jueves, 2 de mayo de 2013

Ahorita regreso…


Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hacía varios meses que venía pensándolo. La guerra arreciaba y las arremetidas del ejército eran cada vez más continuas y sangrientas. La última vez que pasaron cerca de su casa, una semana atrás, habían matado a su vecino y entrañable amigo de la infancia, el compadre Julián. Eso lo terminó de decidir.

Catalino, nacido y criado en esas montañas tropicales, aunque no sabía leer y escribir, tenía una inteligencia natural muy aguda. Con sus 27 años era ya ampliamente conocido en la zona por el buen tino, por su solidaridad entrañable. En reiteradas ocasiones había ayudado a otros vecinos en las más variadas circunstancias: para terminar de recoger la cosecha, atendiendo parturientas, movilizándose para presentar petitorios en la alcaldía municipal. Si bien no quería asumirlo en forma regular, de hecho era un dirigente comunitario consumado, respetado y querido por todos.

El movimiento guerrillero que operaba en ese sector lo sabía; por eso eran frecuentes las visitas que le hacían tratándolo de ganar para la causa. Catalino sonreía humilde tras su arruinada dentadura y los escuchaba con atención, con entusiasmo incluso; pero no se atrevía a considerar como opción posible su incorporación a la lucha armada. Le asustaba demasiado la idea de dejar a su mujer y sus cuatro hijos. Sabía que eso significaba la casi segura pérdida de su familia.

También eran frecuentes las visitas del ejército. Más o menos una vez por semana los soldados pasaban por su casa, una modesta vivienda de madera, piso de tierra y techo de láminas de zinc, construida con sus propias manos cuando se casó. Cada vez que llegaban había que lamentar alguna pérdida: o reclutaban varones a la fuerza, desde adolescentes hasta hombres maduros, o se quedaban con comida que la población debía entregar para evitarse problemas. En más de un caso, como parte de la estrategia de terror que venían aplicando en forma sostenida, mataban. Mataban por el simple hecho de crear temor, de mantener sojuzgada a la población campesina que era la principal base de sustento de la guerrilla. Alguna ejecución pública de un presunto colaborador de "estos hijos de puta guerrilleros" –según gritaba el comandante de la patrulla militar– o de alguien que se negaba a ser reclutado, era un excelente mensaje en estas perdidas comarcas: "o están con la patria y el ejército, o están con los comunistas".

No faltaban ocasiones en que quemaban alguna vivienda o un sembradío, o que violaban alguna mujer, joven en general. También esto lo hacían a plena luz del día y en forma pública, obligando a que toda la población de la zona lo viera. "Así aprenden", era la justificación de esta especial pedagogía de la muerte.

El año pasado había sido la hija mayor de Catalino: Floridalma. Tanta fue la deshonra que la muchacha –jovencita de 12 años de edad– luego del hecho estuvo encerrada en su casa por varios meses sin querer dejarse ver. También para el padre la vergüenza fue mayúscula; pasado buen tiempo del incidente, con nadie fuera de Casilda –su esposa– había hablado del tema. La chicha, ese rústico licor que él mismo elaboraba con bagazo de caña de azúcar, era su único consuelo. La chicha, y la idea de venganza que día a día le iba creciendo. –"Son buenos muchachos"– solía decir refiriéndose a los guerrilleros. –"No son violentos sino que los forzaron a hacerse violentos…"–

Catalino conocía la zona a la perfección; además de respetado por su rectitud como líder comunitario, tanto o más lo era por su pericia para moverse en esas montañas. Desde muy joven había sido un experto baqueano. Siempre gustó de caminar solo por los montes, y la misma pasión le había transmitido a sus dos hijos varones, el primogénito: Santiago, de 13 años, y el más pequeñito de los cuatro, Jerónimo, de 6. Con ambos, a quienes prefería por sobre las hijas mujeres –"a los machitos al menos el ejército no los viola, aunque se los pueda llevar"–, había desarrollado una entrañable amistad que iba más allá de la relación padre-hijo: los tenía realmente como compinches, les hablaba de igual a igual pese a la diferencia de edad, y ya los tres solían perderse de cacería por varios días en las profundidades montañosas, confiados siempre en cómo ubicarse.

No podía quitarse de encima el deshonor de haber visto violada a su hija; eso lo corroía. Tanto como el odio que iba acumulando contra los soldados por sus continuos desmanes, por sus injusticias. Ese rencor lo transmitía sin palabras; bastaba su sombría expresión, su mirada pétrea. Además, las charlas mantenidas con los insurgentes le iban ratificando ese encono. La muerte de su amigo Julián fue la gota que colmó el vaso.

Por varios días estuvo taciturno, dándose valor para tomar la decisión; pero no le era en absoluto fácil dar ese paso. Saber por boca directa de los guerrilleros que la victoria estaba de su lado, que la zona del Boquerón –no muy lejos de su casa– estaba ya liberada, y con la energía que le daba el ir descubriendo un mundo nuevo en cada conversación que mantenía con los alzados, luego de interminables elucubraciones pensó que se incorporaría, que eso era lo mejor que podía hacer para su familia: legarles un mundo nuevo, aunque le fuera la vida en ello. –"La mejor defensa es un buen ataque"–.

Con lo ojos llenos de lágrimas y mordiéndose los labios para no permitir que se le escapara el llanto, una madrugada se levantó más temprano de lo habitual. Su esposa y los hijos dormían aún. Aunque no hizo ningún ruido, Casilda lo escuchó. Algo sorprendida por verlo levantado a esa hora, le preguntó qué le pasaba.

–"Nada, nada. Ahorita regreso…"–

No encontró otra forma de dejarlos. Sin despedirse, sin dar explicaciones, refrescado por la fría brisa previa al amanecer cuando comenzó a caminar sin voltearse para mirar por última vez su casa, emprendió la partida. Sabía que lo esperaban cerca. No eran necesarias explicaciones, supuso. Su mujer entendería de qué se trataba; varias veces le había deslizado la idea de incorporarse a las filas guerrilleras. En las últimas semanas venía aumentado su conciencia de la situación, a partir de las cada vez más continuas conversaciones mantenidas con los combatientes. Así como venía aumentando también el odio por tantas injusticias. Un grito sordo, venido desde las profundidades de sus raíces indígenas, desde lo profundo de las selvas donde ahora se internaba, quiso escapársele. Pero pudo reprimirlo. Con el fusil en la mano –que le dieron en el mismo momento del encuentro– comenzó a sentir que la decisión había sido la correcta.
–"Ya soy un guerrillero, un revolucionario; ¡ahora empieza mi verdadera lucha!"–

Viendo que no regresaba, Casilda comenzó a inquietarse. Lo intuyó inmediatamente; sin decirlo, casi lo estaba esperando. Pero en el momento que tuvo la evidencia del hecho consumado, se desconsoló. Lo primero que pensó era cómo se lo explicaría a los hijos. También ella creía que había que reaccionar, no permitir tanto atropello. Ahora era el ejército, pero había mucho, muchísimo más antes: los finqueros, los salarios miserables, la malaria, la explotación de siglos, el analfabetismo, las serpientes venenosas, nunca tan dañinas como los finqueros… Estaba bien la decisión, pero ¿qué haría ella ahora? ¿Proveería dios?

Santiago, el hijo mayor, prontamente tomó el lugar del padre ausente. Ya un hombre cabal, conocedor del monte y de todos los oficios rurales, estuvo a la altura de las circunstancias. Claro que debió dejar la escuela, porque no tenía tiempo para todo. Pero la preocupación principal era salvarse del reclutamiento forzoso del ejército. Con su edad ya era candidato, como lo habían sido tantos jovencitos por la zona. El hecho de saber que su padre se había enmontañado con la guerrilla complicaba más las cosas. Sin dudas los soldados lo buscarían más aún por eso; por ese motivo fue que Santiago pensó en meterse también en la lucha armada. Los ruegos apesadumbrados de su madre se lo impidieron.

–"¿Cuándo regresaría Catalino? ¿Qué significaría ese «ahorita» de la despedida? ¿Cuánto tendría que esperar? ¿Regresaría?"– Todas estas cavilaciones mantenían a Casilda en una espera ansiosa, tensa. Por otro lado también sabía que así, tal como estaban las cosas, era imposible que retornase: era muerte segura para todos. Debía regresar cuando ya hubieran triunfado. Por eso su pensamiento fue pasando a ser otro: –"¿cuánto faltará para el triunfo final?"–.

En varias ocasiones Santiago pudo evitar las redadas de los militares. Pero una vez no. Lo agarraron lejos de la casa, trabajando en los terrenos vecinos a la aldea de El Colmillar.

Como siempre sucedía en estos casos, al principio todos los capturados se resistían a la incorporación. Luego viene el trabajo de "ablande", el lavado ideológico. Santiago no pudo ser la excepción. –"Es por culpa de esos cabrones guerrilleros que estamos así. ¿Piensan que si no fuera por ellos los andaríamos reclutando a la fuerza?"–, sermoneaban didácticos los militares, casi indulgentes. En unas pocas semanas la tarea de convencimiento daba sus frutos; en general todos terminaban sintiéndose "soldados de la patria".

El principal conflicto que se le creaba a Santiago no era de principios. No; para eso las técnicas de los asesores estadounidenses eran efectivas: todos pasaban a odiar a la guerrilla como la causa de sus penurias. Tanto machacar sobre lo mismo convencía. No; su principal dilema era moral. En realidad, era su padre. ¿Cómo estar enfrentado con él, a quien quería y respetaba tanto? ¿Y si las circunstancias de la guerra lo llevaban algún día a enfrentarlo en la montaña?

La guerra arreció cada vez más. La crueldad del ejército fue en aumento y la población civil quedó atrapada en la estrategia contrainsurgente como rehén de los militares; esto fue quitándole movimiento a la guerrilla, quien ante cada golpe que asestaba veía cómo, en represalia, caían más y más campesinos desarmados. No era pura maldad de los soldados; era una política fríamente calculada. Lo peor de la situación para las familias es que no podían huir; intentarlo significaba su tácita adhesión al movimiento insurgente, y por tanto su casi segura muerte a manos del ejército. Las montañas se tornaron así un infierno espeluznante.

Catalino quería regresar algún día a su casa, a su familia. Cuando le dijo "ahorita regreso" a su esposa la madrugada de la partida, en realidad no estaba mintiendo. Su idea siempre fue cumplir con lo que sentía era su misión –ayudar al triunfo de la revolución, así de simple– y regresar a su cotidianeidad. Pero la vida era más complicada de lo que hubiera querido, y el regreso se iba posponiendo cada vez más.

Santiago, sin quererlo, había terminado siendo un soldado ejemplar. Bravío, valiente, jamás retrocedía en combate; para la lógica castrense era un militar perfecto: nunca discutía una orden sino que, por el contrario, era el primero en cumplirla dando siempre más de lo que se le pedía. El cambio de visión había sido completo. La desconexión con su familia y su nueva vida lo había llevado a odiar no sólo a los guerrilleros sino también a los campesinos, "esos indios que quieren todo del gobierno", como razonaba ahora, "que lo único que hacen es enmontañarse para no trabajar".

Un jueves de marzo, día seco y caluroso, las dos columnas venían con sentido contrario y se encontraron al atravesar la quebrada Somotillo. Los soldados iban en número de cuarenta; era una patrulla de rutina. Los guerrilleros se dirigían al norte para llegar a la finca Santa Eduviges, donde tenían planeado un operativo rápido golpeando en la casa patronal para hacer propaganda. No esperaban encontrarse en su camino una avanzada militar. Los primeros combatientes de uno y otro bando se avistaron mutuamente cuando estaban ya a escasos veinte metros. El combate rompió a media mañana, y recién después de varias horas de abundante fuego cruzado, pasado el mediodía, se hizo una pausa. Fue ahí que Catalino lo avistó.

No lo podía creer; pensó que era una ilusión óptica, que el cansancio y la tensión del momento lo estaban haciendo alucinar. Ambos se habían distanciado un poco de sus respectivos grupos, Santiago para orinar, Catalino para mojarse la cara en el curso de agua. Agachado en la quebrada y agazapado tras unos matorrales, sin hacer ningún ruido, lo vio acercarse. De inmediato preparó el fusil; ya lo tenía en la mira, y faltaron segundos para que dispara cuando se dio cuenta: era su hijo.

Estuvo tentado de llamarlo. Sabía que Santiago hubiera respondido como hijo y no como enemigo; pero el temor a ser escuchado por los otros soldados lo hizo desistir. Con su dedo en el gatillo estuvo unos instantes esperando a ver qué hacía su hijo, y al acercarse otro compañero de la patrulla militar optó por retirarse sigilosamente de la escena.

Ya más lejos, apoyado contra un árbol, lloró; lloró desconsoladamente como nunca en su vida lo había hecho, ni siquiera cuando fue violada su hija. Si salía vivo de ese combate, pensó que debía volver a su casa. Aunque sea de paso, simplemente para ver cómo estaban las cosas tras ya casi tres años de ausencia, pero debía volver. Ya era hora de cumplir con lo dicho en el momento de la partida.

Efectivamente, salió vivo de ese enfrentamiento. Fueron seis muertos en las filas del ejército contra dos entre los insurgentes. El resultado del combate tuvo sabor de triunfo para la guerrilla; eso encendía la moral revolucionaria, daba ánimos. Pero para Catalino no fue así. Quedó con una doble preocupación, honda, trágica: ¿habría muerto su hijo? Y de ser así, ¿no habría sido Catalino el autor de esa muerte? Pero más aún lo que le desgarraba, lo que le hizo llorar en medio de la batalla y le quitaba ahora toda posibilidad de tranquilidad era saber el destino corrido por su hijo. –"No podía ser cierto que fuera un soldado, no podía, no podía…"–

Tras un par de semanas de honda angustia, sin poder mantener el ánimo, desconsolado, decidió hacer un paréntesis en la lucha. No le costó mucho conseguir el permiso para abandonar el movimiento por un breve período. Al momento de solicitarlo, no contó ante el comandante de su célula la verdadera preocupación que le corroía. Le daba vergüenza pensar que un hijo suyo formaba parte de las filas del enemigo, mucho más que la que podía ocasionarle la violación de Floridalma. El sólo pensarlo ya le producía escozor; el hecho que lo supieran sus compañeros, lo aterrorizaba.

Luego de caminar tres días casi sin parar con ropa de civil y desarmado, atemorizado de lo que podía pasarle en ese trayecto con cualquier patrulla militar que se encontrara, pero mucho más atemorizado aún por lo que podía encontrarse al final del recorrido, llegó a su caserío. De lejos vio su vivienda, cada vez más destartalada por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento.

–"Mal presagio"–, pensó. Era media tarde; prefirió esperar hasta la noche para llegar mientras observaba con atención todos los movimientos del vecindario. Ya sin luz, se acercó con extremo cuidado. Reconoció a Martina, una muchacha de una de las casas vecinas ahora ya hecha toda una mujer, que había salido del rancho a buscar leña. Luego del sobresalto inicial de la joven, los dos hablaron unas palabras en la complicidad de las sombras. Ella, asustada por el viejo vecino retornado; él, atemorizado por lo que podría escuchar.

La joven recordaba muy bien a Catalino y sabía que estaba enmontañado con los guerrilleros. Fueron unas pocas palabras cruzadas con temor, con desconfianza uno del otro. Pocas, pero suficientes para que él comprendiera lo sucedido. El ejército había pasado un año atrás matando a Casilda y a sus dos hijas mujeres; el otro varón, Jerónimo, también había sido reclutado como soldado. De su familia ahora vivía en la casa sólo su hijo mayor, Santiago, ya casado y con una hija. Pero como estaba incorporado a las fuerzas militares, casi no se mantenía en el lugar. La mayor parte del tiempo, entonces, en la casa sólo se encontraban ellas dos.

Todo eso sorprendió a Catalino, lo golpeó, lo destrozó. Aunque lo peor de toda la información fue lo que Martina le transmitió casi con espanto: hacía un par de semanas que Santiago había muerto en combate. La noticia acababa de llegar. Ayer justamente lo habían sabido.

Catalino quedó mudo y cayó de rodillas. La joven, atemorizada, huyó corriendo hacia su casa.

Por unos pocos segundos él quedó en esa posición; luego, despavorido, sin que le salieran lágrimas ni palabras y con un nudo en la garganta, se perdió en el monte. Cuando el padre de Martina salió de la casa farol en mano, Catalino ya estaba a buena distancia. Nadie se aventuró a seguirle.

Vagó por la selva toda la noche. No sabía dónde ir, qué hacer. Tres días después se presentó en la estación de policía del municipio.

–"Vengo a entregarme, señor. Maté a mi hijo"–.


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Loco lindo

Luis Plau (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Dónde está la locura?
¿En las balas de la represión
o en las manos y mentes del Taller derrumbado?
¿Dónde está la locura?
¿en los uniformados que golpean
los cuerpos militantes o en las voces colifatas
de la cultura popular?
¿Dónde está, me pregunto
mientras la sangre hierve sus respuestas,
la locura? ¿Es la que anida en el Poder asesino
o en la lucha que defiende lo de Todos?
Las máscaras hipócritas se derrumban,
Se pudren en sus cacerolas los guisos de serpiente,
el hálito de terror ya no asusta a nadie.
Los dueños de la Mentira sólo esclavizan
A las mentes débiles e ignorantes.
Las locas y locos de la esperanza
ya no dan ni un paso atrás, ni uno solo.




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Jabón en puente

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No era físico, pero siempre le fascinó la Teoría del Caos. Que una cosa microscópica, un acontecimiento mínimo, pueda causar efectos gigantescos. Como que el aire empujado por las alas de una mariposa en el otro lado del planeta pueda causar un huracán en Londres.

Cosas mínimas produciendo efectos máximos.



Años atrás había formado parte de un grupo de izquierda del que mataron a casi todos. Pero no vivía con miedo por eso. Con el tiempo, su única y gran preocupación era otra. Algo mínimo pero que para él, no sabía porque, era muy importante: cierta relación con los jabones. Donde y como dejarlos en el baño. Como tendría que ser la jabonera más eficaz. Algo mínimo que, no sabía por qué, le causaba una gran preocupación.

Es que se fue dando cuenta que si el jabón era colocado a todo lo largo de una jabonera lisa, o también sobre una jabonera de plástico, su tiempo de duración era menor. Pero cuando lo dejaba como si fuese un puente, entre un borde y otro, o solamente apoyado en el borde, el jabón duraba más.

Así es que no estaba preocupado, con miedo porque lo podrían torturar y desaparecer por haber formado parte, años atrás, de aquel grupo de izquierda. Su única preocupación, poco a poco, fue siendo como habría dejado el jabón después de lavarse las manos. Si en puente o no.

Y así fue que las mujeres que buscaba, además de lindas, debían tener una condición para seguir con ellas: que en el baño dejen el jabón en puente. En su baño o en el de las casas de ellas.

Nada de pensar en la posibilidad de ser torturado y muerto.


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El arte en los penales

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La administración de justicia y derechos humanos del Perú deben fortalecer la otra cara de los penales. “Las manos en libertad”, es el título de un catálogo que destaca el desarrollo laboral y personal de los centros penitenciarios, poniendo en evidencia una infinita creatividad de los internos.

Actualmente los penales suman 69 en todo el territorio nacional, con una población penal cercana a los 50 mil internos, con una capacidad de albergue de no más de 27 mil personas. La mayor parte de internos es población joven, y económicamente productiva, entre 18 y 29 años, según información oficial del año 2011.



Se aprecia que en las actividades relacionadas con la rehabilitación y reincorporación del interno a la sociedad, participan voluntarios, quienes colaboran en los talleres de los penales, despertando la creatividad de los internos y abriendo caminos que les permitan competir, en igualdad de condiciones, cuando recuperan su libertad física.

El Instituto Nacional Penitenciario, ha iniciado una exposición itinerante por las instituciones públicas. Empezó por las galerías del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, en el Centro Histórico de Lima. El público, de todas las edades, se siente atraído por la diversidad de productos en exhibición. El apoyo del INPE incluye al apoyo en la comercialización, actuando en la intermediación para formalizar los pedidos de los clientes.

En las ferias, puede adquirir una diversidad de productos que proceden de cárcel de mujeres de Chorrillos, Pucallpa, Castro y Huaraz. Las muestras de muebles de madera y metal, artículos de cuero (zapatos, carteras…), prendas de vestir, cerámica con motivos regionales, artesanía en mármol y cacho, bisutería y joyería, cestería, tapices de yute y lana, adornos navideños y cuadros artísticos… revelan la alta sensibilidad de sus autores.

Otras líneas de producción se relacionan con la gastronomía, panaderías, lavanderías, que motivan suscripción de contratos, es decir ingresos para cada interno.La exposición más conocida es aquella que organiza cada año el Centro Cultural Japonés, en la Residencial San Felipe – Jesús María, con el nombre de Paschi (Gracias)

Estudios de estas experiencias, realizados en otros países arrojan diversos resultados positivos. En términos económicos, una persona reintegrada efectivamente, se traduce en una menor tasa de delito, menores costos judiciales, carcelarios y post carcelarios. En Inglaterra, se calcula que por cada $ 1.000 invertidos en tratamiento por consumo abusivo de sustancias, mientras la persona está en la cárcel, se ahorran $ 9.500 en promedio para el sistema de justicia y de salud luego de su egreso.

En Chile, cada año aproximadamente 35 mil personas egresan de recintos penitenciarios. La investigación del Centro de Estudios en Seguridad Ciudadana, señala que para conseguir la Reintegración Social y la Seguridad Ciudadana es prioritario el diálogo intersectorial. Una política post carcelaria debe ser consistente y coherente con otras políticas sociales dirigidas a personas de similarescaracterísticas socioculturales. Ante la pregunta ¿tiene una persona que sale de la cárcel el mismo acceso a servicios sociales que una que no ha sido penalizada?, la respuestadebería ser sí.


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Don Francisco de Quevedo y la crisis impopular


Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No he de callar, por más que con el dedo,
Ya tocando la boca, ya la frente,
Me representes o silencio o miedo.

Quevedo

Sube la cifra de descontentos y perjudicados, que representan la mayoría de la población en esta España que se rompe y lo que te rondaré morena, adormidera irredenta de discursos inicuos, que enviste ciega con la testa y poca luz. Esta mayoría formados por los de abajo y clase media, en vez de condenar a los de arriba con tanta insistencia, es decir a los que mueven el cotarro me parece no muy acertada, pues probablemente no sean los de arriba los únicos culpables, aunque si los amos. Porque resulta que un tal Quevedo nos narra en El Buscón historia entre la ficción y la realidad, pura literatura para pasar el rato, aquello de que “Quien no hurta en el mundo no vive” con lo que pienso que la precaria situación económica de tan perjudicada mayoría, puede venir más bien por la ingenuidad o timidez de la misma al practicar el oficio de hurtar tirando corto del cajón de lo público y lo ajeno. Luego me permito sugerir que si se decidiera a dar un paso adelante sin complejos y tomar todo lo que pudieran sin esconder la avaricia ni la caradura con falsas patrioterías dejarían de ser víctimas.

Porque repito, que el hurtar poco de lo ajeno pude llevar al peligro de ir al trullo, mientras que si la cuantía del escamoteo, al ser posible continuada, es alta y sin mesura, existe la posibilidad de ser inocente, de manera que dudar puede perjudicar a uno mismo. Pues resulta según el tal Quevedo que los amos del cotarro pueden admitir a iguales pero no tropa “Porque no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros” Y señalo sin querer pasar por pesado que dichas advertencias vienen de hace cientos de años, un capítulo de nuestra historia que fue denominado como Siglo de Oro, puramente literario se debe de entender, aunque bien vigilado que lo estuvo y de jodido carajo, por la Santa Inquisición, que era como la laica de cortas luces de ahora, pues no falta de estilo, elegancia y fina en las torturas. Nada de ricos nuevos al por mayor imponiendo el juego del balón por encima el latín.

Y resalto lo de literario y poético, porque la rica escritura de ficción y belleza rebosante de gozo y jolgorio, no les interesa como arma para el escamoteo a los chorizos de altura sin mesura, por la simple razón que no suelen ser amigos de la buenas letras a no ser que estas sean de las bankias y de asesoramientos con dietas suculentas solo por acudir a las reuniones en silencio. Algo así como el que iba pasando por la esquina y se dijo “Pues ya que estoy en la puerta me llego” Así pues estos grises personajes las tienen todas de su parte y van a misa los domingos. Luego para participar en el pastel, no olvidemos que quien a buen descarado árbol se arrima mejor riqueza consigue.

Todo esto pero mejor narrado nos lo cuenta el tal Quevedo al que me acerco asiduamente y de manera muy especial en tiempos de reformas y crisis, buscando regodeos y confirmaciones y no bostezos, como medicina para calmar el miedo y el desosiego que me domina. Servidor lo que no le perdona al autor de Los sueños es la algarabía por sistema y envidia de sus virulentos ataques al genio de Góngora por no ser cristiano viejo y además escribir como un ángel laico descolgado del cielo. Cuando fue persona envidiable y ejemplar desde la óptica poética, al disfrutar de dones terrenales especiales de la época, tales como: judío, cura, jugador de cartas en nocturnidades y mujeriego con damas ajenas, virtudes y fortuna para poetas elegidos por los dioses. Aunque acostumbrado se está a que tanto en pintores como en poetas, las envidias son prematuras y no cesan ni en la sepultura.

Y termino esta breve crónica lamentando no sin dolor, en usar la mesura a la hora de recomendar la lectura de clásicos en este país de poca lectura y mucho griterío, donde nombrar la palabra clásico aterra y provoca estampidas. Ignorante de ellos que tan fino y rico placer se pierden. Así que allá la plebe enfebrecida con los best seller de plumas y premios planetarios amañados. Sopa de ganso sin Groucho, pues al menos se distraen durante los descansos que todo hurto de lo ajeno de altura requiere. Luego valgan entonces como despedida y cierre, estos versos del tal Quevedo: “Tres brazos tenía un ladrón / y mientras el uno hurtaba, / de los otros dos juntaba / las manos en oración”.


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Música: Desde Argentina, un clásico de la canción popular. Los Chalchaleros

Argenpress Cultural

Los Chalchaleros fue un conjunto folclórico argentino creado en Salta en 1948. Están considerados uno de los más grandes grupos folclóricos de Argentina. Su nombre deriva de un pájaro cantor del norte argentino, el zorzal colorado o chalchalero (Turdus rufiventris).


Los Chalchaleros en 1966. Polo Román, Ernesto Cabeza, Pancho Figueroa y Juan Carlos Saravia.

En la primavera de 1947, dos dúos se presentaron en Salta en un mismo recinto, uno conformado por Víctor José Zambrano (Cocho) y Carlos Franco Sosa (Pelusa); el otro lo integraban Aldo Saravia (el Chivo) y su primo Juan Carlos Saravia (el Gordo). Tras la actuación, decidieron juntarse y formar un cuarteto. Así nacieron Los Chalchaleros.

Después de meses de ensayos, su debut se produjo el 16 de junio de 1948, en el Teatro Alberdi de Salta.

Los Chalchaleros comenzaron a hacerse populares en su provincia natal con su primer gran éxito Lloraré. Pronto también incorporarían a su repertorio temas que se volverían clásicos como El cocherito, El arriero, La López Pereyra, la Zamba de Vargas y Yo vendo unos ojos negros.

En 1949, Aldo Saravia dejó el grupo ―consiguió trabajo como bancario― y fue reemplazado por José Antonio Saravia Toledo (que no era pariente de Aldo y Juan Carlos). Al año siguiente, Carlos Sosa viaja a Córdoba para estudiar Arquitectura, siendo reemplazado por Ricardo Federico Dávalos (Dicky).

En 1953, el rionegrino Ernesto Cabeza ingresó en lugar de Saravia Toledo, quien se dedicaría a la abogacía. Cabeza le daría a Los Chalchaleros un rasgo distintivo, como compositor de éxitos (La nochera) y lo que sería llamado guitarra chalchalera, con un estilo y una armonía que marcaría escuela en los conjuntos folclóricos.

A partir de ese año empezaron a grabar temas que más tarde aparecerían recopilados.

En 1956, otro de los fundadores del grupo Víctor Zambrano, dejó la banda que ya empezaba a hacer giras. Su lugar sería ocupado por un viejo conocido, Aldo Saravia, quien abandonó su puesto de bancario y volvió al grupo, tras 7 años de ausencia.

Los Chalchaleros seguían sumando éxitos, pero en 1961 Aldo Saravia falleció en un accidente de tránsito. Para reemplazarlo reingresó Zambrano, quien había dejado el grupo 5 años antes.

En 1966, Zambrano vuelve a dejar el grupo y en su lugar entra Eduardo "Polo" Román. En 1967, tras 16 años, Dicky Dávalos también se va del grupo, dando lugar al chaqueño Francisco "Pancho" Figueroa.

La formación entonces quedaría entonces con Juan Carlos Saravia, Ernesto Cabeza, Polo Román y Pancho Figueroa, siendo los ganadores del Festival de Cosquín, en 1968.

Los años setenta los encontró ampliando su repertorio con chamamés (Merceditas) o al usar dos bombos para una canción (Zamba del regreso). Los Chalchaleros eran un éxito nacional e internacional.

En 1980, Los Chalchaleros sufrieron otro tremendo golpe, cuando falleció el cerebro musical del grupo, Ernesto Cabeza. Juan Carlos Saravia, el único fundador que seguía en el grupo, decidió no reemplazarlo y durante tres años actuaron como trío.

En 1983, Los Chalchaleros volvieron a ser un cuarteto: Ernesto Cabeza, antes de morir, había señalado a Facundo Saravia, hijo de Juan Carlos, quien tocaba en un grupo llamado Los Zorzales, como su sucesor. Entonces se decidió incorporarlo.

Esta formación seguiría unida, recorriendo la Argentina y el mundo hasta la disolución del grupo, en 2003.

A lo largo de su carrera, Los Chalchaleros editaron cerca de 50 discos, popularizando estilos folclóricos argentinos como la zamba, la cueca, la chacarera, el gato o el chamamé. Son considerados exponentes de la Música Argentina a nivel mundial.

Los Chalchaleros han sabido llevar por todo el mundo lo mejor de la música nacional argentina, de la mejor manera. Fueron sin ninguna duda uno de los conjuntos de folclore argentino más importantes de toda la historia de esa música. Su despedida de los escenarios fue un periplo de conciertos por todo el país y el mundo inolvidable para los que tuvieron oportunidad de presenciarlo. Tenían un estilo único, inigualable e irrepetible, tanto que al comenzar las canciones en lugar de decir "adentro" (para comenzar a cantar) el que lo decía no terminaba de decir la palabra. Esto sucedía en cada final de verso o finales de cualquier canción.

Entre sus interminables éxitos, dejamos aquí algunos de sus clásicos:

1. Zamba de mi esperanza

2. Sapo cancionero

3. Chacarera De un triste


Fuente:
Wikipedia y página oficial de Los Chalchaleros


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Acta


Roque Dalton

En nombre de quienes lavan ropa ajena
(y expulsan de la blancura la mugre ajena).
En nombre de quienes cuidan hijos ajenos
(y venden su fuerza de trabajo
en forma de amor maternal y humillaciones).
En nombre de quienes habitan en vivienda ajena
(que ya no es vientre amable sino una tumba o cárcel).
En nombre de quienes comen mendrugos ajenos
(y aún los mastican con sentimiento de ladrón).
En nombre de quienes viven en un país ajeno
(las casas y las fábricas y los comercios
y las calles y las ciudades y los pueblos
y los ríos y los lagos y los volcanes y los montes
son siempre de otros
y por eso está allí la policía y la guardia
cuidándolos contra nosotros).
En nombre de quienes lo único que tienen
es hambre explotación enfermedades
sed de justicia y de agua
persecuciones condenas
soledad abandono opresión muerte.
Yo acuso a la propiedad privada
de privarnos de todo.


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Las ciudades más grandes del mundo

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Verdaderos monstruos urbanísticos.

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PRO-tejiendo las mejillas (poema urgente ante la represión PRO en el Borda)

Miguel Longarini (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

…¿Y por qué voy a poner la otra mejilla?
No me queda nada sano de las mejillas
Las han golpeado tanto…
Las han burlado tantos…
No, no hasta que caigan y paguen
basta de mejillas y de amores.
Con cada mal hijo gobernante,
mal nacido con poder,
con la maldita costumbre
de golpear al pueblo,
de lastimar mi democracia…
Digo que No, digo Basta!
Digo que tienen impunidad
Y nosotros tenemos miedo…
Muestran lo que pueden hacer
Con la fuerza, con las armas
Con los medios que engañan
Con la oligarquía que avanza…
Ya no hace falta muertos…
Enfermos, escuelas destruidas
Todo se puso a la vista, en oferta:
Represión, negocios, esclavos
Ricos muy ricos, pobres bien pobres.
No al cuento del diálogo con balas
No al ‘’proceso’’ PRO en ninguna parte
NO! y basta poner la ‘’otra mejilla’’ del pueblo.




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De santuarios y sonidos

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Miré por la ventanilla del Megane que me llevaba, en realidad me devolvía, durante la madrugada de un lunes reciente.



Precisamente la llovizna, mansa, se derramaba lánguida sobre el suburbio de la ciudad. Lomas de Zamora suele deparar sorpresas siempre, una vocación protagónica que no la abandona, como a muchos habitantes. ¿Será la misteriosa razón de su desquicio institucional? No lo sé.

Lo cierto es que la música había quedado atrás y el silencio, la soledad de las calles desiertas y el brillo acerado, por momentos, del pavimento húmedo de deseos inconfesos, predisponía a la melancólica observación.

De un tiempo a esta parte vi crecer, desmesuradamente, la fe en muchos vecinos de clase media-media, que siguen sospechando que son mucho más que dos.

Las confesionalidades parecen, abusivamente, ser propiedad de los católicos y emergen de la noche a la mañana, devotos santuarios en esquinas estratégicas.

Hombres devenidos en improvisados albañiles, balde y cuchara en mano, se apresuran a ganar su lugar en el cielo, presumiblemente encapotado para todos. Los que más disponen, entre tanto, supervisan a los contratados que bendicen la bendición que significa arañar una changa.

Los hay de distintos modelos pero en la mayoría, por lo menos aquellos que he visto crecer sin que nadie los riegue, la destinataria resulta una virgen, no importa cual. Seguramente elegida de la vecina, esposa de quien, seguramente, salió a ejercer la militancia de convocar a pares amigos, porque los otros van a restregarse las manos sentados a sus puertas, esperando ver pasar el cadáver del organizador.

Lo cierto es que el oficio, entusiastamente recibido por los invitados, consecuencia del propio, destilado por los invitantes, prendió y circula a gran velocidad. Aparecen materiales, floreros, pequeños jardines -entre los más ostentosos-, ejecutados con diligencia y hasta cierto sentido estético, que bien podría derivar hacia otras causas, pero esto es opinable. He tenido noticias de alguna gestión ceremonial para que un cura con tiempo disponible, extendiera la oficialización. No conozco la respuesta del hombre de la iglesia, pero supongo lo habrá conmovido la demostración que se advierte entre vecinos de algunas calles de ciertos barrios y nunca en la Iglesia.

En eso merodeaba mi pensamiento, cuando las familiares luces de posición intermitentes, del Alfa gris, que suele conducir Yon con la frágil autorización ilimitada, concedida por la dueña, apareció detenido en la esquina de Mentruyt y Portela, sede de uno de estos “espontáneos” testimonios de religiosidad furibunda, porque convengamos que, por lo menos en estos barrios, en años, nunca se había visto nada semejante. Antes eran sólo torres de basura.

El vasco había desembarcado y hablaba, quedo, con el tripulante de un carrito cargado de ramas provenientes, seguramente, de otro barrio y otro vecino. El hombre parecía desorientado. Pedí a Pella, que conducía, detener la marcha. Sus rasgados ojos verdes equilibraban la piel tostada y el cabello dorado, casi un sol en la oscuridad, pero su mirada resumía distancias respecto de la escena. Conocía a Yon, tanto como a mí, de ocasionales y furtivos episodios de tiempos y lugares oscuros, con misiones cruzadas, tanto para ella como para él, por no decir nosotros y faltar a la verdad.

Resumía, eso sí, la serenidad de alguien familiarizado con los riesgos. El descenso automático del vidrio de mi lado, me permitió percibir un movimiento furtivo en la mano izquierda de Yon. El respingo, sorprendido, del hombre ante la cruz y el piafar del jamelgo, sorprendido por el tirón de las riendas, fueron suficientes indicios de su rendición.

El hombre murmuró algo que no alcancé a oír y sacudiendo la cabeza hacia ambos lados, no parecía conforme con la retirada. Miró, subrepticiamente, hacia el blanco santuario iluminado por la luz de mercurio, estacionada en lo alto de la columna metálica y que reflejaba la imagen coloreada dentro, casi una invocación.

Yon se volvió hacia nuestro auto y con la inmutabilidad que lo distingue, apuntó:

- Seguime que nos espera Guido -; se me cayó la mandíbula del asombro, ¿como sabía este tipo que nosotros pasaríamos, justo por ahí? Me resigné igual que cuando le guiñó el ojo izquierdo a Pella, señal de complicidad –no voy a contar que ocurre cuando guiña el derecho-, ascendió al Alfa, puso primera y casi se nos pierde en Pereyra Lucena.

La calle ancha y generosa, en realidad consecuencia fundacional, cuando el “camino de las tropas” estaba próximo y nacía el triángulo de las historias propias y ajenas de los Grigera, Portela e Iberra, “familias fundadoras”, legaron a este presente la ignorancia de la mayoría, sobre el porque esas tres calles vecinas son las más anchas de Lomas.

Lo cierto es que Yon viajaba raudo para tomar Passo, trasponer la avenida y detenerse en un discreto boliche abierto a la casualidad. La causalidad bien podría ser el feriado incipiente, que se derrumbaba sobre el país, para aumentar la siesta del aguardo. Entre los autos y los dieciséis (cuatro por cuatro), destacaba la soberbia estatura del Fiat Regatta de Guido, un verde malva desteñido, fijando su condición de “sapo de otro pozo”, en medio de la opulencia.

Guido, erecto como un pino entre abedules, mostraba su delgada figura, ligeramente encorvada sobre un esperanzado trago largo –Manhattan-, legendario hábito que, desde una azarosa noche en Tabac, años atrás, lo soldó a sus apostaderos en la barra de turno. Frente a él relucían unos canapés verdes – estoy a dieta – no aclaró muy bien de que, porque cuando hay viento uno supone que debe llevar piedras en los bolsillos para que no lo vuele.

La espinaca aderezada me pierde, en realidad me pierde cualquier cosa, consecuencia perversa de mi trabajo, ¿acaso hay un periodista que no tenga hambre atrasada, sobre todo a la hora del festejo de los figurones y cuando no de los patrones de lo que sea? Y si le agregamos literatura malvada que acecha en la oscuridad de los sentidos, ser famélico, resulta casi herencia genética.

Todo esto para decir que me serví antes que Yon ordenara, educado y galante aquello aconsejable para ¿la hora? Tres Absolut con hielo granizado y jugo de naranjas natural, para no contradecir al psicópata de American Psycho; por supuesto reclamó remolachas remojadas en miel y jerez, para sostener el excelente contrapunto que suponen los abrumados trozos previos de alcauciles rociados con aceite de oliva y sumergidos en pimienta blanca, para servir como prueba de amor, propia de hígados estoicos.

Pella atendía detalles, recogía miradas codiciosas, presta a ser testigo de la revelación que, por supuesto, me tenía sin cuidado, Guido parecía ansioso de vomitar.

- ¿Te acordás de Germán? – le disparó sin darle tiempo.

- ¿El hijo de Germán? – retrucó Yon, sumando confusión antes de que el día decidiera su rumbo, como yo el mío y mi sueño acumulado. Bostecé, pero antes bebí un buen trago para refrescar ideas.

 - El mismo - confirmó Guido con su mirada irrepetible de ojos grandes y grises que siempre parecen preguntar.

- ¿Y que pasa con él? – la impaciencia en el vasco es filosa, fría, acerada, pero superior a él. La mayoría le atribuye cierta crueldad a su tono, pero no es cierto. Tampoco que tenga un carácter podrido, como suele deslizar la mujer dorada a mi oído desatento y memoria de esc.

- El pibe tiene una banda de salsa, rock fusión y esas mezclas, conseguir una fecha y lugar para tocar es más difícil que Naomi salga ilesa de la doce en una tribuna de Boca, pero ocurre que se juntaron con otros dos grupos y consiguieron armar equipos y achicar gastos. Tocaron en el Roma de Avellaneda, casi podría decir ayer – hizo una pausa por la congoja.

- ¿Les fue mal? -, tanteó cauto Yon.

- Peor, les fue muy bien, llenaron – rezumó dolorido Guido.

- ¿Entonces? – enfatizó perentorio, luego del segundo sorbo profundo y despachar la tercera porción de remolachas, sin dejar de echar una mirada, distraída, al escote del vestido verde que Pella, que lucía prometedor.

- Resulta que cuando terminó la función, los grupos se fueron y los dos “plomos” desarmaron equipos, acomodaron todo cerca de la puerta y salieron para ir a buscar la camioneta que alquilaron. El teatro tenía las cortinas bajas y no había nada que temer. Por eso y por seguridad se acompañaron entre los dos. Resulta que de golpe se aparecieron los “capuchas” del piquete, “barretearon” la cortina y se “afanaron” todos los equipos de sonido, eso sí no se llevaron los instrumentos. Se ve que no les servían. Cuando los pibes volvieron y encontraron la cortina forzada, al portero pálido del cagazo, se informaron y salieron corriendo para hacer la denuncia – hubo un silencio cautelar, para tomar aliento, porque del Manhattan no había rastros.

- Bien, ¿supongo que mandaron la patrulla, porque esas cosas no son fáciles de ocultar, no es cierto? -, la acidez ya pesaba en el tono de Yon.

- Al contrario, los trataron muy amablemente pero les dijeron que a esos, no los podían tocar, tenían ordenes -, la aflicción de Guido parecía legítima. Yon para animarlo volvió a pedir otra vuelta, con tal de animarlo.

- ¿Y quiénes eran? -, interrogó algo más suave, el vasco.

- La gente de Raúl – fue la cáustica respuesta, sin añadir precisiones. Por otra parte no eran necesarias.

- ¿Qué querés que haga? – fue plañidero el toque de Yon que, como buen pronosticador de tormentas, sabía lo que se venía.

- Para empezar que hables con él, vos lo conocés. Necesitamos recuperarlos. Los pibes no pueden -tocaron a la gorra- reponer todos esos equipos; están desesperados - , deslizó Guido.

- ¿Y para continuar? – fue zumbón y descalificador.

- Que hables con quien sea. Vos conocés mucha gente que te debe favores y quizás puedas hacer algo. Por derecha seguimos sin derechos – fue la amarga conclusión de Guido, que no se resigna a que estamos como estamos, porque nos trajimos hasta aquí.

- Dejámelo ver. Yo te llamo -, fue la respuesta y mirándome añadió. - ¿Te das cuenta? Cuando los jubilados no son suficientes para moverlos o se te van a caer, hay que sumarles gente, así le va al “barba”, pero – se corrigió – le va bien. En Avellaneda siempre le fue bien. Le salió un juicio redondo. Ahora es “líder nacional”, y el mercadito de Banfield, parece una postal -, asentí, sumido en el hastío de tanta mentira vagando por la vida de los argentinos. Bebimos y, como es habitual la cuenta estaba paga. Esa también va en la cola de las dudas. Antes de abordar los autos, lo interrogué haciéndome el distraído. La ironía en la sonrisa de Pella era casi un veredicto.

¿Y ahora adonde vamos? – el sin mirarme respondió - a tu casa pero vamos a hacer un parada antes - , sin dar detalles partimos. Buscamos Sáenz, como Nietzsche las respuestas, nos persignamos en la Catedral, por las dudas, llegamos a Mentruyt le apuntamos a Portela y las luces traseras del Alfa volvieron a encenderse rojas de espanto o vergüenza; en la esquina, gruesos troncos de plátano, habían hecho polvo el santuario, los escombros se desparramaban en las inmediaciones, igual que la basura reciente, que ya habían vuelto a volcar los carritos.

Yon se apeó, agitando la cabeza, escéptico, su mirada era indefinible, caminó unos pasos, yo no me moví Pella tampoco, antes de reiniciar la marcha alcancé a oírle.

- La fe puede mover montañas como no iba a mover las de basura – dijo y partió. Nos miramos con Pella y acordamos, en silencio, olvidarnos por un rato. La vida es bella, a pesar de Benigni, sobre todo si soplamos en el viento.


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Un poco de humor con Les Luthiers



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Plástica: Un clásico de todos los tiempos, Miguel Ángel Buonarroti

Nació el 6 de marzo de 1475 en Caprese, cerca de Arezzo, Italia. Hijo de Ludovico Buonarroti, oficial florentino al servicio de la familia Medici, que colocó a su hijo cuando contaba 13 años de edad en el taller del pintor Domenico Ghirlandaio. Dos años más tarde se sintió atraído por la escultura en el jardín de San Marcos, lugar al que acudía con frecuencia para estudiar las estatuas antiguas de la colección de los Medici.

Conoció a los Medici más jóvenes, dos de los cuales llegaron a ser papas (León X y Clemente VII); y también a humanistas como Marsilio Ficino y a poetas como Angelo Poliziano. Con 16 años, ya había realizado al menos dos esculturas en relieve, el Combate de los lapitas y los centauros y la Virgen de la Escalera (ambas fechadas en 1489-1492, Casa Buonarroti, Florencia). Su mecenas, Lorenzo el Magnífico, murió en 1492; dos años después abandonó Florencia. Durante una temporada se estableció en Bolonia, donde esculpió entre 1494 y 1495 tres estatuas de mármol para el Arca de Santo Domingo en la iglesia del mismo nombre. Después, viajó a Roma, donde estudió las ruinas y estatuas de la antigüedad clásica que por entonces se estaban descubriendo.



Realizó su primera escultura a gran escala, el monumental Baco (1496-1498, Museo del Barguello, Florencia). En esa misma época esculpió también la Pietà (1498-1500) para San Pedro del Vaticano, que aún se conserva en su emplazamiento original y es la única obra en la que aparece su firma. Su estilo de juventud viene marcado por la gigantesca (4,34 metros) escultura en mármol del David (Academia, Florencia), realizada entre 1501 y 1504, tras su regreso a Florencia.

Paralelamente a su trabajo como escultor, tuvo la oportunidad de demostrar su pericia como pintor al encomendársele un fresco para el Salón de los Quinientos del Palazzo Vecchio, la Batalla de Cascina, frente a otro encargado a Leonardo da Vinci sobre la Batalla de Anghiari. Ninguno de los dos artistas llevó a cabo su cometido; sólo se realizó un dibujo preparatorio sobre cartón a escala natural. En 1505 interrumpió su trabajo en Florencia al ser llamado a Roma por el papa Julio II para realizar dos encargos. El más importante de ellos fue la decoración al fresco de la bóveda de la Capilla Sixtina, que le tuvo ocupado entre 1508 y 1512, 24 años antes de comenzar, en 1536, el Juicio Final. Pintando en una posición forzada, acostado de espaldas al suelo sobre un elevado andamiaje, plasmó algunas de las más exquisitas imágenes de toda la historia del arte. Sobre la bóveda de la capilla desarrolló nueve escenas del Libro del Génesis, comenzando por la Separación de la luz y las tinieblas y prosiguiendo con Creación del Sol y la Luna, Creación de los árboles y de las plantas, la Creación de Adán, Creación de Eva, El pecado original, El sacrificio de Noé, El Diluvio Universal y por último La embriaguez de Noé. Enmarcando estas escenas principales que recorren longitudinalmente todo el cuerpo central de la bóveda, se alternan imágenes de profetas y sibilas sobre tronos de mármol, junto con otros temas del Antiguo Testamento y los antepasados de Cristo.

Con anterioridad a la bóveda de la Sixtina, en 1505, recibió el encargo del papa Julio II de realizar su tumba. Pensada para ser emplazada en la nueva Basílica de San Pedro, inició con gran entusiasmo este nuevo desafío que incluía la talla de más de 40 figuras, pasando varios meses en las canteras de Carrara para obtener el mármol necesario. Pudo terminar algunas de sus mejores esculturas con destino a la tumba de Julio II, entre las que destaca el Moisés (c. 1515), figura central hoy conservado en la Iglesia de San Pedro in Vinculis, Roma.

Como arquitecto no comenzó hasta 1519, cuando diseñó la fachada (no realizada) de la Iglesia de San Lorenzo en Florencia, ciudad a la que había regresado tras su estancia en Roma. Durante la década de 1520 diseñó también la Biblioteca Laurenciana, anexa a la citada iglesia, aunque los trabajos no finalizaron hasta varias décadas después. También emprendió -entre 1519 y 1534- el encargo de hacer las tumbas de los Medici en la Sacristía Nueva de San Lorenzo.

Comenzó a trabajar en 1536 en el fresco del Juicio Final para decorar la pared situada tras el altar de la Capilla Sixtina, dando por concluidos los trabajos en 1541. En 1538-1539 se iniciaron las obras de remodelación de los edificios en torno a la Plaza del Capitolio (Campidoglio). El proyecto de ordenación de la plaza diseñado por Miguel Ángel no se llevó a cabo hasta finales de la década de 1550 y no se remató hasta el siglo XVII.

Su obra cumbre como arquitecto fue la Basílica de San Pedro. La dirección de las obras, iniciadas por Donato Bramante y continuadas, entre otros, por Antonio da Sangallo y Rafael, le fueron encomendadas por el Papa en 1546. Siguiendo el esquema de Bramante, diseñó un templo de planta de cruz griega coronado por una espaciosa y monumental cúpula sobre pechinas de 42 metros de diámetro. Posteriormente, Carlo Maderno modificó la planta original y la transformó en una planta de cruz latina.

Michelangelo Buonarroti falleció en Roma el 18 de febrero de 1564.

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Comentarios a “El caso, la institución y mi experiencia con el psicoanálisis” de Gil Caroz

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Confieso mi ansiedad, al presentar ante ustedes, más duchos en la enseñanza de Lacan, mis comentarios sobre el texto de Gil Caroz: El caso de la institución y mi experiencia con el psicoanálisis.

Trato de explicármela y creo que podría tener que ver con un horroroso complejo que tenemos los colombianos, el de hiju’e putas, que nos diagnosticara, el filósofo antioqueño, Fernando González, el primero en defender a Freud en Colombia, en el contexto una sociedad terriblemente pacata, por allá, en 1939, poco después de que hubiese muerto en Londres el padre del psicoanálisis, a quien el pensador colombiano consideraba una especie de Doktor Fausto, dados sus conocimientos fisiológicos, morales e históricos, que presentaba más allá de misticismos, en la misma línea de Darwin, Schopenhauer, Wundt y Nietzsche, entre otros, para introducirnos en una suerte de Babel, al señalarnos que la conciencia, apenas, es un epifenómeno y adentrarnos en los subfondos anímicos, donde se cumpliría la ley evolutiva de que la ontogenia repite la filogenia, además de anunciarnos la religión, como el porvenir de una ilusión, al darle forma de doctrina y práctica a los hechos observados por la humanidad de todos los tiempos y contraponer la llamada ciencia occidental con la introspectiva del Oriente. (1) (2)

Así Freud, al coleccionar hechos dispersos y observados, darles cierta interpretación, llegaría a un determinismo lógico, negador de la libertad, más allá del Nirvana, al hablarnos de pulsiones, deseos y pasiones.

A partir de él, los sueños se podían interpretar como símbolos, como formaciones del inconsciente y así disolver complejos, al atravesar fantasmas, aunque no lo diga así Fernando González, aproximarnos a lo Real, con todas las producciones del inconsciente, al constituirse un tratamiento psicoanalítico, a través de la transferencia, para tratar de hacer consciente lo inconsciente y conformar una nueva clínica, que nos enfrenta con una lógica alógica, para nada aristotélica, la del proceso primario, lo que lo haría un inmoralista, a la manera de Nietzsche, ese otro filósofo de la sospecha, según los criterios de Paul Ricæur, desconocido por González, ya que la obra del francés: Freud, una interpretación de la cultura, fuera publicada, por primera vez, en 1965, un año después de la muerte del filósofo de Envigado. (3)

Lo primero que tuve que hacer, para abordar el texto, fue enterarme de quién es Gil Caroz, de quien veo que ha sido Presidente de la EuroFederación de Psicoanálisis y que Pipol News, donde está publicado el artículo que comento, es una lista electrónica de difusión, creada en el 2010, para impulsar el debate en la comunidad de trabajo de la EuroFederación.

Agradecí el tema del paper, que no me exigía meterme en los meandros de la topología lacaniana y que además me permitía cotejar su experiencia con la mía, puesto que he sido un psicoanalista, frecuentemente enfrentado con el problema de las instituciones; es decir, he sido un trabajador en el campo de la salud mental institucional, tanto aquí, en España, como allá en Colombia, a pesar de las contradicciones existentes entre una salud pública y un psicoanálisis, que trata de darle un lugar a la locura de cada uno, liberado de la voluntad de un Otro, por más que quiera mucho al sujeto, que lidia con una miseria de las masas, al permitirle al sujeto encarnar su deseo, como representante de esa nueva clínica originada en Freud y sus discípulos, entre los que ocupan, para mí, un lugar destacado Melanie Klein, W. R. Bion, Donald Winnicott y Jacques Lacan, entre otros, con una escucha distinta a la de las escalas y de nosografías, que ignoran la palabra del sujeto y su transferencia, en un mundo skinneriano, más allá de la dignidad y la libertad, el cual trata de imponerse como representante de la ciencia oficial y verdadera, lo que precisa, entre los que creemos en el inconsciente, que no cedamos en nuestra orientación ni en el rigor clínico que exige, lo que nos obliga a participar en un debate sobre la salud mental, exista ésta o no. (4) (5)

Porque de lo que Gil Caroz nos habla es de que la salud mental, por más que no creamos en ella, nos concierne, como Cosa Institucional, hablada por distintos discursos, ya sea en:

- El hospital psiquiátrico.
- Instituciones para niños.
- Centros de Salud Mental.
- Centros de seguimiento.
- Centros de tratamiento monosintomático.
- Centros de acogida.
- Centros de observación judicial.

Esa cosa institucional es un ente ya establecido o fundado, que apunta tanto al acto instituyente, como a la cosa instituida, desde donde se desempeñan funciones de interés público, sean de beneficencia o de docencia, como entes creados por Estados, Naciones u Organizaciones supranacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS) o la Organización Panamericana de la Salud (OPS), entre otras posibles.

Y sabemos que a las instituciones se asocian los institutos, como centros estatales de enseñanza, como también hay instituciones científicas y culturales, donde, como en la IPA, al lado de la Asociación está el Instituto, encargado de la formación de psicoanalistas.

Así, los organismos oficiales se ocupan de ofrecer servicios concretos, de enseñanza o de salud, que se acercan mucho a esas masas artificiales, descritas por Freud, que son el Ejército y la Iglesia, algo que reconocería Lacan, al plantearse como un excomulgado, en su obra clásica Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, texto al que me fue necesario remitirme. (6) (7)

Y es que esas cosas establecidas no escapan al discurso del Amo, a antiguos paradigmas familiares edípicos con su doble vertiente de exigencias e ideales del padre y cuidados maternales pero que, después del Edipo, tendríamos que ampliar para incluir todas las instituciones humanas, que cumplen con la función de refrenar el goce y relanzar la repetición, con otras éticas que vienen a suplir el debilitamiento de lazos familiares, para ocupar el lugar vacío del Padre, ya sea a través de pactos entre hermanos, como después del asesinato del jefe de la horda primitiva, contratos sociales, utopías comunitarias o despotismos, entre otras muchas otras éticas.

Pero, para Caroz, las más felices son las que se dejan orientar por la ética del psicoanálisis, la del deseo, puesto que el asunto de su presencia en las instituciones sociales, pedagógicas o de cuidados en salud mental es tan antigua como el psicoanálisis mismo, tema que ha sido de interés en el Campo Freudiano, desde hace muchos años, desde donde se han elaborado varias orientaciones muy interesantes.

De ahí que se haya reflexionado sobre los efectos de identificación con el analista en el seno de las instituciones, desde que empezaron a funcionar analistas sin diván, en sentido literal y figurado.

Y ahora que el interés del psicoanálisis lacaniano ha recaído en la lectura de lo Real en la clínica, puede verse, en acto, la eficacia del psicoanálisis, más allá de las rivalidades imaginarias entre distintas orientaciones clínicas, como una práctica, a la manera del tratamiento del Otro del psicótico, con la producción de un límite al goce tanático, en el espacio subjetivo, para la reconstrucción de una historia subjetiva, basada en la palabra y la restauración de una imagen corporal, con un synthôme, para que el sujeto habite su cuerpo, como escrito por el Otro, como eje de articulación de un lazo social y la gestión espaciotemporal o adentrarse en ese núcleo de goce loco del objeto interno, en busca de una salida a los fenómenos psicóticos, con el descubrimientos de las apuestas vertiginosas del deseo, ante las inconsistencias de los proyectos sociales y las imposturas del consenso social, como lo señala W. Apollon, al meterse en la aventura singular del tratamiento de la psicosis dentro de una comunidad, en una sociedad que rechaza la dimensión trágica de lo humano, con promesas de un saber, con la esperanza vana de recursos tecnológicos y ayudar en la constitución de un nuevo modo de lazo social, para estar con el otro, con la participación coexistente de una búsqueda de satisfacción, en la pureza del defecto de no ser, como decía Lacan, a través de la transferencia analítica, de tal forma que el psicótico pueda hablar de su sufrimiento y de su situación, a partir de un dispositivo que ponga el acento, de entrada, en permitirse oír lo que el sujeto tiene para decir, con una atención más puesta en el discurso que en sus síntomas, sin prejuicios, para que el psicótico pueda comprometerse en una relación de sujeto a sujeto, que le permita reanudar un mínimo de lazo social y una salida de los aspectos más catastróficos de su psicosis, mediante una reorganización de su ética y su estética, de su presencia en el mundo y sus relaciones con los otros. (8)

Y es que no se puede desconocer que un gran número de adherentes al psicoanálisis están presentes en instituciones de salud mental, albergues, instituciones judiciales y escuelas, entre otros espacios institucionales.

Este asunto importa para una supervivencia del psicoanálisis, máxime, cuando se percibe que el practicante, que cuenta con una experiencia psicoanalítica, tiene, a menudo una relación más justa y un savoir-faire inédito con lo Real de la clínica, lo que no aparece en los trabajadores de salud mental, que carecen de ella, así tengamos muchas veces que enfrentarnos con la desagradable sensación de no entender nada.

Las instituciones que dan lugar al psicoanálisis dan paso al bien-decir y permiten hacerlo de otra manera.

Así, los analistas podemos en vez de juzgar, que un paciente es muy violento, preguntarnos qué hace que ese sujeto pase al acto tan frecuentemente, qué lo lleva a ello, pues bien sabemos que cuando la palabra se ausenta es muy posible que hablemos con nuestros actos.

A mí, me molesta sobremanera cuando se me dice que un paciente, adulto o niño, busca llamar la atención, como una forma descalificatoria del sujeto; en los servicios de urgencias colombianos a los pacientes histéricos solía hacérseles el diagnóstico de gadejo (apócope de ganas de joder) y se procedía a tratamientos maltratantes, como la inhalación del propio anhídrido carbónico (CO2) al ponerlos a respirar en una bolsa o inyecciones de agua destilada en el esternón, pero a nadie se les ocurría preguntar qué quería decirnos con su cuerpo, ofuscados por la premura del tiempo, su necesidad de atender pacientes orgánicamente graves, sin que hubiera un dispositivo de escucha hasta que llegamos los psiquiatras de orientación analítica, como verdaderos psicoanalistas in the emergency room, dispuestos a escuchar qué era ese enigma que tanto había inquietado a Briquet, Charcot, Bernheim, Breuer y Freud. (9)

Y siempre pregunto:

- Y ¿esta persona por qué necesita llamar la atención? - pues no me cabe duda, que es una forma de demandar la escucha del Otro.

Lo mismo me pasa con los pacientes que acusan de manipuladores, aunque efectivamente lo sean, pero si eso hace parte de su caracterología, ¿qué lo ha llevado a ser así en el mundo? De lo que no tenía idea era que de lo que el mal llamado manipulador se propusiera fuera escapar del Otro malvado.

Y en relación con los niños hiperactivos, considero que hay que ver si su fenomenologí obedezca realmente a una problemática orgánica, como bien lo describí en mi rtículo: Ideal de mesura en el diagnóstico de trastorno de déficit de la atención con o sin hiperkinesia. (10)

Lo importante es salirse de las coordenadas imaginarias educativas o científicas, para abordar el fenómeno clínico y pensarlo en términos estructurales, no como un mero humanismo, plagado de buenas intenciones, que conducen al camino del infierno, y hacer que cambie y se transforme el lenguaje institucional, para lograr un abordaje clínico de lo Real, en una experiencia que se reinventa cada día, como en el propio análisis, con un bien decir inédito y nuevo, a partir del lenguaje que el psicoanalista hace de su propia lalengua allí, al lado de su psicoanalista, lo que hace posible que el analizante se haga susceptible de escuchar la lalengua de su semejante, en los acontecimientos cotidianos que se dan en la institución, que hay que leer más allá de la pantalla del lenguaje, en esa lalengua, aprendida cerca de los parientes más cercanos, en el contexto de una novela familiar singular, de cada uno, y que, muchas veces, no precisa de una labor de desciframiento alguno, porque ahí está, a cielo abierto, sin insistir en comprender. ni precipitarse, a añadirle sentido a ese lenguaje privado, que entiendo que es como dejarse conmover, por lo que aparece en la comunicación oral, como efecto de lo que se transmite, así se comprenda poco, ahí cerca del borde, del litoral, en medio de peripecias sin mensaje, en la medida que es toda la estructura del lenguaje, la que la experiencia analítica descubre en el inconsciente y que hay que tomar al pie de la letra, en la medida que la letra es soporte material, que el discurso concreto toma del lenguaje, como fonemas, en los que no hay que buscar una constancia fonética, sino la variabilidad moduladora de la prosodia, como caracteres móviles, como los usados en tipografía y así alcanzar los efectos de la verdad freudiana, al abrir el camino hacia el inconsciente y sus ideogramas, como ocurre en los sueños.

Y ese trabajo de la letra puede hacerse en todos los espacios de la estructura institucional, en los pasillos, en los consultorios, en las puertas, en los vehículos, en el jardín, en los talleres, con los otros colegas, con los documentos administrativos, con las reglas, entre otros muchos elementos de esa estructura.

Lo importante es trazar circuitos pulsionales que fluyan, que bordeen los goces enloquecidos, que salpican los alrededores, cuando se pluraliza al Otro perseguidor, demasiado consistente, que condensa un goce fuera del cuerpo, que invade al sujeto, al encontrar ese enjambre de significantes que permiten al sujeto comprometerse, con una ética del bien decir, con un sinthôme singular, lo que hace a una ética del psicoanálisis, con lo cual se enriquece lalengua y se suple el defecto en su aprendizaje, puesto que la lalengua materna se aprende.

Y de otro el psicoanalista en la institución puede tejer un lazo de trabajo distinto, para sacar al sujeto de la dimensión autista de su lalengua y volcarla hacia el lenguaje, para pasar de un lenguaje privado a uno público; por ello, decía Lacan, que a los niños autistas, seguramente, hay algo para decirles, no sólo en los casos de autismo infantil sino en la dimensión autista de todo sujeto, para hablar con aquello que no se dirige al Otro, al introducir lalengua en el diálogo, en la medida que el psicoanalista somete al sujeto a una hipótesis del Otro, del código. (11)

Recuerdo que cuando era residente atendí a una esquizofrénica, que me hablaba así:

- Prolochón taquetusa michingo cata… - con neologismos ininteligibles, ante lo cual, lo que se me ocurrió, fue decirle que ella me hablaba en ese lenguaje para que no la entendiera, lo que dio lugar al habla corriente y a que expresase delirios de contenidos persecutorios, hasta que se estabilizó, mediante lo que se consideró en el servicio un encapsulamiento del delirio, de tal forma que el pensamiento delirante seguía allí, sin causar un mayor deterioro ni afectar el nivel de funcionamiento, ni su adaptación social, con lo cual dejé de verla porque pasaba al servicio de consulta externa, por fuera del de hospitalizados, en el que yo trabajaba; tal vez, lo que hice, de una manera bastante intuitiva, fue ofrecerle material para la construcción de un Otro, sin la violencia de la interpretación, de cuando Melanie Klein le dice a Dick, ese niño de cuatro años, al que le llevan por una inhibición lúdica, desconexión con la realidad, con un desinterés grande por los objetos y las personas del entorno, al parecer carente de sensibilidad ,cuando se lastimaba, con un marcado negativismo, incluso con su madre y su niñera, a las que sólo respondía con una obediencia automática, sin poder hacer uso de su capacidad simbólica, y decirle que el tren grande que coge en el despacho, donde lo atiende, es Papá y el pequeño él mismo. (12)

Esta historia ocurría en 1929, cuando aún faltaban quince años para que Kanner y Asperger describieran sus primeros cuadros; de donde, la señora Klein no sabía qué hacer con él, pero manejó su estilo intuitivo cuando constató, en su consulta, que a Dick le interesaban los trenes y los picaportes, en los que se detenía cuando paraba su deambular por el cuarto, sin prestarle atención a la terapeuta, como si ignorara su presencia, al tratarla como un mueble más.

Pero al recibir la interpretación, Dick coge los trenes y los lleva hasta una ventana, mientras balbucea la palabra estación en inglés.

Melanie Klein recurre entonces a una especie de squiggle verbal, mientras le dice:

- La estación es mamita y Dick está entrando en mamita. - lo que lleva al pequeño a esconderse en un pasillo, que conectaba al consultorio con el exterior, mientras expresaba la palabra: oscuro.

Melanie Klein vuelve a interpretar:

- Dick entra en la mamita oscura.

Eso da lugar a una secuencia repetitiva, seguida de episodios de angustia, con lloriqueos, hasta que el niño clama por su niñera, de quien la señora Klein, le informa que lo está esperando afuera, con lo cual, el niño muestra mayor interés por los objetos, para empezar a jugar con ellos, actividad a la que invita a la analista.

Lacan habla de la brutalidad con la que Melanie Klein enchufa el simbolismo en Dick, un poco a la manera del Freud que encarnó al Otro en la transferencia en el caso de Juanito, más allá del vínculo del chiquillo con su padre. (13)

Ese caso de Melanie Klein, da mucho que pensar; a lo mejor escriba otro día, algo sobre Dick, pero entretanto quisiera compartir con ustedes, unas lindas ilustraciones, a manera de tebeos o cómics, que pueden ser un auxiliar para la memoria, en tall caso, que encontré en un libro sobre Anna Freud y Melanie Klein, escrito por una lacaniana argentina, Silvia Fendrik. (14)

Aquí van:









Pero, para volver con Caroz y el psicoanalista en la institución, con su presencia en los equipos de trabajo; recordé cuando iniciamos el seminario de Configuraciones Vinculares en ODRES/ALEPH, una institución que fundamos en Medellín, entre varios colegas, Janine Puget, una maestra idealizada, comenzó diciendo que ahí estábamos para saber lo que juntos, entre ella y nosotros podríamos hacer en la experiencia, con esa destitución de Sujeto de Supuesto Saber, sabíamos que estábamos frente a una psicoanalista y no frente a una trabajadora social, ni una profesora que venía a traernos un discurso universitario, heredero de del discurso del amo, que privilegia el saber acumulado de los amos-maestros, para transmitir lo institucionalmente legitimado, que percibe las nuevas ideas, como provocadoras de un cambio catastrófico contra el establishment, por lo que tiende a anularlas, para preservar el discurso de la Academia, que pretende garantizar el goce del saber, con la ilusión de no carecer de nada, y estar en una posición en -K (pasión negativa del conocimiento), en la que las nuevas ideas son privadas de su valor, para el grupo no asumir el dolor narcisista de sentir cuestionado su saber, sino que excitaba nuestra pasión K (por el conocimiento) para crecer con la introducción de lo novedoso, como lo planteara W. R. Bion, que resulta ser el motor de la investigación y de la búsqueda de conocimiento.

Puget no venía nosotros con la extrema rigidez del pensamiento del discurso universitario. (15) (16)

Así, como señala Caroz, en esa experiencia grupal, en una institución psicoanalítica, varias voces se intercambiaban, lo que aligeraba el peso de la relación imaginaria entre dicente y docente, con lo que se forjaba una forma dialéctica de acceder al conocimiento, en un archipiélago de incertidumbre, donde lo que no había eran certezas.

Pero, por supuesto, es la experiencia del análisis personal, lo que nos permite leer lalengua, al darse esa dialéctica del diálogo analítico, donde a la palabra propia, se da la palabra del otro, y ahí es donde se experimenta el goce propio, aunque sólo se alcance parcialmente al significante, porque hay algo que queda como experiencia inefable, que si bien tiende a la repetición, puede bordearse y localizarse, condensado un poco como el aleph borgesiano y saber en lo más íntimo de uno mismo que el semblante tiene efectos reales y poder dar a los ideales propios o institucionales, un lugar, ya sea para prescindir o servirse de ellos. (17)

Y frente a esa cosa establecida, establishment para Bion, con un saber instaurado en la institución, el psicoanalista viene con un saber cargado de incertidumbres, con el riesgo de ser resistido a muerte, muchas veces con acosos laborales horrorosos, o a aportar transformaciones, todo ello dependiendo de la forma de acercarse o de la rigidez de lo establecido, que convierte a ese místico, que podría ser el analista, en un crucificado, sin que pueda, como bien lo señalara Bruno de Halleux, ni en un caso ni el otro, haber podido decir lo esencial, ya que siempre en nuestra clínica, en nuestras investigaciones y avances, se aloja un indecible, como una suerte de pepita invisible, instrasmisible, que hace parte de la clínica de lo Real, pero que no ahoga nuestra inventiva.

Notas:
1) González, F. Los negroides. http://www.otraparte.org/ideas/1936-negroides.html
2) González, F. Segismundo Freud. http://biblioteca-virtual-antioquia.udea.edu.co/pdf/8/8_555766991.pdf
3) Ricoeur, P. Freud: una interpretación de la cultura. Siglo XXI editores, México, 1970, pp. 32-40.
4) Caroz, G. ¿La Salud Mental existe? Letras. Revista de Psicoanálisis de la Comunidad de Madrid – ELP. http://letraslacanianas.com/revista-n2-dossier/69-ila-salud-mental-existe
5) Skinner, B. F. Más allá de la dignidad y la libertad. Martínez Roca, Barcelona, 1998, 208 pp.
6) Freud, S. Psicología de las masas y análisis del yo en Obras Completas (t. XVIII). Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976, pp. 89-94.
7) Lacan, J. Los cuatro conceptos fundamentales. Editorial Barral, Barcelona, 1977, pp. 13-25.
8) Apollon, W. Psicoanálisis y tratamiento de la psicosis. http://www.edipica.com.ar/archivos/jorge/psicoanalisis/apollon1.pdf
9) Medrano, A. El saber sobre la histeria en el siglo XIX. La pregunta del sujeto histérico y las respuestas al enigma de la feminidad. Colofón. Boletín de la Federación Internacional de Bibliotecas del Campo Freudiano 13: 5-8, 1995.
10) Dapena, J. M. Ideal de mesura en el diagnóstico de trastorno de déficit de la atención con o sin hiperkinesia. http://cultural.argenpress.info/2012/06/ideal-de-mesura-en-el-diagnostico-de.html
11) Lacan, J. Conferencia en Ginebra sobre el síntoma en Intervenciones y textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1989, 144 pp.
12) Vidal, D. A. Delirios. Alcmeón 23, 6 (3): s.p., 1997.
13) Lacan, J. Seminario I: Los escritos técnicos de Freud (1953-1954), Paidós, Barcelona, 1981, pp. 111-140
14) Fendrik, S. Psicoanalistas de niños. La verdadera historia. 1. Melanie Klein y Anna Freud. Letra Viva, Buenos Aires, 2004, pp. 37-40.
15) Herrera Guido, R. El discurso de la universidad. http://archivo.lajornadamichoacan.com.mx/2007/01/20/index.php?section=sociedad&article=012n1soc
16) Bion, W. R. Aprendiendo de la experiencia. Paidós, Barcelona,1980, 131 pp.
17) Borges, J. L. Obras Completas. 1923-1972. Emecé Editores, Buenos Aires, 1974, pp. 617-628.


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Un clásico de ciencia ficción: El hombre que podía hacer milagros


H. George Wells

Un pantum malayo en prosa

Es dudoso que el don fuera innato. Por mi parte, pienso que le vino de repente. Es más, hasta los treinta años fue escéptico y no creía en poderes milagrosos. Tengo que mencionar aquí que era un hombre bajito, de encendidos ojos castaños, pelo rojizo muy erizado, un bigote cuyas puntas doblaba hacia arriba, y con pecas. Se llamaba George McWhirter Fotheringay -un nombre que de ninguna manera inducía a esperar milagros- y era oficinista en Gomshott. Muy dado a los razonamientos contundentes, fue mientras aseguraba la imposibilidad de los milagros cuando tuvo la primera premonición de sus extraordinarios poderes. Sostenía este particular argumento en el bar del Dragón Largo, y Toddy Beamish se encargaba de llevarle la contraria con un monótono pero eficaz Eso dice usted, que llevó al señor Fotheringay a los mismísimos límites de la paciencia.

Estaban presentes, además de estos dos, un ciclista muy polvoriento, Cox -el dueño del bar- y la señorita Maybridge, la respetable y bastante corpulenta camarera del Dragón. La señorita Maybridge estaba de espaldas al señor Fotheringay lavando vasos. Los otros le observaban, más o menos entretenidos por la ineficacia del método contundente en aquel momento. Aguijoneado por la estrategia de Torres Vedras empleada por el señor Beamish, el señor Fotheringay decidió hacer un esfuerzo retórico inusitado:

-Escuche, señor Beamish -dijo Fotheringay-, entendamos claramente lo que es un milagro. Es algo que va contra el curso de la naturaleza hecho por el poder de la voluntad, algo que no podría suceder sin ser expresamente querido.

-Eso dice usted-dijo Beamish oponiéndose.

El señor Fotheringay apeló al ciclista, que hasta entonces había sido un oyente mudo, y recibió su asentimiento, transmitido con una tos dubitativa y una mirada al señor Beamish. El dueño no expresaba opiniones y el señor Fotheringay, volviendo al señor Beamish, recibió la inesperada concesión de un asentimiento cualificado a su definición de milagro.

-Por ejemplo -dijo Fotheringay muy envalentonado-, esto sería un milagro. Esa lámpara siguiendo el curso natural de la naturaleza no podría arder de esa manera si estuviera boca abajo, ¿verdad, señor Beamish?

-Según usted no podría-dijo el señor Beamish.

-Y usted -dijo Fotheringay-... ¿No querrá usted decir?... ¿eh?

-No -dijo el señor Beamish a regañadientes-. No, no podría.

-Muy bien -continuó el señor Fotheringay-. Pues he aquí que viene por aquí alguien, que pudiera ser yo mismo, y se pone, pudiera ser aquí mismo, y dice a la lámpara, como podría hacerlo yo concentrando toda mi voluntad: «Vuélvete boca abajo sin romperte y continúa ardiendo regularmente y...» ¡Sopla!

Aquello bastaba para hacer a cualquiera exclamar: ¡Sopla! Lo imposible, lo increíble estaba a la vista de todos ellos. La lámpara colgaba invertida en el aire, ardiendo tranquilamente con la llama hacia abajo. Era tan sólida, tan incuestionable como lo fuera jamás lámpara alguna, la prosaica y vulgar lámpara del bar del Dragón Largo.

El señor Fotheringay estaba con el dedo índice extendido y el entrecejo fruncido del que prevé un choque catastrófico. El ciclista, que estaba sentado junto a la lámpara, se agachó y cruzó de un salto el bar. Todos saltaron más o menos. La señorita Maybridge se volvió y chilló. Durante casi tres segundos la lámpara permaneció quieta. Un débil grito de angustia mental salió del señor Fotheringay.

-No puedo mantenerlo por más tiempo -dijo.

Se tambaleó hacia atrás y la lámpara invertida de repente llameó, cayó contra el rincón del bar, rebotó lateralmente, se hizo pedazos en el suelo y se apagó.

Fue una suerte que tuviera un recipiente metálico, si no todo el lugar habría estallado en llamas. El señor Cox fue quien habló primero, y su observación, despojada de excrecencias innecesarias, venía a decir que Fotheringay era imbécil. ¡Fotheringay no estaba para discutir ni siquiera una proposición tan fundamental como ésa! Se encontraba completamente pasmado ante lo sucedido. La conversación que siguió no arrojó absolutamente ninguna luz sobre el asunto por lo que a Fotheringay se refería. La opinión general no sólo siguió muy de cerca a la del señor Cox, sino que lo hizo con mucha vehemencia. Todos acusaron a Fotheringay de un truco estúpido y le hicieron verse a sí mismo como un insensato destructor de la comodidad y la seguridad. Su cabeza era un tornado de perplejidad, hasta él mismo se inclinaba a estar de acuerdo con ellos y presentó una oposición notablemente ineficaz a la propuesta de que se marchara.

Se fue a casa rojo y acalorado, con el cuello del abrigo aplastado, los ojos ardiendo y las orejas coloradas. Al pasar observó nerviosamente cada una de las diez farolas. Únicamente cuando se encontró solo en su pequeño dormitorio de Church Row fue capaz de enfrentarse seriamente a los recuerdos de lo ocurrido y preguntarse qué demonios había pasado.

Se había quitado el abrigo y las botas y estaba sentado en la cama con las manos en los bolsillos repitiendo el texto de su defensa por decimoséptima vez. Yo no quería que la maldita lámpara volcara... cuando se le ocurrió que en el preciso momento de decir las palabras clave, sin darse cuenta, había querido lo que decía, y que cuando había visto la lámpara en el aire había tenido la sensación de que dependía de él mantenerla allí sin saber claramente cómo había de hacerlo. No tenía una mente especialmente compleja o se habría detenido durante un tiempo en ese sin darse cuenta había querido, que engloba, realmente, los problemas más abstrusos de las acciones voluntarias, pero de hecho, la idea le vino envuelta en una bruma bastante aceptable. Y, no siguiéndose de ese punto, como he de admitir, ninguna conclusión lógica clara, llegó a la comprobación experimental.

Apuntó resueltamente a su vela y concentró la mente, aunque tuvo la sensación de que hacía una estupidez.

-Levántate -dijo.

Pero en un segundo esa sensación había desaparecido. La vela se elevó, quedó suspendida en el aire un vertiginoso momento y, por lo que el señor Fotheringay coligió, cayó con estrépito en el tocador, dejándole a oscuras salvo por el mortecino resplandor de la mecha.

Durante un rato el señor Fotheringay estuvo sentado a oscuras, completamente quieto.

-Realmente ha sucedido, después de todo -dijo-. Lo que no sé es cómo voy a explicarlo.

Suspiró profundamente y empezó a palparse los bolsillos en busca de una cerilla. No pudo encontrar ninguna y se levantó y buscó a tientas por la mesa.

-Ojalá tuviera una cerilla-dijo.

Recurrió al abrigo. Allí tampoco había ninguna, y entonces se le ocurrió que los milagros eran posibles incluso con cerillas. Extendió una mano y la miró con el ceño fruncido en la oscuridad.

-Que haya una cerilla en esa mano -dijo.

Notó que un objeto ligero caía por la palma y los dedos se cerraron sobre una cerilla.

Tras varios intentos inútiles de encenderla descubrió que era una cerilla de seguridad. La tiró y luego se le ocurrió que podía haberla querido encendida. Así lo hizo, y la vio ardiendo en medio del felpudo del tocador. La cogió a toda prisa y se apagó. Percibió que sus posibilidades se ensanchaban. Cogió a tientas la vela y volvió a colocarla en su palmatoria.

-Ahora, ¡enciéndete! -dijo el señor Fotheringay.

En el acto la vela estaba llameando mientras descubría un pequeño agujero negro en el paño que cubría el tocador con un mechón de humo elevándose de él. Durante un rato pasó la mirada del agujero a la llamita y de nuevo al agujero, luego levantó la vista y vio su propia mirada en el espejo. Con esta ayuda se comunicó consigo mismo en silencio durante un tiempo.

-¿Qué pasa ahora con los milagros? -dijo finalmente el señor Fotheringay dirigiéndose a su imagen reflejada en el espejo.

Las subsiguientes meditaciones del señor Fotheringay fueron de una descripción rigurosa, pero confusa. Todo lo que podía comprender era que por lo que a él se refería se trataba de un caso de pura voluntad. La naturaleza de las primeras experiencias le desanimó a hacer más experimentos excepto los de tipo más cauteloso. Pero levantó una cuartilla de papel, y volvió rosa y luego azul el agua de un vaso, y creó un caracol que aniquiló milagrosamente y se proporcionó un milagroso cepillo de dientes nuevo. En algún momento, ya a altas horas, había comprendido que el poder de su voluntad debía de tener alguna cualidad especialmente rara y cáustica, un hecho del que había tenido indicios antes, pero sin certeza corroborada. El susto y la perplejidad de su primer descubrimiento estaba ahora matizado de orgullo ante las pruebas de su singularidad y por vagos presentimientos de ventaja. Se dio cuenta de que el reloj de la iglesia estaba dando la una, y como no se le ocurrió que podía librarse milagrosamente de sus deberes cotidianos en Gomshott, volvió a la tarea de desvestirse para meterse en la cama sin más dilaciones. Cuando luchaba para sacarse la camisa por la cabeza se le ocurrió una idea brillante.

-Que esté en la cama-dijo, y así fue.

-Desvestido -precisó, y encontrando frías las sábanas, añadió apresuradamente-: y en mi camisón. No, en un bonito y suave camisón de lana. ¡Ah! -suspiró con inmenso deleite.

-Y ahora que me quede cómodamente dormido...

Se despertó a la hora usual y estuvo pensativo durante todo el desayuno, preguntándose si la experiencia de la noche anterior no sería un sueño especialmente intenso. Finalmente volvió a pensar en experimentos cautos. Por ejemplo, tenía tres huevos para desayunar, dos se los había suministrado la patrona, buenos, pero de tienda, el otro era un delicioso huevo de ganso, puesto, cocinado y servido por su voluntad extraordinaria. Se fue a Gomshott deprisa en un estado de profunda excitación, aunque cuidadosamente disimulada, y sólo se acordó de la cáscara del tercer huevo cuando la patrona habló de ella por la noche. No pudo hacer nada durante todo el día por culpa del asombrosamente nuevo conocimiento de sí mismo, pero eso no le produjo ningún inconveniente, porque lo compensó milagrosamente en los últimos diez minutos.

Según avanzaba el día su estado mental pasó del asombro a la euforia, si bien las circunstancias de su expulsión del Dragón Largo eran todavía desagradables de recordar y una embrollada relación del asunto que había llegado a oídos de sus colegas originó algunas chanzas. Era evidente que había de tener cuidado al levantar objetos frágiles, pero por otra parte su don prometía cada vez más según le daba vueltas en la cabeza. Pretendía entre otras cosas aumentar su riqueza personal mediante actos de creación poco ostentosos. Dio la existencia a un par de espléndidos gemelos de diamantes y los aniquiló de nuevo precipitadamente cuando el joven Gomshott cruzó la contaduría hasta su mesa. Temía que el joven Gomshott se preguntara cómo los había obtenido. Vio con toda claridad que el don requería cautela y atención para ejercitarlo, pero, hasta donde podía discernir, las dificultades que acompañaban a su dominio no serían mayores que las que ya había hecho frente en la práctica del ciclismo. Fue quizás esa analogía tanto como la sensación de que no sería bienvenido en el Dragón Largo, la que le llevó después de cenar al callejón de detrás de la fábrica del gas, a ensayar algunos milagros en privado.

Sus intentos adolecían posiblemente de cierta falta de originalidad, pues, aparte del poder de su voluntad, el señor Fotheringay no era un hombre muy excepcional. Le vino a la cabeza el milagro de la vara de Moisés, pero la noche era oscura y poco propicia para el control adecuado de grandes serpientes milagrosas. Luego recordó el cuento de Tannháuser que había leído en la parte posterior del programa de la Filarmónica. Eso le pareció singularmente atractivo e inofensivo. Clavó su bastón -un bastón muy bonito hecho de tronco de palmera enana- en el césped que bordeaba el sendero y ordenó a la madera seca que floreciera. El aire se llenó inmediatamente de perfume de rosas, y mediante una cerilla, él mismo vio que este maravilloso milagro se había realizado, desde luego, a la perfección. Unas pisadas que se aproximaban pusieron fin a su satisfacción. Asustado por un descubrimiento prematuro de sus poderes se dirigió apresuradamente al floreciente bastón:

-Vuelve atrás.

Lo que quería decir era: Vuelve a ser como antes, pero desde luego estaba confuso. El bastón retrocedió a velocidad considerable, y llegó, irreprimible, un grito airado y una palabrota procedentes de la persona que se acercaba.

-¿A quién tira zarzas, estúpido? -gritó la voz-. Me ha dado en la espinilla.

-Lo siento, viejo -dijo el señor Fotheringay, y entonces, dándose cuenta de lo embarazoso de su explicación, se atusó nerviosamente el bigote. Vio avanzar a Winch, uno de los tres policías municipales de Immering.

-¿Qué significa esto? -preguntó el policía-. ¡Anda! Es usted, ¿no? ¡El tipo que rompió la lámpara del Dragón Largo!

-No significa nada -respondió el señor Fotheringay-. Nada en absoluto.

-¿Entonces por qué lo hace?

-¡Oh, aburrimiento! -dijo el señor Fotheringay.

-Aburrimiento, ¡ya! ¿Sabe que ese palo hace daño? ¿Para qué lo hace, entonces?

De momento al señor Fotheringay no se le ocurrió ninguna razón por la que lo había hecho. Su silencio pareció irritar al señor Winch.

-Esta vez, joven, ha estado agrediendo a la policía. Eso es lo que ha hecho.

-Escuche, señor Winch -dijo el señor Fotheringay, enojado y confuso-, lo siento mucho. El hecho es que...

-¿Sí?

No pudo pensar en otra cosa que la verdad.

-Estaba ensayando un milagro.

Trató de decirlo de una forma casual, pero por más que lo intentó no lo consiguió.

-¡Haciendo un ...! Vamos, no diga tonterías. ¡Haciendo un milagro, nada menos! ¡Un milagro! ¡Bueno, esto sí que es divertido! Vaya, ¿no era usted el tipo que no creía en milagros...? El hecho es que éste es otro de sus estúpidos trucos de magia... eso es lo que es. Pues bien, le digo...

Pero el señor Fotheringay nunca oyó lo que el señor Winch iba a decirle. Se dio cuenta de que se había delatado, de que había arrojado su secreto a todos los vientos del cielo. Una violenta racha de irritación le impulsó a la acción. Se enfrentó al policía rápida y furiosamente.

-Vale -dijo-, ya he aguantado bastante. Yo te enseñaré un estúpido truco de magia, ¡claro que lo haré! ¡Vete al Hades! ¡Vete ya!

-¡Estaba solo!

El señor Fotheringay no llevó a cabo más milagros esa noche, ni tampoco se molestó en ver lo que había sido de su floreciente bastón. Volvió a la ciudad, asustado y muy tranquilo, y se fue a su dormitorio.

-¡Cielos! -dijo-, es un don poderoso, extremadamente poderoso. Apenas quería decir ni la mitad de lo que dije. ¡Me pregunto cómo será el Hades!

Se sentó en la cama y se quitó las botas. Iluminado por una feliz idea, transfirió el policía a San Francisco, y, sin ninguna interferencia más con la causalidad normal, se fue sensatamente a la cama. Por la noche soñó con la ira de Winch.

Al día siguiente el señor Fotheringay oyó dos interesantes noticias. Alguien había plantado un bellísimo rosal trepador contra la casa privada del señor Gumshott padre en Lullaborough Road, y el río iba a ser dragado hasta el molino de Rawling en busca del policía Winch.

El señor Fotheringay estuvo abstraído y meditabundo todo el día, y no realizó ningún milagro excepto ciertas disposiciones para Winch, y el milagro de completar el trabajo del día con escrupulosa perfección a pesar del enjambre de pensamientos que le zumbaba por la cabeza. La extraordinaria abstracción y humildad de su actitud fue destacada por varios y constituyó un motivo de bromas. La mayor parte del tiempo estuvo pensando en Winch.

El domingo por la tarde fue a los oficios religiosos, y cosa bastante curiosa, el señor Maydig, que tenía cierto interés en temas de ocultismo, predicó sobre cosas que no son legítimas. El señor Fotheringay no asistía regularmente a los oficios, pero el sistema de escepticismo contundente al que ya he aludido, se encontraba ahora muy debilitado. El tono del sermón arrojó una luz completamente nueva sobre estos novedosos dones y de repente decidió consultar al señor Maydig inmediatamente después del servicio. Tan pronto como lo tuvo decidido se estuvo preguntando por qué no lo había hecho antes.

Al señor Maydig, hombre flaco y excitable, de muñecas y cuello notablemente largos, le produjo una gran satisfacción la petición de una conversación privada por parte de un joven cuya despreocupación por los asuntos religiosos era tema de general observación en la ciudad. Después de algunos imprescindibles retrasos le llevó al despacho de la residencia eclesiástica, contiguo a la iglesia, le sentó cómodamente y, en pie delante de un animado fuego -sus piernas proyectaban un arco de sombra a lo Cecil Rhodes sobre la pared opuesta-, pidió al señor Fotheringay que expusiera su negocio.

Al principio el señor Fotheringay estaba un poco avergonzado y encontró alguna dificultad en presentar el asunto.

-Mucho me temo que va a ser difícil que me crea... -y cosas así durante algún tiempo. Finalmente probó con una pregunta y solicitó la opinión del señor Maydig sobre los milagros.
El señor Maydig estaba todavía diciendo:

-Bueno... -en un tono extremadamente judicial, cuando el señor Fotheringay le interrumpió de nuevo:

-Supongo que no creerá que una persona corriente, como yo mismo por ejemplo, que pudiera estar sentada aquí mismo ahora, pudiera disponer de algún tipo de don en su interior que le capacitara para hacer cosas por medio de su voluntad.

-Es posible-dijo el señor Maydig-. Algo de eso, quizás, es posible.

-Si pudiera utilizar con toda libertad algo de lo que hay aquí creo que le podría explicar mediante una especie de experimento -dijo el señor Fotheringay-. Bueno, fíjese, por ejemplo, en esa tabaquera que está sobre la mesa. Lo que yo quiero saber es si lo que voy a hacer con ella es un milagro o no. Sólo medio minuto, por favor, señor Maydig.

Frunció el ceño, apuntó a la tabaquera y dijo:

-Conviértete en un florero con violetas.

La tabaquera hizo lo que se le ordenó.

El señor Maydig se sobresaltó violentamente con el cambio y se quedó mirando del taumaturgo al florero. No dijo nada. Pronto se aventuró a inclinarse sobre la mesa y oler las violetas. Eran recién cortadas y muy finas. Luego miró fijamente al señor Fotheringay de nuevo.

-¿Cómo lo hizo? -preguntó.

El señor Fotheringay se tiró del bigote.

-Sólo lo dije, y ahí tiene. ¿Es eso un milagro, o magia negra, o qué es? Y ¿qué cree que me pasa? Eso es lo que quería preguntar.

-Es un suceso de lo más extraordinario.

-Y tal día como hoy la semana pasada no tenía más idea que usted de que pudiera hacer cosas como ésa. Me sobrevino totalmente de repente. Es algo raro en mi voluntad, supongo, y eso es todo cuanto puedo decir.

-Es eso... lo único. ¿Podría hacer otras cosas como ésa?

-¡Cielos, claro que sí! -respondió el señor Fotheringay-, exactamente cualquier cosa.

Pensó y, de repente, recordó un truco de prestidigitación que había visto.

-¡Ahora! -apuntó-. Transfórmate en un jarrón de peces. No, eso no, transfórmate en un jarrón de cristal lleno de agua con peces de colores nadando en su interior. ¡Así está mejor! ¿Lo ve, señor Maydig?

-Es asombroso. Es increíble. Usted es o el más extraordinario... Pero no...

-Podría cambiarlo en cualquier cosa -dijo el señor Fotheringay-. Realmente cualquier cosa. ¡Ahora! Conviértete en una paloma, ¿quieres?

Al otro momento una paloma azul estaba aleteando por la habitación y haciendo que el señor Maydig se agachara cada vez que se le acercaba.

-Párate ahí, quieres -dijo el señor Fotheringay, y la paloma colgó inmóvil en el aire.

-Podría cambiarla de nuevo en florero -dijo, y después de colocar a la paloma en la mesa hizo ese milagro.

-Supongo que dentro de poco querrá su pipa -dijo, y restableció la tabaquera.

El señor Maydig había seguido todos estos últimos cambios en una especie de silencio exclamativo. Miró fijamente al señor Fotheringay y, con mucho cuidado, cogió la tabaquera, la examinó y la volvió a colocar en la mesa.

-¡Bien! -fue la única expresión de sus sentimientos.

-Ahora, después de eso, es más fácil de explicar a lo que vine -dijo el señor Fotheringay, y procedió a una relación larga y enrevesada de sus extrañas experiencias, comenzando con el asunto de la lámpara del Dragón Largo y complicada con persistentes alusiones a Winch. Según avanzaba en el relato, el pasajero orgullo que había producido la consternación del señor Maydig desapareció, y se convirtió de nuevo en el señor Fotheringay corriente del trato cotidiano. El señor Maydig escuchó atentamente, la tabaquera en la mano, y su porte cambió también con el curso de la narración. Pronto, mientras el señor Fotheringay abordaba el milagro del tercer huevo, el ministro le interrumpió con una ondeante mano extendida...

-Es posible -dijo-. Es creíble. Es sorprendente, pero reconcilia algunas dificultades. El poder de hacer milagros es un don, una cualidad especial como la genialidad o la clarividencia... hasta ahora le ha sucedido a gente excepcional en muy raras ocasiones. Pero en este caso... Siempre he dudado de los milagros de Mahoma, de Buda y de Madame Blavatsky. Pero, ¡por supuesto! ¡Sí, es simplemente un don! Ejemplifica tan bellamente los argumentos de ese gran pensador -el tono de voz del señor Maydig bajó-, su Excelencia el Duque de Argyl. Aquí topamos con leyes más fundamentales, más profundas que las leyes ordinarias de la naturaleza. Sí, sí. ¡Continúe, continúe!

El señor Fotheringay pasó a contar su percance con Winch, y el señor Maydig, ya no sobrecogido ni asustado, comenzó a estirar los miembros y a añadir asombros.

-Esto es lo que más me ha preocupado -siguió el señor Fotheringay-. Esto era sobre lo que más necesitaba que me aconsejaran. Por supuesto, está en San Francisco, donde quiera que esté San Francisco, pero desde luego es embarazoso para los dos, como comprenderá, señor Maydig. No veo cómo puede comprender lo que ha sucedido y me atrevería a decir que está asustado y exasperado de forma tremenda y tratando de echarme el guante. Y diría que sigue poniéndose en camino para venir aquí. Yo lo devuelvo mediante un milagro cada pocas horas cuando pienso en ello. Y desde luego eso es algo que no podrá entender y necesariamente le enojará, y además si cada vez compra un billete le costará mucho dinero. He hecho lo más que he podido por él, pero desde luego es difícil para él ponerse en mi lugar. Posteriormente pensé que sus vestidos podían haberse chamuscado, ya sabe, si el Hades es lo que se supone que es, antes de que lo trasladara. En ese caso supongo que en San Francisco lo hubieran encerrado. Por supuesto que le ordené un traje nuevo y puesto encima tan pronto como pensé en ello. Pero, como ve, estoy ya metido en un endiablado enredo...

El señor Maydig puso aspecto serio.

-Comprendo que esté metido en un lío. Sí, es una posición difícil. Cómo ha de solucionarlo... -se volvió difuso e indeciso-. Sin embargo, vamos a dejar a Winch por un rato y a discutir el problema más general. Creo que no se trata de un caso de magia negra o algo así. Creo que no hay el menor matiz de delincuencia en todo ello, señor Fotheringay, ninguna de ningún género, a no ser que haya suprimido hechos materiales. No, son milagros, puros milagros, milagros, si puedo decirlo, de la más alta categoría.

Empezó a dar pasos por la alfombra de la chimenea y a gesticular, mientras el señor Fotheringay estaba sentado con el brazo sobre la mesa y la cabeza en el brazo con aspecto preocupado.

-No sé cómo voy a solucionar lo de Winch -dijo.

-El don de hacer milagros, obviamente es un don muy poderoso -dijo el señor Maydig-; encontraremos una solución para Winch, no se preocupe. Mi querido señor, es usted un hombre de lo más importante, con las posibilidades más sorprendentes. ¡Aportando pruebas, por ejemplo! Y en otros aspectos, las cosas que puede hacer...

-Sí, he pensado en una cosa o dos -dijo el señor Fotheringay-. Pero algunas de ellas salieron un poco torcidas. ¿Vio usted aquel pez del principio? El tipo de jarrón equivocado y el tipo de pez incorrecto. Y pensé en preguntar a alguien.

-Un comportamiento apropiado -dijo el señor Maydig-, un comportamiento muy apropiado, el comportamiento más apropiado.

Se detuvo y miró al señor Fotheringay.

-Es prácticamente un don ilimitado. Comprobemos sus poderes, por ejemplo. A ver si realmente... Si realmente son todo lo que parecen ser.

Y de esa manera, por increíble que pueda parecer, en el estudio de la casita de detrás de la iglesia congregacionalista, la tarde del domingo 10 de noviembre de 1896 el señor Fotheringay, incitado e inspirado por el señor Maydig, empezó a hacer milagros. Se recaba la atención del lector respecto de la fecha de forma especial y definitiva. El lector objetará, probablemente ha objetado ya, que ciertos puntos de esta historia son improbables, que si cualquiera de las cosas de este tipo ya descritas hubieran ocurrido realmente habrían aparecido en todos los periódicos hace un año. Encontrará especialmente difíciles de aceptar los detalles que siguen a continuación, porque entre otras cosas implican que él o ella, el lector en cuestión, tuvo que haber muerto de forma violenta y sin precedentes hace más de un año. Ahora bien, un milagro no es nada si no es improbable, y de hecho el lector fue muerto de forma violenta y sin precedentes hace un año. En el subsiguiente curso de esta historia eso quedará completamente claro y creíble, como lo admitirá todo lector sensato y razonable. Pero éste no es lugar para el fin de la historia, estando como estamos a poco más de la mitad. Al principio los milagros realizados por el señor Fotheringay eran pequeños y tímidos, menudencias con copas y mobiliario de salón, tan débiles como los milagros de los teósofos y, aun débiles como eran, eran recibidos con estupor por su colaborador. Él hubiera preferido dejar solucionado el asunto de Winch, pero el señor Maydig no se lo permitía. No obstante, después de haber hecho una docena de estas trivialidades domésticas, su sensación de poder aumentó, su imaginación comenzó a dar señales de estimulación y su ambición creció. Su primera empresa de mayores dimensiones se debió al hambre y a la negligencia de la señora Minchin, el ama de llaves del señor Maydig. La comida a la que el ministro condujo al señor Fotheringay estaba mal puesta y era poco atractiva como refrigerio para dos laboriosos hacedores de milagros, pero estaban sentados, y el señor Maydig lamentaba con dolor más que con ira las deficiencias de su ama de llaves, cuando al señor Fotheringay se le ocurrió que tenía una oportunidad por delante.

-No cree, señor Maydig -dijo-, si no es tomarse libertades... que yo...

-¡Mi querido señor Fotheringay! ¡Por supuesto! ¡No faltaba más! El señor Fotheringay ondeó la mano.

-¿Qué tomamos? -preguntó con generosa liberalidad, y, a petición del señor Maydig modificó la cena muy a fondo.

-En cuanto a mí -dijo echando un ojo a lo seleccionado por el señor Maydig-, soy siempre especialmente aficionado a la jarra de cerveza y a una buena rebanada de pan con queso fundido al estilo de Gales, y eso es lo que pediré. No soy muy dado al borgoña -y de inmediato la cerveza y el queso galés aparecieron puntualmente a sus órdenes. Estuvieron mucho tiempo sentados cenando, hablando de igual a igual, como pronto percibió el señor Fotheringay con una sensación de sorpresa y satisfacción, de todos los milagros que harían próximamente.

-Y por cierto, señor Maydig -dijo el señor Fotheringay-, quizá pudiera ayudarlo... en plan casero.

-No entiendo bien -dijo el señor Maydig llenándose un vaso de viejo borgoña milagroso.

El señor Fotheringay se sirvió un segundo queso galés que quedaba y dio un bocado.

-Estaba pensando -dijo- que podría (ñam, ñam) hacer (ñam, ñam) un milagro con la señora Minchin (ñam, ñam), hacerla mejor.

El señor Maydig bajó el vaso y miró dubitativo.

-Ella... se opone fuertemente a las interferencias, ya sabe, señor Fotheringay. Y de hecho son más de las once y media y probablemente esté en la cama y dormida. Cree usted que en general...

El señor Fotheringay consideró estas objeciones.

-No veo que no se deba hacer mientras duerme.

Durante un tiempo el señor Maydig se opuso a la idea y luego cedió. El señor Foderingay emitió las órdenes y un poco menos cómodos, quizá, los dos caballeros continuaron con su comida. El señor Maydig se estaba explayando sobre los cambios que podría esperar al día siguiente en su ama de llaves con un optimismo que pareció incluso al sentido del yantar del señor Fotheringay un poco forzado y agotador cuando desde arriba empezó a llegar una serie de confusos ruidos. Se intercambiaron miradas interrogativas y el señor Maydig abandonó apresuradamente la habitación. El señor Fotheringay le oyó llamando a su ama de llaves y luego oyó sus pisadas subiendo suavemente hasta ella.

En un minuto o así el ministro volvió, el paso leve y la cara radiante.

-Maravilloso -dijo-, ¡y conmovedor! ¡De lo más conmovedor!

Empezó a dar pasos por la alfombra de la chimenea.

-Un arrepentimiento, un arrepentimiento de lo más conmovedor... por la rendija de la puerta. ¡Pobre mujer! ¡Un cambio de lo más maravilloso! Se había levantado. Se debió de haber levantado inmediatamente. Se había despertado para romper una botella privada de brandy que tenía en su baúl. ¡Y para confesarlo además!... Pero esto nos da, nos abre, el panorama más sorprendente de posibilidades. Si hemos podido obrar este milagroso cambio en ella...

Al parecer la cosa es ilimitada -dijo el señor Fotheringay-. Y en cuanto a Winch...

-Completamente ilimitada.

Y desde la alfombra de la chimenea el señor Maydig, dejando a un lado la dificultad de Winch, desplegó una serie de maravillosas propuestas, propuestas que inventaba sobre la marcha.

Ahora bien, cuáles fueron esas propuestas no concierne a lo esencial de esta historia. Baste decir que estaban pensadas en un espíritu de infinita benevolencia, la clase de benevolencia que solía calificarse de panza llena. Baste decir también que el problema de Winch siguió sin resolver. Ni siquiera es necesario describir hasta qué punto esa serie llegó a realizarse. Hubo cambios sorprendentes. A altas horas los señores Maydig y Fotheringay se encontraban cruzando a toda velocidad la fría plaza del mercado bajo la quietud de la luna en una especie de éxtasis de taumaturgia, el señor Maydig, todo agitación y gesto, el señor Fotheringay, conciso e hirsuto y ya nada avergonzado de su grandeza. Habían reformado a todos los borrachos del distrito parlamentario, cambiado toda la cerveza y alcohol en agua -el señor Maydig se había impuesto al señor Fotheringay en este punto-, además habían mejorado considerablemente las comunicaciones ferroviarias del lugar, drenado la ciénaga de Flinder, mejorado el suelo del monte de Un Árbol y curado la verruga del vicario, e iban a ver qué se podía hacer con el dañado muelle del Puente Sur.

-La ciudad -jadeó el señor Maydig- no será la misma mañana. ¡Qué sorprendidos y agradecidos estarán todos!

Y justo en ese momento el reloj de la iglesia dio las tres.

-Oiga -dijo el señor Fotheringay-, son las tres. Tengo que volver a casa. He de estar en el trabajo a las ocho. Y además la señora Wimms...

-Estamos sólo empezando -dijo el señor Maydig rebosante de la dulzura del poder ilimitado-. Estamos sólo empezando. Piense en todo el bien que estamos haciendo. Cuando la gente se despierte...

-Pero... -objetó el señor Fotheringay.

El señor Maydig le cogió de repente por el brazo. Tenía los ojos brillantes y desorbitados.

-Mi querido amigo -dijo-, no hay prisa. Mira -apuntó a la Luna en el cenit-, ¡Josué!

-Josué? -dijo el señor Fotheringay.

-Josué-dijo el señor Maydig-. ¿Por qué no? Párala.

El señor Fotheringay miró a la Luna.

-Está un poco alta-dijo después de una pausa.

-¿Por qué no? -repitió el señor Maydig-. Por supuesto que no se para. Detienes la rotación de la Tierra, ya sabes. El tiempo se para. No es que estemos haciendo daño a nadie.

-¡Hum! -dijo el señor Fotheringay-. Bueno -suspiró-. Lo intentaré.

-Ahora.

Se abotonó la chaqueta, y se dirigió al globo habitable, con tanta seguridad como tenía en sus poderes.

-Ya, para de rotar, ¿quieres? -dijo el señor Fotheringay.

Atropelladamente estaba volando de pies a cabeza en el aire a una velocidad de docenas de millas por minuto. A pesar de los innumerables círculos que estaba describiendo por segundo, pensó, porque el pensamiento es maravilloso -a veces tan lento como la brea fluyendo, a veces tan instantáneo como la luz. Pensó en un segundo y quiso:

-Que baje sano y salvo. Pase lo que pase, que baje sano y salvo.

Lo quiso justo en el preciso momento, porque sus vestidos calentados por su rápido vuelo por el aire estaban ya empezando a chamuscarse. Bajó con una enérgica, aunque de ningún modo peligrosa, sacudida a lo que pareció ser un montículo de tierra recién removida. Una gran masa de metal y cascotes, extraordinariamente parecida a la torre del reloj del medio de la plaza del mercado, se estrelló contra la tierra cerca de él, revotó sobre él y voló hecha piedras, ladrillos y cascotes como una bomba que estalla. Una vaca volando por el aire golpeó uno de los bloques y se aplastó como un huevo. Hubo un estrépito que hizo que todos los más violentos estrépitos de su vida anterior no parecieran sino el sonido de polvo cayendo y fue seguido por una serie descendente de estrépitos menores. Un fortísimo viento rugió por toda la tierra y el cielo de forma que apenas si pudo levantar la cabeza para mirar. Durante un rato estuvo demasiado atónito y sin aliento incluso para ver dónde estaba o qué había pasado. Y su primer movimiento fue para palparse la cabeza y cerciorarse de que el pelo que flotaba al viento era todavía el suyo.

-¡Cielos! -jadeó el señor Fotheringay, apenas capaz de hablar a causa del vendaval-. ¡Me he librado por un pelo! ¿Qué ha salido mal? Tormentas y truenos. Y hace sólo un minuto una noche apacible. Es Maydig el que me ha metido en este tinglado. ¡Qué viento! Si sigo haciendo estas estupideces tendré un accidente estúpido...

-¿Dónde está, Maydig? ¡En qué maldito lío está todo!

Miró a su alrededor hasta donde los aleteos de su chaqueta le permitían. El aspecto de las cosas era realmente extraño en extremo.

-El cielo está bien, de todas formas -dijo el señor Fotheringay-. Y eso es casi todo lo que está bien. Y hasta parece que se aproxima un terrorífico vendaval. Pero allá arriba está la Luna. Exactamente igual que estaba en este momento. Brillante como el mediodía. En cuanto al resto... ¿Dónde está el pueblo? ¿Dónde... dónde está todo? ¿Y qué diablos puso este viento a soplar? Yo no ordené ningún viento.

El señor Fotheringay luchó en vano por ponerse en pie, y después de un fracaso permaneció a cuatro patas, aguantando. Revisó el mundo iluminado por la luna en dirección a sotavento, con las puntas de la chaqueta ondeando sobre su cabeza.

-Hay algo que está realmente mal -dijo el señor Fotheringay-. Pero qué es... sólo Dios sabe.

A lo largo y a lo ancho no se veía nada en el blanco resplandor a través de la bruma de polvo que iba por delante del rugiente vendaval más que revueltas masas de tierra e incipientes montones de ruinas, nada de árboles, ni casas, ni formas familiares, sólo un páramo de desorden desvaneciéndose por fin en la oscuridad bajo las columnas y serpentinas de los remolinos, los rayos y truenos de una tormenta que se levantaba rápidamente. Cerca de él, en el lívido resplandor, había algo que podía haber sido alguna vez un olmo, una aplastada masa de astillas, temblaba de las ramas a la base, y más lejos una retorcida masa de vigas de hierro -obviamente el viaductosobresalía de una apilada confusión.

Ya sabe, cuando el señor Fotheringay detuvo la rotación del sólido globo terráqueo, no había hecho ninguna estipulación concerniente a las trivialidades que se mueven por su superficie. Y la tierra gira tan deprisa que su superficie en el ecuador viaja a bastante más de mil millas por hora y en estas latitudes a más de la mitad de esa velocidad. Así que el pueblo, y el señor Maydig, y el señor Fotheringay, y todos y todo habían sido lanzados violentamente hacia adelante a unas nueve millas por segundo -es decir, de forma mucho más violenta que si hubieran sido disparados por un cañón. Y todos los seres humanos, todas las criaturas vivas, todas las casas y todos los árboles -todo el mundo tal y como lo conocemos- habían sido lanzados de esa manera, y machacados y destruidos completamente. Eso era todo.

Desde luego el señor Fotheringay no comprendió plenamente estas cosas. Pero se percató de que su milagro había fracasado, por lo que le sobrevino un gran asco hacia los milagros. Ahora estaba a oscuras porque las nubes se habían arremolinado y tapaban el momentáneo vislumbre de la luna y el aire estaba lleno de irregulares copos de granizo, torturados y luchadores. Un gran rugido del viento y las aguas llenaban el cielo y la tierra, y, escudriñando con la mano de visera a través del polvo y el aguanieve en dirección al viento, vio, a la luz de los rayos, una vasta pared de agua cayendo a cántaros que venía hacia él.

-¡Maydig! -gritó la débil voz del señor Fotheringay entre el estrépito de los elementos-. ¡Aquí! ¡Maydig!

-¡Detente! -gritó el señor Fotheringay al agua que avanzaba-. ¡Oh, por amor de Dios, detente!

-Sólo un momento -dijo el señor Fotheringay a los rayos y truenos-. Deteneos un momento mientras recopilo mis pensamientos... ¿Y ahora qué hago? -se preguntó-. ¿Qué hago? ¡Cielos! Ojalá estuviera aquí el señor Maydig.

-Ya sé -dijo el señor Fotheringay-. Y por amor de Dios, que esta vez salga bien.

-¡Ah! -exclamó-, que nada de lo que voy a ordenar suceda hasta que diga ¡ya!... ¡Cielos! Ojalá lo hubiera pensado antes.

Elevó la vocecita contra el vendaval gritando más y más alto en el vano deseo de oír su propia voz.

-¡Ahora!.. ¡allá va! Ten cuidado con lo que acabo de decir. En primer lugar cuando se haya realizado todo lo que tengo que decir, que pierda mis poderes milagrosos, que mi voluntad sea como la de cualquier otro y que terminen todos estos peligrosos milagros. No me gustan. Preferiría no haberlos hecho. Nunca. Eso es lo primero. Y lo segundo es que vuelva al momento de antes de empezar los milagros, que todo sea exactamente igual que era antes de que aquella bendita lámpara se volcara. Es mucho trabajo, pero es el último. ¿Lo has cogido? Ningún milagro más. Todo como estaba. Yo de vuelta en el Dragón Largo justo antes de beber mi media pinta. ¡Eso es! Sí.

Metió los dedos en el montículo, cerró los ojos y dijo:

-¡Ya!

Todo se volvió completamente inmóvil. Se dio cuenta de que estaba firme, de pie.

-Eso dice usted -dijo una voz.

Abrió los ojos. Estaba en el bar del Dragón Largo discutiendo de milagros con Toddy Beamish. Tuvo una vaga sensación de algo grande olvidado que pasó instantáneamente. Ya sabe, excepto por la pérdida de los poderes milagrosos, todo volvía a estar como había estado, su inteligencia y memoria, por tanto, eran ahora exactamente lo que habían sido al comienzo de esta historia, de forma que no supo absolutamente nada de todo lo contado aquí, no sabe nada de todo lo contado aquí hasta el día de hoy. Y entre otras cosas, desde luego, todavía no cree en los milagros.

-Le digo que los milagros, hablando con precisión, no pueden existir -dijo-, mantenga lo que mantenga. Y estoy preparado para demostrárselo pase lo que pase.

-Eso es lo que usted piensa -dijo Toddy Beamish-, demuéstrelo si puede.

-Escuche, señor Beamish -dijo Fotheringay-. Entendamos claramente lo que es un milagro. Es algo contrario al curso de la naturaleza hecho por el poder de la Voluntad...

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H. G. (Herbert George) Wells (1866-1946), fue un autor y filósofo inglés, famoso por sus novelas de ciencia ficción, que contienen descripciones proféticas de los triunfos de la tecnología así como de los horrores de las guerras del siglo XX.


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