jueves, 19 de diciembre de 2013

Transformación

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

–“¡Vas a hablar, hijo de la gran puta! Si no hablás, ¿sabés lo que te va a pasar? ¡De rodillas nos vas a pedir que te matemos! ¡De rodillas! Con esta navaja que ves acá te voy a cortar los huevos, ¡sin anestesia!, y te los voy a hacer comer. ¿Vas a hablar entonces, la recalcada concha de tu madre?”–

¿Cómo me voy a olvidar de algo así? Les cuento con lujo de detalles lo que decía, cada insulto que el tipo usaba, porque es imposible que me lo olvide… ¿Cómo no lo voy a recordar, si la persona a quien estaban torturando en esta historia que ahora les cuento….era yo?



Eso fue ya hace mucho tiempo, no sé… como treinta años atrás. Treinta y dos para ser exacto. Yo era joven por aquel entonces, y cargado de entusiasmo, de ideales. No es que ahora haya perdido esas esperanzas, pero la vida nos va cambiando. Como decía no sé qué poesía que leí por ahí alguna vez: “después la vida se impone: tanto tienes, tanto vales”. Yo ya hace años que me desvinculé de la actividad política. Ahora, ¿qué les voy a decir?... ¿Será que yo también cambié? Cuando volví del exilio ya estaba en otra. Con mi primo pusimos esta pizzería aquí, en Avellaneda, y desde hace como veinte años que me dedico a esto. Y ahí vamos pasando la vida…

Bueno, en realidad fui militante por poco tiempo, sólo en mis años juveniles. En esa época en Argentina había un clima de rebelión juvenil, como creo que había en toda América Latina. Y no sólo en América Latina: me parece que era en todo el mundo, después del mayo francés en 1968, la década de los Beatles, de los hippies, del “peace and love”… Me acuerdo todavía de esas manifestaciones contra la guerra de Vietnam… Y nosotros, en Latinoamérica con nuestras guerrillas… En fin, eran épocas de esperanza, de grandes ideales. Pero después vino la represión. ¡Fue terrible, che! ¡Terrible! Treinta mil desaparecidos, ¿les parece poco? Todavía me hace cagar de risa, y me indigna al mismo tiempo, cuando los milicos decían que hubo “algún exceso” en la guerra contra la subversión. ¡Qué hijos de puta!, si nos masacraron. ¡Excesos! ¿Por qué no se van un poco a la concha de su madre?

Bueno, pero viéndolo ahora, ya más de grande, más fríamente, hasta los puedo entender –no justificar– a esos militares, a la cana... ¿Cómo? Sí, sí: aquí en Argentina “cana” significa policía… Ellos solamente cumplían órdenes. Terminaron siendo los “malos de la película”, y en un sentido, con razón. Pero en verdad ellos solamente le hacían el favor a los ricachones y a los yankis. Si los prepararon para eso, para reprimir, para ver en cada comunista la peor enfermedad del mundo a la que había que limpiar, ¿qué mierda se le podía pedir entonces? Si los prepararon para ser unos hijos de puta, asesinos y torturadores, tanto el ejército como la policía, ¿qué iban a hacer? Al final si metieron preso a alguien, fue a algún cabo torturador a lo sumo, pero los grandes empresarios, los terratenientes, los grandes industriales, y la embajada yanki, que era la que daba el visto bueno final, ninguno de esos fue tocado. Ni los van a tocar. Los miliquitos y la cana fueron los boludos al final, empleados a sueldo que ni sabían lo que estaban haciendo ni para quién trabajaban. Aunque, claro… tampoco merecen perdón.

Por eso les digo, che, que el caso del Tano es digno de admiración. Yo no les voy a decir que me quebré. No, creo que no. Me cagué todo, por supuesto. Después de la tortura estuve como tres meses preso, y como era preso legal, no sé cómo, lograron sacarme. Mis viejos tenían unos pesitos y con eso me fui del país. Nos les voy a contar ahora todo en detalle, pero la verdad es que no fue nada agradable. Fui a España. De una vez me instalé en Barcelona, como tantos argentinos… Eramos plaga, che. Había muchos, por todos lados. Y la verdad, estábamos todos cagados, porque decían que los servicios de la embajada seguían persiguiéndonos.

Como un año después de haber llegado a España fue que volví a saber del Tano. Al principio todos los argentinos que estábamos ahí nos llevamos un cagazo fenomenal. En Buenos Aires el tipo era conocido por lo animal. Era uno de los peores torturadores, créanmelo. Decían que no sólo torturaba por razones ideológicas sino que era un sádico, que disfrutaba haciendo ese trabajo.

No te voy a decir que yo me hice un admirador de él con el tiempo, pero su caso me sirve para afirmar sin dudas que las transformaciones son posibles. ¿No se acuerdan de San Agustín acaso? Lo leí por ahí la vez pasada; parece que el tipo, de joven, era un don Juan de primera, un aristócrata que lo único que hacía era dedicarse a buscar mujeres. Fue él quien dijo aquello de “es de mal gusto acostarse dos noches seguidas con la misma mujer”. Y después vino el cambio. No me acuerdo bien cómo fue; tuvo una revelación divina, creo. Lo cierto es que el tipo se hizo cura. Y no sólo eso: se hizo un teólogo de los más importantes, llegó a obispo, y fue tal vez el teórico más importante que tuvo la Iglesia Católica junto a Santo Tomás de Aquino. Una vez medio leí un libro suyo: “La ciudad de Dios”. No entendí ni jota, pero me doy cuenta que no cualquiera escribe algo así.

Pero para no irme del tema, lo cierto es que un fulano así pudo hacer un cambio enorme en su vida, y lo pongo sólo como un ejemplo. El mundo está lleno de ese tipo de transformaciones. La del Tano es una de ellas, quizá una de las que más me llamó la atención, por eso siempre la pongo en primer lugar.

Resulta ser que a este tipo le decían el Tano porque era hijo de un tano, de un italiano. Era más grande que yo, me llevaría como veinte años, pero no aparentaba la edad. Parecía un pibe. Y lo que me acuerdo es que el cabrón torturaba sin capucha, distinto a como hacían casi todos. Me acuerdo que me dijo: “¡Ves, estoy con la cara descubierta, guerrillero hijo de puta. Yo no tengo nada que ocultar, no le tengo miedo a nadie. Hago esto porque creo en lo que estoy haciendo!”

Realmente era un cabrón. Aunque fuera para ser policía, el tipo los tenía bien puestos; no era un mediocre, eso estaba claro. No sé cómo explicarlo, pero lo cierto es que transmitía un aire de suficiencia en todo. Daba la sensación de infalibilidad, siempre, en todo.

Bueno, como les contaba, estando en Barcelona fue que nos enteramos que él andaba por ahí. Al principio todos le escapábamos. El andaba por ahí lo más campante. Eso fue lo que nos desconcertó un poco: si hubiese estado de incógnito buscando información, tratando de investigarnos, no se hubiera dejado ver así nomás. Cuando quiso acercársenos –nosotros teníamos un pequeño grupo de exiliados y funcionábamos con grandes medidas de seguridad– nadie estuvo de acuerdo con recibirlo. Estuvo buscándonos por un buen tiempo, creo que meses. Una vez me paró por la calle, así nomás, en seco. “Che, vos: ¿por qué carajo no se quieren reunir conmigo, siempre me evitan? Yo ya no soy más cana, ahora soy de ustedes”. Por supuesto no supe qué decirle. Me quedé parado, mudo, y estaba que me cagaba en los pantalones. El tipo se dio cuenta, y con tono suave, delicado, me dijo que había cambiado mucho su forma de pensar. Que después de años de estar persiguiéndonos, se había dado cuenta que a todos ellos, la policía y el ejército, los usaban, y que por tanto se había vuelto socialista. “Aunque te sorprendás, sí, así es flaco: cambié. Ahora me hice zurdo. Vos pensarás que te lo digo para infiltrarlos; pero te aseguro que no es así. Yo también estoy en el exilio, como vos. Podés consultarlo con gente de la pesada, de los que aquí hay varios. Cambié, te lo juro. ¿O acaso no tengo derecho a cambiar, a rectificar? Estaba equivocado. Me prepararon para ser un asesino, un pelotudo que se creyó todo eso de la lucha anticomunista y qué sé yo cuántas boludeces más, acostumbrado a torturar…, pero cambié. Y cuando se dieron cuenta que me había metido en una célula del Ejército Revolucionario del Pueblo, mis mismos compañeros de la Federal me fueron a buscar para boletearme. De pedo me escapé, de pura leche, y llegué por aquí. Además… te pido perdón. Era mi trabajo, ¿viste? Los huevos no te los iba a cortar; era sólo para asustarte”.

Me lo dijo en el medio de la calle. Yo me quedé con la boca abierta que no me salía una palabra, y el fulano me dijo que lo averiguara bien, que hiciera correr la voz entre todo el grupo de argentinos. Y se fue prometiéndome que un día de estos iba a volver a buscarme. Les juro que quedé aterrado en ese momento.

Al principio en el grupo de argentinos hubo desconcierto. Nadie lo podía creer. Pero después empezaron a llegar las informaciones, y sí, efectivamente parecía que era cierto. El Tano había tenido… ¿cómo decirlo?... una crisis de conciencia. Sí, eso fue. Quién sabe por qué, de qué manera… lo cierto es que el tipo, como con cuarenta años y siendo oficial de la Policía Federal, todo un torturador funcional a la dictadura que en ese momento estaba destrozando al pueblo, se comenzó a plantear cosas. Yo no lo vi directamente todo eso, pero lo fui sabiendo después. Además, es lo que él me contó años después.

En realidad no hubo nada especial en su vida que lo marcara, algún incidente fuera de lo común, alguna pérdida o algún acontecimiento significativo por el que viniera la transformación. El tipo era viudo. Según él mismo una vez me contó, la única vez que me habló más de cinco minutos seguidos sobre su vida pasada, la mujer murió de cáncer muy jovencita, antes que llegaran a tener hijos. Y él nunca se volvió a casar. Se dedicó por entero al trabajo. Lo mandaron a hacer un curso en Panamá, me dijo un día. Estuvo dos meses ahí, y recuerdo que me contaba –les juro que me pareció que hasta se le caía una lágrima cuando hablaba de esto, creo que fue la única vez que lo vi así–, me contaba que estando en Panamá tuvo la intuición que iba a volver a Centroamérica. Y tenía razón…

Siempre me contaba, cosa que me llamaba la atención por lo ceremonioso de la manera en que lo hacía, que el respeto más grande de su vida lo sentía por su viejo, un gringo que había llegado a la Argentina a principios del siglo XX, como tantos italianos, con una mano adelante y otra atrás. Y me contaba que lo emocionaba hasta hacerlo llorar esa canción de Piero, ¿la conocen?, que habla del viejo: “Viejo, mi querido viejo. Ahora ya camina lento, como perdonando el tiempo…” Y fue en Nicaragua, esa vez que me contaba esas cosas casi llorando, fue ahí cuando me dijo que él, igual que esa canción, sentía esa sensación: “el dolor lo lleva adentro, tiene la tristeza larga, de tanto venir andando…”

Era un tipo taciturno, sin dudas. De muy poco hablar. Pero lo poco que decía, era siempre exacto. Si antes fue un tipo de derecha, un tipo preparado para ser un cuadro en la lucha contrainsurgente, desde que se hizo de izquierda les aseguro que daba gusto escucharlo. Decía muy poco, es cierto, pero siempre con una convicción y una exactitud casi infalible. Creo que nunca en mi vida lo vi reír. No, nunca. Pero lo que decía tenía una fuerza que no podía dejar de impresionar. Te conmovía. Me parece que debe haber sido cierto eso que él mismo me confesó, que el dolor lo llevaba adentro.

Cuando vino la revolución sandinista en Nicaragua en 1979, muchos argentinos que estábamos en el exilio, en Europa fundamentalmente, marchamos para este paisito centroamericano, esta nueva Cuba, esta nueva esperanza que se abría. Y fue ahí que me di cuenta que sí, que es posible el cambio.

El mismo tipo que hacía unos años atrás me había torturado en algún lugar de Buenos Aires, el tipo que más miedo me había dado en toda mi vida, ahora me salvaba la vida. Tanto él como yo, junto a otros internacionalistas, fuimos asignados a una cooperativa de café en el departamento de Jinotega, al norte del país, frontera con Honduras, la zona por donde fundamentalmente operaba la Contra. Estábamos todos armados con fusiles soviéticos, los famosos AK 47. Yo, recuerdo, tenía pareja: una nicaragüense que no pasaba los diecisiete. El Tano, como siempre, solitario. Cuando atacó la Contra –fue una tarde, como a las cinco, y hacía algo de fresco porque era enero– nos agarraron medio desprevenidos. Nosotros tuvimos varias bajas, tres o cuatro creo. Pero ellos la llevaron mal. En realidad, quien salvó a todos fue el Tano. Por increíble casualidad en el momento en que comenzó el ataque, él había ido al baño. Bueno… al baño, es una forma de decir… Había ido al monte, con el fusil, por supuesto, y cuando escuchó los primeros disparos, entró en combate. Después me contó que no hizo tiempo a lavarse, y eso fue lo que más le molestó.

Nosotros estábamos en desventaja numérica. Cerca de la casa de la cooperativa éramos menos de diez, no recuerdo bien…seis o siete; los otros estaban muy lejos. Y en la columna de la Contra eran más de veinte. Si no hubiera sido por el Tano, yo no estaría hoy aquí. Desde donde él estaba haciendo lo que nadie podía hacer en su nombre, tenía una posición privilegiada, porque él veía a los que nos atacaban, pero nadie lo veía a él. Y en un santiamén se bajó a lo veinte, o más, que eran ellos. Recuerdo que después no quiso aceptar una medalla al valor que le ofrecieron. Dijo, parcamente, que la obligación de todo revolucionario es defender la revolución, y que no debería haber ningún premio por acciones que tendrían que ser cosa común.

Después corrió mucha agua bajo el puente. Vino el derrumbe del campo socialista, cayó la revolución sandinista. Yo ya hacía unos años que había regresado a la Argentina, cuando había terminado la dictadura. Fue ahí que me asocié con mi primo, como les había contado. Pero el Tano siguió firme en la lucha. Cuando fueron derrotados los sandinistas, marchó a El Salvador. Y supe que se contactó con el Farabundo Martí de Liberación Nacional, el grupo guerrillero que tenía a maltraer al ejército nacional, es decir: en forma indirecta, a los yankis. Algún argentino con el que habíamos militado juntos años atrás fue el que me lo contó: el Tano rápidamente fue aceptado en las filas guerrilleras. Y demostró ser un tipo no sólo con huevos –eso jamás estuvo en duda– sino con brillantez política. Cuando vino la desmovilización porque ya no había más espacio para seguir la guerra, el Tano siguió actuando en la legalidad. Y según supe no hace mucho, ahora es alcalde por el FMLN en alguna localidad en Mazatenango, ya nacionalizado como salvadoreño. Ah, y según me contaron también… tuvo un hijo.

¿Quién dijo que no es posible cambiar?

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