miércoles, 10 de julio de 2013

Poesía mapuche: La llave que nadie ha perdido

Elicura Chihuailaf

La poesía no sirve para nada
me dicen
Y en el bosque los árboles
se acarician
con sus raíces azules
y agitan sus ramas al aire
saludando con pájaros
la Cruz del Sur
La poesía es el hondo susurro
de los asesinados
el rumor de hojas en el otoño
la tristeza por el muchacho
que conserva la lengua
pero ha perdido el alma
La poesía, la poesía, es un gesto
un sueño, el paisaje
tus ojos y mis ojos muchacha
oídos corazón, la misma música
Y no digo más, porque nadie
encontrará
la llave que nadie ha perdido
Y poesía es el canto de mis
Antepasados
el día de invierno que arde
y apaga
esta melancolía tan personal.

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Artes plásticas. Willard Wigan: Arte en miniatura

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América, el espejo enterrado

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“El espejo enterrado”, es una serie escrita y conducida por Carlos Fuentes, en la que revisa la historia política y cultural de España y América Latina. El proyecto televisivo, empezó a transmitirse en 1992.

Los motivos para escribirla fueron los 500 años del descubrimiento de América. El narrador se preguntó si hay algo que celebrar. En cuanto a lo económico y lo político, se responde, no mucho: hay inflación, desempleo, deuda externa, ignorancia, pobreza, frágiles democracias y bajos niveles en la calidad de vida.

En cuanto a lo cultural, en cambio, sí tenemos motivos para echar palomas al vuelo: Latinoamérica ha dado al mundo artistas de primer nivel en varios campos artísticos.

El espejo enterrado, arranca con los grabados de las cuevas de Altamira, en España. Ningún otro país de Europa excepto Rusia, dice, ha sido poblado por tantas y tan diversas olas migratorias. España es a la vez cristiana, árabe, judía, griega, cartaginesa, romana, visogoda y gitana. Toda esa riqueza de culturas fue transmitida a América durante la conquista.

Bien se puede afirmar que la I Reunión del Consejo de Cultura de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) de Junio 2013 en Lima, tiene que ver con las ideas y propuestas elaboradas por números intelectuales y escritores de nuestra Región.

Parar el ministro peruano, Luis Peirano, concibe a la cultura como el principal eje articulador de la integración regional. En la cita se ha programado el lanzamiento de los proyectos Expreso Sur y de creación del Banco de Contenidos Audiovisuales como acción cultural 2013-2014. El primero, orientado a compartir festividades a partir de la visión de los niños suramericanos.

El Banco de Contenidos Audiovisuales, busca definir estrategias conjuntas de lucha contra el tráfico ilícito de bienes culturales y defender y garantizar los derechos de los pueblos indígenas, originarios y afrodescendientes, entre otros.

El Consejo Suramericano de Cultura, según su estatuto, se centra en los ejes de interculturalidad, industrias culturales y economía creativa, defensa del patrimonio cultural, comunicación y cultura, y artes.

Manos a la acción para poner en valor un nuevo y gran hallazgo del rico pasado histórico de la Región: Wari en Huarmey. La primera reunión de Ministros de Cultura de UNASUR coincide con este descubrimiento, a unos 300 km al norte de Lima. Son 63 momias y 1200 objetos de oro y plata. Loable trabajo de arqueólogos polacos y peruanos que advirtieron que las tumbas nunca pudieron ser profanadas, del todo, porque los súbditos de los señores wari - civilización que nació en los andes ayacuchanos - la blindaron con una gruesa capa de varias toneladas de ripio.

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Homenaje a Pabru Presbere

Giovanni Beluche (Desde Panamá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era el año de 1709, el Rey de Las Lapas, nuestro soberano de Suinse, ha llamado a todos los pueblos de Tierra Adentro a resistir la invasión de los extranjeros, que vienen vestidos de soldados, frailes y civiles. Pretenden dividir a las familias y desarraigarlas hacia territorios lejanos, lo supo Presbere al interceptar una carta de manos del enemigo. Han deshonrado nuestra sagrada tierra, han derramado nuestra sangre, en nombre de una corona y un dios que no son nuestros.

Desde el cerro Chirripó hasta las tierras más al sur de nuestras costas, vienen llegando combatientes, dispuestos a defender nuestra herencia cultural, la memoria de los abuelos y el cauce de los ríos. De la mano con los Cabécares y Teribes nos unimos en el más grande ejército que estas tierras hayan visto. ¡No nacimos para ser esclavos, nacimos libres y pelearemos hasta la última gota de sangre! Solo unos pocos traidores se unieron al enemigo, el resto avanzamos ordenadamente contra el invasor, recuperamos cada palmo, incendiamos sus endebles construcciones, ellos mataban con crueldad, nosotros respondimos ferozmente a sus ataques.

Cada hermano que caía parecía multiplicarse, el Kapá nos protegía por esos caminos y selvas, los corrimos del Telire, los hicimos retroceder. Nuestro Presbere no había nacido para guerrero, era un Usékar, un gran líder religioso con poderes que los hombres no poseen, pero las circunstancias lo convirtieron en el guía que unió a los pueblos indígenas por encima de toda diferencia.

Llovía a cántaros, los españoles se atoraban en el barro, pero los que somos del color de la tierra sabemos unirnos a ella, en vez de hacerle resistencia. Arribamos a cada asentamiento español y chocamos nuestras lanzas de madera contra el metal del invasor. Nos protegíamos con escudos de cuero de danta, que eran atravesados por las espadas de los malvados, les respondíamos con lluvias de flechas. La moral de los nuestros era superior, ellos defendían a un rey ausente y cobarde, el nuestro se batía en duelo como uno más de sus soldados. Pabruy el cacique Comesala de los Cabécares eran valientes, ponían sus pechos al frente y nunca pedían tregua.

Los hicimos retroceder, huían como cobardes, muy diferentes a la prepotencia que exhibían cuando estaban en superioridad. Habíamos liberado nuestras tierras y llegamos a pocas leguas de Cartago, la misión estaba cumplida y decidimos regresar, no somos gente que nos guste derramar sangre en vano. Volvimos a las comunidades a atender los cultivos y a cuidar de las familias, soñábamos que la paz llegaría por fin al mundo de Sibû.

Pero nuestra generosidad en la victoria no fue respetada por los invasores, pudieron más sus deseos de riqueza y el año siguiente arremetieron nuevamente. Parecían monstruos cargados de cuchillos, traían lanzas que escupían fuego, los niños y las niñas caían abatidos sin piedad, su dios les pedía sangre y su capitán general Lorenzo de Granda y Balbín les exigía tomar posesiones. Aunque no estábamos preparados, heroicamente resistimos hasta que la fuerza de sus armas, lo numeroso de su ejército y el factor sorpresa nos pasaron una dura factura.

Apresaron cerca de 700 indígenas, entre ellos al Rey de Las Lapas, a los jefes Bettuqui, Iruscara, Siruro, Bocri y Dapari. Sólo el Rey Comesala pudo huir. Nos ataron de manos y nos arrastraron hacia Cartago, vi morir a decenas de hermanos tragados por los ríos. Otros eran cruelmente torturados, violaban a las mujeres ante la complicidad de sus frailes. Algunos lograban escapar y se refugiaban en las montañas para no ser sometidos como esclavos en los cultivos de cacao. A Cartago sólo llegamos quinientos indígenas, allí otros doscientos perecieron víctimas de extrañas enfermedades que les llenaban la piel de úlceras y llagas.

Pabru fue colgado de sus brazos, escupido y pateado por los españoles y los criollos de abolengo que se apretujaban en las calles para ofender al más grande Rey que ha visto esta tierra. Lo llevaron a un tribunal sin derecho a la defensa, grande nuestro Presbere pidió que todo martirio se aplicara contra él y no delató a ninguno de sus hermanos. Lo condenaron a muerte bajo la absurda acusación de rebeldía contra el rey de los españoles. El 4 de julio de 1710 lo ejecutaron, mataron su cuerpo físico, pero su espíritu permanecerá en cada uno de nosotros. Yo pude contar esta historia porque fui entregado como esclavo a una familia criolla. Juro que apenas encuentre a mi familia que me arrebataron, nos escaparemos de vuelta a las tierras del Telire.

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Uno de los grandes de la radio cubana”: Félix B. Caignet

Isabel Cristina Batista (Desde La Habana, Cuba. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Con la expresión: “Paciencia, mucha paciencia”, frase recurrente del personaje detectivesco Chan Li Po de un serial radial transmitido en la segunda mitad del pasado siglo comenzamos a escribir de su autor, considerado uno de los grandes escritores radiales cubanos; quien cuarenta y seis años atrás, un 26 de mayo, deja de existir nos referimos a Félix Benjamín Caignet Salomón, nacido en el poblado de San Luis, actual municipio de la provincia de Santiago de Cuba.

Entre sus novelas, ha trascendido en el tiempo “El Derecho de Nacer”, por la que es muy conocido. Melodramas, para algunos tal vez, y sin llegar a ser grandes obras literarias para los más expertos, pero que, sin dudas, marcaron un hito en los inicios de la radiodifusión cubana creando una profunda huella en la tradición y preferencias artísticas del cubano, en novelas y series que deleitaron durante largo tiempo al ser transmitida por la radio, a nuestras bisabuelas, bisabuelos y abuelos.

Su formación fue autodidacta. De extracción muy humilde pasó a vivir a la ciudad por la precaria situación económica en que vivían sus padres. Laboró en distintos trabajos y posteriormente comenzó a escribir noticias sobre espectáculos a celebrarse en la entonces provincia oriental, iniciándose de esa forma en el mundo del espectáculo.

A pocos años de introducida la radio en Cuba, Caignet pasa a trabajar en la estación CMKC, para un programa infantil de la época Buenas tardes Muchachitos, donde narra cuentos de su `propia autoría producto de su gran talento natural, e inspiración generada por narraciones que oyó en su infancia por las calles que acostumbraba a transitar.

De esa época data la serie infantil llamada “Chilín y Bebita” que tuvo gran aceptación. Caignet, introduce de esta forma programas radiales para los niños. En aquel entonces la radio se expandía, pero se carecía de este tipo de programación infantil. Por su manera de narrar sus cuentos, didácticos por demás, inicia en el medio el género episódico que avivaba el interés de los oyentes.

Por las razones expuestas estos programas adquieren notoriedad. Aunque, no todo era felicidad, ya que realiza la emisión radial de una canción estrenada en 1932, llamada “El ratoncito Miguel” que devino en canción de rechazo al gobierno de aquel entonces. Por tal razón las autoridades, llevaron a Caignet a la cárcel, de la cual salió debido a las manifestaciones que armaron sus radioyentes, padres y niños.

Posteriormente y con mayor oficio en su condición de escritor radial, en 1948, realiza el serial, por primera vez en Cuba, de un programa de género detectivesco, donde el principal personaje era el detective, Chan Li Po. En esta serie radial cuya primera parte se tituló: “La Serpiente Roja”, se narran las andanzas de un detective de origen chino en Cuba. El escritor para entonces se “gradúa” en el arte del suspenso que había iniciado en los programas infantiles. Es tan grande la popularidad de este serial que también entra a formar parte de la cinematografía en Cuba.

Con un mayor dominio del medio, realiza la transmisión de su novela “El Derecho de Nacer”. Este género llamado también: novela radial o radionovela, al autor se le atribuye como el pionero de su realización en Cuba, y en Latinoamérica. La transmisión radial de El Derecho de Nacer, duró prácticamente dos años, y fue tan marcada y notoria la preferencia por esta novela radial-, sobre todo en la provincia oriental-, que se testimonia por algunos radioyentes de entonces, que proliferó el inscribir, a muchos nacidos durante su emisión, con los nombres de los personajes que más gustaban a los escuchas como: Alberto, Isabel Cristina, Dolores, etc.

Los derechos de autor de esta novela fueron vendidos por el autor a empresarios de México, país donde además la cinematografía mexicana la lleva al celuloide. No obstante, al margen de las razones que hubiera tenido el autor para hacer lo anteriormente mencionado, él mérito de su obra radial es indiscutible.



Bibliografía:

Material de Archivo del ICRT.
Otras fuentes: Testimonios de radioyentes de 1948.

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Raza, historia e identidad: “Condicionantes histórico-sociales para la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817”

Mabys Castillo Cruz - Alejandro L. Perdomo Aguilera (Desde Cuba. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Resumen
En el trabajo se aborda el contexto histórico en el cual se dieron las condiciones para que tuviera lugar la aprobación de la Real Cédula del 21 de octubre de 1817. Para ello se trata el influjo del proceso emancipador en Haití, valorando el impacto que tuvo en la sacarocracia cubana, así como en las autoridades españolas de la Isla. En ese contexto, se analiza el impacto de la aprobación de Real Cédula, caracterizando los conflictos étnicos y raciales a que condujo, así como otras problemáticas sociopolíticas que marcaron las primeras décadas del siglo XIX. Desde esta perspectiva, se consideran las bases que condujeron a la llamada colonización blanca, para limitar el aumento de la población negra en la isla.

Palabras claves: Real Cédula, etnia, raza, identidad, cultura, nacionalidad, emancipación.
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Introducción

La sociedad cubana se formaba por aquellos años, heredera de un rico híbrido cultural, de la tradición española dominante y la africana esclavizada, pero poderosa ante su mayoría demográfica; se fue imponiendo paulatinamente la presencia de las costumbres, la cultura, el idioma y hasta las expresiones extra-verbales, imbuidas de la música, la danza, y otras artes, que dieron lugar al maravilloso ajiaco cubano, como lo dignificara don Fernando Ortiz.

En ese contexto, donde arreciaba el comercio triangular, viniendo de África los esclavos, de Cuba el azúcar y otros productos agrícolas y de España la manufactura, se fue conformando el sincretismo cubano, en los primeros indicios de la formación de la nacionalidad y la lucha por la emancipación desde las expresiones culturales y artísticas, que reconocían la presencia de un pueblo multirracial, con una mezcla de la religión católica y la africana, especialmente de la religión yoruba, la regla de Ocha y de Palo Monte.

Fue en este contexto donde el pensamiento cubano, influido por la Revolución Francesa y las guerras de independencia y emancipación de Nuestra América de las primeras décadas del siglo XIX, que se acrecientan las preocupaciones de las autoridades españolas de la Isla, sobre el temor a una réplica de los hechos acontecidos en Haití donde los negros tomaron el poder.

Por otra parte, la evolución del pensamiento criollo irrumpía contra las mentalidades coloniales, con la influencia de intelectuales como Félix Varela, José Antonio Saco, José Francisco Arango y Parreño, Domingo del Monte y José María Heredia. Este ambiente amplió las bases del pensamiento reformista e introdujo señas de liberalismo y emancipación en una Metrópolis que frenaba el desarrollo de la Isla, no sólo en el plano económico-comercial sino también en el cultural y el político.
En el interior de la naciente sociedad cubana, se fundía un sincretismo peculiar, que permitió una mayor tolerancia en sectores intelectuales. Ello posibilitó que fuera presentado en las famosas tertulias de Domingo Del Monte a un poeta negro, que había sido cimarrón.

Conflicto étnico-racial

El conflicto étnico-racial de la etapa colonial entre la élite de poder de la Isla y el crecimiento de la población negra (afro descendiente) se acrecienta ante el temor de que los aires libertarios de los revolucionarios haitianos penetraran en la creciente población negra de Cuba.

Por otra parte, el temor a que cultural y racial a que Cuba fuera una población cuya raza preponderante fuera la negra y a que estos aumentaran sus cuotas de representatividad en la vida de la isla, llevo a que en el plano jurídico comenzaran a potenciarse formas para limitar la preponderancia de la raza negra en la Isla.

Este proceso no estuvo exento de racismo, miedo al negro tanto por su raza como por sus costumbres, su cultura y formas de expresión, que era de preocupación no sólo del poder colonial, sino también de parte importante de la élite criolla que ya se preocupaba por aspectos más profundos del futuro de la Isla.

Desde este pensamiento conservador, que resultaría muy simplista valorar desde en pensamiento de nuestros días pero que para aquella época llamaba la atención no sólo de ricos hacendados plegados al poder colonial, sino también de pensadores progresistas que aún mantenían sus reticencias respecto a la ascendencia de los negros de la vida de la Isla, por las implicaciones que tenía y por su repercusión en la demografía del país.

En aquellos años se configuraba la evolución de las raíces de un pensamiento, una forma de vida y una identidad autóctona, que mostraba los antecedentes de la más genuina identidad del criollo, en una etapa de transición del modelo colonial al propiamente cubano. Debe precisarse que no existían aún las condiciones para hablar de la nacionalidad cubana, era precisamente la etapa de su formación, de modo que existía un ferviente dilema entre lo español, lo africano y aquel curioso sincretismo que daría en sí, lo cubano.

En ese sentido desataron los conflictos desde el pensamiento de la clase dominante de la época, que se preocupaba por tomar las medidas a tiempo para evitar la preponderancia negra en la isla. Obviamente la guerra de independencia de las Trece colonias, la revolución haitiana y las guerra emancipadoras de Latinoamérica tuvieron su influencia en lo que acontecía en la Isla.

Era una época de ensueño, de aires libertarios, con movimientos como Soles y Rayos de Bolívar, la Conspiración de Aponte, la de la Escalera, en fin, todo un manjar de luchas emancipadoras, por los derechos del hombre y del ciudadano, y por el reclamo de una autoctonía, para un identidad naciente. En este contexto, se desarrollaron los conflictos de etnicidad y religión, con un irrespeto a la otredad, propio de tiempos de civilización y barbarie, al decir de Darcy Ribeiro.

En esos tiempos de colonialismo imperial y guerras emancipadoras, de transición del feudalismo al capitalismo pre-monopolista donde la burguesía asumía un carácter revolucionario, se rompían las castas de la nobleza, por una nueva élite del poder formada entre las autoridades coloniales y los ricos hacendados. Fue esta élite de poder la impulsora de la Real Cédula de 1817.

Eran los antecedentes de la formación de la nacionalidad, la transición del colonizador en colono, del colono en criollo; la partera del pensamiento cubano en las obras de Félix Varela, José Antonio Saco, José Francisco Arango y Parreño, Domingo del Monte y José María Heredia y de los regímenes militares de los Capitanes Generales, del dilema entre reforma y revolución, la lucha por la emancipación.

La aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817

La Real Cédula fue aprobada del 21 de octubre de 1817, en respuesta a las propuestas del Ayuntamiento, el Consulado y la Sociedad Económica de La Habana. Esta cédula, compuesta incentivaba el crecimiento de la población de raza blanca en Cuba. Entre otras explicaciones, se justificaba la medida ante la necesidad de incrementar el cultivo en tierras sin explotar con fines de exportación.

El blanqueo de la Isla no sólo llevaba a implicaciones raciales sino también de lenguaje y cultura, pues para ello comprendía el incentivo de la inmigración de otros países de Europa occidental, cuyo idioma también era diferente, por lo que el documento debió redactarse también en inglés y francés. No obstante, se cuidaba de que la religión fuera la católica.

Esta situación incentivaba un proceso que comenzó a mediados del silgo XVIII, con la oleada inmigratoria francesa a la Isla por la década del 60 de esa centuria, con el Pacto de Familia ratificado por las dos familias borbónicas europeas con el afán de debilitar a Inglaterra.

La Revolución Haitiana incentivó el refugio de franceses provenientes de Saint-Domingue, pero este fenómeno fue mirado con recelo por las autoridades coloniales de la Isla, que previendo paganas inter-imperiales, tomaron medidas de control e incluso de expulsión a varios ciudadanos franceses a fines del siglo XVIII.

 Estos conflictos no sólo eran de índole política, sino que la llegada de franceses con sus esclavos, y la introducción de formas más avanzadas de producción en el oriente cubano, conllevó a nuevas pugnas de índole económica y comercial, a la vez que la inyección de mayor población negra alentaba los debates respecto a como atenuar un fenómeno que temían que se les fuera de control. Para que se tenga una idea “(…) con la Paz de Basilea de 1795 y la extensión del conflicto en Haití – ex Saint-Domingue – en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, se produjeron unas 30 000 nuevas llegadas, sobre todo en el Oriente cubano, principalmente en la región de Santiago.” (1) Según Tomás Iriarte “(…) en 1857 los franceses refugiados en Cuba, introdujeron máquinas y procedimientos desconocidos en el país para elaborar el azúcar, y así dieron un gran impulso a esta industria´” (2)

Entre los beneficios que recibían los inmigrantes europeos en Cuba se destacaban, los derechos civiles concedidos, como el de llevar armas. Por otra parte, debían adherirse a la fe católica y demostrar su subordinación al colonialismo español. De esta forma, la Metrópolis española pretendía acentuar su hegemonía en cuanto a raza y credo ante las transformaciones demográficas, raciales, étnicas y culturales que se producían en la Isla. Fue con este propósito se aplica la Real Cédula de 1817.

Condicionantes histórico-sociales que influyeron en la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817

La situación a nivel internacional iba dejando su huella en la sociedad cubana. En mayor o en menor medida, una serie de acontecimientos internacionales de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX se convierten en condicionantes sociales que hicieron posible que el 21 de octubre de 1817 se aprobara la Real Cédula de la colonización blanca de Cuba.

Debe entenderse que este cuerpo legal pretendía fomentar, a partir de los derechos y las concesiones legales que ofrecía, la entrada de blancos a la Isla, con el objetivo de contrarrestar el aumento de la población negra (3). Los acontecimientos políticos y socioculturales, influyeron en la realidad colonial Europa en su política colonial, de lo que no fue ajena Cuba.

Hacia el interior del mapa social de la Isla fueron teniendo lugar una serie de acontecimientos que influyeron directamente sobre la estructura poblacional y racial de la Isla, lo que condujo a la aprobación de la Real Cédula.

En relación con este proceso deben señalarse como fenómenos fundamentales que incidieron en la aprobación de la Real Cédula de 1817: la independencia de la Trece Colonias Inglesas de América del Norte, la ocupación napoleónica de España y la Revolución de Haití, el ascenso y desarrollo de la sacarocracia cubana y el Censo poblacional del año 1817.

La independencia de las Trece Colonias Inglesas de América del Norte

Indudablemente el proceso histórico que condujo a la independencia de las Trece Colonias tuvo una repercusión psicológica y espiritual notable sobre la población cubana, fundamentalmente sobre los criollos con ideas contestatarias al régimen colonial.

Si bien este proceso revolucionario tenía actores sociales (industriales, comerciantes, banqueros) muy diferentes a los que pudiéramos encontrar en una colonia española como Cuba, en sus exigencias a la Metrópolis pueden encontrarse coincidencias de intereses, sobre todo en el plano comercial, que explican la influencia de ese territorio sobre el Gran Caribe, en los primeros años del siglo XIX.

Tanto los criollos como los comerciantes españoles, anhelaban una libertad comercial, que dinamizará sus producciones, pero la realidad que enfrentaba la Metrópolis española le imposibilitaba de tales transformaciones. Obviamente que este espacio sería ocupado paulatinamente por una economía en crecimiento como la del naciente Estados Unidos de América, que ya en el siglo XIX apuntaba a su ascenso como potencia.

En este contexto, se estrechan los vínculos comerciales con la Isla, beneficiados por la cercanía geográfica y un modo de producción y comercio mucho más acorde con los nuevos tiempos. De esta forma, la Mayor de las Antillas fue convirtiéndose en uno de los principales abastecedores de azúcar para el mercado norteño.

Pero este comercio ameritaba de un aumento de la producción, que incidía en la necesidad de mano de obra esclava. Por tanto, pronto se incrementaron los vínculos entre traficantes de ambas partes. Hasta la compra-venta de esclavos resultó lucrativa, no sólo para los compradores sino también para los traficantes, que hacía de este negocio unos de los primeros vínculos de dependencia de la Isla hacia ese país.

Como puede apreciarse, este acontecimiento aun cuando tiene lugar a kilómetros de distancia de Cuba, influyó directamente en el aumento de la producción y del comercio. La compra de mano de obra y el tráfico de esclavos aumentaron, y con ello la población negra, con un impacto demográfico considerable. A esta situación se agrega la declaración del Rey Carlos IV –años más tarde-.proclamando el libre comercio de esclavos.

La toma de La Habana por los ingleses

La toma de la habana por ingleses, en 1762 desde el punto de vista del sistema de derecho no recibió ninguna influencia. Desde el punto de vista social, fue diferente. La corta y localizada estancia de los ingleses, tuvo un impacto social que aun décadas después podía apreciarse, particularmente en la producción y el comercio y en la composición racial de la sociedad.

Por primera vez, los comerciantes de La Habana podían comerciar con los negreros ingleses de manera directa, la posibilidad de compra de esclavos se negociaba sin necesidad de intermediarios, lo que provocó la entrada de un gran número de negros esclavos al país. Estos procedían fundamentalmente de África y de los depósitos que tenía Inglaterra en la isla de Jamaica, lo que ampliaba las variantes de trasiego para traficantes y hacendados.

Se calcula, según cifras oficiales de la Aduana, que en aquel momento más de 4000 negros esclavos entraron por el Puerto de La Habana cifra que, en el corto período que tuvo la ocupación inglesa de La Habana, resulta extremadamente alta. Durante la dominación española, una cantidad similar de esclavos habría tardado años en entrar a la Isla.

Toda esta mano de obra fue asimilada en la producción, fundamentalmente azucarera. La naciente sacarocracia aprovechó esta oportunidad para desarrollar los vínculos comerciales, hacia un mercado en ascenso, donde se vincularon la mano de obra esclava-producción-comercio-ganancia, que ya no se detendría hasta empezada la segunda mitad del siglo XIX.

En este período de ocupación inglesa, con el auge del comercio generó una amplia gama de empleos en la ciudad que hasta ahora no existían o eran escasos. Nuevamente, la mano de obra resultaba necesaria para el “desarrollo” económico de esa sociedad.

Ocupación napoleónica de España

Pudiera parecer a simple vista que la ocupación napoleónica de España carecía de fuerza vinculante para considerarse un condicionante social influyente en la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817. Sin embargo, la ocupación napoleónica de España, además del impacto sociopolítico que dejó, tuvo una incidencia directa en nuestra legislación. Con el derrocamiento del Rey Fernando VII muchos españoles reclamaron por su regreso, incluso por parte de las autoridades locales, protesta que llegó al resto de las colonias de ultramar.

En tales circunstancias, se propagó una situación de incertidumbre, debido a que los habitantes que no reconocían al rey francés, por lo que se quedaron sin órgano de poder superior al que dirigirse, ni a quien consultar la solución de sus problemáticas, ya que este constituía la última instancia. Fue en ese contexto que se crearon en los virreinatos de América las Juntas de Gobierno.

Las Juntas de Gobierno fueron integradas por los criollos, que si bien comenzaron proclamando su fidelidad al Fernando VII, terminaron reclamando la independencia de sus territorios. Con este proceso nace el Movimiento Juntista, que propició el inicio de los movimientos libertadores en las colonias españolas de ultramar.

Si bien Cuba no se incorporó en esa fecha al movimiento emancipador, puesto que las condiciones histórico-concretas resultaban diferentes, en gran parte de Nuestra América se prendió la llama de la independencia. Ante el temor a los resultados de las luchas emancipadoras, la inmigración europea hacia América Latina y el Caribe se frenó.

Hasta ese momento, entre los destinos preferidos por los españoles en América se encontraba Cuba. Esta interrupción temporal en el flujo migratorio se evidenció en el Censo Poblacional del 1817 con una disminución en el por ciento de la población blanca. Este fenómeno contribuyó a que la población blanca no aumentara por estos años, mientras que la población de raza negra continuó su proliferación, con una mezcla de autoctonía que se fundió en la identidad de los pueblos americanos.

La Revolución de Haití

La Revolución de Haití, y sus consecuencias tanto al interior de ese país como en el Gran Caribe, tiene múltiples aristas para ser considerada como uno de los más relevantes factores que condicionó la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817. En primer lugar, esta Revolución provocó un éxodo de colonos franceses hacia Cuba, que se asentaron principalmente en el Oriente del país, fundando grandes cafetales en las zonas montañosas. También hubo amplios asentamientos en la zona de Matanzas. Se calcula que alrededor de 30.000 colonos franceses llegaron a la Isla.

Pero estos colonos franceses que emigraron hacia acá no venían solos, sino que lo hicieron con sus dotaciones de esclavos o, por lo menos, con una parte considerable de estas, que dadas las circunstancias en que arribaban, no siempre era declarado el número real de la dotación. Es por ello que resulta muy difícil precisar el número de negros esclavos que entró al país por esa vía con certeza.

Los niveles de producción de los principales productos exportables haitianos (azúcar y café) decayeron notablemente al iniciarse la guerra y aún al culminar esta en 1804, no se lograba recuperar su espacio en el mercado internacional. Este periodo fue aprovechado por los productores cubanos para asumir el lugar de Haití en la producción de azúcar y café, en el área del Caribe fundamentalmente; lo que acentuó la esclavitud en la Isla, prolongando las jornadas de trabajo en los cañaverales y cafetales, necesitando más mano de obra para la creciente demanda.

Los franceses también trajeron la práctica del “apareamiento forzoso”, costumbre que consistía en aparear esclavos jóvenes y sanos, los llamados sementales, con negras jóvenes e igualmente sanas, por regla general, del servicio doméstico.

Para el fomento de esta práctica los franceses llegaron incluso a construir un pequeño barracón independiente, en las haciendas cafetaleras que ocupaban. De esta forma disminuían un gasto en fuerza de trabajo, cuando podían proveerlas los propios esclavos y así lograban una mayor producción.

Más allá de su aportación numérica a la entrada de esclavos y a la producción de café, los franceses también dejaron su huella cultural en la genealogía cubana, que se pude apreciar hoy en los apellidos franceses con que los dueños identificaban a sus esclavos y en la danza con la Tumba francesa.

La Revolución de Haití tuvo una marcada influencia en la vida cultural, económica y política de la Isla, pero además constituyó un referente ideológico y psicológico, que insertó en la opinión pública de la época, la posibilidad de una rebelión esclava, sembrando el temor entre los hacendados y el régimen de la Isla. Estas circunstancias favorecieron, sin lugar a dudas, la aprobación de la Real Cédula de 1817.

La Real Cédula que autoriza el libre comercio de esclavos en el año 1789

El alcance social de esta norma la hace convertirse en una condicionante social por excelencia, que propició la aprobación de la Real Cédula, el 21 de octubre 1817. Resulta evidente que un problema social de tales magnitudes como el tráfico de esclavos, necesitaba del amparo de una legislación, y esta nacería de la voluntad Real.

La esclavitud como modo de producción y como realidad social, estaba aceptada y discurría sin mayores contratiempos para todos aquellos que de ella se beneficiaban. Cuando la firma del Rey queda estampada en un documento legal, llámese en este caso Real Cédula e incluso tratados o licencias reales que autorizaban a compañías mercantiles y navieras para operar en las costas de África, debe entenderse como un derecho que se atempera a una situación social determinada y que trata de solucionarla.

El aumento del número de esclavos negros que llegó a las colonias de ultramar fue tan elevado, que además de regular su compra y su tráfico, a instancias del propio Rey Carlos IV, fue redactado un cuerpo legal conocido en la Historia del Derecho Colonial como Código Negro Carolingio (4), que se encargaba de regular todo lo concerniente al trabajo y la vida de los esclavos, como instrumentos de trabajo, y piezas fundamentales para el desarrollo económico de esa sociedad. En este sentido, se limita la cantidad de horas de trabajo y se establece la obligatoriedad de los dueños de proveerles de alimento y vestido, así como de instruirlos en la fe cristiana.

Más allá de las valoraciones éticas y morales que pudieran hacerse hoy, este derecho para el momento histórico en que aparece es consecuente con el desarrollo social, y se adecuó a los intereses de la clase que detenta en el poder. En ese orden, satisface sus necesidades, propiciando legalmente la entrada a la Isla de un elevado número de negros esclavos. Súmese a ello que cuando las voces del abolicionismo se comienzan a sentir, la élite de poder que dirigía los renglones fundamentales de producción en la Isla no estaba en condiciones de realizar el tránsito. Esta situación, sumada a la pujanza de las mentalidades racistas que imperaban en la Isla, imposibilitó que la historia del abolicionismo cubano tuviera un fin más inmediato que el de la mayoría de las colonias de ultramar.

Tal fue el caso que recoge la historiografía del derecho ocurrido en 1817, de 2.600 negros esclavos que habiendo sido declarados libres porque el barco que los transportaba fue capturado, y en cumplimiento de los tratados internacionales y de la presión de abolicionista británica, procedía conforme a derecho, que una vez llegado a puerto cubano fueran asimilados a la población esclava y vendidos como tales. Las razones alegadas por las autoridades competentes en su momento fueron: el temor a que se convirtieran en un foco de conflictos y desordenes sociales, y la necesidad de mano de obra para la producción del azúcar.

Como realidad aceptada, no tendría mayores consecuencias si no fuera porque su crecimiento demográfico comenzó a marcar una incipiente curva en ascenso de la población negra, que años más tarde causaría una alarma en la oligarquía criolla.

El desarrollo y ascenso de la sacarocracia cubana

La presencia de la sacarocracia cubana como condicionante social que influyó en la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817, debe verse como el motor impulsor en la producción y luego en el comercio del azúcar, que alienta la continua compra de negros esclavos y, en un segundo momento, como el sector que promovía las reformas de la época en contraste con el desarrollo socioeconómico y cultural que iban obteniendo.

A partir del boom azucarero de finales del s XVIII, la economía cubana cambia lo útil por lo necesario, entendiéndose por necesario aquello que redundara en beneficio económico para la clase en el poder. El azúcar desplazó al tabaco, enmarcando los años que Don Fernando Ortiz llamara de “contrapunteo entre el tabaco y el azúcar”.

Este concepto de priorizar lo útil por lo necesario, llevó al establecimiento de ingenios por toda la isla. Y donde no había condiciones para una producción competitiva y el control efectivo de las plantaciones, comenzaron a aumentar los palenques de esclavos. En la medida en que más esclavos se compraban, mayor era el por ciento que huía hacia esos reductos y se perdía de vista el número real de esta población.

Independientemente de que la sacarocracia cubana tuviera formas comerciales del capitalismo de la época, seguía produciendo con métodos esclavistas, manteniendo sus barracones repletos de esclavos, en condiciones de hacinamiento deplorables. Esta realidad incrementó las contradicciones internas de la Isla que paulatinamente fueron condicionando las bases de la emancipación.

La esclavitud era el soporte fundamental de la producción azucarera, pero también de la cafetalera y la tabacalera, por eso en buena medida la oligarquía criolla se desentendían del tema de la abolición de la esclavitud. “El negro fue la gran solución a la mano de obra azucarera (5)”, una frase que a pesar de haber sido acuñada más de un siglo después, pone al desnudo la realidad social de ese momento.

La compra de esclavos era potenciada cada día más por esta poderosa clase, que ya afincada como productora de azúcar a escala mundial, compraba en condiciones legales o ilegales los brazos esclavos. Resultaba la misma cosa si el tráfico de esclavos estaba autorizado o estaba prohibido, nunca la Isla estuvo desabastecida de esta mano de obra.

Los aires de la ocupación napoleónica de España no fueron del todo bien recibidos por los magnates del azúcar. Las ideas de igualdad, libertad y fraternidad eran solo una frase, la economía azucarera necesitaba brazos para trabajar y en busca de ellos andaba. La restauración absolutista con el regreso de Fernando VII trajo de vuelta el silencio con relación al tema la abolición de la esclavitud. Y el número de estos siguió en ascenso. A sabiendas de que el sistema de esclavitud solo se mantendría bajo la sombra de la Metrópolis española, la fidelidad a la Corona se mantuvo y un reformismo de corte económico resultaba más que suficiente para estos actores sociales.

Las primeras voces que se escucharon desde la isla, pertenecían a la corriente de pensamiento reformista. Uno de los principales impulsores de esta corriente era el hacendado habanero Francisco de Arango y Parreño, quien ajustado al pensamiento de la época, a pesar de reconocer que la trata negrera era “un miserable comercio”, consideraba que en Cuba eran muy bien tratados.

No faltaron los elogios para la política española con relación a los esclavos. Convencidos firmemente de la necesidad de la explotación de su trabajo, su voz se alzó clara en defensa de la esclavitud. No obstante, al preponderar la población negra, es precisamente Arango y Parreño quien se encarga de elaborar el “Proyecto de Colonización Blanca para la Isla de Cuba”.

¿Qué podía preocupar ahora a este hombre que con su actuar y su proyección ideológica, había contribuido como pocos, a la entrada miles y miles de negros esclavos a la isla?

Baste para ello, recordar su Discurso sobre la Agricultura de La Habana donde planteó: “La suerte de nuestros libertos y esclavos es más cómoda y feliz de lo que era la de los franceses. Su número es inferior al de los blancos y además de esto debe mantenerlos la guarnición respetable que hay siempre en la ciudad de La Habana. Mis grandes recelos son para lo sucesivo, para el tiempo en que crezca la fortuna de la isla y tenga dentro de su recinto quinientos mil o seiscientos mil africanos. Desde ahora hablo para entonces, y quiero que nuestras precauciones comiencen desde el momento” (6)

Respecto al censo de población del año 1817

En el año 1817 se lleva a cabo un Censo Poblacional, por las autoridades oficiales de la Isla. Los dos censos poblacionales que le antecedieron a este en 1804 y en 1810 no se consideraron del todo fiables. Este censo, fue considerado el más fiable hasta el momento.

Los datos censales que arroja no podrían comprenderse sin conocer la evolución histórica social de la isla. Para este estudio, son el complemento de expresado en números, de una serie de condicionantes sociales que incidieron y determinaron la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de1817 de la colonización blanca de la Isla. Los datos en cuestión arrojaron que de un total de 553033 habitantes en Cuba, 239 830 pertenecían a la raza blanca y 313 203, eran de raza negra.

De la población presente, como a partir de entonces se le llamó, resultaba una realidad la superioridad numérica de la raza negra, que no solo comprendía a esclavos, sino también a los no blancos libres (negros y mulatos). Resultaba llamativa también, la diferencia entre la cantidad de hombres y mujeres de raza negra que se constató. Esto respondía por supuesto a la rentabilidad en el trabajo productivo que aportaba el sexo masculino.

Pero ¿qué grado de certeza podían ofrecer los resultados del censo? Era sabido que muchos propietarios ocultaban el número real de esclavos. Se presume que la razón por la cual ocultaban o falseaban este dato, era por temor a un incremento en los impuestos que pudiera luego sobrevenir.

Siguiendo esa lógica de pensamiento pudiéramos concluir que la población negra de la Isla, debía ser superior a lo regido en el Censo poblacional de 1817. No obstante, en el propio año de 1817, mientras se mostraban los resultados del arduo trabajo censal, los Registros de Aduana contabilizaron la entrada a la Isla de más de 67 000 esclavos africanos que se incorporaron a la producción azucarera en su casi totalidad.

Y debemos considerar además una cantidad que, aunque mínima, quedaba fuera del censo y me refiero a los esclavos que se encontraban en los palenques. Ante estos datos, la alarma de pánico circuló entre la población blanca. El temor a la superioridad numérica de los negros, era una realidad. Al vislumbrarse un conflicto social en potencia, una nueva norma jurídica fue aprobada respondiendo a los intereses de la clase económicamente dominante.

Conclusiones

De manera general, puede considerarse que las condicionantes socio-históricas principales, que influyeron en la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817, hicieron posible a partir de su desarrollo y evolución, que la entrada de esclavos africanos a la Isla fuera más que una necesidad, una realidad. Con la Independencia de las Trece Colonias Inglesas de la América del Norte, a la Real Cédula que autoriza el libre comercio de esclavos y a la Revolución de Haití. En cuanto a la ocupación napoleónica de España, influyó como condicionante social pero de forma contraria a las anteriores, o sea frenando la entrada de blancos a la Isla, al detener la oleada migratoria a América y en este caso particular a Cuba. Esto influyó directamente en la necesidad posterior de regular la situación a través de la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de1817.

Las condicionantes sociales internas que influyeron en la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de 1817 y de manera especial dentro de ellas la toma de la Habana por los ingleses y el desarrollo y ascenso de la sacarocracia, en su carrera hacia las posibilidades de un libre comercio, un aumento de la productividad y consecuentemente un mayor poderío económico, contribuyeron y protagonizaron a la entrada de negros esclavos africanos por cientos de miles a la Isla. Como colofón de esta realidad, el Censo de Población de 1817expresóen forma de números toda la influencia de los factores anteriores en nuestra realidad social. Esto influyó directamente en la necesidad posterior de regular la situación a través de la aprobación de la Real Cédula de 21 de octubre de1817.

De los autores:
- Mabys Castillo Cruz, Licenciada en Derecho. Profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana y del Colegio Universitario de la Universidad de La Habana.
- Lic. Alejandro L. Perdomo Aguilera: Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana y Maestrante de Relaciones Internacionales del ISRI. Ha cursado varios postgrados en la maestría de Historia Contemporánea y Relaciones Internacionales de la Facultad de Filosofía e Historia. Fue Investigador del Centro de Estudios sobre América (CEA) de 2009 a 2010 y desde 2010 se desempeña como investigador del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI) adscrito al ISRI.

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• El proyecto de colonización. La Real Cédula de 1817. Disponible en: http://cienfuegoscuba.galeon.com/larealc1817.htm

Notas
1) El proyecto de colonización. La Real Cédula de 1817. Disponible en: http://cienfuegoscuba.galeon.com/larealc1817.htm
2) El proyecto de colonización. La Real Cédula de 1817. Disponible en: http://cienfuegoscuba.galeon.com/larealc1817.htm
3) Entre estos derechos y concesiones figuraban: para los no españoles, la posibilidad de transcurrido un periodo convertirse en súbditos de la Corona; para el resto: la posibilidad de portar armas, la exención temporal de impuestos sobre sus producciones, la entrega a su llegada a cada colono de 1 caballería de terreno cultivable, la entrega oficial de instrumentos de labor, de animales de trabajo y de animales de corral, igualmente podían entrar todos sus bienes y capitales exentos de impuestos de importación y al momento que decidieran podían retornar a sus lugares de orígenes sin que nada se los impidiera.
4) Este Código no se llegó a aprobar por el Rey, ante la oposición manifiesta de los esclavistas. No tenía disposiciones de carácter beneficiosas para los esclavos, más allá de garantizarles lo mínimo imprescindible para sobrevivir. Ya después, casi a la mitad del siglo XIX, el Capitán General de la Isla dictó un reglamento similar, pero aunque se aprobó, nunca se cumplió.
5) Moreno Fraginals, Manuel. “El Ingenio” Tomo I, pag.52. Poligráfico Osvaldo Sánchez. 1977.
6) Arango y Parreño, Francisco. “Discurso sobre la agricultura de la Habana y medios de fomentarla” pag.190. Biblioteca de la facultad de Derecho, Edición digital.

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El barullo

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El barullo
es lo opuesto
del murmullo
ruge y raspa
orejas suaves
serrucha
momentos tranquilos
grita en recuerdos
aplasta ideas
rompe silencios
desgarra sonrisas.

Y cuando es una bomba
anuncia
un silencio final.

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Que llevo el cuerpo puesto o el principio de la sensualidad

Marcos Winocur (Desde Puebla, México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“todas las palabras deben
desaparecer ante la sensación”

Mallarmé, poeta, su herramienta son las palabras

Introducción

Al hombre, si algún tema le ha interesado es el tema del hombre, llegando a retratarse de mil maneras: máquina hacedora de máquinas y, si fuera poco, dios capaz de dar vida, medida de todas las cosas, vanguardia de la evolución, imagen y semejanza del Creador, ángel y demonio, criminal ecológico, señor de la guerra, animal de costumbres, animal racional, junco pensante, lobo del propio hombre, lo determina el principio de placer, la lucha de clases, la libre competencia, el afán de progreso, el destino, el libre albedrío... todo eso ha dicho el hombre de sí mismo y lo ha repetido una y otra vez. Aquí, en estas páginas, se trata de lo sensual como resultado del juego de dos pares de entidades a las cuales nadie escapa y que conllevan también la descripción del hombre: placer-dolor, cultura-condición animal.

¿Qué quiero decir? Exactamente esto: el hombre necesita sentir el cuerpo puesto, recibir sus señales, ahí está, de la cabeza a los pies súbdito del “imperio de los sentidos”. La inmediatez pasa por ellos y en el acto obtiene su calificación bajo el lente de la sensualidad. Consideremos dar puntaje según una escala de satisfactores del 1 al 10 si se trata de placer y en números negativos del –1 al –10 si se trata de dolor que se acepta o incluso se busca. Por ejemplo, correr: 10 si me lo propongo para combatir el sedentarismo, 2 si lo practico, -6 si me persigue un dragón, -8 si el dragón lanza fuego por las narices y ya me está chamuscando el culo. Más ejemplos. Bailar, 8. Montañismo, 10 si se llega a la cima. Hacer el amor, 10 si se llega al orgasmo. Hablar con el perro o con la computadora, variable (del 10 al -10). Apagar la tele, 10, chatear... Claro, el lector está invitado a construir su propia escala, atribuyendo los valores según su preferencia.

Prosigamos

Y bien, a la condición animal originaria, el hombre ha ido asociando los elementos de su cultura y un desarrollo más complejo de la razón, a la caza de sensualidad. Todo comenzó hace varios millones de años en un proceso de hominización todavía no cerrado. Para mejor adaptarnos al cambiante medio, hicimos unos cuantos ajustes, como adoptar la posición erecta -nos puso sobre dos pies muy caminadores y liberó las manos-, nos apropiamos del fuego, desarrollamos el lenguaje articulado, comenzamos la fabricación de herramientas y armas, nos dimos a la dualidad mística -el hombre es el único animal que entierra a sus muertos (o los incinera dándole un destino a las cenizas)-... y sin pausa continuamos la marcha, somos producto de una cultura en interacción con la naturaleza... para desdicha de ésta. Y de una condición animal nunca del todo superada, nunca del todo reemplazada por el afán cultural.

La mente, en nombre de grandes palabras como “civilización”, desdeña al cuerpo y quisiera neantizarlo sin reparar en que de él depende como su fuente de placer-dolor, de satisfactores y de sufrimiento. Es inútil que el intelectual lo niegue creyendo que actúa en defensa propia. Cierto, la mente da órdenes al cuerpo... pero en salvaguarda y al servicio de éste. “¡Vive la sensación!”, ha proclamado al mundo el slogan publicitario de una bebida cola, en el paso de un milenio a otro. Olvidado ayer, cubierto y disimulado como si vergüenza fuera, hoy el cuerpo se cobra con intereses: ha sido admitido como parte de la cultura, reivindicado como sexo explícito, objeto de la búsqueda detectivesca como genoma, y más: convertido en uno de los fetiches de nuestras sociedades.

Al olvido por la sensación

Sentir el cuerpo puesto: tengo frío, tengo hambre, tengo sed. Me abrigo, como, bebo. He pasado de un grupo de sensaciones a otro, impelido por la necesidad. Ahora, quiero hacer el amor. Luego, siempre el cuerpo protegido por la mente alerta, un buen baño y a trabajar... para obtener la recompensa social: sobresalir, ser admirado por mis pares, soy el mejor dentro de un cierto grupo, supongamos un conjunto de empleados de cualquier empresa; en ocasiones estoy obsesionado por ganar en la competencia, soy un “workaholic”, como dicen los americanos, y exijo mi derecho, mi paga: los satisfactores emergentes. Y andar descalzo sobre el frío suelo.

Así, no se trata del cumplimiento de las metas por las metas mismas, no es el triunfo de las causas por las causas en sí, por los beneficios que darán a la humanidad. Me interesa otra cosa, mis beneficios como individuo. Le meta soy yo, la causa soy yo. Los satisfactores, vengan a mí: me relajan más que la mota, y a la vez me exaltan más que las anfetaminas, me hacen sentir muscularmente bien. Sí, soy el escritor que vendió en semanas la edición de su libro. Soy el patrón de recorrido por su fábrica, acariciándola con la mirada mientras me digo: “esto es mío, esto es mío, mío, mío...” claro, cuando los negocios marchan bien. En fin, soy el poder, sea en su expresión desnuda de la política, sea en los demás órdenes de la vida, el hogar, el trabajo, la escuela, etcétera.

Invariablemente, sobresalir para disponer de “los otros” reduciendo a cero su potestad de juzgarme y dictar sentencia. Yo me les escapo. Es más: los pongo a mi servicio. Tal es el poder, cuyo ejercicio proporciona los mayores satisfactores. El poder... Macbeth, o si quieren el padrastro de Hamlet, ambos usurpando el trono tras el crimen, o bien los hijos del rey Lear, disputándose por adelantado la herencia, en fin, una estela roja atraviesa las tragedias de Shakespeare, que sin dificultad pueden ser ambientadas a todas las épocas civilizadas, vean la película de Kurosawa donde recrea la tragedia del rey Lear.

En una palabra, hambre, sed satisfechos, sexo satisfecho, abrigo satisfecho, narciso satisfecho, ya no me pica el cuerpo, el baño me cayó de lujo, o sigue la comezón y me rasco, para el rey de Francia Luis XVI era el mayor placer posible. Tenía el poder, anhelaba rascarse. Como no soy rey de Francia, ni tampoco rey Pelé del fut, ni rey Elvis del rock, ni he llegado a sentirme “El rey” de la canción mexicana, el goce del poder me falta, quiero ser el “mandamás”, el “mero-mero”, gobernando al menos el pequeño círculo de mi familia, ejerciendo una jerarquía en mi oficina, destacándome entre los amigos por el modelo de mi carro o por mi capacidad bebedora. Así, en mi microreino me sentiré un Luis XVI aunque no me dé por rascarme.

Y esto último motiva una serie de sesudas reflexiones. ¿Por qué rascarse puede ser tan imperioso, y de ahí su insospechada importancia, tanto como hacer el amor? Tras éste, desde luego, Mamacita Naturaleza colocó el perpetuar de la especie. ¿Y tras el rascarse? No sé, pero cada vez “somos más animales”, cada vez nos reconocemos con mayor amplitud en el comportamiento de las especies que nos preceden dentro del orden evolutivo, y el espejo cotidiano son nuestros perros y gatos, y otras mascotas, con los cuales convivimos. Voy a contar una anécdota ilustrativa. Mi perra entró en celo. Su novio de la misma raza vive en otra casa, los dueños lo trajeron a mi pedido pensando en la descendencia perruna. Desde la puerta, el novio “olió la cosa” y hubo que sujetarlo para que no la derribara. Luego, a la carrera por el jardín y... ¿qué creen? A escaso medio metro de su objetivo, hizo alto en seco y procedió a rascarse con fruición durante unos veinte segundos. Cuando la novia se creía ya “abandonada y alborotada”, la mascota de mis amigos consideró la tarea del rascarse terminada y pasó con el mismo entusiasmo al punto central de la orden del día.

Ya ven, Luis XVI no está solo en su escala de prioridades.

¿La meta o el viaje?

Por otro lado, el viaje hacia la meta ha sido revalorizado frente a ésta, las grandes causas se han minimizado, y el disfrute de la vida ha reemplazado la búsqueda del sentido de la vida, cuestión castigada por carente de sentido y por volátil. Si el viaje es placentero ¿qué me importa adónde voy? Además, por mucho que torture mis neuronas, no lo sabré. ¿Qué me queda? Disfrutar de lo que tengo, y es el viaje. ¿Que el cumplimiento del deber impone llegar a la meta? ¿Dónde está escrito? Parece mentira que en el siglo XXI tengamos que discutir el tema...

Todo eso hace a lo sensual, a sentir el cuerpo puesto... mientras no seamos seres de pura energía, sin necesitar de estos hígados, riñones, páncreas, el gran laboratorio que es nuestro cuerpo donde lo que no hay se fabrica. Es parte de la animalidad, somos unos primates o gorilas o lagartos evolucionados, hemos tomado la delantera en el ámbito planetario, tal vez en el sistema solar, eso es todo, somos una especie animal, no tiene remedio y para colmo enjaulados. ¿Dónde? Pues, aquí, en el sistema solar, claro, entre rocas y nubes de gases, entre sueños de ET que vienen a visitarnos y tal vez nos dejen la llave para abrir la jaula. ¿Qué nos queda? Lo sensual que adormece y, dentro de éste, lo erótico que exalta. El olvido, en una palabra.

El hombre tiende al placer y se refugia en el dolor

Más de dos y medio milenios atrás, epicúreos y estoicos se disputaban en la antigua Grecia. Unos eran “partidarios” del goce de la vida, los otros del ascetismo e incluso del dolor. Es cierto que el placer resulta el camino más corto para arribar a la sensación e inicialmente el más socorrido. Pero llega el turno al dolor cuando el placer se agota o nos resulta dado en dosis inferior a la que creemos ser acreedores. Cuando leemos en la expresión de “los otros” el compasivo “merecía mejor suerte...”. Así, por saturación o por despecho, acudimos entonces al ascetismo e incluso al dolor. El hombre los prefiere antes que renunciar a todo tipo de sensualidad, antes que secarse a puertas cerradas, como si fuera Yerma, Bernarda Alba o doña Rosita la Soltera, los personajes del teatro lorquiano.

Es también el caso que nos presenta la biografía de Arthur Rimbaud, un adolescente entregado a la homosexualidad, a la droga, y al abandono de sí mismo. Y a la poesía. Hoy universalmente reverenciada, en su tiempo fue herida por el silencio de “los otros”, como a Vincent van Gogh le sucedió por la misma época con su pintura. El poeta Rimbaud, de la noche a la mañana, superados apenas los veinte años, quiebra su lira y nunca más escribirá. Es curiosa la coincidencia de ese cambio con otro: su renuncia a una “vida licenciosa” pasando a la mayor austeridad. Él, que había proclamado y puesto en práctica “el desarreglo sistemático de los sentidos”. Como si se castigara a sí mismo: no más poesía malquerida, no más placeres desenfrenados, no más coqueteo con la muerte. Dando esos pasos, Rimbaud recupera su infancia, marcada por la ascética conducta que gobierna su hogar paterno, y en ella se afirma contra su tormentosa adolescencia.

Del estoicismo había pasado al epicureísmo, y de éste vuelta al estoicismo. Se autocastiga, es la impresión que da, pero su mano es sacada fuera de la letra poética por “los otros” con la cerrada incomprensión hacia su obra, como la mano de van Gogh fue llevada a su pecho con el revólver que “los otros” le dieron a empuñar. Un autor de quien no puede sospecharse un afán social, Antonin Artaud, escribió un libro con este título: “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”.

En una palabra, el hombre tiende al placer y se refugia en el dolor. De preferencia, físico el primero, psíquico el segundo.

Antes que nada, sobrevivir

El hombre vive por sus sentidos, a través de ellos -y en ocasiones por oscuras vías extrasensoriales- le llega la información, así interactúa con la naturaleza y con el medio social que sucesivamente ha ido construyendo. Pero, además, los sentidos permanecen atentos al mandato de la cultura: separar los placeres de sus finalidades naturales. Comer por la satisfacción de comer, canjeando el hambre por los regalos al paladar y por la sensación de estómago lleno, la puerta hacia la gula. Sexo sin procreación, ya el Antiguo Testamento nos habla de Onán. Hoy hemos dado con métodos anticonceptivos más sutiles, la emblemática píldora y otros. Bienvenida la cultura si prolonga el placer sexual, si nos da confort, si eleva la esperanza de vida, si me lleva de viaje en brazos de la droga.

Lo demás, por encima de los satisfactores, quisiéramos fueran los grandes ideales: el progreso, la ciencia, el beneplácito de Dios, las causas de la ecología, del socialismo en democracia o de mi equipo favorito de futbol... a condición de ser recompensado con mi dosis de satisfactores. Sin ellos, nada me interesa. ¿Sexo sin placer? Hace rato que la humanidad se habría extinguido.

¿Exagero? A ver, a ver: ¿quién, libre de pecado, tira la primera piedra, quién jura: lo mío es puro altruismo?

Un caso límite

Vamos a un caso límite. El 10 de mayo de 1873 desembarcaba en la isla hawaiana de Molokai el padre Damien, quien venía a asistir a los varios miles de leprosos que deambulaban por las calles, cuyo olor a carne en descomposición fue la bienvenida. Con un crucifijo y un breviario por únicas pertenencias, Damien “dio comienzo a uno de los más desinteresados actos de devoción de que se tiene memoria.” Así certifica la revista “Selecciones” en la pluma de Louis Bruggeman (10.94). Continúo citando: “La lepra destruye los nervios, causa llagas, conduce a la pérdida de partes del cuerpo, a la ceguera y finalmente a la muerte”. Hoy es tratable con nuevos fármacos, no lo era en aquella época. El autor subraya la marginación: “Incluso en la Biblia se afirma que los leprosos son impuros y deben vivir separados del resto de la gente.” Damien acabó contagiándose, sufriendo el martirio de la enfermedad en su cuerpo. “También en su espíritu -sigue el relato- sufría mucho: se sentía abatido y empezó a angustiarse pues no se creía digno del Cielo. Había renunciado a su patria, a su familia y a una vida cómoda para dedicarse a servir a los desvalidos. Padecía aquella enfermedad por haber querido apartarlos del mal (evangelización) y, no obstante, se preguntaba: ‘¿Ha sido suficiente?’”.

Y en este punto nos detenemos. Damien se prohibía creer que había hecho en su vida lo suficiente, hubiera sido una manera de sustituir al Altísimo en el juicio final, que sólo a Él le está reservado. ¿Y qué es, cómo se cuenta “lo suficiente”? ¿No habrá pecado de vanidad, de querer demostrar al mundo, a sus semejantes, que se eleva por propios méritos por encima de todos? O bien: ¿no fue su modo lento de suicidarse? O bien ¿no sería su martirologio un disfrute, una voluptuosidad de carne y espíritu? Y en definitiva ¿no se trata de pagar el precio más alto para asegurarse la salvación? Pues a lo largo de su vida fue acumulando riquezas, cada “buena acción” un crédito abierto a su favor en el Banco del Señor. Y ahora, en vísperas del desenlace, se aprestaba a cobrarlos todos juntos. No había vendido su alma al Diablo, pero sí a Dios.

“Todo es vanidad” proclama el “Eclesiastés”. Todo...

En suma, nadie puede sentirse seguro... y está escrito: “Quien quiera salvar su alma, la perderá”. Y por más desinteresados que tratemos sean nuestros actos, estando inevitablemente de por medio la salvación, esto es, lo más importante de todo para el hombre ¿puede éste olvidar lo que está en juego y obrar virtuosamente, sin sombra de “negocio” propuesto al Señor...? El tema se las trae. Porque la palabra de Cristo, se expresa también en el “da y te será dado” y aquí aparece una reciprocidad de trueque en el mercado de la vida y de la posvida. Hace recordar al “do ut des” (“te doy para que me des”) del derecho civil y comercial romano, que sirvió de base para el burgués del código napoleónico. Y también al dicho mexicano “dando y dando”. En una palabra, el móvil de la acción consiste en su recompensa, en recibir algo a cambio, y lo aprendemos desde la infancia: “si no te acabas todo lo que tienes en el plato, no hay postre”. La acción del hombre es pues interesada, el “da y te será dado” bíblico no hace sino reconocerlo. Pero también se ha dicho, recordábamos, “quien quiera salvar su alma, la perderá”. En algún punto intermedio, balanceando ambas expresiones, siempre citadas, se sitúa el pensamiento cristiano, buscando resolver la contradicción que a la letra se revela. La duda preside y han caído en desuso las indulgencias que tradicionalmente vendía la Iglesia, un terrenito en el cielo cuyo precio a pagar se completaba con buenas acciones, también en cómodas cuotas. Damien, el hombre que da su vida por llevar cuidados y consuelo a los leprosos, a la vez que portador del mensaje de Dios, Damien, caso límite, verdadero santo -su beatificación ha sido anunciada por los obispos de su país, Bélgica-, tampoco se siente seguro y se pregunta: “¿Ha sido suficiente?”.

Y luego -agrego por mi parte- a estar del relato bíblico sobre el hijo pródigo y otros pasajes, resulta que tiene más mérito a los ojos de Dios quien peca y de corazón se arrepiente que quien nunca ha pecado...

En fin, se trate de los leprosos condenados a muerte por falta de atención médica, o los enfermos de sida, dramas localizados en el Tercer Mundo, si muero por esas causas, o de frío, de hambre, de sed, si carezco de un techo, el cubrir las necesidades básicas se antepone a toda otra consideración. ¿Qué pedían los prisioneros de los campos nazis de exterminio, qué piden los hombres y mujeres atrapados por las hambrunas en África? Lo primario de lo primario: condiciones para sobrevivir.

Freud

Altruismo y naturaleza humana son agua y aceite, se repelen mutuamente. Por lo menos, en esta hora de desarrollo de la humanidad. Y de ahí que fracasaran las iniciativas socialistas el siglo XX. La más variada gama se nos ofrece como experiencias históricas, desde el socialismo genocida de Pol Pot en Camboya o la de rostro humano de Tito en Yugoslavia. Todas fueron rechazadas por sus supuestos beneficiarios y, en su lugar, el capitalismo: el hombre se niega a cooperar, prefiere competir. Tal vez no tenga razón lógica, pero sí histórica: hoy el progreso se escribe en inglés, nos guste o no nos guste, es un hecho de presencia cada vez más fuerte desde la segunda mitad del siglo XX, trátese de investigación básica o de tecnología de punta, sea el rubro que sea, la biogenética, la informática, la cosmonáutica o los armamentos.

Aquí se impone dar la palabra al abuelo Freud. Como un cliché, se lo ha tachado de subjetivista. No es así, veamos. Al conjunto de necesidades mínimas de la especie humana, que son la condición para sobrevivir, Freud ha llamado “principio de realidad”, anteponiéndolo al “principio de placer”. El hombre tiende a éste, pero no siempre puede alcanzarlo, debe desbrozar el camino de una realidad la mayoría de las veces hostil.

Freud escribe: “Bajo el influjo de las pulsiones de autoconservación del ‘yo’, el principio de placer es relevado por el “principio de realidad”, que, sin resignar el propósito de una ganancia final de placer, exige y consigue posponer la satisfacción, renunciar a diversas posibilidades de lograrla y tolerar provisionalmente el displacer en el largo rodeo hacia la meta.”

De modo que la realidad es elevada a rango de principio. No obstante, hay en Freud, y se desprende de la cita, y del libro a que pertenece, una suerte de jerarquización entre los dos principios, la plaza se cede temporariamente a la realidad a objeto de alcanzar el placer, de donde aquélla se subordina a éste. No lo vemos así. La existencia humana impresiona más bien como un juego donde ambos principios están a la par, cada uno en su reino e interactuándose entre sí: la realidad para llegar al placer, el placer a condición de la realidad. ¿Cuál de los dos es más importante? ¡Los dos! Uno no existe sin el otro. Erich Fromm retoma esta vertiente freudiana, preocupado por tender puentes entre lo subjetivo y lo social, entre el individuo y la Historia, entre el pensamiento de un Freud maduro y un joven Marx.

En segundo lugar, la sensualidad

Pero, si se han cubierto las necesidades básicas, la problemática es otra. Las sociedades industriales y las hoy llamadas “economías emergentes” son el día y la noche. En el Tercer Mundo se muere de hambre, en el Primer Mundo se hace dieta. De uno al otro la esperanza de vida se duplica mientras los niños de la calle, Tercer Mundo metido en las ciudades del Primer Mundo, se prostituyen para comer, se drogan con cemento para cancelar la sensación de hambre. ¿Qué determina pues al ser humano? La pregunta no puede contestarse sino con el mapa bajo los ojos. El principio de la sensualidad sigue al principio de sobreviviencia (o principio de realidad, o principio de llenar las necesidades mínimas) cuando hay garantías para la vida y su desarrollo.

Además, otra situación es a considerar. Bajo el signo del hambre o de la abundancia, de la paz o de la guerra, el hombre es ángel y demonio, capaz de las mayores villanías y de los más grandes sacrificios. No sólo hace el bien o el daño a sus semejantes, sino a sí mismo. En ese sentido, el abuelo Freud, “más allá del principio del placer”, que él proclama, constata “las misteriosas tendencias masoquistas del ‘yo’.” Por ese motivo hemos preferido hablar del principio de la sensualidad que, a más del placer, se revela incluyente del dolor o, si se quiere, del displacer. Y que acepta a quien opta por caer en una actitud patológica de masoquismo antes que sufrir de carencia de sensualidad, gozando del daño autoinflingido y del dolor sobreviniente, tanto en el campo físico como en el psicológico, y sabiéndose rumbo al suicido como caso límite del masoquismo, como daño máximo que el individuo puede causarse a sí mismo.

Así, el hombre es y no es lobo del hombre porque a veces, las menos, reparte recompensas entre sus semejantes. Y luego, si ha sido favorecido, su soberbia le hace perder pie y creerse la medida de todas las cosas. Y en realidad es hijo de sus propias costumbres que lo llevan ciegamente a repetirse y repetirse para salvar la identidad -su segunda naturaleza, dijo Aristóteles-, lo aprisionan con la fuerza de su propia biología. En realidad, el hombre es programado tal y como una computadora, como ésta su aprovechamiento va decreciendo, con los años sus facultades pierden capacidad receptiva y más se apegan al pasado en el actuar y en el pensar, el hombre se hace recuerdos, es decir, aquellos firmes impulsos eléctricos de su niñez y juventud cuando fue programado, esos lo van cercando y, a medida que los años por inercia lo llevan al futuro, el hombre se va haciendo pasado, receptivo no más allá de los dieciocho años, decía con estimación severa Albert Einstein. Después de una cierta edad, no hace otra cosa que repetirse o, en el mejor de los casos, recombinar los elementos que aprendió: si la ciega certeza, si la duda destructiva, si las tablas de multiplicar, si el manejo de la calculadora.

Por otra parte, el hombre está dotado de impulsos ciegos y de lúcida racionalidad, en proporciones algo diferentes al elefante o al gusano. Llega a decidir sobre su destino individual dentro de un manojo de opciones que van cambiando según los tiempos. La demanda del individuo es siempre la misma, sobresalir a como dé lugar, en cambio, la oferta social varía, imagínense un hombre medieval que dijera “yo quiero volar”, sería tomado por loco. Hoy no tiene más que hacer la reserva de vuelo y pagar su boleto. Con esos alcances, el hombre se elige o “los otros” lo hacen por él, pero ninguno podría haber conseguido un avión medieval, la Historia a todos hace marcar el paso: en ciertos territorios europeos, antes que en el resto del mundo, se dieron las condiciones para la transición al capitalismo. Un milenio después, éste continúa siendo el fiel de la balanza, tras haber pasado la prueba del siglo XX, la competencia global contra el comunismo. Este tipo de fenómenos no dependen de la voluntad del hombre, sino más bien de las condiciones históricas que, creadas por él mismo, han escapado a sus manos y se le imponen. “Nadie sabe para quién trabaja”, nadie puede medir las consecuencias últimas de sus actos. “Sirve para fabricar coloridos fuegos artificiales”, dijeron los chinos a los primeros visitantes europeos, presentándoles la pólvora...

Conclusiones

El principio de placer es incompleto y sólo atiende a una parte del que hemos denominado principio de sensualidad, de llevar el cuerpo puesto. La lucha de clases es un ingrediente de la competencia universal, ésta se da al seno de las sociedades en diversos planos: entre los individuos y de cada uno de éstos consigo mismo, de grupo contra grupo, de clases según el lugar que ocupen en la producción social, del hombre frente a la naturaleza, de pueblos enteros que dicen “no” por oscuras razones, paralizando la experiencia socialista u obligándola a tomar otros rumbos, tal cual ocurrió en la URSS.

Hay un tiempo para sembrar y otro para cosechar, enseña la Biblia. Hay fenómenos de cambio global que tienen su época, como la libre competencia por los mercados al alba del capitalismo, hace un milenio, hay quien piensa que menos, medio milenio, de todos modos, un chorro. Pero hoy, bajo el reinado de los monopolios, proclamar la libre competencia por los mercados es tomar a la gente por tonta. ¿El afán de progreso? También, puede que existiera al alba del capitalismo. Hoy, progreso, ciencia y tecnologías son negocios, y gracias a eso avanzan. Pocas veces el hombre está en condiciones de decidir. Y en la coyuntura lo ha hecho: “no” al socialismo de filiación marxista, “sí” a la sociedad capitalista. En lugar de cooperar, competir, así será recorrido el camino que lleva al futuro, según los datos que da el presente. Y los que oculta, pues... ocultos están.

Un débil junco somos, pero un junco pensante, como lo expresara el filósofo Pascal. Un junco librado a los oleajes de la competencia, donde “los otros” me esperan a las siete de la mañana cuando saco el auto para darme el saludo más económico posible, son los vecinos. Y veinte minutos después, ellos, “los otros”, disimulan risitas a mi paso al entrar a la oficina, son los “compas”. Son el teléfono que no sonó y la carta que desespero esperando. En suma, inútil disimular, todos lo saben, soy un “looser”, un perdedor... y no puedo evitar el mantenerme pendiente de “el qué dirán”, alimentando al “superyo”, dicho sea en términos freudianos. ¿Que se aproxima bastante a una paranoia? No hay problema, es parte de la oferta que “los otros” me hacen, la paranoia y neurosis varias, más leves, me las sirven en bandeja, es parte del tributo de la época. De hecho, se reconoce la caducidad de la oposición cuerdo-loco, todos estamos dañados del cerebro y la única esperanza consiste en encontrar a “los otros” cuyas locuras sean compatibles con la nuestra, y con ellos intentar la vida de relación.

Pues, sí, “los otros” son los jueces, tienen la potestad de decidir muchas cosas de mi vida, y dar el juicio final: si paraíso o infierno, si purgatorio. No han bajado de los cielos, desde siempre estuvieron más que cerca, porque los jueces somos nosotros mismos al constituirnos en “los otros para los otros”. Sí, hace rato que se ventila el juicio final, a la manera de aquella sentencia del teatro de Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”. Pero también pueden llegar a ser el paraíso -temporario, desde luego- si los derrotamos. ¿Cómo? Arribando los primeros en la competencia.

Entonces, en lugar de condenarnos como tenían previsto, nos absolverán dejando caer sobre nosotros el anhelado escudo de la fama, que sólo “los otros” están autorizados a conceder, y para eso lo mejor es someterlos, tanto da que yo sobresalga por encima de los demás, como que éstos se hundan a un nivel más bajo que el mío. Pero... un escudo que creíamos protege, resulta que no. Pregunten a John Lennon, si no me creen. Y tampoco, la amenaza número uno está al interior de nosotros mismos, con todo y sobresalir o supersobresalir, que es la fama. Pregunten, si no me creen, a Césare Pavese, a Ernest Hemingway, a Stephan Zweig. Con la fama les llegó la voluntad de acabar por la propia mano. “Los otros”, es decir, nosotros mismos, son -somos- jueces y víctimas.

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Música: Concierto para cuatro claves y orquesta en La menor de J. S. Bach

ARGENPRESS CULTURAL

El Concierto para cuatro claves y orquesta en La menor BWV 1064 de Johannes Sebastian Bach está inspirado directamente en el Concierto en Si menor para cuatro violines y orquesta Opus 3 N° 10 de Antonio Vivaldi, contenido en la recopilación hecha por el italiano en “L'estro Armonico” (La inspiración armónica), compuesta por doce conciertos, entre los cuales el que nos ocupa se encuentra en décimo lugar (publicado en Amsterdam en 1711)

Es conocida la gran admiración que Bach profesaba por Vivaldi. Bach se inspiró en no pocas ocasiones en las obras del Prete Rosso, y no pudo evitar darle a las obras del gran maestro italiano cierto toque personal. Así, el Rey del Contrapunto supo del Concierto para cuatro violines y orquesta cuando era organista en Weimar. Pero el Concierto para cuatro claves y orquesta en La menor no es una simple transcripción de la versión violinística de Vivaldi. Tanto la armonización como los motivos rítmicos originales se enriquecen considerablemente, y el clave toma un protagonismo singular, sacándolo definitivamente de su lugar de basso continuo para transformarlo en solista con enormes posibilidades.

De hecho, si no hubiese sido por esa obra de recuperación que hizo Bach, seguramente hoy muchas de las obras de Vivaldi se habrían perdido. Entre otras, este bello concierto.

Dejamos aquí las dos versiones:

1) Concierto para cuatro claves y orquesta en La menos BWV 1064 de Johannes Sebastian Bach


2) Concierto en Si menor para cuatro violines y orquesta Opus 3 N° 10 de Antonio Vivaldi


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Sobre la muerte digna

Fermin Gongeta (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace algunos años que, en el Registro de Voluntades anticipadas del Departamento de Sanidad de Gasteiz, inscribí mi Testamento Vital. Es así como se llama al conjunto de deseos que uno pide que se cumplan cuando, sin capacidad de decidir, su vida está a punto de concluirse sin remedio posible de recuperación.

Hoy, primer día de junio, la noticia la ha puesto de relieve la Junta de Andalucía. Intentan planificar una muerte digna. La información me alegra sin duda alguna. Y no le pongo peros…

Eso no impide que tanto la reseña, como su contenido, me hayan removido las meninges.

Es un tema, el de tener una muerte digna, que me ha preocupado, incluso obsesionado, desde hace mucho tiempo. Y mi conclusión, tanto antes como ahora, es que, difícilmente se puede tener una muerte digna si la vida que uno ha llevado, que no vivido, ha sido en todo punto indigna, inhumana y deplorable. Se muere como se vive.

Nos encontramos en el siglo 21 según el cómputo católico. Al cabo de 21 siglos, los habitantes de este planeta no han conseguido implantar a nivel mundial, un nacimiento digno. Porque ¿cuántos niños mueren al nacer? ¿Cuántas madres fallecen al dar a luz?

Veintiún siglos… como mínimo, y aún la sociedad no hemos conseguido establecer un nacimiento digno a nivel planetario.

Dar a luz, parir y nacer, con dignidad, es decir en toda seguridad sanitaria y sin sufrimiento, sigue siendo en el mundo un privilegio reservado a una minoría, a menos del 20 por ciento de la población.

Nacer con dignidad. Vivir con decoro y sin angustias, para poder morir humanamente.

Porque aún no somos conscientes de que la muerte no deja de ser un momento, un instante, una ficha más del puzle de nuestra vida. Sin duda la más diminuta que no sabemos cómo ni dónde colocarla.

Nacemos involuntariamente. Y nuestra vida entera nos la han arrebatado hasta tal punto que nos hacen incapaces e impotentes. Nos destruyen implacablemente si intentamos subsistir en libertad. Nuestro destino ya no es nuestro; desde el inicio.

Por un lado porque nos lo han arrebatado. Y por otro lado, acostumbrados al servilismo político, somos incapaces de tomar decisiones determinantes y vitales, lo mismo individual que colectivamente.

¿Y la muerte?

Si nos matan los poderes públicos, lo hacen legítimamente, que para ellos equivale a hacerlo humana y moralmente.

¿Los poderes públicos? Sí. Los políticos, los banqueros, los grandes empresarios, los eclesiásticos. Ellos constituyen el núcleo de los poderes públicos, apoyados por la policía, militares y carceleros.

Y… me cuesta decirlo, pero también, reforzados por nosotros mismos, por todos nosotros, incapaces de responder a sus agravios y taques permanentes. Es nuestra pasividad la que sirve de excusa y trampolín a los poderosos para cometer todo tipo de atropellos, a los que desgraciadamente nos tienen acostumbrados.

Morir dignamente es imposible sin haber vivido con honorabilidad y decencia.

Según la Planificación de una muerte digna, aquel que se halla en peligro inminente de muerte, ha podido decidir previamente, el grado de deterioro de conciencia que está dispuesto a aceptar, así como el nivel de dolor.

Es bueno, lo confieso. Es digno y saludable. Relajante para los humanos, si es que los poderes públicos y las instituciones sanitarias lo realizan con seriedad y respeto.

Nacer, vivir y morir. Esa es nuestra trilogía.

No puedo creer que quienes imponen condiciones drásticas a mi nacimiento y a mi vida, estén dispuestos a aceptar la dignidad que yo preciso para mi muerte.

“¡Líbrame Señor, de una muerte súbita e imprevista!” Cantan aún clérigos católicos y penitentes.

Lo alarmante es que ese pensamiento ha sido aceptado y legislado por los hoy denominados gobiernos democráticos, y una gran parte de sus instituciones sanitarias.

En el fondo de la súplica religiosa, y de la concepción política, subyacen dos conceptos. El primero es que todos los humanos, salvo la jerarquía eclesiástica y los políticos, llevamos una vida pecaminosa y depravada, merecedora del fuego eterno. Por ese motivo necesitamos una muerte más lenta que nos permita el arrepentimiento y la confesión con el fin de esquivar el fuego eterno.

La segunda idea que soporta la repulsa y terror a la muerte repentina, es que la Iglesia católica y romana ha inculcado la idea de que el dolor purifica. ¡Cuánto más sufre uno en esta vida, más méritos almacena para una vida feliz y eterna, pero futura, en el cielo! Por eso los poderosos utilizan latigazos contra las clases humildes, para que luego vayamos al cielo.

Y, habiendo creído todo esto, renunciamos a una vida digna, y por consiguiente a una muerte digna, el final de la farsa de nuestra existencia.

No me vale haber firmado un papel manifestando mis deseos sobre el final de mis días.

Los papeles de la democracia de la vida, y por consiguiente de la muerte, están escritos en el frontispicio de la revolución francesa y en la declaración universal de los derechos humanos. Pero no basta con escribir.

Es preciso luchar por conseguir que nos respeten a todos, que nos permitan una vida en dignidad y justicia. La vida solo puede ser de lucha. De lo contrario se reduce a sumisión.

Nacer para mal vivir en la miseria, no es nacer humanamente.

Vivir bajo la opresión de autoritarismos indignantes no es vivir.

¿Y morir? La muerte no es sino la conclusión del nacimiento y de la vida.

Lo afirmó Nietzsche: “No hay más salvación que la muerte rápida para el que tanto sufre por sí”.

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El rey ratón

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ratón. Ladrón cobarde. Depredador de los animales y del medioambiente.

Había un rey, Enrique el Pajarero, un buen maula, taimado y bellaco, que da propina a criado ajeno, tramposo, embustero, trápala, haragán, que se regocijaba a causa de la caza. El era un dios impuesto por el fuego y por las armas, bendecido por el gurú de la tribu, matachín y jifero, el Enano del Envoltorio, quien se le encontró entre zarzales, loberas y cunetas, en Mataburros, ciudad del aguardiente, donde usan poner colgado de la ventana un manojo de ramo verde sobre la puerta, como señal de vender vino tinto, y un paño de lino doblado como señal de blanco. Esto fue como un milagro, pues cayeron ese día mucho pedrisco y grilletes, con la marca de los detalles del paredón y la cuneta, que se vio a unos ladrones sacando a deshora la ropa y el ajuar de una casa; llegando la justicia de Ronda y preguntando:

-¿Qué gente?

Respondieron:

-Se ha muerto aquí un vecino y pasamos el hato de la viuda a otra casa.

Dijo la justicia:

-Pues, ¿cómo no lloran?

A esto dijeron:

-Mañana llorarán.

Que cuentan que esto mismo dijo en Búe de la Aldehuela, un aldeorrio o lugarejo feo y miserable, el Enano del Envoltorio, quien, cuando eructaba, las rocas y las aguas se cubrían de calaveras, y que nadie escapó a su vil garrote y sus cerrojos, tan sólo los cangrejos autóctonos y dos abuelas aparecidas en la segunda noche del segundo día de la tercer tormenta, cuando se terminó el día del combate y se fueron del pueblo centenares de gentes y la tierra volvió a verse pariendo brujos y políticos con cabeza de adobe grueso.

Corría el mes de Abril, cuando se da choca o cebadura al azor dejándole pasar la noche con la perdiz que voló, y las dos abuelas, con la barriga del tamaño de la tierra, vieron al rey Ratón, matante, marchando a la caza del elefante más allá de aquellas montañas, en Matabelos, nación indígena del África Austral, perteneciente a la raza cafre, olvidada la matacán o liebre ya corrida por los perros. Se le vio con catetómetros, aparatos provistos de un anteojo y un nonio, instrumento matemático que sirve para apreciar dimensiones lineales o angulares muy pequeñas, para medir pequeñas dimensiones verticales, y con la mochila de siete nudos, más el ojeador, que ojea la caza y la acosa, guía indígena y cafre que le guiaba y que se alababa de que le había hablado el rey; y preguntado por qué le había dicho, respondió que le dijo: - “Alza la lanza, necio”, siguiendo al elefante indefenso hasta la mata. Y, pin, pan, pun, tiro en la nuca y elefante muerto.

Mientras un Burro Pandero, obispo de anillo, junto al Adda, río de la Lombardía, afluente del Póo, que pasa por el lago Como, y en sus orillas ganó en el siglo III a.c. el cónsul Flaminio una gran batalla a los Galos, pronunciaba un sermón en el que alababa la acción del monarca y avisaba con gozo que el Enano del Envoltorio regresaba de su tumba con poder sobrenatural, y sin más ni más el rey le nombraría Gurú mayor del reino.

Si algo distinguía al rey Ratón era que, por encima de dimes y diretes, él podía hacer con su cuerpo y vida lo que le viniera en gana. Siempre hizo sus necesidades cuando más deseoso estaba de ellas. Y, mientras lo hacía, cantaba hablando por boca de ganso:

“Abájanse los adarves y álzanse los muladares”.

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