jueves, 21 de marzo de 2013

Los viejos amigos

M. Sofía Brey (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las cosas suceden de manera imprevisible. Llegan indirectamente y nunca cuando se las espera ni donde se las espera. Conviene estar distraído para que algo acontezca. No sólo lo bueno viene de ese modo, lo malo se abalanza al menor descuido para interrumpir los devaneos, derrumbar los proyectos o hacer trizas los sueños. Por eso procuro no estar distraído, siempre alerta, al acecho de las catástrofes y las tragedias que van a descuajeringar mi vida o la de las personas que más quiero.

Cuando joven me llamaban “el amargo” porque en los momentos en que todos estaban contentos después de haber ganado una elección, yo pronosticaba las medidas de gobierno que ellos más odiaban como el pibe que tira tinta sobre un dibujo que no le gusta. En eso de la política era fácil acertar: siempre sucede lo peor. Lo malo es cuando acertaba también en cuestiones personales. “Ese matrimonio va para divorcio. Por ahora se los ve amartelados, pero dentro de unos meses no se podrán soportar”. Mi interlocutor me echaba una sulfurosa mirada porque era el padre de la muchacha y se había gastado en la fiesta de casamiento lo que tenía bajo el colchón y más.



Pero eso no tiene que ver con esta historia. Lo que cuenta aquí es que, a pesar de mi pesimismo inveterado, de mis pronósticos aguafiestas, los amigos me toleran con bonhomía por saber que no hay mala intención, sino una sincera inquietud que a veces se revela justificada y otras pone en descubierto mi ansiedad o mis desvelos. Alguien me dijo un día que los negros pensamientos provienen de un hígado nutrido de raíces amargas y, posiblemente, de un afán sadomasoquista insatisfecho, aunque es evidente que no disfruto del dolor ajeno ni tampoco del mío.

Sin embargo, mi vida transcurrió dentro de los cauces de una pedestre normalidad, sin pena ni gloria, con algunos acontecimientos bienvenidos y otros que me dejaron postrado, sin aliento o lleno de frustración. No me propongo aburrirlos con las historias triviales de mis setenta años. Dos o tres trazos gruesos servirán para dar significado a lo que siguió después.

Nací en Chivilcoy, que entonces no pasaba de los treinta mil habitantes, en una casa con jardín al frente y una fachada con franjas de azulejos de colores florecidos de pensamientos y alhelíes. Mi viejo los había fabricado porque era propietario de la única fábrica de ladrillos y mosaicos de factura robusta pero básica para pisos y paredes sin pretensiones, que era lo que la mayoría buscaba. Con eso consiguió un buen pasar y me mandó más tarde a estudiar derecho en Buenos Aires. La secundaria la hice en Chivilcoy y de allí me quedan un par de amigos, de los que nunca se movieron del lugar: José Logares, de apodo “viento en contra”, que tiene la mejor fiambrería del pueblo y Arístides Panello, que se compró un campito en los alrededores y vive de la agricultura. A ellos los veo todos los años, cuando voy a pasar unos días en la casa que decidí no vender, por los recuerdos y porque me hace bien volver a ese lugar donde tengo mis raíces.

La mayoría de los amigos de larga data los hice en la facultad. Ezequiel Iribarren, a quien el pelo empezó a caérsele a los veinte años, con su elegancia de abolengo porque venía de una familia de estancieros desde la época de Roca, gente que siempre había comido bien y disfrutado de la vida. Flaco y erguido, los trajes le caían como las ramas de un sauce, impecables en un deslizarse vertical que desdeñaba las arrugas aun en medio de una trifulca de las que se desataban en la facultad a menudo, protesta política en su mayor parte. Se lo reconocía de lejos por la manera de caminar juntando las rodillas y meneando apenas los brazos. Hablaba y discutía de manera convincente, pero no en público. En las asambleas se me acercaba para sugerirme temas o ridiculizar a los adversarios. Gracias a él me hice conocer como el más mordaz e ingenioso de los oradores. Mi éxito con las mujeres se lo debo a él. Me casé con una estudiante simpática y escultural, de ojos musicalmente azules que hacían soñar a los varones. Por su parte, a Ezequiel no le iba mal con las chicas, pero como era tan miope le gustaban hasta las feas sin remedio y finalmente se casó con una de ellas, tolerante con sus infidelidades y tan inteligente como él.

Fuimos cinco en la barra, a veces seis. Ezequiel, el petiso Gustavo Garrido, al que apodábamos GG, Elías Goldstein, incapaz de matar un mosquito porque sus ganas de vivir le hacían respetar la vida con apabullante énfasis, Matías Ottonello, el más farrista, que encontraba siempre pretextos para escaparle al estudio y yo. No muy a menudo se nos juntaba Heriberto Cancela. No entendía por qué venía con nosotros al café a charlar de fútbol, de mujeres o de política cuando era evidente que estaba ansioso por volver a la biblioteca para seguir estudiando; era el único al que le interesaba el derecho tanto como las mujeres y más que el fútbol. Trataba de evitar los temas políticos porque lo hacían sufrir. Los tomaba tan en serio que le era imposible tratarlos con ligereza, se le veía la angustia en el rictus amargo con el que enfocaba los actos reveladores de arbitrariedad, oportunismo, manipulación, demagogia, corrupción o cualquier otro pecado de la amplia panoplia de la política. En realidad, hablaba poco y pasaba largos ratos escuchando nuestros desvaríos insustanciales sobre los sucesos cotidianos, nuestros relatos jactanciosos o burlescos y, excepcionalmente, algunas reflexiones atinadas.

Matías era de origen proletario, hijo de un obrero metalúrgico que llegó a ser capataz gracias a su dedicación incondicional y su resignación frente al esfuerzo. No tenía respeto por su padre, “una bestia de carga sin espíritu crítico”, decía, ni por su madre “una ambiciosa sibilina que se metió a su marido en el bolsillo con sus aires de señora bien y sus pretensiones de alto rango”. Los demás, salvo Ezequiel, que mantenía una relación distante con su familia, veníamos de distintos sectores de la dispar clase media, aunque no sabíamos bien de dónde venía Cancela, que nunca hablaba de su familia. GG protegía a su madre. Creo que sentía por ella un amor rencoroso pero fuerte, de esos que se prenden a la vida como garrapatas e impiden que otros amores asienten sus raíces. Elías respetaba a sus padres con desdén, como si estuviera obligado a hacerlo por deberles su existencia y sus estudios, pero era evidente que no se sentía orgulloso de ellos. Todo esto lo pienso ahora, después de los conflictos que he tenido con mis hijos. Yo era el más ingenuo del grupo en materia de relaciones familiares: mi padre era para mí un ejemplo de entereza y honestidad y mi madre, para quien yo era el “niño bonito”, pues me mimaba hasta la exageración, lo mismo que mis tres hermanas, era la más dulce y sensata de las mujeres. Habría asestado una trompada a quien pusiera en duda su fidelidad conyugal, que para las mujeres, en esa época y en la clase media, era el sello distintivo de la respetabilidad. Lo mismo por mis hermanas, de cuya estricta reserva sexual estaba convencido. Nunca le preguntamos a Ezequiel la razón de que no nos presentara a su familia cuando nos invitaba a su casa. Vimos a su hermana y a su madre un par de veces, pero en general nos hacía entrar por la puerta de servicio y nos conducía a una especie de suite que ocupaba (escritorio y dormitorio) pidiéndonos silencio, “para que no vengan esas imbéciles a perturbarnos”. Nunca se lo preguntamos porque no dio lugar y preferimos suponer que había decidido hacer rancho aparte porque no soportaba a los miembros del clan.

GG era seguramente menos sesudo que Cancela o Iribarren, pero tenía un sentido del humor que alegró nuestros momentos más trágicos, como los que se derrumbaban sobre nuestros cráneos cada vez que sonábamos una materia. Cuando tocábamos fondo en el pozo de la depresión, él salía con una de esas burradas chuscas que provocaban risotadas súbitas. Había tenido una niñez difícil, con un padre borrachín y mujeriego que hizo sufrir a su madre, una mujer rendida por un inexplicable amor incondicional, objeto de odio e irritación para el hijo, a la vista de los malos tratos de que fue testigo. El padre, que en esa época era ya difunto, había sido un actor cómico conocido y olvidado, que gastaba en bebida y mujeres lo poco que ganaba en espectáculos de cabaret de tercer orden. Su madre los había mantenido con un sueldo de modista de teatro, apenas suficiente para el alquiler y una comida diaria. Por períodos habían sobrevivido de la caridad de la gente de teatro hasta que él terminó la secundaria y se puso a trabajar. En esa época decidió estudiar al mismo tiempo porque tenía una memoria infalible para cualquier cosa, especialmente los chistes, pero también las leyes.

No era el único de nosotros que trabajaba. Matías Ottonelli arreglaba televisores y cualquier aparato eléctrico y Elías Goldstein manejaba una camioneta toda la mañana, distribuyendo mercadería del taller de su padre, mientras GG vendía libros a domicilio, en cualquier minuto que le dejara el estudio, con un éxito excepcional. Creo que la gente le compraba para que volviera a charlar, a contarles sus disparates. Matías trabajaba de noche, cuando su cerebro estaba harto del pensamiento jurídico y de la memorización de leyes y decretos. Cancela daba cursos sobre casi todas las materias del secundario, menos matemáticas, física y química. Ellos casi no tenían tiempo libre como Ezequiel y yo, los únicos “mantenidos” del grupo. Aparte de nuestras reuniones y el estudio, Ezequiel se ocupaba de las mujeres que lograba atraer a sus veladas culturales, donde leía sus poesías y hacía esfuerzos por llevarse alguna a la cama. Yo me interesaba en la política porque esperaba ser diputado o ministro apoyándome en el electorado de Chivilcoy y las relaciones de mi familia; por eso frecuentaba el centro de estudiantes.

El único con verdadera vocación jurídica parecía ser Cancela, que estudiaba con devoción. Para los otros, yo incluido, la carrera era una forma de alcanzar otros objetivos. Para GG y Matías el de ascender en la escala social por sus propios medios; para Elías el de adquirir una ventaja sobre sus adversarios comerciales y ganarle a la administración del Estado el gambeteo de los impuestos y otras contribuciones fiscales. Para mí, el lucir diploma como candidato a puestos políticos. Para Ezequiel, el pretexto para no hacer otros estudios y dedicarse a la literatura, que era su verdadera vocación.

Pasamos juntos los mejores momentos de nuestras vidas, por lo menos así lo sentí yo. Leíamos gran parte de lo que se publicaba y valía la pena, a veces nos turnábamos para leer el mismo libro que circulaba de mano en mano, otras nos distribuíamos la lectura para asegurarnos de no perder el tiempo. No aceptábamos que otros conocieran autores no descubiertos por nosotros y nos preciábamos de poder explayarnos sobre el pensamiento de los más dispares escritores y filósofos. Ezequiel era particularmente sensible en la materia y era el único que sentía celos del pensamiento ajeno, hasta el punto de acusar de ladrón a quien expresara ideas que él mismo había tenido, sin haberlo leído.

Discutíamos de todo y de nada. De Kant y de Kelsen, de Freud y de Jurgen, de Marilyn y de Sofia Loren, de Perón y de Evita, de Sartre y del existencialismo, de Marx y de Mao, de la insurrección y de la lucha prolongada, de la guerrilla del Che y la no violencia de Ghandi, de los chanchullos políticos y la corrupción en el gobierno, de las chicas que nos gustaban y las que no nos gustaban.

Nunca hablamos en grupo de nuestras familias ni de las trifulcas hogareñas, salvo cuando nuestra vocación chocaba con el desacuerdo de algún miembro de ella. Ezequiel llegó al extremo de invitarnos a su casa y pasar frente a miembros de su familia sin presentarnos y haciendo como que nos los veía. Nos bastaba con sabernos a nosotros mismos; no nos interrogamos sobre el por qué de ser como éramos más que para acusar a nuestros padres de carencias reales o imaginarias por las que solíamos martirizarnos imbuidos de Freud y sus acólitos. Reconocíamos sin duda los lazos familiares hasta el punto de estar de pie insomnes una noche entera para acompañar a Elías en el velorio de su madre, de cuyo cáncer nos enteramos dos días antes de su muerte, cuando éste se disculpó por tener que dejarnos para estar al pie de la cama de la moribunda. La habíamos visto una sola vez al invitarnos Elías a un asado en su casa un domingo de primavera. En el jardín había una soberbia magnolia florecida que nos hizo circular en fila para oler su perfume y muchas otras flores que su madre plantaba y cuidaba. Durante el velorio, los ojos enrojecidos por el llanto, Elías repetía junto al féretro, fijando en la muerta una mirada estupefacta: “No te preocupes mamá, yo voy a regar el jardín”.

Sabíamos divertirnos, eso sí, con el ardor de quien tiene hambre de vivir y se niega a pensar en el futuro próximo, con su escalada cotidiana de ingentes esfuerzos, escasos logros y redoblados fracasos. Pensamos en los conflictos y desengaños que amenguarían nuestro deseo de seguir adelante, filosofamos sobre el sentido de la vida y lo que cada uno quería de ella, pero no presentimos el desgaste que producen el dolor y la frustración. Tampoco pensamos en la despedida que nos esperaba al borde del precipicio del diploma ni previmos la separación que habría de minar nuestras certidumbres haciéndonos trastabillar en el vacío, como pájaros heridos en un ala, que no pueden equilibrar el vuelo.

Antes de partir para Chivilcoy donde me esperaba la oficina puesta, tuve tiempo de asistir al casamiento de Ezequiel, a cuya familia le fue otorgado el goce de asistir a una ceremonia religiosa en una iglesia del Barrio Norte, aunque ninguno de los casados era religioso sino más bien derechamente ateos y poco afectos a las pompas sustentadas en los pilares de las altas clases sociales. Por supuesto, también al de Matías, que fue el primero. Hasta Cancela vino a mi casamiento en Chivilcoy, más campesino pero no menos feudal que el de Ezequiel. No hay que pensar que nos inclinamos ante los dictados de nuestras familias con desplantes de rebelión y blasfemias; al contrario, las aceptamos con beneplácito porque éramos prototipos moldeados por el medio y además, porque nos divertía. Elías aceptó con idéntica sumisión su ceremonia rabínica, con kipá, sher y hoira. Cancela fue el único que profirió durante la fiesta de mi boda una observación irónica sobre el fervor religioso de las clases altas, el privilegio de no creer y la hipocresía de hacer como si. Estábamos reunidos los seis; su comentario produjo un estremecimiento de sorpresa, como si viéramos caer una manzana de un peral. Creo que atiné a contestarle: ”Qué más da, dejamos contentos a los viejos”, aunque en realidad ni siquiera había vislumbrado la contradicción entre el ateísmo que yo enarbolaba y esa ceremonia tradicional y estrambótica.

Matías fue el primero que perdimos de vista, atrapado en su vorágine de paternidad y trabajo, para ascender penosamente hacia la clase media, dejando la piel en cada escalón. GG se había instalado con una actriz de segunda en un cuchitril mal iluminado del bajo, desde donde trataba de atrapar clientes de un medio entre teatral y funambulesco y mantenía a su madre, por quien sentía un amor rencoroso pero muy fuerte, de esos que se prenden como garrapatas e impiden que otros amores se aquerencien. Ezequiel instaló un estudio con su mujer, rechazando la oferta de uno de los tiburones de la profesión por su clientela de empresas extranjeras, potentados de tradición latifundista y negocios multinacionales. Veía más a menudo a Elías, quien por amistad o conveniencia extendía sus negocios hacia Chivilcoy y Mercedes y nunca dejaba de telefonearme para que nos encontráramos en un café.

La rutina incontrolable y el rodar del tiempo fueron cavando huecos cada vez más prolongados en nuestros encuentros, hasta que un día me enteré por Elías de que Ezequiel estaba en Paris, donde había encontrado cobijo y trabajo más atrayente como traductor en una empresa editorial. Se había trasladado hacía seis meses con su mujer y su párvulo de dos años. Una nube de inseguridad cubrió mi equilibrado pesimismo, porque esa separación total e imprevista no la había presagiado. Fue sentir que caía en medio de un barro deslizante donde se pierden las agarraderas, todas las certezas que sostuvieron nuestros años jóvenes. Se había ido sin despedirse, sin confiarme las ilusiones o desafíos que lo alentaban para producir un cambio tan rotundo en su vida. Fue inútil que Elías me explicara que lo decidió a último momento, sin tiempo para suavizar la desgarradura de los otros y la propia.

El trabajo, la familia y, sobre todo, la política me arrinconaron en mi ciudad y me robaron el tiempo de revivir el pasado. Simplemente, dejé de verlos. Al principio fui un abogado joven y promisorio y tuve que pelear duro para hacerme una reputación. Después empleé a jóvenes que me reemplazaron y a quienes exploté discretamente, como suele hacerse en una ciudad chica, donde se vive menos apurado y cuidando el qué dirán. Cuando me eligieron intendente, a los veintiocho años, ya tenía dos hijos. Cuando me eligieron diputado tenía cuatro y, de acuerdo con Silvia, mi mujer, había decidido parar. El nuevo cargo fue celebrado en mi familia, sobre todo por Silvia, que hacía tiempo me pedía que nos mudáramos a Buenos Aires. Lo hice a regañadientes, por eso de que más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Aunque había vivido en Buenos Aires durante mis estudios, yo era hombre del interior y estaba a mis anchas cerca del campo. Pero ella no, era porteña y aunque haya sido una compañera solidaria y dispuesta a poner el hombro sin chistar, extrañaba a su familia y su vida de antes, sus amistades y la gran ciudad. De todos modos, debía pasar en Buenos Aires la mayor parte del tiempo y, cada vez que podía daba un salto a Chivilcoy, donde me quedaba un tío y muchos amigos y conocidos. Muertos mis padres, las ataduras que tenía con ese rincón se habían aflojado. Ella instaló su estudio en pleno barrio de Tribunales y su crédito como abogada empezó a crecer entre quienes la conocían o pensaban que un marido diputado ayuda al buen resultado de los juicios.

Los intríngulis políticos, el acoso del partido que quería iniciativas que fructificaran en votos y de la gente del partido que quería una variedad innumerable de favores, las negociaciones con otros partidos, los negocios sucios que no podía dejar pasar, las ideas de progreso que quería sin falta llevar adelante, las controversias, las tentaciones, los cálculos, los enemigos que proliferaron como pulgas en un perro callejero me fueron llenando las horas, menguando el tiempo de ver crecer a mis hijos, palpar sus emociones, acunar sus dolores, transmitirles saber o experiencia. Un día los encontré tan altos que miraban por encima de la calva que se redondeaba en mi cúspide y tan distintos de mí que no podía comprenderlos. Francisco fue el primero en nacer y en irse a los Estados Unidos, donde aseguraba que haría fortuna con unas ideas informáticas que nunca pude entender por más empeño que puse. Al principio me pareció una locura porque sólo tenía veinte años, pero no tuve otra opción que ceder. Julieta, la tercera, se casó adolescente y se fue a vivir a la estancia de un heredero de tierras, vacas, residencia de lujo, tractores y varios autos. Nos quedaban el segundo, Hipólito y la menorcita, Enriqueta, que todavía no estaba en edad de dejarnos. Hasta ese momento había contemplado la vida como un crucero en mar sereno, donde el dolor es absorbido por las aguas y deja una estela de pesadumbre soportable incorporada a nuestro bagaje de recuerdos. Siempre había previsto desastres, pero no los míos. Los del mundo, los del país, los de las instituciones, los de mi partido, los de los demás, no los míos. En eso falló mi intuición pesimista.

Estaba distraído, una de esas tardes apacibles en que no había debate en la Cámara y yo discutía con uno de mis asesores un proyecto de ley que ni siquiera me interesaba mientras buscaba un pretexto para salir a tomar un café y seguir leyendo una de esas historias o novelas que alguna vez me apasionaron, como las de Delibes “Cinco horas con Mario”, “Los santos inocentes” o la de Vargas Llosa “El hablador” o infinidad de otras que apenas puedo enumerar. Había dado por terminada la reunión y estaba por irme cuando apareció mi secretaria sofocada y con expresión de susto me dijo “Tiene una llamada urgente”. Casi le contesto “Dígale que salí y que llame más tarde” pero una palpitación en la vena del cuello o quizás un soplo en la oreja me movió a contestar. Era la madre de Silvia que me pedía que volviera de urgencia porque había sucedido algo grave. No quiso explicarme y me aconsejó que tomara un taxi.

El accidente se produjo a la salida de la facultad por culpa de un camión destartalado que hizo una mala maniobra. Pasé de la serenidad del día a un torbellino de desesperación y luego a un estado de sonambulismo en el que, dejando atrás la imagen desecha en llanto de Silvia, me sumergí en los actos insoslayables de ir a recuperar el cuerpo, contratar una empresa fúnebre, elegir un féretro, realizar los trámites para el entierro y darle a Hipólito un beso de despedida, sin llorar, sin pensar, como un zombi que se mueve en cavernas oscuras, una máquina ambulatoria que no puede dejar de funcionar porque al detenerse se desmorona.

Los amigos vinieron a acompañar mi dolor, Elías, GG y hasta Matías, que no había visto durante diez años y se había enterado por el diario. Pasamos esa noche en vela, Silvia, yo y los padres de ella. A eso de las dos creí en una alucinación que me transportara a un mundo fantasmal cuando lo vi entrar a Cancela. Parecía el negativo de una foto, todo vestido de negro y el pelo blanco, la cara pálida y las manos cruzadas al frente. Se me acercó, me abrazó fuerte y al rozar su mejilla sentí el peso tibio de una lágrima que acababa de desbordar de sus párpados. Me dijo algo así como “Cuando Dios se lleva a las almas puras es porque le hace falta ayuda para soportar las embestidas del dolor y la putrefacción de este mundo.” Hablé largamente esa noche para contarle mi pesadumbre por no haber ofrecido a mis hijos la dedicación que ellos merecían y haberles fallado en mejorar el país y el mundo. Él habló poco, lo justo para contarme que había decidido tomar los hábitos y que vivía en una villa miseria junto a los que soportaban la carga de los pecados ajenos. Me confió que durante su juventud había sido seminarista, pero acosado por dudas interrumpió el seminario para estudiar derecho y dedicarse a apoyar la causa de los desvalidos. Nosotros éramos para él un terreno de aprendizaje de la vida, porque percibía un aire sórdido en su existencia suave y enclaustrada. Había aprendido de nosotros, pero mucho más de los luchadores por la supervivencia en la villa. Nunca nos habló de su vocación porque no quería contaminar el debate que incubaba en su conciencia.

Después, fue la caída en el abismo. El Parlamento dejó de existir desde el golpe de estado del 76. Silvia y yo decidimos compartir el estudio. A diferencia de Silvia, no me gustaba el trabajo pero lo hacía porque no tenía otro remedio. Ella no lograba sobreponerse a la muerte del hijo, estaba ausente como en un día tórrido en el que es difícil moverse o pensar. Tuve que reemplazarla. Era presa de angustia por cualquier suceso nimio y la veía deshecha si algo grave ocurría. El clima del país se hizo irrespirable: el terror se había instalado y ella fue abrasada por el infierno de las detenciones, asesinatos y desapariciones, de los allanamientos y robos en casas de políticos. Sus sentidos y su mente merodeaban sin rumbo presa de un miedo irrefrenable. El menor ruido la sobresaltaba y ponía en guardia, las noticias de crímenes y detenciones la mortificaban como heridas en su propia carne, espantosas pesadillas le arrebataban el sueño. El día en que nos llegó la noticia de la desaparición de Cancela lloró durante horas sin que pudiera calmarla, a pesar de que apenas lo había conocido.

El cáncer de hígado fue detectado gracias al neuropsiquiatra que trataba su estado depresivo, casi paranoico, quien la interrogó, le ordenó exámenes y finalmente le aconsejó ver a un especialista. Fueron unos meses infernales de quimioterapia. Tomé una enfermera porque, a pesar de todo, tenía que seguir trabajando. Opté por edulcorar las noticias para no asustarla. Verla sufrir era más lacerante que saber que iba a morir, pero aun así, a veces la obligué a salir a caminar movido por un vaho de esperanza que mi cerebro secretaba para que no me derrumbara. Ella se ponía una peluca con una docilidad que no le había conocido, se apoyaba en mi brazo y me decía “Me hará bien caminar como cuando salíamos de la facultad para respirar aire menos contaminado”. Enriqueta la acunó con lecturas y música durante sus vacaciones arrimándome el alivio de que estuviera junto a su madre el tiempo necesario para mostrarle cuánto la quería. A Francisco y Julieta los tuve informados y les avisé al prever que eran sus últimos días. Julieta trajo a sus hijos para que despidieran a la abuela aunque sólo tenían unos pocos años. Francisco, siempre soltero, llegó a último momento. Como lo conocía, le pedí que no llorara y los dejé solos; él siempre había sido el hijo cariñoso, mimado y cómplice. Al volver, los encontré abrazados en la cama como dos amantes, cada uno mojando las mejillas del otro con un llanto convulsivo que hacía temblar la cama. Ella murió al día siguiente y ellos me hicieron compañía una semana. Después se fueron, salvo Enriqueta, que siguió estudiando en Buenos Aires. Más tarde, cuando terminó el secundario, me dijo que quería tener su propio rincón, de modo que vendí mi departamento, demasiado grande, y compré dos: uno para mí y otro para ella.

La dictadura nos había dejado a todos un gusto amargo parecido a una depresión profunda. Creo que muchos apenas pudimos vencerla. Cuando llamaron a elecciones, acercándome a los cincuenta, ya no tenía fuerzas para luchar. Seguí trabajando como abogado y en política dejé el lugar para los jóvenes, que hasta ahora no supieron imaginar dónde se colocan las primeras piezas del rompecabezas del país. Consciente de que acarreaba un peso que erigía un muro invencible entre los proyectos de futuro y yo, me olvidé de las ilusiones y me aferré a lo poco que me había dejado la vida: unos hijos, algunos nietos y los viejos amigos.

Desde la muerte de Silvia, Elías y GG me llamaban regularmente para invitarme a tomar un café. Aceptaba sin ganas, sólo por no convertirme en una vieja carcasa cargada de pasado. Elías me pidió que fuera su abogado, pues sus negocios seguían ampliándose. GG había abandonado la profesión y, como su segunda mujer, se dedicaba al teatro. Me introdujo en su mundo, me presentó actores, directores, decoradores, tramoyistas, escenaristas, iluminadores, autores y acomodadores. Me convertí en adicto al teatro, sobre todo en las funciones para las que GG me daba entradas gratuitas y en los ensayos generales, donde a causa de mi asiduidad, me conocían y dejaban entrar. A Ezequiel lo veo cuando visita Buenos Aires y me ha invitado a Madrid, pero mi deseo de recorrer el planeta se ha petrificado en el desierto, junto con los espejismos de mi juventud.

Por mi parte, aunque nunca pude reemplazar a Silvia, sigo andando mientras trato de comprender a mis hijos y a mis nietos. De los más pequeños me basta una sonrisa para iluminar mi día, aunque ni ellos ni yo comprendamos por qué.


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Mi prima Inés


Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No recuerdo,
el año ni el día,
pero no olvido de niña,
su figura pequeñita,
patinando en una pista
de mosaicos gastados y rotos.

Su casa, al lado de la mía,
con enorme patio y galería,
y un fabuloso fondo con moras,
desde donde Milord, me gruñía.

En la vereda,
algarabía de juegos…
cowboys, indios,
figuritas y rayuelas.
De vez en cuando,
las muñecas
y con las ramas de un árbol caído,
el armado de fuertes y chozas,
y con los amigos del barrio,
saltando,
corriendo…

Recuerdo que ella soñaba…
con libertades y cantos,
justicias y versos,
en un mundo nuevo…
Y que un día de agosto,
de agonías y penas,
silenciaban sus sueños.

Compañera de mi infancia…
siguen tus recuerdos,
en mi alma prisioneros.

Y hoy en libertad,
y espejados a los tuyos,
yo deseando…
que renazcan tus sueños.

Dibujo: Virginia De La Puente


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Maestros del cine

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Jonesboro, Arkansas, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Si nos ponemos a pensar en los principales directores de la historia del cine, aquellos considerados maestros, en realidad sólo nos quedaremos con unos cuantos. Tratar de hilvanar un relato a partir de ellos y de sus películas, ahora puede resultar más fácil, porque vivimos en una época de divulgación, consumo e intercambio de información. Artes vecinas al cine como la publicidad o el vídeo clip hacen guiños o referencias múltiples a hechos y actos de cine precisamente creados por los grandes maestros.



Consideremos por un momento, por ejemplo, la obra de David W. Griffith. Con él nace no sólo el cine moderno americano sino que gracias a su obra, compuesta de cortos muy originales y de largometrajes históricos como “El nacimiento de una nación”, “Intolerancia” y “Pimpollos rotos”, se abre camino a una serie de descubridores y pioneros de la imagen en movimiento. Recordemos que Griffith usa acertadamente el montaje paralelo y nos obliga a pensar seriamente acerca de las escenas que componen “Intolerancia”, donde se habla no sólo del sentido de la vida sino de las maldades del ser humano, o de aquellas que conforman un fresco considerado por muchos un alegato racista como es “El nacimiento de una nación”, el cual muestra la presencia del Ku Klux Klan y su nociva influencia en una sociedad enfrentada y marcada por odios y persecuciones. El propio Griffith, autor de estos frescos históricos y operáticos, supo, sin embargo, cambiar de registro y entregarse a melodramas que insisten en la cuestión humana, de la pasión y el deseo, como en “Pimpollos rotos”, donde brilla con luz propia una joven Lillian Gish.



Pero estamos hablando sólo de los inicios del cine. De sus dos primeras décadas, cuando aún no se incorpora el sonido y no es posible experimentar con todos los artificios que este elemento alimentará con el paso de los años, dando lugar, por ejemplo y precisamente, a los musicales, un género que como otros nació en Hollywood.

Hablando de maestros, que no quede duda de Charlot. Charles Chaplin también se inició realizando y actuando en cortos. Su genialidad era tal que él sabía precisamente donde fijar el encuadre para captar el “gag” o la explosión de la siguiente pero nunca definitiva carcajada. Ya en el terreno del largometraje debemos a Chaplin verdaderas obras maestras como “La quimera del oro”, “Tiempos modernos” o “Luces de la ciudad”. En ellas, como lo seguirá haciendo con regular intensidad a lo largo de su vasta carrera, Chaplin demuestra ser un sentimental, un ser que está del lado de los que menos tienen, un hombrecillo, tal vez ridículo, que al final guarda para sí sus propios sufrimientos y carencias. El escritor argentino Osvaldo Soriano imaginó una conversación entre Chaplin y Stan Laurel, en un barco rumbo a Estados Unidos, en su novela “Triste, solitario y final”. La prosa de Soriano se apoyaba en una historia posible en la que Chaplin cumplía el papel que le cupo en sus películas: el del perdedor solitario, el hombre descontento, el enamorado de bellas mujeres que siempre lo rechazarán. Chaplin colmó un universo lleno de fantasías, popular, supo sintonizar con su magia con un público que ya por entonces lo celebraba en París o en Buenos Aires, como lo atestiguaron César Vallejo y Jorge Luis Borges.



Un tercer ejemplo de temprano maestro es el francés Jean Vigo, auténtico poeta del cine, dueño de una sensibilidad y una imaginación que traspasan lo cotidiano y quien es capaz de llevarnos a mundos de ensueño y fantasía desde la misma convivencia de grupos humanos, como los colegiales de “Cero en conducta” o la pareja que protagoniza esa obra maestra sin parangón que es “L´Atalante”. Vigo supo sumar, a un tiempo, su talento y esfuerzo creativo para forjar obras con rigor y sello estilístico, pensadas quizá no tanto para un público masivo (a la inversa de Chaplin) sino para ir por un lado más íntimo, recreativo, jovial, para buscar una poética de los sentidos en los meandros más misteriosos de la conciencia. Por ello sus películas no sólo se nos aparecen frescas y dinámicas, colmadas de movimientos y acciones, explícitamente cinéticas, sino que, además, muestran la fuerte personalidad de su autor, un genio que ha engrandecido el panorama del cine francés desde los inicios de este arte.



Griffith, Chaplin, Vigo… y el cine en sus comienzos. Tempranamente surgieron estos maestros, halagados y considerados con el tiempo. Otra cosa sería hablar de Alfred Hitchcock, sobre quien se ha hecho hace poco una película, inspirada en el rodaje de “Psicosis”. Se mantiene la idea de un Hitchcock dueño de una personalidad avasalladora, solipsista, pero sobre todo cruel. Un amante de rubias gélidas y transparentes -TippiHedren, Ingrid Bergman, Grace Kelly, Kim Novak, Eva Marie Saint-, verdaderos monumentos de belleza a los cuales el director de “Los 39 escalones” les rendía un culto infinito, inhumano, queriéndolas hacerlas suyas desde el manejo de sus propios filmes. La tradición de la prensa escandalosa y escapista nos ha dejado el retrato de un Hitchcock, genio del suspenso, hambriento tal vez de amor, sediento de lo que le negaban sus grandes estrellas, por último un ser cohibido, atrapado entre centenas de rollos de celuloide. Mas lo que importa, y lo rescatamos una vez más, es la impronta de esa obra que sabe moverse entre señales inesperadas o mostrar a peligrosos maniáticos, como el asesino de “Frenesí”, o tal vez poner entre la espada y la pared a un hombre que trata de vivir una existencia común como el CaryGrant de “North byNorthwest”. Hitchcock no sólo aplicaba matemáticamente el principio de la salvación de último minuto sino que inspiraba a sus películas el carácter macabro que requerían, como en “Psicosis”, o alteraba la realidad para dar la sensación de que algo extraño se teje más allá de lo que el espectador puede creer, como en “Rebeca” o “Sospecha”. Más aún, el crimen puede estar frente a nosotros como en “La soga” o venir de la mano de un familiar en el que supuestamente confiamos, como en “La sombra de una duda”. Hitchcock se reía de sí mismo y sabía aplicarse en la narración de esos tiempos de suspenso, en los cuales tanto urge salir del aprieto lo más pronto posible. Su carrera en el cine silente y sonoro, en los mercados europeo y norteamericano, señala a un ser ambicioso, que trabaja minuciosamente planos y escenas, que construía personajes a la medida de alguien que va a sobrevivir a todo.

Así, como vemos, un recuento ligero de maestros fundacionales del cine, el arte de la modernidad, nos lleva a recordar sus posibilidades expresivas, siempre cambiantes y creativas. Habrá oportunidad, por cierto, de hablar de otros maestros -pensemos en Kurosawa, Ford o Welles- que han hecho del cine una pasión constante, múltiple, ambiciosa y recreativa.


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“Armarse y resistir”: Invitación de la bestia

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Algunos presos, por encontrarse purgando condenas en pabellones VIP, lanzan frases que conmueven.

Sacuden los escombros de la historia, provocan nuevamente olas de lágrimas ya secas aunque no del todo, movilizan la bronca que nunca se durmió y despiertan la capacidad de asombro que a veces parece aletargada.

Uno de esos presos en espacio VIP, es un genocida: Jorge Rafael Videla, asesino de mi pueblo y de mi gente que asumiera el poder fáctico mediante un golpe de estado en la década del ’70.



Haciendo gala de su soberbia, la misma que alguna vez lo hiciera sentirse dueño de la vida y de la muerte, sin que le baste el repudio del pueblo argentino y de los pueblos hermanos, ahora llama a un golpe de estado contra el gobierno encabezado por la presidente Cristina Fernández de Kirchner, elegido por voluntad popular, pero que según su categorización de trataría de un “Unicato Totalitario”. Agregó, en entrevista a una revista española, que deben [los argentinos] “resistir y combatir al marxismo anacrónico”.

Su llamado fue dirigido a “los jóvenes que tienen entre 58 y 68 años” a la vez que se consideró un preso político.

“Preso político” por haber masacrado a miles de luchadores, por haber asesinado niños y niñas. “Preso político” por la apropiación de bebés. Por desaparecer personas, entre las que hubo varios sacerdotes y monjas.

¿Sabrá lo que significa ser preso político?

No conforme con su “llamamiento” siguió escupiendo su odio en los rostros de quienes no olvidamos ni perdonamos.

Es evidente que los años no siempre traen la cordura. No siempre calman a los espíritus belicosos, no siempre atemperan los ánimos.

La bestialidad se lleva en las entrañas, contamina las arterias, recorre circuitos de odio y deja interrogantes no resueltos que nos obligan a preguntarnos ¿cómo es posible?

Mientras tanto, en la primera misa con que estrenaba su papado el sacerdote argentino Francisco I, reclamó una Iglesia activa y comprometida.

Si se quisiera predicar con el ejemplo, el genocida hizo punta como para que empecemos a ver el compromiso. El repudio de la Iglesia debería ser impostergable.


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Música: La cantata sacra

Cantata, en música, es una composición vocal con acompañamiento instrumental. La cantata tiene su origen en Europa a principios del siglo XVII, de forma simultánea a la ópera y al oratorio.

El tipo más antiguo de cantata, conocido como cantata da camera, fue compuesto para voz solista sobre un texto profano. Contenía varias secciones en formas vocales contrapuestas, como son los recitativos y las arias. Entre los compositores italianos que escribieron estas obras se incluyen Giulio Caccini, Claudio Monteverdi y Jacopo Peri. Hacia finales del siglo XVII, la cantata da camera se convirtió en una composición para dos o tres voces.



En un principio el término significó únicamente una pieza para ser cantada y aparece por primera vez en 1620 de la mano de Alessandro Grandi (colaborador de Monteverdi).

Aunque al principio el término cantata se utilizó para designar composiciones muy diferentes, poco a poco fueron surgiendo las principales líneas estructurales que las convertirían en una nueva forma musical.

Para finales del XVII se aplicaba el término cantata a aquellas composiciones claramente compartimentadas en recitativos y arias, escritas por lo general para una sola voz, aunque también podemos encontrarnos cantatas para dos o más voces.

Las primeras cantatas eran interpretadas principalmente en academias italianas, de ahí que los textos musicados fueran por lo general de carácter profano.

Muchos fueron los compositores que cultivaron este género: Alessandro Stradella, Antonio Vivaldi, Tomaso Albinoni y sobre todo Alessandro Scarlati, que escribió más de 600 cantatas llevando a la perfección formal el aria da capo.

Si en Italia la cantata surge como un género de carácter profano, en Alemania la vinculación entre música e Iglesia que se produce tras la reforma luterana nos permitirá encontrar un gran número de cantatas de carácter religioso.

Los compositores de capilla eran obligados por contrato a componer cantatas para todos los domingos y días festivos del año, lo que suponía una ingente cantidad de música y texto para unas imprentas musicales que aún por desarrollar, sólo imprimían los textos de estas sin la música. Por este motivo hay un gran número de cantatas que no han llegado a nuestros días.

En Alemania, el compositor por excelencia de cantatas es Johannes Sebastian Bach, no por el número de estas (alrededor de 295 frente a las casi 2.000 de Graupner), sino por resultar una síntesis perfecta de toda la música vocal barroca, y por la grandeza de poder expresivo de su música.

Si bien Bach nunca llegó a interesarse por la ópera, fue Haendel quien se dedicó durante más de treinta años a la composición en este género mostrando un inesperado talento dramático y un profundo conocimiento de la psicología del ser humano.

Compuesta especialmente para las iglesias, esta forma se conocía como cantata da chiesa (cantata de Iglesia). Sus máximos exponentes italianos fueron Giacomo Carissimi, verdadero creador del oratorio, y Alessandro Scarlatti. En Alemania, durante este periodo, la cantata da chiesa, en manos de Heinrich Schütz, Georg Philipp Telemann, Dietrich Buxtehude, Johann Sebastian Bach y otros compositores, evolucionó hacia una forma mucho más elaborada que su modelo italiano. Bach hizo de la cantata de Iglesia el centro de su producción vocal, si bien también compuso cantatas profanas como la célebre Cantata del café.

Cantatas religiosas

Las cantatas se crearon para ritos religiosos, tanto católicos (las cantatas sacras) como protestantes. Esas cantatas tenían una parte oral muy consistente, destinadas a ser cantadas por los feligreses. El gran maestro de la cantata religiosa fue Bach. Sus cantatas tenían generalmente un coro inicial en que los sopranos iniciaban el tema musical seguido por las otras voces; se sucedía por medio de arias con recitativos cortos, a veces con instrumentos solistas que tocaban la melodía preparada para la voz (es lo que se denomina obligato). La congregación de fieles conocía los corales de antemano, ya que se iniciaba el servicio religioso con un «preludio coral» que tocaba el órgano. Estos corales de Bach fueron la base de los coros de los grandes oratorios, como el oratorio de Navidad y las pasiones (la Pasión según San Mateo y la Pasión según San Juan).

Para ejemplificar esta enorme producción musical, presentamos aquí tres piezas paradigmáticas, de grandes compositores de cantatas:

1. De J. S. Bach: de la cantata 147, el fragmento “Jesús, alegría de los hombres”


2. De Antonio Vivaldi, la Cantata Cessate omai cessate


3. De Dietrich Buxtehude, la Cantata Das neugeborne Kindelein



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Dos poemas


Isabel Fagúndez (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hago Honor

A todo el que hoy y desde siempre
Sabe distinguir AYER
Entre la vida que vende el dinero
Y la vida del que no lo tiene.

LLORÉ  LA MUERTE
A quien comprende
La diferencia que implica
El poder .de los imperios
Y el poder de la justicia. DEL
OLVIDADO

A quien puede seguir  siendo
A pesar  de lo que hacen
Para que seas
Otra
Otro.

A quien mantiene la palabra
En los actos
No en los momentos
No en los discursos
No en el pensamiento. EN SUS MISERIAS…

A quien no cambia
De ideas
Como un ritmo de vida
Como un discurso oportuno
Como  enseñanza mentirosa. Y

A quien hoy despierta
Y se siente mejor
Con las manos limpias
Con el verde para todos
Con el olor de la tierra. SIN ENTENDER

A los que permanecen ME ALEGRÉ
DE MI TRISTEZA
Más allá de la partida
En sus gritos
En su humanidad
En su ternura.

Hago Honor

A la unión de nuestras tierras
En cantos
Poesía
Luchas
Heridas
Hombres y Mujeres.

A quien lamenta
La agresión y la mentira
Y las detecta
Las descubre
Las adversa.

A quien no cree
Que
Cenicienta
Es un cuento
Inocente
Y el mundo Disney
El mejor sueño.

A quien se muere un poco
Y paga el costo
Con soledad
Pues mira indiferente
Lo que parece ser
Normal
Se aleja
Del nuevo poderoso
Se cansa
De las mentiras aceptadas
Y    vomita
Ante tanto estiércol.


________

Tiempos

Tiempos de magia
Que el grito de la patria
Despertó
En cada intento
Victorioso del amor
Que canta
Que cabalga
Y que sonríe
A la tierra sin límites
Que luchas
La tierra que Bolívar
Libertó.
Tiempos de magia
Misteriosa de tu voz
Que en rebeldía
De Chaguaramos
Promete
La verdad oculta de la historia
De un pueblo que dibujas
Como  Revolución.
Tiempos de magia
En el café que te embruja
De aromas
Y el color de la sabana
En tus palabras
Y nunca la esperanza
dijo tanto
conjuro de espera
interminable
en detenido y eterno
por ahora.
No han de perdonar que existas
En cada tiempo
de olvido
indiferencia
y falsedad
Ahora que en alquimia
De tu magia
en río rojo
y militante
rescatas las memorias
vigilantes
de Robinsón ,Bolívar y Zamora.
Te regalo los sueños
De este pueblo
Que tiene la magia
Que sembraste
En cada sonrisa huérfana olvidada
En cada sabio de la vida
Esos que entregaron sus años incansables
En la esperanza del que adolorido
Siente que te duele
Y encuentra espacio a sus quejas y pesares
En la utopía de la lucha que libramos
En cada encuentro
De la  América y  del mundo.
Tiempos de magia
Humildad y pensamientos
El encuentro perfecto de lo que haces
Y el verde sin fronteras
Sin temores
En alquimia transformas
Gigantes mentirosos
En siniestros ídolos
Inconforme tu
Nosotros inconformes
Dicho está
…tu magia
…tu magia
cuyo nombre
es
¡Venezuela!


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Dioses, diablos y fieras


Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tres sustantivos comunes utiliza la past presidenta del diario El Peruano y el Instituto de Radio y RV del Perú, María Pilar Tello, al ofrecer un examen en profundidad del periodismo y los medios de comunicación bajo sus actuales prácticas y modalidades.

La autora, doctora en Derecho y Ciencias Políticas por la universidad mayor de San Marcos y la francesa Grenoble, en esta investigación de 400 pp y una amplia bibliografía, remarca que el mercado subordina a los medios a la implacable venta y la audiencia, pero al mismo tiempo es la libertad de prensa el mejor sustento para construir la democracia más allá de la connotación política.

La revolución tecnológica del siglo XXI en materia de comunicación abre las fronteras para la divulgación de ideas. Sin embargo, amplios sectores de la población, por falta de dinero y oportunidades, no tienen acceso igualitario al conocimiento de la verdad.

Los medios tradicionales continúan vigentes, crecen en lectoría y teleaudiencia. Por ahora se han convertido en el único referente para los pueblos donde la educación aún no ofrece calidad.

Toda empresa defiende sus intereses. La televisión por cable, los teléfonos celulares, están articulados a grandes corporaciones. Las redes sociales y los blogs movilizan conciencias pero no logran mantener por mucho tiempo los objetivos que se plantean.

Las experiencias del sistema público jurídico de la Europa moderna, en estos tiempos de crisis, inducen a fortalecer los medios de propiedad del Estado, mediante directorios con mayor autonomía e independientes del régimen de turno. Tarea difícil por cierto en países adolescentes.

María Pilar Tello, comparte juicios de valor con prestigiados investigadores, y destaca, por ejemplo, la evolución de la prensa española a partir del último cuarto del siglo XX, cerrando un largo periodo histórico iniciado en 1492:

El uruguayo Del Rey Morató y el inglés Gerald Martin, advierten que el cambio de cultura política de España se vio acompañado por revistas como Cambio16, y Diario16 (su ultima edición fue en 1993) y El País que propiciaron una nueva comunicación abierta, “encandilada por la transformación que rompía con el pasado y apostaba por la tolerancia, por el pluralismo para el desafío del futuro y por la modernidad”. Cambio16 se extendió a América Latina en los noventa encontrando tierra fértil en Colombia con el liderazgo de Gabriel García Márquez y familia. Pero en Perú y Chile, chocó con la intolerancia.

La revolución tecnológica pronostica que solo los medios democráticos podrán tener larga vida. Será imposible que persistan por mucho tiempo aquellos modelos como la TV del escándalo que alienta Berlusconi o el emporio Murdock.

A manera de conclusión, resulta interesante la idea de lograr “automediatizarse”, es decir un modo de producción sin intermediarios, de compartir mensajes abiertos a los activistas e ideólogos para afrontar el proceso de desintermediación comunicativa. “Internet es una esperanza de mayor transparencia que recuperará la confianza en los periodistas y los políticos, ahora intermediarios denostados”.

Las radios comunitarias de las pequeñas aldeas, los periódicos locales y regionales, constituyen referentes de libertad y fiscalizadores de las instituciones.

Entendemos que el presente y futuro va más allá de la revolución tecnológica de la comunicación, porque el periodismo tiene que ver con la ciudadanía, con el derecho a la verdad. El Fondo Editorial del Congreso, al publicar esta obra de MPT, reconoce la necesidad de un mayor dinamismo en esta línea editorial.


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Crítica literaria: “En la orilla”, de Rafael Chirbes


Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Rafael Chirbes
En la orilla
Anagrama

"Para escribir un buen libro no considero imprescindible haber leído el Quijote. Cervantes, cuando escribió el Quijote, aún no lo había leído."
Miguel Delibes

Corría el año 2007 cuando Anagrama publicó una novela de actualidad excitante poseída de escritura ejemplar, transparencia, compromiso y estilo narrativo. Realismo propio de un escritor cuya madurez lo situaba en ese ventanal donde la claridad de visión de la sociedad, permite ver las circunstancias de la sociedad y su demoledora caminata corruptiva y las cuadrillas de políticos, voluntariamente desmemoriados, que fueron suplantando las ideas por las meras palabras vacías de contendido ideológico y social. Crematorio es el título de la novela que logró plasmar definitivamente el compromiso que caracteriza la trayectoria literaria de Rafael Chirbes: iniciar la histórica narración literaria del siglo XXI de la España irredenta, su espacio vivido, con espíritu crítico y provocador, arriesgado como la suma toda su propia vivencia de observador literario Apuesta desafiante en un ambicioso empeño de abarcar toda la tragedia. Y conseguir ser galardonado con el Premio de la Crítica con esa novela considerada “una de las mejores de la literatura española en lo que va de siglo”.

Y a esta aventura desafiadora, se suma ahora como lo que se considera la segunda parte del proceso literario sobre la sociedad española En la orilla. Una novela en la que Chirbes muestra la depravada corrupción de un estado social desenfrenado hacia un abismo desolador. Donde descarnadamente se recrea tantos las debilidades como la perversidad del hombre en los túneles intrigantes de la obscenidad y el despotismo deslustrado seis años después, cuando corre este 2013, donde el estado de corrupción que asola el país muestra la putrefacción galopante fruto de la desmemoria de la izquierda pandillera con nómina garantizada, que se derrumba hasta el más bajo nivel de la mediocridad y la cochambre. Esta es En la orilla, una novela que se confirma como segunda parte la continuación del inolvidable Crematorio. Narración en la que prosigue la triste indecencia de la España del siglo XXI, culminando así el final de la comedia de la Transición, el derrumbamiento económico y social de una España beoda y corrupta, la de “coge y el dinero y corre” donde la degeneración en todo su amplio campo depravado narra un palpitante monólogo que se desarrolla entre la primera y tercera persona. Es una obra para lectores exigentes y advierto que se debe de recomendar a los políticos para que vean el reflejo de su propia estampa degenerativa.

Mostrarles donde terminara de pudrirse, fundiéndose en el nauseabundo pantano que la narración presenta como telón de fondo. Magistral modelo e inmensa denuncia expositora de las diferentes facetas del proceso. Fuentes en las que puede alimentarse el realismo literario incómodamente expuesto, por encima de todas las modas literarias, que se le puede aplicar a modo de doloroso elogio en verso de César Vallejo “Salud hombre de Dios, mata y escribe” sin piedad alguna, pues basta ya de eufemismos para vestir con perfumes de caridad arrastrada al estado de esclavitud a los que se somete a los de abajo “los menos favorecidos” , en fechas que corren devorando los últimos residuos de la clase media, que recordando a Brecht permite preguntarse, ¿a qué puerta llamaran a continuación en este delirio destructivo de la sociedad?. Sombra de Thomas Bernard recorre este monólogo.

Y como absoluto protagonista de de tan vibrante historia está Esteban, un hombre de 70 años, afligido al máximo al tener que cerrar su empresa de carpintería dada la crisis, que lo convierte un derrotado tras dejar en el paro a los trabajadores y buscar refugio en casa para cuidar a su padre en lo que le queda de corta vida, asumiendo el papel de víctima y verdugo de tan descarnada historia. Realidad trágica para una mayoría de la sociedad española en este corto período de tiempo en el que la indecencia y la avaricia de la explotación del poder y sus dóciles servidores políticos como grabadores del capítulo trágico de nuestra actual historia. Algo difícil de olvidar por los que aún somos victimas y testigos de tan dramática etapa, que igualmente no podrán ser olvidadas por las nuevas generaciones.


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Mujeres

Luis Viú (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ustedes, las mujeres, son como el Sol que nos calienta
Y como el agua que nos da vida;
Como el aire fresco de las mañanas que nos embriaga
Para comenzar un nuevo día.

Ustedes, las mujeres, son como las flores;
Nos regalan su perfume y su color:
Nos alegran con su presencia
Y nos entristecen con su ausencia…

Ustedes, las mujeres,… en fin
El pan que nos alimenta
Y nos fortalece;
La luz que nos guía y
Nos dirige.




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Plástica: Desde España, Goya

El Ave Fénix

Francisco de Goya y Lucientes nació en Fuendetodos (Zaragoza) el 30 de Marzo de 1746, muriendo en Burdeos (Francia) el 16 de abril de 1828, fue un pintor y grabador español, sin duda uno de los grandes pintores de todos los tiempos, un genio que irrumpió en la Historia de la Pintura con un estilo personal y rompedor y que le ha hecho merecedor de un lugar destacado entre los más grandes maestros, junto con Velázquez y Picasso forma parte de la gran tríada de pintores españoles.

Su obra abarca la pintura de caballete y mural, el grabado y el dibujo; en todas estas facetas desarrolló un estilo que inaugura el Romanticismo.



El arte goyesco supone, asimismo, el comienzo de la Pintura contemporánea, y se considera precursor de las vanguardias pictóricas del siglo XX.

Tras un lento aprendizaje en su tierra natal, en el ámbito estilístico del barroco tardío y las estampas devotas, viaja a Italia en 1770, donde traba contacto con el incipiente neoclasicismo, que adopta cuando marcha a Madrid a mediados de esa década, junto con un pintoresquismo costumbrista rococó derivado de su nuevo trabajo como pintor de cartones para los tapices de la manufactura real de Santa Bárbara.

Tras su vuelta de un viaje de formación a Italia en 1771, Goya recibe el encargo de decorar al fresco la bóveda del coreto de la Basílica del Pilar en Zaragoza, con una pintura sobre la adoración del nombre de Dios.

El pintor aragonés demostró con ella conocer y dominar la técnica de la pintura al fresco, si bien sus honorarios fueron menores que los de otros artistas a los que se adjudicó obras artísticas de decoración con pinturas al fresco de las bóvedas de la Basílica del Pilar.

Así, Goya recibe 15.000 reales frente a los 25.000 (más los gastos) que cobró Antonio González Velázquez.

De la obra se conservan varios bocetos y dibujos preparatorios que muestran mayor atrevimiento que la que adquiere la pintura de la bóveda tal y como se puede contemplar en la actualidad, si bien es necesario tener en cuenta que esta ha sufrido cuatro restauraciones en 1887, 1947, 1967 y 1991.

En ellos planteaba una composición de gran contraste en el colorido y la iluminación, y con un dinamismo en el movimiento mayor que el que se contempla en el resultado definitivo.

La obra, en su ejecución final, refleja los estereotipos de la pintura religiosa católica tardobarroca, se disponen dos grupos de ángeles a los lados que enmarcan una escena central presidida por el símbolo de Dios padre, un triángulo equilátero con su nombre inscrito.

Pese a que los grupos están situados a alturas diferentes, la impresión final es un tanto estática, y predomina una línea de composición en aspa pese al intento de Goya de situar las líneas de fuerza en forma de aspa, cruzadas en el centro del cuadro.

El magisterio en esta actividad y en otras relacionadas con la pintura de corte lo imponía Mengs, y el pintor español más reputado era Francisco Bayeu, que fue cuñado de Goya.

Desde 1774 se afinca en Madrid. Inicia una rápida carrera como pintor de corte, protegido por su cuñado Francisco Bayeu, excelente pintor del rey, Goya diseña tapices para la Casa Real española, pero en seguida empieza a ganar fama como excelente retratista y pinta a los españoles más importantes, incluida la familia real, llegando a ser pintor del Rey Carlos III y Carlos IV.

Una grave enfermedad que le aqueja en 1793 le lleva a acercarse a una pintura más creativa y original, que expresa temáticas menos amables que los modelos que había pintado para la decoración de los palacios reales.

Una serie de cuadritos en hojalata, a los que él mismo denomina de capricho e invención, inician la fase madura de la obra del artista y la transición hacia la estética romántica.

Además, su obra refleja el convulso periodo histórico en que vive, particularmente la Guerra de la Independencia, de la que la serie de estampas de Los desastres de la guerra es casi un reportaje moderno de las atrocidades cometidas y componen una visión exenta de heroísmo donde las víctimas son siempre los individuos de cualquier clase y condición.

Gran popularidad tiene su Maja desnuda, en parte favorecida por la polémica generada en torno a la identidad de la bella retratada.

De comienzos del siglo XIX datan también otros retratos que emprenden el camino hacia el nuevo arte burgués.

Al final del conflicto hispano-francés pinta dos grandes cuadros a propósito de los sucesos del levantamiento del dos de mayo de 1808, que sientan un precedente tanto estético como temático para el cuadro de historia, que no solo comenta sucesos próximos a la realidad que vive el artista, sino que alcanza un mensaje universal.

Pero su obra culminante es la serie de pinturas al óleo sobre el muro seco con que decoró su casa de campo (la Quinta del Sordo), las Pinturas negras, en ellas Goya anticipa la pintura contemporánea y los variados movimientos de vanguardia que marcaria el siglo XX.

Ver su obra aquí


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Me llamo Dominique

Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El presente relato hace parte de la novela "Antes y después de Guernica".

Jamás imaginé que dejaría Francia, mi patria. Y menos por los motivos que originaron mi exilio voluntario. Y digo voluntario porque nadie me persiguió políticamente para que dejara el suelo donde yo nací y que amo tanto. Pero ya mi patria dejó de ser el abrazo abierto a los perseguidos del mundo.

Actualmente, un presidente déspota barrió en un breve lapso de su gobierno, las bases de los valores de una Francia que llegó a ser por sí sola la imagen de la Fraternidad para todos los hombres y mujeres del mundo.



Fue poco a poco y no quisimos darnos cuenta. Sólo se hicieron dos o tres marchas para protestar cuando el señor SARKOZY expulsó a aquella jovencita africana pretextando que carecía de documentación legal.

Hasta llegó a hacer controlar, con la policía, las salidas de las escuelas para comprobar directamente quienes, entre los asistentes, eran hijos de inmigrantes para luego prohibirles asistir como alumnos regulares o, inclusive, expulsarlos del país.

Un notable escritor y periodista Thierry Meyssan, denunció valientemente y con pruebas documentadas, el plan de persecución a los exiliados refugiados o simples emigrados extranjeros que venían a trabajar a la Francia de la Liberté, Fraternité, Egalité.

Al mismo tiempo investigó la infiltración de la CIA en organismos claves del Estado Francés y que motivaron el cierre de su Web titulada VOLTAIRE.

Esta persecución a la libertad de prensa, le sirvió a Meyssan para darse cuenta de que su pluma y su palabra corrían peligro, por cuyo motivo se exilió en Líbano, desde donde con la valentía que lo caracteriza, sigue denunciando en su web y en sus libros, el periplo despótico del presidente francés.

Ni, yo misma conocía las denuncias de MEYSSAN, hasta que, con motivo de los suicidios de algunos empleados de Telecom, unos amigos me aconsejaron leer Voltaire net., su famosa web.

Luego la debacle económica se fue haciendo evidente. Carpas de tela y/o cartón, se multiplicaron en las afueras de París. Familias enteras fueron desplazadas por el neoliberalismo apoyado por quienes tendrían que haberse opuesto para salvar la democracia que es lo que debe sustentar y legitimar a un gobierno que se precie de mantener sus principios.

Pero la Globalización engulló esos principios y digo engulló porque al igual que una bestia carnívora engulle y despedaza a su presa antes de hacerla desaparecer en sus fauces, el capitalismo globalizado con la eufemística palabreja de “capitales internacionales”, borró del mapa a fábricas enteras que sólo conservaron su nombre de marca y nada más... Y, entonces, el desguace fue INTERNACIONAL. Para eso si se unieron los capitalistas, para Ahogar al Patrimonio Nacional en beneficio del Anónimo Internacional.

Entonces los suicidios se multiplicaron por cuatro. Los motivos fueron variados. A nivel internacional: suicidios de colonos en la India por no poder afrontar los intereses leoninos de los créditos de Monsanto.

En la propia Francia: suicidios de empleados en diferentes empresas por el agobio, la incertidumbre y el manoseo de su obligada dependencia por subsistir o por mantener el empleo.

Entonces, llegó un mail….

Florencia, mi amiga de Argentina volvió a insistir sobre el ofrecimiento de una cátedra de francés en el instituto del que ella era directora.

Para mayor efecto sicológico adjuntó la documentación que me confería el cargo de profesora de francés.

Fue suficiente, la esperanza que me llegaba de un Nuevo Mundo, cuando ya en Francia con la anuencia hipócrita de la OTAN se iniciaba la salvaje ofensiva de muerte en LIBIA con el bombardeo de ciudades enteras, con hospitales y escuelas incluidas.

 El pretexto era “liberar a un pueblo oprimido”.

¡Y, para allí partí!

Mi periplo viajero duró un día y medio porque, en la fecha decidida, sólo conseguí pasaje hasta Ámsterdam, donde debí hacer una escala de seis horas para, luego, tomar otro avión hacia Argentina.

Buenos Aires me recibió con su sol brillante, en un increíblemente despejado cielo azul. Desde allí, partí para Santa Fe.

Florencia, Emy, su mamá, Héctor su marido y sus mellizas Hilda y Martha me esperaban en el aeropuerto.

Habían pasado cuatro años desde mi última visita a Santa Fe que, ahora, estaba urbanísticamente muy cambiada debido a la proliferación de edificios en torre. Pero no había perdido su aire hospitalario, característica común a la mayoría de las ciudades del interior en casi todo el mundo, algo de que carecen las megalópolis.


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Stéphane Hessel, un luchador social irreductible

Ana Patricia Santaella Pahlén (Desde Córdoba, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Recientemente, hemos vivido la pérdida irreparable de un luchador social irreductible, Stéphane Hessel, nació a la par que la Revolución de octubre en 1917. Hijo del escritor y traductor judío, Franz Hessel, y la también pintora y escritora, Helend Hund. Se establecieron en París en 1924, y éste se naturalizaría con nacionalidad francesa en 1937. Fue un militante precoz fuertemente comprometido, se enrolaría en la Resistencia francesa en Londres, contra el nazismo, bajo el mando de Charles de Gaulle, llevando a cabo arriesgadas misiones para la oficina de contraespionaje, Información y acción (BCRA).



En una de estas misiones clandestinas, es detenido y arrestado por la Gestapo, siendo deportado a los campos de concentración de Buchenwald y Dora-Mittelbau. Condenado a muerte, logra zafarse tomando la identidad de un preso fallecido de tifus. Terminada la Guerra, inicia una carrera diplomática contundente interviniendo en incontables conflictos internacionales. Fue embajador de Francia ante la ONU. Tomaría parte en la redacción de la Declaración de los derechos humanos. Pero, quizás lo más interesante sea el haberse distinguido como un impulsor social de hondo calado, influyendo en movimientos sociales que propugnan el fin del bipartidismo PSOE- PP, en el caso de España a través del movimiento inconformista 15 M , llamado también movimiento de los indignad@s, impulsado por la ciudadanía, acampando incluso en las plazas de las principales ciudades españolas, como espacio abierto de discusión, debate y propuestas útiles que abogan por una organización horizontal, transparente y participativa por medio de asambleas populares organizadas.

Volviendo a Hessel, su capacidad de denuncia e indignación abarcaba temas tan dispares como la causa palestina, los inmigrantes sin papeles, la avaricia irrefrenable de los poderes financieros, la degradación provocada del medioambiente, etc. Insta Hessel, a los jóvenes a indignarse, nos recuerda que todo buen ciudadano debe expresar esta indignación por imperar una hegemonía nociva por parte de los mercados, que arrasan y todo lo acaparan.

Su libro ¡Indignaos! Ha sido y es, un alegato que sacude las conciencias e invita a rebelarse contra la indiferencia, usando para ello un medio histórico eficaz, como supieron Martin Luther King, Gandhi, Rigoberta Menchú o Mandela, la insurrección pacífica. “Hay que dotar a la esperanza de confianza, la confianza en la no violencia”. El interés general dice, debe primar sobre el interés particular y el reparto justo de las riquezas, sobre el poder del dinero. La Resistencia propuso “una organización racional de la economía, se creó la Seguridad Social, y en su programa se estipulaba garantizar la subsistencia a la ciudadanía, y procurar una jubilación digna al finalizar los largos años de vida laboral. Persiguieron, instaurar una democracia económica, nacionalizando bancos y empresas de suministros y servicios que repercutiera en la riqueza nacional.

Por eso, nos vuelve a recordar con insistencia, que cojamos el relevo, que persistamos en la indignación sin caer en la claudicación, formando parte activa en la historia que tiende y abraza la justicia, o la reparación. Solía decir Hessel en ocasiones, que en su juventud le influyó la lectura de Sartre, de él, extrajo la enseñanza:”Sois responsables en cuanto individuos”. También Hegel, que acertadamente dedujo de la larga historia de la humanidad, un fin irrenunciable: La libertad.

Bibliografía:
Hessel Stépahne. ¡Indignaos! Prólogo de José Luis Sampedro.Edit. Destino. 2011


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Una boda y cuatro funerales

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El casamiento de un Ángel no ocurre todos los días, pensó Reuben, el “Fernandito”, un experto en calamidades. Si en la quiniela juega un número, le sale letra.

Ella era la inminente mujer de su amigo, se dijo retándose, es un culposo profesional, mientras guardaba la tarjeta perfumada que no miró y le entregara primorosa, junto con la invitación. Por otra parte, seguro que era una de algún universo que nos concernía a nosotros, de frente a Turdera.



La historia se detuve en Turdera. Algo fatigada y decidida a dejar marcas- Bueno, si no fuera así, no estaríamos aquí. Un mercado histórico y después, a uno se le caen las nostalgias. A Yon no. Es algo que erradicó de su vida. Parece ser un mapa del presente, empecinado en que lo acompañe en cada recorrida. En cualquier momento me planto a decirle no.

Es que Turdera merece un capítulo preciso. Un pueblo que tuvo tranvía, no es cualquier pueblo. Una vez se quedó sin cura y acuño la frase que pasó a la inmortalidad de la liturgia del suburbio.

El espíritu del antiguo mercado pareció resistir. Tuvo otros usos, pero nada parece superar su esplendor, cuando ser “mayorista” era de rango, casi un abolengo. Los puesteros de entonces miraban por encima de los anteojos, si llevan y si no por sobe el hombro, según la altura de la circunstancia. Más que vender, te hacían un favor. Cuestiones de la Argentina indiscreta, que pintó Vaca.

Ahora sigue, entre otras cosas, teniendo ilustres vecinos, como el “Taba” Gómez Laborde, quien de dotes esgrime ser el “padre de Diógenes” y nosotros los linyeras. En esos avatares del dibujo, Juan Luís Ribas, fue otro “testigo en peligro”.

El puente de Turdera es un atalaya histórico. Mirando al norte y a su izquierda según se vuelve, galopan orgullosos fantasmas de los Iberra, con quienes guardo una tenue línea de sangre y que desvelaron mal, al ciego de las letras, toda una paradoja y más, si se coincide con quienes dicen que es el más importante escritor.

Al frente y sobre la estación, de ambas márgenes, la marca de mi abuelo Nicasio, fue borrada por un retruco o un vale cuatro, vaya uno a saber y “allá” se fueron las tierras, rápidas a la hora de pagar apuestas, sobre todo cuando la palabra valía más. Mi abuelo en eso fue precursor de los boludos, para los jóvenes parkinsonianos del alma.

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La fiesta pinaba bien para todos menos para Reuben. Salió temprano de su hangar de Banfield, porque la ceremonia para él tenía doble precio.

Decidió que las cosas había que hacerlas bien o no hacerlas. Pese a las primeras indicaciones, se empecinó en hacerlas. Es que el día o alguien, avisa temprano como se va a dar la mano, sucede que uno se “emperra” y así le va.

Reuben es todo corazón. Por lo menos más alto -su corazón-, aunque si se lo mira bien, en rigor de verdad, no se necesita mucho para esa medición.

Ansioso, ciclotímico, como buen geminiano. Pasa de las tormentas a la placidez, con velocidad tropical, pero globalizada.

Ese día se estudió en el espejo, para ver mejoras en su producción. Echó otra mirada a la foto de Huracán ´73. Una lágrima rebelde se le escapó de la cara ante aquel Menotti, que soñaba con hacer las cosas bien. Es “fana” del “globo”, entre otras imperfecciones confesables, con lo que tiene bastante cruz para llevar y nada podía salir mal.

La fiesta del casamiento del Ángel sería una fiesta, se prometió.

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Reuben había dedicado tiempo y esfuerzo para colaborar en el menú. Produjo para el acopio, sus panqueques de manzana, famosos hasta en Banfield –que no es poco- basados en la manteca, con resolución de masa a mano –que no es lo mismo que las manos en la masa- y el secreto toque salino. También variedad de formas –algo que sugiere cierto perfeccionismo escultórico- en sus pollos a los cuatro quesos y matambres tiernizados con leche –puntillosamente prensados y aplastados por el peso de la espera -, que mostraban prolijidad sospechosamente teutona.

Nosotros, el vasco Yon, “Marce” y “Robert” (este con t), “el trenzado”, más conocido en el diario. Como “los rotativos” y yo, matábamos el tiempo, algo inofensivo hoy, a la hora de matar.

La oferta disponible era errática. Tuvimos al alcance de los dientes, algunas alternativas de jamón serrano, sin una mota de grasa,. Las perfectas y olorosas aceitunas negras, en platos separados, las rellenas con hilachas de rojos ajíes “bolivarianos”, que pueden convertir en dragón, al primer mordisco de las otras.

A uno de los tres se le ocurrió que el pan de maíz era pertinente. Como siempre acepté sin chistar, total nadie sabrá quien paga. Además el aperitivo francés anisado y convenientemente helado, generaba conflictos fronterizos, a paladares sólidos y también a los recatados.

Lo lamentable era que el stock “de la oficina”, donde estábamos, dejaba mucho que desear y la tercera botella acorraló la heladera. Nos controlamos con la plaza Grigera, cuando las luces parpadeaban guiñando ese 20 de mayo del 2002, cómplices a posibles compensaciones que la fiesta apestaba.

El Alfa gris estaba reluciente, con seguridad la dueña se ocupó de ponerlo en condiciones. Ella es solidaria, también a su manera. En esa concesión estaba, cuando apareció Reuben con el 505 verde aceituna para no variar.

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Salimos en caravana, casi un tren de la vida. La avenida reluce. No todo lo que reluce es oro. Al llegar a Columbres lo cruzamos a “Chaco chico”, remisero sobreviviente amigo de Yon. Algo no debería andar bien, porque el Duna gris marchaba orondo por la vereda. “Chaco” parecía buscar algo en el piso. Apenas lo veía.

Al que sí vi, fue al “chabón” parado con las piernas abiertas y afirmado, en la posición de “las diez y diez”, con la muñeca izquierda asegurada por mano derecha y una reluciente pistola que recibía y rebotaba destellos, además del trepidar tartamudo. Eso sí, no sé a quien le tiraba, pero vi al que trastabillaba, mientras “perdía” la bicicleta.

Seguimos como pudimos, porque casamiento en estos tiempos, es casi una extravagancia. Y la vagancia tenía mucho que ver con los pasajeros de este viaje peregrino.

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“El puente de Turdera” sigue siendo propietario del leve zigzag tramposo. Sobe todo si uno decide miar la estación que yace debajo. Esa curva imperceptible, cuando se va “para allá”, fue “enderezada” por muchos. Reuben naturalmente fue uno más. El 505 se llevó el cartel de oferta, prolijamente atado con alambre, la mitad del árbol, las señalizaciones que anunciaron, después, el camino equivocado.

No perdió el auto pero “picaron” todos, como pelotas de paddle, el deporte que él mejor juega. En el camino había quedado una “anciana” de cuarenta, acorralada por “la parca”.

- ¡Uy, creí que no la agarraba!-, lo escuché “al Marce”, lamentarse. Es malo y le gusta serlo. Las contusiones camino de los que buscábamos, fueron resueltas antes de
Llegar al Meléndez. Por la “anciana”, no pregunten.

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Cuatro transversales después del mercado, tropezamos el lugar, iluminado. Una perfecta fiesta de barrio. En un sitio que no era de barrio. Los vecinos, sin embargo, mantenían costumbres de barrio. Chusmeaban.

El descontrol había ganado por nock-out. Lo que se puede contar es lo que no se probó: gaseosas. Una música generosa provocó a los bailarines. Los bailarines, de a poco, se provocaban entre sí. El lugar y las situaciones provocaban sed. Calor. Sudor. Aromas que mutaban y después mataban.

.La perfecta cronología de alegrías flamantes, que se celebraba copiosamente.

Los casados, “El Ángel” y su flamante saludaban entusiasmados cada vez que alguien partía. Ellos se quedaron rompiendo, ora vez, las reglas, quizás hasta que la muerte los separe.

La retirada debía ocurrir raya antes de la guarda roja del sol en el horizonte.

Reuben cargaba a uno de sus pasajeros sobre el hombro, como lo iba a dejar tirado, sin advertir que este, cabeza abajo, regaba su espalda vaciando lo que le quedaba en el estómago. “Dos cadáveres” más, para el portaequipajes, pero sin las botellas. Las llevaban puestas. El sacudió la cabeza, comprensivo..

Claro, si toma agua mineral. Un asco.

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Los regresos suelen ser sin gloria. Este también. Abandonamos al “Robert” y al “Marce”, en algún lugar de la avenida, confieso que no sé cual. Si sé que no estaban, porque Yon y yo seguíamos las luces de lo que quedaba del 505 y las paradas para dejar la carga, haciéndole de cortejo a Reuben. Yon me habló por primera vez en la noche y tal vez en el día.

-No me olvido que tenemos que encontrar a los argentinos que quieren canjear territorio por deuda externa. Ya hubo presentaciones. Lástima que las hizo un “boga” con apellido de bodega. Un desperdicio, pero hoy nos debíamos un recreo -, dictaminó dueño de nuestros destinos. Sigo sin rebelarme. Cualquier día de estos…..

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Se nos cruzaron dos autos, encarnizados en la persecución.

- Los tiempos están duros. Este delito lo auspicia…-, fue el comentario del vasco mientras los autos se “mimaban”, casi en la curva de Turdera, pero regresando a Lomas.

Del de atrás se bajaron dos y atraparon otros dos. En el de adelante, dos que no eran de bastos, parecían dormir. Por supuesto los vimos cuando nos pasaron y cuando los pasamos. De parar ni se habló.

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Cuando llegamos a Banfield, Reuben en la puerta del hangar y demorado debajo del farolito esmerilado color caramelo, estudiaba fijamente la tarjeta.

Miró perplejo y me la entregó. Leí la tarjeta satinada y de primera calidad, debajo del nombre, biselado, sólo decía “servicio de acompañante”. Hotel “Baubuien”, o algo parecido. Lo palmeamos esperando que cerrara la boca. San Blas acompaña cuando se tose, este había pagado el peaje del asombro. Eran rastros de los pasajeros paseados.

-¿Tomamos un café?-, la diplomacia el Vasco seguro no la aprendió en el Vaticano…


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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Como las cosas que se mueven por sí mismas,
todos los antiguos creedores y acreedores
regeneran la edad
y el hedor
de los poseedores.
Mas el viento nuevo avienta sus inventos, su inventario germinal.

Descubridor de lo desenvuelto, creador con lo que no se crea,
moja la congoja en desahogo.
Aireando su pedestre pedernal,
horadando con tino (o sin) el cotidiano des-tino: invidente esperanza.
Cuando llega, lo hecho está.
Renuévate en cada in-stancia exterior, en cada e-stancia móvil,
en toda circun-stancia central.
Tus actos sintetizan de novo lo viejo de las cosas, que cambian más veloz-
mente que tu mente.

Pero acaso sólo en apariencia
lo hagan los antiguos creedores y acreedores
que se regeneran para domar.
Aportan
su remedio o medicina, remedo
de lo que no es.
Pero todo por venir se acaba, y entre tanto
los temporales se aprontan
a descubrir y destruir el artificio,
fuente de fantasmas.
Domar sí. Es hora de domar los domadores,
de expropiar a los expropiadores,
de doblar -¿solamente?- el látigo antes indomable.
Vedlos ahí.
Callados, bulliociosos, a la intemperie y bajo el pavimiento,
los efímeros moldean el apoyo como un. Tal vez olvidan por temor
lo que siempre supieron:
lo fugaz oculta lo perpetuo.




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Una clase de pintura

Xuxo

Si quieres pintar como Leonid Afremov: http://www.youtube.com/watch?v=_4GcgLhhDQg

Sigue sus instrucciones: http://www.youtube.com/watch?v=jJkx82yuEZI

Leonid Afrémov (nacido en Vitebsk, en 1955) es un pintor bielorruso con nacionalidad israelí. Sus pinturas generalmente son paisajes, escenas urbanas, flores, marinas y retratos coloreados vívidamente; generalmente pintados usando espátula y pintura al óleo. Actualmente es muy conocido gracias a que vende su obra por internet y apenas expone en galerías.

Afrémov se graduó en la Escuela de Bellas Artes de Vitebsk, fundada por Marc Chagall en 1921 y que tuvo notables personalidades como Kazimir Malevich yWassily Kandinsky.

En la Unión Soviética

Trabajó en una fábrica de cerveza y licores como diseñador y en un teatro como escenógrafo. En los 80 empezó a trabajar por libre en colegios y koljoses diseñando propaganda comunista y realizando esculturas de Lenin en escayola. A causa de sus raíces judías no se le permitía pertenecer a las asociaciones de artistas locales ni participar en las exposiciones gubernamentales.

En 1986 ocurrió el desastre de Chernóbil, a sólo unos cientos de kilómetros de Vitebsk. Los niños pequeños resultaron afectados, entre ellos el de Afrémov, que tenía sólo 2 años. A ello se unió el antisemitismo. A finales de los años 1980, Mijaíl Gorbachov autorizó la emigración a Israel de los ciudadanos soviéticos judíos. Afrémov se mudó a Israel en 1990, donde abandonó la ciudadanía soviética por la israelí, que sigue conservando en la actualidad.

En Israel

Al cabo de dos semanas, encontró un trabajo en una agencia de publicidad pintando carteles. Posteriormente, estuvo en una tienda de marcos donde además de aprender a hacer marcos se introdujo en el uso de la espátula. Sin embargo, se encontró casi la misma situación que en la Unión Soviética: los inmigrantes rusos recibían salarios más bajos por el mismo trabajo y eran discriminados incluso a nivel oficial. Por ello, en los primeros años de esta década pintaba fundamentalmente acuarelas y acrílicos, lo que conseguía vender más fácilmente, sin apenas experimentar.

En 1993 se mudaron a Asdod, ciudad con importante población inmigrante rusa. En 1995 consiguió abrir su propia galería y tienda de marcos, frecuentada principalmente por inmigrantes rusos. En esta época pintaba casi exclusivamente óleos a espátula, adquiriendo su estilo artístico único. Se hizo amigo del músico de jazz Leonid Ptashka, quien animó a Afrémov a pintar una serie de retratos de músicos de jazz populares.

La galería fue atacada en varias ocasiones; una vez, concretamente, escribieron en el escaparate "Cerdo ruso, vuelve a Rusia." En marzo de 2001 la galería fue nuevamente atacada y los vándalos destruyeron docenas de pinturas. Una vez más, la policía local se negó a actuar.

Época actual


Foto: Leonid Afrémov con su pintura Gran Canal de Venecia en 2009.

Leonid Afrémov decidió que era el momento de irse a donde lo trataran en condiciones de igualdad y en enero de 2002 se mudó a los Estados Unidos (Boca Ratón, Florida).


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Dos frases


Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dos frases marcaron, determinaron la vida de Jacinto: -“hay que ser algo en la vida” y “por algo habrá sido”.

Frases que resumían, representaban épocas. “Hay que ser algo en la vida” era repetido por su padre, para quien su diploma de médico era como un título de nobleza. Un ascenso social desde el lugar de su abuelo, que fue peón de campo.



Fue también por eso que Jacinto entró en la universidad. Aunque no para ser médico sino abogado. Doctor, pero en derecho. Con un título.

“Por algo habrá sido”, era una frase que, en la época de la dictadura escuchaba a veces en el café donde se encontraba con otros estudiantes amigos. Era la continuación de una información casi siempre igual: “se lo llevaron a....”. Un momento de silencio angustioso, triste, pesado, y alguien diciendo en voz baja: “....por algo habrá sido...”

Por eso, cuando era estudiante, “ser algo en la vida” tenía una respuesta fácil. “Ser algo” era no ser reaccionario, de derecha. Cuando había elecciones, ser algo era votar por la izquierda. Y, por un momento, ser miembro de una organización guerrillera. Pero salió de ella cuando vio que el pueblo, la gran masa del pueblo, que se esperaba apoye la lucha armada, estaba en otra. Que los montoneros, aunque sean de izquierda, no tenían apoyo popular. Y vio que la autodenominada “izquierda” en general, tampoco era apoyada por el pueblo. Y que siempre se juntaba con la derecha gorila antiperonista. Gorilas que criticaba a Perón por ser “un demagogo”. Y la izquierda, que lo criticaban por ser “de derecha”.

Entonces, ni derecha, ni izquierda. Pero entonces, ser algo ¿de qué? ¿De dónde?

Así que cuando se dio cuenta que el marxismo era una nueva religión, que creía en la inevitable toma del poder por el proletariado, que entonces vendría el hombre nuevo, siempre buenito, eligió ser sacerdote.


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Un poco de humor para terminar… ¿El soporte digital mató al papel?



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