miércoles, 31 de julio de 2013

Kilómetro 11

Mempo Giardinelli

Para Miguel Angel Molfino

-Para mí que es Segovia -dice Aquiles, pestañeando, nervioso, mientras codea al Negro López-. El de anteojos oscuros, por mi madre que es el cabo Segovia.

El Negro observa rigurosamente al tipo que toca el bandoneón, frunciendo el ceño, y es como si en sus ojos se proyectara un montón de películas viejas, imposibles de olvidar.

La escena, durante un baile en una casa de Barrio España. Un grupo de amigos se ha reunido a festejar el cumpleaños de Aquiles. Son todos ex presos que estuvieron en la U-7 durante la dictadura. Han pasado ya algunos años, y tienen la costumbre de reunirse con sus familias para festejar todos los cumpleaños. Esta vez decidieron hacerlo en grande, con asado al asador, un lechón de entrada y todo el vino y la cerveza disponibles en el barrio. El Moncho echó buena la semana pasada en el Bingo y entonces el festejo es con orquesta.

Bajo el emparrado, un cuarteto desgrana chamamés y polkas, tangos y pasodobles. En el momento en que Aquiles se fija en el bandoneonista de anteojos negros, están tocando “Kilómetro 11”.

-Sí, es -dice el Negro López, y le hace una seña a Jacinto.

Jacinto asiente como diciendo yo también lo reconocí.

Sin hablarse, a puras miradas, uno a uno van reconociendo al cabo Segovia.

Morocho y labiudo, de ojitos sapipí, siempre tocaba “Kilómetro 11” mientras a ellos los torturaban. Los milicos lo hacían tocar y cantar para que no se oyeran los gritos de los prisioneros.

Algunos comentan el descubrimiento con sus compañeras, y todos van rodeando al bandoneonista. Cuando termina la canción, ya nadie baila. Y antes de que el cuarteto arranque con otro tema, Luis le pide, al de anteojos oscuros, que toque otra vez “Kilómetro 11”.

La fiesta se ha acabado y la tarde tambalea, como si el crepúsculo se hiciera más lento o no se decidiera a ser noche. Hay en el aire una densidad rítmica, como si los corazones de todos los presentes marcharan al unísono y sólo se pudiera escuchar un único y enorme corazón.

Cuando termina la repetición del chamamé, nadie aplaude. Todos los asistentes a la fiesta, algunos vaso en mano, otros con las manos en los bolsillos, o abrazados con sus damas, rodean al cuarteto y el emparrado semeja una especie de circo romano en el que se hubieran invertido los roles de fiera y víctimas.

Con el último acorde, El Moncho dice:

-De nuevo -y no se dirige a los cuatro músicos, sino al bandoneonista-. Tocálo de nuevo.

-Pero si ya lo tocamos dos veces -responde éste con una sonrisa falsa, repentinamente nerviosa, como de quien acaba de darse cuenta de que se metió en el lugar equivocado.

-Sí, pero lo vas a tocar de nuevo.

Y parece que el tipo va a decir algo, pero es evidente que el tono firme y conminatorio del Moncho lo ha hecho caer en la cuenta de quiénes son los que lo rodean.

-Una vez por cada uno de nosotros, Segovia -tercia El Flaco Martínez.

El bandoneón, después de una respiración entrecortada y afónica que parece metáfora de la de su ejecutante, empieza tímidamente con el mismo chamamé. A los pocos compases lo acompaña la guitarra, y enseguida se agregan el contrabajo y la verdulera.

Pero Aquiles alza una mano y les ordena silenciarse.

-Que toque él solo -dice.

Y después de un silencio que parece largo como una pena amorosa, el bandoneón hace un da cappo y las notas empiezan a parir un “Kilómetro 11” agudo y chillón, pero legítimo.

Todos miran al tipo, incluso sus compañeros músicos. Y el tipo transpira: le caen de las sienes dos gotones que flirtean por los pómulos como lentos y minúsculos ríos en busca de un cauce. Los dedos teclean, mecánicos, sin entusiasmo, se diría que sin saber lo que tocan. Y el bandoneón se abre y se cierra sobre la rodilla derecha del tipo, boqueando como si el fueye fuera un pulmón averiado del que cuelga una cintita argentina.

Cuando termina, el hombre separa las manos de los teclados. Flexiona los dedos amasando el aire, y no se decide a hacer algo. No sabe qué hacer. Ni qué decir.

-Sacáte los anteojos -le ordena Miguel-. Sacátelos y seguí tocando.

El tipo, lentamente, con la derecha, se quita los anteojos negros y los tira al suelo, al costado de su silla. Tiene los ojos clavados en la parte superior del fueye. No mira a la concurrencia, no puede mirarlos. Mira para abajo o eludiendo focos, como cuando hay mucho sol.

-“Kilómetro 11”, de nuevo -ordena la mujer del Cholo.

El tipo sigue mirando para abajo.

-Dale, tocá. Tocá, hijo de puta -dicen Luis, y Miguel, y algunas mujeres.

Aquiles hace una seña como diciendo no, insultos no, no hacen falta.

Y el tipo toca: “Kilómetro 11”.

Un minuto después, cuando suenan los arpegios del estribillo, se oye el llanto de la mujer de Tito, que está abrazada a Tito, y los dos al chico que tuvieron cuando él estaba adentro. Los tres, lloran. Tito moquea. Aquiles va y lo abraza.

Luego es el turno del Moncho.

A cada uno, “Kilómetro 11” le convoca recuerdos diferentes. Porque las emociones siempre estallan a destiempo.

Y cuando el tipo va por el octavo o noveno “Kilómetro 11”, es Miguel el que llora. Y el Colorado Aguirre le explica a su mujer, en voz baja, que fue Miguel el que inventó aquello de ir a comprarle un caramelo todos los días a Leiva Longhi. Cada uno iba y le compraba un caramelo mirándolo a los ojos. Y eso era todo. Y le pagaban, claro. El tipo no quería cobrarles. Decía: no, lleve nomás, pero ellos le pagaban el caramelo. Siempre un único caramelo. Ninguna otra cosa, ni puchos. Un caramelo. De cualquier gusto, pero uno solo y mirándolo a los ojos a Leiva Longhi. Fue un desfile de ex presos que todas las tardes se paró frente al kiosco, durante tres años y pico, del 83 al 87, sin faltar ni un solo día, ninguno de ellos, y sólo para decir: “Un caramelo, déme un caramelo”, Y así todas las tardes hasta que Leiva Longhi murió, de cáncer.

De pronto, el tipo parece que empieza a acalambrarse. En esas últimas versiones pifió varias notas. Está tocando con los ojos cerrados, pero se equivoca por el cansancio.

Nadie se ha movido de su lado. El círculo que lo rodea es casi perfecto, de una equidistancia tácitamente bien ponderada. De allí no podría escapar. Y sus compañeros están petrificados. Cada uno se ha quedado rígido, como los chicos cuando juegan a la tatuíta. El aire cargado de rencor que impera en la tarde los ha esculpido en granito.

-Nosotros no nos vengamos -dice el Sordo Pérez, mientras Segovia va por el décimo “Kilómetro 11”. Y empieza a contar en voz alta, sobreimpresa a la música, del día en que fue al consultorio de Camilo Evans, el urólogo, tres meses después que salió de la cárcel, en el verano del 84. Camilo era uno de los médicos de la cárcel durante el Proceso. Y una vez que de tanto que lo torturaron el Sordo empezó a mear sangre, Camilo le dijo, riéndose, que no era nada, y le dijo “eso te pasa por hacerte tanto la paja”. Por eso cuando salió en libertad, el Sordo lo primero que hizo fue ir a verlo, al consultorio, pero con otro nombre. Camilo, al principio, no lo reconoció. Y cuando el Sordo le dijo quién era se puso pálido y se echó atrás en la silla y empezó a decirle que él sólo había cumplido órdenes, que lo perdonase y no le hiciera nada. El Sordo le dijo no, si yo no vengo a hacerte nada, no tengas miedo; sólo quiero que me mires a los ojos mientras te digo que sos una mierda y un cobarde.

-Lo mismo con este hijo de puta que no nos mira -dice Aquiles-. ¿Cuántos van?

-Con éste son catorce -responde el Negro-. ¿No?

-Sí, los tengo contados -dice Pitín-. Y somos catorce.

-Entonces cortála, Segovia -dice Aquiles.

Y el bandoneón enmudece. En el aire queda flotando, por unos segundos, la respiración agónica del fueye.

El tipo deja caer las manos al costado de su cuerpo. Parecen más largas; llegan casi hasta el suelo.

-Ahora alzá la vista, mirános y andáte -le ordena Miguel.

Pero el tipo no levanta la cabeza. Suspira profundo, casi jadeante, asmático como el bandoneón.

Se produce un silencio largo, pesadísimo, apenitas quebrado por el quejido del bebé de los Margoza, que parece que perdió el chupete pero se lo reponen enseguida.

El tipo cierra el instrumento y aprieta los botones que fijan el acordeón. Después lo agarra con las dos manos, como si fuera una ofrenda, y lentamente se pone de pie. En ningún momento deja de mirarse la punta de los zapatos. Pero una vez que está parado todos ven que además de transpirar, lagrimea. Hace un puchero, igual que un chico, y es como si de repente la verticalidad le cambiara la dirección de las aguas: porque primero solloza, y después llora, pero mudo.

Y en eso Aquiles, codeando de nuevo al Negro López, dice:

-Parece mentira pero es humano, nomás, este hijo de puta. Mírenlo cómo llora.

-Que se vaya -dice una de las chicas.

Y el tipo, el Cabo Segovia, se va.

Mempo Giardinelli es escritor y periodista. Nació en Resistencia, provincia de Chaco, Argentina. Vivió en Buenos Aires entre 1969 y 1976, estuvo exiliado en México entre 1976 y 1984, y cuando regresó fundó y dirigió la revista "Puro Cuento" (1986-1992). Entre 1993 y 2000 se radicó en Paso de la Patria, Corrientes. Desde 2001 reside en Resistencia. Es autor de novelas, libros de cuentos y ensayos, y escribe regularmente en diarios y revistas de la Argentina y otros países. Ha publicado artículos, ensayos y cuentos en medios de comunicación de casi todo el mundo.

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La rebelión de los formícidos

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El pequeño ejército rumbeaba hacia el enorme parque, como lo hacía todas las noches a la hora en que la luna se despereza para encender las lucecitas del cielo.

Los diminutos seres sabían que a esa hora la cocinera sacudía el mantel de hilo bordado a mano, del que caerían las migajas que sobraban de los suculentos banquetes al que asistían otros insectos bípedos y de mayor tamaño. A diferencia de los primeros, estos últimos, por ser de hábitos parasitarios, carecían de los mínimos conocimientos sobre lo que representa la organización social y la división del trabajo, cuestión que tan bien comprendieron los primeros, llevándolos a la práctica a través del tiempo.



-Caramba, dijo la hormiga más despierta, la que tenía el espíritu crítico muy desarrollado y que pretendía inculcar, sobre todo, a las más tímidas de la organización. ¡Siempre las migas, las sobras, nunca se le caerá un trozo completo!

-Es cierto, respondió otra con fama de timorata, agregando - pero tendríamos que dar gracias porque al menos caen estas migas riquísimas.

-¿Agradecer qué? ¡Tonta! respondió una tercera que gustaba de imitar a la más crítica. ¡Esto es lo que tiran, son sus desperdicios! ¡Es hora de empezar a exigir algo más porque nos corresponde! ¡Somos tan insectos como ellos! Concluyó exaltada.

-¿Nosotras, con esta pequeñez qué podemos exigir? Preguntó la timorata abriendo los ojos más de lo imaginable.

-¡Mil veces tonta! Somos pequeñas, claro, ¿pero, acaso pueden esos grandulones organizarse como nosotras? ¿Acaso han dado muestras de sabiduría a lo largo de los años? ¿O es que no viste como se van destruyendo poco a poco? ¿No te das cuenta que nos temen tanto que hasta para deshacerse de nosotros utilizan armas que los van exterminando a ellos también? ¡Son tan imbéciles como prepotentes!

Mientras se endurecía el diálogo y algunos soldaditos cargaban las migajas sobre sus hombros frágiles, en apariencia, los insectos más curiosos formaron una ronda alrededor de la revoltosa dispuestos a recoger su enseñanza.

Siempre era lindo escucharla, sobre todo, porque sabían bien que desde su más tierna juventud fue coherente con sus discursos. No hubo migaja que comprara su conciencia ni siglo que modificara, lo que sabía, era inmodificable. Solía decir, con total convicción, que el poderoso siempre es poderoso y lo seguirá siendo hasta que el insecto se subleve. Y agregaba enfáticamente, que para serlo, debió pisar antes a muchos como ellos.

-¡Escuchen bien! Exclamó sin temblor en la voz y convencida de que la hora había llegado y había que asumirlo.

-¡Deberíamos estar cansados del reparto de migajas que hasta hoy conformó a algunos, es hora de tomar el comedor por asalto! ¡Estoy harta de esperar que sacudan sus manteles! ¡Harta de que nos pisen y sigan como si nada! ¡Harta de que nuestros viejos hayan muerto sin conocer las delicias que a ellos les sobran, siguió arengando!

-¡Sí, sí, sí, estamos hartos! Apoyaba un coro que cada vez se escuchaba más fuerte.

Uno a uno, cada miembro del diminuto ejército se aprestó para cumplir con su tarea. La consigna fue escuchada y de todos lados comenzaron a aparecer soldados con sus aguijones cargados de piperidina, esa que hace arder y saltar las lágrimas cuando se incrusta.

A la mañana siguiente, cuando los dueños de la hermosa casona se encaminaban hacia el parque para empezar su gimnasia aeróbica diaria, descubrieron la interminable fila de hormigas que como una serpiente negra recorría el enorme jardín.

-¡Lucía! Gritó con voz de asco el apuesto dueño de la mansión, llamando a la mucama. ¿De dónde salió esta cantidad de hormigas? ¿Usted está otra vez sacudiendo el mantel en el parque? Preguntó bruscamente mientras llevaba su mano hacia la pierna izquierda donde la piperidina ya había dado muestras de excelente calidad.

La fila seguía avanzando mientras Lucía comenzó a espolvorear el césped con un potente hormiguicida que le hacía arder la vista y que caía como fina lluvia letal causando algunas bajas en el combate desigual. Otra hilera de insectos comenzaba a socavar los cimientos que mantenían en pie la casona.

-¡Pronto caerá! decían dándose fuerzas unos a los otros, ¡pronto caerá! repetían los que se sumaban a la epopeya cargados de esperanza. Sin embargo, no parecían tener apuro aun sabiendo que la correlación de fuerzas no les era favorable.

-¡Sabrán que no se debe minimizar tanto los derechos de los más desposeídos! Gritaba un ejemplar tratando de mantener la moral de la tropa en alto.

Aprovechando la confusión, la columna que dirigía la llamada revoltosa, había copado el comedor. Comenzaba a trepar por las patas de la mesa enorme, de algarrobo lustrado, donde reposaban las sobras del desayuno suculento.

Pasaron muchos años, pasó mucho coraje y mucha bronca. Hasta donde pude saber no volvieron a caer migajas del mantel de hilo blanco bordado a mano. Me parece que en realidad ya no hizo falta.

Metros más adelante, desparramados sobre el césped yacían los escombros de lo que en algún momento parecía haber sido una hermosa casona. La luna, ya desperezada, comenzaba a encender las lucecitas del cielo.

Ilustración: obra gentileza de la artista visual argentina Beatriz Palmieri: “El mantel y las hormigas”

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Plástica: Paul Gauguin

A Gauguin (1848-1903) lo encontramos dentro de los pintores franceses post-impresionistas junto con Van
Gogh, Toulouse-Lautrec y Cézanne.

Nació en parís, a los tres años sus padres emigran a Perú y durante el viaje muere su padre. Allí vivió junto a su madre cuatro años hasta que deciden regresar a Francia.

Gauguin abandonó el colegio a los diecisiete años y se hizo marino mercante, el deseo de conocer otras tierras fue en él una constante. Cuando murió su madre en 1868, Gustave Arosa, un rico banquero, se convirtió en su protector legal. Gracias a él, Gauguin fue un agente de bolsa de éxito. Se casó con Mette Sophie, una joven danesa de familia acomodada, tuvieron cinco hijos y llevaron una confortable vida burguesa.

Hacía poco que se había casado cuando se convirtió en pintor aficionado. Al mundo de la pintura también lo introdujo Arosa. Conoció a Pisarro y en 1879 expuso con los impresionistas, participando después en las cuatro últimas exposiciones del grupo. Coleccionó cuadros de Manet, Monet, Renoir y Degas, sus pintores favoritos eran Cézanne y Pisarro, de quienes sus primeras obras presentan claras influencias.

Su carrera financiera quedó interrumpida en 1882 por la crisis bursátil y decide entregarse por completo a la pintura. Viéndose obligado a llevar una vida más modesta, se mudan a Copenhague, donde su esposa cuenta con el apoyo de su familia. Pero el fracaso es absoluto, ya que no encuentra clientes para sus cuadros. Al cabo de unos pocos meses, decide regresar a Francia en compañía de su hijo Clovis, mientras que su mujer se queda en Copenhague con los demás hijos. Este es el comienzo de una época llena de miserias y deudas. La penuria económica le hace abandonar París en 1886, refugiándose en Pont-Aven, un pueblecito de Bretaña, donde conoce al pintor Charles Laval.

Deseoso de romper con todas sus fatalidades, Gauguin envía a su hijo a Dinamarca y emprende viaje a Panamá junto con su amigo. Esta es su primera incursión en el exotismo, pero una enfermedad le obliga a volver a París en 1887, donde conoce a Van Gogh.

Juntos pasarán un tiempo en Arles, pero al no haber entendimiento entre ambos, Gauguin regresa a Bretaña. Contacta con Emile Bernard, quien le adentra en el Sintetismo, que supone un cambio radical con respecto al impresionismo.

Le hace partícipe en el uso del color, apostando por las áreas planas sin matizar y remarcando los contornos. Lo que hay que pintar es la idea que elabora el pintor después de su experiencia, quitando lo superfluo y reteniendo la esencia. Así se consigue la síntesis de forma y color.

En La visión después del sermón (1888), el trazo de los objetos y los personajes los aísla entre sí. Utiliza colores vivos, nada realistas, simplifica los volúmenes y suprime las sombras y las gradaciones de color para crear una atmósfera ilusoria, donde a un grupo de mujeres, tras escuchar el sermón, se les aparecen Jacop y el ángel.

El Cristo amarillo, se inspira en los artistas medievales y en la estampa japonesa. Presenta un tema religioso con un grafismo extremadamente simplificado, enmascarando las formas en contornos oscuros.

En ambas escenas observamos el simbolismo fruto de las relaciones que entabló con poetas simbolistas, que tiende a otorgar a la obra un significado intelectual.

Gauguin sin dinero, después de vender su colección de pinturas impresionistas y cada vez más forzado por la necesidad de ganarse la vida ya que apenas vende sus obras, decide en 1891 irse a Tahití. Gauguin decía: "sólo quiero crear un arte sencillo. Para ello necesito empaparme de una naturaleza virgen, no ver nada más que salvajes".

El resto de su vida lo pasó en Tahití y en las islas Marquesas, a excepción de una visita a Francia. Se evade de la sociedad de su época para encontrar en un entorno y entre gentes no corrompidas por el progreso, las condiciones de autenticidad e ingenuidad primitiva en las que puede florecer su pintura. Su exploración de la naturaleza y de las gentes de lejanos países no es una vuelta al exotismo romántico.

Gauguin se alejó de la cultura de Occidente y procuró integrarse en la vida local. Se familiarizaría con los indígenas e incluso tomó como compañera a una de ellas, se habituó a sus costumbres y se esforzó por comprender su religión. En el plano artístico, se basó en los elementos del folclore de la isla, observando las cosas que veía e intentando ir más allá de ellas. Su paleta se enriqueció con colores puros y cálidos creando un vocabulario personal y un estilo lleno de simbolismo, cobrando gran fuerza expresiva. La luz pierde importancia a favor de la exaltación del color, principio en que se basa años después el fauvismo. La fascinación de sus cuadros radica en las amplias zonas de colores y en sus figuras grandes, contorneadas de manera nítida. Renuncia a la perspectiva, suprime el modelado y las sombras y la sensación de plano es igual que en las pinturas japonesas.

Pero incluso aquí, las cosas no le fueron fáciles y Gauguin acabó desesperado, enfermo, alcohólico y solo, hasta que en 1903 muere.

Ararea señala la tendencia hacia el plano y los colores puros. Se encuentra a mitad de camino entre el Impresionismo y el Fauvismo de principios de siglo.

Mujeres de Tahití; Dos mujeres tahitianas; ¿Cuándo te casas?; Nave, nave, ahora, son algunas de las obras donde capta la belleza de los paisajes y de las bellas muchachas.

Su obra maestra es la inmensa alegoría ¿De dónde venimos, qué somos, dónde vamos? Pintada inmediatamente antes de su intento de suicidio.

En Y el oro de sus cuerpos plasma un sentimiento trágico. Fascina la fuerza expresiva del color que influirá no sólo en el fauvismo y en Matisse, sino en el Expresionismo.
La obra de Gauguin abre nuevos horizontes estéticos en las generaciones posteriores, ejerciendo una poderosa influencia en el movimiento expresionista y fauvista.

Ver su obra aquí:
http://www.mystudios.com/artgallery/P/Paul-Gauguin/Paul-Gauguin-oil-paintings-1.html

Fuente: http://www.arteespana.com/gauguin.htm

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La izquierda del Perú: De la ruptura a un frente amplio

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Me da miedo mirar atrás”, escribe Luis Harss, al presentar la reedición de Los Nuestros, medio siglo después de su publicación original de entrevistas y críticas sobre los diez escritores del Boom Literario Latinoamericano de los años sesenta.

El género testimonial se ha convertido hoy en el medio más visitado para dar fe de experiencias que recobran vigencia y que pueden servir de lecciones para afrontar esta nueva época, que supone el fin de los viejos paradigmas y la necesaria innovación.

Ricardo Letts Colmenares, conocido militante y líder de la izquierda peruana, ha publicado hace poco La Ruptura, su diario íntimo 1959-1963, el cual nos permite conocer o recordar una lección de vida consecuente con sus ideales, no obstante las persecuciones del Estado, deportaciones, encarcelamientos, amenazas de muerte. Sus amores, su poesía, sus hijos, sus compañeros de lucha, los campesinos.



Apasionado comunicador comparte la fundación y dirección de la revista y Diario Marka, junto con Jorge Flores, Sinesio López, Guillermo Thorndike, José María Salcedo, además las revistas Zurda y Trenzar. Todo ello, forma parte de este libro, ameno, revelador, documentado y útil para entender el porqué reconstruir un Frente Amplio de Izquierda.

Empieza narrando su primera prisión en El Sexto (agosto 1965), donde una de sus principales lecturas, obsequiada por su padre, fue Mahatma Gandhi, conductor de la independencia de la India a través de métodos no violentos.

Letts considera que La Ruptura es una respuesta a la pregunta que se le ha hecho mil veces, respecto a cómo, porqué, cuándo, dónde, con su particular origen social, económico, político, cultural, religioso y familiar, se convirtió en un izquierdista radical, un combatiente consecuente de la causa del pueblo y su país.

Aclara que su padre no fue propietario de grandes extensiones de tierras. Fue un aprista con carnet, que en 1959 ya había roto con ese partido, por el pacto con la oligarquía.

Su mundo laboral empieza en una empresa frutícola de su familia, en el Mercado Mayorista de La Parada, en Lima, experiencia que le permite conocer a la sociedad peruana y limeña de los estratos más pobres así como el mundo de los comerciantes emergentes.

En su paso por la Escuela Nacional de Agricultura, hoy Universidad de La Molina, llegó a ser presidente de un movimiento estudiantil. “Dicha escuela nació pro oligárquica, latifundista, terrateniente y además racista y sexista”.

Conoció en su juventud los EEUU, invitado por el Departamento de Estado, donde vivió en una granja familiar de ganado lechero en Nueva York y visitó las principales universidades del Noreste. Al retornar al Perú, debió exponer su experiencia en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano, pero los directivos cancelaron la exposición al conocer el contenido de ésta. “La verdad, en medio de todo lo formidable que había visto y oído, también se enteró de las tesis de la independencia de Puerto Rico, y lo que más le impactó fue la segregación racial, todavía muy extendida. Se enteró que en el país del norte no existía ningún movimiento estudiantil, conducta que varía por el rechazo a la guerra de Vietnam, a fines de los sesenta.

Como administrador de la hacienda La Mina, en Sayán, advierte la dura situación social, cultural y la miseria económica de los peones, obreros y trabajadores tanto en la propiedad familiar como en todo el país: “Su pobreza es nuestro bienestar familiar, es como las dos caras de una misma moneda. Y me duele. Eso que en este fundo, bajo mi responsabilidad se cumplían todas las leyes sociales, éramos ejemplares en la quebrada de río Chico”.



El sufrimiento de los trabajadores y los mensajes de Radio La Habana van motivando la rebelión, como se aprecia en algunos de sus poemas. Habla de su incorporación en Acción Popular (“relación que le hizo mucho daño”) y da cuenta de los viajes por la Amazonía con Fernando Belaunde Terry y otros miembros de ese partido. De su visita a Cuba asume como un eje el tema de la propia revolución peruana. “La oligarquía estaba muy contenta por la alianza del Apra con el general Odría y Manuel Prado”.

Incluye una reflexión sobre la violencia como protesta contra el fraude electoral de 1962 que truncó temporalmente la presidencia de FBT. Formó un pequeño proyecto armado, que viaja a Cajamarca, liderado por Eduardo Orrego Villacorta, posteriormente Alcalde de Lima y otros acciopopulistas, recibiendo la orden de FBT que se anulara la acción. Belaunde le confía su participación en las barricadas de Arequipa, como una protesta pacífica de masas ciudadanas, que se traslada después a Ayacucho con el mismo propósito.

Conocedor del sector agrario, ha provocado más de una polémica desde su tesis para graduarse como ingeniero: “Justificación económica y política de la reforma agraria peruana” y ahora en julio del 2013 considera un atentado legal del Estado peruano facilitar y regular el pago a los antiguos propietarios de tierras.

Recuerda su fraternal amistad con Ricardo Napurí y Carlos Malpica, quienes estaban en la lista del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, para ser capturados. Tomó contacto ocasional con las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional, dirigido por Héctor Béjar. Después de un seminario de la FAO en Santiago, pasa a Bolivia. De regreso cruza el Titicaca, llega a Quillabamba, en Cusco, a tomar contacto con Hugo Blanco, entonces todavía a la cabeza de la brigada (armada) campesina Remigio Huamán.

En La Ruptura, también menciona su militancia en Vanguardia Revolucionaria, Partido Unificado Mariateguista, Izquierda Unida (Diputado 1990-92), integrante del Comité Carlos Malpica, destacado intelectual y luchador político de izquierda, junto con Raúl Wiener y Delfina Paredes. Con Malpica participó en la Marcha de los 4 Suyos en la rebelión popular del pueblo de Lima del 28 de julio del 2000. Denuncia a Alan García por las muertes de los penales del 18 y 19 de junio de 1986. El 2004 se suma al movimiento de fundación del Frente Amplio de Izquierda.

Se aparta de este Frente, que niega respaldo a la candidatura de Ollanta Humala a la Presidencia del Perú. En el 2006 apoya a Humala en primera y segunda vuelta. Actualmente, insiste en la necesidad de en un Frente Amplio para evitar el debilitamiento de la izquierda, "para evitar que el Perú se quede aislado respecto de los países vecinos que emprenden reformas sociales. No hay otro camino con relación al gigante del Norte que busca tener en Sudamérica una poderosa base militar, ya no en Manta sino en Talara o en otro espacio..."

El porvenir posible solo radica en la construcción de una democracia integral, permanente tridimensional: política, económica y social.

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De la espiritualidad y la política: Facundo, el gran impostor

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Si Cabral tan sólo hubiera improvisado, “Me gusta estar tirado siempre en la arena, o en bicicleta perseguir a Manuela, o todo el tiempo para ver las estrellas con la María en el trigal”, ya se hubiera ganado un espacio prestigioso en el riquísimo caudal poético del cancionero popular nuestroamericano. La mitología rioplatense de fines de los 60, cuenta que la canción nace de una improvisación de Cabral frente a un grupo de amigos, entre los que se encontraba Jorge Cafrune, en un bodegón de Montevideo o Buenos Aires, dos orillas con una sola poética, dos ciudades con narrativas gemelas.

Los rápidos reflejos de Cafrune para escribir lo que improvisaba Cabral, hicieron que la canción original, que luego se acercaría a las 700 grabaciones, decenas de versiones, e interpretada en casi 30 idiomas; no se evaporara junto a las barrocas figuras azules del humo de los tabacos.

Mucha historia, de la grande, y también de la pequeña, de su mundo más íntimo, le había pasado a Cabral desde esos años, hasta el 9 de Julio del 2011.

Para Cabral fue un día borgiano, no sólo por lo trágico de su desenlace, sino también porque lo amarró irónicamente a una fecha patria y a un histórico acontecimiento socio-político, de los cuales él quería huir tan vehementemente. El 9 de Julio del 2011 se celebró en Argentina el 195 aniversario de la declaración de su independencia como estado soberano. Y no fue una celebración más, vaciada de contenido, ya hacían varios 9 de Julio que Argentina venía ganando espacios de soberanía en lo político, cultural, social, económico, y por supuesto, también en lo espiritual, que no es otra cosa que alcanzar mayores cuotas de felicidad para ese sujeto histórico, político, socio-cultural y espiritual que llamamos pueblo.

Cabral estaba lleno de frases ocurrentes, las que fue elaborando en el transcurso de tantos años, arriba de centenares y centenares de aviones, o pisando tierra firme, en parajes exóticos, (aunque él afirmara que le eran tan familiares como los del Tandil de su niñez). Tenía cubiertos todos los ángulos, a posibles preguntas envenenadas o tan siquiera suspicaces; como el arquero soviético Lev Yashin (la Araña Negra) a esos balones pateados con efecto banana, desde un tiro libre de corta distancia; o mejor, se sabía todos los dos billones de variantes posibles con las 32 piezas, sobre los 64 cuadros, como Bobby, que le contestaba a su adversario de memoria.

Claro, que lo de Facundo no era un deporte-espectáculo, ni un juego-ciencia, lo de Cabral era hablar de la libertad, de la pobreza, del que él llamaba su Maestro, de la posesión de bienes materiales, del destino final del hombre, de las causas ontológicas del ser, y por supuesto de la espiritualidad.

Hizo de su impostura un arte, -o mejor dicho, una artesanía de biyuterí-, al hablar sobre esos temas con un lenguaje abstracto, en un espacio abstracto, y en la abstracción del tiempo histórico. Enarboló el mismo discurso en el centro mundial de las finanzas, Wall St., como en el barrio más humilde de Calcuta, o de Puerto Príncipe o de Bangkok, y lo hacía afirmando lo acertadamente ético de su proceder, para confusión de algunos e incertidumbre de otros.

Admiró a figuras como la Madre Teresa, Jiddu Krishnamurti, y Golda Meir, entre otras grandes (según él), piedras fundacionales de la espiritualidad del siglo XX, en el caso de las dos primeras, y estadistas en el caso de la sionista Meir.

Al mismo tiempo que publicitaba a tamañas figuras, como un verdadero Edward Bernays de la “espiritualidad”, nunca se lo escuchó nombrar en ninguna entrevista, de las cientos que le hicieron, a gente de una profunda (¿a quién le cabe alguna duda?) espiritualidad, como el Padre Mártir Carlos Mujica y su trabajo en la Villa de Retiro (en Buenos Aires), o a Enrique Angelelli, Obispo Mártir por su trabajo entre los pobres más pobres del NOA, o al otro Obispo Mártir argentino Carlos Ponce de León, o al Obispo Miguel de Hesayne, o a los Palotinos Mártires por la Justicia, o sobre el Obispo Jorge Novak y su trabajo profundamente espiritual en su tan castigada Diócesis de Quilmes, o una palabrita por la decena de curitas y los miles de laicos comprometidos que desaparecieron en la larga noche argentina del terror, por ser fieles a la palabra y en la acción con Aquel, al que Cabral llamaba su Maestro.

Parece que a Cabral nuestra religiosidad y nuestra espiritualidad “situacionales”, como no pueden ser de otra manera, sino quieren convertirse en religiosidades y espiritualidades alienantes, no le interesaron mucho. Se fue a buscar espiritualidades para un ser humano globalizado, abstraído de su realidad socio-política, siguiendo consignas tan vagas y abstractas como ésta perteneciente a la Madre Teresa, “la vida es un juego y la mejor manera de jugar es amar”.

Menospreció el acerbo de nuestra espiritualidad nuestroamericana, tan rica en originalidad y atrevimiento, que no sólo aportó elementos fundamentales para entender nuestro entorno socio-espiritual, cultural y político-económico, sino que dio inicio en otros continentes a aportes fundacionales en la creación de otras espiritualidades liberadoras, así como espiritualidades de género, y espiritualidades de la naturaleza.

¿Qué extraño, no? Nunca se lo escuchó decir una palabra de ese gigante de nuestra Fe que es Oscar Arnulfo Romero, pero tenía frasesitas que sonaban muy profundas sobre sus experiencias en la India y sobre el legado de paz de Gandhi, no así con tanta vehemencia, de su legado político independentista.

Del Cristo del Padre James “Guadalupe” Carney, hubiera dicho que no era su Cristo, y todos estaríamos de acuerdo, el Cristo de los Mártires no puede ser el mismo de los que no lo somos.

Nunca le escuché una mención, sobre el trabajo con, desde y junto a los más pobres del Brasil, que llevaron adelante los Obispos Don Hélder Cámara y Pedro Casaldáliga, o el profético trabajo del Obispo Leonidas Proaño, (Taita Proaño), el Obispo de los Indios del Ecuador, o sobre Sergio Méndez Arceo, o sobre el Obispo de Chiapas Samuel Ruiz.

Hablaba de sus visitas a varias culturas y comunidades originarias nuestroamericanas y también de la America del Norte, hablaba de sus vivencias con los Taraumaras de México, metía una frasecita ocurrente, amenizaba una anécdota con pretensiones de profunda humanidad, demostrando una vez más la simpleza de la verdad en la vida dócil, pacífica y de resignación de nuestros pueblos originarios.

Nunca lo escuché hablar de las gestas de Hatuey, Anacaona o Enriquillo, nunca se lo escuchó reivindicar los derechos de los descendientes de aquellos tres, a su propia espiritualidad, que incluye el derecho a la tierra, al agua y al aire, sus derechos económicos, políticos, sociales y culturales.

Renegaba de la política, y no sólo de los políticos, lo que lo situaba en el “canon bretchiano”, como a un ignorante importante, que desconoce el origen de los males y los pecados de cualquier sociedad humana. Dijo en más de una ocasión, durante entrevistas a medios, que “la política no sirve” y “no creo que sea bueno que todos tengamos los mismos derechos”. Blandía un anarquismo individualista, selvático, donde lo único verdadero estaba encerrado en uno mismo.

Fue entrevistado cientos de veces. En una de tantas, cayó al programa de Jaime Bayly, en Miami. Toda la entrevista fue una secuencia de preguntas acomodadas para respuestas que demostraran lo acertado que están, los que piensan así (como Cabral). Cuando Bayly entró en el terreno de las definiciones políticas, que siempre son eso, definiciones, aunque del entrevistado la juegue de ofidio gelatinoso -y por lo tanto resbaladizo- , como Cabral, el programa se tornó pura y simple propaganda contrarrevolucionaria. Cuando el “cantor de las cosas –llamémoslas- profundas” habló en forma peyorativa de los “que llevan una estrella en la frente” en clara alusión al Comandante Ernesto “Che” Guevara, se ganó el título de despreciable.

Años después lo entrevistó otra estrella de los “medios latinos” (esos que quieren ser tan veraces como la CNN). Jorge Ramos, periodista de Univisión, le preguntó por su opinión acerca de los Estados Unidos, Hugo Chávez, Cuba, y la Dictadura argentina.

Sobre los Estados Unidos, Cabral le contestó a Ramos que como todo sudamericano de la época pensaba que el país del Norte era “la casa de Satanás” y con un no muy elaborado cliché “que si uno se engripa la culpa es de los gringos”, originalísimo.

Claro, que en el transcurso de los sucesivos viajes al país del Norte – y por lo tanto de una progresiva acumulación de sabiduría- Cabral se dio cuenta y se lo confesó a Ramos…”Estados Unidos es la capital del mundo”(?).

A la pregunta de si era una persona de izquierdas (ideológicamente hablando), Cabral contestó: “No para nada, ni de derecha. Yo no creo en las ideologías. Las ideologías son una maldición”.

Ramos en la entrevista, asegura recordarle a Cabral, “que él (Cabral) tuvo una posición muy firme en contra de las dictaduras militares en Argentina”. “Ellos estaban contra mi, no al revés”, contestó Cabral, ocurrentísimo.

Quien conozca la historia reciente de la violencia contrarrevolucionaria en Argentina -desde 1974- mediante los Escuadrones de la Muerte, liderados por la “Triple A” (Alianza Anticomunista Argentina), el “Comando Libertadores de América”, y el “Comando de Organización”, para nombrar sólo a tres con clarísimos vínculos de apoyo táctico y operacional de las Fuerzas Armadas y policiales; y desde 1976 hasta 1983 liderado el accionar represivo por éstas dos últimas, sabe que no era necesaria ninguna “posición muy firme”, la que Cabral por otro lado no tuvo, para haber sido ejecutado en un atentado o secuestrado y pasar a engrosar la lista de los detenidos – desaparecidos.

Con el descubrimiento de los llamados “Archivos del Terror”, que revelaron la trama internacional – Operación Cóndor - de la represión en Sudamérica y sus tentáculos extendidos a Centroamérica en los 80’s y 90’s, descubrimos –una vez más- quien estaba detrás de nuestras gripes.

Ramos le recordó que hablaba mucho de Jesús, como el presidente Chávez. Cabral contestó para regocijo de Ramos: “Entonces hay dos Jesús en esta vida; a lo mejor hay dos”. “El de él no tiene mucho que ver con el mío. ¿Cómo puede ser que un solo hombre decida en un país? Ni siquiera por elecciones. Mi madre diría que hay gente que para ir escapando del aburrimiento de su familia y de su vida llega a la presidencia de su país. Me parece una frase perfecta en este caso”.

“¿Por qué no has ido a Cuba?, le pregunta Ramos.

“¿A qué voy a ir (a Cuba)?” respondió Cabral con otra pregunta “¿A qué? Duraría cinco minutos en Cuba. No, yo soy casi anarquista, el gobierno de uno mismo”.

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El exorcista valconete

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Entiéndase el agua bendita” es la escucha que hicimos de un obispo de anillo, exorcista él, que fue exorcizando de Córdoba a Mondéjar, en cierta excursión de Rocío o rosario de la Aurora, quien, hallando mucha necia que exorcizar, en un lugar se salió a un arroyo, y cogiendo unos guijarros limpios, volvió a la comitiva, y diciendo que él sabía “guisar”, exorcizar estas almas y estos cuerpos, aliñándose el alzacuellos, la sotana y su bonete de lienzo negro plegado y alechugado, elegida una mujer descasada, de mucha manteca, empezó a declamar:

“El exorcizante que exorciza se ha confabulado con el espíritu maligno para traspasar y mucho los términos regulares de este cuerpo exorable, fácil de dejarse vencer por ruegos, velorios y oraciones, mientras en la exorbitancia de su As de Oros o culo, un exceso notable pasa del término regular, que ella tuvo un novio recién excarcelado, que le pareció y supo bien, aunque fue un mal muchacho, maltratador él sin conocer la violencia de género, y decía: “No hay mejor leche como la leche de Guijarro”; que así se llamaba el tal prenda. Que por eso el obispo se acercó al arroyo a coger unos guijarros; listo como era, y a quien muchos jovenzuelos le exoran, piden y solicitan con empeño una sodomía, que el maligno execra, condena y maldice con autoridad sacerdotal, pero él no.

El exordio, principio, prefacio, preámbulo, de oración copulativa, dio principio a una oración de sumisión expansiva, dilatable, capaz de aumentar el volumen de la fe, y así, con estos aderezos, hizo un caldo y guisado “exorcízale” que a todos pareció bien y supo bien; apareciendo el maligno adornado, hermoseado como un deán, dando principio a una oración exorable fácil de dejarse vencer por ruegos , encontrando un lugar en el mundo de la materia o en el del espíritu hecho guijarro, hallado y encontrado de Córdoba a Mondéjar, metiéndose el obispo en la renta de la excusada, metiéndose en lo que no le importa.

La tal mujer, apresurada por cierta fuerza del conjuro, y sintiendo exinación, debilidad extenuada, quería escupir y gritaba a todos que la diesen lugar. El “sumo sacerdote” dijo:

-Guadalupe, escupe; que el maligno salga de tu alma.

Ella lanzó al aire un lapo de cuidado, excretorio, que una vez separado lo inútil y malo de lo bueno y desalando, corriendo aceleradamente hasta caer entre los más devotos asistentes, despedía suspiros, quejas, etc., y diciendo:

-Escupo, porque me ahogo.

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Crítica literaria: “Carver Country”, de Raymond Carver

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Raymond Carver
Carver Country
Traducción de Jesús Zalaika
Anagrama

“La narrativa que más me interesa posee que la refieren al mundo de lo real. Ninguna de mis historias aconteció realmente, por supuesto. Pero siempre hay algo, algún elemento, algo que me han contado o que he presenciado que acaba constituyendo el punto de arranque”

Raymond Carver

No debería provocar alboroto si pidiera un aplauso para la editorial Anagrama por la edición de este Country íntimo dedicado a la memoria del admirado, así como productor de añoranzas el escritor Raymond Carver. Máxime si recordamos que fue esta editorial la que allá en los ochentas publicó sus cuentos. Han transcurrido los años y su obra desde su fallecimiento continúa consolidándose, calidad y riqueza la amparan, sólida base para elevarla al lugar exacto en la escala de valores literarios. Los once libros de relatos y poemas gozan en la actualidad de justo reconocimiento unido a un especial aprecio, cariño y respeto a su personalidad humana. Algo que lo ha situado en valoración casi mítica a la que se suma la penosa realidad y fabulación del malvivir como víctima del alcohol.

El texto de este libro ha sido tomado de sus relatos y cartas inéditas y de sus extraordinarios poemas. Conjunto de letra viva en prosa y verso que acompañan las imágenes del mundo de Carver que, a partir de 1984 el fotógrafo Bod Adelman dedica a unificar verdad y ficción. Partiendo de que una imagen puede valer más que mil palabras, no obstante, que en este caso se debe contemplar la valoración de lo que transmiten las palabras que la adornan.

Por lo que podemos considerar que en este libro ellas forman el marco dorado de espléndidas, palpitante expresivas, descripciones tanto del protagonista como de familiares y allegados que pasaban por allí. Aquellos que el autor eligió para darle perennidad por medio de la literatura. Gesto que de igual manera se produce en el paisaje. Para ser justos, se puede afirmar que son expresiones de lo real, imágenes de textos literarios y sentidos. “Llega el crepúsculo. Antes ha llovido / un poco. Abres el cajón y dentro encuentras / la fotografía del hombre, y ya sabes que sólo / le quedan dos años de vida. Él no lo sabe / por supuesto, por eso puede posar para la cámara. / ¿Cómo va a saber lo que está enraizando en su cabeza / en ese momento? Si se mira hacia la derecha / a través de las ramas y los troncos, se verán / retazos de carmesí del arrebol”

Conmueve a la vez que emociona pasear de la mano del texto posando la vista por esos paisajes de su infancia, la conjunción entre el arroyo que fluye junto al canto de poeta: “Me fascinan los arroyos y la música que crean. / Y las corrientes, entre prados y cañas, antes / de tener oportunidad de convertirse en arroyos. / Me fascinan sobre todo por su sigilo ¡Casi olvidaba / decir algo de las fuentes!” es el retorno al tiempo vivido. Se palpa en esa prosa que acaricia igual al verso el agradecimiento a esos espacios abiertos respirando libertad y olores naturales. Un Carver entrañable amando el paisaje, cantándolo y describiendo con ferviente solidaridad por el tiempo en el lo ha vivido.

El alcoholismo fue gran culpable de la sangrante tragedia, una tragedia frente a la belleza creativa volcada sobre esos personajes perdedores desalentados de la vida vagando por los espacios sociales a quienes. Endulza y humaniza la escritura que los va describiendo con un sigiloso tacto de bondad. En él se han quedado grabadas las variadas vidas, niñez e infancia, casamiento a los diecinueve años, la derrota física y el triunfo de su capacidad literaria. Tess Gallagher, su compañera, cuenta que “Para Ray era importante conferir una dignidad plena a sus personajes, con independencia de lo paupérrimo de sus circunstancias, y a mi juicio ése es uno del atractivo que ejercen esos relatos en los lectores de todo el mundo” Nuestro escritor tuvo muy en cuanta los criterios de su admirado maestro Antón Chéjov “que estas labores no eran en absoluta románticas” El maestro ruso tenía muy en presente esta actitud:”la lucha prosaica por la existencia, que despoja a la vida de alegría y lo arrastra a uno a la apatía.

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Nietos con árboles

Miguel Longarini (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ante la triste realidad que padecemos, al sostener y profundizar un modelo que prioriza los cultivos transgénicos ante que cuidar a nuestra madre tierra y a sus hijos... Realidad que nos hace ver y sentir que poco a poco nos van quitando-talando nuestros bosques naturales, nuestros hermanos árboles, sin ninguna porción de piedad o responsabilidad ante quienes son nuestra heredad... es que me comunico con ustedes- mis pares- para convocarlos a que en cada lugar que puedan planten un arbolito. Un simple gajo o semilla si no pueden adquirirlo. Sepan que nos toca a nosotros, los grandes, devolverle en parte, la porción de naturaleza que se ha destruido y que le debemos a nuestros hijos y nietos.
Por una vida con naturaleza, por un mundo de nietos con árboles...
Solidariamente

Nietos con árboles

Voy a plantar un árbol
para que crezca eterno
con raíces de madre
y frutos del pueblo...
Voy a plantar un árbol
por salvar a mis nietos ...
para que crezcan juntos
bien sanos y nuestros.
Voy a plantar un árbol
Manzano, Tilo o Cerezo
y cosecharan mi tiempo
tus hijos y mis nietos.
Debemos plantar árboles
por un futuro cierto.

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El peligro de no vivir en este mundo

Lina Bassarsky (Desde Nueva York, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Como un día cualquiera, hoy fui a comprarme comida para almorzar y esta vez le tocó a uno de los varios “delis” regentado por chinos del barrio. Pero en vez de traerme la comida a la oficina, me quedé a comer allí. Un lugar que no calificaría ni para un tenedor, una costumbre neoyorkina. Concentrada en mis champiñones asados, de repente la única otra persona comiendo en ese comedor -una china sentada a un par de mesas de distancia- salta de la silla pegando un grito de terror. No un grito agudo y preformado, sino un grito estomacal y grave. Un grito de terror, en eco con el brusco ruido de la silla empujada. Me paro nerviosa y miro a su alrededor: ya estoy pensando que una cucaracha gigante (o una rata gigante, en su defecto) avanza asustada por el piso irregular. Hacia mí, claro. Miro a la china y le pregunto si está bien. Aún tiene la boca abierta y los hombros encogidos. Yes, yes, me dice. Supongo que percibiendo mi expresión de susto y mis ojos saltando de un lugar al otro de la habitación, me señala su gran teléfono celular inteligente y sonríe. Lo señala varias veces, pero sigue su cuerpo inmóvil y tieso. ¿Habrá visto una foto de una cucaracha gigante? Yo trato de hacerme a la idea de que todo fue producto de su no vivir en este mundo, sino en el ciberespacio y de que en este -el mundo real cuyo espacio compartíamos- estábamos fuera de peligro. Le repito: Are you OK? Yes, yes. Scary movie, scary movie!, me dice y se ríe.



Las fantasías de otros empiezan a ser tangibles peligros para los inocentes circundantes. Es injusto, porque a mí el resto de la comida me cayó pesada y no pude dejar de pensar en lo sucio que parecía el lugar.

Notas

Los "delis", apócope de delicatessen, son lugares de "fast food".

Scary quiere decir escalofriante.

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Ver y escuchar

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Veo con los oídos
escucho con los ojos
colores verdes
azules
y rojos.

Oigo colores
veo olores
y cantos
escucho las flores
y de las mariposas
sus llantos.

Entonces me pregunto
pensando en otro asunto:
¿será que hay otros
que ven con los oídos
y escuchan con los ojos?

Por lo menos escribir
escribo con la mano
lo que me permite creer
que estoy un poco sano.



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Plástica: trípticos latinoamericanos

El Ave Fénix

En algunos trípticos es interesante ver la volumetría lograda con la curvatura de los marcos que sostienen los lienzos, le imprimen más movimiento y dinamismo a la obra.

De muchos de ellos emanan colores intensos y vibrantes, propios de la cultura latinoamericana y caribeña.

Descargar presentación completa desde aquí (formato pps)

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Esqueleto teórico del chavismo: Ya conformado, podría ser modelo político ejemplar para el Hemisferio Sur y más allá

Guillermo Guzmán (Desde Barcelona, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Comandante Chávez estuvo hecho físicamente de barro primitivo, de ahí brotó, estoy convencido, y su semilla quedó regada por todas partes, por lo que germinará como el arroz.

Pero, para que la cosecha de hombres probos, revolucionarios y patriotas, brote a borbotones, hay que vigilarla, preservarla de maleza y de la plaga, de alimañas que al cobijo de corruptelas se disfrazan para medrar.



Él está en la cima del sentimiento popular y no por casualidad sino porque para forjar la patria, tuvo que pasar por un horno candente, lo vimos todos aunque haya quienes pretendan negar mezquinamente tamaña grandeza. Es que todavía hay muchos que aún están conectados con otra realidad deliberadamente diseñada por la mayoría de los medios de comunicación masiva -en manos capitalistas- y rehúsan, en consecuencia, darle paso a la más evidente realidad.

La defensa de esta patria en vías de liberación y de soberanía plena que el Comandante Supremo legó con su sacrificio personal e inconmensurable, reside más en la cabeza de cada patriota, de cada soldado bolivariano y chavista, que en la boca de nuestros cañones; lo repito de otra manera, la guerra es por la cabeza de la gente, tenemos que ir a la cabeza de todos y cada uno de los venezolanos a exponer la verdad y, con el esqueleto teórico de lo que es el chavismo pero, bien conformado, sin deificar.

La información envenenada fragiliza la percepción de la realidad y tiene que ver con los modelos de pensamiento de cada quien, de tal manera que cada día se hace mucho más compleja la tarea de batallar por la pulcritud de la conciencia.

Fíjate, la oposición comemierda es tal porque el capitalismo les convirtió la cabeza en un basurero de ideas, muchas ya irreversibles de extirpar, incluso apelando a los más sofisticados aportes curativos de la neurociencia.

Para el Comandante Chávez, la acción fue el más sublime acto de pensar; ver a Chávez en perspectiva profunda, esto es, en el esqueleto teórico del chavismo, no debe ser mediante un pensamiento que indique perfección; no, de ninguna manera, sino tal cual fue en vida física.

Lo que tú dejas sin resolver genera conflictos, así que le toca al partido de la revolución -PSUV- cumplir la tarea de disponer un equipo que coordine un estudio cuidadoso del referido “Esqueleto teórico del Chavismo”, tal que sin deificación, y en lenguaje asimilable, especialmente por los mocositos de tierna edad, sea el ariete moral de la revolución, contra el enemigo.

Para el Comandante Hugo Chávez, la solidaridad fue la más vital exigencia ética y eso debe destacarse como definitorio, entre una mara y un canasto de excelsas virtudes de ese gigante.

“Me consumiré gustosamente si con eso libro la patria de la garra imperial” -solía decir él, premonitoriamente- y nunca escatimó esfuerzo alguno para cumplir su palabra de Líder ejemplar.

Su accionar heroico repercute allende fronteras, estoy convencido de que el modelo político chavista sería ejemplarmente útil a todos los pueblos del Hemisferio Sur, luego, es preciso darle organicidad para, entre otras cosas, evitar que el enemigo tergiverse su esencia, deliberadamente.

En la guerra de guerrillas, no dejes que el enemigo sea quien lleve noticias a tu gente, o estarás jodido.

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Música: La música del antiguo Egipto

ARGENPRESS CULTURAL

En la antigüedad los egipcios empleaban la música en diversas actividades cotidianas, pero fue en los templos y en su ceremonial donde tuvo un desarrollo más intenso. No se conoce con exactitud cómo era su música, porque no se escribía, sino que se trasmitía oralmente; no obstante se conservan los textos empleados en algunas ceremonias -como las de los cultos a Isis y Neftis-, que permiten suponer que dos sacerdotes alternaban en el canto, combinados con solos a cargo de las sacerdotisas que representaban a la diosa.

Para el estudio de la música egipcia existe documentación gráfico-jeroglífica, bajorrelieves y textos, que atestiguan el uso y forma de sus instrumentos y su importancia en el culto religioso. Entre los instrumentos más apreciados destacan el sistro, instrumento de percusión con un marco de madera en forma de U, con un mango como asidero, con barras cruzadas que sostenían unas placas metálicas.



Otro instrumento muy utilizado en el antiguo Egipto fue el arpa con caja armónica baja. Entre los instrumentos de viento se utilizaban la flauta recta, la chirimía doble, de caña, que consistía en dos tubos paralelos provistos de lengüeta, que sonaban al unísono; y en los desfiles militares una especie de trompeta de cobre o de plata.

Hacia el siglo XVI a de C., el contacto de los egipcios con Mesopotamia contribuyó al desarrollo y asimilación de un nuevo estilo de música oriental de carácter fundamentalmente profano. Esta influencia se advierte en un tipo de baile más rápido que el practicado durante los imperios Antiguo y Medio, y sobre todo, en los numerosos instrumentos asiáticos que llegaron a Egipto. Entre ellos tuvo gran importancia el oboe doble, con dos cañas colocadas en ángulo, y mientras una ejecutaba la melodía, la otra la acompañaba con una nota grave que sonaba ininterrumpidamente a modo de nota pedal.

Durante el Imperio Nuevo aparecen además en Egipto otros instrumentos como las arpas angulares, de caja armónica alta, que se fue perfeccionando hasta convertirse en un magnífico instrumento de unos seis pies de altura, con diez o doce cuerdas y un marco profusamente tallado.

Posteriormente, durante la ocupación griega, los egipcios adoptaron muchos elementos de la música helena, aunque la influencia de Egipto sobre Grecia fue enorme. Aunque ignoramos su sistema musical, se da por seguro que en el Imperio Nuevo se utilizaba la escala de siete sonidos. Además Pitágoras, griego, educado en los templos egipcios y fundador de la teoría matemático-musical griega, asimiló gran parte de la ciencia egipcia.

Por otro lado, Claudio Ptolomeo, que vivió el ocaso de la cultura egipcia, fue un importante matemático y teórico de la música, y en el siglo II a de C. el griego Ctesibios, residente en Alejandría, inventó el órgano hidráulico, instrumento en el que el suministro de aire de los tubos era realizado por un mecanismo que utilizaba la presión del agua.

Aunque gran parte de la cultura egipcia pasó a Grecia, también alcanzó a la iglesia copta y posteriormente se mezcló con otras civilizaciones.

A título de ejemplo, dejamos aquí dos reconstrucciones de cómo puede habar sonado la música del Egipto antiguo:



http://www.youtube.com/watch?v=VyZnN6B4n8Y&list=PL719C906749562695

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La humanidad y el planeta

Rodolfo Bassarsky (Desde Arenys de Mar, Barcelona, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La entidad

La entidad planeta/humanidad es una unidad muy compleja y permanentemente cambiante. Con incalculables relaciones entre sus elementos.



Parece evidente que un primer vistazo a la humanidad nos permite establecer que está organizada en grupos, generalmente con características sociales. Sociedades que son muy diversas tanto en sus aspectos cuantitativos como cualitativos, en las características de su evolución y en sus relaciones internas y externas, tanto con otras sociedades o individuos como con elementos que pertenecen a muy diversas categorías. De tal manera que una conclusión que casi no precisa demostrarse, consiste en afirmar que cualquier aproximación a la naturaleza de los fenómenos que se producen en el seno de la humanidad y cualquier análisis de sus interrelaciones, ha de ser difícil, extremadamente complejo y probablemente nunca completamente cierto y definitivo.

Si miramos al planeta, el panorama es muy similar en cuanto al grado de enorme complejidad, aunque aún mucho más diverso ya que se trata de un sustrato mineral muy complejo que soporta una variedad diversa compuesta por todos los seres vivos, también de extrema complejidad.

TIPOS A

Casi nada es absolutamente blanco y casi nada es absolutamente negro. Ni siquiera lo blanco o lo negro. Ni entre los hombres ni en el mundo. Este pensamiento se convierte en una sensación permanente en las personas que tienen un talante reflexivo, que reservan su pasión para ocasiones excepcionales y que responden a cada estímulo de su razón o de su emoción evitando contundencias y verdades incondicionales. Son personas prudentes, generalmente conciliadoras, predispuestas a la negociación y al acuerdo. Saben pactar y saben renunciar.

Estas características, cuando se exageran, convierten al individuo en inconvenientemente conservador, conformista, pasivo, desapasionado, generalmente mediocre y anodino.

TIPOS B

Otra clase de personas son impulsivas, proclives al enfrentamiento, luchadoras, apasionadas, militantes de la vida, generalmente precipitadas y frecuentemente ansiosas. Suelen tener amigos incondicionales y furibundos enemigos. Son personas activas, expeditivas, con frecuencia se consideran a sí mismas adalides de la justicia y de una organización igualitaria de la sociedad.

Estas características, cuando se exageran, convierten al individuo en un combatiente permanente. El combate lo libran en variopintos campos de batalla, en las tribunas y en los medios de comunicación, en casa, en el lugar de trabajo, en las instituciones o en los escenarios bélicos donde pueden jugarse la vida y en donde suelen cercenar vidas ajenas, sus enemigos. Difícilmente reconocen la categoría de adversario. No conocen la rivalidad. El rival es un enemigo al que es necesario aniquilar o por lo menos neutralizar por el bien de la humanidad. Tienen una sensación épica de su paso por este mundo y están siempre listos para la acción heroica. Pretenden imponer lo mejor y nada más que lo mejor, según una idea preconcebida.

PROPUESTA

Los dos tipos descritos exigen definir límites, tanto entre uno y otro como en sus respectivas exageraciones. Implican, también, aceptar la existencia de formas impuras, mixtas, que dificultan la identificación en casos particulares.

Este marco de referencia, es útil para plantear una propuesta que tienda a lograr sociedades más justas e igualitarias, que promueva unas relaciones fecundas de los hombres entre sí y con el planeta que habitan. Que priorice el cultivo y el desarrollo de las cualidades materiales e inmateriales de la especie humana. Sus habilidades tangibles, es decir las capacidades básicas y sutiles de sus condiciones físicas y también sus talentos intangibles, la inteligencia, el pensamiento, la avidez de conocimiento.

La premisa elemental de esta propuesta es que tanto los del tipo A como los del B, enfrenten a las exageraciones y procuren sumar a sus filas individuos no exagerados. Que unos reconozcan a los otros, los admitan como congéneres respetables y que todos busquen cruces de convivencia y acercamiento.

Dicho de otro modo, que todos trabajemos para la prevalencia del respeto, el reconocimiento y aceptación de la diversidad y del pluralismo que se originan en las intrincadas complejidades de la humanidad y del planeta. Que en la gran mesa de negociación del hombre con los otros hombres y con el planeta, se plantee permanentemente la búsqueda de los límites y de las líneas rojas que separan lo justo de lo injusto, lo equitativo de lo inequitativo, la construcción de la vida del hombre en este mundo de la destrucción de su supervivencia. Que se establezca que la violación de las líneas rojas constituye un hecho retardatario y que todo retroceso implica la pérdida de una oportunidad que afecta directamente a las generaciones presentes.

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Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza

Fernando Sorrentino (Desde Buenos Aires, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.

No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, algo canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánica e indiferentemente pegándome paraguazos.



En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación: él siguió aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un puñetazo en el rostro. El hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo, al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberlo golpeado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, por completo indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza.

Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando en vano de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.

Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: «Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza». Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme.

Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.

Bajé —bajamos— en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fe. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: «¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?». Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos empezaron a seguirnos, gritando como energúmenos.

Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle bruscamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo.

Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.

Con todo, nuestras relaciones no siempre han sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y —Dios me perdone— hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes con mansedumbre, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. En fin, esa certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.

Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. Tampoco sé si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.

Por otra parte, en los últimos tiempos he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, me hostiga cierto presentimiento. Una nueva angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

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La Yopalera de Provincia

Alberto Pinzón Sánchez (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Luis había nacido 30 años antes en Provincia. Su infancia corrió suelta como la mayoría de los niños del poblado, entre la asistencia a la escuela pública, los baños en el río con sus compañeros de edad y las excursiones a los alrededores para cazar pájaros y hasta pequeños animales, con tiros certeros de pequeñas guayabas muy verdes y redondas, disparadas con potentes caucheras u hondas de caucho. Desde siempre y continuamente, Luis alardeaba sobre su abuelo, el general de la guerra de los mil días Flavio Pinzón.

Cumplidos los 15 años, su padre un abogado de mediana edad, bastante aficionado a las bebidas embriagantes y al juego del billar en el café del pueblo, lo llevó a la capital del departamento para presentarlo al comandante de la Brigada Militar y protocolizar su ingreso a la escuela militar de cadetes, donde pudiera continuar sus estudios y hacer una verdadera carrera militar.

-Mire don Luis, le dijo el coronel comandante de la Brigada, el cupo de cadetes es muy limitado y desafortunadamente ya está copado. Pero no se desanime, le voy a dar una dirección de un amigo en Bogotá para que lleve al muchacho y allá seguro le darán destino.

Una semana después de un largo y complicado viaje, don Luis y su hijo homónimo se presentaron a la imponente casona de ladrillo rojo y puertas negras ubicado en la carrerea cuarta con calle octava de Bogotá, preguntando por el director, quien los recibió después de leer la carta de recomendación enviada por el comandante de la Brigada departamental.

-Muy bien don Luis, dijo el director en una muy corta entrevista, déjenos a su hijo que nosotros cuidaremos de él y lo haremos un hombre de la patria, de quien usted seguro se sentirá orgulloso. Y ahora discúlpeme porque debo atender unos asuntos políticos muy importantes. No hablaron más. El director llamó a su asistente, le dio la mano de Luis diciéndole que le diera una dotación completa y le asignara un catre con los otros reclutas.

Luis con los ojos un poco aguados y con un nudo en la garganta que le dificultaba las palabras, alcanzó a darle una palmada en el brazo a su padre en señal de despedida. -Obedezca mijo, y no vaya a hacer quedar mal la memoria de su abuelo, alcanzó a decirle su padre mientras lo miraba con resignación.

Una muda de ropa de servicio, un catre de hierro oxidado, desfondado y remendado con alambres, dos juegos de sábanas y cobijas y un pequeño armario de metal verdoso llamado “locker”, fue su dotación. Luego peluqueada al rape estilo “schuler”, presentación a sus compañeros de entrenamiento y automatización de los horarios y rutina. -Mi hermano; son tres años sin volver a casa, le dijo uno de los 15 compañeros de entrenamiento que ocupaba el catre de al lado.

Luis asimiló pronto las actividades diarias: levantada a las 5 de la mañana, desayuno de una taza de aguapanela con leche y dos mogollas. Limpiar y trapear los baños, sanitarios y dormitorios. Tres horas de clase teóricas y dos de práctica. Una alimentación basada en sopas de maíz o caldos de papa con hueso, un pedazo de carne sancochada, arroz, frijoles, alverjas papa, yuca o plátano y aguapanela. Luego una horade de armamentos, balística y tiro desde corta distancia. Tres horas de deportes a escoger entre básquet o microfútbol. Gimnasia o levantamiento de pesas. Boxeo o lucha libre, o trote en el patio central. Refrigerio nocturno. Lectura obligatoria de una hora en la biblioteca y, acostada. Así pasaron planos los tres años y Luis recibió el diploma que lo acreditaba como detective de Colombia.

Además de la disciplina perruna y a ser un excelente gatillo, Luis había aprendido historia sagrada o bíblica. Historia militar y política de Colombia. Técnicas de interrogatorio. Identificación de personas y dactiloscopia. Grafología y documentos. Fotografía y recolección de pruebas. Capturas y allanamientos. Seguimientos, vigilancia y obtención de información. Misiones especiales, mecánica automotriz, y sobre todo espionaje e infiltración, tanto adentro como afuera.

Después de la graduación como detective, Luis hecho ya un adulto, regresó a Provincia a visitar a sus padres y familiares. El clima soleado con un viento tibio y suave oloroso a maderas y bosque, fue un fuerte contraste con los cuartos y sótanos húmedos y oscuros, podridos y olorosos a residuos humanos descompuestos, de la academia del servicio de inteligencia colombiano. Una vez llegado y casi sin darle tiempo a que se acomodara en casa, su padre le dijo que don Gabriel, contando con la aprobación del comandante de la Brigada Militar ya le tenía trabajo. -Debes ir donde él y ponerte a sus órdenes, le dijo su padre con premura.

Saludó con nostalgia algunos amigos de antes, pero de inmediato se dirigió a la casona de don Gabriel situada en el marco de la Plaza, a un lado de la iglesia. Allí lo estaba esperando él con una cerveza. Don Gabriel era hombre de cierta edad, rechoncho y no muy alto; de ojos vidriosos y desapacibles, un poco hundidos entre su cara y adornaba su labio superior con un bigotico cenizo como su pelo, y la boca con una comisura labial de desprecio. Gabriel Vela Bustamante era un capitán retirado del ejército, llegado a Provincia20 años atrás como alcalde de la dictadura militar; se había casado con una hija de un rico ganadero y hacendado de Provincia y había echado raíces en el pueblo.

– Muchacho, le dijo dándole unas palmadas en el hombro; de ahora en adelante usted es mi guardaespaldas. Será como mi sombra. Queda encargado de mi seguridad. Por lo demás, plata y eso, no se preocupe. Eso ya está arreglado.

Luis turbado y ansioso agradeció la designación, y con cierta pretensión le respondió que no se preocupara, que trataría de hacer su trabajo lo mejor posible. Pasados unos meses de prueba, don Gabriel le pregunto a Luis si conocía el árbol de “Yopo”. Si lo conocía y muy bien. –Entonces tome este sobre con billetes y se va a Bogotá a averiguar en cuanta biblioteca exista todo lo relacionado con ese árbol y en tres meses lo espero. Es un negocio muy grande y prometedor -No se preocupe don Gabriel, aquí estaré.

A pesar de no existir mucha bibliografía, Luis se dio mañas de averiguar lo fundamental sobre el árbol del Yopo. Juntó todos sus apuntes y tomó el bus destartalado nuevamente hacia Provincia. De inmediato le dio informe a don Gabriel, quien lo oyó extasiado:

-El árbol de Yopo, le dijo, es muy conocido desde antes de la llegada de los conquistadores españoles en América del Sur y el Caribe con diferentes nombres. Existen dos variedades importantes, pero la que se da en los Llanos colombianos se denomina Anadenatha Peregrina, o Piptadenia, y tiene tres usos: uno, como sombrío para pastos de ganadería extensiva, especialmente la braquiaria, además sirve como cerca viva para los potreros ganaderos. Otro, como leña para los asaderos de carne que hay en las ciudades, por el sabor especial que sus humos y sus brasas dan a la carne a la llanera y tres, como alucinógeno precolombino usado por los indígenas de la llanura Orinoquica, debido a los alcaloides triptamínicos, especialmente la Bufotenina, o 5 hidroxi dimetil triptamina, o DMT, sustancia usada en Psiquiatría como medicamento anti depresivo con el nombre genérico de Amitriptilina.



- Luis, eso que usted acaba de decir, constituye un secreto el más verraco, dijo don Gabriel abriendo los ojos y pasándose las manos por entre el pelo grisáceo. Luego moderando su vehemencia agregó- Así pues que tiene que quemar todos esos papeles o guardarlos en donde nadie los encuentre, porque ese es el negocio del que le hable y que vamos a hacer. Voy a sembrar de Yopo mi finca Pocoapoco. ¿Conoce mi finca Pocoapoco, la que queda en la llanura más allá del rio? Si la conozco don Gabriel. – Bueno, ahí voy a sembrar todo el Yopo que se pueda. Con esos palos vamos a proveer de carne y de leña a los asaderos de carne de la región y si es preciso, la mandamos hasta Bogotá, y las pepas, o semillas que llaman, esas carmelitas, de donde los indios sacan el alucinógeno para inhalar, ya el laboratorio gringo que produce esa droga nos ofrece comprar todas las existencias ¿Cómo la ve? ¡Uy don Gabriel! Eso es mucho, fue lo único que se le ocurrió responder a Luis.

En tres años don Gabriel le cambió el nombre a la finca Pocoapoco, denominándola ahora “La Yopalera”. Al lado de la casa tradicional de palma con piso de tierra para los vaqueros y demás empleados temporales, construyó al lado de un riachuelo una casa de ladrillo bastante cómoda y aireada de techo de palmas y piso de cemento, con un cuarto aparte con servicios para huéspedes y encargó a Luis de toda su administración. El ambiente plano de horizonte abierto y sin límites, de pajonales ralos, cortado ocasionalmente por algunas matas de monte con palmeras de moriche y otros arbustos olorosos, regido por periodos de vientos y lluvias, seguido de un sol canicular, seco y abrasador bastante diferente al de Provincia, fue su primera adaptación. Luego vino el acomodo a la comida a base de plátano y carme, a moverse a cualquier parte a caballo y a familiarizarse con la llamada ganadería práctica. Luis dividió el tiempo entre las labores de administración de la hacienda, preparación del vivero de Yopo para la arborización y en excursiones de exploración a la inmensidad de la llanura vecina. Conoció e hizo amistad con Pedro Espinosa, el rústico y analfabeta ganadero tradicional más rico del vecindario. A los hermanos Riobueno en cuyo fundo aún existía los restos de un resguardo muy antiguo, talvez colonial, de indios guahibos en extinción y más allá, el rio gigantesco, amarillento de orillas arboladas con barrancos rojizos.

Con todos entabló relaciones cordiales y serviciales, pero su atención se centró en los indios guahibos, a quienes visitó con cierta frecuencia llevándoles regalos especialmente de carne en tasajo y herramientas de metal; hasta que finalmente el jefe del grupo indígena lo autorizó a participar en una ceremonia para fumar Yopo con toda su preparación y ejecución: desde el secado de las semillas carmelitas al sol, su trituración y pulverización con cenizas del mismo árbol; el inhalador hecho del hueso hueco y bifurcado del ala de la garza morena adaptado con cera y goma, el cepillo de cerdas de Váquiro para juntar el polvo en la totuma ritual , y el recipiente para el almacenamiento del rapé preparado y listo para inhalar.



Luis temeroso o precavido no inhaló aquel rapé, sino hasta después de haber observado varias veces las reacciones que este producía en los indígenas. Finalmente pudo comprobar que después de un momento no muy largo de distorsiones ópticas y alucinaciones visuales y mucha sensación de sed, o sequedad en la boca, venía un momento de molestia, irritabilidad o desagrado, que podía convertirse en agresividad súbita.

Después de un tiempo de haber arborizado con Yopos varios cientos de hectáreas, empezaron a llegar visitantes traídos por un enviado de don Gabriel; la mayoría eran doctores extranjeros, que venían con muchos aparatos de laboratorio, microscopios, tubos de ensayo, frascos y cámaras fotográficas. No permanecían más de una semana y así, silenciosamente, como habían venido en sus yips se marchaban.

Dos años después de estar Luis plenamente adaptado al ambiente llanero de la finca y de sacar mensualmente por el carreteable que la unía con Provincia, un camión con novillos cebados, varias cargas de leña y muchos paquetes de semillas carmelitas de Yopo, hubo un acontecimiento sorprendente:

Llegó hasta el lado de la casa un helicóptero, del cual descendieron el amigo de confianza de don Gabriel y un señor extranjero con gafas oscuras y una cachucha de beisbolista con visera larga, que hablaba muy poco castellano. El enviado de don Gabriel le entregó a Luis una nota suya firmada, diciéndole que se pusiera a órdenes del señor extranjero y viajara con él hasta donde él lo llevara. Era un asunto muy importante del negocio del Yopo que hacía necesaria sus conocimientos y su presencia. Luis no dudó. Arreglo un maletín de plástico con alguna ropa y efectos personales; se despidió de la entristecida mujer que le cocinaba y ampliamente le servía. Luego de los trabajadores temporales diciéndoles que pronto regresaría y se subió al helicóptero, con la misma tripulación que había venido.

Quince años después de que aquel helicóptero misterioso se elevara de la finca la Yopalera en medio de un remolino denso e irrespirable polvo y yerbas secas; ni familiares, ni nadie, sabe dónde está Luis, el detective oriundo de Provincia aficionado a la antropología.

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Música: Una singular versión de las Czardas, de Monti, para piano a 12 manos

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Crítica literaria: “La última noche”, de Francisco Gallardo

PedroLuis Ibáñez Lérida (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Algaida Histórica. V Premio Ateneo de novela histórica.

Insólita, hermosa y conmovedora. La obra detenta una mirada hacia alma que la desenfoca dentro del género de novela histórica y la circunscribe a una literatura del documento expositivo desde la conciencia y la acción de su personaje principal, Sarah Avenzoar. La memoria como elemento aglutinador de la trama argumental y el decurso de los acontecimientos que se suceden hasta el último instante, son dos mareas de un mismo océano, la pleamar y la bajamar. Dos mundos distintos, separados por el Atlántico, Sevilla y Marrakech que singularizan uno sólo, al-Andalus, en la biografía emocional y vivencial de la nieta del insigne médico Abu Marwan Avenzoar . En la primera, Sevilla, el despertar a la vida, la eclosión de la juventud, la madurez intelectual, la plenitud del amor y la asunción y significación del dolor y la muerte, que marcarán su sino. En la segunda, Marrakech, la sutil e incontenible decadencia física, las intrigas palaciegas, las desconocidas raíces familiares y un sentir, en principio, amoroso y carnal, que da paso a la luz espiritual. En La última noche, no existen ecos insustanciales. Un rumor, inicialmente imperceptible, acompaña la lectura. Apreciamos su existencia conforme avanzamos. Es su incomensurable fondo lírico que, a modo de sereno estanque contiene vivaces peces de colores que morosamente deambulan por el fondo. Los presagios son contenidos y cierto misterio va decantando el destino generacional de una familia vinculada al poder califal, por el acervo de conocimientos médicos que atesora. Esta particularidad es fuente de alegría y tristeza. El poder no se congracia con la sapiencia. Toma ésta como una herramienta de control, supeditada al designio divino que aquel representa.

Los cálamos no están hechos para manos femeninas. Evoca la sentencia de su madre, Umm Amr, en el prefacio bajo el título La mirada del cervatillo -bellísimo inicio en el que podemos apreciar desde un primer instante de lectura, el aquilatado calibre de una literatura de vasta sencillez y definitiva introspección-. A la que Sarah Avenzoar responde: "Discrepo de su pensamiento". La personalidad y el carácter de esta mujer, médico de mujeres y niños, que recibe la iyaiza -documento que certifica la habilitación del ejercicio de la medicina con el beneplácito de las leyes- de manos, entre otros miembros del tribunal que la examina, del mismo Averroes, revelan el pensamiento y criterio propio en el periodo histórico en el que, como tantos otros, la mujer permanece en la invisibilidad o emerge sólo como elemento secundario y accesorio. La sobrina del eminente médico y poeta Abu Bakr, es hija de su época pero no es conformista ni resignada. De ahí que asumiendo el rol que le ha tocado vivir por su posición social, no transija en los aspectos del conocimiento y la emotividad. Dunia, su abuela, la define en sentido admirativo, no sin cierta inquietud, "rebelde naciste y rebelde morirás". A través de la escritura retrospectiva y reflexiva en primera persona, nos relata su biografía en unas memorias que inscribe en un manuscrito "está destinado al olvido o al fuego voraz en el caso de ser descubierto" y que, sin embargo tiene un único objetivo y fin, "Escribiré para volver a ser la niña que jugaba con el arco iris en el estanque de nuestra casa de Sevilla. Para que la anciana que voy siendo, no muera antes de tiempo". Es el año 1195 de los cristianos y 589 de la Hégira -como bien gusta precisar al autor en ese rigor interpretativo de dos mundos en conflicto-, asentada en Marrakech, ejerce la medicina en el harén del califa. La amenaza cristiana contenida más allá de las fronteras de al-Andalus tiene su réplica en las tensiones internas entre almohades y almorávides.

Francisco Gallardo, que ya nos dejará el delicioso regusto por su anterior obra y opera prima novelística "El rock de la calle Feria" -bajo mi perspectiva una obra de culto que obtendrá su mayor reconocimiento conforme transcurran los años-, retorna con un pulso narrativo contemporizado, henchido de un placentero gusto por contar y un estilo subordinado a la voz femenina que lo alienta. Dotado de una riqueza expresiva inusual, logra encaminar al lector en la esencia de la mujer que con voz en off rumia la salmodia de su vida. El acierto en asignar a los capítulos la denominación de libros, y su atinado y preciso desenvolvimiento en titular los subcapítulos y su mesurada extensión, confortan al lector y lo invitan a no dejar el hilo de la narración. La última noche posee unas cualidades visuales que alcanzan valores cinematográficos. Las escenas, sumidas en una atmósfera de cumplida y sobria elegancia, toman relieve y textura en ese afán del autor por ofrecer la realidad andalusí con sus luces y sombras. Atendiendo a ello describe la envoltura de una sociedad refinada en sus modos y formas, pero condicionada en sus propios litigios religiosos, políticos y sociales. A sus conocimientos médicos derivados de su profesión, el autor suma su interés por la medicina de al-Andalus, de la que la obra se ve beneficiada con esa mirada descriptiva, anímica y fisiológica que transversalmente recorre los entresijos de la historia. Complementada por una exquisita gastronomía siempre bajo las hacendosas manos de mujer y otros detalles que nos ayudan a reconocer y comprender el modus vivendis de una sociedad que durante siete siglos engendró un florecimiento cultural cuyos lazos aún permanecen reconocibles en la actual Andalucía.

La ultima noche es un canto de expresión femenina, "Sentí pena en mi corazón. Acaso la vida sea sólo eso, contemplar cómo se van derrumbando las cosas que nos han rodeado". El inventario de pérdidas, que antes fueron pertenencias inmateriales, se subraya como aspecto discrecional para aleccionar sobre la importancia radical de éstas: El amor, "Nuestras miradas se cruzaron y sentí un rumor de hormigas invadiendo mi cuerpo"; la honestidad, "Me pregunté la causa por la que esta vida se ensaña con los que llevan en su corazón el diamante de la honradez"; el afecto filial, "Tengo un pequeño como polluelo de perdiz, a cuyo lado quedó rezagado mi corazón"; los infundios, "El brillo de oro se convierte en arena de lodo cuando pasa por la boca de la gente"; el arrojo y la valentía, "Al fin y al cabo, la vida que no se pone en juego por una causa hermosa, es una existencia inútil"; el dolor, "Pensé entonces que el mundo es un tablero de ajedrez en el que las casillas blancas de nuestras vidas se completan con las casillas negras de los ausentes"; la sapiencia, "Escuchar para suplir la ignorancia es costumbre rara entre los hombres"y esa especial relación con los libros que nos acompaña de principio a fin con continuas referencias bibliográficas, que contrasta con la zafiedad y embrutecimiento del poder, como lo fue la quema de libros de Averroes en Córdoba y que Abu Bakr sostiene como triste presagio, "La palabra quemada sólo trae desgracia". Una obra en la que el autor confiesa, en el pensamiento de Sarah Avenzoar, la sentencia con la que otros, como es mi caso, nos sentimos identificados, "He podido admirar el coraje eterno de las hembras, ocupadas en perpetuar el mundo mientras los hombres se empeñan en destruirlo. (...) El destino de las mujeres es el futuro de los hombres. Antes de morir les pido que bajen de las almenas y de los púlpitos. Para que, aunque sea por un solo día, entiendan que la vida está en otro lado. Con las criaturas que dan luz, espejos y estrellas". Quizás por ello, en ese cumplimiento del ritual de los afectos, Francisco Gallardo dedica el libro al recuerdo póstumo de sus padres. Y en el caso de María, su madre, en el deseo de memoria eterna que contienen personajes como Sarah Avenzoar. Tal vez porque "no existe ser humano capaz de poner nombre a su existencia" pero sí a la ficción de las que procuran obras de tanta hermosura como ésta. En cuyo último subcapítulo, La última noche en esta tierra, exorna de sublime elegancia y tono íntimamente elegiaco la constatación de una obra de plena fecundidad lírica y literaria.

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