jueves, 21 de febrero de 2013

Julio Verne, el escritor que se adelantó a su tiempo

Konstantín Bogdánov (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace 185 años, el 8 de febrero de 1828, nació en la ciudad francesa de Nantes Jules Gabriel Verne, conocido en los países hispanohablantes como Julio Verne, el hombre quien quedó en la historia como el padre del género literario de la ciencia ficción. En casi ochenta años de su vida, Julio Verne logró crear el mundo del romanticismo técnico, agotarlo por completo y mostrar sus lados más oscuros.



Asombroso mundo nuevo

Mucho de lo que inventó en sus novelas resultó una predicción precisa del tecnoromántico quien creía en el progreso, en la inexorable lógica del investigador y en la férrea voluntad del descubridor. La lista de lo que previó el genio es bastante larga.

Pondremos sólo un ejemplo, como uno de los más curiosos: se trata del lugar de donde los personajes de la novela De la Tierra a la Luna salieron, auxiliados por el cañón, a la Luna. En el libro, la nave espacial es lanzada desde “Tampa Town”; Tampa, Florida se encuentra aproximadamente a 265 kilómetros del actual punto de lanzamiento de la NASA, Cabo Cañaveral. Las numerosas predicciones de carácter puramente técnico son frecuentemente citadas en los anexos a sus obras.

La mayor importancia la tuvieron no tanto las propias predicciones, como la tonalidad, la filosofía de los mundos que veía y ponía al papel el autor. Fue un retrato del positivismo europeo: a mediados del siglo XIX Europa se sintió omnipotente y no reparaba en buscarse desafíos y superarlos.

Los superaban aplicando el máximo esfuerzo, fue el siglo de grandes descubridores que penetraron en los rincones más encubiertos de la Tierra, en el corazón del África tropical, se adentraron en la selva, en las nieves del Ártico y la Antártida. Fue el triunfo de la voluntad, el símbolo del predominio del ser humano sobre la naturaleza.

Este esfuerzo del intelecto de investigadores generó cada vez más novedades técnicas que hicieron posible lo que a nadie se le habría ocurrido un decenio antes. Fue el triunfo de la razón que creaba la segunda naturaleza, la tecnosfera, totalmente súbdita al hombre.

Pero fue moneda de dos caras. Y los románticos de la segunda mitad del siglo XIX, que cosechaba un éxito tras otro, de repente sintieron el aire sofocado, como ante una tormenta. Fue presentimiento de la oscura página de la Primera guerra mundial. Entonces, como fruto de estas previsiones oscuras, aparece El talón de hierro de Jack London, otro gran escritor de aquella época.

Pero el primero en anticipar la catástrofe fue precisamente Julio Verne.

Ver la sombra a la vuelta de la esquina

El genio de Verne se manifestó, además, en como en el llamado periodo de Desencanto destruyó el panorama que había creado él mismo. Empezó por experimentar con sus personajes.

El idealista capitán Nemo (Veinte mil leguas de viaje submarino, 1869) se transforma en ingeniero altanero (Robur el conquistador, 1886) quien se puso por encima de la gente con ayuda de la nave aérea. Luego Robur se convierte en tirano quien utiliza su invención con fines terroristas (El dueño de mundo, 1904). Los grotescos inventores malvados del cine y tebeos del periodo entre las guerras y de post guerra no son nada más que hijos de los gigantes de Verne, que vencieron la naturaleza pero no lograron suprimir sus propias ambiciones y soberbia.

Pero hay que decir que las imágenes de los desastres del siglo XX aparecieron en las obras de Verne ya en 1879, en la novela Los quinientos millones de la Begún donde se describe la ciudad antiutópica de Stahlstadt, ciudad-fortaleza repleta de secretos en la que se produce todo tipo de armas para cualquier país o potencia que pueda pagarlas y que deja de funcionar a raíz de la muerte de su fundador y dueño. Ya en nuestra época, en 2004, esta imagen fue aprovechada por el Hollywood en la película Sky Captain y el mundo del mañana.

La anticipación de Blackland

Uno de los libros más lúgubres y desagradables de Julio Verne es su última y póstuma novela La impresionante aventura de la misión Barsac. Este extraño semiapócrifo no parece nada al resto de la obra de Verne. Fue empezado en 1905, pero Julio Verne no tuvo tiempo para acabarlo, lo hizo su hijo Michel en 1919. Y sin embargo el argumento de dicha novela deja estupefacto, hasta tomando en consideración los desastres de la Primera guerra mundial, la llamada guerra de trincheras.

Representa una antiutopía perfecta en la que se trata de un Estado esclavista llamado Blackland situado en el corazón de África (muy cerca de la zona donde la tropa francesa acaba de llevar una guerra victoriosa contra los islamistas de Mali).

Blackland está gobernado por su aristocracia formada por bandidos, asesinos y sadistas que forman el círculo superior (de paraíso). En el segundo círculo vemos a los que aspiran a entrar en el primer círculo. El tercer círculo son los esclavos negros. Al entrar en Blackland hasta la gente libre pierde sus nombres y empieza su vida desde cero. Al lector ruso esto debe recordar los experimentos del escritor ruso del siglo XX Zamiatin.

Son las imágenes que están presentes en la vida de la humanidad desde hace mucho. Lo vemos también en la ciencia ficción del siglo XX. La idea de cruzar el europeo el umbral de lo admisible también la vemos en el Corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, publicado en el mismo período en 1902. La misma idea está reflejada en la obra maestra de Francis Coppola Apocalipsis Ahora con Coronel Kurtz interpretado por Marlón Brando.

Lo mismo se refiere a la imagen de una ciudad-paraíso resplandeciente en una colina rodeada por el verdadero infierno.

Estas imágenes las hubo muchas en la literatura. Y a veces basta con mirar a la ventana, para verlas.

La gente va formando castas y cerrándolas bajo pretexto de protección. Lo mismo pasa con los Estados. El mil millón de oro se aisló de los basureros del tercer mundo, filtrando los flujos humanos con sus filtros sensibles.

En la época de ilustración y positivismo la humanidad creyó que era posible corregir a un ser humano, creando una sociedad unida, sensata y correcta. Ello desembocó en las grandes guerras de 1914 a 1945 que significaron la autodestrucción de Europa en todas sus manifestaciones, con aplicación de los masacres con metralletas y gas, campos de concentración y bombas nucleares.

Y la salida consistió en apartar a los corderos de los machos cabríos, creando los territorios de bienestar y de desorden, guiándose por el lema de Buchenwald Suum Cuique.

Julio Verne logró describirlo, vagamente, como lo sentía en la naturaleza humana, pero ya no pudo ver la mayor parte de lo que anticipó. A diferencia de todos nosotros.


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Un nombre


Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era muy linda.

Hombros chiquitos, cintura estrecha. Su piel con un tono oscuro, morocha de pelo largo. Labios anchos y suaves. Nariz fina. Ojos celestes. Culito sobresaliente, marcado, que vibraba al caminar.

Y muchas veces, cuando iba caminando por Florida o Corrientes, se le acercaba alguien que se la quería levantar. Y ahí le preguntaba cómo se llamaba. Si le gustaba, ella le decía su nombre: Rebandustria Kalabandrolia.

Cada vez que lo pronunciaba causaba una reacción diferente, aunque todas con algo en común: rechazo con bronca.

Algunos le respondían: -“Andate al carajo”. Otros: “Chau”. Otros: -“Y yo me llamo pirulitoploki”, y se iban. Otros, con bronca, le preguntaban:- “¿¡Me estás tomando de punto!? ¿¡Crees que soy boludo!?”. Y después: -“¡Andate a la mierda!”.

Siempre la misma reacción con bronca, con diferentes variaciones.

Hasta que una vez se le acercó uno que le dijo lo habitual: “¡Qué linda que sos!. ¿Cuál es tu nombre?”. Pero esa vez cuando ella dijo Rebandustria Kalabandrolia, el tipo no se enojó. Solamente le respondió:- ¡Qué bien! ¡Qué lindo nombre tenés! Combina con el mío, que es Kraksterbortkeler Cantraksaltker…!!!

Y así fue que empezaron a enamorar, se casaron, y ella pasó a llamarse Rebandustria Kalabandrolia de Cantraksaltker.


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Verde, que te quiero verde


Federico García Lorca

Verde, que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
Y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
Ella sueña en su baranda,
Verde carne, pelo verde,
Con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
Las cosas la están mirando
Y ella no puede mirarlas.
Verde, que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha
Vienen con el pez de sombra
Que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
Con la lija de sus ramas,
Y el monte, gato garduño,
Eriza sus pitas agrias.
Pero, ¿quién vendrá? ¿Y por dónde?
Ella sigue en su baranda,
Verde carne, pelo verde,
Sonando en la mar amarga.
-Compadre, quiero cambiar
Mi caballo por su casa,
Mi montaña por su espejo,
Mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
Desde los puertos de Cabra.
-Si yo pudiera, mocito,
Este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo
Ni mi casa es ya mi casa.
-Compadre, quiero morir
Decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
Con las sábanas de Holanda.
¿No ves la herida que tengo
Desde el pecho a la garganta?
-Trescientas rosas morenas
Lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
Alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
Ni mi casa es ya mi casa.
-Dejadme subir al menos
Hasta las altas barandas,
¡Dejadme subir!, dejadme,
Hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
Por donde retumba el agua.
Ya suben los dos compadres
Hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
Farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
Herían la madrugada.
Verde, que te quiero verde,
Verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
En la boca un raro gusto
De hiel, de menta y de albahaca.
-¡Compadre! ¿Dónde está, dime,
Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
Cara fresca, negro pelo,
En esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
Se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
Con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
La sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
Como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
En la puerta golpeaban.
Verde, que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.


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Breve historia de la Magia y su estrecha relación con la religión

Tomas Gondensen

La magia se halla en todas las religiones, en forma de milagro. La principal diferencia entre magia y milagro es que este último implica la ayuda de la deidad, mientras que la primera no posee necesariamente un soporte divino. Pero lo que es magia para una persona es milagro para otra. Según explica el experto Frank Donovan, los cristianos consideraban que la magia del oráculo de Delfos en Grecia era reprobable, mientras que los griegos creían que era la voz milagrosa de Apolo. Los hechos de Moisés que cuenta el Libro del Éxodo son considerados como milagros por judíos y cristianos, pero el Corán mahometano califica a Moisés de mago.



Donovan nos cuenta en su obra `Historia de la Brujería' que la magia con toda probabilidad no sólo es más antigua que la religión, sino que además tuvo mucho que ver con el desarrollo de la religión organizada, dado que era ella la que hacía al sacerdote. Es concebible que el primer sacerdote, y por tanto también el primer mago, fuera un hombre de la Edad de Piedra más inteligente y observador que el resto de sus compañeros. Al observar y estudiar los hábitos de los animales, consideró que cabía esperar que utilizaran ciertas rutas o que estuvieran en un momento determinado en un lugar concreto. Cuando dicho individuo realizó magia simpática vistiéndose con las pieles y cuernos de un animal, ejecutando una danza ritualista, o pintando escenas de caza en las paredes de una cueva, y tras ello les dijo a los demás integrantes de la tribu dónde estaría la manada de la que podrían alimentarse, sus supuestos poderes mágicos le hicieron convertirse en sacerdote o en el `hombre sagrado' del clan.

En las religiones primitivas, las funciones del sacerdote y las del hechicero estaban habitualmente combinadas. El hombre rogaba a dioses y espíritus mediante plegarias y sacrificios, y al mismo tiempo el dirigente religioso ejecutaba ceremonias y entonaba encantamientos que en sí mismos podían lograr el fin deseado. Los ritos religiosos y los ritos mágicos se ejecutaban simultáneamente. Y así, gradualmente se fueron desarrollando los cleros de todas las religiones, integrados por hombres y mujeres que tenían suficiente poder de persuasión para convencer a sus seguidores de que ellos poseían poderes para influir sobre los dioses y dominar de esa manera a las fuerzas de la naturaleza, predecir futuros acontecimientos o, mediante ritos y encantamientos que sólo ellos conocían, provocar acontecimientos preternaturales para beneficio de dichos seguidores.

La magia de los sacerdotes, hechiceros, videntes, adivinos, astrólogos, oráculos, profetas y demás gentes que podían predecir acontecimientos, controlar fenómenos atmosféricos, curar enfermos o realizar otras muchas `proezas' fue altamente respetada en todos los pueblos antiguos. La mayoría de los magos (o sacerdotes) eran más instruidos o más inteligentes que sus compañeros. Eran estudiosos de las leyes de la Naturaleza. Los hacedores de lluvia, tenidos en altísima consideración en las primitivas culturas agrarias, con toda probabilidad tenían, a base de mucha observación y constatación de que ciertos fenómenos se repetían en ciertas épocas, un conocimiento, siquiera mínimo, de lo que mucho después llegaría a ser la ciencia denominada Meteorología. Los egipcios creían que eran los encantamientos de los sacerdotes del Astro del Can Mayor los que provocaban las inundaciones de las riberas del Nilo, fertilizando la tierra. Sólo los sacerdotes, con sus rudimentarios conocimientos de Astronomía, tenían la certeza de que cuando el astro estaba en determinada posición en el cielo venía la época de las crecidas del Nilo, y por tanto, en esa época sus encantamientos mágicos con toda seguridad serían eficaces.

La misma palabra `magia' proviene de los magi, sacerdotes del dios Mithra y de la diosa madre Anaita en Mesopotamia (Asiria y Babilonia), quienes adquirieron fama de sabios incluso entre los griegos. En los grados más altos, los magi eran sabios; en los más bajos, estaban los adivinos y los hechiceros, los que leían en los astros y los que interpretaban los sueños. Los reyes persas llegaron a ser discípulos de los magi. Aunque la cristiandad rechazó toda magia, salvo sus propios milagros, aceptaron a los magi en su representación como Sabios de Oriente, los Reyes Magos que siguieron a la Estrella de Belén en la historia de la Natividad de Nuestro Señor. (En la imagen junto a estas líneas, mosaico hallado en Rávena representando a los Magos de Oriente).

Muchas cosas que hoy día son ciertas y provechosas proceden de la antigua magia. El astrólogo fue el padre de la Astronomía; el alquimista que buscaba transmutar metales en oro con medios mágicos es el padre de la Química; los magos -y posteriormente las brujas- que adquirieron amplios conocimientos de hierbas y drogas, contribuyeron al posterior nacimiento de la Medicina y la Botánica. La voz griega farmacon, de la que se deriva farmacia, antes de adquirir su significación actual significaba fórmula o hechizo mágico.

La magia fue practicada por las brujas mucho antes de que la brujería se convirtiera en una religión independiente. Originariamente las brujas eran hechiceras respetadas, o temidas por su poder y sabiduría. La palabra latina con la que se designaba a la adivina, saga, es la raíz de la palabra `sagaz'. La misma palabra inglesa witch (bruja) proviene del anglosajón wicce, que significaba wise (sabio). Las brujas empleaban, como otros magos, encantamientos y rituales ante sus clientes, pero tras esa apariencia y tras ese aprovechamiento de los temores de la gente, había un trasfondo de conocimientos superiores a los que tenían el resto de los comunes mortales.


Muchos hombres de ciencia, y teólogos cristianos y judíos, así como los que tomaban parte en los misterios griegos, creían en un saber místico, oculto, secreto. Al igual que los misterios del culto, este saber no estaba escrito y sólo podía transmitirse confidencialmente a un solo discípulo, el cual debía ser digno de confianza. Del inefable nombre de YHVH se hizo un misterio: se dijo que sus letras contenían un significado oculto y un poder milagroso. El culto del saber secreto recibió su más alta expresión en la cábala hebrea. La cábala fue originariamente una tradición no escrita fundada en la símbología y numerología ocultas. Era magia en cierto modo, dado que su conocimiento podía proporcionar, si no poderes sobrenaturales, sí al menos un saber sobrenatural. Se decía que la cábala se remontaba a Abraham; para algunos, incluso, a Adán.

Los cristianos también creían en un saber secreto o en palabras mágicas. Algunos dan una interpretación literal a las palabras iniciales del Evangelio de San Juan: «En el principio era el Verbo», en la idea de que el conocimiento de esta palabra (el verbo) confería un poder sobrenatural. Se decía que Salomón había adquirido el secreto de la palabra de poder, y de este modo había logrado someter a los espíritus a su servicio. Numerosos manuscritos, La Clave de Salomón incluido, se escribieron con el fin de dar a conocer los supuestos ritos y palabras de poder que utilizaba Salomón, vendiéndose sus copias a precios elevadísimos a quienes querían adquirir este saber mágico. Parte de esta búsqueda de la secreta sabiduría recayó en la brujería, y forma parte de la tradición del culto en las ideas de un saber místico y del mantenimiento en secreto de los ritos y rituales que ayudan al desarrollo del poder sobrenatural.

La magia empezó a adquirir mala fama varias culturas antes de la era cristiana, por una multitud de razones. Cuando los cleros se hicieron poderosos, frecuentemente se corrompieron, y los insaciables sacerdotes se dedicaron a vender su mágica influencia sobre los dioses. Sólo quienes podían pagar bien se aseguraban el favor divino. Esta fue la causa del cambio radical que Akenatón introdujo en la religión de Egipto. Los sacerdotes de los viejos dioses habían creado tantos hechizos y encantamientos para asegurarse el libre acceso al más allá que sólo los ricos podían permitirse morir con alguna certidumbre de inmortalidad.

Había también magos de todas clases, incluso brujas, aparte del clero; y los sacerdotes condenaban por lo general la magia de estos competidores tachándola de mala, independientemente de sus fines. Saúl no fue a visitar a la famosa bruja de Endor, por ejemplo, hasta que sus propios adivinos y sacerdotes no demostraron ser incapaces de hacer que Dios le dijera cómo combatir a los filisteos por medio de profetas e interpretaciones de sueños. Su acción al pedir consejo al espíritu de Samuel, no era tan censurable, a los ojos de los levitas, como el hecho de hacerla por intermedio de una hechicera y no por uno de ellos.

Posiblemente, los sacerdotes practicaron su magia con fines benéficos, aunque puede que fueran bien pagados para que proveyeran tales beneficios. Los servicios de los magos no-sacerdotes podían comprarse aun para fines censurables. Y había quienes, brujas inclusive, practicaban una magia maligna por envidia, rencor, odio o pura maldad. En los tolerantes ambientes religiosos de Grecia y de Roma, había profesionales ajenos al clero que practicaban determinados géneros de magia legalmente, siempre que utilizaran convenientemente sus poderes, muchos de ellos incluso subvencionados por el estado. Hay autores romanos muy respetados que publicaron libros de fórmulas mágicas y catálogos de hechizos, encantamientos y «ensalmos» caseros para toda ocasión. Y estos escritores prevenían a los granjeros y campesinos contra los adivinos, hechiceros y mujeres a las que denominaban sagae (brujas), extranjeras.

Quizá la principal razón para que el vocablo magia se convirtiera en una palabra repulsiva sea la distinción que la Iglesia Católica estableció entre lo mágico y lo milagroso. Los primeros Padres de la Iglesia creían en la magia, pero sostenían que se realizaba con la ayuda de los falsos dioses. Los únicos hechos sobrenaturales que aceptaba la Iglesia como milagrosos eran los realizados en el seno de la verdadera fe, con la ayuda o sanción de su propio dios. Todos los demás eran malos y, puesto que las brujas estaban fuera del seno de la Iglesia, su magia era necesariamente malévola. Juana de Arco fue inmolada en la hoguera porque sus inquisidores no aceptaban el origen divino de las voces que oía. Era, efectivamente, hechicera o bruja a los ojos de sus inquisidores. Veinticinco años más tarde, la Iglesia cambió de opinión y se retractó. Casi quinientos años después, en 1920, la Iglesia Católica la canonizó.

En los albores de la era cristiana, la mayoría de las viejas religiones del Oriente Próximo estaban representadas en Roma y en todo el imperio. El culto a Isis, la madre egipcia, se extendió por todas las regiones del imperio. Se han encontrado utensilios relacionados con él en el Danubio, el Rhin y el Sena, y en Londres se ha desenterrado un templo dedicado a ella.

Con toda probabilidad, la brujería no había comenzado aún como culto independiente. No era necesaria; las antiguas religiones de las que se derivó eran toleradas en Roma, no existía aún conflicto alguno entre una iglesia estatal y las viejas religiones que originaron la brujería. Las citas literarias verdaderamente más antiguas sobre las brujas se encuentran en los clásicos. Horacio, Virgilio, Tíbulo y Luciano dicen de las brujas que se creía que volaban por los aires durante la noche, componían pociones amorosas y venenos con yerbas, sacrificaban niños y hablaban con los espíritus de los muertos. Sin embargo, estos autores empleaban las palabras sagae o veneficia como sinónimos de hechiceras, envenenadoras o magas, más que para designar a las seguidoras de una vieja religión.

La antigua religión de los judíos no contribuyó en nada a la evolución de las deidades o del ritual del culto. Aunque los primeros judíos eran politeístas y adoraban gran variedad de espíritus, animales y objetos naturales, no poseyeron jamás una diosa madre. El principio femenino estaba relacionado con el pecado o la debilidad, más que con la creación. Hubo un tiempo en que Tammuz, el amante de Istar, fue adorado tan extensamente en Judea que el profeta Ezequiel se quejó de que los lamentos rituales por su muerte se pudieran oír en el templo… pero era a Tammuz a quien adoraban, no a Istar.

El efecto del judaísmo sobre la brujería reside en su parentesco con las creencias cristianas y con la teología que de él se originó. Los judíos escribieron lo que iba a convertirse en el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana, en el cual se basaría la persecución de las brujas, unos dos mil años más tarde… aunque muchos estudiosos de la actualidad sostienen que no existe realmente ninguna referencia a las brujas ni a la brujería en el Antiguo Testamento, tal como se escribió originalmente.

La principal justificación para matar a las brujas durante la persecución es el mandato del Exodo, XXII, 18: «No dejarás con vida a la bruja». Pero una mejor traducción de la palabra hebrea kaskagh, que aparece citada doce veces en el Antiguo Testamento con diversos significados, sería la de «envenenadora». La bruja más famosa del Antiguo Testamento es la de Endor, que evocó el espectro de Samuel por mandato de Saúl. La Vulgata latina llama a esta mujer pitonisa, esto es, mujer que augura el porvenir por inspiración de un espíritu familiar: La versión griega, llamada de los Setenta, traduce el obh hebreo por heggastramythos, ventrílocua, aduciendo la teoría de que se oyó la voz de Samuel por este procedimiento. Puede que la mujer de Endor fuera eso también, o una medium espiritista, pero no una bruja, al menos para los judíos. El concepto cristiano de brujería como culto en el que se adora al Diablo habría sido imposible entre los judíos, porque carecían de una personificación del mal a la manera del Demonio cristiano, que es el adversario de Dios.


De una mayor significación en la evolución de la brujería como culto independiente en conflicto con el cristianismo, fue la insistencia de los judíos en un monoteísmo riguroso, la baja estima en que tenían a las mujeres, y el código moral, que era la esencia de su religión. En el concepto de Yavé (una mala traducción de Jehová) del judaísmo final no había lugar para una diosa madre; tuvo que buscar otro hogar, y acabó siendo la diosa del culto. La Iglesia Cristiana la suplantó parcialmente con la Virgen María, la cual, en el cristianismo mediterráneo, gozó de una veneración al menos igual a la que se le concedió a Jesús.

El pecado era la idea central de la teología judaica. Prácticamente todo lo que era placer en la vida se consideró pecaminoso. Detrás de todo pecado estaban el sexo y el saber, que en la leyenda judía comenzaba en el Jardín del Edén, cuando Eva, influida por la serpiente, obligó a Adán a salir del estado de inocencia y de felicidad. Esta leyenda de la caída de un primitivo Paraíso aparece en el folklore religioso de Egipto, la India, Babilonia, Persia, Grecia y Méjico. Pero sólo los judíos lo identificaron con el pecado original y lo atribuyeron a una mujer. El código judío ha sido el intento más enérgico de la historia por regular todos los aspectos de la vida humana. Un historiador religioso lo describe como «el vestido más apretado con que se ha querido encorsetar jamás la vida».

Este monoteísmo que no reconocía a una diosa madre, degradaba a la mujer y mantenía un código de conducta que controlaba todos los actos del hombre, fue heredado por los cristianos en su totalidad de los judíos; y todos estos conceptos estaban en oposición directa con las creencias más tolerantes de las viejas religiones. Estas pasaron al culto. Evidentemente, si una y otra parte adoptaron una postura según la cual sólo ellas poseían la verdadera fe, las dos, diametralmente opuestas, tenían que acabar en conflicto.


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Diciembre negro y… navidad (una saga de diciembre del 2001)


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sábado (15) caluroso y de gloria para algunos, como siempre. El que elijas. Esto fue una semana antes del diciembre negro.

Al Alfa gris lo metalizaba el sol. Yon manejaba con aire perplejo. Atrás quedó la rubia de Rep…sol… Ana en Lanús.

-Vamos hasta el “mangru.”- No pude terminar de oír la frase, por la bocina de aire de un camión super star, que nos tapó de hollín. Lo miré con el código de silencio incorporado, camino de Ezeiza. Creí que era un ataque de nostalgia abrochado al recuerdo del “general”.

- Hay reunión de la “Tercera”-. Fue el inicio de su explicación.

- “Garganta profunda” llega en un rato-, anunció mientras estacionaba deslizando suave el auto hacia la grata penumbra.

-No hay nada que no borre un cóctel de champaña. Brindemos por el tiempo que llega y pasa-, suavizó Yon la espera, al ingresar al anexo.

 -Un buen sándwich de rosbif, con mucho jugo y algunas cebollas crudas, es todo un desafío, completó sin admitir diferencias de opinión.

Un café y pastel de manzana, fueron aduana para el “lemongello”, cuando llegó “Garganta”.

-¿Quiénes están reunidos?, preguntó filoso el vasco. El otro inspiró.

-Con perdón de mi memoria, “el negro”, “Chiche”, “el pelado”, María Elena, “los coroneles de Perón (Rodriguez-Muller), Ballestrini muy elegante de pantalón y camisa crema, cinturón y zapatos marrones, “Manolo”, Infanzón, “Cacho” Alvarez, otros intendentes, di(s)putados, senadores, Camaño, conectado telefónicamente con el por entonces gobierno, la mayor parte del tiempo, el vice ingeniero, que vino “Solo” y quien, con el pelado, hicieron un aparte serio, el dueño de casa, vuelto al redil, “la dulce” está en el otro bando, ¿se habrán separado o se repartieron?

Cuando el tipo tragó aire, Yon lo cortó al medio, de un tajo y sin revolver.

-¿Qué pasó?-

-Sólo puedo rescatarte que “el negro” dijo mas o menos esto: “debemos hacer algo (…), que es lo que la gente quiere (..) si hacemos eso justificamos nuestra militancia y lucha, aunque sea lo último que hagamos, . Pasaremos a la historia por nuestro último acto”, alcancé a oír; lo malo es que ellos hablaron, comieron, brindaron, mientras que a choferes y “secuaces”, ni agua, como es tradición “del mangru”.


Me quedé pensando, un desliz lo tiene cualquiera. ¿Habrá sido un anticipo del futuro que hoy es presente?

El vasco parpadeó tres veces, y los ojos celestes se tiñeron.

-Vamos - , me invitó con franqueza bilbaína.

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A través del llanto insistente de las lluvias, habría que imaginar sonidos de canciones. Por eso están quienes fingen antes de ofenderse frente a la catarata de la incomprensión, reflexioné sarcástico, pero me guardé bien de hablar.

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¿Cómo recuperar el tiempo perdido?

Hay una ceremonia en la India, hacerse un “sannyasi”, donde un hombre manda todo la diablo, deja su casa y familia para lanzarse al camino, con su bastón y un plato de mendigo.

Ellos dicen que es el cuarto y último estadio – la sannyasi (el perfecto abandono), por lo menos en la tierra. Es el código hindú que estipula el modo de vivir la vida.
En eso estaba, cuando desperté, un segundo antes de atrapar “a la mujer dorada”.

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Días y autos cambiados después, Yon fue dulce, como siempre.

-Vamos al centro, que hay tambores de llamada, el auto para en Constitución -, masculló entre saltos de estilo mariposa. Cuando salimos del subte, luego del trasbordo, cerca de la plaza, la zona parecía eructar el humo y ruidos precursores.

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Antes, en las vísperas, estacionamos un tiempo en el sitio azaroso, donde la música estrepitosa hacía flamear ventanales y gritaban mujeres que chapoteaban su propia orina. Vimos que pasaban parejas brumosas y perfumadas que dejaban a su paso una estela que podía asfixiar al gato “trancha”. Un borracho volcado, vomitaba maldiciendo su rosario prolijo de frases obscenas.

La prohibición produce efectos maravillosos, hace que todos se sientan sedientos, rebeldes, pendencieros, La prohibición del no tener con que poder. Especialmente en las mujeres.

Entre las parejas que bailaban, desenfrenadamente, nos abrimos paso rumbo al mostrador, eludiendo gorilas con jarros en las garras, que se suicidaban con cerveza. Yon tropezó con la mesa y la rubia que lo atrapó para bailar.

El, por supuesto, sin moverse y la mirada contadora de ovejas, en el desierto birmano, apretaba.

Salimos después del abrazo mortal, para reinsertar la realidad.

--

El rumor de cacerolas hacía trepidar el pavimento.

-Hay fiesta en “la rosada”-, deslizó el vasco con la boca llena de rouge. Le tendí el pañuelo sin hablar. El candombe rioplatense se venía con ganas de quedarse, en estos tiempos de nada por dos pesos el río del boca a boca ampliaba las ondas sonoras “habló el presidente”, dijo una señora feroz a la hora de manotear excusas del hastío.

-De aquí no se va nadie -, me contó al oído Yon, mientras la sección de “timbales caseros” afinaba la melodía repetida, “que se vayan todos, que se vayan”. Yo sabía que el deseo es lo penúltimo que se pierde, porque esa gente se lo había propuesto y cuando se abre la puerta de la historia, puede salir o entrar el tiempo de la histeria.

-Se pudrió todo-, profetizó el vasco, con la mirada puesta en algo que nadie veía. Giré la cabeza, la plaza se llenaba y el canto, el baile y el reclamo estrenaban partitura. En la penumbra, a la derecha de “la rosada”, el grupo que llegaba no era de grupo.

Alguien escupió laorden en auriculares sordos.

-Se vienen “los hijos..” -, el ruido se llevó el resto, para volver con la carga de la caballería bien “rusticana”. El polvo, los gases, los bastones, las corridas, y la primera embestida fue, contra mujeres y abuelos, como siempre.

Valientes como estos nunca escriben historias sobre delitos, porque están ocupados en cometerlos.

Como no era la primera, estuvimos a salvo, otra vez, para contarla.

La Catedral y su reja son un acto de fe. Nos quedamos a vivir la historia de aquellos 19 y 20 de diciembre.

Se fue la fiesta y vino la tragedia.

Se endureció la gente y se mezclaron los tantos.

Los días de furia estaban por seguir.

Una jueza muy enojada, al otro día, se nos cruzó en la Catedral y después “a pata”, buscaba al jefe represor. Me pareció imaginar ¿lobo está? Y otra voz ampliaba “se está poniendo los cargadores”.

Cuando comenzó el festival de saqueos iluminados por autos incendiados y cuando empezaban a apilarse cadáveres y cuando todos los gatos son pardos, pasamos por encima de bolsas de alimentos , abandonadas en ruidosas retiradas, vimos vecinos enfurecidos que descargaban palos de otras broncas, sobre intrusos de todas las geografías.

Alineados como en desfile, marchaban alimentos, calefones, heladeras, mientras astillas de vidrieras también desaparecidas, alfombrabancalles y avenidas.

Más lejos, en el suburbio y con rebote, comenzaban a encenderse antorchas en trincheras barriales, su vecinos a agruparse para confundirse y matar hasta parientes, esperando al enemigo invisible, que llegaba en alas del más antiguo sistema de comunicación, el rumor.

Un celular salido de no se donde, abortó la observación.

Yon escuchó.

“Marifé” está en apuros-, me dijo. Volvamos.

--

Martín Rodriguez, a una cuadra del “Camino Negro”, la última frontera, para gente como uno, ¿viste?, fue el sitio.

“Marifé, un ojo en la noticia, fija imágenes. En realidad las fijaba. Media cámara fotográfica, se fue en manos del langa enfundado en bermudas de jean, y pelo largo, quien la manoteó cuando cubría una nota para el diario.

“Marife”, mujer de anteojos, como dije, que me pueden, tenía el asombro grabado en la mirada.

Era su primer rol de víctima en los salvajismos nuestros de cada día, en el conurbano, pero como ella escribe, el episodio, tendrá destino de papel.

Yon le hizo el inventario del bolso negro y sus ojos celestes tenían un tono peligroso, eso sólo yo lo sé.

El saqueador de turno robó la nota. Robó a la mujer. Robó un sueño que la máquina podría generarle con trabajo. Robó además el precario equilibrio de su seguridad.

“Marifé” quedó en la ruta y pasó a ser un nombre nuevo para la lista de los victimarios. Demasiada letra para ellos.

Yon la acompañó para que sus numerosos hermanos, de padres y sueños distintos, aliviaran su concreta soledad con intuición y sin preguntas, para emprender la búsqueda del sueño esquivo.

--

-¿Simplemente porque estuviste en la cárcel tenés derecho a pensar que lo sabés todo?-.
-¿Sobre que discuten?, ¿la megalomanía capaz de hacerlos vivir desastrosamente en el pasado?
-Malgastamos el tiempo jugando a la política con un poder imperial que hasta el más idiota, nos hubiera dicho que nos vencería en ese juego, con las dos manos atadas-.
Los dos tipos discutían en la esquina, olvidando, otra vez, a la gente.
Yon meneó la cabeza, me palmeó y con gesto digno de su elocuencia, acotó ..
-Decile a todos feliz navidad.


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Como me gusta la opalina


Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Me gusta la opalina. No se, tal vez porque es un poco como yo. O yo soy un poco como la opalina. Ya se que esto que te digo va a parecerte loco, pero ¿y qué? ¿Hay mucha cordura en este mundo? ¿Sobra o está como exiliada? Yo diría que la exoneraron, huyó espantada ante tanto doble discurso y ante tanta realidad, abofeteada.

La opalina, a simple vista, no sabés si es plástico o vidrio y si querés comprobarlo tenés que arrimarte mucho. Es ahí cuando dicen poniendo la boca como una O:



 –Qué lindo, ¿es de plástico? ¡Hay no, es opalina, qué belleza!

-¿Y si era plástico qué, no era que te parecía lindo?

-No, sí, pero es opalina ¡No es lo mismo, es mucho mejor, más caro, es de otra calidad!

-No pero sí… Claro que no es lo mismo, es más caro…pero tuviste que tocarlo para sostener que es una belleza.

A mi me parece que soy de opalina, porque nunca supe si soy feliz de verdad, más o menos, mucho, o poco. Hasta me confundo a mi misma.

Más bien que, en realidad, nunca supe qué cosa es ser feliz.

Cuando me río, las más de las veces tengo una cosita acá, que es como un nudo y me parece que lo desato un poco cuando empiezo a carcajear. Entonces, busco acordarme de alguna de mis históricas metidas de pata que siempre mueven a risa y es cuando el nudito se suelta. ¡Parece mágico!

Los que me ven de lejos dicen que soy muy fuerte y yo, siento que no lo soy, sin embargo, hasta tuve que creérmelo como para que la vida no termine de aplastarme del todo. ¡Ni ahí!

Pero de tanto que me dicen “sos tan fuerte”, casi que me convencieron.

Ahí, siento que vuelvo a ser como la opalina. ¿Por qué? Porque confundo.

El mundo, las circunstancias que lo conforman, la gente, los gobiernos, los banqueros, los escritores, los obreros, vos, yo, los docentes creo que todos somos un poco como de opalina.

Mostramos una cosa, hacemos otra. (a veces las que nos permiten).

Pensamos una cosa, sentimos otra (eso no pueden impedirlo).

Si no, fijate, te pongo un ejemplo: Cuando te presentan a alguien y te dicen, es el licenciado Tal y vos sabés bien que el tipo, licenciado y todo, es de lo peor, pero tenés que dibujarte una sonrisa y decir con la mayor cara de hipócrita posible, sin que se note:

-Mucho gusto, licenciado, yo soy Cual.

Y sí, tal vez ahí es cuando uno se presenta tal como es.

Cuál.

¿Cuál entre tantos de los que hoy somos simplemente un número?
¿Será la que finge o la que no lo hace? ¿La que dice “mucho gusto” o la otra, la que por dentro está pensando ¡“m’a qué mucho gusto, si sabemos que sos una remierda, flaco”!

¡Claro! Si el tipo saca un tema y sabés que te sobran argumentos para enrostrarle y te animás
porquetehiervelasangreysentísquesetenublalavistaynoaguantáslasganasderesponderleylelargásnomástodoloqueveníasconteniendodesdeel momentoenquefalseastediciendo “mucho gusto, licenciado”, aunque pongas carita de yo no fui, el tipo se dará cuenta de lo que sos realmente. Una persona que vista desde lejos parecía ser de una manera pero en la realidad es de otra.

¡Sos de opalina! hizo falta que se acerquen mucho para darse cuenta de tu verdadero sentimiento, el que tantas veces tenemos que encapsular para no parecer inadaptados ante las leyes de una sociedad pacata. Leyes que siempre vemos que se cumplen a medias.

Las leyes que se crean para una cosa pero que sirven para otras. O sea, para nada. Y en el medio de esa rosca se va asfixiando la verdad.

Imaginate diciéndole a algún “encumbrado” si tuvieras la suerte de que se te cruce: -¡Buenos días, asesino!

O: –¡Buenos días, corrupto!

O: –¡Buenas tardes señor títere ¿hasta cuándo te vas a dejar manejar, tarado?!

Y te morís por preguntarle: ¿en serio te creés que nos creemos que estás interesado por el bienestar de tus compatriotas?

¿O pensás que de verdad nos tragamos tu mentira cuando decís que estás interesado por alcanzar la paz y multiplicás tu arsenal bélico como para que no vaya a fallarte el tiro de gracia contra la vida?

¿O pretendés que te creamos cuando lanzás tu sarta de mentiras y tranferís tu verdadero sentimiento, comparable a la materia fecal de los depredadores, tratando de hacer creer que los enemigos son otros?

Los que no soportan tu hipocresía.

¡Es más fácil imaginarte que es lo que no dirán de vos después de semejante sinceridad, que imaginarte lo que sí, dirán!

Mínimamente: ¡es subversiva! Y andá a sacarte después ese rótulo… tratá de conseguir el teléfono de Mandrake.

También pensemos que podes decir, si por ahí te cruzás con alguno de esos sacerdotes pederastas que bien sabés que sobran por el valle del señor y se te ocurriera saludarlo:

-Oh, ¡que sorpresa señor obispo, ¿pudo apaciguar su instinto de pederasta? Y te tenés que morder la lengua para no agregar: ¿Sabés que asco me das, reverendo hdp?

Tenemos que simular ser lo que no somos, a veces, con suerte, conseguimos parecer lo que queremos parecer. Otras, ni siquiera eso nos sale: simular ser lo que a los otros les gustaría que fuéramos.

Por eso me gusta la opalina, me parece versátil, extraña, produce confusión, hasta se me ocurre que desprejuiciada por la facilidad con que engaña y sin complejos ni tabúes.

A diferencia nuestra que somos tan hipócritas que hasta tenemos que autocensurarnos siguiendo las normas de un jueguito auto-defensivo.

Porque el mundo cambió. ¿Te acordás que bastaron dos impactos y decenas de cuerpos volando por los aires para que a alguien se le ocurriera declarar con fuerza de sentencia terminante: “Si no sos como yo es porque estás en contra mío”.

De no serlo, andá preparando un agujero para meterte porque sin ser pitonisa, veo un futuro muy triste sobre tu osamenta.

Por eso te decía al principio, me gusta parecer de opalina, aunque me demande tremendo esfuerzo eso de parecer algo, pero no serlo.

Porque convengamos que el mundo se fue cubriendo de capas plásticas que invadieron hasta los corazones.

Los envolvieron, cambiaron sus latidos, tanto, que ahora el tuyo, el mío, el de los otros, late con un tic tac diferente. Tan diferente que ya ni parece humano.

La opalina, en cambio, sigue sonando como vidrio. Sí, claro que es más delicada, tenés que arrimarte para darte cuenta, pero ya te lo dijeron, es más hermosa…


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Nagoya 2014 ¿El paradigma perdido?

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Lima es sede de un encuentro internacional sobre educación, con miras al Congreso Mundial de la Unesco del 2014, en Aichi, Nagoya, Japón. Este foro, puede explicar cómo América Latina va convirtiéndose, consecuencia de la crisis global, en un referente para entender y emprender una nueva relación entre los seres humanos y su hábitat.

La Tierra, como nunca en la historia de la humanidad, está en peligro. Los cambios sociales y climáticos requieren de una nueva forma de pensar y actuar, de una nueva relación entre los seres humanos y de estos con su hábitat para reivindicar la solidaridad y la dignidad de la vida.

Con esta proclama, el Perú convoca a un conjunto de instituciones para analizar la educación en función del desarrollo sostenible, con el auspicio técnico y científico de la Universidad de las Naciones Unidas, UNESCO y el IPCEM - Instituto Peruano del Pensamiento Complejo Edgar Morin.

El programa en Perú (27 de febrero - 2 de marzo) incluye los ejes temáticos de la biodiversidad, diversidad cultural, la reducción de riesgos ambientales, reducción de la pobreza y el urbanismo sostenible, desde la perspectiva de los Centros Regionales de Competencias en Educación (RCEs).

-¿Qué entendemos por la educación para el desarrollo sostenible? ¿Qué logros hemos obtenido en la Década de Educación para el Desarrollo Sostenible? ¿Cuál es la responsabilidad individual y colectiva?

La directora del IPCM, Dra. Teresa Salinas, explica que la función de este instituto es promover una articulación entre el Estado, la Academia y los Medios de Comunicación, crear un espacio democrático para la discusión de teorías desde la complejidad, en este caso del pensamiento complejo y de otras vertientes. La creación del IPCEM en el Perú, hace dos años, es un aporte a la investigación sobre las condiciones históricas de la biodiversidad y cómo canalizar esta gran proclama.

Según el filósofo francés Edgar Morin, tan presente en el mundo académico, la ciudadanía debe encontrar cuál es nuestro rol como ciudadanos, tratar de que la gente cambie el pensamiento reductor, parcelado, contextualizado hacia un pensamiento que nos religue, primero individualmente, en cuanto nuestra relación de nuestro cuerpo, mente, espíritu. Después que nos religue en cuanto ciudadanos y seres sociales, y también con nuestra naturaleza para enfrentar las crisis que se han gestado.

-¿A qué se atribuye la crisis actual que soporta el planeta mundo?

-T.S. El problema de crisis que hay en el mundo es producto de un modelo económico, de un modo de educar, de un modo de pensar el mundo. Con el pretexto del progreso ha entrado a una dinámica insostenible y de consumismo, de destrozo de la naturaleza, de pérdidas de valores, y no saber a dónde vamos.



-¿Cómo impulsar este movimiento del Pensamiento Complejo en un país como el Perú donde se ha impuesto el libre mercado, si bien es cierto no se concentra aún en este país, el modelo es pernicioso?

T.S. El propósito es que la gente tome conciencia respecto a los que implementan el mercado liberal y los que sufren los efectos de este. Nuestro rol como seres humanos, es qué hacer contra el daño que se está causando a nuestra sociedad y siguientes generaciones. Cómo construir una toma de conciencia en el mundo, de todos los sectores, de que no es viable la forma como estamos creando relaciones de explotación y de distribución en todos los campos. La imposición de un mercado que entre paréntesis es libre, no lo es. Está constituido por monopolios que lucran con la educación, con la alimentación y que han abierto más brechas entre ricos y pobres.

-¿Cuáles son las primeras manifestaciones perversas de ese libre mercado en el Perú?

-T.S. Si usted observa Lima está creciendo y está perdiendo su patrimonio cultural. Los edificios se multiplican pero no sabemos si realmente están cumpliendo las normas ambientales y de prevención para mitigar los desastres naturales. Además de la falta de garantía, tenemos la destrucción del paisaje urbano.

Se ha perdido estética, vemos casonas hermosas que constituyen patrimonios culturales, son derribadas sin ningún miramiento, atentando contra el turismo que es un factor muy importante de ingreso al fisco y del comercio sostenible. Hay una pérdida de visión entre lo que significa un pensamiento estratégico del país, olvidando la sostenibilidad de la biodiversidad que nos ha dotado la naturaleza y que no valoramos.

-¿Qué nos dice Edgar Morin, el científico social más respetado en lo que va el presente siglo?

-T.S. La creación del IPCEM en el Perú, constituye un aporte a la investigación sobre las condiciones históricas de la biodiversidad y cómo canalizar esta gran proclama. Este es un gran tema, en esta crisis moral, crisis de pensamiento, porque la forma como estamos actuando, quienes implementan esta política en todos los sectores de la vida lleva a generar violencia, pues los sectores marginales no se van a quedar sin comer, sin dormir; se están generando grandes espacios para la delincuencia, para el narcotráfico y para el terrorismo.

La gente no soporta el hambre, la miseria, la exclusión. Tiene que reaccionar. Hay que tomar conciencia, hay que hacer una distribución mucho más equitativa.

-¿Cuál es el modelo de desarrollo del Perú?

-T.S. El desarrollo no existe en el Perú. Podemos haber subido nuestros índices de competitividad, pero hay que ver que es el último de los países en producción. No tenemos exportación con valor agregado. Los puestos de trabajo de las empresas no significan transmisión de conocimiento para nuestros ingenieros y científicos que salen de este país.



Por lo tanto hay un serio problema de las líneas estratégicas que nos vamos a convertir en un país de vendedores que pasa a todo monopolio en donde los alimentos suben de precio sin control. Los monopolios ponen el precio que quieren. Entonces el ciudadano está desprotegido.

Los seguros médicos han destruido el Sistema Nacional de Medicina y sin embargo las clínicas y quienes ofrecen estos seguros están tratando de convencer a los pacientes. Imagínese una persona que puede tener cáncer, si esa persona necesita una prótesis los seguros particulares la consideran un tratamiento estético. Eso es salvajismo.

La medicina no es para que algunos pocos se beneficien. El desarrollo de conocimientos debe estar al servicio de la humanidad. Estas empresas ya ganan bastante. En otros países las medicinas tienen precios menores, no me explico porque se pueden vender con tanta diferencia. Aquí hay descuentos ficticios que son para beneficio del seguro. Se agrede todo límite de la dignidad humana, el respeto a la vida.

- ¿La protección de la biodiversidad no ha avanzado. Por el contrario…?

-T.S. Es un tema crucial. Si perdemos las capacidades de biodiversidad que tenemos, perdemos todo. A que damos valor agregado como país como industria.

Nuestros empresarios no han apostado a crear conocimiento en el Perú. No les interesa apoyar a la universidad, a la investigación; por ejemplo lo que hacen algunos son miserias.

Entonces la universidad se ha desvinculado de la sociedad y a su vez los temas de todo ese potencial que tenemos en la biodiversidad solo se da en salones intelectuales. Tenemos ingenieros antiguos de Hidráulica Inca que nos son valorados. Las universidades tenemos que poner en valor esos conocimientos.

En este sentido estamos promocionando un diplomado con la cooperación alemana GIZ, en la Región de San Martín. Creo que es fundamental promover este diálogo de valores.

-¿Cuáles son los principales ejes para defender la vida?

- T.S.Edgar Morin, en mayo del 2012, abordó uno de los temas centrales para la gran metamorfosis en defensa de la vida. Este espacio fue precisamente para explicar su libro La vía, planteado en tres ejes:

La reforma en el individuo, en la sociedad y en la naturaleza. Tenemos que regenerar para conservar una vía. Desde la complejidad, un sistema que entra en crisis sufre una metamorfosis o desaparece.

El ser humano tiene que aprender después de un gran choque. Es más traumático que hacer una metamorfosis gradual. Y de eso debe ser consciente toda la humanidad. Nosotros tratamos de convencer a todos los que tienen el poder.

No se puede prescindir del conocimiento occidental y de otras culturas que han sido convertidas en invisibles por alguien, con interés de poder. Quienes acumulan tanto dinero no pueden gastar ni ellos ni todas sus generaciones. Pues no tiene sentido alguno acumular más dinero, más poder a costa del hambre y la miseria de tanta gente en el mundo.

-¿Cómo reciclar el pensamiento actual?

-T.S. En la primera metamorfosis tenemos dos brazos: el IPCEM y la Universidad. Participa la sociedad civil, todo aquel que esté interesado en buscar nuevas formas de ver el mundo, de cuestionar desde un punto de vista constructivo, recreativo. Nos interesa la paz, la paz con justicia, con dignidad. La paz con vida para todos: bienvenidos.

Tratamos de crear una inteligencia colectiva que nos ayude. Toda la gente puede trabajar en la profundización del pensamiento complejo. Formulación de debates de la epistemología de las causas y la complejidad. IPCEM es joven, no tiene más de dos años, repetimos: hay que crear fuentes entre Sociedad y Universidad.


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Música: El flautín u octavín

El flautín (llamado también piccolo, del italiano flauto piccolo: ‘flauta pequeña’) es un instrumento de viento madera en tonalidad de Do. Se trata de una flauta pequeña.



Físicamente, el flautín es como la flauta travesera pero con un menor tamaño. El timbre es parecido, pero una octava más alto. Por ello se dice que el flautín es un instrumento transpositor; es decir, su sonido real es diferente al escrito: las notas a interpretar en el flautín se escriben una octava más baja que su sonido real, para evitar demasiadas líneas adicionales en el pentagrama.

El sonido del flautín es penetrante y se caracteriza por su tono agudo. De hecho, el flautín tiene el timbre más agudo de todos los instrumentos orquestales. La sonoridad del flautín, especialmente en las notas más altas, es muy penetrante, por lo que sobresale aunque todos los instrumentos estén siendo ejecutados.

Puede ser fabricado todo de metal o de madera el cuerpo y las llaves y embocadura de metal.

A pesar de esta presencia constante del flautín, producida por su agudo sonido, el flautín puede utilizarse para interpretar tanto piezas delicadas y tranquilas como alegres y poderosas.

Se utiliza en las orquestas, aunque más frecuentemente en las bandas militares. Es uno de los instrumentos típicos del Basler Fasnacht (carnaval de Basilea, Suiza).

Al piccolo se le suele nombrar así en la mayoría de los idiomas, inclusive vulgarmente el español. Sin embargo, en italiano (idioma de origen del término) se prefiere el uso de ottavino, más ultracorrecto. Por ello, también se le llama en español octavín. No obstante, los vocablos de origen italiano ottavino y su adaptación al español octavín pueden hacer alusión también a un antiguo instrumento musical de teclado y cuerda pulsada de la familia del clavecín (véase ottavino). Y es bastante útil para partituras agudas.

Partituras conocidas

Una partitura muy representativa en la música española es Amparito Roca. Este pasodoble incluye en el trío un solo de flautín. Se trata de un precioso solo en el que el flautín destaca por su agilidad en sus trinos y sus notas picadas. Otro arreglo puede ser el Danzón No.2 de Arturo Márquez.

Asimismo podemos encontrarlo en el tema The stars and stripes forever de John Philip Sousa. Igualmente destaca en las partituras de Semana Santa, como Aires de Triana, Reina de Triana, Rocío o Tu Dulce Mirada, acompañado por un tambor sin bordones y algunas veces por los bajos de la banda de música (tubas, trombones, bombardinos...), sobresaliendo sus trinos y el contraste con sonidos agudos y graves.

Dentro de la Suite Carmen N° 2 de Georges Bizet se encuentra un movimiento en el que aparecen solistas dos flautines, llamado La Garde Montante. En muchas marchas aparece solista el flautín, como en la marcha chilena Penachos Rojos.

Como ejemplos sonoros de este bello instrumento, presentamos aquí tres obras:

1. De Antonio Vivaldi, Concierto para flautín y orquesta

2. De Héctor Fiori, música para flautín
2
3. Y un solo de flautín, con acompañamiento de piano


Fuente: WIKIPEDIA


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La pollera y la identidad panameña

Marco A. Gandásegui (h)

Con motivo de los Carnavales, en los cuales casi todos los panameños se vieron envueltos hasta (ayer) miércoles de Ceniza, es oportuno analizar algunas de las tradiciones más celebradas en el país. Sin duda, las fiestas del rey Momo y sus comparsas encabezan la lista de nuestros pasatiempos. A lo largo de varios siglos – la era colonial y colombiana – esta actividad popular fue subordinada a las prácticas religiosas de la Iglesia católica. “La lucha del bien contra el mal”, los preparativos para la abstinencia previa a la Semana Mayor (Santa) y los desmanes de algunos díscolos le daban el sello a las festividades. Los Carnavales en Panamá comenzaron a tener un toque muy propio a principios del siglo XX cuando las fiestas se escaparon de las manos de la Iglesia. Todo indica que las familias acomodadas de la ciudad de Panamá comenzaron a darle una nueva organización a los Carnavales incorporando música (murgas), carrozas y reinas. Además, en las fiestas participaban otros sectores que se sumaban al gran desfile creando una atmósfera biclasista y multiétnica.



Los Carnavales de Panamá conservan muchos ritos originales, pero evolucionaron en forma muy parecida a sus contrapartes en Nueva Orleans, Río de Janeiro, el sur de Alemania y el norte de Italia. De éstas se tomaron los elementos de los disfraces, las máscaras, los bailes, las carrozas, los instrumentos musicales de viento, entre otros. Los Carnavales panameños también incorporaron elementos populares propios como la reina, el tambor, los culecos y “la pollera” (traje popular panameño sin parangón).

Sobre esta vestimenta quiero detenerme por los múltiples debates que genera entre los panameños. Todo indica que en los primeros Carnavales, no sometidos a la autoridad eclesiástica, organizados en la ciudad de Panamá en 1910, apareció la pollera como vestimenta de la Reina en uno de los cuatro días de celebración. En la actualidad, hay decretos y leyes que señalan que la pollera es el traje nacional. Se le compara con los otros símbolos de la nacionalidad.

Hace cien años, sin embargo, la pollera era una vestimenta popular, muy propia de la mujer trabajadora, tanto del campo como de la ciudad. La belleza del traje – dentro de su humildad – atrajo la atención de las damas de la ciudad de “adentro” quienes lo adoptaron y adaptaron. El español, Abelardo Carrillo y Gariel, ¡nada menos que en 1625! decía que “hasta los negros y las esclavas atezadas tienen sus joyas y (no salen) sin su collar y sus pendientes con alguna piedra preciosa”. La cita la tomamos del libro publicado por la Editorial Universitaria en 1996 de Edgardo de León, profesor recién fallecido, Presencia y simbolismo del traje nacional de Panamá. El mismo autor cita a Matilde Obarrio de Mallet quien afirma que las familias coloniales acomodadas mandaban a sus “esclavas costureras donde Mononga a aprender”. El científico y folclorista Humberto Zárate diría que “las costumbres negras e hispanas” son los antecedentes de donde “nacen las primeras costumbres que pudieran conceptuarse panameñas”.

En esta afirmación de Zárate encontramos un planeamiento que debe servir de punto de partida para cualquier estudio de lo panameño. Las costumbres de la Andalucía castellana y del África múltiple constituyen la base de quienes somos todos los panameños. Obviamente, esta afirmación no puede pasar por alto las relaciones de poder entre uno y otro. El español era el esclavizador y el africano el esclavo. Cuando decimos que ambos contribuyen a formar nuestra identidad no hay que olvidar ese detalle: la esclavitud. El español dominante, esclavista o patrón nunca ha querido dejar de ser dominante, incluso en el presente. Al mismo tiempo, el africano – esclavo, servidor u obrero – nunca ha dejado de luchar por su emancipación, por su libertad, por su realización como ser humano.

Cuando el español o el “criollo” se apropia de ciertas expresiones de la cultura popular lo despoja de su identidad emancipadora. Hace suyo algo que es del esclavo o del trabajador. Lo asimila a la cultura dominante. Convierte al dominado en un “invitado” en su propia casa. Así ocurrió con la pollera, vestimenta de la trabajadora o de la esclava, que en el siglo XX se convirtió en el elegante traje de la criolla panameña.

Recientemente se excluyó a la llamada pollera congo -muy popular en Portobelo y sus alrededores- del festival de las Mil Polleras celebrada en Las Tablas, orgulloso pueblo de la provincia de Los Santos. Con toda razón, grupos de defensa de los derechos de la identidad negra protestaron. Se olvidaron, sin embargo, recordarle a todos los panameños que la pollera – de gala, clásica o como se quiera denominar – también es una contribución de la cultura y costumbres negras que se desarrollaron en Panamá al calor de esas relaciones de dominación.

Los Carnavales y todas las expresiones culturales – especialmente las folclóricas - panameñas son producto de una larga historia popular que expresa esa lucha por la libertad. El hecho que los grupos dominantes se apropien de ellas no quiere decir que les pertenece. Al contrario, definen una correlación de fuerzas totalmente nueva en la lucha por la emancipación.


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“GABO: Cartas y recuerdos”, de Plinio Apuleyo Mendoza

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

GABO: Cartas y recuerdos
Plinio Apuleyo Mendoza
Ediciones B

“Compadre: Agarré bien pronto el paso del trabajo. No he entrado de sopetón en la novela,
Porque quería hacerlo con el brazo frío”

Gabriel García Márquez. Carta 9 de marzo de 1968



Para los que como fieles, aunque críticos, seguimos desde 1967 cuando aquella explosión que significó la primera edición de Cien años de soledad (8000 ejemplares), diana creativa de inquietante personalidad dimensional de Gabriel García Márquez fue alcanzando las mayores alturas del mundo literario. Ahora esta obra íntima de solidaridad emocional por lo que en ella se narra, es una labor agradecida, mesurada y objetiva muestra elaborada por Plinio Apuleyo Mendoza, que no es otra que una forma de mostrar a un Gabo liberado del “peso de su propio mito”, que aparece con secuencias con las que mostrar la variedad del gran fabulador y la evolución de su mundo privado, intimo “conocido solo por su solo círculo más íntimo”. Desde el joven periodista y bullidor García Márquez pasando por el desvalido pobre y solitario seguro de sí mismo en Paris, teniendo como modelo otro enorme narrador: Hemingway y su París es una fiesta. Pulso hacia un futuro en las alturas de la literatura con mayúscula. Luego nadamos por las líneas que lo cuentan saboreando la apuesta de su enorme voluntad y coraje, pulso de la vida literaria pese a todo y por todo, sin desmerecer nada su inquietante e insobornable personalidad que alcanzaría con los años de la mano del esfuerzo constante el Premio Nobel de Literatura.

Fue allí, en la gran metrópoli parisina donde por primera vez vivió la sensación de una nevada con la que “García Márquez quedó de pronto estático, fascinado por aquel espectáculo de sueño” Demasiadas cosas ocurridas desde aquellos primeros años, principio de una sólida amistad hasta en lo que no estaban de acuerdo, lucha diaria con constantes altos y bajos dentro del mundo variopinto de la escritura y la búsqueda de una minima de tranquilidad material para poder crear. Nacimiento de ilusiones y muerte de sueños, “pasar y desaparecer amigos”, la llegada de las canas. Pero vivieron el laberinto de los más variados mundos, geografías y proyectos. Así nos lo relata Plinio Apuleyo Mendoza: “El se ha vuelto rico y célebre. Yo me he vuelto pobre” “Todo ello desde aquella noche, cuando vio la nieve por primera vez y sin importarle ser tomado por un loco se puso a saltar” Plinio será el pobre, pero su prosa es rica en fortuna y sin calendarios que le hayan producido canas.

Cuatro años antes de la publicación de Cien años de soledad, corre 1963, García Márquez en su permanente busca de una razón sólida para su escritura, en una de estas once cartas inéditas que contiene esta obra, una de las má extensa tal vez, en la que reflexiona como ha venido “acumulando una impresionante cantidad de datos para la novela del dictador y ahora estoy seguro de que su biografía no se parecerá a la de ninguno. No hay remedio será una novela de ciencia ficción” Así nacería ese país imaginario e inimitable de una historia que mentalmente había ido elaborando durante diecisiete años hasta que llegara el momento justo, oportuno, para la gran diana literaria. El ya está seguro quienes han sido los padres del boom, los tiene catalogados como los precursores: “El siglo de las luces, de Carpentier; La muerte de Armenio Cruz, de Carlos Fuentes; La ciudad y los perros de Vargas Llosa, y Rayuela de Cortázar. Todo ello sería “cuestión de encontrar un termino medio entre Carpentier y Hemingway!”

La pasión y apuesta por Fidel Castro y la Revolución de los barbudos es un tema de envergadura política e ideológica que viene de allá, desde hace años siendo polémica bastante acentuada, de hondos principio enfrentados, los cuales en su mayoría han desembocado en el desencanto y rompimiento de amistades entre aquel mágico grupo de majestuosos y excelentes escritores del desbordante Boom de los sesenta y alargadas décadas de un siglo XX envuelto en oro literario. Polémica de alta y tensa temperatura que surge con el caso del poeta Padilla y el escándalo que provoca su condena teniendo por juez a Fidel Castro, un líder conducido por la deformación y ortodoxia evidentemente prisionero del sistema y adoctrinamiento comunista imperante en la Unión Soviética, fue provocando el desaliento en quienes se consideraban fervientes cronopios y famas, nunca mejor etiquetados, provocando el abandono, la separación, siendo Vargas Llosa uno de los primeros.

Cuestión que Plinio Apuleyo ve y plantea con toda rotundidad y transparencia, porque a muchos les resulta insostenible tan sucia y lamentable maniobra para ir eliminado la verdadera esencia de la Revolución. Historia de mucha tinta escrita, que ocupa amplio y rico espacio lleno de interés en estas cartas y recuerdos magistrales, vivos, sobre la vida del Gabo autentico, el de amigo de los amigos, la sencillez dentro de sus principios y rarezas, la fidelidad de la verdadera amistad. Retrato emocionante lleno de sorpresas desde sus comienzos como periodista hasta alcanzar su consagración con el Premio Nobel de Literatura y el justo lugar que le corresponde literariamente en la lengua de Cervantes.


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Historias paralelas


Marcelo Colussi (Desde Guatemala, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El encuentro comenzaría el jueves por la mañana. Se encontraron el miércoles a la noche, junto a la piscina del lujoso hotel. Ambos eran muy extrovertidos, por lo que no les costó mucho establecer rápida comunicación. Ambos, de igual modo, manejaban fluidamente el inglés, lengua en la que se comunicaron todo el tiempo que duró su contacto.



Eduardo, vaso de whisky en mano, fue el primero en presentarse. Moreno, cuarentón, de buena contextura física y afinados bigotes, con estudiada sonrisa comenzó el diálogo. Su esposa Vilma, hermosa mulata diez años menor que él, era maestra de enseñanza preescolar en su país natal.

Otro tanto sucedía con Sofía, la esposa de Nicolás, el rubio y pálido gordito simpático que respondió solícito a las primeras formalidades lanzadas por Eduardo.

"¿Me imagino que usted no es docente de niñitos, verdad?"

"No, no. ¿Ni usted tampoco, no es cierto?, agregó Nicolás con cierto rubor en sus mejillas, y con ojos algo enrojecidos que denotaban que la actual no era su primera copa.

"No, claro". La expresión de Eduardo pretendía ser convincente, total. "En realidad estoy acompañando a mi esposa; ella sí es maestra preescolar". Se detuvo un momento antes de continuar hablando, como pensando con profundidad lo que iba a decir. "Lindo oficio ese, ¿verdad?"

"Bueno, sí. En realidad todos los oficios son bonitos, cuando uno los elige", agregó Nicolás con un aire casi filosófico. "A propósito, ¿usted de qué se ocupa?"

La pregunta pareció turbar a Eduardo, quien no se esperaba una estocada de esa naturaleza. Algo repuesto, balbuceó una respuesta precaria.

"Este… bueno, yo, en realidad… sólo estoy acompañando a mi esposa. Pero yo no trabajo como maestro, no, no. ¿Y usted?"

"Eh… yo tampoco. ¡Qué casualidad!, ¿no?", se apuró a comentar el rubio Nicolás, buscando con toda velocidad torcer el curso de la conversación.

Fue obvio que los dos se rehusaban a hablar de sus ocupaciones, y ambos decidieron tácitamente no llevar la conversación por ese lado.

"Lindo este país, ¿verdad? Yo, en realidad, es la primera vez que lo visito. ¡Y viviendo tan cerca!", aclaró Eduardo con mirada penetrante, buscando ser seguido en algún tema que no resultara incómodo.

"Sí, sin dudas. En realidad yo lo conozco poco, pero sé que es muy bello. ¿Aquí es donde se exilió Trotsky, verdad?, preguntó Nicolás con aire inocente.

"Perdón, ¿quién?"

La sorpresa no pudo evitar un gesto de desaprobación en el infantil rostro de Nicolás. Tragando saliva continuó:

"León Davidovitch Bronstein, o sea: Trotsky. Aquí se exilió, y aquí murió. Al menos según lo que tengo entendido". Sus palabras trataban de ser cautas, de no herir a su interlocutor, no ponerlo en dificultad.

"Ah, sí. Claro, Trotsky. ¿Se refiere al ruso, no?"

"Sí, sí. A él. Bueno, claro que no podemos juzgar la belleza de México por un extranjero que vino a cobijarse aquí. Extranjero, por otro lado - según mi modesto parecer- que fue un traidor en su patria, y que por eso se buscó la muerte. Pero, bueno… eso es otra historia. De todos modos, ¿bonita la tierra azteca, no?

"Sin dudas, claro. Veo que usted conoce bastante de este país."

"No me atrevería a decir eso. Apenas si he leído algo sobre él. Me interesa, claro. Alguna vez recibí algunas clases de español; poco, muy poco. En realidad era más importante que supiera otros idiomas, por eso me prepararon en inglés. Y en ruso, claro."

"Ah, ¡buena preparación! ¿Y quién lo mandó a estudiar tanto? ¿Sus padres?", interrogó curioso Eduardo.

"Bueno, no diría en sentido estricto que eran mis padres. Pero, casi. Se necesitaba que, por mi tipo de trabajo, manejara varios idiomas. Aunque en realidad no son tantos. Mire: conozco gente que habla a la perfección cinco, seis, siete lenguas. Yo no, ¡qué va!"

Eduardo se comenzó a sentir empequeñecido; hablaba bien inglés, producto de sus años juveniles vividos como ilegal en California, pero no se consideraba en absoluto un intelectual, una persona preparada. Por el contrario, cada vez que se encontraba con alguien más capacitado, sentía una visceral repulsión. Su actual trabajo -con el que se sentía muy a gusto- le reforzaba esa actitud. Esa sensación de rechazo comenzaba a ir sintiendo ahora ante su compañero de charla; la nívea piel de Nicolás, sus ojos azul profundo, el cabello rubio oro, todo eso amplificaba el odio. Trató de llevar la charla hacia otro campo.

"Lo veo algo excedido de peso, ¿verdad? ¿No es peligroso a su edad?". Sabía que sus palabras eran hirientes; en realidad, buscaba golpear.

"¿Usted cree? Quizá tenga razón, sí."

"No se ofenda, pero creo que de verdad está un poco…gordito, digamos." Eduardo trataba de ser simpático en la forma de decirlo, pero no por ello menos dañino. Y logró su cometido.

Nicolás enrojeció. En el fondo era bastante tímido.

"Bueno, sí; debo reconocer que estoy algo pasadito de peso. Ya me lo dijeron en mi oficina. A veces, en realidad, me dificulta mi trabajo."

Complacido por haber hecho trastabillar a su contrincante, Eduardo se sintió pletórico internamente. De todos modos no quiso manifestarlo, siguiendo la conversación con cierto aire de ingenuidad.

"Ah..., ya se lo dijeron. Bueno, me puedo quedar tranquilo: no soy el primer mal educado que acomete el tema. Pero, mire… ¿cómo me dijo que se llamaba? Nicolás, sí, eso es. Mire, Nicolás: no sé qué tipo de trabajo hará, pero la obesidad nunca es recomendable. Trae problemas de salud, ¿sabe?"

"Claro, claro. Lo sé. En mi trabajo lo noto a veces, se lo aseguro. Y en verdad que ya varias veces he pensado seriamente comenzar una dieta. Incluso me lo sugirieron en la oficina -de manera gentil, por supuesto, pero esas sugerencias sé lo que significan."

"Perdone lo curioso -sé que usted me lo preguntó hace un instante y no tuve la amabilidad de responderle con franqueza: yo trabajo para el Estado-, pero… ¿usted de qué trabaja, Nicolás?"

"¡Vea qué coincidencia! Yo también trabajo para el Estado."

"Bueno, bueno. Somos de la misma raza entonces. ¿Y puedo pedirle más precisiones? ¿Qué hace? ¿Bombero, ministro, enfermero? ¿Quizá empleado de correo?", se permitió bromear Eduardo.

"Le diría que… un poco de cada cosa. Es decir: ayudo a mi país de muchas maneras. Tal vez más bombero que otra cosa."

"Pero… ¿es bombero entonces?"

"En cierta forma, sí. Creo que lo que más hacemos es apagar incendios. ¡No se imagina la cantidad de incendios que tenemos que combatir!", también pretendió bromear Nicolás. "¿Y usted que hace, Eduardo?"

"A ver… para ser franco: no es muy distinto de lo que hace usted. También apagamos incendios. Aunque diría que yo, además de bombero, hago más de empleado de correos. Es que llevo información, ¿sabe? Mi trabajo consiste, en buena medida, en manejar informaciones, informarme y hacer circular lo que voy sabiendo."

"El correo del zar…"

"Ah, también ruso, ¿no? Como Trotsky." Podría haber pasado por una agudeza, pero no quedaba claro si era eso o una profunda torpeza.

"¿Y su esposa qué dice de su trabajo?", acometió de pronto Eduardo.

"¿Qué dice? No le entiendo; ¿qué tendría que decir?", respondió un tanto sorprendido Nicolás.

"Sí, ¿qué dice? Quiero decir: ¿está de acuerdo?"

"¿Y por qué no habría de estarlo?", respondió Nicolás con cierta vehemencia.

"Pues, mi esposa no está tan contenta. Vive pidiéndome que me busque otra cosa, algo más tranquilo. Ella querría juntar unos centavitos e instalar una… ¿cómo decirlo en inglés?... una venta de 'chicharrones'. ¿Conoce esa palabra en español?"

"¿La grasa de cerdo, no?"

"Exacto."

"Pero, Eduardo: ¿qué tiene de intranquilo su trabajo?" La cara del rubio denotaba una mezcla de candidez y estupor.

"Mire: en mi país no es fácil hacer de bombero, de 'correo del zar' y tener un esposa que es maestra de infantes. No es nada fácil. Nosotros estamos en virtual guerra, y el enemigo es listo, pérfido. Hay que estar siempre alerta, preparado para todo. Ya van dos veces que estoy en tiroteos, y por suerte no tuve gran cosa; apenas este rasguño en la pantorrilla", dijo levantándose un poco el pantalón y enseñando una cicatriz. "Le repito: no es fácil defender a la patria."

"Puedo imaginarme en qué bando está usted", dijo con malicia Nicolás.

"¿De los buenos o de los malos?", volvió a bromear Eduardo.

"Pues… eso depende de cómo se mire. ¿De los buenos quizá?", preguntó con cierta ingenuidad el rubio.

"Yo diría que sí, indudablemente. Nosotros no empezamos el ataque, sino que nos defendemos. Son los malos, los…", calló súbitamente el moreno. Fue, de pronto, percatarse que había llegado muy lejos, que estaba hablando más de la cuenta. Hizo un visible esfuerzo por mantener la sonrisa, para agregar luego con ficticia tranquilidad:

"En verdad, en la guerra no hay ni buenos ni malos. Apretar un gatillo es siempre eso: apretar un gatillo. Y tanto el cuerpo que recibe la bala como quien disparó el arma, están convencidos que su causa es la justa. Por supuesto que yo estoy convencido de tener la razón, y para eso me pagan además. De todos modos, guerra es guerra, y estoy seguro que triunfaremos."
"¿Le gusta matar?", vomitó con frialdad Nicolás. Por un momento Eduardo quedó petrificado; las primeras palabras no le salieron. Tuvo que ayudarse con un trago para seguir hablando.

"Usted es muy directo, ¿verdad? ¿Y si le dijera que sí?, agregó con cierto temor el moreno.

"Pues… seríamos dos. Yo también he tenido que matar, y no lo dudé. También estamos en guerra, y por supuesto estoy seguro que somos nosotros quienes tenemos la razón. Cuando se trata de defender la patria, hay que darlo todo". El aspecto que iba tomando Nicolás aterrorizaba. "Aunque piensen que nos van a derrotar, no lo conseguirán. ¡Jamás! ¡La patria se defiende con la propia vida si es necesario!". Algunas personas observaron curiosas al exaltado que estaba levantando la voz de aquella manera. Darse cuenta de esto pareció hacerlo volver a su tono mesurado.

"Pues así es, mi amigo", continuó más reposado. "La guerra es la guerra, usted lo dijo. Y ahí se permite todo."

"Es como en el amor", agregó con picardía Eduardo. Este comentario pareció turbar a su rubio interlocutor; sus mejillas se ruborizaron y su acalorado discurso repentinamente cesó. Quedó desarmado.

"Sí, guerra es guerra, tiene razón", retomó Eduardo en vista del súbito silencio de su compañero y como para mantener viva la conversación. "¿Podría permitirme preguntarle contra quiénes pelean?"

"Pues… contra… contra el mal, me atrevería a decir", agregó Nicolás levantando de nuevo el tono de voz. "El mal acecha por todos lados, corrompe, penetra. Nosotros, bomberos como somos, tenemos que apagar ese fuego corrupto. Mire, le voy a confesar algo: no es que me guste hacerlo, pero la vida me lo ha impuesto. A veces, cuando agarramos un enemigo, lo presionamos para que se corrija, y a veces tenemos que usar la fuerza bruta. No es bonito, pero no queda otra alternativa."

"Si no entiendo mal, entonces… ¿torturan?", preguntó Eduardo con timidez.

"¿Torturar? Bueno, no usaría esa palabra… Quizá mejor: convencer."

"Pero ¿convencen por la fuerza entonces?

"Sí… en verdad… bueno, nuestro enemigo se empeña en ensuciarnos diciendo que torturamos. Pero le aseguro, mi estimado… ¿Eduardo, no?, le aseguro que es por el bien de la patria. ¿Qué otra alternativa tenemos?"

"Lo entiendo, Nicolás, lo entiendo perfectamente. A nosotros nos sucede lo mismo. Viven diciéndonos que somos unos sanguinarios, unos asesinos, cuando en realidad los malvados son ellos. Y dígame, mi estimado amigo: ¿cómo es su guerra? ¿También tienen presión internacional?"

"También. No sé cómo será la guerra de ustedes, pero la nuestra nos resulta muy desgastante. Tenemos que estar peleando en varios frentes a la vez: contra el imperio, contra la penetración en suelo patrio, contra las tendencias desviacionistas. ¡Es interminable! Y además -quizá sea lo más difícil- contra la propaganda sucia con que el enemigo nos ataca. ¡Usted no se imagina todo lo que cuesta eso! La actitud de Nicolás era la de un buen maestro dando su clase. Eduardo lo escuchaba con atención.

De pronto fue Nicolás quien sorprendió a su oyente. Con pasmosa tranquilidad preguntó:

"¿Ustedes también torturan?" Antes de esperar la respuesta pidió otros dos whiskies al mesero que pasaba.

"Bueno, ahora que ya estamos agarrando confianza y somos 'cuates', como dicen en este país -¿también usaría esa palabra Trotsky?- le voy a contar: ¡sí, por supuesto que lo hacemos! Es parte de nuestra lucha. Es la mejor manera de conseguir información. Y no sólo eso. También sirve para asustar al enemigo."

"Coincidimos bastante".

"Sin dudas", sonrió Eduardo. "Vea: no sé contra quiénes pelean ustedes", siguió diciendo con aire profesoral, "quizá sea el mismo enemigo que el nuestro, no sé, pero está claro que hablamos el mismo lenguaje. ¿Sabe una cosa? Usted me cae bien, me parece una buena persona."


"Lo mismo usted", agregó Nicolás con una sonrisa bonachona.

"¿Y… gana bien en su trabajo?", terció Eduardo buscando un punto de complicidad. Incluso guiñó un ojo cuando hacía su pregunta.

"Digamos que… no mal. En realidad el sueldo no es muy bueno que digamos, pero uno siempre se ayuda con algunas otras cositas."

Ambos sonreían pícaramente; no era necesario decir cosas que estaban sobreentendidas. Tratando de ser magnánimo, Eduardo agregó:

"En realidad, le voy a contar, nosotros ganamos más con las extras que con el salario de planta, ¿sabe? Trabajitos para ayudarnos, ¿entiende?"

"Ah…", dijo doctoralmente Nicolás. "Bueno, igual nosotros. ¿Y cuáles son sus extras?"

"Usted sí que sabe buscar la información, picarón. Bueno, se lo cuento si usted me lo cuenta primero."

"No, así no vale. Hagamos otro trato: le cuento intimidades de mi trabajo si usted me dice cómo se llama su jefe."

"Pero eso es muy fácil. ¿Sólo el nombre? Pues se lo digo ahora mismo: yo dependo orgánicamente…"

"¡No, no!", interrumpió Nicolás. "No le pregunto por su superior inmediato. Me refiero al proyecto para el que trabaja, la razón última de sus actos."

"Me imagino que será Dios. El es la razón última de todo ¿no?", dijo Eduardo con ingenuidad nada fingida.

"¡No, tampoco! Quiero decir: ¿no hay nadie entre usted y Dios? ¿Quién es el más poderoso en su país?"

"¿A dónde me quiere llevar con todo esto?", reaccionó Eduardo con actitud de desconfianza. "¿O también conmigo quiere probar a interrogarme?"

"¡Tranquilícese, hombre! Le quiero decir que, supongo, usted -al igual que yo- ha de trabajar para algún fin superior que, quizá, ni siquiera conoce bien. Yo, por ejemplo, trabajo para un Estado que defiende un determinado modo de vida, valores, principios. Y más o menos, sin ser un especialista en la materia, los conozco. ¿Usted para quien trabaja?"

Eduardo se sentía embarazado. Bebió de un sorbo lo que le quedaba en la copa y, rascándose una oreja, agregó con parsimonia:

"Le tengo que confesar que no lo sé."

"Pero… están en guerra me dijo. ¿No sabe contra quién pelea?"

"Bueno, en cierta forma sí. Pero sucede que antes que comenzara la guerra yo hacía este mismo trabajo, y no cambió mucho. Desde hace como diez años me dedico a hacer confesar a los que nos traen al departamento. Y no hay mucha diferencia entre los infelices que nos traían antes y los que llegan ahora. Todos gritan de la misma manera, lloran, se cagan, todos iguales, y todos son igualmente culpables. Pero, Nicolás… ¿a usted no le pasa lo mismo en su trabajo?"

"En realidad… sí. Yo se lo pregunto a usted, pero si me pongo a pensar en lo que me sucede, creo que estoy igual. Más de una vez pensé qué haría yo si estuviera en el lugar de esos tipos… Bueno, ante todo, yo no estaría ahí, porque no me buscaría esos problemas."

"¿Y contra quién es su guerra entonces?"

"Contra los imbéciles que se buscan problemas", contestó con convicción Nicolás. "La gente normal no se anda metiendo en líos, no anda molestando por pequeñeces. ¡Pobrecitos! Al final uno ve que los manipula el enemigo."

"No entiendo bien. ¿Quién es el enemigo contra el que ustedes pelean entonces? Los que usted les toca… ¿cómo decirlo?... hacer recapacitar, ¿son sus enemigos?, o ¿son otros?", preguntó con cierto sarcasmo Eduardo.

Antes de contestar, el rubio interrogado, con sus cachetes visiblemente enrojecidos y con la lengua ya algo estropajosa, ordenó dos copas más. Luego, alzando su índice admonitorio, respondió:

"Es que... cualquiera puede ser el enemigo. Cualquiera que no comparta la doctrina correcta, ¿vio? Ya que somos ¿'cuates' dijo que se decía, verdad?, bueno, ya que somos compinches, le confieso algo: una vez me tocó trabajar contra un primo. Como era un familiar cercano pedí no hacerlo yo mismo, y se me concedió. De todos modos no pude impedir que se lo interrogara. Y en realidad era por una estupidez suya: no estaba de acuerdo con una directiva que le había dado el director de la escuela donde trabajaba -era maestro-. ¡Mire qué estúpido! Fue para el sesenta y ocho, cuando los disturbios de Praga, ¿se acuerda?"

Eduardo asintió con la cabeza, avergonzado de no saber de qué se trataba.

"En ese entonces mi primo -Eduardo se llamaba también- discutió innecesariamente con su jefe pretendiendo tener la razón. Creo, incluso, que quiso organizar a sus compañeros de trabajo para que lo siguieran. ¡Estúpido! ¿Para qué meterse a discutir cuando no hay que discutir? Por supuesto, mi departamento de bomberos terminó poniéndolo en vereda. Claro, se excedieron, y el pobre murió. Pero, en fin… son riesgos del trabajo." De un sorbo terminó todo el whisky que le acababan de servir. Tenía la frente bañada de gotas de sudor. Eduardo escuchaba con los ojos desorbitadamente abiertos.

"¿Se le han muerto muchos interrogados?", preguntó finalmente el moreno, con aire de consulta entre profesionales.

"Muy pocos, muy pocos. Tenemos técnicas muy efectivas. ¿Y a usted?"

"Mire, le voy a contar la verdad. Nosotros, a veces, buscamos deliberadamente que se nos muera en la 'sala de operaciones', como le decimos. Lo buscamos para que los secuaces de estos hijos de puta se den cuenta a todo lo que estamos dispuestos. Varias veces, incluso, me tocó dar el tiro de gracias." Cuando decía esto, Eduardo se llevó la mano maquinalmente a la cintura, encontrando que ahora no cargaba su pistola. "Bueno, es un tic profesional. Cada vez que hablo de estas cosas saco mi Panchita -como le digo yo a mi nueve milímetros- y la exhibo."

"¿Nueve milímetros?", preguntó con interés Nicolás. "¡Igual que nosotros!"

"¡Sí, hombre! ¡Cuántas coincidencias! ¿Sabe una cosa? Me gustaría conocer su país. Parece que están muy desarrollados."

"¿Por qué no? De pronto podríamos impulsar un seminario internacional como éste donde ahora están nuestras esposas para hacer intercambio de experiencias. Yo, si me permite que le cuente, tengo una teoría sobre el tema de los interrogatorios", comentó con suficiencia Nicolás.

"¿Si? ¿Y qué teoría?"

"Pues, yo opino que la mejor manera para lograr información es no precipitarse, hacer el papel de bueno, casi terminar siendo un amigo que convence. Eso, según experiencia propia, da más resultado que golpes y tormentos. Se lo aseguro, mi amigo."

"¿Usted cree?", dijo incrédulo Eduardo.

"Garantizado, compañero. Son años de experiencia."

"Quizá, quizá. Seguramente tendríamos mucho para un seminario ¿no? Yo le podría contar muchos secretos de cómo lo hacemos. Pero, en fin… voy a plantearles a mis superiores esta idea de un encuentro de intercambio. Me gusta, me gusta la idea."

En esos momentos llegaron Vilma y Sofía, alegres, habiendo comenzado a estrechar una íntima amistad. Sus respectivos maridos abandonaron la conversación para zambullirse en otros temas vinculados al desarrollo del encuentro. Minutos después los cuatro nadaban en la piscina del hotel.

Dos días después Eduardo y Vilma regresaban a su país natal en Centroamérica, donde la represión anticomunista de la dictadura de turno no perdonaba ni un solo sospechoso, brutal, sanguinaria. Nicolás y Sofía volaban, previo paso por Moscú, hacia su tierra de origen, país del este europeo donde la policía secreta no perdonaba ni un solo sospechoso, brutal, sanguinaria. El seminario de intercambio del que habían comenzado a hablar al calor de las copas jamás se realizó; Vilma murió en un accidente automovilístico seis meses después de este encuentro, y Nicolás es ahora director de su departamento con la categoría de comisario general.


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