viernes, 27 de diciembre de 2013

Videoclub

Cecilia Ferreiroa (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el videoclub me dijeron que tenía una deuda hacía más de un año. Yo no me acordaba. Enterarme de que debía tanta plata me molestó. Pensaba alquilar una película liviana y de pronto se volvía demasiado cara. Me sorprendió tanto que le pregunté al empleado: ¿Pero no obligan a pagar cuando se devuelve la película? Él me respondió con voz mecánica: En general lo hacemos. Quizás la vez que devolvió la película no tuvo dinero para pagarla. Había pasado más de un año, y él no recordaba bien cómo había sido todo. Lo extraño era que yo tampoco. A veces mi vida pasada se transformaba en la vida de otro, y no sabía qué hacer con ella. El empleado parecía dispuesto a imaginar razones para la permanencia de mi deuda pero no para la posibilidad de que ya la hubiera pagado. Toda su imaginación en ese punto se cerraba. La mía finalmente también: tomé toda la cuestión como parte de mi habitual dificultad para ser una buena ciudadana.



No pagar mis cuentas o tener deudas siempre significó para mí estar fuera del mundo al que dócilmente buscaba pertenecer. Incluso me sentía una miserable cuando pagaba las facturas después del primer vencimiento. Y por lo general siempre las pagaba el último día. Llegaba corriendo, alterada, a pagar la factura a punto de vencerse. Yo quería ser una persona responsable pero siempre aparecían cosas que complicaban esa intención. En el fondo me sentía una farsante.

De pronto, al lado mío se paró Sonia, una amiga que no veía hacía algún tiempo. Tenía el pelo más largo y me pareció que estaba un poquito más flaca. Me había alejado de ella porque en un momento había decidido que no me hacía bien. Cuando me saludó, la saludé con cautela. Hablamos un poco del tiempo que había pasado y nos hicimos algunas preguntas de rigor. Por lo visto había escuchado la conversación con el empleado, porque en un momento me dijo: Parece que te quedaste un tiempito con una película. Le dije que no me acordaba para nada de eso. Porque sos muy distraída, contestó. Me quedé callada. Cuando éramos amigas muchas veces había imaginado largas discusiones en las que le largaba todo lo que pensaba y ella se quedaba sin palabras ante mi contundencia. Mi fantasía en ese tiempo tenía una actividad febril pero no estaba segura de si alguna vez le había dicho algo. No, por lo menos, como lo pensaba. Con frecuencia el deseo de hacer algo se me confundía con su realización.

Lentamente me fui alejando de ella con la excusa de mirar unas películas nuevas que habían llegado. Al poco rato la tenía otra vez al lado mío. Tomó una cajita y me preguntó si la había visto. Sonia me parecía una persona sutilmente mala. Lo que me confundía era esa sutileza. Me quedaba pensando si era así o no. Las cosas que ella decía parecían encerrar una doble intención pero no de manera contundente. Era una maldad difusa. Algo feo en el trasfondo de sus palabras, algo que hacía daño. Incluso cuando estaba diciéndome cosas para aliviarme, quedaba una sensación rara. Un resto hiriente. Con ella todo era cuestión de leer entre líneas y yo nunca lo hacía a tiempo ni con certeza. Tampoco estaba segura de si se trataba de maldad o de otra cosa.

En un momento me dijo bajito que era una suerte que hubiera salido con mucha plata en la billetera. Yo ni siquiera había pensado si me alcanzaría para pagar. Quise salir corriendo pero tomé una película y fui hacia la caja. El empleado me dijo el precio de todo sin descontarme ni un centavo. Abrí mi billetera y vi que no me alcanzaba. El hombre estaba parado delante de mí y me miraba fijo. Yo no me animaba a levantar la cabeza y seguía con la vista metida en mi cartera como si estuviera contando el dinero.

Sonia se paró al lado con una película. El empleado tomó la cajita y la fue a buscar. Durante ese breve tiempo mi mente se quedó en blanco. Después de pagar su película, Sonia me dijo que si yo ya salía me esperaba. Sonreí nerviosamente. El empleado volvió a pararse delante de mí. Le dije que ese día había tenido que hacer muchos trámites y que todos habían requerido un pago imprevisto. Empezó a poner mala cara. Que había salido con mucho dinero de mi casa, más, incluso, de lo común pero que en ese día lo había gastado todo. Con voz automática e impersonal me preguntó: ¿No va a pagar la deuda? Algo de esa impersonalidad con la que me habló me alivió. Ya no era yo en mi singularidad la que no pagaba la deuda, sino un cliente, como tantos otros, que inventaba una historia inverosímil para no pagar lo que le correspondía pagar. Le dije que en ese momento no podía pagarla, pero que me la anotara para cuando devolviera la película. Ya está anotado, señora, me dijo él. Me despedí amablemente, como una buena clienta.

Sonia salió conmigo a la calle. Podrías haberme pedido que te prestara, me dijo. En el videoclub no había ofrecido prestarme nada, se había limitado a ser testigo. En ese momento recordé que le había prestado dos libros que adoraba y nunca me los había devuelto. Sin pensarlo le dije:

-¿Te acordás de los dos libros que te presté?

¿Qué dos libros? -respondió inmediatamente.

-Te presté dos libros de Aira y ahora están súper agotados.

- Te habrás confundido con otra persona -me dijo con tono firme.

No había forma de demostrar nada. Si ella no quería recordar ese préstamo, no había nada que yo pudiera hacer para obligarla. Ya otras veces había experimentado su firmeza inconmovible. Esa conversación no iba a ningún lado. Le dije que tenía que irme a casa, que me estaban esperando.

- ¿Quién te espera en tu casa? -me dijo antes de que me fuera.

No le respondí, y su pregunta quedó en mi mente como una duda, un cuestionamiento, como si en realidad me hubiera dicho: “¿Quién te puede esperar a vos?”.

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