miércoles, 4 de diciembre de 2013

Fiesta de difuntos en la Calle del Coliseo

Antonio Prada Fortul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cartagena de Indias, siempre ha tenido un halo de misterio y leyendas tejidas desde la truculenta época colonial, que se encuentran dispersas en las callejuelas del sector amurallado en donde se desarrollaron estas historias fantasmales.



En la calle de San Agustín de esa embrujadora ciudad, vivió en los umbrales del siglo XV, un acaudalado español llamado Blas María Ribón y Balmaseda.

Este peninsular nativo de Extremadura, comerciante en esmeraldas y oro, a pesar de lo opulento, no le era desglosable su inclinación a la bribonada y la picardía.

Un día se embarcó en un galeón que zarpaba a las colonias de ultramar rumbo al puerto de tratantes de Cartagena, ciudad nombrada por tripulantes de naos y bergantines, como propicia al alijo por los numerosos atracaderos, esteros y caletas de ese puerto colonial hechizante y cautivador.

Al llegar a la ciudad quedó prendido de ella, de su comercio y la vida social que ahí se desarrollaba. Ese sitio encantador y mágico lo había embrujado.

Contrajo nupcias con una dama peninsular de esa ciudad colonial y tuvieron dos hijas que lucían su belleza en las reuniones y saraos realizados en la casa del acaudalado hombre de negocios acostumbrado a la juerga. En esa lujosa casona, se reunían miembros de la cerrada sociedad cartagenera, en fiestas donde el vino, el champán y los rones del Caribe corrían a raudales.

Un joven criollo llamado José Luis Llorente, se enamoró de una hija de don Blas y se acercó a la familia solicitando permiso para visitar a la bella Catalina, los padres y la joven lo rechazaron abruptamente burlándose del pretendiente que se retiró ofendido, desencantado y humillado, jamás había sido vejado así, el incidente lo llenó de resentimiento y rencor.

Una tarde se dirigió a los dinteles de la ciudad donde Saura, una gitana que resolvía problemas del alma como los del joven rechazado por la familia española. Esta lo escuchó pacientemente, preparó unos conjuros y horas después, salió de la casa de la mujer ron, con un frasco herméticamente sellado en su mano.

Ese sábado se realizaba una fiesta en la mansión de don Blas para anunciar la boda de sus hijas con acaudalados jóvenes peninsulares.

Todo estaba dispuesto en el inmenso salón, las mesas cubiertas con manteles primorosamente bordados, la cristalería adornada con doradas tallas de las hornazas de Bremen que despedían chispas como brillantes de Congotanga.

Mientras los sirvientes de la casona acomodaban las copas sobre las servilletas bordadas en delicada trama áurea, una figura sigilosa se deslizaba hacia el depósito de licores. Era José Luis que entró furtivamente a la casa y se dirigió a la bodega, con toda calma, destapó las damajuanas de moscatel español y los rones de las islas del Caribe; cuidadosamente derramó en cada botella, cinco gotas del veneno entregado por la gitana que vivía en la cabaña de las afueras.

Cuando terminó la última, la cerró herméticamente y salió de la bodega.

En la fiesta, los invitados lucían sus mejores galas, el salón repleto y el vino corría a borbotones, la sidra con su estampido invitaba a los presentes a consumirla con placer, todo era alegría en ese recinto pletórico de entusiasmo.

Los músicos interpretaban melodías de moda en la lejana península.

Los invitados lucían sus mejores galas y joyas, anillos de diamantes, oro sinuano y esmeraldas de la zona altiplanaria emitían fulgores y enceguecedores destellos.

Los invitados estaban elegantes y enjoyados, pero a pesar de la fina lavanda y los perfumes con que rociaban sus cuerpos, el olor tradicional del peninsular de ese entonces, enemigo del baño, afloraba por encima de las fragancias florales y de olores silvestres del pino de los bosques de Escandinavia.

Todo era alegría en esa celebración.

Los sirvientes escanciaban licor en las copas de los invitados, quienes vaciaban una y otra vez sus recipientes de fino cristal bávaro.

A medianoche los invitados sentados en mesones de cedro con bordes en talla primorosa y sillas de brazos leonados, abatieron sus rostros sobre los manteles de bordados preciosistas quedando inmóviles; los músicos caían en el estrado en un sonido agónico de trompetas y huérfanos violines, las parejas que furtivamente se amaban en alcobas y recintos, se desplomaban en medio del erótico acto.

Nadie se salvó de esa terrible mortandad. No se escuchó quejido alguno ni hubo ayes de dolor, fue una muerte silenciosa, sin estridencias, solo el sigilo letal de la muerte anunció la presencia terrible y dolorosa de Ikú.

Cinco días después se descubrió la mortandad en la casona.

El pestilente olor a cadáver y mortecina, obligó a las autoridades a derribar las puertas ese jueves infausto en el que la muerte hizo presencia en esa ciudad.

Desde ese día la casa permaneció abandonada.

La leyenda de horror que precedía la casa, alejaba a cualquier inquilino.

Así permaneció durante siglos hasta que unos extranjeros, desconociendo lo ocurrido en esa vivienda en ruinas la compraron para remodelarla y vivir en ella por temporadas. Mientras tanto, buscaron un celador para cuidarla.

Agustín Orozco Salcedo estaba desempleado, cuando le ofrecieron el cargo de vigilante para cuidar una casa colonial en el centro de la ciudad, se presentó en la dirección indicada y diez minutos después, estaba contratado.

Durante la primera semana de trabajo hacía su turno de vigilancia y al día siguiente entregaba el puesto al administrador, este cuidaba durante el día.

Un lluvioso sábado novembrino, se encontraba Agustín en su trabajo, eran la doce y cuarenta y cinco minutos pasada la media noche, el ruido de la lluvia al caer, lo sumergió en un profundo sopor y se quedó dormido.

Lo despertó el vigilante de una construcción cercana que se percató del sueño de su colega. Le dio las gracias a su amigo y procuró mantenerse despierto durante el tiempo que faltaba para amanecer.

Al levantarse del taburete donde estaba sentado, escuchó el sonido de una alegre y armoniosa música que salía de la casa. Extrañado se acercó a la entrada y observó que debajo del portón salía una luz blanco azulosa y casi sobrenatural.

Escuchaba carcajadas como de tripulante de bergantín, burbujeos de sidra y ruido de cristales al ser chocados en brindis alegres y entusiastas.

Entreabrió la puerta para ver lo que ocurría en ese salón tan bellamente adornado. Jamás había visto mujeres tan hermosas y tan extraños vestidos en una fiesta.

Los escotes generosos mostraban lo suficiente para enardecer al vigilante alelado por tanta elegancia y boato.

Se le acercó una mujer hermosa y sensual con un escote que mostraba casi en su totalidad sus turgentes senos rosados con los que rozaba lúbricamente a Agustín, la dama pegó su cadera ansiosa al cuerpo del vigilante. Un mesero se acercó al alegre galán ofreciéndole una copa de espumosa y burbujeante champaña.

La hermosa mujer lo abrazó apasionadamente y dirigiéndose al centro de la sala, bailaron amacizados. Se sumergió en los olores lúbricos de animal de monte de la ibérica dama que había deslizado su mano enjoyada hacia la bragueta del galán.

Se acariciaban y besaban en medio de toda esa gente que ni siquiera los miraba.

Busquemos un sitio dijo Agustín mientras la conducía al interior de la vivienda ardiendo de amor y deseos por la hermosa hembra peninsular que tenía a su lado.

Esta sin hacerse de rogar abrió la puerta de una habitación cerrando tras ellos.

La mujer se despojó de sus ropas invitando a Agustín a hacer lo mismo, este la atrajo hacia sí, conduciéndola a la cama para hacer el amor con ella.

Una pulsera se desprendió del brazo de la bella española, la cual le dijo que la guardara en sus bolsillos con los aretes y el resto de sus valiosas joyas.

Este acató la solicitud de la dama y guardó las prendas.

Tenía frío el vigilante. Debe ser por la lluvia... pensó.

Cuando abrazaba apasionadamente a la hermosa dama peninsular, un terrible olor a pudrición, a miasmas, a pantanos putrefactos, a cementerio y mortecina, hirió profundamente la pituitaria de Agustín.

Al disponerse a comentar a su compañera, se percata que el cuerpo de esta y su hermoso rostro se van diluyendo, transformándose en una sustancia gelatinosa y pestilente.

Su grito aterrorizado se confundió con la carcajada luciferina del espectro que se levantaba del lecho con sus ojos colgando hasta las mejillas desencarnadas diciéndole con voz de ultratumba: Ven amor mío…Ven.

Lanzando horrorizados gritos, con su cuerpo ensopado de una materia maloliente, agarró sus ropas y salió corriendo del lugar. Sus gritos atrajeron los vigilantes del sector, quienes se acercaran presurosos sacándolo de su terrible pesadilla.

Sintió alivio al despertar cuando le dijeron que había tenido un mal sueño.

Cuando empiezan los dueños de almacenes a abrir sus puertas, Agustín se acerca al lavamanos para asearse un poco antes de entregar el turno, al inclinar su cuerpo en el aguamanil, de su bolsillo como un flash multicolor, como arco iris luminoso, cae un manojo de joyas de su uniforme cuyos reflejos parecían chispas centelleantes de las minas de diamantes del Zambezi.

Sin poder evitarlo, sus dientes castañearon de terror.

Recordó lo sucedido esa noche de pesadilla y al espectro que estuvo con él en ese sarao fantasmal al que no le encontraba explicaciones de ninguna clase.

Agustín no regresó a su trabajo.

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