miércoles, 6 de marzo de 2013

A propósito del Día Internacional de la Mujer: Rosa y Clara, dos nombres para la libertad

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

El 8 de marzo de 1908, 40 mil costureras industriales de una fábrica estadounidense se declararon en huelga con el objetivo de reivindicar un sueldo digno, la reducción de la jornada de trabajo a diez horas y la prohibición de utilizar mano de obra infantil.

Tienen buena parte de la historia quemándolas, invisibilizándolas, relegándolas. En fin, silenciándolas. Perfeccionaron con ahínco y precisión cada una de las trampas para atraparlas y convencerlas de que están mejor en la cocina o como lindos adornos en una reunión o en la mesa. Pero muchas de estas brujas y hechiceras que se salvaron de la hoguera se convirtieron en esclavas primero de las ollas y los maltratos, y después de la moda y las dietas, la cirugía y los cuerpos perfectos.

Muchas se negaron. Una y mil veces dijeron que no, infinitas veces, a lo largo de toda la humana historia. Se opusieron a convertirse en eco sin voz. Por eso y más son ejemplo de lucha, de convicción, de esa sabiduría que nace de cada memoria propia y ajena.

Pero no se trata del feminismo a secas, sino de la posibilidad de encontrarse diversos, diversas, cálidas, turgentes, liberadas y liberadoras de la historia que nace de sus vientres. Estas mujeres a las que Silvio Rodríguez canta, esas que “la historia anotó entre laureles. Y otras desconocidas, gigantes, que no hay libro que las aguante”, viven, perduran en el imaginario de los tiempos vividos, de los días conquistados y del futuro que se hace imprescindible y único, germinado de esperanzas.

Por eso y más, cada marzo tiene rostro de mujer. Y es que el Día Internacional de la Mujer conmemora las batallas libradas por alcanzar reivindicaciones que tal vez hoy nos parecen poco. La reducción de la jornada laboral y el voto femenino fueron estandartes de otros tiempos.

Día de la Mujer

El 8 de marzo de 1908, 40 mil costureras industriales de una fábrica estadounidense se declararon en huelga con el objetivo de reivindicar un sueldo digno, la reducción de la jornada de trabajo a diez horas y la prohibición de utilizar mano de obra infantil.

Como si aún las hogueras de la inquisición siguieran encendidas, 129 de ellas murieron carbonizadas en el interior de la fábrica en un incendio que fue respuesta a la manifestación pacífica. Y en recuerdo a estas mujeres, años más tarde Clara Zetkin propuso en la conferencia de mujeres socialistas celebrada en Copenhage, que el día 8 de marzo fuese el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, resolución que quedó aprobada desde entonces, y desde aquellos años sigue siendo un tiempo de reflexión sobre el futuro que aún está por edificar.

Clara

Organizadora del movimiento feminista socialista alemán e internacional, Clara Zetkin (Alemania 1857- Unión Soviética 1933) fue uno de los estandartes de la lucha antirreformista e internacionalista durante la Primera Guerra Mundial. Además fue cofundadora y dirigente del Partido Comunista alemán, miembro destacado de la Internacional Comunista, diputada y propagandista. El discurso y la praxis revolucionaria de Clara siempre fueron cónsonos con la necesidad de alcanzar la igualdad y la complementariedad entre mujeres y hombres. Muchas veces hizo llamados al reconocimiento de la mujer como vanguardia imprescindible de la consolidación del socialismo.



A partir de 1914, año en que Alemania entró en la I Guerra Mundial, Zetkin colaboró con su amiga Rosa Luxemburgo en actividades para detener la guerra, se unió a los espartaquistas y fue encarcelada en reiteradas oportunidades. Se convirtió en miembro del primer Comité Central del Partido Comunista, en 1918, y lo representó desde 1920 hasta 1932. Durante su última intervención hizo un llamado a la unidad contra el auge de los nacionalsocialistas (el fascismo que tomaba fuerza en Europa). Finalmente, cuando Hitler alcanzó el poder en 1933, Clara Zetkin se exilió en la Unión Soviética, donde murió poco después.

Rosa

Contemporánea con Clara, Rosa Luxemburgo (Zamosc, Imperio ruso, 5 de marzo de 1871 – Alemania, 15 de enero de 1919) fue “la rosa roja” que luchó del lado de la orilla donde habitan los más que menos tienen.

Filósofa, política, revolucionaria y teórica del marxismo desde muy joven fue activista del movimiento socialista. Escribió desde joven con una entrega sin límites y pronto llegó a ser una de los principales colaboradores del periódico teórico marxista más importante de la época, el “Die Neue Zeit”.



Junto con Clara, cuando estalló la Primera Guerra Mundial (1914-1918), integró el grupo internacional que en 1916 se convirtió en “Liga Espartaquista”, un grupo marxista revolucionario que sería el origen del Partido Comunista Alemán. Junto con la revolución rusa de febrero de 1917 maduró sus ideas políticas, que se tradujeron en oposición revolucionaria a la guerra y lucha por el derrocamiento de los gobiernos imperialistas.

Encarcelada, la revolución alemana la liberó el 8 de noviembre de 1918. Y volvió a sumergirse con pasión en la lucha revolucionaria. El recién inaugurado 1919 la contempló sembrarse para siempre en la tierra y en la historia. Rosa Luxemburgo cayó asesinada por el ejército, liderado por el ala derecha de la socialdemocracia y generales del antiguo ejército del Káiser.

Estas mujeres, todas ellas, viven en el imaginario colectivo, en las reivindicaciones conquistadas a canto y lucha. Viven en la ternura con que toda madre mira el futuro en los ojos del hijo, en el viento que caricia los cabellos, en la aspereza de las manos que friegan platos y pisos ajenos, en los surcos que el tiempo pone en las mejillas. Viven, en la vida que no se termina sino que se prolonga en los vientres y en los gestos cotidianos. Clara y Rosa son dos nombres de la historia, son canto de lucha, de solidaridad y de libertad que se anuncia y se proclama en el sol que amanece cada mañana.

El futuro por Clara Zetkin

“Nada más que una sociedad socialista, con la desaparición del sistema actual dominado por la propiedad privada, desaparecerán las oposiciones sociales entre los poseedores y los que no tienen nada, entre hombres y mujeres, entre el trabajo intelectual y el trabajo manual. La abolición de tal oposición, sea la que sean no puede llegar más que a partir de la lucha de clases misma. Si las mujeres proletarias quieren ser libres, es preciso que unan sus fuerzas a las del movimiento obrero”.

Reforma o revolución por Rosa Luxemburgo

“El fundamento científico del socialismo reside, como se sabe, en los tres resultados principales del desarrollo capitalista. Primero, la anarquía creciente de la economía capitalista, que conduce inevitablemente a su ruina. Segundo, la socialización progresiva del proceso de producción, que crea los gérmenes del futuro orden social. Y tercero, la creciente organización y conciencia de la clase proletaria, que constituye el factor activo en la revolución que se avecina”.


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Mujeres


Silvio Rodríguez

Me estremeció la mujer
que empinaba sus hijos
hacia la estrella de aquella
otra madre mayor
y como los recogía
del polvo teñidos
para enterrarlos debajo
de su corazón.
Me estremeció la mujer
del poeta, el caudillo
siempre a la sombra y llenando
un espacio vital
me estremeció la mujer
que incendiaba los trillos
de la melena invencible
de aquel alemán.
Me estremeció la muchacha
hija de aquel feroz continente
que se marcho de su casa
para otra, de toda la gente.
Me han estremecido
un montón de mujeres
mujeres de fuego
mujeres de nieve
pero lo que me ha estremecido
hasta perder casi el sentido
lo que a mi mas me ha estremecido
son tus ojitos, mi hija
son tus ojitos divinos.
pero lo que me ha estremecido
hasta perder casi el sentido
lo que a mi mas me ha estremecido
son tus ojitos, mi hija
son tus ojitos divinos.
Me estremeció la mujer
que parió once hijos
en el tiempo de la harina
y un kilo de pan
y los miró encurecerse
mascando carijos
me estremeció porque era
mi abuela, además.
Me estremecieron mujeres
que la historia anoto entre laureles
y otras desconocidas gigantes
que no hay libro que las aguante.
Me han estremecido...


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Mujeres


Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Trataban de no mirarse a la cara porque las dos se sabían impresentables. Doña Sofía, la señora de la casa, tenía los ojos inflamados de tanto llorar. Ramona, la empleada, quería ocultar su ojo morado. Ambas intentaban esconder lo que era evidente: sufrían mucho.

La patrona había pasado ya los cuarenta; proveniente de una aristocrática familia de Santafé de Bogotá y casada con alguien de otro no menos encumbrado linaje, toda su vida había sido un derroche de lujos y comodidades. Ahora, habiéndose enterado de la relación extramatrimonial de su esposo, buscaba entre sus innumerables amistades y sus continuas actividades sociales, en general frívolas, olvidar un poco la pena que la carcomía.

Ramona, originaria del Putumayo, hacía más de diez años que trabajaba en esa casona. Había llegado a la capital cuando adolescente, y ahora con dos hijos –de su anterior pareja– y uno más que venía en camino, se arrepentía de haber iniciado esta nueva relación con Nicanor. Que no fuera muy cariñoso con ella, hasta podía disculpárselo. Pero la violencia física no la toleraba. Casi todas las semanas aparecía con alguna nueva evidencia de agresiones.

Ambas fingían que las cosas estaban tranquilas. Casi quince años de convivencia –una sirviendo, la otra siendo servida– les había permitido llegar a conocerse bastante. El trato siempre había sido distante; una ricachona, esposa de uno de los banqueros más importante del país, no podía dignarse tratar de igual a igual a una de sus tres sirvientas. De todos modos, para doña Sofía Ramona era la preferida de su servidumbre y, secretamente, sabía que con ella podía contar en forma casi incondicional. Sin embargo, ahora prefería no dejarse descubrir en su desgracia.

Ramona, llegada a la casa para el momento mismo del casamiento de su patrona, experimentaba por doña Sofía una combinación extraña de sentimientos. No la estimaba, pero la fuerza de la costumbre había ido desarrollándole una rutina en donde no se le ocurría su vida sin estar atendiéndola. Fundamentalmente, muy en secreto, la envidiaba. Aunque no le quedaban muchas alternativas, no se resignaba a aceptar que una tuviera tanto y tanta felicidad, mientras que la otra debía conformarse siempre con migajas.

Doña Sofía le vio el moretón en su ojo izquierdo y no necesitó preguntar nada, adivinando lo que había sucedido. Otra agresión más de su acompañante, supuso acertando. Ramona se dio cuenta que le había descubierto la evidencia del golpe, y simplemente trató de desviar la mirada.

Pero a la inversa no fue lo mismo: era raro que Ramona viera a doña Sofía acongojada, sufriendo. La idea que tenía de su señora era otra: alguien siempre jovial, dinámica, sin problemas, a quien la vida le sonreía en todo. Inmensamente rica, muy atractiva aún pese a sus cuatro décadas, todo el tiempo bien arreglada, madre de dos hijos encantadores, paseando continuamente y comprando lo que se le venía en ganas, para Ramona era impensable que alguien así pudiese sufrir. Pero ese semblante de ahora era inequívoco: doña Sofía había estado llorando por mucho tiempo. No dijo nada –las normas de respeto así se lo indicaron–, si bien estuvo tentada de preguntarle qué le pasaba, de tenderle una mano.

Toda la vida de doña Sofía tenía algo de cuento de hadas. Siempre cumpliéndosele hasta el más mínimo capricho, con todos los lujos que deseaba, habiendo viajado alrededor de medio mundo, parecía que no conocía lo que era el sufrimiento. Su matrimonio había funcionado perfectamente hasta unos meses atrás. Cuando descubrió que algo había cambiado, quiso evitar pensar en el asunto. El gimnasio, las reuniones con amigas y los desfiles de moda, en principio, bastaban para mantenerla distraída. Pero la situación fue tornándosele cada vez más molesta, y aunque ella misma no podía creer que eso fuera posible, la confirmación de la agencia de detectives que contrató terminó por convencerla: su esposo estaba saliendo regularmente con otra mujer.

No era la primera vez que sabía de alguna aventura extramatrimonial de él; en todos los años de matrimonio, en dos ocasiones habían tenido crisis por ese motivo. Pero en ambos casos se trató de salidas ocasionales sin consecuencias ulteriores. Siendo doña Sofía muy desconfiada, a partir de pequeños indicios había podido intuir las libertades tomadas por Leonardo. En ambos casos, luego de pequeños cortocircuitos pasajeros, las cosas habían vuelto a la normalidad conyugal. La segunda de las oportunidades, la crisis fue el preámbulo de un viaje al Lejano Oriente en calidad de reconciliación que el esposo pagó con gusto: dos meses por China, Nepal, Tailandia, Japón y la India. Pero ahora la cuestión se percibía más grave; no era una noche en que no regresó al hogar con alguna excusa. No; ahora había otros matices más preocupantes. "La crisis de los cuarenta", hipotetizó doña Sofía. Efectivamente, algo de eso había. Leonardo, con cuarenta y cuatro años y una más que holgada posición económica, no tenía nada de qué quejarse respecto a su esposa. Pero la rutina había comenzado a invadir sus vidas como pareja, y él empezó a permitirse algunas salidas extramatrimoniales. No muchas, pero sí las suficientes como para convencerlo que todo eso no era, en realidad, tan pecaminoso como le habían enseñado. Franqueada esa barrera, los viajes inesperados por un par de días comenzaron a hacerse más frecuentes. Doña Sofía lo intuyó rápidamente. Circunstancias fortuitas –comentarios de unas amigas que lo vieron con otra mujer en situación comprometedora en algún aeropuerto fuera del país– la terminaron de convencer que había algo más que alguna escapadita. Llegó a saber, entonces, que se trataba de una relación bastante sólida con la sub-gerente de una empresa multinacional radicada en Colombia. Economista de profesión, treinta y tres años, estadounidense de origen, Leonardo había empezado a perder la cabeza por esta mujer. Las desavenencias en su casa no se hicieron esperar.

Doña Sofía no sabía qué quería: si retenerlo o separarse. Si fuese la primera opción, no encontraba la manera de lograrlo. La separación, pese a lo angustiante de la situación que estaba viviendo, tampoco la convencía. Formada como buena católica, prefería aguantar resignada a un divorcio, siempre escandaloso para su gusto. Le preocupaba mucho la cuestión de la imagen social.

Ramona, como tantas mujeres, sufría por causa de los varones. El primer hijo lo tuvo como madre soltera. Cuando el niño tenía ya dos años, volvió a quedar embarazada del mismo hombre, siendo entonces que decidieron –luego de interminables ruegos de ella– vivir juntos. No se casaron, pero al menos el muchacho cumplía con sus obligaciones paternas. Convivieron por dos años. Luego la situación se hizo insostenible y decidieron distanciarse.

Ella vivió poco tiempo en la casa de doña Sofía; pero desde que dejó de ser personal cama-adentro, en años de trabajar ahí nunca faltó un día. Ya era una inveterada rutina viajar casi dos horas diarias para llegar a la residencia de la familia. El tiempo le fue dando cierta confianza, y a instancias de su patrona, a veces se permitía contarle algunos detalles de su vida personal. Si algo resaltaba, era el sufrimiento. Escaso ingreso, condiciones de sobrevivencia muy duras –vivía en una humilde casa en un cerro junto a su hermana, su cuñado y tres sobrinos, más sus hijos– y la violencia era cosa cotidiana. Andando el tiempo conoció a Nicanor, un albañil bastante mayor que ella, separado. Más por error que por decisión propia, volvió a quedar embarazada. Nicanor no era mala persona, pero la violencia física le era algo normal, común. Pegarle a Ramona prácticamente no lo tomaba como una transgresión. Desde toda su vida había visto que eso era lo que hacían los varones, por lo que no le podía resultar llamativo ni improcedente alguna paliza de tanto en tanto. Cuando ella le escuchó la frase –pretendidamente simpática, elocuente por su cruda sinceridad– "a las mujeres hay que pegarles aunque sea por las dudas", se le hizo patente que se había equivocado: Nicanor no era lo que ella necesitaba.

Pero si no era la violencia de Nicanor –que en realidad no era mala persona, sentía Ramona– era la irresponsabilidad de Jacinto, el padre de sus dos hijos, o la infidelidad del señor Leonardo, como ahora veía en la familia donde servía… Los ejemplos sobraban. La conclusión casi obligada era que los hombres no tienen arreglo.

Similar conclusión también iba sacando doña Sofía: si no eran agresivos como "el bruto de ese albañil que le vive pegando a la muchacha" eran infieles, como el caso de su esposo. "Todos, en definitiva, son iguales", remataba con amargura.

Por distintos caminos, señora y empleada llegaron ese jueves por la tarde al mismo lugar: el grupo femenino de autoayuda "Nosotras valemos".

Ramona, luego de mucho pensarlo, se decidió contactar con unas muchachas que solían visitar su comunidad y quienes le habían comentado en varias oportunidades sobre la conveniencia que las mujeres hicieran valer sus propios derechos, que las agresiones varoniles debían ser denunciadas, que había que perder el miedo de levantar la voz.

Doña Sofía, un poco asustada porque todas estas organizaciones de "mujeres, hippies y drogadictos" le evocaban un trasfondo de "guerrilleros comunistas", finalmente pudo quebrar el miedo y optó por llegar a ese grupo del que se había informado. Prefirió consultar su actual problema conyugal ahí y no con sus amigas porque le daba mucha vergüenza ventilar sus aflicciones con gente conocida. En este lugar, al menos, no la conocía nadie.

En la sesión de esa tarde participaban quince mujeres, y había tres facilitadoras: dos psicólogas y una trabajadora social. Todas las participantes llevaban problemas con una temática común: sufrían por su situación de ser mujeres, por el maltrato físico en muchos casos, por la irresponsabilidad varonil, por la discriminación a que se veían sometidas por su género. Eran todas heterosexuales.

Cuando doña Sofía y Ramona se vieron, quedaron paralizadas. Podrían haberse retirado, pero ninguna de las dos se decidió a hacerlo. En realidad podrían haberlo hecho, pero al mismo tiempo no podían. Reconocerse mutuamente las dejó mudas, heladas, pegadas a sus sillas. Aunque hubieran querido salir corriendo –y las dos lo quisieron hacer, lo pensaron incluso– las piernas no les respondían. Era una sensación confusa para ambas: creían que podrían hablar con la más absoluta libertad con gente desconocida y que al mismo tiempo las entenderían, como sucede con el confesor en la iglesia. Pero ambas se encontraron con esta sorpresa desconcertante. Con quien menos imaginaban encontrarse era, precisamente, una con la otra. Y ahí estaban, frente a frente, en el medio un grupo de otras mujeres con similares sufrimientos, separadas solo por un par de sillas.

Cuando les llegó el turno de presentarse, con disimulo se miraron una a otra. A doña Sofía se le quebró la voz y comenzó a llorar. Con la ayuda de las facilitadoras pudo balbucear algunas frases; en ningún momento miró a Ramona. Sollozando, tropezándose una palabra con la otra, pudo contar el motivo que la llevaba ahí y la angustia con que se encontraba en este momento de su vida. Supuso que si no hubiera estado presente Ramona se hubiera podido explayar con más facilidad; de todos modos no quiso hacer la más mínima alusión a la presencia de su empleada dentro del grupo.

A su turno, Ramona se mostró más armada que su patrona. No lloró sino que habló casi con odio. Ella misma se iba sorprendiendo de sus propias palabras al escucharse. Al sentir un profundo silencio en el grupo, índice del interés que las otras mujeres mostraban respecto a lo que decía, se animó a seguir hablando cada vez más. Relató con mucha fuerza expresiva todo lo que había sufrido en sus relaciones con los hombres, sus expectativas nunca cumplidas, los golpes recibidos. Sin hacer referencia a la presencia de doña Sofía, habló de su historia de sufrimiento, de cómo nada en la vida le resultaba fácil, de la difícil lucha para sobrevivir y, con un marcado resentimiento, de la envidia que sentía por la gente a la que ella veía como tan bien acomodada, supuestamente libre de problemas.

Cuando doña Sofía la escuchaba, se mordía los labios. Si bien podía entender todo lo sufrido por su empleada, la sublevaba esa forma casi desafiante con que Ramona relataba su historia, implicando implícitamente a su patrona aunque sin nombrarla nunca.

Como Ramona y doña Sofía eran nuevas en el grupo –primera vez que asistían–, luego de presentadas sus historias las facilitadoras pidieron al colectivo expresar sus opiniones sobre los relatos. Hubo diversas reacciones, pero en general el tono fue de solidaridad para las dos recién llegadas, de apoyo a sus situaciones. No faltaron recomendaciones.

Cuando fue el turno de cada una de ellas dos para opinar sobre lo relatado por la otra, ambas se sintieron incómodas. Primeramente habló doña Sofía, quien no se ahorró palabras para denostar la conducta de Nicanor, a quien trató de bruto, animal, bestia y algún otro calificativo por el estilo. Incluso dejó caer alguna velada crítica para Ramona, a quien en ningún momento dijo conocer, pero a la que amonestó por no hacer reaccionado antes dejando plantado a su agresor.

Al tomar la palabra Ramona, agradecida por las muestras de solidaridad de todas las otras mujeres pero igualmente molesta por la intervención de su patrona, tampoco dijo nada de la relación laboral establecida entre ellas dos. Se solidarizó con lo expuesto por ella en relación a la relación extramatrimonial de su esposo, pero no dejó de recalcar, no sin cierto grado de mordacidad, que cuando hay abundancia de recursos las cosas son infinitamente más fáciles de sobrellevar.

Dado que doña Sofía no había dado mayores detalles de su posición económica, para el grupo resultó un tanto incomprensible, hasta discordante inclusive, la intervención de Ramona. Si bien dijo entenderla en su desgracia, engañada, hecha a un lado, despreciada por su marido que ahora salía con otra mujer, había al mismo tiempo algo de ataque hacia la patrona, oculto quizá, pero ataque al fin. Una animosidad ancestral –en definitiva la dupla patrona-empleada permanecía– se escapaba visceralmente por todos sus poros. Y Ramona no quería disimularlo.

La reunión, aunque angustiante por todas las historias presentadas y los casos de inequidad que se ventilaron, tuvo un talante ameno. Las asistentes, en general, salieron reconfortadas, con ideas nuevas, dispuestas a hacer algo para cambiar su histórica situación de exclusión. Pero no fue totalmente así el caso de doña Sofía y de Ramona. Las dos se fueron, en parte, con ese ánimo retaliativo; "no hay que dejarse", era la consigna generalizada. Aunque al mismo tiempo el encuentro les permitió verse, una vez más, en proyectos diametralmente opuestos, que si bien tenían cosas en común –ambas, como mujeres, se encontraban en desventaja con los varones–, en todo lo demás las alejaba de modo irremediable.

Al día siguiente volvieron a verse la cara, pero ahora en otra circunstancia: era la residencia de doña Sofía. Ésta se mostraba molesta, nerviosa. Luego de mucho pensarlo y repensarlo, llamó a Ramona a un cuarto con privacidad, para que nadie las escuchara.

Fue clara y precisa en su exposición; con fuerza, casi con altanería, le dijo a Ramona haber percibido un profundo malestar en su relación para con ella en su intervención del día anterior en el grupo de mujeres.

–"Como mujeres estamos mal las dos"–, comenzó diciendo con decisión, "pero me parece que aquí hay otro malestar más, Ramona. ¿No está conforme conmigo? ¿La molesta algo de mi parte?". Lo preguntó con un tono que, aunque pretendía ser dulce y quizá hasta conciliador, en el fondo dejaba ver prepotencia.

–No, señora–.

–¿Y por qué esos ataques ayer, diciendo todo eso que con dinero las cosas son más fáciles, que alguien con muchos recursos no sufre? ¿Usted cree, Ramona, que toda mi fortuna me puede salvar del sufrimiento de verme engañada por el hombre a quien quise tanto?–

–Bueno…mire doña Sofía. Ya que me lo pregunta de esa manera: sí. Yo creo que aunque la esté pasando mal ahorita, tiene muchas más posibilidades que yo de resolver su situación. Si se separara, por ejemplo, como muy probablemente pueda terminar sucediendo, no le va a ir tan mal como a mí–.

–¿Por qué cree eso?–

–Porque es así, doña Sofía. Es cierto que como mujeres estamos mal, tal como recién lo dijo. A las dos nos joden, pero yo no puedo agarrar mi Mercedes Benz y pedirle al chofer que me lleve de compras a una boutique para desahogarme–.

–¿Y cree acaso que con eso resuelvo mi angustia, mi sufrimiento?–

–Tal vez no, pero eso ayuda, señora. Yo no puedo hacerlo. Y después de cada paliza que me da Nicanor lo único que me queda es rezar para que eso no vuelva a suceder. Pero de salir de compras para consolarme, ¡ni soñar!–

–No sé por qué piensa que salir de compras me puede solucionar algo. En todo caso lo único que hace es diferir el problema, lo que, al final, es más grave. Al menos usted tiene la posibilidad de decirle a su compañero que no venga más, y asunto arreglado. ¿Pero cómo hago yo para seguir manteniendo mi familia con un esposo que me engaña y que en cualquier momento se va?–

–¿Y cómo hago yo para siquiera tener una familia? Mire, creo que las dos, a nuestro modo, estamos mal. Todas las mujeres sufrimos a causa de los hombres, ¡todas! Quizá las monjas sean las únicas que se salven, si es que a eso se le puede decir salvarse. Pero, tal como nos decían ayer en el grupo, no son los varones nuestros enemigos. Es el machismo lo que nos jode, el ¡machismo! Aunque con dinero en la mano, todo es más fácil doña Sofía. Y eso no me lo puede negar–.

Doña Sofía no encontró más palabras para seguir la conversación. Tenía una confusa mezcla de sentimientos: sentía ganas de llorar, de reconocer como una igual a esa otra mujer que tenía delante y que también sufría –quizá más que ella, pudo admitir en silencio, aunque sin aceptar los argumentos de Ramona–, pero también se veía ridícula por mantener una charla de igual a igual con alguien a quien, según su criterio, no podía poner como igual. Pensó en despedir a su empleada, simplemente por considerar que estaba faltándole el respeto. Y casi lo hace. Aunque al mismo tiempo reconoció que no se lo merecía, que tenía infinitamente menos recursos que ella para afrontar la vida. Pero lo que más la detuvo fue pensar que, si volvían al grupo –de hecho ella pensaba hacerlo– hubiera sido de muy mal gusto que se supiera esa otra historia. "No era correcto mostrarse tan inhumana", pensó.

Doña Sofía llegó a las sesiones siguientes; no así Ramona. Ella optó por buscar ayuda en otro sitio porque se le hacía demasiado molesto hablar de sus problemas íntimos sabiendo que en el grupo había alguien a quien sentía tan distante. Siguió trabajando en la casa, aunque siempre tratando de no vérselas cara a cara con su patrona.

Al cabo de un tiempo Leonardo planteó formalmente la separación. Doña Sofía casi muere con la noticia; hasta debió ser hospitalizada precautoriamente luego de la crisis que sufrió al recibir la propuesta de boca de su marido. Fue un pequeño episodio de desvanecimiento y parálisis facial temporal del que salió rápidamente. De buena católica no quería dejarse ver como mujer separada, y lo decía convencida. Aunque la fuerza de las circunstancias fue llevándola, muy a su disgusto, a aceptar la situación. En el juicio de divorcio, asesorada por su abogada, pidió una enorme compensación, logrando mantener la mayor parte de los bienes comunes. Los dos hijos, por supuesto, quedaron con ella.

De todo esto Ramona no supo nada sino hasta un mes después que Leonardo abandonara la casa. Su continuada ausencia fue llamando la atención del personal doméstico que, en todo caso, dedujo la separación. Por boca de doña Sofía nunca supieron nada. Ella se volvió más distante aún, y a Ramona prácticamente no volvió a dirigirle la palabra.

Ramona, asesorada por otras trabajadoras del nuevo grupo de autoayuda al que comenzó a asistir, tomó valor y le planteó a Nicanor que no quería continuar la relación, y que ella se haría cargo sola del hijo que venía en camino. Contra lo esperado, él aceptó, y esta vez no hubo paliza. Finalmente, luego de mucho pensarlo, decidió abortar.

La relación entre Ramona y doña Sofía fue haciéndose tensa. Anteriormente, de tanto en tanto la patrona solía preguntarle a su empleada sobre la marcha de su relación con Nicanor. Quizá más por formalismo que por real interés, al menos había algunas preguntas, una cierta preocupación por la suerte que corría con su pareja. Ahora, consumada la separación de Leonardo, y después de esa ríspida charla luego de la primera sesión en el grupo "Nosotras valemos", las cosas fueron cada vez más tirantes. Ramona comenzó a buscar un nuevo trabajo.

Si bien su patrona no era precisamente una confesora, antes Ramona al menos encontraba ahí un lugar donde contar sus problemas, un hombro donde reclinarse. Ahora eso era imposible. El saberse mutuamente golpeadas por la vida dada su condición femenina, en vez de unirlas, las había separado.

Ramona continuó asistiendo al grupo de mujeres, donde se sentía muy a gusto por cierto. Eso la ayudó a sobrellevar con entereza su aborto. Fue ganando en confianza y comenzó a sentir que allí, en esa organización y ayudando a otras mujeres, podía ser útil. Crecía mucho más que sirviendo a doña Sofía. Crecía personalmente, por supuesto, a la par de ayudar a crecer a otras mujeres. Sin dudas, se sentía muy a gusto en ese papel. Permitir hablar a mujeres que sufrían mucho, fomentar los relatos de todas las que asistían, siempre con problemas comunes en definitiva, ayudar a buscarle salidas a los eternos problemas de maltrato y desprecio, era algo que la hacía sentir muy bien, y que por cierto podía realizar con mucha solvencia. Para su sorpresa, las coordinadoras de la institución le ofrecieron trabajar como promotora. La habían visto realmente desenvuelta, capaz, por lo que decidieron hacerle ese ofrecimiento. Ramona no lo pensó dos veces. A la semana siguiente, y sin mayores preámbulos, dejó la residencia donde había trabajado por años y comenzó su nueva labor. Doña Sofía no hizo nada por retenerla.

Dos meses después de haber iniciado Ramona su nuevo trabajo con el grupo de mujeres, una vez más se encontraron. Doña Sofía, deprimida por la separación, no encontrando consuelo en todas las banalidades con que trataba de distraerse, asistió a esa organización que alguien le había recomendado.

Al encontrarse, la sorpresa fue enorme para ambas, pero más aún para doña Sofía. Pero seguramente la sorpresa más grande la tuvo al ver que su ex empleada la tuteó y no la trató con el ceremonial "doña".

–Todas y todos somos iguales, Sofía. ¿En qué te puedo ayudar?–


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América: Como cuidar el planeta


Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La academia internacional reunida en Lima la presente y la próxima semana, alerta no abandonar la cruzada para continuar el cuidado del planeta.

Especialistas latinoamericanos, de Estados Unidos y Europa, de la Universidad de las Naciones Unidas, Unesco y del Perú participan en el encuentro: “AMERICA PROPONE: Vías para la sostenibilidad de la vida”.

Este certamen permitirá conocer y debatir, entre otros temas, el Plan del Estado peruano 2021 para proteger la Infancia y Adolescencia - PNAIA, exposición a cargo de Julio Rojas Julca, viceministro de Poblaciones Vulnerables; la Sostenibilidad de las Ciudades por el experto Julio Kuroiwa y Teresa Salinas, directora del Peruvian Institute of The Complex Thought Edgar Morin. La cita la inaugura la ministra de Educación, Patricia Salas.

La sostenibilidad de la vida en el planeta, está en peligro, los cambios sociales y climáticos a los que nos enfrentamos requieren de una nueva forma de pensar y actuar, de una nueva relación entre los seres humanos y de estos con su hábitat, que reivindiquen la solidaridad y la dignidad de la vida.

Este diagnóstico nos indica que con los conflictos sociales, el ser humano va perdiendo la capacidad de valorar la vida y de lo que significa su propia felicidad.

La explotación desmesurada de recursos, el afán por el lucro desmedido y la ganancia, la falta de equidad, la contaminación del agua y del aire, la ceguera frente a los impactos de los fenómenos naturales y sociales (hambrunas, violencia, corrupción, etc.) son expresiones de una descomposición social que afecta la vida.

El programa incluye un Encuentro de Jóvenes y los Centros Regionales de Competencias en Educación para el desarrollo sostenible (RECs), incluyendo el de Lima - Callao. La feria de Buenas Prácticas mostrará las experiencias exitosas que contribuyan a mejorar la calidad de la vida en todas sus manifestaciones (salud, alimentación, vivienda, transporte, etc.)

Entre las exposiciones de expertos extranjeros figuran las de Unnikrishnan Payyappallimana, UNU-IAS; Charles Hopkins, Coordinator of the RCEs from the Americas; Ervin Laszlo, Budapest Club founder, Candidate to Nobel Prize, y especialistas de RCE Bogotá, Jalisco, Curitiba, Bélgica.

Las NNUU, en el 2005, convocaron a los Estados a trabajar, en el marco de la Década de Educación, a superar la brecha entre crecimiento económico no sostenible y los requerimientos de un desarrollo con equidad, puntos esenciales en la agenda social internacional.

Cumplido este periodo, UNESCO está organizando el Congreso Mundial sobre Educación para el Desarrollo Sostenible - EDS (Aichi-Nagoya, 2014) con los aportes de la Universidad de York (Canadá), el RCE Lima - Callao (Perú), el Ministerio de Educación del Perú, la Asamblea Nacional de Rectores, l´Asssociation pour Pensée Complexe (APC - Francia), la Corporación Complexus para el Desarrollo (Colombia) y el Instituto del Pensamiento Complejo, IPCEM - URP, entre otras organizaciones.


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Chávez y el Terrorismo mediático: “Siento el chirrido de ratas conspirando...”


Nechi Dorado (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Comenzó a funcionar la maquinaria infernal de los SICARIOS de la información, aceitados los engranajes para vender basura informativa refiriéndose a la desaparición física de un hombre que cambió los destinos de Nuestra América.

Lamentablemente habrá quien consuma esa basura informativa:

Serán algunos que se llaman a sí mismos poetas e intelectuales, carentes de análisis propio, los famosos NEUTRALES que no quieren cambiar nada.

Serán otros que no conocen siquiera donde está situada Venezuela y mucho menos la historia de esta Latinoamérica desangrada, pero hablan desde su propia incapacidad alimentada por un sistema en el cual son ellos mismos las víctimas centrales.

Serán los opinólogos, aunque el único análisis que resisten es el de su materia fecal.

Serán los que esperan que para no abortar el futuro hace falta que las soluciones caigan de algún cielo inventado por ellos mismos, basados en las sectarias sugerencias de un NEW AGE que nadie con sano juicio sabe de qué se trata, pero sí sabemos de dónde salieron.

Todos estos, junto con la maquinaria infernal, son los que se ríen de la muerte y de las lágrimas de los que sufren.

Ya comenzaron a hablar, digo. Y ante el dolor por la pérdida de Chávez, sumo el dolor que me provocan esos seres carentes de conocimiento y lo que es peor carente de ganas de acceder a ésos.

Porque la historia nos está pasando por arriba y esos sicarios por ideología o por neutralidad, hablan, dicen. Colaboran hasta sin darse cuenta -¡ni de eso se dan cuenta! , con las más repulsivas teorías conspirativas contra un continente que decidió ser ¡¡¡libre!!

Y me dan lástima, pero debo confesar que más que nada, me dan ASCO

Si Chávez fue tan bueno o tan malo podemos discutirlo, lo que no podemos dejar es de reconocer que Nuestra América comenzó a ponerse de pie. Y no podemos dejar de ver que comenzarán a atacar a los eslabones más débiles de esa cadena libertaria que acaba de quedar huérfana de padre: Rafael Correa, Evo Morales y otros y otras que aún no se definieron y andan nadando entre aguas revueltas, pero es el momento justo para que comiencen a pensarlo.

A la acción contra la maquinaria infernal que lobotomiza cerebros, debe contraponerse nuestra acción, firme y consecuente. No podemos cansarnos de hablar, aún convencidos que no todos sabrán ni querrán comprender. Ya te dije, hay mucho lobotomizado, tristemente…


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Música: Desde España, Joaquín Sabina

Joaquín Ramón Martínez Sabina (Úbeda, Jaén, 12 de febrero de 1949), conocido artísticamente como Joaquín Sabina, cantautor y poeta español de éxito en países de habla hispana.

Joaquín Sabina ha publicado catorce discos de estudio, cuatro en directo y tres recopilatorios y colaborado con distintos artistas cantando dúos y realizando otras colaboraciones. También compone para otros artistas como Ana Belén o Miguel Ríos entre otros. Los álbumes en directo son grabaciones de actuaciones en las que ha intervenido en solitario o junto con otros artistas: La mandrágora en (1981), junto a Javier Krahe y Alberto Pérez; Joaquín Sabina y Viceversa en directo (1986), junto a la banda Viceversa; Nos sobran los motivos (2000), Dos pájaros de un tiro (2007); Dos Pájaros Contraatacan (2012), junto a Joan Manuel Serrat. En su faceta literaria ha publicado nueve libros con recopilaciones de letras de canciones o poemas publicados en el semanario Interviú.



En el año 2001 sufre un leve infarto cerebral que pone su vida en peligro, recuperándose unas pocas semanas más tarde sin sufrir secuelas físicas, pero el incidente influye en su forma de pensar y se ve inmerso en una importante depresión, lo que le lleva a abandonar los escenarios un tiempo. Tras superarla, publica Dímelo en la calle (2002), al que seguiría su decimoctavo álbum, Alivio de luto (2005). El 17 de noviembre de 2009 publica Vinagre y rosas, su último álbum en solitario, del que se vendieron 200.000 copias en tan sólo un mes de su lanzamiento, consiguiendo tres discos de platino.

Para mostrar algunos de sus más famosos éxitos, dejamos aquí una pequeña muestra con tres conocidos temas de su autoría:

1. Y nos dieron las diez

2. 19 días y 500 noches

3. Hotel, dulce hotel


Fuente: Wikipedia


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Hilitos de seda

Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Imagen: Virginia de la Puente

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Una "Sanata Más..."

Carlos Alberto Parodiz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

- ¿Cómo te andan las cosas Osvaldo? ...
- Bien querido, trabajando mucho. Vos sabés que en esto, si te parás, te comen los ratones...
Insistí...
- ¿Pero realmente estás conforme?...
- Porque desde que se fue ASTOR a Europa no te he visto...
- Por eso pregunto...
- Bueno, mirá...
- Vos entendés que no es lo mismo, con ASTOR es otra cosa, pero laburar hay que laburar y yo no me quejo...



- Aquí hago dos entradas por noche y eso no te cansa mucho; lo que jode es la misma sanata todos los días; el repertorio es chico, sabés, además los muchachos hacen lo que pueden, aunque algunos no quieren mas guerra...

Mientras lo escuchaba, hablando su jerga particular, los lentes oscuros eternos, como la sonrisa desde donde caía una humildad desarmante, clasifiqué mi enojo, por sentirme incapacitado de juzgarle, muchas cosas censurables -no se donde saco que puedo juzgar-, pero, Osvaldo era así. Irradiaba esa sensación diáfana, que invitaba a la purificación inconsciente a quienes lo intuían.
Una clase de amigo que te duele, Me dije.
Para quien siempre deseas lo mejor, me conformé.
Tal vez por presentir que nunca lo va a lograr.
Tenía cuarenta largos y para el "ambiente" de la música popular, un pianista sin igual, pero condenado a no poder hacer lo suyo.
Lo más cercano que había conseguido era integrar el quinteto de ASTOR.
Este, el acontecimiento revolucionario del género, ganó prestigio Internacional, culminado en ese viaje a Europa, con olor a radicación "temporaria".
Paso que "sonaba" a fuga, vía dólares, igual a paz. Fórmula imprescindible, para algunos.
La epidemia contamina tanto a creadores como a mistificadores.
ASTOR viajó, dejando a los cuatro, "colgados de la percha".
A ellos les fue difícil todo.
El juicio crítico, muchas veces favorable, se convierte en obstáculo para conseguir trabajo porque, claro, "de repente sos tan bueno que te temen, no sea cosa que contagies talento y se vuelvan locos, haciendo las cosas bien", supo confiarme.
Por ésa causa, ANTONIO era violín de segunda fila en el Colón, "al fondo a la derecha". "QUICHO" buscaba, con respuestas copiadas; para un "bajista" de su categoría, nada; temerosos de pagar y él corría "la liebre". Osvaldo "hacía cambios, intentaba unirse a los dos, para "armar algo", pero no acertaban, a la hora de decidir el rumbo musical.
HORACIO, estaba "salvado". Director musical de una grabadora, el quinteto le significó distinción, recuperar respeto perdido, que ganara años atrás, cuando supo ser el mejor guitarrista del país.
El olor a "guita" alcanza a la prostitución de la capacidad.
Especulador, no contaba con las simpatías del resto. No le preocupaba.
Sí, la pérdida de "status", por disolución.
Pérdida de "seriedad" profesional, reconocidas y elogiadas, sobre todo en otros países.
Un hombre preocupado por las formas.
Osvaldo en tanto, un purista nato, un principista de la anarquía, sufría distinto, la misma situación. Lo sumía en la orfandad.
El orgullo es prisión con barrotes de cristal.
También presión en los costados virtuales de la vida.
La paciencia del entorno, a veces, tiene ritmo cardiaco.
Por allí vagaba, en las oscuras fronteras de la estupidez y la dulce credulidad de mi inocencia.
Por eso, en la mesa de café, viejo confesionario, me tiraba con la misma ansiedad, su necesidad de querer hacer algo mejor, estrellando letras y sonidos contra la pared de la experiencia probada.

- Innovar no es saludable...
- hacé lo mismo...
- lo viejo es éxito...
- "arreglá" lo probado...
- no arriesgues; "te quemás"...

Eran la suma de consejos de amigos, compañeros de ruta, locutores, supuestos especialistas en la música ciudadana, como les decían, tipos capaces de vender a la madre por un segundo de fama y, además, no entregarla.
Esa letanía siempre igual, era pesada, opresiva, agresiva, destructora.
Volví a mirarlo, detrás del humo del enésimo cigarrillo, sabiendo que no podía durar, que mentirse de esa forma tendría telón a breve plazo.
Lo vi rodeado de fantasmas.
De mitos y elogios.
De nada y de todo, pero invisible.
Sin poder.
Quieto.
Replegado.
Conforme.
Atado a una recomendación médica, cuidado con los bruscos cambios de Temperatura pasar de lugares cerrados, sin transición, corriendo riesgos en los pasajes súbitos del frío al calor.
Subiendo a un escenario, directo al piano, ataúd de sus mejores sonidos y repetir noche a noche el ritual asfixiante; el precio de subsistir.

- ¡... mozo ...!

Este llegó. Saco y pechera blanca, luto en la garganta.

- ¡... dos wiskies ... !
- ¿... tomás "Negro" ...?

Me sonó como un estampido en la niebla.

- ¿estás loco Osvaldo?
- vos no podés tomar nada, pedí un té...
- ¡dejame de joder!...
- creo que me bajó la presión; uno, no me hace nada...

Repentinamente, presentí la tormenta.
Me ahogó el vértigo de una espiral desconocida.
Algo se alzaba, rugiente, en su interior.
Preludio de la explosión.
Aunque, yo, no la creía posible.
Al cabo de unas copas, un "crescendo" desagrado se convertía en constante.
Despectivo hacia todo y todos.
El mismo era su blanco.
Implacable fijación destructiva.
Yo sentía, ya, el dolor de cabeza que suele bloquearme.
Sucede, cínicamente, si hay problemas y mi integridad corre riesgos.
Resistí.
El afecto es un cordón de plata.
No supe si hacía bien.
Sí debía detener esa avalancha de amargura.
Canalizar tanto dolor, comulgante, expiado y purificado por el alcohol.
Me fascinaba.
Presenciaba el cataclismo, como un pasajero de la vida, testigo del apocalipsis personal.
Ni siquiera supe si me concernía.
Avieso, como un perro de jauría, cuidaba el privilegio.
Testimonial y sin compromisos.
Sólo ser el ojo, impresionando cada gesto.
No me atreví a mover un músculo.
Atraído por el misterio.
Capturado por la furia.
Una destrucción homicida, que Osvaldo desplegaba ante mis sentidos.
Maravillado y, por que no, horrorizado.
Comprensión.
Presenciaba el derrumbe.
La demolición de un hombre, por si mismo, ejecutada con delectación morbosa.
Recreándose.
Mirando las astillas en que iba convirtiendo su vida.
Hablándome.
Hablándose, de lo que pudo y no hizo.
Su juicio supremo.
La implacabilidad para el conjunto.
Se tonalizaba, fantasmal, el brazo en alto, extendido, blandiéndolo sobre cabezas invisibles.
Me sentí en una audiencia, con tribunal, jurado y gente.
Autorizado a presenciar el momento de uno consigo y nunca más.
El estaba transitando el puente de color, sonido y olor.
Se había parado en el umbral de la eternidad.
Permitiéndose elegir el instante.
Prescindiendo del destino.
Desafiando al tiempo.
Todo tenía transparencia celestial.
Era coherente.
Minuciosamente preciso.
Abrumadoramente cierto.
Descarnado y real.
La fuente parecía inagotable.
Auto de culpa universal.
Un estremecimiento, me sacudió.
Estaba en medio del torbellino.
La luz, al final, me asomaba al vacío.
Espacio sin retorno.
Testigo mudo que me convertía en cómplice.
¿A quien podría contarle, qué y cómo?
Que cosas dijo.
La velocidad ciclónica me enceguecía, marcando a fuego mi cerebro
Impidiéndome recordar.
¡...Nada...!
Todo se grababa, deslumbrante, para desaparecer con igual rapidez.
Alucinado, comprendí que cursaba el aprendizaje absoluto.
Accedía a la sabiduría vedada al hombre.
Estaba siendo revelado.
La carga de la verdad me atravesaba, convirtiéndome, azotándome.
Corría con el vértigo de la inmovilidad.
Me detenía ante el todo y nada, en la latitud infinitesimal.
Capturando su intensidad, sin retener.
Incapaz de volver la cabeza.
Tan próximo al crisol, que intenté hallar la fórmula, la forma, el método, para que el instante no fuese perecedero.
A mi lado una voz, abruptamente, hizo posible el regreso a la realidad.
Al café.
A Osvaldo, borracho.
A la noche.
A Buenos Aires.
Al "Almacén", en la esquina...

- ¡... Che ... Osvaldo ...!
- ¡... vamos, que tenemos la segunda entrada ...!

Era RAUL, director del sexteto. Su director.

- ¡... No me digas que estabas tomando ...! se quejó, amargo.
- ¡... por favor ... ché ...! luego de repasar el estado lamentable de Osvaldo.
- ¿... como tocaremos en el estado que estás ...?

La mirada vidriosa de Osvaldo, agotaba las llamas infernales, pero guardaba peligrosos rescoldos.

- ¡ ... Mirá RAUL ... yo no voy nada ...! amenazó, sin levantar la voz.
- ¡ ... arréglense sin mí ...! se confirmó, confirmando.
- ¡ ... no toco más ...! afirmó, afirmándose.
- ¿ ... me oíste ...? se interrogó, interrogando.
- ¡ ... nunca más ...! concluyó, convenciéndose.

La voz, pastosa, no quitaba inflexibilidad al tono.
RAUL no pareció advertirlo.

- ¡ ... Dejate de joder ...! persuadido de persuadir.
- ¡ ... terminá la copa y vamos ... conciliador y conciliado.
- ... los muchachos deben estar subiendo ... animándose a animarlo.
- ¡ ... ché, Negro ... - dirigiéndose a mí –
- ... vos que sos amigo ... - por él –
- ¡ ... convencelo, yo me voy para allá ...!
- ¡ ... justo hoy…que está todo lleno..!

Ví la desesperación en su cara.
Imaginé el salón.
La gente.
Los turistas.
Las explicaciones.
El dueño del "Almacén", ALVAREZ, un buen tipo, personaje de la discreción y el buen gusto, vocero de la elección, del estilo, no merecía desaires.
Le indiqué con un gesto, a RAUL, que lo dejara de mi cuenta.
Lo vi alejarse.
Volverse dubitativo.
Lento, procuré vencer la obstinación.
No supe ser original.
Los argumentos gastados, oxidan.
Eran inservibles para él y para mí.
MARIANO apareció.
El hermano menor y retobado que no transigía con nadie.
Hizo llevaderas las intenciones, después de desconfiar y hamacar sus dudas. Pareció adherir a la causa, pero quizás reflexionó sobre los apuros
posteriores de Osvaldo, con nombre propio, su mujer, el empresario, un futuro incierto, -el mismo de siempre-, graduaron la decisión y el cambio.
Antes y para pensarlo, ordenadamente, se tomó algunas copas, luego contribuyó a la disuasión conveniente.
Logramos abandonar el café, con paso inseguro, rumbo al "Almacén".
Fué duro verlo llegar al piano.
RAUL, transpiraba esperando.
Iniciar el primer tema le habrá dolido segundo a segundo.
El derrotero de Osvaldo, nada garantizaba hasta verlo sentado.
Un alivió voló sobre los enterados.
El público estrenaba su irrespetuosidad.
Lentamente, las sonrisas regresaban y las manos de Osvaldo, ajenas a su cuerpo, viajaban por las notas insomnes, perfectas, nuevas, relucientes, el sonido era virginal.
Vi el rocío en el pétalo del jazmín.
Su comunión.
Temas trillados y atacados por una fresca musicalidad desconocida.
Única.
Cerré los ojos comprendiendo que el hilo invisible todavía estaba allí.
Brotaba del teclado, adquiriendo perfil del nunca más.
La perfección indescriptible.
Avanzaba avasallante, con la tenue sonoridad que produce la contundencia.
Capaz de penetrar, embriagar, seducir, transportar, enmudecer.
¡Sí! ¡Enmudecer!.
Percibí que el murmullo se disolvía, superado, barrido, por aquella implacable riqueza sónica, convirtiéndose en cálido clima de vibración.
Las sensibilidades se agudizaban, recibiendo el mensaje purificador.
Todos, sobrecogidos por la magnitud, estáticos, confabulaban para detener el tiempo.
Nadie entró o salió del local.
Nadie se movió, era espectral.
Silencio cristalizado.
El final casual y leve, estalló hecho añicos, en ovación gutural, desgarrada, reclamaban la continuidad imposible.
Se advertía que su impotencia iba más allá.
Querían el segundo aquel, irrepetible.
Una escena estremecedora.
Osvaldo, distante, tuvo que ser avisado.
Abandonó el escenario.
Acodados en la barra, con ALVAREZ contagiando euforia, bebíamos.
Osvaldo, poseído por el infierno que lo consumía, era holocausto invisible y, tal vez, inservible para todos.
HERNAN, violinista exitoso cada noche, impresionado, solicitó en el micrófono, la presencia de Osvaldo, sustituyendo así, sin más, a su pianista, quien estaba presente en la sala, pero, como todos, desbordado por el episodio excelso.
Pude tocar la llaga abierta por el acontecimiento, en aquel músico.
Su anhelo impreciso.
Atrapar un fragmento del milagro.
Protagonizar el instante.
Osvaldo retornó, dificultosamente, al piano.
La tensión, que me arqueaba, cedía a medida que desgranaba la música.
Era el reflejo de la hoguera.
Su magia, intacta.
El fuego deslumbrante, sobrenatural, opacaba el trabajo de HERNAN, alejándolo de la escena.
Todo concluyó en un nuevo estallido.
El público, conmocionado, se retiraba confuso.
Buscaba explicaciones.
Osvaldo, desde el piano, sonreía.
¿A sí mismo?
¿Mirándose desde cada nota?
¿Parado en la música que vagaba entre las mesas?
MARIANO y ALVAREZ me arrastraron al escenario.
Nos sentamos.
Bebimos, una vez más.
Comentamos o comentaron.
Mi complicidad me sustraía.
EL, escuchaba, silencioso.
Cuando quedamos solos y los mozos ordenaban, ALVAREZ, que quería más, integró a MARIANO en la percusión.
No sé porqué, todavía, me oí pronunciando nombres ... Peterson y Osvaldo, mirándome, indescifrable, traducía y así, Jobim, Villegas y aquellos que le habían importado.
Agotado el inventario, avecinando el final, cambió y comenzó algo nuevo, caótico, indefinible.
Ahí estaba.
La epopeya.
El poema.
El espacio.
La vida cantada por sí, ruda aquí, cristalina allá, murmurada, gritada, gemida, latente.
El siempre de las cosas.
Nos fuimos.
ALVAREZ quería llevarnos a una fiesta.
Caminamos galaxias de silencio, atravesando la oscuridad titilada de Buenos Aires.
Su voz sonó sorprendente, calma, natural ...

- ¿Ché, Negro, vamos a comer algo ...?, -me miró socarrón-
- no me jodas ... fue una sanata más ...

A OSVALDO TARANTINO IN MEMORIAM ...


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Las fábulas de Esopo

Anastasios Notakis (Desde Grecia. Envío especial para ARGENPRESS CULTURAL)




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Roja sangre de Utopías… (Poema urgente)

Miguel Longarini



Ha muerto el Comandante…
Ha muerto Chávez se oye… leo…
Y ya está…y ya basta… les dije a los jodidos
Y le digo a los Compañeros…Me dije a mí mismo.
¡Basta! de morir y basta de cáncer, digo.
Ahí está el cuerpo del Comandante muerto…
Ahí los jodidos tienen su ración…
Hagan con su furia y su impotencia la fiesta...
Y crean y comuniquen que vencieron.
Nosotros, los dolientes y presentes les decimos:
Ármense de coraje para enfrentar a un pueblo
con un Chávez vivo en cada corazón de los pobres
de nuestra América morena.
Somos la furia, somos los sueños, somos LA VIDA…
Somos Revolución, somos ROJA SANGRE DE UTOPÍAS,
Somos CHÁVEZ…, somos “LA VICTORIA SIEMPRE”.


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Plástica: Desde Colombia, Fernando Botero


Fernando Botero nace en Medellín (Colombia) el 19 de Abril del año 1932. En sus primeros años perteneció al mundo de los toros gracias a que un tío lo matriculó en clases. Llegado sus catorce años toma la decisión de abordar el arte a través de la pintura, determinación que sorprende a su conservadora familia, aunque recibió el apoyo de su madre, quien le dijo que él debía conseguir el dinero para sus estudios. Vendió su primer cuadro en la taquilla de la plaza de toros y el tema de la pintura fue precisamente los toros.

Sus primeros pasos artísticos los dio en el año de 1948, trabajando para "El Colombiano", uno de los más prestigiosos diarios de su ciudad natal, allí se publicaron algunos dibujos del maestro. En este mismo año participó en su primera exposición conjunta conocida como Exposición de Pintores Antioqueños.

Para el año de 1951 Botero trasladó su residencia a la ciudad de Bogotá, y fue allí donde lleva a cabo su primera exposición individual en las instalaciones de la Galería de Leo Matiz. En el siguiente año, su óleo "Frente al Mar" le hizo acreedor del segundo puesto en el Salón Nacional de Artistas; además viajó a Madrid para realizar algunos estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.

Entre 1953 y 1955 se desplaza por Italia y Francia, y es en la ciudad de Florencia, más exactamente en la Academia de San marcos donde aprende las técnicas al fresco que empleaban los maestros italianos, las cuales han influenciado su arte desde entonces. Tuvo como profesor a Bernard Berenson escritor e historiador estadounidense, con quien descubre el Renacimiento Italiano, y de aquí obtiene sus primeras inspiraciones.

Vuelve a Bogotá en el año de 1955 y permanece allí por un año, mientras sus obras no acaparaban relevancia. Un año después viaja a la ciudad de México para estudiar la obra de Rivera y Orozco. En 1957 realiza su primer viaje a Washington con el fin de llevar a cabo una exposición individual en el Pan American Union.

Para 1958, de regreso a Bogotá lo nombran catedrático de pintura en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Bogotá. Dos años después decide radicarse en la ciudad de New York.

Contrae nupcias con Gloria Zea en el año de 1964, con quien tiene tres hijos: Fernando, Lina y Juan Carlos.

Durante los años 60's, Fernando Botero se dedicó por completo a la pintura, tomando como bases el Renacimiento, la pintura barroca y la tradición colonial de América Latina. En esta época comienza a experimentar con el volumen de sus creaciones, expandiendo sus figuras y comprimiendo el espacio alrededor de ellas. Debido a su disciplina y gran esfuerzo, para este periodo Fernando Botero contaba entre sus creaciones con miles de dibujos y más de 1000 pinturas.

Llegada la década de los 70's, Fernando Botero se inclina por la escultura, y puede decirse que durante este tiempo estuvo dedicado de lleno al bronce, mármol y la resina fundida. En 1973 viaja a París y se establece allí. Sus esculturas no difieren mucho de sus pinturas y dibujos, pues en ellas también se dedica a resaltar el gran volumen de las formas desproporcionadas de animales y personas. Retoma la pintura en el año de 1978.

En la década de los 80's, los toros, una de sus pasiones se constituye en la principal fuente de inspiración; obras como: la pica, el quite y la corrida, permiten confirmar esta idea.

Montecarlo y los Campos Elíseos fueron los sitios escogidos para exhibir sus esculturas en el año de 1992, recibiendo el honor de ser el primero artista de nacionalidad no francesa que presentaba su arte en estas ciudades. También, desarrolló una exposición sobre toros en el Gran Palais en la ciudad de París.

El 14 de octubre del año 2000, se inaugura en su ciudad natal un proyecto llevado a cabo por la Alcaldía de Medellín y el Museo de Antioquia, conocido con el nombre de: Medellín ciudad Botero, con el cual se busca construir una ciudad en paz a partir de la cultura y la educación. El maestro realizó una donación de varias de sus obras para llevar a cabo el proyecto.

Sus exposiciones han llegado a diversos países del mundo como: Italia, Francia, España, Austria, Suecia, Alemania, Japón, Corea, Sudáfrica, Estados Unidos, México, Venezuela, Brasil y Colombia, entre otros. Se resalta que desde 1972 ha tenido exposiciones individuales en la Galería Marlborough (New York), la Galería Buchholz (Munich) y la Galería Claude Bernard (París).

Fernando Botero posee actualmente residencias en varios países como lo son: Francia, Colombia, Estados Unidos e Italia. Para cada uno de estos lugares Botero tiene una técnica de arte determinada, es decir, presenta la singularidad de: en su apartamento de la Rue Dui Dragon en la Rive Gauche de París se dedica a pintar sus óleos grandes, en su apartamento sobre Park Avenue en New York pinta pasteles y acuarelas, y en su casa de Piedrasanta en la Toscana de Italia funde la esculturas de bronce; esto se ve reflejado en las palabras de Botero, quien dice que él nunca pinta en Italia porque es un lugar apropiado para esculpir y no para pintar.

Para ver su obra:
http://www.mystudios.com/artgallery/F/Fernando-Botero/Fernando-Botero-oil-paintings-1.html

Fuente: http://tierra.free-people.net/artes/pintura-fernando-botero.php


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Los que matan

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Se sabe que lo pueden hacer porque de pronto dejan de sonreír.

Miran fijo, no pestañean y hablan en voz baja. En ese momento dicen pocas palabras. Algunos, quizá, pueden darse el lujo del cinismo, pero siempre hay un momento-antes, durante o después- en que se acabó la joda.

Saben que para ellos es fácil y que pueden seguir viviendo como antes. Y que el remordimiento, si lo hay, pude soportarse. No pasa nada. Y siempre supieron que podrían hacerlo. Algunos encontraron el arma y la razón. Otros, por ahora, solo siguen sabiéndolo.



Se sienten fuertes al descubrir que parecía imposible y prohibido, pero se puede hacer, y ellos lo hicieron.

Y habiendo pasado al lugar de los que tienen el secreto del Poder, miran a los demás desde el poder de un secreto. Y así, se reconocen entre ellos.

Las formas de reconocerse pueden ser muchas, pero hay una que vale para todos: los hombres de matar saben que con las palabras no se juega. Que hay palabras que no se pueden pronunciar, y otras que se hablan en voz baja.

Los hombres de matar nunca dicen matar. Hablan de “hacer la boleta” o “boletear”, “borrar”, “bajar”. Y cuando lo van a hacer dicen “operativo” o “acción” Pero esa palabra - matar- no la pronuncian.

Además, necesitan creer que lo hacen por algo: Tradición, Revolución, Órdenes, Obediencia Debida, Justicia, Venganza. Aún los profesionales, para los que es un trabajo como cualquier otro, lo hacen por Plata. Siempre por algo. Pero todos sintieron desde chicos el mismo furor. Y siempre quisieron que el otro -el enemigo- desaparezca.

Algunos de ellos son muy religiosos.


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En algún lugar… Buscando las utopías extintas


Laura M. López Murillo (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En algún lugar de la historia y esparcidos sobre una línea perpetua, yacen los vestigios de una especie inconclusa; las capas del tiempo preservan los ideales fosilizados que alentaron el espíritu de los héroes, entre los ecos del pasado deambulan las esperanzas petrificadas que alguna vez forjaron la templanza de los hombres…

Dicen los que saben, que el proceso evolutivo de la especie humana aún no concluye, que las mutaciones son imperceptibles porque las transformaciones se realizan en el músculo de las convicciones. Desde que los homo sapiens poblaron el planeta, la estructura anatómica de la especie humana ha permanecido inalterable pero las transformaciones del pensamiento han provocado efectos concretos y contundentes.

Las ideas y las convicciones se adaptaron al entorno desde la época de los mitos, bajo la imposición de los dogmas y a la luz de la razón; los pensamientos se materializaron en el proyecto de la modernidad, se agudizaron por el desencanto posmoderno para refugiarse en la virtualidad. Pero en ese trayecto, hubo una época en que la especie humana alcanzó niveles excelsos y sublimes: en los albores de la modernidad se expandió sobre la faz del planeta la certeza del progreso universal. La convicción emanaba de la ciencia y la prioridad fue el bienestar y la hermandad.

Aquellos hombres y mujeres sacrificaron comodidades y placeres cotidianos buscando la solución a los quebrantos sociales y el antídoto para las epidemias. Su perspectiva era universal y sus efectos serían imperecederos.

La firmeza de aquel ideal humanista contrasta con la apatía y el individualismo galopantes de los especímenes que actualmente habitan en la aldea global. Por eso ahora, bajo el predominio de la ética del lucro es casi imposible comprender a los héroes que redactaron el proyecto de la Modernidad. Uno de ellos, José Martí, vivió persiguiendo la libertad de un país condenado a la servidumbre, como colonia española y como anexo del imperialismo. El impacto de sus ensayos, artículos, poemas y discursos emana de una convicción auténtica, de la supremacía del bien común sobre los caprichos personales.

En el auge de la hipermodernidad, Martí es la evidencia de una especie casi extinta pero a la vez, es la manifestación de una posibilidad latente, la encarnación de un legado genético que nos predispone a la nobleza, a la empatía, a la generosidad y a la compasión. Quiero creer que esos atributos permanecen encriptados en las hélices del genoma, que aguardan la ocasión para emerger y expandir la obtusa visión que tenemos del mundo. Y conservo la certidumbre de que algún día rescataremos los ideales fosilizados que alentaron el espíritu de los héroes, que escucharemos los ecos del pasado para revivir las esperanzas petrificadas que alguna vez forjaron la templanza de los hombres…


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Las 10 Estrategias de Manipulación Mediática


Noam Chomsky

1. La estrategia de la distracción. El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones. Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad. Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

4. La estrategia de diferir. Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido crítico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto.

9. Reforzar la autoculpabilidad. Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, ¡no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.


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