jueves, 10 de octubre de 2013

Música: La llamada “música clásica” más popular

Argenpress Cultural

En la Europa de los siglos XVIII y XIX se produjo música académica de enorme valor estético. Sería imposible decir que es “la mejor”, pero sin dudas su elaboración es particularmente refinada, de gran profundidad técnica y expresiva.

Ahora bien: por razones políticas y económicas, como dominadores de buena parte del mundo para esos siglos, los europeos impusieron su modo cultural por todo el orbe. Tan es así que hoy, cuando ya podemos decir más claramente que no existe “la mejor” música -así como no hay una “mejor” cultura que otra- hablar de “música clásica” sigue siendo sinónimo de “la más exquisita, la más refinada”.

No caben dudas que toda esa producción musical (barroca, clásica, romántica) es maravillosa. Pero no podemos decir, de ningún modo, que es lo más alto que haya creado el espíritu humano. Es una expresión entre tantas, muy elaborada, magistralmente articulada. Es bella, por supuesto; pero ¿quién puede decir que es “mejor” que un chamamé correntino, una salsa o una bachata caribeñas, o que un canto tribal africano?

Lo que sí es evidente, es que, imperialismo cultural mediante, se ha impuesto como sinónimo de “cultura” (una mal entendida definición de cultura, por supuesto). Y por cierto muchas de esas composiciones se hicieron obligados lugares comunes en cualquier audición musical. Sin dudas, se hicieron populares.

Hoy, sin el más mínimo ánimo de mantener esa idea de superioridad, presentamos algunas de esas partituras devenidas célebres, muy conocidas, posibles de ser escuchadas en cualquier lado además de en un teatro: en una sala de espera médica, en la radio, como fondo de una publicidad, para presentar un acto escolar, como ringtone en un teléfono celular.

De entre tantas obras conocidas, seleccionamos algunas, quizá las más populares:

1. Toccata y fuga en re menor, de Bach


2. Aleluya, del Oratorio El Mesías, de Haendel


3. Allegro inicial de La primavera, de Las Cuatro Estaciones, de Vivaldi

4. Marcha turca, de Mozart


5. Allegro inicial de la Pequeña música nocturna, de Mozart


6. Marcha nupcial, de Mendelssohn


7. Marcha fúnebre, de Chopin


8. Danza húngara N° 5, de Brahms


9. La donna è mobile, de la ópera Rigoletto, de Verdi


10. Marcha de los toreadores, de la ópera Carmen, de Bizet


11. Para Elisa, de Beethoven


12. Oda a la Alegría, cuarto movimiento de la Sinfonía N° 9, en re menor, de Beethoven


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Noche de terror en el Castillo de San Felipe

Antonio Prada Fortul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El barrio el Espinal en Cartagena de Indias, es uno de los más antiguos de esa ciudad. Se conoce como “Pié del Cerro” por su ubicación frente al castillo de San Felipe de Barajas. El barrio en ese entonces, carecía de pavimento y alcantarillado, las lluvias formaban grandes charcos en las calles que los soles del Caribe cartagenero evaporaban en un caldo hirviente y sofocante en la canícula del medio día.

Las casas estaban construidas en madera machihembrada con multicolores fachadas y patios llenos de frutales, lugar convocante donde se reunía la familia los domingos después de misa. En una de esas casonas vivía Julián Caicedo.

Tenía diez y seis años, su vida transcurría entre el colegio, pescar en la bahía en celosos botes para capturar pargos, mojarras, jureles y jugar beisbol en el Playón.

Esa noche iba a salir con su novia, para el castillo y meterse en uno de los túneles, como lo hacían habitualmente.

Después de comer, se dirigió a la esquina a esperar a Raquel.

Al llegar esta, Julián agarra amorosamente su mano mientras se dirigen al interior del Castillo.

Arriba en la bóveda celeste, la luna llena de un color amarilloso, indicaba que Ochún, el Orisha del amor y la sensualidad, reinaba esa cálida noche.

Ese recorrido lo habían realizado muchas veces durante el noviazgo.

Con la confianza de siempre, se dirigen a uno de los túneles ubicados al final de la segunda rampa. Siempre iban al mismo lugar por lo cómodo y espacioso de esa garita donde solían amarse.

Cuando estaban en lo más fogoso de abrazos y caricias, los asustó un fuerte tropel que salía de las entrañas del Castillo. Alarmado por esos gritos del interior del túnel y el metálico sonido de los carramplones de las botas al retumbar en el piso, Julián le dice a su novia: ¡Vístete mija que algo pasa allá afuera!

Lo hacen rápidamente y salen de la garita. Al dirigirse a la salida del túnel, escucharon unas voces de marcado acento peninsular que al descubrirlos exclamaron: ¡Allá están los cabrones!

Ante la imposibilidad de salir por encontrarse en la salida los extraños sujetos, se dirigieron al interior de este para esconderse en una de las garitas, extrañamente a esa hora, el sitio estaba iluminado por unas teas ubicadas en las paredes que le daban a esos pasillos una espectral claridad.

Las voces de los perseguidores vestidos a la usanza bucanera, botas de tripulante de bergantín, espadones y sombreros alones, se sentía más cerca.

La pareja huyó apresuradamente y después de una larga carrera, encontró al final del túnel una puerta descascarada, pintada de verde oscuro y entornada, que dejaba filtrar la claridad del otro lado.

Sin pensarlo dos veces, la abrieron e ingresaron a un extraño lugar que parecía del siglo XV. Era un sitio extraño y casi irreal. Detuvieron su carrera, agitados, se dirigieron a una esquina donde estaban unas personas ataviadas con atuendos coloniales. La pareja vivía una terrible pesadilla.

Haciendo un esfuerzo para calmarse, se dirigió a uno de los presentes: ¡Señor, por favor ayúdennos que nos persiguen hombres armados! El aludido miró a la pareja y con refinado acento peninsular dijo sacando de su funda de cuero de cabrito, un delgado florete: ¡De donde coño donde habéis salido cabrones de la puta mierda!

Se alejaron velozmente del hombre con aspecto de pirata que se carcajeaba estentóreamente con sus acompañantes.

Observaron que por el portón que ingresaron a ese lugar, lo hacían los hombres que los habían acosado en el túnel. ¡Allá están! gritaron los perseguidores.

Continuaron su vertiginosa carrera y al doblar por la esquina de una callejuela en penumbras, encontraron una casa con las puertas abiertas. Rápidamente entraron a ella cerrando la puerta tras de sí respirando agitadamente.

Raquel asustada, gemía inconsolable.

Julián, la consolaba, desconcertado por la situación en que estaban inmersos. Afuera escuchaban las expresiones rabiosas de los perseguidores.

Por las rendijas de las tablas, notaron que el número de estos había crecido, más de diez personas los buscaban furiosamente.

Caminando por el desvencijado piso de madera siguieron por un corredor que los conducía al patio tapiado con piedras coralinas. Al llegar allí, vieron la puerta por la que habían entrado a ese tenebroso lugar. Tenían que llegar a ella a cualquier costo.

Apresuraron su huída y cuando Julián saltó la tapia rocosa después de Raquel, la puerta del patio se desprendió de sus oxidados goznes con un ruido estrepitoso de bisagras desencajadas y tablones abatidos, enseguida apareció la turba en busca de la pareja. Corrieron a toda velocidad rumbo a la puerta salvadora.

El joven reducía su marcha para no dejar rezagada a su novia a la cual asía por una de sus temblorosas manos, estaban cerca y los acosadores saltaban la tapia que los separaba de los perseguidos.

Llegó al portón cerrándolo tras de sí. Había perdido la noción del tiempo transcurrido desde su ingreso al Castillo, estaba cansado pero debía salir pronto de ese lugar. Escuchaba los golpes del aldabón, apresuró el paso sabiendo que pronto sería derribada y efectivamente, poco después, escuchó el estropicio de las hojas abatidas al caer en el suelo del túnel por las embestidas de los perseguidores que no estaban dispuestos a dejarlos escapar.

La luz que iluminaba el pasillo del túnel titilaba dándole al entorno un aspecto tenebroso y espectral.

A lo lejos apreció una débil luz que entraba por la boca del túnel, los pasos de sus perseguidores se sentían cada vez más cerca.

Sabía que era imposible escapar del hostigamiento de esos espectrales seres.

Julián, en caballeroso y hermoso gesto dijo a su amada: ¡Huye Raque, corre en busca ayuda que yo los detendré!

Agarró una tea que se encontraba en su cuna y esperó la embestida de los agresores mientras retrocedía hacia la salida.

Uno de los atacantes se adelantó y con su filosa cimitarra lanzó el tajo asesino. Ágilmente atravesó la tea en el sendero criminal del acero deteniéndolo.

El arma toledana, le produjo una herida en la cabeza la cual empezó a sangrar. Dispuesto a vender cara su vida, lanzó un patadón al español, que se agachó adolorido por el golpe propinado en “la parte innombrable del cuerpo”.

Agarró Julián la cimitarra caída y sin vacilar, cercenó con el acero la cabeza del español, la que hizo un ruido sordo al caer sobre las graníticas losas.

Al detenerse el miembro decapitado, giró emitiendo una risa maligna.

El joven se aterró al ver la cabeza acomodarse en el huérfano cuello del español.

El espectro al sentir de nuevo la cabeza en sus hombros, lanzó una risa pavorosa y el joven miró en el fondo de esos ojos malignos, toda la maldad del mundo, sintió en sus piernas, el orín de su cuerpo que empapó la entrepierna de su pantalón.

Decidido a morir peleando, mientras retrocedía hacia la salida del túnel asestaba mandoblazos con la cimitarra lanzando gritos de terror.

La turba se apretujaba en el pasillo del túnel tratando de sobrepasarse entre sí para acabar con el joven, que luchaba con valor decapitando sus perseguidores.

Cuando sintió cerca la claridad de la entrada, corrió a toda la velocidad, a pesar de su rápida carrera, sentía la respiración fétida, el olor a miasmas y humedad de cementerios que emanaba de los espantosos espectros que tenía tras de sí.

Tenía énfrente la salida, amanecía y al encontrarse a pocos metros, sintió unas manos atenazando con fuerza sus pies impidiéndole todo movimiento y haciéndolo caer en el suelo de rocas graníticas y milenarias cuando ya sentía la luminosidad del sol y el fresco de la mañana cartagenera acariciando su cuerpo.

Haciendo un gran esfuerzo, logró voltearse y pudo sentarse en el empedrado suelo; desde esa posición, empezó a tirar lances violentos con su cimitarra mientras retrocedía lentamente, clareaba rápidamente y a lo lejos se escuchaban unas voces provenientes de las faldas del Castillo.

Cuando pudo cortar los brazos que agarraban sus pies, la turba de españoles asesinos que lo perseguía, se abalanzó sobre el esforzado y valiente joven, el cual como resultado de la fuerte impresión, del cansancio y del terror originado por la situación que estaba viviendo en esos momentos cayó desmadejado y sin sentido con medio cuerpo fuera del túnel.

Raquel presa de terror pudo salir corriendo a toda velocidad de la Fortaleza.

No sentía cansancio, estaba aterrorizada, tenía su cuerpo empapado de sudor.

Desde que salió del Castillo San Felipe de Barajas donde reinaba el espanto, empezó a lanar gritos aterrorizados.

Eran las cinco de la mañana, sus familiares la buscaron toda la noche al igual que a Julián, Raquel asustada contó lo sucedido y la multitud se dirigió al túnel donde esa joven pareja había pasado la más terrible experiencia de sus vidas.

Al llegar los vecinos y familiares al túnel, encontraron a Julián desmayado, su mano derecha asía fuertemente una cimitarra antigua tenía el cabello completamente blanco, canoso por la terrible impresión recibida esa noche terrífica, sus pies estaban asidos por las óseas manos de dos cálcicos esqueletos peninsulares ataviados con las vestiduras características del siglo XV, que los tenía fuertemente agarrados.

El sol Caribe, entraba a raudales por el túnel misterioso disipando toda sombra.

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Circus corruption

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mientras escucho Circus Corruption Mp3, me pongo a leer la poesía de Antonio Enríquez Gómez, de Cuenca (1602-1662) que me deja cariacedo, brincando y saltando mi interés al son de la mala leche de la banca. Dice el adivinador de las tramas de truhanería:

Todos somos locos,
Los unos y los otros.

Todo el mundo está perdido
Sólo reina el interés;
Ya es indiano el ginovés
Y por Colón conocido;
El hipócrita fingido
Hace leyes y precetos
Y con leños recoletos
Se chamuscan sus devotos.

A tal estado llegó
La vanidad de los trajes
Que se visten los salvajes
Lo que Salomón tejió;
La Prudencia se mudó
Al cuarto de la Locura
Y la señora Cordura
Adonde pacen los potros.

Doña Ignorancia, vestida
De las barbas de un gusano
A Séneca da la mano
Siendo necia de por vida;
La buscona más raída
Es reina de la milicia
Y Venus en la justicia
Nos da los primeros votos.

El más humilde oficial
En viéndose con dinero
Se nos mete a caballero
Siendo caballo cabal;
Don Neciote Fregenal
Da leyes como Solón
Y Apuleyo sin perdón
Es músico de los godos

La más angélica luz
Contra su mismo decoro
Da título de Medoro
A su lacayo andaluz;
El beato sin la cruz
Tercero de Marco Antonio
A Cleopatra del demonio
A las doce le hace cocos.

El juicio más peregrino
Va pagando a letra vista
Alcabala de ateísta
Al templo del desatino;
Con asomos de divino
Hace milagros Platón
Y su mismo corazón
Niega lo que ven sus ojos.

Las naciones embaraja
Se desuellan por estado
El mundo para picado
Y sólo la muerte encaja;
Marte llama con su caja
Satanás con adivinos
Mátanse como cochinos
Los hombres unos a otros.

Las mujeres en la lid
Corriendo a los hombres, son
Los Condes de Carrión
Y ellos las hijas del Cid;
Los devotos de la vid
Van de noche, con linterna
A adorar en la taberna
El ídolo de los zorros.

-”Muy bueno”, me grita mi Laura hermosa. Y me incita, diciendo:
“Echate en mis brazos”.

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Palmira y las reglas ortográficas

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Esta historia sucedió hace muchos años, cuando sobre el cielo de mi tierra, gordas nubes de plomo, comenzaron una danza alocada. Cuando la primavera asomó salpicada de sangre de pueblo trabajador y una caterva de caranchos, con insignias doradas en el pecho, afilaba sus garras desgranando pedazos a la historia. El odio de clase, predecesor y sucesor de otros enconos de sinrazones, irrumpió en la escena nacional pisoteando el derecho al trabajo y a la decisión.

Mi hogar padeció situaciones de espanto, pero jamás hubo permiso para llantos ni demoras, sí en cambio, se abrió paso a la palabra resistencia alcanzando un sitio de honor en nuestra mesa.



En las interminables noches de ausencia de mi padre, seguramente viendo la tristeza en mis ojos de niña, mamá me enseño que la lucha por los derechos era imprescindible y realmente fui incorporando esa idea. Aprendí que las lágrimas, muchas veces, hay que transformarlas en bronca motora de instancias superadoras, imprescindibles.

Como docente y militante y por si eso fuera poco, como compañera de un dirigente político-sindical, perdió la posibilidad de acceso a empleo formal, pero supo saltar el obstáculo. Fue entonces, cuando la sala de casa se llenó de banquetas y de niños inquietos que necesitaban apoyo para sus tareas escolares, la familia que podía pagar lo hacía, los niños cuyo entorno era muy pobre, tomaban clases igual.

Aprendí en aquellos tiempos qué cosa era la sensibilidad social y con los años pude ver cómo ingresaba en terapia intensiva.

 Todos los días por la puerta de casa pasaba un señor con un carrito tirado por un caballo marrón con una mancha blanca en la frente, voceando: “botelleeeeroooo, botella, trapo viejo, mueble viejo, diario viejo p’a vender, boootelleeeerooooo”. En primavera, cuando comenzaba a apretar el calorcito anunciando la inminencia del verano, mamá dejaba la puerta y las ventanas abiertas para que la brisa se colara; además, el lugar se convertía en una especie de atalaya desde donde podía observar mis juegos en la calle.

Una tarde, el botellero, detuvo la marcha de su caballo en la puerta de nuestra vivienda. Ahí me enteré que la tracción a sangre en realidad era una yegüita y se llamaba Palmira.

¡Fue tan hermoso ver a Palmira mordisqueando el pastito que crecía bajo el árbol que daba sombra a la casa, que se me ocurrió convidarla con mi chupetín! Deduje que tendría hambre y era el único paliativo que encontré a mano. O a boca, para hablar correctamente.

Palmira, supuse que agradecida, lamió el dulce y esa fue la primera vez que compartí una golosina con una caballa con manchita en la frente.Una lamida ella, otra yo y ambas nos mirábamos a los ojos estableciendo una comunión sin hostias, sin genuflexión y sobre todo con desprendimiento absoluto del sentimiento de culpa. Por suerte mamá se distrajo perdiéndose el espectáculo de la relación recién nacida entre su hija y la yegua. No se si la hubiera apoyado, todo bien con intercambios bípedo-cuadrúpedo, pero me refiero a eso de los lengüetazos…

 -Cuidámela, pidió el botellero y se paró en la ventana mirando hacia adentro. Mi madre interrumpió su clase y se dirigió hacia donde estaba el hombre.

-Buenas tardes, compañero, saludó ella. ¿Puedo ayudarlo en algo?

(¡Claro, eran tiempos en los que para alguna gente un trabajador no representaba un peligro inminente sino que era parte de una unidad clasista!)

-Perdone, señora, pero ¿sabe? Yo dejé la escuela en segundo grado, después hubo que salir a ganarse la vida para ayudar en casa. Cuando veo chicos estudiando me da un nudito aquí, agregó tocándose la panza.

-¡Pero yo podría dictarle clases! Puede venir mañana mismo, coordinemos un horario y tiene las puertas abiertas, respondió mi madre. Ni piense en tener que abonar nada, usted debe terminar su ciclo y lo ayudaré con mucho gusto, agregó mamá enfáticamente.

-Gracias señora, pero es tarde ya, respondió, no tengo tiempo. Solo quería contarle que me gusta mucho la poesía, escribí algunas y si usted quiere se las dejo y me da su opinión. Eso sí, por favor que nadie las vea, porque yo tengo muchas faltas. Una vez se las mostré a una mujer muy preparada y me dijo que eso no era poesía, que había reglas para ser poeta y sobre todo debía no tener errores. Seguro que tenía razón, por eso dejé de hacerlas, pero guardé algunas y por ahí a usted le sirvan y se las pueda leer a los chicos, pero que no las lean ellos, casi rogó.

El botellero dejó un pilón de hojas amarillentas en manos de mi madre, saludó con la misma cortesía con la que se presentó y acarició mi cabecita antes de subir al carro y llevarse a Palmira, que a la vez se llevó mi chupetín, lo que no me causó ninguna gracia.

-¡Yegua maleducada! dije tirando la piedra de la rayuela contra las huellas que dejaba el carro que se alejaba. (Hoy toda huella que veo me sabe a chupetín)

Cuando terminó la clase, los chicos comenzaron a burlarse y con sobrados motivos:

-¡La yegua te robó el chipetí-iiiin, la yegua es más viva que vo-ooosss, cantaban con la espontaneidad maravillosa que las criaturas tienen y van dejando por los caminos de la vida a medida que se va madurando! ¿Madurando? Bueno, así dicen. ¡Qué sé yo!

Entré a casa mascando bronca, indignación y amasando las ganas de tirarle piedrazos al día siguiente, cuando Palmira pasara por la calle como todos los días. Y cuando volvieran los chicos…

De pronto vi a mamá secarse lágrimas que se deslizaban por sus mejillas suavecitas como el algodón.

-¿Por qué llorás tía? Preguntó Griselda, (Pochita) mi prima que era seis años mayor que yo y con la que mami hablaba de mujer a mujer, aumentando mi bronca. En ese momento encontré una nueva víctima para la venganza del día siguiente: ¡Pochigriselda, a vos también te voy a hacer algo! pensé aunque no lo dije en voz alta.

-Leé Pochita, fíjate como siente este hombre, invitó mamá.

-¡Ay tía!, respondió mi prima pasando sus ojos sobre el papel ajado, me gusta pero tiene muchas faltas de ortografía, escribió hacer sin hache y ver con b larga.

Mami acarició la cabeza de Pochi, la abrazó como siempre hacía pese a mis celos infantiles que se descargaban en mis dientecitos que a la vez mordían mi lengua, antes de explicar:

-Pochita, cuando pase el carrito pensá que allí va un poeta innato. Un hombre que no tuvo la posibilidad de acceso a la cultura.Hay montones como él y son los eternos invisibilizados en un mundo donde las reglas las imponen entre palabras difíciles.

-Este hombre hace hablar su alma y eso debemos sentir, siguió diciendo mi madre. Son latidos los suyos y como tales, lo celebro e incentivo más allá de reglas ortográficas, agregó.

-¿Pero es poesía eso? Preguntó mi prima.

-Para mí sí, respondió mamá, pero no soy, ni quisiera ser crítica literaria. Apenas llego a preguntarme si acaso no sirve la poesía cuando nace en la mesa sin pan, en la mesa sin vino del obrero. Este hombre, como tantos, habla con la simpleza del que no recorrió páginas porque no pudo, ¿pero, quién puede desvalorizar lo que siente? ¿Un verdadero artista? ¡Para mí, no. De ningún modo!

-Hay gente que erige monumentos a la cultura aún con ausencia absoluta de herramientas literarias. Gente que es capaz de negarle un tiempo al descanso, luego de durísimas jornadas que encallecen sus manos y llenan el cuerpo de sudor rancio. Gente que termina siendo arrojada como paria por los senderos de la vida selectiva que sacraliza intelectos descalificando esfuerzos, completó su idea mamá, aunque yo no entendía nada, menos con chupetín arrebatado…

Griselda y yo recordamos la historia muchas veces cuando mami ya no estuvo físicamente, porque a un médico irresponsable se le ocurrió escribir la peor “poesía” al dolor, nacida de un error imperdonable.

Aprendí aquel día de hace tanto, que bien puede la poesía crecer sobre huellas de barro congelado, o sobre terrones de polvo transpirados aunque termine dando vueltas carnero en algún cajón inexplorado… Aprendí que el desconocimiento de las reglas ortográficas no es obstáculo facilitador de que el corazón quede encriptado.

Como te dije antes, esta tarde recuerdo y de paso confieso, también acabo de perdonar para siempre a Palmira.

Ilustración: obra de la artista visual argentina Beatriz Palmieri

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Un curioso

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Federico siempre fue muy curioso. Cuando era nenito quería saber de dónde vienen los chicos. Sus padres le decían que los traía la cigüeña. Pero después, cuando descubrió que no era eso, quería saber cómo habían cogido los padres de cada nene. En qué posición.

Y después, cuando fue a vivir solo, cogía con muchas mujeres sobre todo para saber cómo sería la suavidad de sus pieles, la textura de sus tetas. Sus labios al besarlas. El interior de sus conchas.



Siempre le gustaba lo que llamaba “bromitas curiósicas”, que era hacer algo para despertar la curiosidad en otro. Hacer que alguien se pregunte -sorprendido- ¿qué es esto?, ¿qué es eso?, ¿de dónde salió? Y siempre causar preguntas.

Una vez unas mujeres que cenaban en la sala de su empresa se fueron levantando. Algunas para ir al baño, otras para hablar con su celular en otro lado. Y cuando por un momento la sala quedó vacía cambió todas las carteras que estaban en las sillas o sobre las mesas. Cada una en otro lugar.

Así que desde afuera vio la desesperación de todas cuando encontraron una cartera diferente a la suya. Todas se levantaron y la mostraban buscando su dueña y también su propia cartera.

O si no imaginaba que pensarían los vecinos a los que les entraba por las ventanas pequeños papelitos o pedacitos de plástico que dejaba caer desde su ventana. ¿Sorpresa? ¿Rabia? ¿Curiosidad, como habría sido con él?

Con el tiempo fue queriendo saber que podría sentir alguien en el inevitable momento de morir, sabiendo que iba a morir. ¿Miedo, tristeza, alivio, alegría?

Aunque de una cosa estaba seguro: para esa curiosidad no quería respuesta.

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Crítica literaria: “El traductor”, de Salvador Benesdra

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Salvador Benesdra
El traductor
Prólogo de Elvio E.Gandolfo
Editora - Eterna Cadencia

Una narración que quema hasta provocar sonoras inquietudes propias en un escritor maldito y provocador. Lectura propia para lectores que buscan algo más que distraerse con la lectura.

El autor Salvador Brenesda (1952-1996) chileno, personaje atípico propio de estos escritores a los que se les denominan malditos y cuyo número de lectores no se caracteriza por su abundancia, eso si, trajín de gota continua a modo de rayo que no cesa, (boca a boca) transmitiendo el reflejo de los valores que contiene esta novela de El traductor con sus 670 páginas, Una obra que desde 1998 hasta las fechas que corren ha podido vender unos 5000 ejemplares, pero que pausadamente va tomando la altura que le corresponde. Dando fe de vida de este argentino de origen judío sefardí, naturaleza reflejada el su personalidad y contenido literario con manifiesta claridad. Cuenta en el prólogo a la novela Elvio E. Gandolfo como siendo miembro del jurado del Premio Planeta de Argentina, preseleccionó la obra de Benesdra por considerar que “este tipo escribe” Mas sucede que una novela de envolvente contenido tiene pocas posibilidades de ganar un premio comercial “Ya que la literatura a secas es algo que provoca pavor en algunos ámbitos. En especial en el de los premios más o menos grandes” Por lo que esta obra que no pudo tener fortuna comercial. Todo porque en este podrido mundo quienes se niegan a ser cómplice de los poderes establecidos y comer en sus pesebres, tiene que pagar el doloroso coste de ser maldito y raro. Que en estos putos espacios que vivimos resulta tan peligroso como gritar “Viva Trotsky” en los tiempos del padrecito Stalin a las puertas del Kremlin.

El absorbente protagonista de tan larga historia se llama Ricardo Zevi y se gana la vida como traductor en la editorial de izquierda Turba que allá por los años 90 se permitía tener un traductor que desde muy joven ya era un activista con fuertes influencian trotskistas, pero que en la alborotada década de los noventa, ya la caída del Muro de Berlín, se desplomaba para dar paso al desencanto y un proceso de conversión mafioso de amplia gama y arrollador cambio social. Fuente que nutre la narración hasta la desmesura con la unión de dos personajes tan diferentes. Al protagonista Ricardo Zevi que ya lo tenemos se une ella, de nombre Romina y belleza conmovedora, anorgásmica, diez años más joven y adventista, que una tarde en un bar, mientras recorre las mesas repartiendo la palabra del Señor tropieza con Ricardo Zevi. Así dos seres tan antagónicos se funden en pareja apasionada hasta lo inverosímil, Precipicio de locura y sexualidad forman el centro de la historia, todo un desafío, donde no faltan los celos y los últimos destellos revolucionarios. Humillados personajes propios de un Roberto Arlt cuya influencia no oculta el autor en esta historia que resulta ser en lo interno su propia y desbordante personalidad existencial con los cuarenta años cumplidos. Todo en un Buenos Aires donde se debate, desespera hasta la demencia, entre la pasión sentimental y la lucha sindical en la empresa y las contradicciones de un mundo que deshuesa sus viejas formas y esperanzas revolucionarias. Ideología, literatura y pasión amorosa.

"Las condiciones estaban claras. Yo tenía que encontrar la felicidad bajo esas coordenadas: casi casado con una puta frígida, sin más trabajo que un puesto ocioso en una empresa que estaba a punto de estallar por sus conflictos laborales pendientes, y sin la menor idea de lo que podría hacer de mi vida cuando pasara ese caos al que sólo soportaba pensar como transitorio" Esta puede ser la síntesis de la vida real y literaria del personaje, realismo y ficción, para quien la literatura y la revolución fue Ricardo Zevi -nombre tomado de La historia de los judíos de Paul Jhonson-, este autodidacta políglota que dominaba seis lenguas, periodista especializado en política internacional y economía, cuya desbordante cultura no le impedía volcarse sobre el mundo sindical como base de toda acción.

Cansado pero sin darse por vencido, Salvador Benesdra intenta por distintos medios publicar por su cuenta la obra escrita con reflexión y apasionamiento con sus propios medios había sido ganadora, decide alejarse de Buenos Aires, respirar otros aires cerca del mar, unos dicen que para modelar más la novela, otros que para escribir una nueva, Pasado un tiempo y con alto estado depresivo regresa a Buenos Aires, porque presentía que su desequilibrio le creaba inquieto malestar. Tenía miedo de sí mismo. Unos días después, el 2 de enero, optó por quitarse la vida saltando por un balcón desde un décimo piso. Intelectual polémico, analista brillante de la política nacional e internacional por su amplia visión del mundo y la historia. El traductor merece ser leída con calma, sin prisas, para degustar de su alto y provocador contenido.

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El cóndor regresa a los andes

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una cruzada internacional. En Paccarectambo, Cusco, lugar de donde nacieron los hermanos Ayar para fundar el Tawantinsuyo, desde el 2006 se promueve la crianza del Cóndor, como una alternativa para repoblar los Andes con esta especie tan valiosa en el desarrollo de la agricultura y la vida de los comunidades campesinas. Esta iniciativa, que se inició con la Cooperación de Italia, prosigue en la región de Apurímac y en el Cañón del Colca, en Arequipa, con escasos recursos de la Universidad San Antonio del Cusco. Si no se fortalece la presencia del Estado Peruano, es inminente que no prosiga este proyecto que tanta expectativa internacional produjo su lanzamiento.

Otra es la suerte de una experiencia similar en Argentina, país que promueve el Programa El Retorno del Cóndor al Mar. La Agencia France Press da cuenta, el domingo 22 de Setiembre del 2013, que después de un año de cuidados intensivos, Killa Tutijak (Eclipse de Luna), Pichi Malen (Cóndor), quedaron listos para dejar el zoológico de Buenos Aires y volver a su antiguo hábitat. En total, son 40 los cóndores liberados en la Costa del Atlántico.



Estos tres cóndores mapuches fueron despedidos en una atractiva ceremonia, en la cual fueron liberados en la provincia de Río Negro, en la parte sur del país, con destino a la Patagonia. El seguimiento se realiza por un sistema satelital, que ha permitido conocer que los cóndores pueden recorrer distancias mayores de 600kms.

El Zoológico de San Diego, desde la década de 1980 trabaja en el salvataje del cóndor de California (Gymnogys californianus) cuando sólo quedaban 27 ejemplares de esta especie.

Tras una serie de estudios y pruebas en cautiverio, se logró recuperar su población, que para 2003 alcanzaba los 200 ejemplares. Fue tal el éxito de la experiencia que Argentina, desde 1991, ha sido tomada como base para la conservación del cóndor andino.

Ave mítica de América

El Cóndor, ave mítica y legendaria de los pueblos latinoamericanos, retornó a los andes, empezando por el Valle Urubamba donde en los tiempos del Incanato, fue reconocido como el Dios la Montaña. Los peligros de su extinción comienzan a superarse, gracias a un programa de redoblamiento en el cual participan diversas instituciones científicas y los propios gobiernos de Italia, Austria y Perú. Se ha iniciando una fase importante en la ciencia para la conservación de una ave símbolo de América Latina.

Austria, a través del Centro de Biología de Viena y el Instituto Konrad Lorenz (nombre del Premio Nóbel 1973, conocido como el padre de la etología moderna, ciencia que estudia el comportamiento de los animales), viene auspiciando diversas investigaciones para proteger los halcones, águilas, grúas siberianas y cóndores, entre otras especies.

Hace 18 años una pareja de cóndores fue llevada de Sudamérica a Viena. El macho, procedente de Machu Picchu, y la hembra del altiplano boliviano.

En la capital austriaca la pareja vive en cautiverio, conservando su capacidad reproductiva. Los cóndores son longevos, con un promedio de 70 años, con 50 de fertilidad, pero sólo produciendo entre uno a dos huevos por cada par de años.



El retorno de la simiente. La Expedición Wings of Condor es responsabilidad de Metamorfosis, un equipo de expertos, liderado por Angelo D’Arrigo, un apasionado profesor de ciencias y del arte del volar. D´Arrigo, cuya trágica muerte se produjo el 26 de marzo del año pasado, creó en el Cusco el primer programa de repoblamiento de cóndores en el Perú. Inca y Maya, la pareja de cóndores nacidos en Europa, gozan de buena salud y son parte esencial del proyecto de protección y conservación de esta especie amenazada.

El eje principal del proyecto es el Valle del Urubamba, con el apoyo de la Fundación D´Arrigo, la Asociación Kallpa y la Universidad cusqueña San Antonio de Abad. Con la muerte de D´Arrigo no se ha interrumpido el soñado proyecto. Laura Mancuso, viuda del D`Arrigo en coordinación con un equipo técnico de la Universidad San Antonio de Abad, dirigido por Miguel Ayala Calderón, han sido los principales promotores para que Inca y Maya, con la participación de la National Geografic, llegaran al Cusco, cinco meses después de la desaparición del padre del proyecto.

El ingreso al Perú de Inca y Maya fue una odisea. El proceso de internamiento tuvo dificultades con la administración pública. El Servicio Nacional de Sanidad Animal, en el proceso de la cuarentena, tuvo dificultades técnicas, inclusive para extraer sangre a esas aves, perjudicando la realización de los vuelos de práctica de los cóndores. Senasa ahora es un aliado del proyecto.

El primer vuelo de liberación de Inca y Maya, en el distrito cusqueño de Maras, fue un acontecimiento internacional para admirar a las aves y el parapente diseñado por D`Arrigo, que simula las alas de un cóndor andino. La National Geographic y Cambio16 registraron las escenas.

El propósito del proyecto es educar a la población estudiantil y el entorno sobre el cuidado de los cóndores para su inserción a la vida natural.

En una siguiente etapa, mostrar a los turistas las aves en vuelo, construir un observatorio especial y un Centro de Reproducción de Cóndores.

El proyecto Inca y Maya ha logrado sensibilizar a la población del Cusco y otras regiones. Se han realizado decenas de vuelos controlados en las alturas del Sagrado de los Incas, causando la admiración de la ciudadanía, ambientalistas y científicos.

Este proyecto fue presentado a la Unesco por Angelo D`Arrigo, lo que posibilitó su exportación al Perú y su expectante desarrollo, siguiendo antecedentes de los científicos Noel Snayder en la recuperación del cóndor californiano y Mike Weallace con los cóndores en el desierto peruano de Sechura.

La crianza de cóndores en semi cautiverio se está convirtiendo en una nueva alternativa de recuperar la especie y su articulación a las actividades económicas, como instrumento en beneficio de las comunidades campesinas.

La Asociación Kallpa considera que el Congreso debe declarar intangibles las zonas de vida de los cóndores a fin de garantizar la protección natural con la ayuda activa de los municipios locales.

Más conocimiento

Según la observan los zootecnistas cusqueños, los cóndores toman baños cada 5 a 6 días, como un hábito. Les gusta bañarse en cochas, en espejos de agua retenidos y no en aguas corrientes. Los cóndores diferencian los colores. Por lo general el rojo es el más impactante. En el caso de Maya e Inca, ellos, después del ejercicio de vuelo, regresan donde está la bandera roja y no a la negra y blanca que están cerca. El control de sus vuelos de práctica de Maya e Inca se facilitará con el uso del Micro Chip y rastreador, que aún la Universidad cusqueña no cuenta.



Estas aves tienen un olfato fino, respecto a la existencia de carroña. Inicialmente Inca y Maya comieron carne normal, luego carroña andina suave, como menudencias de cuyes, patos gallina, palomas y perdices, fetos de caballos, de perros. Paralelamente han aprendido a consumir agua en lavadores, simulando que son fuentes naturales.

La vida de D’Arrigo

El piloto de ala delta y ornitólogo italiano Angelo D'Arrigo, conocido como el "hombre cóndor", murió el 28 de marzo del 2006 en Sicilia al estrellarse su avión. D'Arrigo, de 45 años, participaba en una exhibición de vuelo y se estrelló junto con el piloto Giulio De Marchis a bordo de un avión ultraligero Sky Arrow de dos plazas en las cercanías del pueblo de Cosimo, en el sur de Sicilia, en un olivar.

Darrigo voló con una bandada de grullas salvajes del Círculo Polar al Mar Caspio sobrevolando Siberia. Logró sobrevolar el Everest, el pico más alto del mundo, a una altura de 9.000 metros y con 50 grados bajo cero. Planeó sobre el Aconcagua y batió su propio récord mundial de altura, alcanzando los 9.100 metros. Su próximo proyecto era volar en la Antártida, sobre el monte Vinson. Para ello estaba trabajando en la construcción de un ala tecnológica que le permitiera atravesar esa zona fría con ayuda de la energía solar.

En los últimos años D'Arrigo se dedicó a estudiar al cóndor, cuyo hábitat natural es el Aconcagua, en la región andina de Sudamérica, hasta que completó exitosamente su misión sobre esa cumbre, a comienzos deL 2006.

Según sus propias palabras, perseguía objetivos "naturalistas y científicos", con la reintroducción del cóndor en la naturaleza, ya que como último paso de este proyecto liberó tres cóndores que se estaban criando en Italia.

"El sueño de la humanidad fue siempre volar con grandes alas. Yo ahora lo realicé y se lo dedico a los pioneros de la aviación, al experto Leonardo Da Vinci y a los hermanos Wright, que fueron los primeros en volar", subrayó.

Peligro de extinción

Publicaciones peruanas y de otros países sudamericanos dan cuenta que el Cóndor Peruano está al borde de la extinción. La protección estatal brilla por su ausencia, señaló la revista digital La Mula, el 2 de febrero del 2012.

“Extinction of andean condor is expected to occur over the next 25 years if not implemented a strategy to achieve its conservation in the short term”:

“La desidia y el desinterés absoluto del Estado Peruano persiste por estas majestuosas aves carroñeras, cuya desaparición de estos grandes vertebrados constituyen parte sustantiva de su fuente de cadáveres, como los camélidos, tapires, cérvidos, osos.

En otros tiempos, los guardianes de las islas guaneras pensaban que los cóndores se comerían a los pichones y sus huevos. Por eso los mataban de manera constante, hasta casi terminar con ellos. Las festividades indígenas y creencias de los curanderos provocan efectos negativos a la población de los cóndores.

La población estimada de cóndores en el Perú es de sólo 500 ejemplares, de acuerdo a la información en un encuentro regional que abordó la crítica situación que atraviesa esta majestuosa ave. La exigua población se concentra entre Cusco y Apurimac.

En general muestran curiosidad y mansedumbre ante la presencia humana, posiblemente como respuesta a la no agresión, comportamiento al parecer natural según lo observado en cóndores silvestres en el volcán Chiles.

El cóndor andino esta incluido dentro del grupo de las especies de aves que se caracterizan por su gran tamaño corporal, madurez sexual tardía, reproducción esporádica en el sentido de condiciones del medio favorables en clima y oferta de alimento para la cría de polluelos, nidadas pequeñas, cuidado parental prolongado y una alta tasa de sobrevivencia de los adultos en el medio natural (Pianka 1970; Ricklefs, 1973).

La madurez sexual ocurre entre los 8 y 9 años. Se sabe que son monógamos, lo que quiere decir que forman parejas de por vida.

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Cine clásico: “Hombre mirando al sudeste”, de Eliseo Subiela (Argentina, 1986)

Argenpress Cultural

“Hombre mirando al sudeste” es una película argentina escrita y dirigida por Eliseo Subiela en 1986, con la cual se consolidaría en la realización cinematográfica.

Reparto

Lorenzo Quinteros - Dr. Julio Denis
Hugo Soto - Rantés
Inés Vernengo - Beatriz Dick
Cristina Scaramuzza - enfermera
Tomás Voth - Joven suicida
David Edery - Director del hospital
Rúbens Correa - Dr. Prieto



Sinopsis

En un hospital psiquiátrico aparece un nuevo paciente que dice llamarse Rantés (Hugo Soto), y que afirma ser un mensajero de otro planeta que vino a investigar la "estupidez humana". El Dr. Julio Denis (Lorenzo Quinteros) se muestra escéptico sobre esta historia, pero Rantés irá introduciéndose en su vida, haciéndolo dudar si realmente está loco, con lo que, sutilmente, lo obliga a replantear su vida y profesión.



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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Oh sí; después de in-comprenderte
aprenderé contigo cuántas cosas.
Y cuando in-fiera que me dejas
o me convenzas de que jamás te he conocido,
no saciharé tus aguas salpicadas de ti,
de las mías y tus briznas.

Alcanzoharé periódicos sub-idos a una mesa,
tus fugas a través de callestelescopios
y podrás golpearme con una voz aún desconocida
o ponerme en acecho de lo hecho.

Pues cada vez que enciendo mi luz negra
y columbro lo que en tu mano alumbro,
no me verás,
no me tendrás entre tus aspas.

Te indicaré tu variable ubicación,
el desplazarse hasta el morir de algo miotuyo
y en-tenderás
 en este inserto día
en el que aún no me he internado
-mas ¡ay! cuyos arbustos cortaré-,
al ponerte de pie, al ponerte de orgullo y menos-precio,
que no nos comprendimos y que llegó el atar de ser.

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La eterna perplejidad. Tentativas de solución

Enrique A. Rodríguez

“¿Dónde se ve una persona que sepa el precio del tiempo, el valor de un día y que considere que cada día muere? Esto es lo que nos produce el engaño, que miramos a la muerte de lejos, aunque en gran parte ya haya pasado, porque el tiempo pasado pertenece a la muerte”.

Séneca, Cartas a Lucilio

Café y puré instantáneos, entregas en el acto, negocios “24-7 365”, mensajes de texto, internet 2.0, conexiones de 10 Mbps, aplicaciones y “gadgets” 3.0.1.2, diarios digitales con noticias “al minuto”, cobertura “en vivo”. La lista puede engrosarse casi indefinidamente, si no fuera porque el reloj también me corre para escribir este texto. Lo cierto es que todos estos elementos dan cuenta de algo: del modo en que en nuestras sociedades contemporáneas -los llamados “capitalismos avanzados”- se vive el tiempo (1). Concluimos nuestra reflexión en el número anterior con la idea de que el tiempo puede ser comprendido de varios modos (“el tiempo se dice de muchas maneras” parafraseando a Aristóteles) y bajo esa guía daremos algunos pasos hoy.



Nos orienta también una convicción: la filosofía es ética, es decir: si lo que estudiamos en esta disciplina no nos sirve para comprender-nos (y así orientar nuestra acción en el mundo un poco mejor) cualquier tema es intrascendente, apenas un ejercicio retórico apoyado en la polisemia significante para entretener, pero no nos transforma. Tal idea -para variar- no es nuestra, es Sócrates diciéndonos “una vida sin examen no vale la pena”, sentencia que para Platón valió una apología, cifrando así en el dominio de lo práctico (praxis) el tesoro del descubrimiento griego. Porque no es algo menor notar que por lo general “la filosofía” llega hasta nosotros a través del discurso universitario y en la forma de theoria.

¿Por qué disponemos de tantos productos y servicios que nos ahorran tiempo?

Fast-food (en algunos casos no es necesario ni bajarse del auto para comprar), el mismo auto-móvil que reduce trayectos enormes a minutos, rapi-pagos, lave-raps, préstamos “en el acto”, servicios de larga distancia todos los días, “atendemos domingos y feriados”, horas extra y -con suerte- paga doble (2).

Está claro: es una necesidad contemporánea “ahorrar tiempo”. Pero ¿para qué querríamos hacer eso? Quizás una buena respuesta sea la siguiente: para poder dedicarnos a vivir. En la representación del tiempo en la que nos formamos en nuestras sociedades capitalistas de relojes digitales que nos mandan al trabajo a las 08.00 am (y que nos castigan si un tren nos demoró hasta las 08.13) anida la idea de que el tiempo de trabajo es un bien entregado a Otro -enajenado- y que por ello además debe ser remunerado ¡y remunerado como corresponde! -Me están robando la vida y ni siquiera me alcanza el sueldo para comprarme lo que las publicidades me “ofrecen”. Por supuesto que lo central aquí es el concepto de “trabajo alienado”, la negación del “ser genérico” del hombre descubierto por el joven Marx, responsable de un hiato en la historia del pensamiento. Alguien se apropia de algo que me pertenece, pero por otro lado dice “reconocerlo”, por ello me ofrece a cambio -algunas veces de manera más justa que otra- dinero, un monto especifico. Este dinero representa, según la teoría económica marxista, “el tiempo socialmente necesario para reproducir la fuerza de trabajo”. Es ni más ni menos, lo que me cuesta mantenerme con vida para volver al otro día y renovar el ciclo: la canasta básica.

Pero no nos interesa aquí el problema de la plusvalía. Más importante es remarcar que en estas sociedades lo que dictamina el modo de empleo -el uso- de nuestro tiempo, es el trabajo mismo. Se nos paga por “el tiempo socialmente necesario”. 8 horas dura la jornada laboral, una hora (con suerte) puede tomarme el traslado de y hasta el lugar de trabajo, una hora podría dedicar a resolver el modo en que me voy a alimentar (ya pasé por alto el almuerzo o lo resolví en un local de comida rápida), una hora podría llevarme acomodar el lugar en donde vivo, limpiarlo y ordenarlo, 8 horas debiera dedicar al sueño, al menos si es mi intención conservar cierto grado de salud; me restan 5 horas para hacer “lo que quiero” y siempre y cuando, mi salario me lo permita. Porque tal vez disfruto mucho de viajar a otras ciudades o de salir a comer al centro, pero no dispongo de los medios suficientes (y seguramente en el primer caso, tampoco del tiempo). 8 horas trabajo, 8 duermo, me restan 8 que emplearé en gran parte en “reproducirme” como trabajador…

Entonces ¿puede ser que en nuestras sociedades sintamos que comenzamos a vivir, que vivimos realmente sólo en nuestro tiempo de “ocio”? Vacaciones, domingos, feriados, he aquí lo que la cultura moderna nos ofrece -si no hemos tenido un poco de suerte como para pertenecer a la bien llamada clase “acomodada”- para desarrollar nuestro potencial, todo eso que deseamos hacer. -Me gustaría mucho tocar un instrumento, pero “no tengo tiempo” (3).

No es necesario ahondar más por este camino, las alternativas están claras: o el tiempo de trabajo es tiempo entregado a Otro -enajenado- y por ello nos realizamos (¿hacemos real un deseo?) en nuestros momentos de “ocio”; o apelando al optimismo, la suerte y algo de resignación respecto del futuro político, realizamos un deseo propio en la actividad laboral y así atenuamos ese sentimiento de enajenación. No obstante, este es apenas uno de los modos -seguramente el modo más cercano y frenético- en que podemos comprender a este eterno compañero de la humanidad. No hemos dicho por qué pero al menos hemos anotado algunas características que dan cuenta de un tipo de relación desesperada, impaciente, acaso algo infantil propia de nuestra época.

Que del empleo del tiempo se seguía necesariamente un “modo de vida” era algo dispensado de mayor meditación entre los filósofos de la antigüedad. Por eso se ha dicho que un estudiante del Liceo, de la Academia, un discípulo de Sócrates o de Epicuro pagaba al maestro “con su propia vida”, porque la opción por la filosofía, antes de su profesionalización y organización bajo el sistema universitario, consistía en vivir acorde a ciertos preceptos. Ética y filosofía eran la misma cosa. Este es el aporte de Pierre Hadot en su lectura de las escuelas antiguas. La oposición al modo universitario de la actividad filosófica imperante en nuestros días. Hoy vivir la filosofía significa trabajar de profesor o investigador, algunas horas al día para luego colgar los libros y hacer alguna otra cosa. En los orígenes de la disciplina, vivir la filosofía significaba simplemente vivir de una manera determinada. Y algo de eso se conserva en la cháchara, en la cáscara cristiana cuando se habla de “opción por los pobres” y se recuerda sin rubor en el siglo XXI el consejo de “despojarse de todos los bienes” debidamente archivado y olvidado en la biblioteca del Vaticano. El propio Cristo fue un filósofo pleno en este sentido: en que vivió acorde a una verdad que lo guiaba.

No es casualidad que uno de los más conspicuos moralistas de la historia de la filosofía -Séneca de Córdoba, España- dedicara importantes reflexiones al tema del tiempo y su empleo. Sus célebres Cartas a Lucilio se abren disertando sobre esta materia. Allí aconseja al joven aprovechar el tiempo adecuadamente porque los mortales no poseemos otro bien. Ninguna cosa, título o fortuna material se equipara al don del tiempo. De allí que en la juventud se identifique un tesoro y que en la vejez asalte con facilidad la duda ante todo lo hecho.

“Haz de suerte, mi querido Lucilio, que el tiempo que se tiene la costumbre de sustraernos, o el que tú mismo dejas escapar, administres y cuides (…) encontrarás que la mayor parte de la vida se va en hacer mal, gran parte en no hacer nada, y toda ella en hacer otra cosa diferente a la que se debería”.

Podría transcribir enteras sus reflexiones en estas páginas porque además de breves son como un hachazo, como el hachazo que significa caer en la cuenta de que el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos los hombres, pero prefiero invitar a su lectura directa. Los biólogos y los médicos se afanan en hablarnos del cuerpo y sus propiedades, buscan los genes responsables de su decadencia. Pero ya sentenció implacable el poeta “para todo hay término y hay tasa” (4).

Somos memoria y olvido.

1) Afirmación aplicable también a los países como el nuestro que si bien no han alcanzado ese estadio, apuntan a él como modelo.
2) El derecho manda a los empleadores a compensar bien la enajenación, por lo menos en la letra.
3) Aunque, por otro lado, no es menos horrorosa la idea de ir un domingo a dar una vuelta al centro, a mirar vidrieras de neg-ocios -de negadores del ocio- precisamente en nuestro tiempo libre.
4) Poema Límites de Jorge Luis Borges.

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Plástica: Desde Cuba, Ever Fonseca

ARGENPRESS CULTURAL

Ever Fonseca es un artista cubano que ha cultivado la pintura, la escultura y la cerámica, a lo largo de su trayectoria. Considerado uno de los principales exponentes del arte popular cubano postrevolucionario, la poética de este autor ha evolucionado desde su etapa de formación hasta la actualidad, de manera contundente.

Sus motivos representacionales son aquellos que pertenecen a su universo guajiro. Pero estos no son cualquiera. Ever los escoge con la magia propia de las fábulas campesinas, de las leyendas de abuelos y de los juegos de niños. Así vienen a inundar sus cuadros personajes que son jigües, siguapas, lunas soles, figuras humanas y animales. A ellos les da vida con la gracia del mito, sin caer en lo folclórico. A ellos les otorga el realismo mágico de la campiña cubana.

Su obra no deja de tener influencia. En ella se palpa el surrealismo y la vanguardia cubana. Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Ángel Acosta León, Ernesto González Puig y Samuel Feijóo son algunas de sus influencias. Sin embargo, a pesar de sus intenciones de ser artista moderno, Ever Fonseca viene a salvar nuestra tradición.

El pincel de este creador se nutre de la flora y la fauna cubana, y de las historias de campesinos y poetas. Su obra escarba en las raíces, en una manera de plantearse el mundo. De esas semillas crecen cuadros, tallas o piezas cerámicas de un lenguaje muy personal. El pintor mezcla colores y crea atmósferas que otorgan nuevos sentidos al arte criollo cubano. De su iconografía se desprende un bestiario rural, en el que se distinguen personajes legendarios y otros creados de las simbiosis e hibridaciones que se plante Fonseca.

El artista ha participado en numerosas exposiciones colectivas desde el año 1963. Sus piezas han sido exhibidas en países como Alemania, Antillas Holandesas, Argentina, Bulgaria, Canadá, Checoslovaquia, Colombia, Cuba, Ecuador, España, Francia, Italia, Lituania, México, Polonia, Portugal, Puerto Rico, Venezuela, y Yugoslavia. Entre las distinciones con que ha sido galardonado se encuentran el Premio de Pintura del Salón ’70 (Museo Nacional de Bellas Artes. La Habana), el Premio Nacional de Dibujo Joan Miró (Fundación Joan Miró. Barcelona), el Primer Premio en el Concurso de Pintura de la UNESCO (Asociación Internacional de Artistas Plásticos para el área de América Latina y el Caribe. Francia), y el Premio Nacional de Artes Plásticas 2012 (Ministerio de Cultura, La Habana). Su obra se encuentra en colecciones en Alemania, Colombia, Cuba, Ecuador, Lituania, Polonia, Puerto Rico y Yugoslavia.

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El gato negro

Edgar Allan Poe

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros
una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

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Libros: “Socialismo y poder. Una revisión crítica”, de Marcelo Colussi

ARGENPRESS CULTURAL

Presentamos aquí una reflexión del argentino Marcelo Colussi, libro que acaba de obtener un galardón en el Ministerio de Cultura de Cuba.

Texto polémico que nos invita a revisar algunos de los postulados del marxismo, sin proponer su abandono sino, por el contrario, su profundización crítica.

¡Buena lectura!

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