el cuerpo y ver deformada, agrandada y brillante la parte no cicatrizada de la nariz y las orejas. Alarmado preguntó a algunos amigos cercanos, quienes no se atrevieron a darle opinión. Y así fue como decidió desandar de incognito, sigiloso y en silencio, todo el camino de la selva para regresar a Provincia, en donde había un médico de planta en el puesto de salud.

El examen fue sencillo y el diagnostico también: Marcoalirio tenía una lepra lepromatosa, adquirida durante todos estos muy largos años de sufrimiento, abandono y olvido; barro, miseria y camas de costal de fique. Conociendo la gravedad de su enfermedad, decidió someterse al tratamiento (de esa época) a base de grandes dosis de sulfonas y quedarse en Provincia trabajando sin mucho esfuerzo y sobre todo sin nombradía, como un miserable zapatero remendón.

En ese momento fue cuando Marcoalirio miró al médico con su ojo único que dejaba ver la sombra oscura de la desesperanza aprendida y le respondió:- ¿Pero qué quiere doctor, que baje esas pepas y todo el tormento de mis recuerdos, solamente con agua del aljibe?

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