jueves, 19 de diciembre de 2013

Esta burra, caballeros... habla

Antonio Prada Fortul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mahates es una próspera población ubicada en los Montes de María.

Está a menos de una hora de Cartagena de Indias y es una importante reserva agrícola de la región.

Sus pobladores son amables y hospitalarios, descendientes de los africanos que trajeron esclavizados a estas tierras en una diáspora obligada, se observa en sus habitantes, la influencia de las etnias arará, bantú, yoruba y mandinga.



Son alegres y cultores de un género musical oriundo de San Basilio de Palenque llamado Bullerengue.

Las mujeres de Mahates son estudiosas, hermosas y de esculturales cuerpos.

Pero ese pueblo también es famoso porque desde tiempos inmemoriales, algunas mujeres del poblado practican el arte milenario de la brujería.

Rodrigo Cassiani tenía diez y seis años y estudiaba en Cartagena, los viernes regresaba al pueblo y en vacaciones trabajaba en el sembradío de sus padres.

El sábado se reunía con sus amigos para enamorar las muchachas y asistir a los bailes que semanalmente se desarrollaban en ese hermoso lugar.

Estaba enamorado de Vilma Herazo, una hermosa joven de diez y siete años poseedora de una belleza de innegable origen bantú, tenía armoniosas caderas, pechos erectos, agresivos y era una gran conversadora, lo aceptó con la condición que la visitara en su casa para que su madre supiera con quién estaba saliendo.

La primera vez que Rodrigo visitó la casa de su novia, esta no se encontraba y fue atendido por la mamá de Vilma llamada Luisa Cañate.

Era una mujer madura y bella, el atractivo de la matrona y la redondez sinuosa de su cadera tenía una vigencia indiscutible a pesar de la edad que representaba.

Su suegra lo atendió con amabilidad y se percató que sus miradas, eran insinuantes y sugestivas; se agachaba con cualquier pretexto delante del joven, mostrando su entrepierna donde asomaba parte del velludo triángulo bulvar.

Cuando llegó Vilma a su vivienda, la mamá de la bella muchacha los dejó solos y esta salió a pasear con su novio quién más tarde, la trajo de regreso a su casa.

Rodrigo en ningún momento pasó por alto lo insinuante de esas furtivas miradas cargadas de ardiente pasión otoñal. Siempre que visitaba a su novia, la suegra lo rozaba con mucha sensualidad o le tocaba “sin culpa” eso que llamaban los españoles de antes: “la parte innombrable del cuerpo”, cosa que le ponía los pelos de punta, pero por respeto y amor a su novia, se cohibía.

En las zonas rurales del Caribe colombiano y otras regiones pastoriles del país, los jóvenes suelen copular con burras, como parte de su entrenamiento en el arte de los encantos y la iniciación sexual, ya que en esa época era muy difícil hacer el amor con las novias, a menos que al final de esta “osadía”, se asumiera la responsabilidad debida.

Un sábado de un Mayo lluvioso, terminó Rodrigo su visita bien entrada la noche.

La población dormía. Despreocupadamente el joven enamorado se dirigía a su vivienda cruzando por callejones cercados con cañabrava.

Una Cuadra antes de llegar a su casa, se atravesó en su camino, una burra que pastaba mansamente a esas horas de la noche.

Era una burra hermosa de grisáceo pelambre y una desamparada mirada que despertó cierta ternura en el joven noctámbulo.

Al ver al animal en ese solitario paraje, tocó su lomo y el solípedo levantó la cola dejando a la intemperie su sexo que parecía un mejillón del mediterráneo. La condujo al sitio de mayor penumbra del callejón, desabotonó la bragueta, bajó su pantaloncillo, agarró a la burra por el anca y la penetró hasta copular con ella.

Lo cierto es que jamás había tenido una experiencia tan maravillosa como la que tuvo con esa burra a pesar de la cantidad de animales que había “conocido”.

Todas las noches encontraba Rodrigo la burra en ese lugar y se repetía la misma experiencia de la noche anterior.

Así sucedió durante más de siete meses.

En vacaciones cuando regresaba tarde del sembradío, encontraba al animal a la vera del camino pastando despreocupadamente y ahí mismo la conducía debajo de un jobo frondoso donde se repetía el mismo encuentro de siempre, Rodrigo estaba verdaderamente “cebado” con la encantadora, dócil y muy sabrosa solípeda que hasta se movía con una suave y sensual cadencia.

Cierta noche Rodrigo notó un bulto en el abdomen de la suegra y Vilma al percatarse de eso le dijo: Mi mamá está embarazada y papá tiene dos años de estar en Venezuela, ella no ha querido decirme quien es el padre de la criatura.

La suegra de Rodrigo lo miraba socarrona picardía, que no pasó desapercibida al joven enamorado que pasó por alto esa sugestiva mirada, en cierta forma estaba acostumbrado a sus miradas insinuantes.

Siguió visitando a su novia hasta que la suegra de Rodrigo tuvo su bebé.

Este se alejó un poco mientras Vilma atendía a su madre y hermano recién nacido. La burra había desaparecido de su vida.

Rodrigo se reunía diariamente con los amigos en cualquier esquina del poblado.

Un día se despidieron y cada uno se dirigió de regreso a su respectiva casa.

Al joven le tocó caminar solo, un largo trayecto hasta su casa y al cruzar por el callejón, encontró su burra favorita pastando a la vera del camino.

Se acercó acariciándole el lomo y como siempre, la burra alzó la cola dejando al descubierto su sexo enorme como las ostras del mar de Mármara, en el que pudo apreciar Rodrigo a pesar de lo tenue de la luz, que estaba extrañamente bordeado por un ralo bello pasurín similar al púbico pelambre de las mujeres.

Sin prestarle atención a pesar de lo extraño, agarró al noble solípedo por el suave lomo y como siempre, penetró con ansia a la burra como era su costumbre.

Cuando se subía el pantalón escuchó una voz que lo llamaba: Rodrigo...Rodrigo.

Alarmado termina de vestirse y mira para todos lados en busca de la voz que lo llama con insistencia.

Cuando se dispone a marcharse del sitio, se repite el llamado: Rodrigo…Rodrigo.

Con la sorpresa más grande, se percata que es la burra la que le está hablando.

Sintió un terror inmenso cuando la burra le dice: ¿Cuándo vas a conocer a tu hijo?

Se orinó sin poder evitarlo cuando se percató que la burra a la que el entraba, tenía la misma cara de su suegra Luisa Cañate.

Salió corriendo asustado, aterrorizado, y casi desmayado del susto.

Tras de sí, una carcajada luciferina aumentaba su sonido en sus oídos.

Al llegar a la puerta de su casa cayó desmayado.

Así lo encontraron sus padres cuando salieron presurosos al escuchar el estropicio que los despertó a esas horas de la noche.

Le dieron agua con toronjil y azúcar al joven mientras este les contaba a sus padres lo que le había sucedido.

Al día siguiente, se llevaron a Rodrigo para Cartagena y solo regresaba a Mahates cuando estaba en vacaciones.

Después de esa terrorífica experiencia les cuento lo siguiente y créanme señores, créanme, Rodrigo, jamás volvió a mirar burra alguna ni para ir de la casa al sembradío y viceversa, prefería caminar o irse en motocicleta.

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