miércoles, 15 de mayo de 2013

Bitácora para encontrar a Miguel Hernández

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para finales de febrero o comienzos de marzo del 2011, -mis diarios de viaje nunca fueron muy exactos-, llegué a España. Algunos meses antes, como seis, había comenzado con la acumulación de mapas, itinerarios, sitios de imprescindible visita, cálculo de gastos, balance bancario, hoteles y hostales de la juventud (como infiltrado), y todo lo demás, que hace a la magia previa de un viaje que es más que un viaje, una experiencia de vida. Para algunos viajeros, como es mi caso, ya se comienza a vivir y experimentar ese “journey” desde el momento que se lo empieza a planear en serio.

De mi trabajo ya había conseguido el permiso de tres meses sin goce de sueldo, así que el tema de los cálculos de gastos y el balance de las tarjetas de crédito no era un asunto de menor importancia.



Tenía diseñados dos circuitos, uno modesto, Málaga y Córdoba, las dos ciudades importantes que me faltaban conocer de Andalucía y acercarme a conocer la experiencia, quizás la única, de comuna comunista en Europa, Marinaleda (en las cercanías de Córdoba), cuyo alcalde Juan Manuel Sánchez Gordillo, es una figura legendaria, a pesar del ninguneo de la prensa de Prisa, la Cope, la Sexta, y demás alimañas del género “informativo”.

En la bitácora de ese circuito menor, también había anotado dos otros destinos, dos pequeñas ciudades, Elda, en el centro de la Provincia de Alicante, cuna del maestro de la danza Antonio Gades, y Orihuela, también de la comunidad alicantina, casi en el límite con Murcia, pueblo donde nació el gran poeta de la Generación del 27 Miguel Hernández.

Mi centro de operaciones fue Denia, una pequeña ciudad de la Costa Blanca valenciana, donde por sus calles se oye el Alemán, Holandés, Inglés de los temporales residentes nor-europeos, que escapan de los crudos inviernos de sus países, buscando el sol y el calor del sur de España. También se puede oír el Valenciano (un dialecto del Catalán, aunque hay otras teorías lingüísticas sobre el origen del mismo) de los nativos que lo esgrimen con orgullo, y lo han hecho renacer luego de las cuatro décadas de franquismo, que casi lo sume en el ostracismo.

Toda esa costa del Mediterráneo español, como todo el Mediterráneo ha sido el escenario del trasiego de las culturas de esa gran cuenca civilizatoria.

De hecho la actual Denia fue uno de los más occidentales asentamientos de la Grecia arcaica, entre los siglos VIII y VII a. C. A posteriori de los Iberos que la denominaron Diniu, su segundo nombre fue Hemeroskopeion (posiblemente el “cuchillo de día”). Más tarde vendrían los romanos, visigodos, el florecimiento musulmán y la tragedia de la Reconquista cristiana con la expulsión de los árabes a lo largo de los siglos XIII y XIV.

Denia tiene un simpático tren de trocha angosta que la une con la capital de la provincia, Alicante, llamado el Trenet de la Marina.



Un día de marzo del 2011 me embarqué en el “Trenet”, que los foráneos llaman “Tram” y que tiene la particularidad de ir bordeando el Mediterráneo casi en todo su recorrido. De un lado se puede gozar del azul de ese mar que guarda misterios de diez mil años de antigüedad, y que hace a gran parte de nuestras incógnitas y también de nuestras certezas como civilización; y del otro los verdes brillantes de los cultivos de naranjas y los verde-plateados de los olivos “que nos sonríen con su alegre tristeza” como diría el poeta de Orihuela.

El trenet pasa por pueblos encantadoramente visuales, que están en continua dialéctica entre el cambio, debido a la influencia del flujo turístico permanente y la resistencia que le planta su riqueza cultural ancestral.

Pueblitos como Gata de Gorgos, Benissa, Calpe, Altea, merecen que uno haga pie en el andén y los comience a caminar. La brisa le traerá el aroma de los azahares al viajante que tenga la dicha de estar allí por marzo o abril.

Luceros es la ύltima estación del trayecto. Ya estaba en la ciudad de Alicante. Aquí el Valenciano se hace cada vez más esporádico, el nacionalismo lingüístico y cultural parece que se va diluyendo. Mi destino final no era visitar Alicante. Quería conocer el “terroir” de esa vid generosa y milenariamente siempre nueva que es Miguel Hernández.

Cuando llegué a Orihuela inmediatamente noté la desaparición del poeta, como que se lo había olvidado, lo habían hecho desaparecer de la memoria del lugar, esta que era su pequeña “patria”. Tomé un taxi en la terminal y le indiqué al taxista que me llevara a la casa-museo de Miguel Hernández.

“Este es un pueblo de gente muy desagradecida, apenas hace unos años que la Generalitat Valenciana dio permiso para la rehabilitación de la casa paterna del poeta como museo” me dijo el taxista mientras íbamos de viaje hacia bien la periferia de la ciudad. “Me gustan más los barrios que el centro de la ciudad’ hubiese repetido el cantor catalán Joan Manuel Serrat, que tanto hizo por la memoria de Miguel Hernández.

“Como será el desagradecimiento de esta gente, que la mujer de Miguel, Josefina Manresa, nunca jamás quizo volver a este pueblo; desde finales de la década del 30 vivió en Cox y a partir de 1950 en Elche, donde falleció en 1987” siguió el taxista. “Aquí vienen gentes de todos los rincones del planeta sólo para ver donde nació este hombre universal, y la mayoría de la gente de este pueblo, no sabe quién es Miguel Hernández”.

Hacía pocos meses se habían cumplido los cien años del nacimiento del poeta. Entré a la casa-museo y recorrí con devoción cada rincón, pero donde pasé más tiempo fue en el corral de las cabras y en la huerta, pensando y tratando de beber, con el alma, todo el misterio de ese gran hombre y artista, que había vivido tan sólo 31 años.

Ahí estaba la higuera, más que centenaria, donde Miguel se sentaba bajo su sombra a escribir sus primeros poemas, tal vez el lugar preciso que le inspiró Perito en Lunas. Recogí un puñado de tierra gredosa y saqué mi libreta de apuntes.

La higuera de Miguel

Tu terrón de tierra gredosa
Tu hoja tierna de higuera
Aún suave como la remanente
Ternura de los jóvenes
Como tus primeros años
Como tus años líricos
Luego vendría la tormenta
La escritura en la trinchera
El fogonazo
Al pie del monte
Donde nace tu casa
Desde el huerto
Desde el corral
Tu casa fecunda
Tu casa de viento
Al pie del pueblo
Tú higuera, ¿cuál es tu nombre?
Tú Miguel, ¿cómo la nombrabas?


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Sueño soñado

Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Soñé que soñaba
y en el sueño…
volvía a encontrarte.

A mirarme
en tus ojos oscuros,
con brillo de luna,
en el gris de la noche.

En el sueño…
refugiada en tus brazos,
me sentía amada.

Un sueño soñado,
que acariciaba en penumbras,
y una luz frágil alumbraba…
entre las sombras.

Se que te amé…
y te sigo amando…

Y hoy,
me regalas flores y versos,
pero al final…
con un adiós silencioso,
te perderás en la noche,
y volverás…a ser un sueño.



Pintura de Edward Hantke


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Sorpresas te da la vida: Tres películas del novísimo cine latinoamericano

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Durante lo que va del año 2013, un grupo de latinoamericanos, de distintos países y latitudes, por debajo del Río Grande, ese que separa a Norteamérica de Latinoamérica, y algunos españoles nos hemos reunido en una especie de ágape cinematográfico, para presenciar una muestra de nuestro cine más autóctono y retomar la práctica del cine-foro, ese ritual casi olvidado, tan formativo para los espectadores, al darles la palabra, aunque no sean agudos y experimentados críticos de cine, en la medida que ese rito permite toda una reflexión, que hace volver a pensar la experiencia para aprender de ella.

En esta ocasión, dicha actividad se ha hecho en la Casa de la Muller de la calle viguesa, Romil, bajo los auspicios de la Asociación de Madres Latinas de Vigo, felizmente comandada por la peruana Luisi Motta y con la coordinación de Orisel Gaspar Rojas, actriz, directora teatral, profesora de interpretación, poetisa, directora de casting hispano-cubana, quien dirige al grupo con una delicadeza magistral, con la ayuda del dibujante y diseñador gráfico también cubano, Harney Díaz.

Allí acudimos cada quince días, los jueves, para ver distintas películas de nuestra querida América Latina y no deja de ser un tanto extraño, como parte de un cierto realismo mágico, que podamos sentarnos personas, con distintos acentos del habla latinoamericana, a ver nuestro cine, tan lejos de nuestro continente, con un océano de por medio, a través de la linterna mágica de los Lumière, en esta fantástica Galicia.

Mis comentarios están marcados por mi propia subjetividad, mis sueños, mis gustos, sobre los que ya se ha dicho que no hay nada escrito, de tal manera que no escribo por el grupo, sino desde mi mismo y pienso que el ciclo de cine latinoamericano, que hemos realizado, no pudo estar mejor abierto, gracias a la presentación de los uruguayos, quienes nos trajeron una historia, al parecer verdadera, de unos soñadores utópicos, quienes se roban un tren para rescatarlo de perderse, como bien emblemático de su país, para cederlo al cine hollywoodense, en una quijotesca misión, que hace que el tren viaje por todo el campo uruguayo, con toda su belleza, así, de golpe y porrazo sean detenidos por un muro, que como cruel realidad, entorpece la realización del sueño nacionalista y libertario de los viejos, de conservar lo que es propio de su tradición histórica, bajo el lema: El patrimonio no se vende, que recogen unos muchachos, en una suerte de feliz relevo generacional, para salvar a Corazón de Fuego, El último tren, una antigua locomotora, destinada, por la mirada neoliberal de un joven negociante, de convertirse en un objeto de utilería en un estudio yanqui, para el rodaje de películas del Oeste.

Esta epopeya fracasada, en cierto sentido, es dirigida por Diego Arsuaga, con la colaboración de Argentina y España, en el año 2002, con las magníficas actuaciones de unos actores argentinos, ya mayores, Héctor Alterio, Federico Luppi y Pepe Soriano, quienes con sus sueños al aire y su corazón en bandolera, se lanzan en una hermosa aventura, a pesar de los males que portan en sus cansados cuerpos, un gran logro cinematográfico, merecedor del Goya a la mejor película extranjera de habla hispana, en ese mismo año, un justo premio, además otros varios que recibiera a lo largo y ancho de este pícaro mundo, con una película que no sólo entretiene y gusta, sino que excita la mente de todos aquellos que soñamos que otro mundo es posible, a pesar de ser una historia sencilla, posible, gracias a las mentes de unos personajes que se mantienen en el camino de la utopía, valor universal que tanto debería unirnos, al estar basada en un hecho real, cargado de rebeldía, amistad, solidaridad y esperanza, virtudes que tanta falta nos hacen pero que, tan bien, estimula esta preciosa metáfora del sentir patriótico, en un mundo globalizado por el neoliberalismo, para ampliar el campo de los negocios, pero que cierra fronteras para la gente corriente, que las borra todas, para que el Capital crezca al precio de una desigualdad que, al decir de Joseph E. Stiglitz, hace que el 1% de la población tenga lo que el 99% necesita.

Es interesante el coctel de géneros en el que se mueven los personajes, una comedia, medio western, pero fundamentalmente un road movie, que nos lleva por un camino, que hacemos desde la mirada de los protagonistas, interpretados de una forma magistral, con diálogos frescos y divertidos, que favorecen nuestra identificación con sus acciones e ideales, en la medida que empatizamos profundamente con estos héroes, que se juegan la vida, en un último acto de bravura, mientras partimos del mundo oscuro de los talleres a la luz plena del paisaje uruguayo, en un país rico en campos, lejos de sus apretujadas urbes, mientras planos generales y tomas aéreas oxigenan la cinta, en la que luchan perseguidos y perseguidores.

Si titulé este artículo, con el verso de Pedro Navajas, es porque, dentro de mi ignorancia del nuevo cine latinoamericano, estas tres cintas han sido gratas sorpresas que nos da la vida, en especial, esa cinta nicaragüense, proveniente de un país, casi borrado de nuestras conciencias, si no fuera por las desastrosas noticias de la tiranía de Somoza y la guerra de los Contra, más allá de la poesía de Rubén Darío, Ernesto Cardenal y Gioconda Belli.

Si fui a ver esta película La Yuma (2009), que se anunciaba como la historia de una boxeadora, lo hice más por disciplina que por deseo, pues detesto el cine de pugilato, salvo, quizás, El toro salvaje (1980) de Martín Scorsese, que nos acerca a una dimensión más humana de los hombres del box.

Pero superado, el prejuicio inicial, me encontré con la bellísima historia de una joven deseante, que en medio de los tristes trópicos latinoamericanos, con su pobreza infinita, logra trazarse un proyecto existencial, que ella sostiene con toda intensidad, a pesar de las adversidades, ayudada por muchos de esos que la sociedad “bien pensante” lanza al espacio de la otredad, de lo deleznable, de lo repudible, como su amigo transvestido, dedicado a la prostitución, pero quien junto con los maestros de combate y la patrona de una humilde boutique, la ayudan a construirse un futuro distinto al que el destino pareciera haberle asignado.

No deja de ser asombroso, que la directora de la cinta sea una francesa, perfectamente transculturalizada, quien casi ha perdido el acento galo, Florence Jaugey, quien llegara a Nicaragua en 1983, precisamente en el año que los Países No Alineados pedían unánimemente a los Estados Unidos de América que dialogara con ese país y contribuyera a la búsqueda de la paz en El Salvador, para trabajar como actriz en una coproducción franco-cubana y voluntariamente quedarse, seducida por la tierra de los nicas, con ganas de filmar su realidad e involucrarse en el rodaje de toda una serie de documentales, que la pondrían en contacto con el pueblo nicaragüense, de tal modo que pequeños fragmentos bien mezclados, le darían pie para armar toda una película argumental con Alma Blanco, una bailarina, quien fuera elegida como actriz, para convertirse en La Yuma, la aprendiza de boxeadora.

Para meterse en esa aventura, Florence Jaugey tendría que asumir el reto de una carrera contra-reloj, que les permitiría hacer un largometraje en seis semanas, en el que el boxeo no es el tema central sino un pretexto, motor de arranque para que la chica pudiera empezar a realizar sus sueños amputados por una dura realidad social y familiar, tan común a nuestros pueblos latinoamericanos.

Con la vocación del cine ojo de un Dziga Vertov, más allá del documental, la directora ahora nos pretende mostrar no la Nicaragua noticiosa de la guerra de los Contra o de los terremotos, sino acercarnos a una Managua, en la cotidianidad actual de un país cuasi olvidado, en un gran esfuerzo del cine centroamericano, con algunos actores profesionales y otros vernáculos, muchos de ellos, chicos, como tantos en América Latina, condenados al no-futuro de Rodrigo D. (1990), el valioso filme con el que el director Víctor Gaviria, nos desgarraría el corazón, al mostrarnos una realidad que las gentes de “buena conciencia” pretendían desmentir en Medellín, Colombia, para evitar la dureza que se impone en países, donde casi por siempre, ha reinado la desigualdad, denunciada ahora por Joseph Stiglitz.

Actrices como María Esther López, la simpática patrona de la Yuma, nos generan una profunda empatía, en tanto representante de todo un equipo centroamericano, bien dinámico, que hace parte del rodaje, para, por primera vez, en mucho tiempo, dar una imagen cinematográfica del país nicaragüense, lo que no deja de ser algo muy generador de esperanzas, elemento que tiene en común con Corazón de fuego o El último tren.

Me resulta tan simbólico, el empleo de la Yuma en el circo La Libertad como cuando los muchachos uruguayos, toman en sus manos el trapo que decía: El patrimonio no se vende.

Ese mundo circense, a donde va la Yuma a trabajar como boxeadora, se convierte en instrumento para la construcción de un futuro propio para la chica, quien se compromete con asumir el cuidado de sus maltratados hermanitos, tras un fracasado love story con un estudiante de periodismo, destruido por la envidia y los celos de quienes no toleran que alguien de la barriada se abra caminos distintos, aún sin buscar ese edén imaginario, que tantos, creen encontrar en el país yanqui, que tanto humilla y ofende a los inmigrantes de más abajo del Río Grande, como bien podemos constatarlo en la cinta colombiana Paraíso Travel, dirigida por Simón Brand, en el 2008, con base en el libro de Jorge Franco, el mismo autor de Rosario Tijeras.

Y la otra gran sorpresa fue el filme peruano El premio, producido por Aguadulce Films, con toda su alusión a nuestra agua de panela, a veces el único alimento calórico, que con alguna arepa, comen los niños colombianos, a riesgo de padecer un kwashiorkor, ese mal infantil, ocasionado por el déficit de proteínas en la dieta, que nuestro gran maestro de nutrición, el doctor Hernán Vélez, con su voz ronca y estrepitosa, llamaba aguapanelosis, en la medida que se indignaba por el hecho de que tanta miseria existiera en nuestro mundo latinoamericano, en una Colombia, que al decir del doctor Jaime Borrero, famoso internista, era un país que estaba en el suelo y habríamos de arrodillarnos para levantarlo, cosa común a las naciones de nuestros tristes trópicos.



No puedo dejar de recordar a este par de maestros de la medicina, quienes luchaban contra las enfermedades del subdesarrollo, desde su saber médico e investigativo de esos enormes problemas, tan desgarradores para quienes teníamos que hacernos cargo de ese enorme precio de la desigualdad económica, que ha reinado en nuestros países del Tercer Mundo, en el que el aguadulce, venía a convertirse en una fuente de energía. que mantenía la vida, como ingrediente vital que me parece que es importante para un cine emergente, que empieza a levantar cabeza y que ojalá podamos hacer tan fuerte como la misma La Yuma.

Esta vez con el asocio de Inca Cine, Unity Films, Centauro Comunicaciones y el apoyo del Programa Ibermedia, la Cinemateca Brasilera y Luz Mágica del Brasil, podemos adentrarnos con el reconocido actor José Luis Ruiz Barahona, el padre, la actriz y presentadora de televisión Melania Urbina Keller como Lisbeth, la sobrina, y el actor de teatro Emanuel Soriano, el hijo, entre otros actores, en la cinta de Alberto “Chicho” Durant, quien se formara en cine en los Estados Unidos de América, Bruselas y Londres, para volver a su país, donde se convertiría en realizador de varios documentales y director de cuatro largometrajes, con un gran reconocimiento internacional, uno de los mayores luchadores por dar empuje al cine peruano, con toda la pasión para hablar de nuestras realidades de una manera sencilla, en contraposición con toda la maquinaria del cine hollywoodense.

Y esta vez, nos trae una buena historia, con buenos actores, una de sus metas en la vida, para mí, con cierto sabor al de la Nueva Ola Francesa, al enfrentarnos, un poco a la manera del Truffaut de Los cuatrocientos golpes (1959) a todo un drama familiar, en medio del dolor, la incomunicación y los malos entendidos, en una situación local, que deviene universal, tratado de un modo verosímil, en un marco en el que se desarrollan las vicisitudes de los personajes, como en una especie de realismo ontológico, sin grandes manipulaciones ni artificios, que en vez de escribirse con pluma, se escribe con la cámara, sin los excesos de la porno-miseria.

Así las cosas, asistimos a la ilusión que se crea un profesor rural peruano, que como para el Manjarrés, de El maestro de escuela (1941), del escritor envigadeño Fernando González, la vida sigue siendo putísima.

El hecho de ganarse un premio gordo de la lotería, lo esperanzaría no sólo a él, sino a la comunidad donde vivía, porque, tal vez, pudiera darles dinero para una acción comunal; pero el hombre se encontraría en Lima, con una realidad urbana, muy distinta a la de su vida campesina, bastante bucólica, pues la urbe está signada por el bullicio y atracadores envidiosos, de los que habría de defenderse, gracias a su malicia indígena.

Es allí, en la Polis donde ha de enfrentar la ruptura de la comunicación, que se ha gestado con su hijo, al que ha dejado allí, para que lo criara una tía, sin contarle, que esa separación no era precisamente un abandono, sino el intento de realización del deseo de que el chico saliera adelante en la ciudad, a diferencia de todo lo que él que había sufrido en silencio: el duelo y el sentimiento de culpabilidad, por la muerte de la esposa y el hijo en un parto, de seguro, mal atendido, como lo ha denunciado aquí, en Vigo, la trabajadora social peruana María Josefa Ramírez, cuando en Amnistía Internacional, nos hablaba de su lucha en los campos del Perú, por una buena atención a la salud materno-infantil, al parecer bastante deteriorada en las tierras incaicas.

El dinero se vuelve un significante fundamental de la narración, pero sin ese afán frenético, en el que deviene, en esa superproducción estadounidense, que es El mundo está loco, loco, loco de Stanley Kramer, en el que el famoso director norteamericano nos mostraba, en 1963, el afán mezquino del voraz atesoramiento, en un film donde asistimos a la loca ambición de gentes de una clase media, que quiere ser más rica.

Aquí, en la cinta de Durant, asistimos a las consecuencias de un premio, cargado de cierta fatalidad, condenado a desaparecer enigmáticamente, con una buena carga de suspenso, mientras se convierte en pretexto para contarnos una historia humana, demasiado humana, que toca al interior de de un grupo familiar, en el que reinan los malentendidos y que deja un final abierto, en el que los más esperanzados contamos con un final feliz y los más desesperanzados, que haya culminado en una tragedia.

Pero todas estas cintas tienen un denominador común, bastante distante de la porno-miseria, que demandan las distribuidoras del Primer Mundo, al cine tercermundista, porque la acción es lo que se vende, así haya una ausencia de pensamiento.

En todas aparece el deseo de salir adelante, así se interpongan todos los obstáculos posibles.

Por ello, de nuevo, agradezco a Luisi Motta y Orisel Gaspar, que nos permitan ver, desde lejos, que no es igual quien anda y quien camina, y así evitar un encasillamiento del cine latinoamericano, para lograr su promoción, como un cine digno de verse, porque da cuenta de un continente que lucha por echar p’alante, a pesar de todos las dificultades, un poco a la manera de Sísifo, siempre en lucha contra el absurdo, que finalmente es necesario asumir como parte de la existencia, pero al que debemos enfrentar cotidianamente, un poco a la manera de los quijotescos viejos de Corazón de fuego, con la tenacidad de la Yuma o con la honestidad de los personajes de El premio, algo, que sin duda, también habrá de servir al público de una España, que se viene abajo y que requiere de personajes de la altura de los que hicieron a esa rica Generación del 98, que sabía asumir el sentimiento trágico de la vida, a la manera de Miguel de Unamuno, de Antonio Machado, de Azorín, de Pío Baroja y nuestro entrañable don Ramón del Valle-Inclán, gallego, nacido en Vilanova de Arousa, quienes no se arredraron porque España perdiera su condición de Imperio donde nunca, al decir de Felipe II, se ocultaba el sol.

De otro lado, les agradezco a ambas, que estén velando por recrear el cine-foro, una práctica bastante olvidada, que ayuda a crear, entre los espectadores, una nueva forma de ver cine, ya que el arte cinematográfico sana, ayuda a la elaboración de la angustia cotidiana, más allá de convertirse en una espectáculo de evasión, como bien lo señala este graffiti:



Oración que pienso que es verdad, si es un cine que se somete a reflexión, más allá de la sala de cine, a donde, a lo mejor, solo vamos acompañados por un paquete de palomitas, un perro caliente y una Coca-cola, sin la oportunidad de hablar con tu vecino, acerca de esa experiencia estética que acabas de tener y que puede resultar transformadora.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

ALCA-PONE

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Al Capone rey
de la libre empresa
la prohibición
hizo tu riqueza.

Y ahora
aunque alguno
se asombre
todos con el ALCA
recuerdan tu nombre.




Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

“El yugo de la guerra”, de Leonid Andréyev

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Leonid Andréyev
El yugo de la guerra
Traducción de Rafael Torres Pavón
Clásicos Benerice



“No sé con qué armas se luchará en la tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la cuarta Guerra Mundial: Palos y mazas”
Albert Einstein

Verano de 1914 en San Petersburgo la primera Gran Guerra ha estallado, todo el mundo es consciente, así lo manifiesta el protagonista de esta novela-diario: “la guerra es la guerra, por supuesto que no te alegras y te pones a dar palmas, pero todo el asunto es bastante sencillo y habitual” Es una actitud para calmarse a sí mismo y a su conciencia, mas ocurre que las conciencias no admiten soborno ni complacencia y menos olvidos voluntarios, la conciencia golpea como gota continua de agua cuya perseverancia marca la roca. De aquí que no quede claro ese intento de conformarse así mismo del personaje “La guerra puede seguir siendo la guerra, pero mi casa seguirá siendo mi casa” engañoso conformismo e intento de autojustificación, que esa tragedia que la guerra tarde más o menos esa cruenta tragedia golpeará la puerta de tu casa como en el poema de Brecht.

Y desde este punto de partida nuestro personaje va escribiendo por las tardes y las noche este diario sin calcular como su propio personaje puede llegar a sentirse dominado por la historia viva que va describiendo como testigo. Porque la guerra, que tan lejana está de su cotidiana felicidad en el hogar se le irá acercando por medio de su conciencia. El protagonista no es un miserable, es hombre honrado y modesto que posee una alta sensibilidad lo que le obligará a hacer un juicio crítico sobre esa maldita beligerancia que a medida que avanzan sus horrores ya no puede dejarle indiferente sino que le provoca tormentos: “Ya bastante malo es que maten a miles, cientos de miles pero además los matan de cierta manera, con unas argucias diabólicas, con estrépito, aullido, fuego” Y es que el dolor se hace más cercano cuando recibe la noticia de su querido Paulushka ha muerto ¿cómo la indiferencia puede enfrentarse con el dolor causado por esta maldita guerra que se ceba con un ser querido? He aquí la cuestión, la gota que colma el vaso de la paciencia.

Y la tragedia, implacable continúa su camino de destrucción y de nuevo llama a su puerta para comunicarle que se queda sin ese trabajo que le permite vivir honestamente y tranquilo. Un golpe que incluso decide ocultar a su familia fingiendo que todos los días acude a él ¿hasta cuando el fingimiento?, “¿cómo voy a alimentarme a mí y a los niños ahora? Una pregunta que le resulta más terrible que la de los alemanes, porque estos pueden llegar o no llegar, pero el quedarme sin trabajo significa que dentro de poco no tendremos nada para alimentarnos. De manera que cada mañana a la hora de costumbre sale de su casa camino de su trabajo que ya no existe. Los promotores de las guerras ocultan las verdades explotando el canto a la patria o la fuerza bruta del poder y los pueblos se acobardan, muchos, igual a este Ilya Petrovich que en un principio quiere justificarse, hasta llegar el día en que al llamar el dolor de la barbarie a su puerta de su casa, comprende que es imposible la neutralidad.

Leonid Andréyev (1871-1919) perteneció a los clásicos más modernos de la llamada Edad de la Plata de la literatura rusa. Conquistó una inusitada fama, tanto por su fabulosa obra como por sus excentricidades, después de que lo descubriera Maxim Gorki por los relatos que publicaba en la prensa rusa. El autor de La madre señaló: “En lo que toca al lado oscuro de la vida...Andréyev tenía una terrible perspicacia” Durante la Gran Guerra fue un intelectual combativo contra el conflicto y el germanismo. Idealista y rebelde, Andréyev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido provocada por su angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de su amigo Máximo Gorky, Andréyev no consiguió adaptarse al nuevo orden político. Desde su casa en Finlandia donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques. La mejor muestra de esta actitud la podemos disfrutar con la lectura de este diario-novela, crítico y al mismo tiempo tierno y humano con una pátina bella de tristeza, expresada en una prosa absorbente y seductora.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

La liberación entre calandrias

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Al cumplirse el primer siglo de nacimiento de José María Arguedas, varias instituciones han unido voluntades para celebrar la obra viva de este notable literato e investigador peruano, “que más de una vez quedó atrapado en los engranajes de esa diversidad nacional”.

En esta ocasión, el Instituto Bartolomé de las Casas - Centro de Estudios y Publicaciones, y gráfica Ava, en un esfuerzo editorial dan a conocer “Entre las Calandrias”, el luminoso estudio sobre José María Arguedas, del sacerdote Gustavo Gutiérrez, uno de los promotores en América Latina de la Teología de la Liberación.



Este nuevo libro trata de destacar, tomando como punto de partida el diálogo que sostuvieron JM Arguedas y Sebastián Salazar Bondy, en el primer encuentro de narradores peruanos, en Arequipa 1965. Desde allí, en el trabajo de Gustavo Gutiérrez transitan numerosos investigadores -A. Escobar, A. Cornejo, M. Lienhard, W. Roe, R. Forgues, C. Pinilla – transitan con detenimiento una obra “de complejo y plural significado”.

Entre Calandrias, conserva una permanente actualidad respecto al valor de la literatura, como una realidad verbal autónoma, tanto de la realidad física, psicológica o de lo social.

La obra de Arguedas, por su profundidad y riqueza, puede ser analizada desde diferentes perspectivas. Así Washington Delgado precisa que en el cuento Warma Kuyay, o en Los Ríos Profundos o en Oda al jet, se encuentran realidades verbales autónomas como las que existen en los Comentarios Reales, la Nueva Crónica y buen gobierno, los Siete ensayos o España aparta de mí este cáliz.

Arguedas nos sigue interpelando. Su obra se escucha solo en el bullicio nacional, como ha ocurrido en los actos de masas motivados por la reciente muerte del congresista Javier Diez Canseco y del humanista Carlos Iván Degregori, donde los indignados del campo y la ciudad claman la unidad de las organizaciones populares, como un proyecto de liberación.

Más de una vez, José María quedó atrapado en los engranajes de esa diversidad nacional. En su vida y obra se reflejan las incoherencias, los hastíos, las interminables búsquedas, los desalientos y hasta las contradicciones de ese mundo complejo, pero… aceptó, hasta quedarse sin fondos, pagar el precio de dicha identificación. Pero se consideraba feliz con esos “llantos y lanzazos porque fueron por el Perú”.

Se afirma que Arguedas fue un escritor religioso. En el ensayo Entre las Calandrias se aclara que hay escritores que son religiosos y escritores que no lo son, independientemente de sus convicciones personales. Garcilaso de la Vega, el toledano, fue un buen católico y murió cristianamente. Sin embargo, en vano buscaremos resonancias religiosas en la fascinante poesía. César Vallejo y José María Arguedas se apartaron de la iglesia católica y no asumieron ningún otro credo, pero ambos son religiosos. Puede ser una religiosidad sin Dios, pero tienen un centro divino: la angustia íntima y el intenso amor al prójimo.

El padre Gutiérrez, a manera de conclusión, advierte que Arguedas supo, más por impulso vital y poético que por cálculo racional, mirar lejos. “Y nos invita a hacerlo. Por ello está más en nuestro futuro que en nuestro pasado. Un futuro que no llega por si solo, sino a través de manos invisibles, se forja con las nuestras”.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Música: El rabel (el violín árabe)

ARGENPRESS CULTURAL

El rabel es un cordófono frotado con arco procedente de la cultura islámica. Fue adaptado en Europa, especialmente en España, a partir de la dominación mora que se vivió por siglos, para ser tocado con arco hacia el siglo X, ya que anteriormente se trataba de un instrumento punteado. Su nombre español proviene de la voz árabe “rebâb”.

En el norte de África se sigue utilizando un instrumento prácticamente idéntico al rabel morisco de la España Medieval, del que más adelante se podrá escuchar algún ejemplo.



Penetró en la península ibérica hacia el siglo XI, especialmente por la cordillera Cantábrica (sobre todo en Cantabria, Palencia, Asturias y León, y en un ámbito más disperso en Ávila, Cáceres, Zamora, Burgos, La Rioja y Toledo), donde se tocó de manera culta, hasta que se usó por manos populares, tomando entidad propia y mezclándose con otros instrumentos de los que recibió grandes influencias. Fruto de este mestizaje es la supervivencia de este instrumento en manos de pastores e intérpretes populares, que hoy en día siguen sirviéndose del rabel para interpretar sus coplas.

El instrumento suele representarse con dos cuerdas, una caja armónica excavada en un solo bloque alargado y ahuecado casi hasta el clavijero, que está inclinado casi 90º. Las clavijas son laterales y las cuerdas, de tripa, no se aprietan sobre un batidor, sino que se digitan en el aire, hecho que la da al sonido un timbre especial y obliga a un modo de interpretación lleno de glisandos. La tabla armónica es doble. Su parte inferior es de piel curtida en pergamino (es aquí donde descansa el puente) y la parte que correspondería con hipotético mástil es de madera calada con rosetas y oídos circulares. El arquillo es de varilla doblada y de reducidas dimensiones.

Pasó luego, a partir del siglo XVI, desde España al continente americano, llevado por los conquistadores. Hoy día en América Latina se encuentra puntualmente en Panamá y en el sur de Chile, específicamente en la Isla Grande de Chiloé.

Ejemplos de la sonoridad de este bello instrumento pueden escucharse hoy en la música de Egipto, en las pistas 1 y 2





En los ejemplos 3 y 4 se puede apreciar su apropiación en los católicos reinos españoles del medioevo y su adaptación a la música popular campestre.





El ejemplo número 5 es una demostración de cómo pasó al Nuevo Mundo llevado por los conquistadores españoles del siglo XVI, producto de lo cual surge esta obra en la isla chilena de Chiloé, con un aire de cueca.




Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

“El gran Gatsby”: Un artificio sin horizonte

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Jonesboro, Arkansas, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Baz Lurhmann, el director australiano de “Romeo y Julieta” y “Moulin Rouge”, está de vuelta con “El gran Gatsby” en una versión altamente superficial y simplemente fácil, para los gustos menos exigentes. Dicen los enterados y los que sólo repiten lo que escuchan que la novela de Fitzgerald no ha alcanzado su reflejo cinematográfico pese a las cinco versiones que se le conocen, incluyendo una del periodo silente, otra con Alan Ladd y tal vez la más conocida con Robert Redford y MiaFarrow en los protagónicos siguiendo un guión escrito por Francis Ford Coppola.



Después de ver la versión de Lurhmann, arropada y aupada con su estética chirriante de filtros, luminosidades, efectos digitales y anacronismos arbitrarios, uno se pone a pensar si acaso es cierto que nadie le ha hecho justicia en la pantalla grande hasta hoy a Francis Scott Fitzgerald, un escritor genial, que perteneció a la misma generación de Heminwgay, Dos Passos, Faulkner y Henry Miller. Lurhmann se sirve de la novela no como una fuente de inspiración sino como un material que puede maltratar, en el sentido literal de la palabra. Las escenas amorosas entre Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan, Gatsby y Daisy, son cursis y reflejan el tono insípido desde el cual se maneja esta interpretación de una de las mayores novelas norteamericanas del siglo pasado. “El gran Gatsby” no se merecía la representación de las fastuosas fiestas en el castillo del protagonista como un desfile circense, donde los excesos ni siquiera parecen rozar aquello que la obra original sugiere, tematiza u observa.



Fiel a su gusto por el musical, que en “Moulin Rouge” le rindió buenos resultados, Lurhmann elige para Gatsby canciones de moda, interpretadas por Beyoncé o Jay-Z, pero no da en el clavo ni en un momento, tan sólo tantea con falso asombro: la distancia de este filme con la novela que le sirve de base nunca se cubre, es como las dos costas donde están ubicadas las mansiones de Gatsby y Daisy y que la playa separa como una inminente frontera. Sólo ese faro verde que resplandece una y otra vez, insistente, nos recuerda que hay alguien que espera, un ser que oculta su pasado, uno que ha construido una leyenda, una fortuna, uno, por último, que cree estar más allá del bien y el mal, y que vive cautivo por un amor del pasado, presente sólo en su mística y misteriosa fantasía. Donde Fitzgerald acuñó algunos momentos cumbres de la literatura norteamericana clásica, Lurhman sólo encuentra espacio para el artificio de ocasión, para usar a TobeyMaguire como un narrador que intenta salir de su propio padecimiento mental. Y en el fondo, pero siempre cerca, la Nueva York que anuncia la Gran Depresión se deja notar agitada y acaso vibrante.



Tratándose de una película extremadamente comercial, pensada sólo para romper records de taquilla sin tomar en cuenta valores artísticos, estéticos o morales, no deberíamos preocuparnos tanto de esta adaptación que todo el tiempo se coloca trampas a sí misma. “Gatsby” es probablemente uno de los grandes fracasos de los últimos años, una cinta pensada como espectáculo musical, lucimiento de fortunas y lujos, pero finalmente una versión muy desconsiderada con la literatura que ha nutrido el cine desde sus inicios. Este es uno de los casos en que las bellas letras y el cinematógrafo parecen repelerse mutuamente, unidos a la fuerza para lograr la cúspide capitalista de los millones de entradas vendidas. No es nada más que eso. Un artificio clipero, vacuo y disforzado que ni siquiera se asoma a la profunda soledad y tristeza que rodean a un personaje tan singular y tan bien construido como Gatsby, el de Fitzgerald.






Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Derechos y broncas… on the rock…

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tomo y obligo. No lo crean. No es un tango. El pub penumbroso no era obstáculo, sabía donde y como encontrarlo. Yon saboreaba su Luigi Bosca etiqueta marrón, frente a un plato de jamón crudo, empalizado con palmitos, navegando torta de puerros. Chasqueó los dedos y llegó una tabla de quesos fuertes.

- Todos para vos… ¿Qué más querés?-, me dijo sirviendo otra copa.

- Cuando no se paga hay que ir a fondo y hasta el fondo-, me notificó echándose hasta la última gota, de un sorbo.

--



Siete tragos después salimos y tomamos el 100 en Retiro, rumbo a Lanús, según su escueto parte inicial.

-De paso hacemos turismo-, ironizó. Me reí en silencio, pensando en la fobia de Carlitos Manzanarez, un amigo en guerra de otra galaxia con los “bondis”, nunca lo vi subir a uno. Su fidelidad al rechazo estaba sellada igual a la de Peirano, el pueblo que lo vio partir como pasajero de la vida. Se juramentó no tomarlo nunca, puede caminarse el tiempo, pero colectivo jamás, un cruzado. Y no fue por ahorro, porque lo único que guardó es silencio.

--

-Esto es un feudo, la gente lo tiene que entender-, me dijo muy ácido Yon.

-Hay derechos hasta de pernada, que deben respetarse-, amplió, casi vitriólico.

-El “uno” sabe que los demás tienen que saber y eso es todo-, cada vez más cáustico. Cuando el vasco entra por el túnel del recorte. No hay forma d sacarlo.

-Sin ir más lejos, en la “muni”, el “uno” necesitó “la caja de los robles” -son de buena madera- para otros fines y el “nene”, con visión peronista, se lo fue a ver al “uno”, con la “ágil” noviecita. Trataron el tema de la caja y al irse se “olvidó” a la nena, ella cree haber perdido algo, porque los sábados y domingos vuelve, se da una vuelta y como es prolija revisa a fondo –total son dos funciones, por aquello de no quedarse con las dudas-. Me lo contó de un tirón mientras yo miraba por la ventanilla, las distintas fronteras.

Cuando pasamos por el Obelisco, que me lloré por dentro, imaginé al “flaco” Paolucci privatizando la cerca y reclamando garantías para disfrutar la maravilla, previo pago de la tasa de cultura. Sabía que Yon me revelaba lo que rebelaba de nuestro destino final de ese viaje, por eso lo seguí escuchando.

--

-Pero este fin de semana fue duro para el “uno”-, agregó.

-Bronca porque el partido con los piqueteros lo va perdiendo uno a cero. El prometió “justicia”.

-¿Más clarito?: alimentos, materiales, chapas, tirantes. Los muchachos se le aparecieron porque no habían recibido nada. Averiguó y cada sector de la “muni”, tuvo su triángulo de las Bermudas. Volvió a prometer, puteando a los desobedientes, pero eso no fue todo, los “flacos” de la recolección de residuos, le hicieron piquete por el aguinaldo y los sueldos, pero el “uno” local le aseguró al “uno” de la provincia, que le pagó a la empresa, ¿sabés como terminó la cosa?., por mi silencio sonó casi despectivo, - que en la conferencia del viernes, la palabra bronca sobraba por todos lados y el “uno” local terminó enfermo.., se pasó el fin d semana guardado-, remarcó el vasco , quien parece saber más de la cuenta, aunque el candor celeste de la mirada, lo protege, más que los datos de Georgina.

--

Entramos y salimos rápido de la “Muni”, por si las moscas y el trámite fue breve, como los sueldos de casi todos.

-Éramos tan pobres que de pájaro nacional teníamos la mosca-, me dijo. -Vamos para Lomas, falta algo-.

Lanús, por caso, siempre parece desflecada. Las casas, por ejemplo, simulan tener demasiados pisos, con relación a las ventanas y las pinturas lucen, desde siempre, como insuficientes.

Parece que las crisis nunca terminaron de irse. Como si se hubieran radicado allí, cómodamente. Hasta los árboles, que bordean las calles en ciertos barrios, reclaman a los gritos, por días mejores, algunos se están empezando a poner calvos.

Para no ver este cuadro, muchas casas lucen persianas bajas y hacen sentir que las ventanas miran con sueño. Sin embargo, en su interior, algunas lucen percheros de roble con soportes de bronce, prologando el ascenso de escaleras que nunca llevan al cielo.

--

Llegamos a bordo del “verde”, soñando con el dólar virtual. Yon buscó algo, con la mirada. Bajamos. Lo miré de reojo. Revisó la plaza “Grigera.

-¿Buscás el cantero?-, le pregunté Sonrió. Caminamos, pasamos por el Sindicato.

-Esto sigue igual-, fue escéptico.

En las inmediaciones del “Palacio”, muchas casas parecen demostrar que sus habitantes no deseen cambiar su voluntad de no pagar, ni ahora ni en el futuro. Lomas tiene mucha imagen de fuga hacia delante, de fuera del tiempo, un retroceso involuntario que extraña. Pero hay que tomar el presente por el rabo y seguir.

Le dimos vueltas al Concejo para ver como quedó. Ferreira seguía parado en la esquina de Sáenz, mirando, buscando la línea perdida y las cosas que faltaron.

Yon interrogaba plazeros y averiguaba precios de gomas, que estos conocen de memoria. Los concejales perdieron hasta el acuerdo con los municipales, y murmuran preocupados por el silencio del “Negro”, que nunca entendieron. Tal vez, después del incendio y las vísperas, lo entiendan.

Nos fuimos a Laprida. Miramos un bar. La “perra”, -como dice Omar el “armador” amigo-, que rebotaba que rebotaba en la vidriera era hermosa. La seguimos por la peatonal para no perderla, decidimos juntarnos con la vida y repasar.

La tienda de “El Negro”. Las casas de deportes, soldados del músculo civil. Heladerías esperando el vómito de gente de los Mac Donalds, para negociar postres. Tomamos un helado. Yon hizo un lanzamiento como para triple y encestó en el depósito de basura.
-.¿Seguís opinando?-, fue socarrón.

-¿Todavía te dejan?-, insistió zumbón.

Como lo conozco desde turbulencias de olor a pólvora, sudor, desiertos, selvas, montañas, soledad y silencios, lo palmee y seguí, por las dudas, detrás de ella para no perderla, era septiembre del 2002, y es lo que hay.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El seminarista

Manuel Filpo Cabana (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un seminarista ecuatoriano ejerció como sacerdote durante siete años en una parroquia de Sevilla. Resulta evidente que lo hizo muy bien porque, dada la extensión temporal, superó con creces la prueba práctica. Al parecer, conquistó las simpatías de muchos feligreses por su dulce talante y persuasiva oratoria. Extendida su fama, algunas hermandades lo buscaron para que predicase sus cultos, cuestión que en absoluto improvisan dichas corporaciones.

Quizá Ángel Luis Orellana no tuviese en cuenta que el Código de Derecho Canónigo castiga con una automática excomunión a los impostores. De modo que pasó -también de manera automática- de ser considerado como un excelente sacerdote a la expulsión fulminante de la Iglesia merced a un procedimiento administrativo.



Es una pena que un muchacho vocacional, más con la actual falta de sacerdotes, que las leyes eclesiásticas no fuese más tolerantes con estos casos. Porque nadie sin una vocación consolidada ejerce a plena satisfacción durante siete años en una feligresía. El infeliz de Ángel quedará inhabilitado para recibir órdenes sagradas por soslayar las leyes -algo que en el Evangelio queda en situación discutible o secundaria- mientras que escandalosos delitos cometidos durante años con niños se tratan de difuminar.

Ahora, después de ocultaciones y consentimientos oficiales, muchos clérigos depravados, según parece, recibirán el castigo merecido que, supongo, será entre otros y por comparación, una superexcomunión absoluta. Veremos si el papa Francisco se atreve a torear por derecho al pederasta torazo que le espera y no le corta la femoral en los primeros lances.

El hombre, el seminarista, ha tenido un sincero arrepentimiento y el arzobispo de Sevilla tiró por una vía transversal, absolviéndolo del inquilinato infernal (menos mal que allí no hay desahucios, alguna ventaja tenía que tener). Eso sí, tendrá como penitencia que recorrer a pie desde Alcalá de Guadaira hasta el santuario de Nuestra Señora de la Consolación de Utrera y con la obligación de devolver los estipendios recibidos (ya salieron los dineritos a relucir).

Si la raíz del asunto reside en la suplantación o simulación, más valdrían adquirir opacas mamparas de cemento para desplegarlas en las muchas situaciones que la vida, tanto eclesial como civil, necesitarían para no espantarnos de la cruel realidad. Porque la peor de las corruptelas no es la que desafía o quebranta las leyes, sino la que se hace así misma en las mazmorras de nuestras conciencias.

Dados los despoblados seminarios, nada tendría de extraño que el Derecho Canónigo suavizase algún día su legislación para permitir que tanto mujeres como hombres casados accedan al sacerdocio, pero entonces Ángel podría exclamar: «Señor, fui sensible, amoroso y humanitario porque viví tu proyecto como opción elegida. ¿Acaso el cristianismo no fue ilegal durante sus primeros 313 años?, ¿Hubo códigos entre los primeros cristianos que todo lo ponían en común, eligiendo al más bueno para presidir las asambleas? Ven, hermano Kafka y diles aquello: “Salvación y condena son casi lo mismo”».


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Vistas de viaje

José Manuel Rodríguez (Desde Caracas, Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Descargar el relato desde aquí.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

En algún lugar… Un motivo para celebrar


Laura M. López Murillo (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En algún lugar del tiempo, por el ajetreo de la mudanza de una época a la siguiente, se olvidaron los motivos de una celebración auténtica y se perdieron entre los vestigios de los paradigmas destrozados…

Las primeras fiestas y tradiciones de los pueblos estuvieron determinadas por los fenómenos naturales desatados por las divinidades y en el imperio del dogma, por el onomástico de los santos y los mártires del cristianismo; durante el siglo XX, las prioridades del régimen de mercado se enmarcaron en nuevos rituales para materializar las cualidades y los valores intangibles. Es por eso que el año transcurre entre celebraciones que irremediablemente implican la compra de objetos o la contratación de servicios: desde el día del amor y la amistad hasta la noche vieja.

Una de esas fiestas es el día de las madres. La idea de celebrar a la madre surgió en la tristeza de un duelo: en 1905 falleció la madre de Ana Marie Jarvis después de dedicar su vida a la dignificación de las madres trabajadoras y al mejoramiento de las condiciones sanitarias en las fábricas. Dos años después, Ana Jarvis decidió abandonar la estrechez del luto y transformó el aniversario luctuoso de su madre en una celebración para todas las madres. Dirigió una campaña de promoción en todo el territorio norteamericano que culminó en 1914 con la conmemoración nacional del día de las madres el segundo domingo de mayo. La nueva costumbre se expandió a todo el mundo y en México se dedicó el 10 de mayo a la celebración del día de la madre en 1922.

Pero sucedió lo inevitable y los valores sublimes se degradaron por la ética del lucro. La admiración sincera y el agradecimiento de los hijos perdieron su esencia emocional en una vulgar materialización y las cualidades maternales se estereotiparon en la imagen de una mujer abnegada, sufrida y callada. En 1920 Ana Jarvis manifestó su contrariedad por la comercialización del día de las madres, a partir de entonces dedicó sus esfuerzos y sus recursos para protestar contra la explotación mercantilista, incluso fue arrestada varias veces por perturbar la paz.Casi un siglo después y en el preludio de una nueva época, es menester recuperar la esencia de una celebración que ha provocado una gama insufrible de cursilerías en el mercado de las emociones. Ana Jarvis murió con un desencanto crónico en el corazón pero ahora, la condición humana y los atributos maternales generan cifras y datos contundentes: el estudio más reciente del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) indica que el 71% de las mujeres mayores de 15 años tienen al menos un hijo; el 96% de las madres son económicamente activas y el 72% son madres solteras, viudas, separadas o divorciadas.

La realidad se impone y es imperativo reconocer que la maternidad exige valentía para asumir una responsabilidad que nunca termina, disposición para la generosidad, habilidad para atender simultáneamente el llamado de la vocación y el llanto de los hijos yla insólita fortaleza para mantener la calidez del hogar a pesar de todas las ausencias y las carencias. Y ahora, en el ajetreo de la mudanza de una época a la siguiente es menester recuperar los motivos de una celebración auténtica, romper el molde de una figura maternal débil y olvidar esa fragilidad entre los vestigios de los paradigmas destrozados…

Laura M. López Murillo es Licenciada en Contaduría por la UNAM. Con Maestría en Estudios Humanísticos, especializada en Literatura en el ITESM.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Ojalá podamos volver a encontrarlo en El Castillete: Reverón voló hasta el sol para encontrar la luz

Daniela Saidman (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El artista que “cuando estaba pequeñito miró las mariposas volar y aprendió a amar los colores”, como nos canta nuestro Alí Primera, es una referencia del arte venezolano y latinoamericano.

Todo en él fue luz. El día se tejió en sus trazos, la noche en sus muñecas. La vida toda en cada pincelada que supo ser para siempre el sol que nos nace en el centro mismo de todas las certezas. La muerte es un lienzo en blanco donde se dibujan su vida y sus andares por ella.



Armando Reverón, el titiritero que nos cantó el padre cantor Alí Primera, vive en el arte que nos legó, en el recuerdo de su Castillete que quiso adentrarse en el mar y que nos devolvió su rastro simple, justo, honesto, profundo en el mar de Macuto.

El hombre que fue y el artista que será por siempre nació en Caracas el 10 de mayo de 1889. En 1908 entró a la Academia de Bellas Artes de Caracas. Y salió en 1911 hacia España con sus pinceles y sus colores a cuestas para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y en la Academia San Fernando de Madrid. En Francia, donde vivió seis meses en 1914, se aproximó al impresionismo.

Meses después, en 1915 regresó a Caracas, y en 1916 dispuso sus lienzos para pintar al aire libre sus primeros paisajes matizados de azul. Poco después, viviendo en La Guaira dio clases privadas de dibujo y pintura. En el carnaval de 1918 conoció a Juanita Mota, su modelo e inseparable compañera. Algunos años pasaron y en 1919 conoció a quien sería uno de sus grandes amigos y maestros, Nicolás Ferdinandov, un pintor ruso quien de paso por Venezuela, se interesó en los trazos del artista.

Fue en 1923 cuando Reverón inició una de sus más emblemáticas obras, El Castillete, su morada y taller para el resto de los días que tenía por vivir. Todo en sus haceres y sentires era una búsqueda incesante para decir el silencio y nombrar el mundo desde la propia experiencia, por eso buscaba entre témperas, óleos, carbones, tizas, creyones, ladrillos, papel, cartón... todo era una herramienta posible para contar y contarnos.

Del Castillete al blanco

Los pinceles y carboncillos de Reverón siempre estuvieron alejados de las rutinas y el conformismo, su pintura intensa nunca rozó la estridencia, por el contrario su obra está signada por la armonía cromática, como si fuera el recuerdo de un sueño a la luz de la mañana recién inaugurada.

La vida en El Castillete, con el rumor de las aguas tras los cristales, imprimieron en Reverón una mirada distinta del mundo y del arte. Lejos de las convenciones de la ciudad, desarrolló una amplia percepción de la naturaleza, de la que tomó elementos y procedimientos para incorporarlos en su obra. Entre 1924 y 1932 la producción artística de Reverón se enmarcó, en lo que décadas después los críticos de arte llamaron su época blanca.

En 1933 se realizó una exposición en el Ateneo de Caracas, que significó tal vez el primer reconocimiento público a su búsqueda interior, que luego lo llevaría a la galería Katia Granoff de París.

Del sepia a la luz

Su período sepia comenzó alrededor de la década del 40, a él corresponde un conjunto de lienzos pintados en el litoral y en el puerto de La Guaira, en los que imperan los tonos marrones del soporte de coleto. Paisajes de mar y tierra entre los que destacan las marinas del playón. Precisamente en estos años sufrió una depresión profunda, que lo marcaría para siempre.

Desde entonces encontró la paz en el mundo fantástico de sus muñecas, todo a su alrededor eran voces que decían magias y predecían augurios. Las tizas y los creyones se fundían en los lienzos, el arte era también una manera de encontrarse.

La última de sus crisis sucedió en 1953, el mismo año en que le fue conferido el Premio Nacional de Pintura. Cuentan que esperanzado por este tardío estímulo, trabajaba con ahínco para una exposición en el Museo de Bellas Artes, pero no alcanzó a terminarla. El pintor de la luz murió en Caracas el 18 de septiembre de 1954.

Reverón el que “cuando estaba pequeñito miró las mariposas volar y aprendió a amar los colores”, como nos canta aún nuestro Alí Primera, es una referencia del arte venezolano y latinoamericano. Sus desnudos, sus paisajes y sus muñecas, tienen la luz, la textura, el color y tal vez el sabor de estas tierras. Él supo como nadie entrar al sol y traérnoslo en sus pinceles. Él nos cantó lo más libre y lo dejó en sus lienzos para que no se nos olvide nunca que somos Caribe, que llevamos como sigue cantando Alí el “amarillo de su mango, azul de su litoral, con rojo de sol poniente, pincelada al despertar”, entre los recuerdos y las ganas de mirar el futuro.

Ojalá vuelvan los pasos nuestros a mirarlo en El Castillete, ojalá revivan sus muñecas y su voz despierte cerca del mar, porque Reverón, el muñequero, tiene la cualidad de renacer cada vez, de estar vivo cuando el día se pronuncia en el sol que baña la tierra.

El Reverón de Alí Primera

“Amarillo de su mango
azul de su litoral
con rojo de sol poniente
pincelada al despertar.
Cuando estaba pequeñito
miró las mariposas volar
y aprendió a amar los colores
con amor supo pintar.
Reverón titiritero
Reverón el muñequero
Reverón pintor del pueblo
con pinceladas de sueños
Reverón titiritero
Reverón el muñequero
se quedó Juana la Gorda
ya no sirve de modelo.
Las desnudas de un delirio
te la pagaban con ron
cuando vivo no valías
de Bellas Artes ni hablar.
Hoy llevan Castillete
cuadros para el gran salón
te codeas con El Greco
con Picasso y con Renoir.
Las cosas de mi país
hasta cuando pasarán
que dirá Bárbaro Rivas
yo no le he compuesto naá.
El día que tu partiste
hubo tambores en el lugar
de tus ojos encontraron tus muñecas
vestidas color fiesta de San Juan”.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El Remordimiento

Jorge Luis Borges

He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado.

Tomado de “La moneda de hierro”, Obras completas, tomo III, Emecé, Barcelona 1996, pág. 143.




Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Libros imprescindibles


ARGENPRESS CULTURAL

Argenpress Cultural pone a disposición del lector algunos libros cuya lectura consideramos imprescindible dentro del campo amplio de las “humanidades”, o si se prefiere, de las ciencias sociales.

Hay de todo un poco: clásicos de la filosofía, de la política, de la semiótica. Esperamos con esto brindar una biblioteca mínima en el campo social que permita tener instrumentos con los cuales leer nuestra compleja realidad; y no sólo “leerla” sino, como dijo algún clásico hoy algo pretendidamente “pasado de moda”, transformarla.

Hoy dejamos un clásico del psicoanálisis, su obra fundacional, y a decir de su autor, la más importante de esta ciencia: “La interpretación de los sueños”, de Sigmund Freud.

¡Feliz lectura!

Descargar el texto desde aquí.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.