viernes, 26 de julio de 2013

A una dama muy blanca, vestida de verde

Luis de Góngora y Argote
España, Siglo XVI

Cisne gentil, después que crespo el vado
dejó, y de espuma a la agua encanecida,
que al rubio sol la pluma humedecida
sacude de las juncias abrigado:

copos de blanca nieve en verde prado,
azucena entre murtas escondida,
cuajada leche en juncos exprimida,
diamante entre esmeraldas engastado,

no tienen que preciarse de blancura
después que nos mostró su airoso brío
la blanca Leda en verde vestidura.

Fue tal, que templó su aire el fuego mío,
y dio, con su vestido y su hermosura,
verdor al campo, claridad al río.

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) fue un poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro (siglo XVI), máximo exponente de la corriente literaria conocida como culteranismo o gongorismo.

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Amazonas, la balsa de piedra

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En todo el mundo se está acabando la etapa del desarrollo basado en la extracción y en el aprovechamiento inmediato de los recursos existentes y se busca un esquema de progreso sostenible. La reflexión y el debate es cada día más intenso.

En el Perú, diversas instituciones como la Delegación de la Unión Europea, el Goethe-Institut, filmotecas de las principales universidades, Alianza Francesa, Centro Cultural de España, han presentando decenas de documentales y películas de diversos países sobre el ambiente y el cambio climático en relación con la globalización: la cultura, la economía, los procesos migratorios, las guerras, la tala indiscriminada de bosques, la explotación minera, la contaminación de los océanos, las cuestiones sociales.



Destacan los trabajos del sueco Fredrik Gertten, con "Bananas!" (2009) y "Big Boys Gone Bananas!" (2011), ganadora del Premio del Público en el Festival de Cambridge y de otros premios. El primero da cuenta de los daños causados por el uso de pesticidas en las plantaciones bananeras de Nicaragua en los años setenta y ochenta del siglo pasado y el proceso judicial interpuesto por los trabajadores a la compañía bananera.

Big Boys Gone Bananas! recuerda el acoso de una multinacional contra el autor y su productora, a través de tácticas de intimidación, hasta la manipulación. Un film que reflexiona sobre la libertad de expresión, la libertad de prensa y la importancia de contar la verdad.

Más allá del fenómeno mundial, el cambio de modelo es de especial urgencia y de excepcional complejidad en los pueblos amazónicos y andinos. La ausencia de un compromiso político en el desarrollo regional ha sido en gran parte la razón del atraso histórico.

La más grande fortaleza de las comunidades de los Andes y la Amazonía son sus relaciones sociales y de identidad, alimentados por la reciprocidad y la solidaridad como principales valores. No se puede ocultar que hay un deterioro de las tradiciones en las comunidades debido a la creciente migración interna y desde otras regiones y continentes.

Pedro L. Sotolongo, presidente de la Academia de Ciencias de La Habana, advierte que la actual oleada migratoria, es una asimétrica articulación capital / trabajo, en los valores de competitividad, eficiencia y rentabilidad, todo a despecho de la depredación de la Naturaleza.

Hoy en día casi se olvida que los pequeños productores llenan los estómagos de la mayoría de pobladores urbanos. Sin las comunidades no habría suficiente alimentos en los mercados de las principales urbes de cada país latinoamericano.



La agricultura familiar, en el Perú, contribuye con 70% de la seguridad alimentaria nacional. Mientras las inversiones de grandes grupos económicos, locales y/o internacionales son para productos de exportación. Esta nueva transición económica y social, se traduce en el desplazamiento del Estado a los lugares más remotos, dinámica que resulta difícil y costosa. Las comunidades nativas se encuentran dispersas en varios departamentos y agrupadas en doces familias lingüísticas. La pluriculturalidad se hace más evidente.

La educación no ha conseguido la igualdad total que supondría la no discriminación. Simplemente, la cultura minoritaria, en cuanto identidad cultural trata de supervivir o de adaptarse con la cultura dominante. Las familias lingüísticas son 13: arahuaca, jíbaro, quechua, pano, cahuapana, tupi-guaraní, pebayagua, huitoto, huarakmbut-harakmbet, tucano, zaparo, tacana y una agrupación denominada “sin clasificación.

Algunas respuestas muy claras sobre la interculturalidad las encontramos también en la literatura. La balsa de piedra, una de las novelas más célebres del portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, y una de las más aplaudidas por su ingenio, Además objeto de una producción cinematográfica del cineasta George Sluizer, nos habla de una travesía de millones de españoles y portugueses por las aguas del centro del océano. Los personajes vivirán una aventura antes nunca vista a bordo de una barca cuyo viaje no se puede evitar. “La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar dónde nació, ni la fecha que vino al mundo. La identidad de una persona consiste simplemente en ser y el ser no puede ser negado”.

América Latina es una tierra multicultural, hervidero de danzas, músicas y rituales. Los estudios han identificado centenas de instrumentos usados y elaborados en zonas andinas, decenas de variaciones de antaras, variedades de quenas y de charangos. Pero la Amazonía no es ni tan fértil, ni tan homogénea. Las diferencias entre selva alta y baja, entre tierras ribereñas e inter fluviales y la potencialidad de uso de sus suelos así lo demuestran.

Tiempos difíciles los de hoy, el desafío de los pueblos amazónicos va más allá de la difícil geografía de la región. Es un desafío político, económico y cultural. Se suma una sociedad de gran heterogeneidad étnica, cultural y social.

La buena administración de los recursos debe convertirse en el común denominador del futuro del desarrollo andino y amazónico, abarcando tanto los recursos naturales productivos como los valores culturales, poniendo gran énfasis en algunos aspectos del medio ambiente tan ligados a la reducción de la extrema pobreza, como son la calidad del agua y de la tierra.

2014: FORO MUNDIAL DE LOS PUEBLOS INDIGENAS

El especialista en temas amazónicos Marc Dourojeanni en su reciente investigación “Loreto Sostenible al 2021”, plantea su posible futuro al 2021 bajo dos escenarios: el curso actual del desarrollo y las políticas de desarrollo sostenible. Considera que entre los conflictos más recurrentes por la explotación de hidrocarburos está la superposición de los lotes petroleros sobre las tierras de comunidades nativas tituladas, inscritas o con demandas de tierra.

CHIRAPAQ, Centro de Culturas Indígenas del Perú aprecia que en varios países de la región, los gobiernos centrales responden con importantes programas sociales en sus zonas andinas, amazónicas y que aparecen movimientos políticos directamente vinculados con las poblaciones nativas.

El pleno aprovechamiento de los recursos naturales exige un aumento de la inversión a gran escala y alta tecnología. Si estos proyectos pueden o tiene poco impacto sobre el empleo y los progresos regionales, su aporte es indispensable para la expansión de la base impositiva local para el suministro a bajo costo de bienes y servicios que demanda la economía andina y también para el desarrollo económico de cada país en su totalidad.

Se avecina la Conferencia Mundial de los Pueblos Indígenas que celebrará las Naciones Unidas en 2014. La educación será uno de los puntos más importantes de la agenda social. Investigaciones sociales indican haberse comprobado que los estudiantes de origen indígena tarden tres años o más que el promedio de los demás jóvenes para concluir una carrera universitaria. Comunicadores indígenas de diferentes países reflexionan sobre los avances y retos de los pueblos indígenas para contar con medios de comunicación propios y ejercer su derecho a la libertad de expresión para la defensa de sus pueblos y territorios.

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Catalina (la Cata)

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Imagen: “La Vieja”, gentileza de la artista visual argentina Beatriz Palmieri

Como todos los domingos y mientras daba vuelta las hojas de su vida arrimándose al capítulo final, la anciana se acomodó bajo un árbol centenario de copa frondosa que fuera custodio de las nidadas y de las travesuras infantiles. Ese que ya apuntaba sus brazos al cielo cuando los primeros pobladores sembraban las semillas que darían forma y cuerpo a las futuras generaciones.

La anciana tenía una herida abierta que no terminaba de convertirse en cicatriz. Una frase disparada años atrás quedó encallada en su corazón que los domingos parecía latir como un tambor alocado.

Amparada por la complicidad del grueso tronco, vería desde lejos a su hijo. Era el día que el hombre llevaba a misa a sus dos pequeños, dos hermosas criaturas que al llegar al mundo crecerían con el impedimento de conocer a su abuela. Era una vergüenza que los niños supieran quién había sido ella y ni el santo al que la mujer acudiera cada noche rogándole con voz partida, era capaz de darle una manito y ejecutar el milagro tan ansiado.

(A veces la irracionalidad se vuelve quiste, crece hasta convertirse en una metástasis que oxida el alma, la apelmaza, llenándola de arrugas más profundas que las que asoman por los cuerpos cuando los años vuelan por sobre el calendario donde circulan las arterias de la vida)

-Algún día tendré que atarme para no correr hacia ellos. No se cuánto tiempo podré soportar mirándolos desde lejos, pensaba, mientras pesadas lágrimas se deslizaban por el tobogán de piel morena, donde los surcos que deja el tiempo recogieran retazos deshilados de una vida repleta de injusticias.

Fue hermosa esa mujer, tanto, que en su juventud no hubo hombre que no la deseara y fue precisamente esa belleza la herramienta facilitadora de pan y educación para su hijo, cuando el padre se alejó para siempre tras un portazo llevándose consigo sueños y mañanas.

Empezó su calvario sin cruz en ese instante; continuó cuando un proxeneta descubrió sus ojos tan verdes como la esmeralda resaltando sobre su piel canela; se multiplicó cuando el hombre pensó que tenía enfrente a una factoría humana capaz de generar ganancias importantes.

El niño debía comer, crecer y hacerse hombre en un mundo hostil donde se asesinan los sueños. Donde la mujer abandonada no es sino un trapo arrojado hacia el centro de la humillación. Ella empezó a entender qué decían cuando la llamaban “La Cata”.

A destiempo debió dejar de amamantar al niño y fue allí cuando comenzaron a insertarse estigmas sobre su cuerpo y sobre el fruto que agitaba sus piernitas en una cuna improvisada de cartón y trapos.

(¡Siempre la necesidad extrematuvo la propiedad de despertar la creatividad dando coraje como para plagiar lo que hace falta y con lo que se tiene a mano!)

La Cata se convirtió en cabeza de familia mutilada con el canto enronquecido de un gallo descolorido, una madrugada sin adiós, motor de impulso hacia la degradación pero que al menos calmaría el rugido de las tripas vacías.

-Yo pienso, hija, decía su madre con congoja, cuando el niño sea grande y se enfrente a la crueldad de alguna gente del pueblo. No faltará quien le diga que su madre era…

-Comprenderá mami, sabrá que fue por él, justificaba la mujer mientras dibujaba sus labios con el rojo más brillante. El que tanto gustaba a los hombres.

Una mañana se fue su madre. Partió sin rumboconocido del que no se regresa, dejando al niño sin el ángel guardián de carne y hueso, como fuera la abuela. El otro ángel circunscripto a ámbitos intangibles sabido es que no suele pisar los terrenos pantanosos, ni visitar casas con techos de chapas oxidadas.

El pequeño, pensaba “La Cata”, debe estar preparado para la vida de la mejor manera. Cuando llegó la etapa escolar inscribió al niño en el mejor colegio privado, uno que tenía la capilla en la que daban misa los domingos. No tenía dudas respecto a que ese sería el lugar donde mejor formarían al pequeño.Allí, donde hay gente tan buena que habla de caridad, amor, perdón.

Sobre todo le enseñarían a perdonar los actos de su madrecuando supiera de las noches interminables en las que inventaba pasión fingidarevolcada entre gemidos pegajosos, enroscada en espirales de babas espesas corriendo por su cuerpo. Entre caricias no deseadas y ganas estalladas pero siempre ajenas.

“La Cata” ardía en los camastros sucios del burdel donde otras Cata padecían situaciones parecidas a las suyas, ardiendo sin fuego, simulando placer, haciendo esfuerzos por esconder el asco.

Su niño entendería, cuando fuera un hombre de bien, el esfuerzo de su madre por darle educación de la misma manera que entendería que Cristo murió por nosotros y que María Magdalena, puta también, fue resarcida.

El niño se hizo hombre pero no del todo. Ella lo supo una noche mientras se preparaba para ir a su trabajo. Fue cuando el muchacho arrojara ese dardo de palabras que impactaron en el centro de aquella alma herida desde siempre.

-¡Puta, puta, me das asco! Escupió sobre el rostro canela de su madre antes de dar un segundo portazo definitivo que le impidió ver las lágrimas que corrían, dibujando filigranas sobre esa tez donde incipientes arrugas comenzaran a marcar presencia antes de tiempo.

Años después, Catalina, “La Cata”, supo que su hijo contrajo “matrimonio legal” con la hija de quien fuera su mejor cliente, el comerciante rico del pueblo. El que dejara buenas propinas sobre la mesita, testigo de noches clandestinas, al lado del camastro.Con la muchacha tuvo a sus dos hijos hermosos a los que “la puta” tuvo acceso prohibido.

El niño se hizo hombre entre discursos culposos, vacíos de comprensión, cargado de tendencias moralistas emanadas de criterios donde la idea de un Führer quedara perpetuada “per seculaseculorum”.Creció entre los pliegues de un dios inacabado dejando atorados los mandamientos en la botamanga de un pantalón sin contenido humano.

Creció sin darse cuenta que fue devorado por una zanja de aguas envenenadas de odio. Atrapado en la telaraña de una moralina absurda capaz de destartalar lógicas racionales, fue destripando la génesis de su propia historia.

Dejando atrás el árbol añoso, María Magdalena sin aureola luego de persignarse y rezar su enésimo padre nuestro, regresaba a la casa arrastrando sus cadenas por las calles polvorientas del pueblito. “Y perdona nuestros pecados…”se alejó diciendo, aunque no la perdonaran.

A pocos metros de allí comenzaba la misa.

*Per secula seculorum: eternamente, por los siglos de los siglos

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Desde lejos

Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Imagen: Virginia de la Puente

A mis amigas

Día a día…
con pasos presurosos,
recorremos el camino
que nos trae desde lejos.

Apenas más que niñas,
cuando inquietas,
inocentes y felices,
nos ponía la vida,
a caminar juntas,
en un mundo nuevo,
de juegos y sonrisas.

Vivíamos historias y aventuras,
y enamoradas escribíamos,
cuentos, cartas y poemas,
imaginando…
ser las bellas heroínas,
de románticas novelas.

Parques, plazas y paseos,
alegres nos veían, ir y venir.
Cantábamos, reíamos,
llorábamos, bailábamos…
A ser grandes jugábamos,
mucho antes que la adultez,
nos mostrara sus sabores.

Nuestros hijos,
nuestros padres,
amores, fracasos y festejos,
una montaña enorme
de recuerdos invencibles
en nuestros corazones.

Y hoy… amigas mías,
juntas seguimos,
empujadas por el viento…
Erguidas como árboles frondosos,
de raíces fuertes y profundas,
y abrazadas, en el camino de la vida
que nos trae desde lejos.

Escribí este poema para mis amigas de toda la vida, Kitty, Estela, Graciela y Chiquita y siento que de algún modo, es la historia de todas. Por eso…
Allá lejos… todas desplegamos alas a la vida en nuestra despedida y hoy, esas mismas alas nos devuelven a este maravilloso encuentro.

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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estuve, pues, entre éstas mis seis paredes,
con mis hechos familiares y mis aparatos,
el tintero, los caleidoscópicos vidrios de colores
en el prisma que me hizo mi hermano,
los zapatos vacíos, el secante de qué,
el teléfono plástico, el caballito-escoba,
el maromero de madera que me compró mi madre,
la cámara de cine de cartón.

Atareado ahora cuando re-cién despierto
con estos viejos obstáculos.
Hasta el pedacito de paño deshilachado
que empaña mi empeño,
o quizás revivo otros tantos nuevos problemas y me siento culpable;
pero llaman a la mesa y sigo pre-ocupado.

Estás delante de mí, me aprisiono en tus miradas y en esta silla incómoda,
y saltas sobre madera hasta en la puerta de tu re-trato,
o en el tablero, sobre la caja de la que salgo somnoliento
y en este avión de mil alas con el que en mis libros me separo de tu olvido.

Pensándolo bien, estas seis paredes familiares me son tan extrañas como mí mismo.
O como tú, con todos tus semblantes y actitudes
cuando eres labios o manos apretantes,
cuando eres nariz, una mirada más por qué,
un muerto ramo de hierba resecada.

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Esta vuelta la paga él…

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-Los fines de semana parecen tener nuevos códigos-, arrancó Richard, su monólogo “batidor”.

Richard es “afecto” al JB, con mucho hielo. Parece generoso, por lo menos con Yon lo fue. A mí, en esa paqueta esquina de Almagro, me ignoró. Me salvó el vasco, con alma de cigarra.



Lo mejor estaba por venir, porque Richard es “amante” incondicional, entre otras cosas, de las empanadas de carne cortadas a cuchillo. Cada loco con su tema.

El cuchillo de monte que exhibió, parecía el que usó “Rambo” en mejores días. El mozo de librea blanca, que servía en el clásico lugar elegido, tuvo un súbito acceso parkinsoniano cuando lo vio. No creo que se haya recuperado. Pese a todo, las empanadas confirmaban que algo hice para merecer esto.

Mientras yo jugaba una carrera de cubitos en la boca ancha de la copa de cristal checo, transparente y ambarina, el aroma a malta, no me alejaba de la zona caliente del disparate.

Hay un “default” interno en la sociedad de fomento del barrio, en Villa Niza, Banfield, anticipó solemne el falso inglés, como si estuviera a punto de anunciar la hora de la invasión aliada a Irak. Sin embargo supe guardar la compostura. El vasco, en tanto, mientras tenga la copa cargada, resiste cualquier tango.

-Convengamos que no es la única, tal vez sea la única sociedad de fomento que queda en pie, vaya uno a saber-, filosofó Yon con su aire bilbaíno.

-Hay Foros en Davos, donde los poderosos del mundo deciden contarles los días a los indefensos y, en Porte Alegre, donde “los alegres” hacen marchas solidarias por Argentina, y proponen como defenderse de aquellos poderosos-, retrucó con el ejemplo, Richard, al parecer también afecto a los efectos.

“Mientas” tanto aquí y “dando muestras de coraje”, los quinieleros están “fiando” y apostando contra el riesgo país, confió por lo bajo el vasco en esas vísperas del 2002.

La boca de Richard se abrió y tardó una semana en cerrarse, sólo por llevar la contraria a los feriados cambiarios y bancarios.

-El “cartel” del escolazo organizado cubre, además, Lanús, Almirante Brown y Esteban Echeverría. Parece que en Presidente Perón, por respeto al “líder”, se mantuvieron al margen, según “buchones no autorizados -, lo remató el vasco cabeza dura.

Richard, esa noche, seguro no miró películas de ciencia ficción mientras come almendrado, para reponerse del “gaste”.

En realidad debería mirar películas de “ciencia de la comunicación”, por lo que estudia, claro. Pero los hábitos no hacen al monje. Aunque tenga costumbres espartanas, como dormir en el piso, cuando lo visita su pareja. No tiene cama de doble plaza. Es casi “un gallego”, junta dos colchones “de una”.

Lo malo de este encuentro es que él fuma como un escuerzo y nosotros no, por lo menos de día.

--

-Nuevos mercados se abren y nuevos mercados se cierran -, insistió el falso inglés. Richard estudia el idioma, para ser legítimo.

-Se abren, por ejemplo, las ferias de Solano y La Salada, que funcionan contra reloj -, empieza a enumerar.

-En la primera podés comprar todo, menos el auto robado. En la segunda, Notbook, celulares, lo necesario para que tengas una nueva computadora, menos la computadora, por supuesto -.

- Contra reloj, porque los arreglos “coyunturales” pueden “descoyuntar” a más de un “arreglador” si no cumple -.

- La primera “levanta campamento” antes de las once, si queda algo luego de la incierta “ronda de apertura”, que suele ocurrir bien temprano, siempre en fines de semana. No pidan más datos, ¡por favor!-.

-La segunda “arranca” a las siete y puede llegar con suerte a “tener algo” hasta la diez -, Richard no pudo con nuestra impasibilidad.

No entienden que las patrullas también se “deben” a sus obligaciones?-, ¡Caramba!, a alguna hora deben pasar, para eso están los horarios “de protección al ladrón”, que deben cumplirse, ¿ porque cuesta tanto comprenderlo?-, completó antes de suicidarse en el silencio.

--

Siempre hay un viento de cambio.
Siempre habrá alguien soplando en el viento.
Siempre llegará alguien para tenderse como un suspiro de Dios.
Siempre llegará alguien para tenderse como un puente sobre aguas turbulentas, para que otro pase.
Siempre la historia podrá escribirse de nuevo, hasta con los mismos errores.
Siempre llegará una pareja a la playa para escribir su carta de amor en la arena.
Siempre se renovarán las filas de los músicos, locos y poetas.
Siempre alguien saltará el muro de la cordura.
Siempre habrá nacidos para ser salvajes.
Siempre amanecerá, hasta el fin de los días.
Siempre las estrellas guiarán el camino, aunque no hagamos caso.
Siempre volveremos a empezar.
Siempre navegaré la pregunta multiforme… ¿Por qué?

En eso estaba cuando la frenada del Alfa, me devolvió al parabrisas empañado, no sólo por la realidad y a la ventanilla conectada con el aire acondicionado.

El lugar, al frente, tenuemente iluminado, parecía reminiscente. Estábamos en la imprecisa zona muerta que articula tres pueblos, Lanús, Banfield y Lomas de Zamora.

Cuando volví la cabeza, Yon guardaba el celular que había escuchado atentamente. Parpadeó antes de invitar y sonreír a la figura que, en la ventana, otorgaba propiedad a la mesa señalada, en la hora señalada, en el lugar señalado.

- ¿Cómo andás para unos tomates potage´s?, descerrajó para activar otro espasmo de perplejidad.

-¡Nunca un simple “bifecito” de chorizo! , rezongué.

- Y seguro que es, otra vez, sólo tomates -, agregué.

-Estas en lo cierto-, fue su “crudo” laconismo, pero sin grasa. La azafata me volvió a convencer que la deuda externa se puede pagar exportando mujeres. Cada año la cosecha se supera, nadie sabe porqué, pero es una verdad revelada. Portaba un pequeño florero con pimpollo de rosa blanca, para quebrar el rojo del mantel sedoso.

Los tomates, con pasta de atún y cebolla de verdeo molida, regados con aceite de oliva y pimienta blanca, sembrada de orégano, estaban buenos. No me puedo quejar, pensé, mientras un vino chileno rosado, único rosado que bebe Yon, deslizaba terciopelos en el alma.

-Hablando de ladrones, se ha formado en la calle Hornos, lindera al cementerio lomense, un nuevo equipo, capaz de competir con Ferrari, Mac Laren o Williams, sin exagerar -, explicó el vasco, amante de los fierros de elite y al final de la comilona.

- Recién me llamó “el Villa” legítimo, para confirmarlo y ya sabés que ese es un “olimareño” de casta -, señaló el vasco.

- Si un cambio de neumáticos en Monza, dura ocho segundos (de ese tiempo), para los “pibes” de Hornos, eso es una pavada-, me lo quedé mirando. Richard hizo ojitos.

- Si no me lo creen, puedo contarles que en cinco minutos y “a mano limpia”, hace dos viernes, desmantelaron un Renault Megane que otros tantos “limpiaron” en Belgrano, con la precisión quirúrgica del equipo de Favaloro y la ventaja de no necesitar quirófano -, admiró Yon.

La calle Hornos, pensé, tiene un raro privilegio. La pared del cementerio se queda para que sigan las casitas donde la gente le hace “caños” a la muerte.

Es como si los muertos vivos, esculpieran “morisquetas”. Hay callejones. Pasajes. Pasadizos y puertas. Todas abren a la nada. Ellos van y vienen. Son los habitantes del tiempo perdido. Duran poco. Sus historias sobreviven en las paredes de la calle Hornos. Curiosamente, el holocausto es el mismo, nada más que dura menos tiempo.

- Ah… - agregó Yon, - después que los “pibes” terminaron, pasó la lancha, no sea cosa que se equivocaran -, apuntó sarcástico. Nos miró y, guiñando leve hizo el anuncio.

- Vamos a llevar a este -, con un dejo distante priorizó el vasco. Nos fuimos al centro

En Plaza Lavalle, cuando pasamos, la venda de la imagen de la Justicia había caído definitivamente.
Era hora de que se hiciera cargo.

Era hora de que echara una mirada sobre donde se encontraba.

“La Corte Suprema de Injusticias” se frotaba las manos. Esto fue un viernes negro, podría ser meramente oscuro, si las cosas empeoran.

“Los nueve del patíbulo”, se ganaron el cacerolazo sostenido, como un “scherzo”

- Los acorralados del “corralito” y los repiques de los piqueteros se juntan, para fundar otra multinacional: la del hambre, usurpados y violados. Decidieron, en primera instancia, con perdón de la palabra, llamarse F.O.R.R.O. S., Foro Organizador Resistentes Rebeldes Obcecados por sobrevivir. Las pretensiones se mantienen, las esperanzas no sé, masculló el vasco.

--

Llegamos. Dejamos a Richard para que siga durmiendo, aún en verano, con los pies tapados por una frazada pesada. No ganó para sustos. Teme a los murciélagos que rondan su departamento.

Richard sufre el trauma de “la página en blanco”, cuando pretende escribir. Sueña con morir al sol, en otoño y a mediodía, sentado en una mecedora y con “algo” escrito. Ahora tiene otro ladrillo en la pared.
PD – Para los sobrevivientes del 2002 -

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Plástica: Pintura contemporánea africana



Bella muestra de la pintura contemporánea del África

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El pajillero barbudo

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Pintan este cuento:

Que un señor barbado, cabrón, con más barbas que san Antón o que un zamarro, barbinérveo, que tiene nervios en los pelos de la barba, que hace “El Barba” en la comedia de la Crisis, papel de viejo, en su nariz moquillo, en su bajo vientre lanza y albarda, que se servía de lo ajeno y hacía fieros en recortes en las barbas de uno, hacía risas de las manifestaciones de indignados y de procesiones beatas, diciendo: “barba pone mesa que no pierna tiesa”; y “ hazme la barba, hacerte he el copete”.



Mientras los penitentes de ambos bandos se disfrutaban, él, barbeando, llegando con la barbárica barba cabruna a alguna parte, salía al balcón de su casa a lancear en burla su verga por la cresta del balcón, que asomaba. La gente, que pasaba por debajo, huía con prisa y asco, cuando pedazos como de leche de almendra caían, y él exclamaba a humo de pajas, haciendo pajaril, amarrando con el puño el cabo de la vela, cargándola hacia abajo, cargándola hacia arriba, para que esté tiesa y fija cuando la excitación es larga y se abrasan las pajarillas, Cual pajón, caña de rastrojo alta y gruesa:

-Callen barbas y hablen cartas; cuales barbas, tales tobajas. Yo soy baldón de flojas y garañones. Y reía a carcajadas.

Cuentan, entre infundios, mentiras, noticiones falsos, que él era un pájaro de cuenta, barbón, persona seria y austera como el lego entre los cartujos, que se crió de paje oliendo a acemilero, uno de los pocos elegidos que se metía su propia picha en el ojo del culo, exclamando;

-Cada cual tiene su modo de pajear.

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¿Olvidar?

Beatriz Andino (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Olvidar?
¡Jamás!
Ella murió por eso.
Ellos la mataron por eso.
Rafael murió en la cárcel y jamás se arrepintió y al final traicionó a sus compinches.
Ella murió en la cárcel y jamás se arrepintió ni traicionó.
Rafael abandonó a su hijo en el hospital de insanos.
Ella, antes que le quitaran a su hijo, lo besaba, abrazaba y apretaba contra sus senos cantándole la nana de un mundo mejor.
Otras veces le hablaba y le decía:
No te olvidés de mi, fui tu mamá pero no me dejarán vivir porque un brujo malo, cruel, traicionero, compró por treinta dineros el suelo argentino que es nuestro y no se vende a pesar de los bastardos disfrazados con uniformes de la patria que no merecen. ¡Travieso mío! ¡Te has dormido otra vez! Pero yo sé que me escuchás…… Acordate de un nombre: ESTELA…., ella te buscará, te encontrará……



La tarde que sintió el paso firme de las botas, lo abrazó con el convencimiento del que sería el último entre ella y su hijo…….
El fuerte portazo hizo crujir los goznes herrumbrados por la desidia…….
Ella temblando lo apretó aún más, él se despertó y confiado buscó su pecho generoso como lo hacía a la madrugada…
Pero esta vez algo distinto pasó…….
Se sintió arrancado bruscamente con una furia contrastante a la única felicidad que había conocido, hasta ése momento, en su corta vida.
¡Por favor! ¡Déjenmelo un día más!
No LAURA, esta vez no puedo. Vos ya lo sabías…yo te avisé que no te hicieras ilusiones y no me comprometás porque, el que te dije, está parado en la puerta controlando para que la orden se cumpla.
La que habló, era la celadora que la asistía desde el día que nació el bebé.
Pero esa mañana eran tres las que estaban frente a ella.
Lo envolvieron con una sábana blanca, limpia y perfumada que contrastaba con la suciedad del lóbrego ambiente.
Ella alcanzó a acariciarle la cabecita.
Y, le dijo llorando:
Tu abuela te va a buscar, acordate de su nombre….ESTELA.

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Emborracharse

Gustavo E. Etkin (Desde San Salvador de Bahía, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sin darse cuenta, poco a poco, Dalmiro empezó a emborracharse.

Al principio bebía una copita pequeña de caña. Era solo para sentir su gusto en la boca. Después, un poquito más. Después dos. De querer sentir su sabor fue pasando a procurar su efecto: marearse. Hasta que una vez tambaleó. Y otra vez tropezó con una silla. Ahí se dio cuenta que no podía pasar un día sin tomar. Que estaba empezando a quedar dependiente. Y borracho. Curda. Todos los días.



Él, que siempre despreció a los borrachos. Que bebían porque no tenían otra cosa que hacer. En que pasar el tiempo haciendo algo que les guste. Lo único que les gustaba, su máximo placer, más que coger y comer, era beber. Chupar.

Además, el alcohol es una droga lícita. Aunque nunca tuvo claro cuál es la diferencia, el criterio que diferencie una droga lícita de una ilícita. Porque si se trata de la dependencia, de no poder pasar ni un día sin ella, eso es lo que le estaba pasando con el alcohol

Hasta que se dio cuenta de una cosa. Como dice el tango Nostalgia: “quiero emborrachar mi corazón para olvidar un loco amor, que más que amor es un sufrir”. O sea emborracharse para olvidar cosas. El pasado. Y tampoco pensar en el futuro que, como para todos, es la muerte. Solo acentuar el presente. Lo que se ve y lo que se escucha ahora.

Con el tiempo se fue dando cuenta de una diferencia. Una cosa era el efecto de la bebida, quedar curda, y otra el placentero momento de tomarla. Sentirla en la boca.

Y ahí se preguntó que le gustaba más. Que es lo que buscaba al beber. Si el momento de sentir la bebida en la boca, tal vez parecido a lo que sentía cuando chupaba la teta de su mamá, o su posterior efecto encurdelante.

Se dio cuenta que las dos cosas. Pero sobre todo poder olvidar el pasado.

Y no pensar en el futuro.

Solo el aquí y ahora.

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Crítica literaria: “París era una fiesta”, de Ernest Hemingway

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ernest Hemingway
París era una fiesta
Traducción de Gabriel Ferrater
Lumen

Sobre los tejados de Paris se cierne la esbelta y alargada sombra de la torre Eiffel. Y en la extendida y nostálgica crepúsculo un maduro y no menos nostálgico Hemingway con su más clara prosa literaria va narrando recuerdos, impregnados de vivencias transcurridas en aquel Paris de juventud que tanto supuso para su inmensa obra literaria. Escritura de recuerdos existencia agitada y creadora, que suspendida y envuelta por la memoria tituló Paris era una fiesta. Una fiesta que para él significó la fuente de la que alimentó su sed de conocimiento para lograr visión creativa y crítica consigo mismo, que, aunque ya portaba en su interior, necesitada el acto de una alternativa. “Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba un buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle.

La otra cara y parte de su fiesta sobre la que se extiende esta narración que escribe al final de su vida que sería publicación póstuma. No podría faltar un recuento de contacto y tertulias, sin olvidar las grandes borracheras, con otros artistas. Personajes de la denominada “generación perdida” muchos de ellos permanecen ya a la historia de la literatura con mayúscula, como pueden ser Scott Fitzgerald que llegó a ser uno de sus íntimos amigos a quien insistentemente aconsejaba no olvidar la forma y el estilo, nada de caer la en trampa de las editoriales cuyo objetivo solo es vender. Emocional la carta de éste a Hemingway tras la lectura de su novela Por quién doblan las campanas, era bondad y pasión. De Ezra Pound recuerda que “se portó siempre como buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo... “Era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus falsas teorías y era tan cariñoso con la gente, que yo lo consideré como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero lo mismo le pasó a los santos”

Y en ese mundo entre mágico y realista se puede considerar que el más significativo personaje desde su llegada a Paris fue para Hemingway Gertrude Stein a la que habitualmente visitaba junto con su mujer. Persona muy especial de fuerte carácter, jugó un importante papel con sus imperiosos criterios, pero acertados en la mayoría sobre el arte y los artistas. Mostraba hacia Hemingway un gesto maternal y cariñoso, sabia de sus necesidades y pobreza. Aquella “Misss Stein era voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía alemana” él vivía la impresión de ver “a una campesina del norte de Italia cuando le miraba con sus ropas y su cara expresiva y su fascinador, copioso y vivido cabello de inmigrante” Pilar para su creación literaria, pese a las disparidades de criterios, una gran orientadora. Él, con el paso del tiempo, nunca dejaría de reconocerlo, tampoco olvidar cuanto le ayudó a conocer el París de los artistas, a definírselos y comerlo de advertencias.

Mostró siempre una sincera y fervorosa devoción por Antón Chéjov a quien consideraba su verdadero maestro; el mejor narrador de cuentos. Uno puede manifestar que la historia de la literatura está representada por grandes cuentistas, entre ellos su compatriota Edgar A. Poe. Con Paris era una fiesta el lector se sentirá traslado a ese París de los años veinte que se definió como “generación perdida” a la que se sumaría otra venidera compuesta por escritores de la otra América: Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, con el espacio intermedio de un mundo entro dos mundos, el de César Vallejos de Poemas humanos y España aparta de mi ese cáliz. Historia real y mágica al mismo tiempo, donde el exigente autor consigo mismo nos muestra de nuevo su pulso constante, insistencia, por el logro de la sencillez de su escritura.

Como escribe Larry W. Phillips: “Pocos escritores más implacables para aconsejar a quien busca dedicarse a las letras como quien busca simplemente escribir un texto, escribía como a quien busca simplemente escribir un buen texto, que Hemingway. Además de preciso, y de lacónico, escribía con una profunda sensualidad, sin desperdicio” París era una fiesta es un retrato de la formación de un joven escritor dentro de una ciudad no solo del mundo de la creatividad, Hemingway vivió igualmente: “Desde el apartamento solo podía ver la tienda del carbonero. También vendía leña y vino, vino malo. La cabeza dorada del caballo que presidía la fachada de la Boucherie Chavaline, donde colgaban las carcasas de un dorado amarillo rojo en un escaparate que daba a la calle, y la cooperativa pintada de verde donde compraba el vino, vino bueno y barato” Narración envolvente y testamento literario. Uno de sus grandes libros.

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Los fiordos de Noruega

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Crítica literaria: “Relámpagos”, de Carmen Moreno

Pedro Luis Ibáñez Lérida (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

LVR Ediciones.
Colección Disnomia. Volumen 1

Recientemente ha visto la luz en edición facsímil, fragmentos de los diarios de Alejandra Pizarnik. "Esta voz aferrada a consonantes. Este cuidar de que ninguna letra quede sin enunciarse". Son impresiones apuntadas que, posteriormente, reescribe, reelabora para dotarla-a la palabra- de ese cuerpo intemporal que posee la escritura de la poetisa argentina. Era hija de padres inmigrantes judíos de nacionalidad rusa. De ahí la permanente confrontación con la lengua. Pugna que le dota de esa inescrutable visión que expresa en sus poemas. "Me había prometido el exacto significado de mis decisiones. Me había prometido no perseguir frases espectrales en el silencio insomne". Pensamiento y palabra vinculados en la intimidad de las reflexiones y la capacidad analítica para condensar fragilidad y pureza. Aquélla, expresión de ese hilo y halo que trasciende como la noche: belleza oscura. Ésta, destino vibrante de su fatalidad, estrella muerta en el cielo: fulgor frío y cintilante.

Entreabro Relámpagos. La página izquierda habla: "Llueve, sí pero nunca es tiempo". El azar ha obrado en el sentido de considerar la oportunidad que le brindo, y así abundar en esta obra, sin un sentido definido. Antes la lectura anduvo por los cauces habituales. Pero he querido en esta relectura, atemperar la sensación de autenticidad que nos señala con el dedo, desde el primer balbuceo del texto. La abstracción de Pizarnik se abre en canal en la poesía de Carmen Moreno, en la misma raíz de oscura belleza. Existen obras que interpelan al lector sin contemplaciones. Ésta es una de ellas. No podemos dejar de asentir a este acopio de soledad que nos empuja a mirarnos hacia dentro. De ese proceso introspectivo tampoco podemos obviar ni ocultar la desazón que nos incomoda. No por desagrado. Más bien por la conciencia de ser y estar que sitúa sin prejuicios. Y entre ambas, la emoción tendida al vacío sobre la que la autora obra como funambulista. En permanente desequilibrio. Pero en corajuda actitud de no cejar, de no desmerecer, "Antes que mi sombra / se una con tu sombra / deja que mi cuerpo / nazca del derrumbe de los cuerpos". La fuga no es cobardía. Incide en la convicción que toda huida es una apuesta de futuro, "Descubierta la amarga sangre / huyo del latido / del cadáver vivo que es el hombre". De ahí que no renuncie a cuanto su entorno familiar y vínculo materno ha construido de sí, "Hay una mujer pequeña junto al mar / Una mujer morena que decuenta años / para no ser un adulto que miente / Ella es la que moja mis latidos / cuando su risa incendia su lámpara azul / y me reserva viva en el hueco de su corazón" "(...) y se graba la voz de la madre en la piel pequeña" La obra toma la envergadura. Es un acto de liquidación de existencias del que se desprende el lastre emocional para concedernos la frágil y, a la vez paradojica, poderosa dicha vital. Como muro infranqueable alienta la mirada del otro, "Tengo un pulmón que destila esta sangre / un corazón que bebe por ti / Tengo para tu voz tan sólo este nombre, / tengo un pronombre para resistir". Entonces, la resiliencia es la verdadera poesía.

El amor es pieza quebradiza y angular de esta obra que partiendo del vigoroso corazón de la autora, reverbera en los latidos de Marina Tsvietáieva y Norman Jeane. Ambas mujeres comparten en Rusía en un destello y Relámpagos Monroe, dos de las cuatro partes en las que se estructura el poemario. La primera, Paris, resuelta en el primer y último ahogo de la transparencia "Fuera del mundo los días / en los que no me recordáis / y soy materia inerte". En la tercera, Pasillos, los poemas se enumeran como habitaciones de hotel. En la estancia abreviada y de paso hay una vigilia, la espera, hacia la que dejamos arrastrar nuestros cuerpos vencidos, "No hay que dejarse morir / tan sólo hay que dejar de esperar". El tacto de lo ajeno esta ahí, impertérrito, y agarrota la prosperidad del alma, "El violín herido de muerte sobre las sábanas / precarias; el tiempo del temblor / la necesidad de ser otro" Tras cerrar la puerta y adentrarse en la habitación, la sensación de ingratitud se acrecenta. Aunque también la del zarpazo de ternura que hiere los labios, "Hay tiempo para rezarnos / y reventar los besos / y morder la piel que nos envuelve". La penumbra de un pasillo de hotel nos invita a sustanciar nuestra sombra. En ese cauce el destino no es otro que la sensación del desencuentro.

Carmen Moreno a través de una miscelánea ilustrativa de la vida de ambas mujeres, Marina Tsvietáieva y Norman Jeane, recompone en el primer caso el verso inacabado de quien llevo una vida tan audaz como sufrida y penosa hasta su destierro a Elábuga. "Tsvietáieva... el dolor desde la soga que se balancea en su sombra". Superponiéndose a cada poema, la grafía cirílica parece querer reflejar la incertidumbre ante el lector enigmático las observa. Ese guiño cómplice a la poetisa moscovita, deviene en la idea que describiera Jorge Luis Borges: "Los actos son nuestros símbolos". La autora gaditana se deshace en un acto de amor, de resistencia, de fiel soledad ante el espejo del tiempo y la historia, "Tsvietáieva teje el hilo de Ariadna /cuando una lumbre de sangre / le sacude el ánimo roto: / no hay mitos para quien muere de historia". En el caso de Norman Jeane, las reflexiones de la propia actriz norteamericana y del director Billy Wilder que encabezan los poemas de esta parte, sugieren la respuesta complementaria que demuda en silencio, "Borrar mi nombre tras el cristal / tras el grito que me estremece". En esa necesidad de reencontrarse e identificarse como mujer, simple y llanamente, "Subirme la falda y tener tu sexo, / abrir los ojos y verme entera / ser mujer y estar en paz". El hambre de ternura, en feroz empeño de subsistencia espiritual, "Me he comido la carne, / roto el músculo, entre los dientes pedazos de mí. / Me he comido mi propia carne". La fatalidad del suicidio las convirtió en "la desesperación del silencio" Señalaba el poeta ruso Boris Pasternak: "un libro es un fragmento cubico de la conciencia abrasadora, humeante, nada más". En Relámpagos, la conciencia de la autora abre el cielo poético en dos mitades que constituyen el ámbito lírico sobre el que incide: amor y soledad. Entonces, la evocación del personaje de Lara en la novela Doctor Zhivago, de Pasternak, y el de Roslyn en la película dirigida por Jhon Huston, Vidas rebeldes, nos empuja irremisiblemente a Marina Tsvietátieva y Norman Jeane. Mujeres que como Carmen Moreno, no dudan en asentir sin condiciones -en este caso desde la bellísima plasticidad de su palabra poética- plenamente al amor, para respirarlo y vivirlo sin tapujos, a pleno pulmón y corazón, "Ahora que me duele el eje que me atraviesa / aprendo que mis piernas esperan el reposo de tu cuerpo".

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Música: El banjo

El banjo es un instrumento musical de 4, 5, 6 (banjo guitarra) o 10 cuerdas, constituido por un aro o anillo de madera circular de unos 35 cm de diámetro cubierto por un "parche" de plástico o piel a modo de tapa de guitarra. El parche y el anillo de madera se ensamblan con tornillos metálicos (y el resonador de madera que se añade posteriormente, también). La mezcla de materiales que conforman el banjo consigue uno de los instrumentos musicales con un sonido más característico e inconfundible que existen.

Este instrumento fue desarrollado en el siglo XIX en Estados Unidos, donde los músicos negros explotaron sobre todo sus posibilidades rítmicas. Hacia 1890 entra a formar parte de la música dixieland, y pronto se convierte en el instrumento musical por excelencia de la música tradicional estadounidense.



En sus orígenes, es abierto por la parte trasera (banjo openback), añadiéndose en el siglo XX un resonador de madera a modo de cierre. Se conforma así el banjo de bluegrass, con mayor resonancia y volumen que su hermano mayor. Hasta el día de hoy, ambos tipos de banjo siguen conviviendo y son empleados dependiendo del estilo musical.

Los banjos (openback y bluegrass) se desarrollan asimismo durante el siglo XX en infinidad de instrumentos, variando la longitud del mástil y el número de cuerdas, y combinándose con otros instrumentos tradicionales. Surgen así los banjos plectrum (de 4 cuerdas), los tenores y tenores irlandeses (con mástil corto y 4 cuerdas), los banjoleles (banjo-ukeleles), las guitarras-banjos (banjo con mástil de guitarra), los mando-banjos (fusión de banjo con la mandolina) y otros. La familia del banjo es por tanto, muy numerosa.

Este instrumento da un sonido muy característico a las bandas de country y jazz en sus distintas modalidades, y la velocidad de pulsación de sus cuerdas varía de unos estilos a otros, por ejemplo, en el bluegrass el ritmo es tan rápido que causa admiración.

Inclusive el charlestón y el foxtrot usan este instrumento en algunas variantes especiales.

Banjo moderno

El banjo de hoy en día viene en una variedad de formas, con versiones de cuatro y cinco cuerdas, e incluso una versión de seis, afinada y tocada igual que una guitarra que está ganando popularidad. En casi todas las formas, tocar el banjo significa un punteo rápido de las cuerdas, aunque existen muy diferentes estilos.

El banjo se afina muchas veces mediante clavijas de fricción o engranajes, más que con tornillos sin fin como en las guitarras. Los acordes son estándar desde finales del siglo XIX, aunque existen banjos sin trastes para quienes desean ejecutar glissandos o conseguir sonidos y tactos antiguos.

Los banjos actuales tienen generalmente cuerdas metálicas. Normalmente la cuarta cuerda era de acero o aleación de bronce-fósforo. Algunos ejecutantes prefieren nylon o cuerdas de cuero para conseguir un sonido más old-time y melodioso.

Presentamos dos ejemplos de música country (1 y 2), y dos ejemplos de bandas de jazz (3 y 4), con el banjo como solista.









Fuente: wikipedia

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Historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones

De “Las Mil y Una Noches”, anónimo árabe.
"Recuerdo, ¡oh rey afortunado!, que en tiempos muy lejanos, en los días del pasado, ya ido, y en una ciudad entre las ciudades de Persia, vivían dos hermanos; uno se llamaba Kasín y el otro Alí Babá. ¡Exaltado sea aquel ante quien se borran todos los nombres, sobrenombres y renombres; el que ve las almas al desnudo y las conciencias en toda su profundidad, el Altísimo, el dueño de todos los destinos! Cuando el padre de Kasín y de Alí Babá, que era un hombre del común, murió en la misericordia de su señor, los dos hermanos se repartieron equitativamente lo poco que les dejo en herencia, tardando poco en consumir tan mezquino caudal y encontrándose, de la noche a la mañana, con las caras largas y sin pan ni queso. He aquí lo que suele ocurrirles a los que viven descuidados en la edad temprana, olvidando los consejos de los sabios. El mayor, que era Kasín, viéndose en trance de secarse dentro de su pellejo y morir de inanición, se puso a la búsqueda de una situación lucrativa, y como era avisado y astuto, no tardó en dar con una casamentera o entremetida, ¡alejado sea el maligna! quien, le casó con una adolescente que tenía buena mesa y muy buena plata; en todo y por todo, un excelente partido. ¡Alabado sea el Retribuidor! De esta manera, además de una apetecible esposa, el joven tuvo una tienda bien abastecida en el centro del mercado. Tal era su destino, marcado en su frente desde su nacimiento, y así se cumplió.
En cuanto al segundo, que era Alí Babá, cómo no era ambicioso, sino más bien modesto, capaz de contentarse con muy poco, se hizo leñador y llevó una vida de laboriosidad y pobreza, pero, a pesar de todo, supo vivir con tanta economía, gracias a las lecciones de la dura experiencia, que ahorró algún dinero, y lo empleó en comprar un asno, después otro y más tarde un tercero. Todos los días los llevaba al bosque y los cargaba con los troncos y la leña qué antes traía él sobre, sus espaldas. Habiendo llegado a ser propietario de tres asnos, Alí Babá inspiraba tal confianza a las gentes de su oficio, todos pobres leñadores, que uno de ellos se consideró honrado ofreciéndole su hija en matrimonio. Los asnos de Alí Babá fueros inscritos en el contrato, ante el kadí y los testigos, como dote y ajuar de la joven, que, por otra parte, no aportaba a la casa de su esposo absolutamente nada, puesto que era muy pobre. Mas la pobreza y la riqueza no son eternas; pues sólo Alah es, el eterno viviente. Alí Babá tuvo de su esposa dos hijos; bellas como lunas, que glorificaban a su Creador. Él vivía modesta y honestamente, junto con toda su familia, del producto de la venta de la leña, y no pedía a su creador más que aquella sencilla y feliz tranquilidad.
Un día en que Alí Babá estaba en el bosque ocupado en abatir a hachazos un árbol, el destino decidió modificar el sino del leñador. Primero se oyó un ruido sordo que, aunque lejano, se aproximaba rápidamente como un galope acelerado y estruendoso. Alí Babá, hombre pacífico y que detestaba las aventuras y complicaciones, se asustó al encontrarse solo con sus tres asnos en medio de aquella soledad. Su prudencia le aconsejó trepar sin tardanza a la copa de un grueso árbol que se elevaba en la cima de un pequeño montículo que dominaba todo el bosque, y así, oculto entre sus ramas, pudo observar qué era lo que producía aquel estruendo. ¡Y bien que lo hizo! Pues divisó una tropa de caballeros, armados hasta los dientes y que, al galope, avanzaba hacia donde él se encontraba. Al ver sus semblantes sombríos y sus barbas negras, que los hacían semejantes a cuervos de presa, no dudó que eran bandoleros, salteadores de caminos de la peor especie. Girando estuvieron al pie del montículo rocoso donde Alí Babá estaba escondido, a una señal de su gigantesco jefe echaron pie a tierra, desembridaron sus caballos y, colgando del cuello de cada uno de los animales un saco de forraje que llevaban sobre la grupa, los ataron a los árboles. Después cogieron las alforjas y las cargaron sobre sus propias espaldas, y tan pesadas eran aquéllas, que los bandidos caminaban encorvados bajo su peso. En buen orden pasaron bajo Alí Babá, que así pudo fácilmente contarlos y ver que eran cuarenta, ni uno más ni uno menos.
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 852 NOCHE
Ella dijo:
Cargados de esta manera llegaron, ante una gran roca que había al pie del montículo, y se pararon. El jefe, que era el que iba a la cabeza, dejando un instante en el suelo su pesada alforja, se encaró con la roca, y con voz retumbante, dirigiéndose a alguien o algo que permanecía invisible a todas las miradas, exclamo: "¡Sésamo, ábrete! Al momento la roca se entreabrió, y entonces el jefe se apartó un poco para dejar pasar a sus hombres, y cuando hubieron entrado todos, volvió a cargar su alforja sobre sus espaldas, entrando el último, y exclamando con voz autoritaria que no admitía réplica: "¡Sésamo, ciérrate!" La roca se empotró en su sitio tamo si el sortilegio del bandido nunca la hubiese movido por medio de la fórmula mágica. Al ver todas estas cosas, Alí Babá, maravillado, se dijo: "¡Con tal que no me descubran usando su ciencia de la brujería, me doy por contento!"; y se guardo mucho de hacer el menor movimiento, a pesar de la gran inquietud -que sentía por el paradero de sus asnos, que continuaban abandonados en medio del bosque. Los cuarenta ladrones, después de una prolongada estancia en la cueva en la que Alí Babá los había visto entrar, dieron señal de su reaparición al oírse un ruido subterráneo, parecido a un terremoto lejano. La roca se abrió, dejando salir a los cuarenta hombres, con su jefe a la cabeza, y llevando las alforjas vacías en la mano. Cada uno de ellos se dirigió a su caballo, lo embridó, y, después de colocar las alforjas en la grupa, montaron sobre las sillas; pero antes de partir, el jefe se volvió hacia la entrada de la caverna, y, en voz alta, pronunció la fórmula: "¡Sésamo, ciérrate!"; y las dos mitades de la roca se juntaron sin dejar señal alguna de separación; y con sus semblantes sombríos y sus barbas negras marcharon por el mismo camino por el que habían venido.


En cuanto a Alí Babá, la prudencia de que le había dotado Alah hizo que permaneciese algún tiempo en su escondite, a pesar del deseo que sentía de ir a recuperar sus asnos, diciéndose: "Estos terribles bandoleros pueden haber olvidado alguna cosa en su cueva, volver de improviso sobre sus pasos y sorprenderme aquí. En tal supuesto, Alí Babá vería lo que le cuesta a un pobre diablo como él interponerse en el camino de Poderosos señores." Habiendo reflexionado así, el leñador se contentó con seguir con la mirada a los terribles caballeros hasta que se perdieron de vista, dejando transcurrir un buen rato después que hubieron desaparecido, hasta que decidió bajar de su árbol con mil precauciones, mirando a derecha e izquierda a medida que bajaba de una rama a otra más baja, en tanto que el bosque se encontraba en completo silencio.
Una vez en el suelo, avanzó hacia la roca en cuestión, reteniendo la respiración y de puntillas. Bien hubiese deseado entonces ir por sus asnos y tranquilizarse respecto a su paradero, pues eran toda su fortuna y el pan de sus hijos; pero una enorme curiosidad acerca de todo lo que había visto y oído desde lo alto del árbol le empujaba a acercarse a aquella roca, y, por otra parte, estaba escrito que había de ir irremediablemente al encuentro de- aquella aventura. Llegado ante la roca, el leñador la inspeccionó de arriba abajo, y encontrándola lisa y sin ranura alguna por la que pudiese meter una aguja, se dijo: "¡Sin embargo, es por aquí por donde han entrado los cuarenta ladrones, y con mis propios ojos los he visto desaparecen en su interior! ¡Quién sabe por qué motivo protegen esta caverna con talismanes de esa clase!" Después pensó: "¡Por Alah! ¡He hecho bien reteniendo la fórmula de apertura y cierre! Si ensayo un poco las palabras mágicas, podré ver si hacen el mismo efecto saliendo de mi boca!" Olvidando sus antiguos temores, empujado por la fuerza del destino, Alí Babá, el leñador, se dirigió a la roca, y dijo: "¡Sésamo, ábrete!" Y aun cuando pudo ser que las palabras mágicas fuesen pronunciadas con voz insegura, la roca se separó y se abrió. Alí Babá, muy asustado, hubiese querido volver la espalda y poner pies en polvorosa, mas la fuerza de su destino le inmovilizó ante la abertura y le empujó a mirar. En lugar de ver el interior de una caverna tenebrosa, su asombro creció aún más al ver que ante él se abría una gran galería que conducía a una sala espaciosa y abovedada, excavada en la misma roca y que recibía abundante luz por medio de aberturas practicadas en lo más alto. No habiendo visto nada que fuese aterrador, se decidió avanzar y penetrar en aquel sitio, pronunciando al mismo tiempo la fórmula propiciatoria: "¡En el nombre de Alah, el Clemente, el Misericordioso!", lo que le acabó de reanimar, por lo que, sin demasiados temores, se encaminó hacia la sala abovedada, y al llegar a ella notó que las dos mitades de la roca e unían sin ruido, cerrando la salida por completo, lo cual no dejó de inquietarle, pues a pesar de todo, la valentía y el coraje no eran su fuerte; mas pensó que en cualquier caso podría hacer que, gracias a la fórmula mágica todas las puertas se abriesen ante él; y con toda tranquilidad se dedicó a observar cuanto se ofrecía a su mirada. A lo largo de los muros vio pilas de ricas mercaderías, que llegaban hasta la bóveda, formadas por fardos de seda y brocado, sacos repletos de provisiones de boca, grandes cofres llenos hasta los bordes de monedas y lingotes de plata y otros llenos de dinares de oro. Como si todos aquellos cofres no fuesen suficientes para contener todas las riquezas allí acumuladas, el suelo estaba hasta tal punto cubierto de vasijas llenas de oro y joyas, que el pie no sabía dónde posarse; temeroso de estropear algún valioso objeto. El leñador, que en su vida había visto el brillo del oro, se maravilló de todo lo que veía. Al contemplar aquellos tesoros y riquezas. . ., el menos valioso de ellas resultaría digno de adornar el palacio de un rey..., pensó que debían de haber pasado siglos desde que esa gruta empezó a servir de depósito, al mismo tiempo que de refugio, a generaciones de bandidos, hijos de bandidos, descendientes de los bandoleros de Babilonia. Cuando Alí Babá se recuperó en parte de su asombro, se dijo: "¡Por Alah! Alí, he aquí que tu destino toma un aspecto rosado y te lleva, junto con tus asnos y haces de leña, en medio de un baño de oro que no se ha visto desde los tiempos del rey Solimán y de Iskandar, el de los cuernos. De repente aprendes fórmulas mágicas, te sirves de sus virtudes y te haces abrir puertas de piedra que dan acceso a cavernas fabulosas. ¡Oh leñador insigne! Es una gran merced del Generoso que de esta manera te conviertas en dueño de riquezas acumuladas por generaciones de bandidos. Todo cuanto ha sucedido ha sido para que de ahora en adelante te pongas a cubierto, junta con tu familia, de necesidades y privaciones, haciendo que el oro del pillaje se use para un buen fin." Habiendo tranquilizado su conciencia con este razonamiento, Alí Babá, el pobre, cogió varios sacos de provisiones, los vació de su contenido y los llenó de dinares y otras monedas de oro, sin hacer caso alguno de la plata y otros objetos de menor precio, y cargándolos uno a uno sobre sus espaldas, los llevó hasta la entrada de la caverna y dejándolos en el suelo, se dirigió a la salida, y dijo: "¡Sésamo, ábrete!"; y al instante se abrieron los dos batientes de la puerta de roca y Alí Babá corrió a buscar sus asnos y los llevó hasta la entrada de la cueva. Una vez que estuvieron-ante ella, los cargó con los sacos, que tuvo buen cuidado de ocultar con haces de leña encima, y cuando acabó su trabajo pronunció la fórmula de cierre, y al momento las dos mitades de la roca se unieron. El leñador se colocó ante sus asnos cargados de oro y los animó a echar a andar con voz mesurada, sin atreverse a abrumarlos con las maldiciones e injurias que acostumbraba dirigirles de ordinario cuando retardaban el paso. Sin embargo, esta vez no les aplicó tales calificativos, y sólo porque llevaban sobre sus lomos más oro del que había en las arcas del sultán.
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 853 NOCHE
Ella dijo:
"Y sin aguijonearlos tomó con ellos el camino de la ciudad, y al llegar ante su casa, como encontrase que las puertas estaban cerradas, se dijo: "¿Y si ensayase sobre ellas el poder de la fórmula mágica?"; y en voz alta exclamó: "Sésamo, ábrete!"; al instante las puertas, se abrieron, y Alí Babá, sin anunciar su llegada, penetró con sus asnos en el pequeño corral de su casa, y volviéndose hacia la puerta; dijo: "¡Sésamo, ciérrate!"; y la puerta, girando sin ruido sobre sí misma, se cerró. Así se convenció Alí Babá de que era poseedor de un secreto incomparable y de que estaba dotado de un misterioso poder, cuya adquisición no le había costado más que un pequeño susto, debido más que nada a los semblantes amenazadoras de los cuarenta ladrones y al aspecto feroz de su jefe. Cuando la esposa de Alí Babá vio los asnos en el corral y a su esposo descargándolos, corrió hacia él batiendo palmas y exclamando: "¡Oh marido! ¿Cómo abres las puertas que yo misma he atrancado? ¡La protección de Alah para todos nosotros! ¿Qué es lo que traes en este bendito día en esos sacos tan pesados que jamás he visto en nuestra casa?" Alí Babá, sin contestar a la primera pregunta, respondió: "¡Oh mujer! Estos sacas nos vienen de Alah, y debes ayudarme a llevarlos a casa en lugar de atormentarme con preguntas sobre puertas." La esposa del leñador, dominando su curiosidad, le ayudó a cargar los sacos sobre sus espaldas y a llevarlos, uño tras otro, al interior de la casa. Como ella los palpase y notase que contenían monedas; pensó que debían ser de cobre. Este descubrimiento, aunque incompleto e inferior a la realidad, sumió su ánimo en una gran inquietud, y terminó por creer que su esposo se debía haber asociado con, ladrones o gentes parecidas, pues, si no, ¿cómo explicar la presencia de aquellos sacos llenos de monedas? Cuando todos los sacos estuvieron en el interior de la casa, la mujer no pudo contenerse más y abrió uno de éstos, y al hundir sus manos en él y comprobar el contenido, exclamó: "¡Oh, que desgracia! ¡Estamos perdidos sin remedio, nosotros y nuestros hijos!"
Al oír los gritos y lamentaciones de su esposa, Alí Babá, indignado, exclamó: "¡Maldita! ¿Por qué aúllas así? ¿Es que quieres atraer sobre nuestras cabezas el castigo de los ladrones?" Y ella dijo: "¡Oh hijo de mi tío! La desgracia ha entrado en esta casa junto con esos sacos de monedas, ¡Por mi vida, apresúrate a colocarlos sobre los lomos de los asnos y a llevártelos lejos de aquí, pues mi corazón no estará tranquilo mientras se hallen en nuestra casa!" El marido respondió: "¡Alah confunda a las mujeres desprovistas de juicio! Bien veo, hija de mi tío, que piensas que estos sacos son robados. Tranquilízate, pues nos vienen del Generoso, quien ha hecho que los encontrase en el bosque. Por otro lado, voy a contarte cómo ha sido el hallazgo; pero antes vaciaré los sacos y te enseñaré el contenido." Alí Babá cogió un saco y lo vació sobre la estera, y sonoras carcajadas de oro iluminaron con millones de reflejos la pobre habitación del leñador; éste, satisfecho al ver a su mujer espantada ante tal espectáculo, hundiendo sus manos en un montón de oro, le dijo: "¡Oh mujer! ¡Escúchame ahora!"; y le contó su aventura desde el comienzo, hasta el fin sin omitir detalle; mas no es de utilidad el repetirla aquí Cuando la esposa hubo oído el relato del hallazgo, sintió que en su corazón, el espanto dejaba sitio a una gran alegría, por lo que henchida de satisfacción exclamó: "¡Oh día claro y luminoso! ¡Alabemos a Alah, que ha hecho entrar en nuestra casa los bienes mal adquiridas por esos cuarenta ladrones, salteadores de caminos, y que de este modo vuelve lícito lo que era ilícito! ¡Él es el Generoso donador!"; y al instante se levantó y comenzó a contar los dinares; mas Alí Babá, riéndose, le dijo: "¿Qué haces? ¿Cómo puedes pensar en contar todo eso? ¡Levántate en seguida y ven a ayudarme a cavar una fosa en nuestra cocina, a fin de que este tesoro quede oculto sin dejar rastro y pase inadvertido aun para el más avisado. Si así no lo hacemos, atraeremos sobre nosotros la curiosidad de nuestros vecinos y de los oficiales de policía."
La mujer, que amaba el orden y que quería hacerse una idea exacta de la riqueza que había adquirido en aquel día bendito, respondió: "Ciertamente, no quiero retrasar el momento de contar este oro, ya que no puedo permitir que lo entierres sin antes haberlo pesado o medido. Te suplico, ¡oh hijo de mi tío!, que me des tiempo para ir a buscar una medida y lo mediré en tanto que tú cavas la fosa. Así podremos saber a conciencia lo que debemos considerar superfluo o necesario para nuestros hijos.," Aun cuando al leñador aquella precaución le pareciese poco menos que inútil, no queriendo contrariar a su mujer en unos momentos tan dichosos, le dijo: "¡Sea!, pero ve y vuelve rápidamente, y, sobre todo, ¡guárdate mucho de divulgar nuestro secreto o decir la menor palabra!" La esposa de Alí Babá salió en busca de la medida en cuestión y pensó que lo más rápido sería ir a pedir una a la esposa de Kasín, el hermano de su marido, cuya casa no estaba muy lejos. Entró, pues, en la casa de la esposa de Kasín, la rica y fatua, aquella que nunca se dignaba invitar a comer a su casa al pobre Alí Babá ni a su mujer, porque no tenía fortuna ni amistades, aquella misma que nunca había enviado la más pequeña golosina durante las fiestas o aniversarios a los hijos de Alí Babá, ni comprado para ellos un puñado de guisantes, como hacen las gentes muy ricas para regalar a los hijos de la gente muy pobre. Después de ceremoniosos saludos, le pidió una medida de madera por unos momentos. Cuando la esposa de Kasín oyó la palabra medida se sorprendió mucho, ya que sabía que Alí Babá y su mujer eran muy pobres y ella no podía comprender a qué uso destinarían aquel utensilio, del que de ordinario no se sirven más que los propietarios de grandes provisiones de grano, en tanto que las demás se .contentan con comprar su grano para el día o la semana en casa del abacero. En otra circunstancia, sin duda alguna se lo hubiese negado sin importarle el pretexto, mas esta vez sentía demasiado picada su curiosidad para dejar escapar la ocasión de satisfacerla; y por esto le dijo: "¡Que Alah aumente sus favores sobre vosotros, oh madre de Ahmad! ¿La medida la quieres grande o pequeña?" La esposa del leñador respondió: "La más grande que tengas, ¡oh mi dueña!" La esposa de Kasín fue a buscar ella misma la medida en cuestión: No hay duda de que aquella mujer era descendiente de veinte truhanes, ¡que Alah niegue sus favores a los de esta especie y confunda a todos sus descendientes!, porque, queriendo saber a toda costa qué clase de grano era el que su parienta quería medir, se valió de una superchería.
En efecto, corrió a coger la medida, y diestramente dio una capa de sebo al fondo y las paredes de ésta; después, volviendo al lado de su parienta, se excusó por haber la hecho esperar y se la entregó. La mujer de Alí Babá le dio las gracias y se apresuró a regresar a su casa. Una vez en ella, puso la medida sobre el montón de oro, y después de llenarla la vació un poco más lejos, repitiendo esta operación muchas veces y marcando cada una de ella sobre el muro con un trozo de carbón, así tantas rayas como veces la llenaba y vaciaba. Alí Babá, por su parte, terminó su trabajo de cavar la fosa en la cocina y regresó junto a su esposa, quien le mostró jubilosamente las numerosas rayas de carbón, y le encomendó el trabajo de enterrar todo el oro mientras ella iba con toda diligencia a devolver la medida a la impaciente esposa de Kasín; mas la infeliz no sabía que un dinar de oro estaba pegado en el fondo de la medida, gracias a la artimaña de aquella pérfida. Devolvió, pues, la medida a su parienta, y, dándole las gracias, le dijo: "Deseo devolvértela rápidamente, ¡oh mi dueña!, para no abusar de tu bondad.
En cuanto la esposa de Kasín vio que su parienta se marchó, se apresuró a mirar el fondo de la medida; su sorpresa fue muy grande al ver una pieza de oro pegada al sebo en lugar de algún grano de haba o avena. Su rostro se puso amarillo y sus ojos sombríos como la noche, y, comida de celos y devorada por la envidia, exclamó: "¡Así sea destruida su casa! ¿Desde cuándo esos miserables pueden medir el oro por celemines?" Se sentía tan furiosa que, no pudiendo dominar su impaciencia por ver a su esposo, envió rápidamente a una esclava a buscarlo a la tienda. Cuando el sorprendido Kasín entró en la casa, la mujer le recibió con exclamaciones furibundas. Sin dejarle tiempo a que se recobrase de la sorpresa, le puso el dinar ante las narices, y le gritó: "¿Lo ves? ¡Pues no es más que lo que les sobre a esos miserables! ¡Tú te crees rico y todos los días te felicitas por tener una tienda y clientes, mientras que tu hermano no tiene más que tres asnos por toda fortuna! ¡Desengáñate, oh jeque! Alí Babá, ese leñador, ese don nadie, no se contenta con contar su oro, como tú, pues él lo mide! ¡Por Alah que lo mide como si fuese grano!" Y en medio de un torrente de palabras, gritos y vociferaciones, le puso al corriente del asunto, y le explicó la estratagema de la que se había valido para hacer el asombroso descubrimiento de la riqueza de Alí Babá, y añadió: "¡Pero esto no es todo, oh jeque! ¡Ahora tú debes averiguar cuál es el origen de la fortuna de tu miserable hermano, ese maldito hipócrita que simula ser pobre y mide el oro por celemines!" Al oír estas palabras de su esposa, Kasín no dudó de la realidad de la fortuna de su hermano, y, lejos de alegrarse al saber que el hijo de sus padres estaría desde entonces al abrigo de toda necesidad, sintió que la envidia se enseñoreaba de su ánimo:
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana y discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEG6 LA 854 NOCHE
Ella dijo:
"...y levantándose, al momento corrió a casa de su hermano para ver por sus propios ojos lo que había, y encontró a Alí Babá todavía con el pico en la mano, terminando de enterrar su tesoro, y abordándole, sin siquiera llamarle por su nombre y sin tratarle de hermano, pues había olvidado el parentesco mucho antes de conocer la noticia de su fortuna, le dijo: "¡Es así, oh padre de los asnos, como recelas y te ocultas de nosotros! ¡Sí! ¡Continúas aparentando pobreza y miseria ante las gentes, para después en tu vivienda piojosa medir el oro como el mercader de granos sus mercancías!" Alí Babá se turbó mucho al oír estas palabras, pero no porque fuese avaro o interesado, sino porque le constaba la malicia de su hermano y de la esposa de éste, y respondió: "¡Por Alah! No sé a qué te refieres. Apresúrate a explicarte y seré franco contigo, a pesar de que hace muchos años que has olvidado el lazo de sangre que nos une y desvías la mirada cada vez que te encuentras conmigo o con mis hijos." Entonces, el autoritario Kasín dijo: "No se trata de eso, Alí Babá, sino de que me saques de la ignorancia, pues no sé por qué has de tener interés en ocultármelo"; y le mostró el dinar de oro todavía manchado de sebo, y mirando a su hermano de reojo le dijo: "¿Cuántas medidas de dinares semejantes a éste tienes en tu granero, bribón? ¿Y cómo has reunido tanto oro, vergüenza de nuestra casa?"-. Después en pocas palabras, le contó cómo su esposa había embadurnado de sebo el fondo de la medida que le había prestado y cómo aquella pieza de oro se había pegado. Cuando Alí Babá hubo escuchado las explicaciones de su hermano comprendió que lo sucedido ya no se podía remediar, por lo que sin hacer el menor gesto de asombro dijo: "¡Alah es generoso, hermano mío, ya que Él nos envía sus dones! ¡Que Él sea exaltado!"; y le contó con toda clase de detalles su historia del bosque, excepto lo referente a la fórmula mágica, y añadió ¡Hermano mío! Nosotros somos hijos del mismo padre y de la misma madre, y por eso todo lo mío es tuyo; yo deseo, si tú te dignas aceptarlo, ofrecerte la mitad del oro que he cogido de la caverna. El pícaro Kasín, que era tan avaro como malvado, respondió: "Ciertamente es así como tú lo entiendes; pero yo quiero saber cómo podría entrar en la caverna, y, sobre todo, no me engañes, pues en tal caso iría a denunciarte a la justicia como cómplice de los ladrones." El buen Alí Babá, pensando en el destino de su mujer e hijos en el caso de que fuese denunciado le reveló las tres palabras de la fórmula mágica, impulsada más por su naturaleza amable que por las amenazas de un hermano tan bárbaro.
Kasín, sin dirigirle una palabra de agradecimiento, le dejó bruscamente, resuelto a ir él solo a apoderarse de todo el tesoro de la, cueva. A la mañana siguiente, antes que amaneciese, partió hacia el bosque llevando con él diez mulas cargadas con grandes cofres que se proponía llenar con el producto de su primera expedición; por otro lado se decía que una vez hubiese dado buena cuenta de las provisiones y riquezas sacadas de la gruta en el primer viaje, se reservaría el derecho de hacer una segunda expedición con mayor número de mulas, e incluso, si así lo decidía, con una caravana de camellos. Siguió al pie de la letra las indicaciones de Alí Babá, quien en su bondad había llegado incluso a ofrecérsele como guía; pero había desistido de su ofrecimiento al ver la sospecha reflejada en la sombría mirada de Kasín. Pronto llegó ante la roca, que reconoció por su aspecto enteramente liso, y por un árbol que le daba sombra, y alargando los brazos hacia ella dijo: ¡Sésamo, ábrete!" Súbitamente la roca se hendió por la mitad y Kasín, que había dejado sus mulas atadas a los árboles, penetró en la caverna, cuya entrada se cerró tras él gracias a la fórmula mágica. Su asombro no tuvo límites a la vista de tantas riquezas acumuladas, y al contemplar aquel oro amontonado y aquellas joyas guardadas en vasijas. Un gran deseo, cada vez más intenso, de ser el dueño de aquel tesoro, se apoderó de el, si bien se dio cuenta de que para transportar todo aquello no sería suficiente, no ya sólo una caravana de camellos, sino aún todos los camellos que viajan desde los confines de la Chía hasta las fronteras del Irán. Se dijo que para la próxima vez tomaría todas las medidas necesarias para organizar una verdadera expedición, contentándose esta vez con llenar de oro amonedado tantos sacos como pudiese llevar sobre las diez mulas. Una vez que acabó aquel trabajo, regresó a la galería, y dijo: "¡Cebada, ábrete!" Kasín, cuyo ánimo estaba embargado por completo por el descubrimiento de aquel tesoro, había olvidado las palabras que debía decir, lo que originó su pérdida sin remedio. Volvió a repetir varias veces: "¡Cebada ábrete!"; mas la puerta permanecía cerrada. Entonces dijo: "¡Haba, ábrete!", pero la puerta no se abrió, por lo que dijo: "¡Avena, ábrete!"; mas esta vez tampoco se abrió hendidura alguna. Kasín comenzó a perder la paciencia; y gritó: "¡Centeno, ábrete!" "¡Mijo, ábrete!" "¡Alforfón, ábrete!", "¡Trigo, ábrete!" "¡Arroz, ábrete!" Mas la puerta de granito permaneció cerrada. Kasín se asustó mucho al verse encerrado a causa de haber olvidado las palabras mágicas; pero a pesar de ello continuó pronunciando ante la roca inamovible todos los nombres de cereales y los de las diferentes variedades de granos que la mano del Sembrador lanzó sobre la superficie de los campos en el principio del mundo; pero la roca continuó inmóvil, ya que el indigno hermano de Alí Babá olvidó un grano, el misterioso sésamo, que precisamente era el único que estaba dotado de poderes mágicos. Así es como más pronto o más tarde el destino nubla por orden del Todopoderoso la memoria de los truhanes, les quita lucidez y ciega su vista, y hablando de pícaros: "¡Que Alah les retire el don de la lucidez y deje que tanteen en las tinieblas, y que entonces, ciegos, sordos y mudos, no puedan volver sobre sus pasos!" Por otro lado, el profeta, que Alah le tenga en su gracia, ha dicho: "¡Sean cerrados sus oídos con el sello de Alah y sus ojos tapados con un velo, pues les está reservado un suplicio espantoso!"
Cuando el pícaro Kasín, que no esperaba este desastroso desenlace, se convenció de que no recordaba la fórmula mágica, para tratar de rememorarla comenzó a estrujar su cerebro inútilmente, pues el nombre mágica se había borrado para siempre de su memoria. Presa de pánico, dejó los sacos llenos de oro y recorrió la caverna en todas direcciones en busca de alguna hendidura, pero sólo encontró paredes graníticas, desesperadamente lisas. Igual que una bestia feroz, se mordía los puños con rabia y escupía baba sanguinolenta; mas no fue éste todo su castigo; todavía le quedaba la agonía de la muerte que no se hizo esperar.
En este momento de su narración, Sehahrazada vio que aparecía el alba y discretamente como siempre, calló:

PERO CUANDO LLEGÓ LA 855 NOCHE
Ella dijo:
"En efecto, los cuarenta ladrones regresaron al mediodía a su cueva, según su diaria costumbre, y vieron que diez mulas cargadas con grandes cofres estaban atadas a los árboles; a una señal de su jefe lanzaron sus caballos al galope hacia la entrada de la caverna, y, echando pie a tierra, comenzaron a buscar en las inmediaciones de la roca al hombre al que pudiesen pertenecerlas diez mulas; mas como sus pesquisas no diesen resultado, el jefe se decidió a entrar en la cueva, y, levantando su sable ante la puerta invisible, pronunció la fórmula mágica, y al momento la roca se dividió en dos mitades, que giraron en sentido inverso. El encerrado Kasín no dudó de su irremediable pérdida al oír los caballos y las exclamaciones sorprendidas y coléricas de los bandidos; pero como amaba su vida, quiso salvarla, y se escondió en un rincón, pronto a lanzarse hacia afuera a la primera oportunidad. Cuando oyó pronunciar la palabra. "sésamo", maldijo su corta memoria, y, apenas vio que la puerta se entreabría, se lanzó hacia fuera como un carnero, con la cabeza baja, tan violentamente y con tan poca prudencia, que chocó contra el jefe de los cuarenta ladrones, derribándolo cuan largo era; pero los demás bandidos se abalanzaron contra Kasín, y, con sus sables le atravesaron de parte a parte, y en un abrir y cerrar de ojos fue descuartizado y separados de su tronco la cabeza y los brazos y las piernas; éste fue su destino.
Los bandidos, después de limpiar sus sables, entraron en la caverna, y viendo alineados ante la salida los sacos que había llenado Kasm se apresuraron a vaciar su contenido allí donde había estado antes, pero no se dieron cuenta de lo que faltaba, del oro que se había llevado Alí Babá. A continuación se reunieron en- círculo para celebrar consejo, y deliberaron largamente; pero en la ignorancia de haber sido despojados por Áli Babá, no pudieron comprender cómo había podido introducirse nadie en su refugio, por lo que decidieron' no seguir ocupándose de ello por más tiempo, y después de haber descargado sus nuevas adquisiciones y descansado un rato prefirieran salir de la cueva y montar a caballo para ir a asaltar las rutas de las caravanas, pues eran hombres activos que despreciaban las largas reflexiones y las palabras; pero ya volveremos a encontrarlos cuando llegue el momento.
La esposa de Kasín, aquella maldita mujer, fue la causa de la muerte de su marido, quien, por otra parte, merecía su fin. La perfidia de esta mujer fue la que inventó el ardid del sebo, que fue el punto de partida de todos los acontecimientos. Y no dudando del éxito de la expedición de su marido, había preparado una comida especial para celebrarlo; mas cuando vio que la noche llegaba y no se veía a Kasín ni sombra de él, se alarmó mucho, no porque le amase con exceso, sino porque le era necesario; entonces ella se decidió a ir a buscar a Alí Babá a su casa; y aquella maldita, que nunca se había rebajado a franquear el umbral de su puerta, con rostro preocupado, dijo al leñador: "¡Oh, hermano de mi esposo! Los hermanos se deben a los hermanos y los amigos a los amigos. Vengó a pedirte que me tranquilices respecto al paradero de tu hermano, que, como tú sabes, ha ido al bosque y todavía no ha vuelto, a pesar de lo avanzado de la noche. ¡Por Alah, oh rostro bendito! ¡Ve a ver qué es lo que ha sucedido en el bosque!" Alí Babá, que, a las claras se veía, estaba dotado de un espíritu compasivo, compartió la alarma de la esposa de Kasín, y dijo: "¡Que Alah aleje a los malhechores de la cabeza de tu esposo, hermana mía! ¡Ah! ¡Si Kasín hubiese querido escuchar mi consejo me hubiese llevado con él como guía! Mas no te inquietes por su retraso, porque, sin duda, lo habrá hecho a propósito, para no llamar la atención de los viandantes al entrar en la ciudad a altas horas de la noche." Aunque esto fuese verosímil, la realidad era que Kasín se había convertido en seis trozos de Kasín: dos brazos, dos piernas, un tronco y una cabeza, que los ladrones habían colocado en el interior de la galería, tras la puerta de roca a fin de que su sola presencia espantase a cualquiera que tuviese la audacia de franquear aquel umbral. Alí Babá tranquilizó como pudo a la mujer de su hermano y le hizo notar que cualquier pesquisa sería inútil en aquella noche sombría, por lo que la invitó cordialmente a pasar la noche en su compañía. La esposa de Alí Babá la hizo acostar en su propio lecho; no sin antes haberle asegurado Alí Babá que con la aurora saldría para el bosque.
En efecto, con las primeras luces de la mañana, el bondadoso leñador abandonó su casa seguido de sus tres asnos después de recomendar a su esposa que cuidase de la esposa de su hermano Kasín. Al aproximarse a la roca y no ver a los mulos, Alí Babá pensó que algo grave debía haber pasado; su inquietud aumentó al ver el suelo manchado de sangre, y, con voz temblorosa por la emoción, pronunció las palabras mágicas y entró en la caverna. El espectáculo de los miembros descuartizados de Kasín le hizo caer, tembloroso, de rodillas, mas sobreponiéndose a su emoción se aprestó a cumplir sus últimos deberes para con su hermano que, después de todo, era musulmán e hijo de sus mismos padres. Así, pues, cogió de la caverna dos grandes sacos, metió en ellos el cuerpo descuartizado de su hermano, y, poniéndolos sobre uno de sus asnos, los recubrió cuidadosamente con ramaje. Luego, ya que estaba allí, pensó que debería aprovechar la ocasión para coger algunos sacos de oro, evitando así que dos de sus asnos regresaran de vacío. Una vez realizado este trabajo, cubiertos todos los sacos con ramaje como la primera vez, y después de ordenar a la puerta que se cerrase, tomó el camino de la ciudad, deplorando en su interior el triste fin de su hermano.
Después que llegó al patio de su casa, llamó a su esclava Morgana para que le ayudase a descargar los sacos. Aquella esclava era una joven a la que Alí Babá y su esposa habían recogido de pequeña y criado con los mismos cuidados y solicitud que hubieran podido tener para con ella sus mismos padres. La joven había crecido ayudando a su madre adoptiva en el, cuidado de la casa y haciendo el trabajo de diez personas. Era agradable, dócil, educada, y fecunda en invenciones para resolver las cuestiones más arduas y llevar a buen término las cosas más difíciles. Al presentarse ante su padre adoptivo, la joven le besó la mano, dándole la bienvenida como tenía por costumbre cada vez que él regresaba a casa; entonces, Alí Babá, le dijo: "¡Oh Morgana, hija mía! Hoy es el día en el que tu discreción y valía se van a poner a prueba"; y le contó el fin desgraciado de su hermano, añadiendo: "Su cuerpo está ahí, sobre el tercer asno. Mientras que voy a anunciar la noticia a su pobre viuda, es preciso que encuentres algún medio para hacerle enterrar como si hubiese fallecido de muerte natural, sin que nadie pueda sospechar la verdad." La joven, respondió: "Te escucho y obedezco"

El leñador, entonces, fue a dar a noticia de la muerte de Kassín a la esposa de éste, quien comenzó a dar alaridos, a mesarse los cabellos y a desgarrarse los vestidas, pero Alí Babá, con tacto, supo calmarla, consiguiendo evitar que los gritos y lamentaciones llegaran a llamar la atención de los vecinos, provocando la alarma en todo el barrio; y, después, añadió: "Alah es generoso y me ha dado grandes riquezas. Si en medio de esta desgracia sin remedio que se abate sobre ti, hay alguna cosa capaz de consolarte, yo te ofrezco los bienes que Alah me ha dado y que son tuyos, pues de ahora en adelante vivirás en mi casa en calidad de segunda esposa, encontrarás en la madre de mis hijos una hermana atenta y cariñosa, y todos viviremos tranquilos y felices recordando las virtudes del difunto."
El leñador se calló esperando una respuesta, y, en un momento, Alí Babá hizo mella en el corazón de aquella mujer, despojándola de sus malquerencias. ¡Loado sea Alah Todopoderoso! Ella comprendió la bondad de Alí Babá y la generosidad de su ofrecimiento y consistió en ser su segunda esposa, y por su matrimonio con aquel hombre bueno, llegó a ser realmente una mujer de bien. De este modo consiguió Alí Babá evitar los gritos y la divulgación del secreto de la muerte de su hermano, y dejando a su nueva esposa bajo los cuidados de su antigua, fue en busca de la joven Morgana, quien no había perdido el tiempo, pues había combinado todo un plan para salvar aquella difícil situación.
En efecto, había ido a la tienda del mercader de drogas, y le había comprado una especie de trinca que curaba las heridas mortales. El mercader le había servido la medicina no sin antes preguntarle quién estaba enfermo en la casa de su amo. Morgana, suspirando, le había respondido: "¡Oh calamidad! El mal tiñe de rojo la cara del hermano de mi amo, que ha sido llevado a nuestra casa para así estar mejor atendido, pero nadie conoce su enfermedad-, Está inmóvil, ciego y sordo, con rostro de color de azafrán. ¡Oh, jeque, que esta trinca le saque de su mal estado!"
En este momento de su narración, Schahrazada vio que aparecía el alba, y discretamente como siempre, se calló.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 856 NOCHE
Schahrazada dijo:
"Y había llevado a la casa la trinca en cuestión, de la que Kasín no podría servirse, y allí había esperado el regreso de su amo. En pocas palabras, ella le puso al corriente de lo que pensaba hacer, plan que el leñador aprobó manifestando al mismo tiempo la admiración que sentía por su ingenio.
A la mañana siguiente, la diligente Morgana fue a ver al mismo vendedor de drogas y, con rostro lleno de lágrimas y con muchos suspiros, le pidió una droga que de ordinario sólo se da a los enfermos moribundos, añadiendo: "Si este remedio no le cura, se ha perdido toda esperanza"; y al mismo tiempo tuvo cuidado de informar a todos las vecinos del barrio de la supuesta gravedad de Kasín, el hermano de Alí Babá. Al día siguiente por la mañana, cuando las gentes del barrio se despertaron, al oír gritos y lamentaciones, no dudaron de que eran proferidos par la esposa de Kasín, por la esposa del hermano de Kasín; por la joven Morgana y por todos los parientes, para así anunciar la muerte de Kasín.
Durante este tiempo, Morgana continuó realizando su plan diciéndose: "Hija mía, no todo consiste en hacer pasar una muerte violenta por una muerte natural, ya que además hay un gran peligro: dejar que las gentes se den cuenta de que el difunto está cortado en seis trozos" Sin tardanza, corrió a casa de a un viejo zapatero remendón del barrio, que no lo conocía y, saludándole, le puso en la mano un dinar de oro y le dijo.: "¡Oh jeque Mustafá, tu trabajo me es necesario!" El viejo remendón que era hombre de naturaleza alegre, respondió: "¡Oh día luminoso, bendito por tu venida, oh rostro de luna! ¡Habla oh mi dueña, y te responderé con la obediente!" Morgana le dijo: "¡Oh, mi tío Mustafá! ¡Levántate y ven conmigo, pero antes coge lo necesario para coser cuero!" Cuando él hizo lo que ella le pedía, tomó un pañuelo y vendándole los ojos, le dijo: "¡Es condición imprescindible! ¡Sin esto no hacemos nada!"; pera el zapatero gritó: "¡Oh joven ¿quieres que por un dinar reniegue de la fe de mis padres o cometa algún robo o crimen extraordinario?" La joven le contestó: "¡Alejado sea el maligno, oh jeque! ¡Tranquiliza tu conciencia! No es nada de lo que imaginas, pues solo se trata de hacer una costura." Mientras hablaba le puso en la mano una segunda pieza de oro que convenció al remendón.
Morgana le cogió de la mano, con los ojos ya vendados, y le llevó a la casa de Alí Babá y allí le quitó el pañuelo y mostrándole el cuerpo del difunto, cuyos miembros ella misma había reunido, le dijo:' "Te he traído aquí de la mano a fin de que cosas los seis trozos que ves"; y como el jeque retrocediese espantado, la animosa Morgana le puso una nueva moneda de oro en la mano y le prometió otra más si hacía el trabajo rápidamente, lo que decidió al zapatero a ponerse a trabajar. Cuando concluyó la costura, Margana le volvió a vendar los ojos y después de darle la recompensa prometida, le dejó, apresurándose a regresar a su casa, volviendo la vista de vez en cuando para ver si era observada por el zapatero.
Una vez que llegó, tomó el cuerpo reconstruido de Kasín, lo perfumó con incienso y lo amortajó ayudada por Alí Babá. Y para evitar que los hombres que trajeran las parihuelas sospechasen nada, ella misma fue por ellas pagando generosamente. Después, siempre ayudada por Alí Babá, puso el cuerpo en la caja mortuoria y la recubrió con telas adecuadas. Mientras tanto, llegaran el imán y demás dignatarias de la mezquita, y cuatro vecinos cargaron las parihuelas sobre sus hombros; el imán se puso a la cabeza del cortejo seguido por los lectores del Corán.
Morgana, iba tras los portadores, llorosa y gimiente, golpeándose el pecho y mesándose los cabellos, en tanto que Alí Babá cerraba, la marcha, acompañado de algunos vecinos. Así llegaron al cementerio mientras que en la casa de Alí Babá las mujeres dejaban oír sus lamentaciones y gritos de dolor.
La verdad de aquella muerte quedó al abrigo de toda indiscreción, sin que persona alguna sospechase lo más leve de la funesta aventura.
Por lo que respecta a los cuarenta ladrones, durante un mes se abstuvieron de volver a su refugio por temor a la putrefacción de los abandonados restos de Kasín, pero una vez que regresaron, su asombro no tuvo límites al no encontrar los despojos de Kasín, ni señal alguna de putrefacción. Esta vez reflexionaron seriamente acerca de la situación, y finalmente, el jefe de los cuarenta, dijo: "Sin duda hemos sido descubiertos y se conoce nuestro secretos si no lo remediamos prontamente, todas las riquezas que nosotros y nuestros antecesores hemos acumulado con tantos trabajos y peligros, nos serán arrebatadas por el cómplice del ladrón que hemos castigado. Es preciso que sin pérdida de tiempo matemos al otro, para lo que hay un solo medio, y es, que alguien que sea a la vez el más astuto y audaz, vaya a la ciudad disfrazado de derviche extranjero, y, usando de toda su habilidad, descubra quién es aquel al que nosotros hemos descuartizado y en qué casa habitaba. Todas estas pesquisas deben ser hechas con gran prudencia, ya que una palabra de más podría comprometer el asunto y perdemos a todos sin remedio, Estimo que aquel que asuma este trabajo debe comprometerse a sufrir la pena de muerte si da pruebas de ineptitud en el cumplimiento de su misión." Al momento, uno de los ladrones, exclamó: "Me ofrezco para la empresa y acepto las condiciones." El jefe y sus camaradas le felicitaron colmándole de elogios y, disfrazado de derviche extranjero, partió rápidamente.
El bandido entró en la ciudad y vio que todas las casas y tiendas estaban todavía cerradas a causa de lo temprano de la hora; únicamente la tienda del jeque Mustafá, el remendón, estaba abierta, y el zapatero, con la lezna en la mano, se disponía a arreglar una babucha de cuero de color de azafrán; al levantar la mirada y ver al derviche, se apresuró a saludarle. Éste le devolvió el saludo y se admiró de que a su edad tuviese tan buena vista y manos tan expertas. El anciano, muy halagado y satisfecho, respondió: "¡Oh derviche! ¡Por Alah, que todavía puedo enhebrar la aguja al primer intento y puedo coser los seis trozos de un muerto en el fondo de un sótano poco iluminado!" El ladrón-derviche, al oír estas palabras, se alegró mucho y bendijo su destino que le conducía por el camino más corto hacia el logro de su misión, y aprovechando la ocasión, simuló asombro y exclamó: "¡Oh faz de bendición! ¿Seis trozos de un hombre? ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Es que en este país tenéis la costumbre de cortar a los muertos en seis pedazos y coserlos después?"
El jeque Mustafá se echó o reír y respondió: "¡No, por Alah! Aquí no se acostumbra hacer eso, pero yo sé lo que me digo y tengo muchas razones para decirlo, mas por otra parte, mi lengua es corta y esta mañana no me obedece." El derviche-ladrón comenzó a reír, no tanto por el aire con que el remendón pronunciaba sus frases, como por atraerse su favor, y haciendo ademan de estrechar su mano, le dio una pieza de oro, diciendo: "¡Oh padre de la elocuencia! ¡Oh tío! ¡Que Alah me guarde de meterme donde no debo, pero si en mi calidad de extranjero puedo dirigirte una súplica, ésta será que me hagas la gracia de decirme donde se levanta la casa en cuyo sótano cosiste los restos del muerto!".
El viejo remendón; respondió: "¡Oh jefe de los derviches! No podré indicártela, ya que yo mismo no la conozco. Sólo sé que, con los ojos vendados, fui conducido a ella por una joven embrujadora que hace las cosas coa una celeridad pasmosa. Sin embargo, si me vendasen los ojos de nuevo, podría encontrar la casa guiándome por las cosa que palpé con mis manos durante el camino; porque debes saber, sabio derviche, que el hombre ve con sus dedos como con sus ojos, sobre todo si su piel no es tan dura como la de los cocodrilos. Por mi parte, tengo entre los clientes, cuyos honorables pies calzo, muchos ciegos clarividentes, gracias al ojo que tienen en cada dedo, pues no todos han de ser como el malvado barbero que todos los viernes me rapa la cabeza despellejándome atrozmente, ¡que Alah le maldiga!"
En este momento de su narración, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 857 NOCHE
Dijo Schahrazada:
"El derviche-ladrón, exclamó: "¡Benditos sean los pechos que te han alimentado y ojalá puedas enhebrar la aguja durante mucho tiempo y calzar, pies honorables, oh jeque de buen augurio! ¡No deseo nada, más que seguir tus indicaciones, a fin de que me ayudes a encontrar la casa en la que suceden cosas tan prodigiosas!"
El jeque Mustafá se levantó y el derviche le vendó los ojos, le llevó a la calle de la mano y marcho a su lado hasta la misma casa de Alí Babá, ante la cual, Mustafá, le dijo: "Ciertamente es ésta; reconozco la casa por el olor que exhala a estiércol de asno y por este pedrusco que ya he pisado en otra ocasión." El ladrón, muy contento, se apresuró a hacer una señal en la puerta de la casa con un trozo de tiza, antes de quitarle la venda al remendón. Después; mirando con agradecimiento a su compañero, le gratificó con otra pieza de oro y le prometió que le compraría las babuchas que necesitase hasta el fin de sus días; acto seguido, se apresuró a tomar el camino del bosque para ir a anunciar a su jefe el descubrimiento que había hecho, pero como ya se verá, el ladrón no sabía que corría derecho a ver saltar su cabeza sobre sus hombros.
En efecto, la diligente Morgana salió para ir a comprar provisiones y a su regreso del mercado notó que sobre la puerta había una marca blanca; y examinándola con atención, pensó: "Esta marca no se ha hecho ella sola y la mano que la ha hecho no puede ser sino una mano enemiga, por lo que es precisa, conjurar el maleficio"; y, corriendo a buscar un trozo de yeso, hizo una señal exactamente igual en las puertas de todas las casas de la calle; a derecha e izquierda. Cada vez que hacía una marca, dirigiéndose al autor de la primera señal, mentalmente, decía; "¡Los cinco dedos de mi mano derecha en tu ojo izquierdo, y los de mi mano izquierda en tu ojo derecho!"; porque sabía que no hay fórmula más poderosa para conjurar las fuerzas invisibles, evitar los maleficios, y hacer caer sobre la cabeza del maldiciente las calamidades, ya sufridas o inminentes.
Cuando los malhechores, aleccionados por su compañero, entraron de dos en dos en la ciudad y se dirigieron a la casa señalada, se asombraron mucho al ver que todas las puertas ele las casas de aquella calle tenían la misma señal. A una orden de su jefe regresaron a su cueva del bosque y una vez que estuvieron todos reunidos de nuevo, arrastraron hasta el centro del círculo que formaban al ladrón que tan mal había tomado sus precauciones y le condenaron a muerte; a continuación y a una señal del jefe, le cortaron la cabeza. Pero como la necesidad de encontrar al autor de todo aquel asunto era más urgente que nunca, un segundo ladrón se ofreció a ir a investigar; el jefe escuchó la oferta con agrado y el ladrón partió de inmediato para la ciudad, donde se puso en contacto con, el jeque Mustafá y se hizo conducir hasta la casa en la que se presumía fueron cosidos los seis trozos, e hizo en uno de los ángulos de la puerta una señal roja y regresó al bosque.
Cuando los ladrones, guiados por su compañero; llegaron a la calle de Alí Babá, encontraron que todas las puertas estaban marcadas con una señal roja, exactamente en el mismo sitio, ya que la sutil Morgana, al igual que la primera vez, había tomado sus precauciones.
A su retorno a la caverna, la cabeza del segundo ladrón-guía, siguió la misma suerte que la de su predecesor, pero aquello no contribuyó a arreglar el asunto y sólo sirvió para disminuir la tropa en dos hombres, los más valerosos. El jefe reflexionó un buen rato acerca de la situación y dijo: "No encargaré este asunto a nadie más que a mí mismo"; y partió solo para la ciudad. Una vez en ella, no hizo como los demás, pues cuando Mustafá le hubo indicado la casa de Alí Babá no perdió el tiempo marcando la puerta con yeso, sino que observó atentamente su exterior para fijarlo en su memoria, ya que desde fuera aquella casa ofrecía el mismo aspecto que todas las demás; cuando terminó su examen, regresó al bosque y reuniendo, a los treinta y siete ladrones supervivientes les dijo: "El autor del daño que hemos sufrido está descubierto, puesto que conozco su casa. ¡Por Alah, que su castigo será terrible! Por vuestra parte, daos prisa en traerme aquí treinta y ocho grandes tinajas de barro, de cuello largo y vientre ancho, todas vacías, excepto una que llenaréis de aceite de oliva; además, cuidad de que ninguna esté rajada."
Los ladrones que estaban habituados a ejecutar sin rechistar las órdenes de su jefe, marcharon al mercado para comprar as treinta y ocho tinajas, que una vez compradas, cargaron de dos en dos en los caballos y regresaron al bosque. Reunidos de nuevo, el jefe dijo: "¡Despojaos de vuestras ropas y que cada uno se meta en una tinaja llevando únicamente sus armas, su turbante y sus babuchas." Sin decir palabra, los treinta y siete ladrones saltaron de dos en dos sobre los caballos portadores de tinajas y como cada caballo llevaba un par de aquéllas, una a la derecha y otra a la izquierda, cada bandido se dejó caer en una. De esta manera, se encontraron replegados sobre ellos mismos, con las rodillas tocando las barbillas, igual que están los pollos en el huevo a los veinte días. Se colocaron llevando en una mano la cimitarra y en otra un hatillo y las babuchas en el fondo de la tinaja. La única que iba llena de aceite iba de pareja con el ladrón que hacía el número treinta y siete.
Cuando los ladrones terminaron de colocarse -en las tinajas lo más cómodamente posible, el jefe se acercó y examinándolas una por una, cerró las bocas de los recipientes con fibra de palmera, a fin de ocultar el contenido y al mismo tiempo, permitir a sus hombres respirar libremente. Para que los viandantes no pudiesen abrigar duda alguna del contenido, tomó aceite de la tinaja que estaba llena y frotó con él las paredes externas de las demás tinajas. Entonces, el jefe se disfrazó, de mercader de aceite y conduciendo los caballos portadores de aquella mercancía improvisada se dirigió hacia la ciudad. Alah le protegió y llegó sin contratiempo, por la tarde, ante la casa de Alí Babá, y para que todo se acabase de poner a su favor, Alí Babá en persona estaba a la puerta de su casa, sentado en el umbral, tomando el fresco antes de la oración de la tarde.
En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 858 NOCHE
Ella dijo:
"El jefe detuvo los caballos. y después de saludar, a Alí Babá, le dijo: "¡Oh mi dueño! Tu esclavo es mercader de aceite y no sabe dónde ir a pasar la noche en una ciudad en la que no conoce a nadie, y espera de tu generosidad que le concedas hospitalidad hasta mañana, a él y a sus bestias, en el patio, de tu casa." Al oír esta petición, el corazón de Alí Babá se ablandó acordándose de los tiempos en que fue pobre y, lejos de reconocer al jefe de los ladrones, al que había visto y oído en el bosque, se levantó en su honor y dijo: "¡Oh mercader de aceite! ¡Hermano mío, que mi morada te sirva de descanso y que en ella puedas encontrar ayuda y familia! ¡Sé bien venido!"; mientras hablaba le cogió de la mano y junto con los caballos, le condujo hasta el patio, y llamando a Morgana y a otro esclavo, les ordeno que ayudasen al huésped de Alah a descargar las vasijas y dar de comer a los animales. Cuando las vasijas estuvieron colocadas en buen orden en un extremo del patio y los caballos atados junto al muro y colgando del cuello de cada uno un saco lleno de avena, Alí Babá, siempre tan afable, tomó a su huésped de la mano y le condujo al interior de la casa, donde le hizo sentar en el sitio de honor para tomar la comida de la tarde. Después que hubieron comido, bebido y dado las gracias a Alah por sus favores; Alí Babá, no queriendo incomodar a su huésped, se retiró diciendo: "¡Oh mi dueño! ¡Mi casa es tu casa y lo que hay en ella, te pertenece!" Pero el mercader de aceite le llamó y le dijo: "¡Por Alah, oh mi huésped! Muéstrame el sitio de tu honorable casa en el que pueda dar descanso a mis intestinos"; Alí Babá le condujo al lugar indicado, que estaba situado en un ángulo de la casa, cerca de donde estaban las tinajas, y se apresuró a retirarse a fin de no perturbar las funciones digestivas del mercader de aceite.
Y, en efecto, el jefe de los bandidos no dejó de hacer lo que tenía que hacer; cuando terminó se aproximó a las tinajas, e inclinándose sobre cada una de ellas, dijo en voz baja: "Cuando oigas que unas piedrecitas golpean tu tinaja, no olvides salir y acudir junto a mí" y habiendo ordenado a su gente lo que debía hacer, penetró en la casa. Morgana, que le esperaba a la puerta de la cocina con una lámpara de aceite en la mano, le condujo a la habitación que le había preparado y se retiró. El bandido, por estar mejor dispuesto para la ejecución de su proyecto, se tendió sobre el lecho en el que pensaba dormir hasta la media noche, y no tardó en roncar estrepitosamente. Y entonces pasó lo que debía pasar.
En efecto, mientras Morgana estaba en su cocina, fregando los platos y cacerolas, la lámpara falta de aceite, se apagó. Precisamente la provisión de aceite de la casa se había acabado y Morgana, que había olvidado proveerse durante el día, se contrarió mucho y llamó a Abdalá, el nuevo esclavo de Alí Babá, a quien hizo partícipe de su contrariedad; éste comenzó a reír y dijo: "¡Por Alah, oh Morgana! Hermana mía, ¿cómo puedes decirme que no tenemos aceite en la casa cuando en este momento hay en el patio, apoyadas contra el muro, treinta y ocho tinajas llenas de aceite de oliva y que; a juzgar por el olor, debe ser de excelente calidad? ¡Hermana mía!, no veo en ti la diligencia, entendimiento y recursos de Morgana;" Después añadió: "¡Hermana mía, me vuelvo a dormir para poder levantarme con la aurora a fin de acompañar al baño a nuestro amo Alí Babá!", y se fue a dormir no lejos de donde el mercader de aceite resoplaba como un fuelle.
Morgana algo confundida por las palabras de Abdalá, tomó la vasija del aceite y fue al patio a llenarla en una de las tinajas. Se aproximó a la primera de ellas, la destapó y metió la vasija en la abertura, pero el cacharro, en lugar de sumergirse en aceite, chocó violentamente contra algo residente; aquella cosa se movió y se oyó una voz que decía: "¡Por Alah! ¡El guijarro que ha lanzado el jefe debe ser del tamaño de una roca, por lo menos! ¡Éste es el momento!" y sacando la cabeza, se aprestó a salir de la tinaja. Morgana al encontrar a un ser viviente en aquella tinaja en lugar del aceite que esperaba, pensó que había llegado la hora de su destino, y, muy sorprendida en un principio, no pudo dejar de pensar: ,"¡Soy muerta y todos los habitantes de la casa "perecerán sin remedio!; pero la violencia de su emoción le devolvió todo su coraje y en vez de comenzar a gritar aterrada, se inclinó sobre la boca de la tinaja y dijo: "¡No, mozo, no! Tu amo duerme todavía. Espera que se despierte."
Morgana era muy sagaz y lo había adivinado todo, pero para comprobar la gravedad de la situación quiso inspeccionar las demás tinajas. Aunque la tentativa no dejaba de ser peligrosa, se aproximó a cada, una, y, tanteando la cabeza que asomaba tan pronto como la destapaba, decía: "¡Paciencia y hasta luego!"; de esta manera contó hasta treinta y siete cabezas barbudas y vio que la tinaja número treinta y ocho era la única que estaba llena de aceite. Entonces, tomó la vasija y, con calma, fue a encender su lámpara para poder poner en ejecución el proyecto que su ingenio le había sugerido para sortear el peligro inminente.

De vuelta al patio, encendió fuego bajo la caldera que servía para la colada, y, sirviéndose de la vasija, la llenó de aceite; como el fuego estaba fuerte, el líquido no tardó en hervir. Entonces, llenó un gran cubo con aquel aceite hirviendo, aproximándose a una tinaja, la destapó, vertiendo de golpe el líquido abrasador sobre la cabeza que intentaba salir, y al momento, el bandido murió abrasado. Morgana, con mano segura, hizo correr la misma suerte a todos los que estaban encerrados en las tinajas y todos murieron abrasados, pues ningún hombre, aunque estuviese encerrado en una tinaja de siete paredes podría escapar al destino atado a su cuello. Una vez que realizó su designio, Morgana apagó el fuego, y, cubriendo las bocas de las tinajas con la fibra de palmera, regresó a la cocina, apagó la linterna, y quedó a oscuras, resuelta a esperar el desenlace del asunto, que no se hizo esperar mucho tiempo.
En efecto, hacia la medianoche, el mercader de aceite se despertó y asomó la cabeza por la ventana que daba al patio, y no viendo ni oyendo nada, pensó que todos los de la casa debían estar durmiendo. Tal como había dicho a sus hombres, arrojó sobre las tinajas unos guijarros- que con él llevaba; como tenía el ojo seguro y la mano hábil acertó todos los blancos y esperó, no dudando de que vería surgir a sus hombres blandiendo las armas, mas nada sucedió. Pensando que se habían dormido, les arrojó más guijarros, pero no apareció cabeza alguna. El jefe de los bandidos se irritó mucho con sus hombres, a los que creía dormidos, y se dirigió hacia ellos, pensando: "¡Hijos de perro! ¡No valen para nada!", pero al acercarse a las tinajas hubo de retroceder, tan espantoso era el olor a aceite quemado y a carne abrasada que exhalaban. Se aproximó de nuevo y tocando las paredes de una de ellas sintió que estaban tan calientes como las paredes de un horno y levantando las tapas vio a sus hombres, uno tras otro, humeantes y sin vida.
A la vista de este espectáculo, el jefe de los ladrones comprendió de qué manera tan atroz habían perecido sus hombres, y, dando un salto prodigioso, alcanzó la cima del muro, se descolgó a la calle, y dando sus piernas al viento se perdió en la oscuridad de la noche.
En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 859 NOCHE
Schahrazada dijo:
"Y llegando a su cueva, se sumergió en sombrías reflexiones acerca de lo que debía hacer para vengar lo que debía ser vengado. En cuanto a Morgana, que acababa de salvar la casa de su dueño y las vidas de cuantos habitaban en ella, una vez que se hubo dado cuenta de que con la huida del mercader de aceite había desaparecido todo peligro, esperó tranquilamente a que amaneciera para ir a despertar a su dueño Alí Babá. Cuando éste se hubo vestido, sorprendido de que se le despertara tan temprano sólo para ir al baño, Morgana le llevó ante las tinajas y le dijo: "¡Oh, mi dueño! ¡Levanta la primera tapa y mira dentro!" Alí Babá, al hacerlo, se horrorizó y Morgana se apresuró a contarle cuanto había pasado, sin omitir un detalle, mas no es útil repetirlo aquí; e igualmente le contó la historia de las marcas blancas y rojas de las puertas, pero tampoco es de utilidad repetirla.
Cuando Alí Babá hubo escuchado el relato de su esclava, lloró de emoción, y, estrechando a la joven con ternura contra su corazón, le dijo "¡Bendita hija y bendito el vientre que te llevó! Ciertamente que el pan que has comido en está casa no ha sido comido con ingratitud. ¡Eres mi hija y la hija de la madre de mis hijos y de ahora en adelante serás mi primogénita!", y continuó diciéndole palabras amables, agradeciéndole su sagacidad y valentía. Después de esto, Alí Babá, ayudado por Morgana y el esclavo Abdalá, procedió al entierro de los ladrones, cuyos cuerpos, tras pensarlo mucho, decidió enterrar en una fosa enorme que cavaría en el jardín, haciéndolo él mismo para no llamar la atención de los vecinos. Así es como se desembarazó de aquella gente maldita.
Muchos días transcurrieron en casa de Alí Babá en medio del regocijo y de la alegría, menudearon los comentarios sobre los detalles de aquella aventura prodigiosa y dando gracias a Alah por su protección. Morgana era más querida que nunca y Alí Babá junto con sus dos esposas e hijos, se esforzaba en darle muestras de su agradecimiento y amistad.
Un día el hijo mayor de Alí Babá, que era quien regía la antigua tienda de Kasín, dijo a su padre: "Padre mío, no sé qué hacer para agradecer a mi vecino el mercader Hussein todas las atenciones con que me abruma desde su reciente instalación en el mercado. He aquí que ya he aceptado en cinco ocasiones participar, de su comida del mediodía, sin ofrecerle nada en cambio. ¡Oh padre! Yo desearía invitarle aunque no fuese más que una sola vez y resarcirle de todas sus atenciones con un festín suntuoso y único, ya que convendrás en que es conveniente agasajarle debidamente, en justa correspondencia, a las atenciones que ha tenido para conmigo."
Alí Babá, respondió: "¡Hijo mío, ciertamente ése es el más grande de los deberes! Tendrás que dejarlo todo a mi cargo y no preocuparte por nada. Precisamente, mañana viernes, día de descanso, lo aprovecharás para invitar a tu vecino Hussein a venir a tomar con nosotros el pan y la sal, y si por discreción busca algún pretexto, no temas insistir y tráele a nuestra casa, en la que espero que encuentre un agasajo digno de su generosidad."
A la mañana siguiente, después de la oración, el hijo de Alí Babá invitó a Hussein, el mercader que recientemente se había instalado en el mercado, a dar un paseo. En compañía de su vecino, dirigió sus pasos precisos hacia el barrio donde estaba su casa. Alí Babá, que los esperaba en el umbral, se acercó a ellos con rostro sonriente y después de saludarlos, expresó a Hussein su gratitud por las deferencias que tenía para con su hijo y le invito cordialmente a que entrase en su casa a descansar y a compartir con su hijo y con él, la comida de la tarde, y añadió: "¡Bien sé que haga lo que haga, no podré recompensar las atenciones que has tenido con mi hijo, pero, en fin, espero que aceptes el pan y la sal de la hospitalidad!"
Hussein respondió: "¡Por Alah, oh mi dueño! Tu hospitalidad es grande ciertamente, pero ¿cómo puedo aceptarla si tengo hecho juramento de no probar nunca alimentos sazonados con sal y de no probar jamás ese condimento?" Alí Babá, respondió: "No tengo más que decir una palabra en la cocina y los alimentos serán preparados sin sal ni nada parecido." Y de tal modo instó al mercader; que le obligó a entrar en su casa. Rápidamente corrió a prevenir a Morgana para que no echara sal a los alimentos y prepararan las viandas, rellenos y pasteles, sin la ayuda de aquel condimento. Morgana, muy sorprendida por el horror de aquel huésped hacia la sal, no sabiendo a qué atribuir un deseo tan extraño comenzó a reflexionar sobre el asunto, pero no olvidó prevenir a la cocinera negra de que debía atenerse, a la orden de su dueño Alí Babá.
Cuando la comida estuvo lista, Morgana la sirvió en los platos y ayudó al esclavo Abdalá a llevarla a la sala del festín, y, como era de natural muy curiosa, de vez en cuando echaba una ojeada al huésped a quien no le gustaba la sal.
Cuando la comida terminó, Morgana se retiró para dejar a su dueño conversar a gusto con su invitado. Al cabo de una hora la joven entró nuevamente en la sala, y, con gran sorpresa de Alí Babá, ataviada como una danzarina: la frente adornada con una diadema de zequíes de oro, el cuello rodeado por un collar de ámbar, el talle ceñido con un cinturón de mallas de oro, y brazaletes de oro con cascabeles en las muñecas y tobillos, según la costumbre de las danzarinas de profesión. De su cintura colgaba el puñal de empuñadura de jade y larga hoja que sirve para acompañar las figuras de la danza. Sus ojos de gacela enamorada, ya tan grandes de por sí y de tan profunda mirada, estaban pintados con kohl negro hasta las sienes, lo mismo que sus cejas, alargadas en amenazador arco. Así ataviada y adornada, avanzó con pasos medidos, erguida y con los senos enhiestos. Tras ella entró el joven esclavo Abdalá llevando en su mano derecha, a la altura de la cintura, un tambor sobre el que redoblaba muy lentamente, acompañando los pasos de la esclava.
Cuando Morgana llegó ante su dueño, se inclinó graciosamente y sin darle tiempo a recuperarse de la sorpresa que le había producido aquella entrada inesperada, se volvió hacia el joven Abdalá y le hizo una ligera seña. Súbitamente, el redoble del tambor se aceleró Morgana bailó ágil como un pájaro, todos los pasos imaginables, dibujando todas las figuras, como lo hubiese hecha en el palacio de los reyes una danzarina de profesión. Danzó como sólo pudo hacerlo ante Seúl, sombrío y triste, David, el pastor. Bailó la danza de los velos, la del pañuelo, la del bastón, las danzas de los judíos, de los griegos, de los etíopes, de los persas y de los beduinos, con una ligereza tan maravillosa que, ciertamente, sólo Balkin, la amante reina de Solimán, hubiese podido hacerlo igual.
Terminó de bailar sólo cuando el corazón de su dueño, el hijo de su dueño y el del mercader invitado de su amo cesaron de latir y la contemplaron con ojos arrobados. Entonces, comenzó la danza del puñal; en efecto, sacando de improviso el puñal de su funda de plata, ondulante por su gracia y actitudes, danzó al ritmo acelerado del tambor, con el puñal amenazador, flexible, ardiente, salvaje y como sostenida por alas invisibles.
La punta del arma tan pronto se dirigía contra algún enemigo invisible como hacia los bellos senos de la exaltada adolescente. En aquellos momentos, la concurrencia profería un grito de alarma, tan próximo parecía estar el corazón, de la danzarina de la punta mortífera del arma, pero poco a poco el ritmo del tambor se hizo más lento y le atenuó su redoble hasta el silencio completo, y Morgana cesó de bailar.
La joven se volvió hacia el esclavo Abdalá, quien a una nueva seña, le arrojó el tambor que ella atrapó al vuelo, y se sirvió de él para tenderlo a los tres espectadores, según la costumbre de las bailarinas, solicitando su dádiva. Alí Babá, aunque molesto en un principio por la inesperada entrada de su esclava, pronto se dejó ganar por tanto encanto y arte y arrojó un dinar de oro en el tambor. Morgana se lo agradeció con una profunda reverencia y una sonrisa y tendió el tambor al hijo de Alí Babá, que no fue menos generoso que su padre. Llevando siempre el tambor en la mano izquierda, lo presentó al huésped a quien no le gustaba la sal. Hussein tiró de su bolsa y se disponía a sacar algún dinero para aquella bailarina codiciable, cuando de súbito Morgana, que había retrocedido dos pasos, se abalanzó contra él como un gato salvaje y le clavó en el corazón el puñal que blandía en la diestra. Hussein con los ojos fuera de las órbitas, medio exhaló un suspiro, y, cayendo de bruces sobre el tipaz, dejó de existir. Alí Babá y su hijo, en el colmo del espanto y de la indignación, se lanzaron hacia Morgana, que temblorosa por la emoción, limpiaba su puñal en el velo de seda y como la creyesen víctima del delirio y de la locura, la asieron de las manos para quitarle el arma, pero ella con voz tranquila, les dijo: "¡Oh amos míos! ¡Alabemos a Alah que ha dirigido el brazo de una débil joven, para así castigar al jefe de vuestros enemigos! ¡Ved si este muerto no es el mercader de aceite, el capitán de los ladrones, el hombre que no quiso probar la sal de la hospitalidad!"
Mientras hablaba, despojó de su manto al cuerpo caído, y mostró bajo sus largas barbas, al enemigo que había jurado su destrucción. Cuando Alí Babá reconoció en el cuerpo inanimado de Hussein al mercader de aceite dueño de las tinajas y jefe de los bandidos, comprendió que por segunda vez debía su vida y la de su familia a la adhesión atenta y al coraje de la joven Morgana, por lo que abrazándola, con lágrimas en los ojos; le dijo: "¡Oh Morgana, hija mía! Para que mi dicha sea completa, ¿quieres entrar definitivamente en mi familia como esposa de mi hijo, ese bello joven que aquí está con nosotros?" Morgana besó la mano de Alí Babá y respondió: "Acato y obedezco."
El matrimonio de Morgana con el hijo de Alí Babá se celebró sin tardanza ante el kadí y los testigos, en medio de gran alegría y regocijo. El cuerpo del jefe de los bandidos, ¡que, él sea maldito!, se enterró en secreto en la fosa común que había servido de sepultura a sus antiguos compañeros.
En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 860 NOCHE
Dijo Schahrazada:
"Después del matrimonio de su hijo, Alí Babá escuchaba atentamente las opiniones de Morgana, y, siguiendo sus consejos, durante algún tiempo se abstuvo de volver a la caverna por temor de encontrar a los dos bandidos restantes, cuya muerte ignoraba, y que en realidad, como tú sabes, rey afortunado, habían sido ejecutados por orden de su capitán.
Hasta que pasó un año no estuvo tranquilo a ese respecto, pero una vez hubo transcurrido ese tiempo se decidió a visitar la caverna en compañía de su hijo y de la avisada Morgana. Ésta, que durante el camino no dejó de observar cuanto veía, al llegar a la roca se apercibió de que los arbustos y las grandes hierbas obstruían por completo el sendero que rodeaba a aquélla y que, por otra parte, en el suelo no había rastro de pisadas humanas ni huella alguna de caballos, por lo que, deduciendo que desde mucho tiempo atrás nadie debía haberse acercada a aquellos parajes, dijo a Alí Babá: "¡Oh tío mío! ¡No hay inconveniente; podemos entrar sin peligro!" Alí Babá extendió las manos hacia la puerta de piedra y pronunció la fórmula mágica, diciendo "¡Sésamo, ábrete!" Lo mismo que otras veces, la huerta obedeció como si fuese movida por servidores invisibles y se abrió dejando paso libre a Alí Babá, a su hijo, y a la joven Morgana. El antiguo leñador comprobó que, en efecto, nada había cambiado desde su última visita al tesoro; por lo que se apresuró a mostrar a Morgana y a su hijo las fabulosas riquezas, de las que era él único dueño.
Una vez que vieron cuanto había en la caverna, llenaron de oro y pedrería tres sacos grandes que habían llevado con ellos y, volviendo sobre sus pasos, después de pronunciar la fórmula de apertura, salieron de la cueva.
Dese entonces vivieron con tranquilidad, usando con moderación y prudencia las riquezas que les había otorgado el Generoso, que.es el único grande. Así es como Alí Babá, el leñador propietario de tres asnos por toda fortuna, llegó a ser, gracias a su destino, el hombre más rico y respetado de su ciudad natal.
¡Gracias a Aquel que da sin medida a los humildes de la tierra! He aquí, ¡oh rey afortunado! -continuó diciendo Schahrazada-; lo que sé de la historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones, pero ¡más sabio es Alah!
El rey Schahriar dijo:
-Ciertamente, Schahrazada, que ésta es una historia asombrosa, pues la joven Morgana no tiene par entre las mujeres de hoy. Bien lo sé yo, que me vi obligado a cortar la cabeza de todas las desvergonzadas de mi palacio.
FIN

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