jueves, 14 de noviembre de 2013

Profesores de los días felices: Maestro de tormentas y arco iris

Reinaldo Spitaletta



Había un patio de recreo y salones a su alrededor, en una cuadrícula en la que los corredores, con salientes de teja española, daba la forma a la escuela. Todos eran grupos de quinto de primaria. Eran días en que el mundo hablaba de alunizajes, la Unión Soviética y China estaban en tensión y Estados Unidos ocupaba Vietnam. Supe después que en ese año, el papa Pablo VI abolió el Índice de Libros Prohibidos, cuando nosotros apenas habíamos leído cartillas, textos de geografía e historia patria, cuentos de los hermanos Grimm y algunos libritos de español y literatura.

Bello era entonces un pueblo con fábricas textileras y un taller de ferrocarriles, cuyas sirenas parecían haber producido en los moradores reflejos condicionados. Cambios de turno laborales. El pito del medio día. Y solo una rutina rota por las idas a cine los domingos y los partidos de fútbol en las mangas, que abundaban. La escuela, sus turnos, eran a mañana y tarde, porque quizá el mundo era muy pequeño y todavía no había tantos estudiantes como para establecer dos jornadas.

También, los de esa escuela preparatoria, a cuya entrada se subía por unas escaleras dobles en forma de pirámide trunca, teníamos reflejos condicionados por la campana. Ella anunciaba el momento tan anhelado que era el recreo. O los cambios de salón de clase. Uno iba de aula en aula, como un vagabundo escolar con su cartapacio, a escuchar las enseñanzas de los maestros, así que estaba la sala de ciencias naturales, la de matemáticas (era el único salón fuera de ese paisaje de maravilla que era el patio), la de religión, la de español, y demás.

Creo, si el recuerdo no es una suerte de traición, que me gustaba mucho la hora de español y literatura. Era un encuentro con palabras que me recordaban a mamá (no aquel lugar común de mi mamá me mima…), porque ella siempre estaba recitando poemas sobre mares y lunas, y cantando canciones de muy lejos, y contando historias a la hora del desayuno y al anochecer. Sí, me parece que el profesor era una especie de sucursal de mamá, porque él, que aunque era joven uno lo veía viejo (tal vez nos adelantaba por ocho años), tenía una manera de recibir a los discípulos con recitaciones de Diego Fallon e Ismael Enrique Arciniegas, y nos ponía luego a leer en voz alta, al frente, la cartilla en la que había historias como las de Los tres deseos y un relato que contaba las maneras de dar limosnas.

“No estamos en el hipódromo”, nos increpaba a los que, entonando la lectura, corríamos para acabar más ligero. Y luego él mismo leía lo que acabábamos de mal leer y lo hacía con pausas, ritmo, musicalidad. De las tareas que recuerdo, había una que era aprender de memoria un poema, para decirlo a todos, delante del tablero. No sé adónde encontré un poema de un chileno, Antonio Bórquez Solar, sobre el arco iris, y ese fue el elegido por mí. Quizá me incliné por esos versos debido a que, siendo más niño, caramba, me gustaba perseguir el arco iris y pretendía siempre ir hasta su nacimiento, porque, decía no sé quién, que allí había una zona encantada.

El profesor, que tenía una bella voz (nunca nos gritaba), ya había hecho durante el curso demostraciones de sus modos de decir poemas. Ya nos había metido a Guillermo Valencia y sus camellos, ¡uf!, así como a Gabriela Mistral y una poesía que volví a leer años después, y que me parecía de un ritmo sobrecogedor: setenta balcones y ninguna flor. Bueno, el caso es que me aprendí la del chileno y salí al frente, me paré con seguridad, y comencé, en una desbocada carrera, a recitar: “Los colores del arco iris / de los cielos siete son / como siete en la semana / son los días que hizo Dios / como siete son las notas de la pauta del cantor…”. Cada verso era aumento de la aceleración. No sé si el auditorio reía, pero miré al profesor y estaba serio, pendiente de cada palabra, lo que me condujo a incrementar la velocidad: “De un topacio es su amarillo / y su rojo es de rubí, / su violeta es de amatista / y su azul es de zafir”. Digo que a mí me sonaba bien esa composición, y cada que pronunciaba una palabra veía colores por doquier. Y en el poema salía el sol después de la lluvia y había risas y fulgores, y al final la tormenta había pasado. Sí, la tormenta que me parecía que yo encarnaba. “En la próxima vez, no corrás tanto, Spitaletta. Hacé pausas y entendé mejor el sentido del poema”, me dijo algo así. Yo veía a algunos compañeros muertos de la risa, y después, un osado me dijo que era porque al recitar movía una mano como una hélice.

No sé en qué mes de ese lejano año el profesor me llevó para que leyera una crónica de Azorín que describía una tormenta y su después. Ese escrito me produjo una sensación como si fuera un bautismo, una epifanía, un descubrimiento. No sé qué. Las palabras me atraían, me enamoraban, y quise saber quién era el escritor, qué había publicado. El tiempo pasó, el año lectivo se acabó, pero Azorín y el profesor se quedaron en mi memoria, mente y corazón. Tiempo después, nos mudamos a un barrio, El Congolo, y a la vuelta de mi casa, vivía el profesor. Su padre era policía, con pistolera blanca y kepis verde con visera negra. También conocí la hermana del profesor, que todos los días pasaba, por las mañanas, por el frente con su uniforme de cuadritos rojinegros y su cara de virgen del amanecer. Se llamaba (se debe llamar todavía) Olimpia, y digo que el tal nombre también me sedujo, aparte de las piernas y modo de caminar de la pelada.

Muchos años después, en una ceremonia en la que presentaba mi novela El último puerto de la tía Verania, en la Biblioteca Marco Fidel Suárez, dentro de los asistentes estaba el profesor, que me sonreía. No pude resistir el manifestarle en público que su manera de dar las clases de español me llevaron a amar las palabras, las historias, los poemas y a descubrir un escritor que ya hace años no leo. “Profesor Álvaro Sánchez, muchas gracias por su pasión de enseñar”, le dije. Y después fui a abrazarlo. Me pareció que en aquel lugar había un arco iris.

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Arriba del ring, ¡no es fácil!

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A Magda Resik



Suena el despertador. Lo habitual. El primer round del día. Ganchos, uper-cuts, directos al mentón. Mi reloj despertador es grande y negro. Yo me imagino que le estoy dando duro a Teófilo Stevenson o a Cassius...perdón Mohamed Ali. Un día lo voy a noquear a ese negro engreído, me digo.

Hoy sí, hoy es el día. “Amgonameikadiferens”, pienso en Inglés.

Hoy estoy para escribir el mejor reportaje, el cinturón negro de los reportajes. Cojones,...el Pulitzer.

Tiro un poco de aceite en la sartén, con maestría de Ph.D. en Huevos Fritos por la Universidad de Yale. Preparo el café como el colombiano Juan Valdez, el del burrito. Me siento un caballo, pero pienso, soy argentino, entonces rectifico, me siento un cabayo. Es más, lo soy.

Abro las ventanas, entra ese sol abrazador de Cuba y tres metros cúbicos de petróleo convertidos en una nube de humo negro y pringoso, gracias a la combustión del precioso combustible por esos inyectores soviéticos, de ese camión soviético. Segundo round y le sigo dando duro.

En mi balcón, inhalo profundo, mirando desconfiado a derecha e izquierda, por si llegaran a venir otros tres metros cúbicos de petroleo. Comenzó el día, no hay duda, me digo, luego de escuchar a decenas de frustrados Arturos Sandoval, Gatos Barbieri, y Ornettes Coleman, tomando las calles como escenarios para ejecutar sus cláxones.

Esto es Cuba, me recuerdo, y termino el tercer round victorioso.

Necesito unos datos para mi reportaje. Tengo que llamar a un organismo oficial. El organismo es una especie híbrida de sindicato y asociación. Reflexiono sobre esto sin el menor ánimo peyorativo, muchas veces las hibridaciones dan como resultado productos mejorados, me digo a mí mismo.

Tengo que enviarle un mensaje por vía electrónica a uno de los directivos de la institución.

Busco el organismo en la guía telefónica. Lo encuentro. Cuarto round, sin discusión, a mi favor.

Diferentes dependencias. Una de ellas dice, Pizarra.

Marco. Suenan unos rings desafinados y desacompasados.

-¡¿Dígame?!

-Buenos días compañera, la llamaba para saber la dirección electrónica del organismo.

-¿¿¿¿Eheee????

-Le decía, que la llamo para saber el correo electrónico de la institución, pues deseo enviar un mensaje por vía electrónica a uno de sus directivos.

-¡¡¡Ahaaaa!!! Oiga, mire, yo no se nada de eso. Espere un momento que le averiguo.

La “compañera” apoyó el tubo con fastidio sobre un escritorio de “antes de Nuestra Era”, es más, con polvillo del Machadato. El Carbono 14 no miente. La compañera se levantó de su asiento, el bureau cimbró, la compañera impuso su anatomía, hubo un atasco entre los que entraban y los que salían. Algún solidario empellón, un elegante codazo, un muy culto empujón, un revolucionario roce. Los entre-dientes “cabaiero” y “alabao” afloraron de la rica variante del Castellano de la Mayor de las Antillas.

La “compañera” comenzó a preguntar por Yuli. Sus compañeras le hicieron gestos de absoluto desconocimiento. Se quedaron sentadas en sus asientos, firmes y consecuentes en sus puestos de trabajo, que es nada menos que el de la mesa de entradas, la pizarra. Las compañeras de la “compañera” se comentaban que el nietito no se sabe si dijo primero mamá o papá o papa o boniato, por que es muy comilón, y la otra le replicó que el papel de baño está malísimo, “pero peor sigue estando el Granma”, una tercera terminado el tema del boniato del nietito –de la papa ni mencionarla, se la da por una solanácea extinguida, después de la caída del bloque soviético– , argumentó que el aguacate está a 8 pesos por unidad y que “nos alcanza para dos docenas de aguacates al mes”, otra descomprimió: “el derrí a fulanita le queda espantoso”, pero otra volvió a la carga con la vida y milagro de la mujer del sub-director.

Pasaban los minutos, tal vez cinco, tal vez diez. Todos sabemos que cuando uno está en esa situación, el tiempo pareciera sufrir un ataque de holgazanería.

-¡¿Siiiii?! ¿Qué desea?

-El correo electrónico.

-¿Qué correo electrónico? ¿De qué me habla?

-¿No se acuerda que le pedí hace unos momentos el correo electrónico de la institución, pues necesito enviarle un mensaje vía electrónica a uno de los directivos del organismo?

Quinto round, sigo ahí, optimista.

-¡¡¡Usted a mi no me pidió nada... SEÑOOORRRRRR!!!!

Aunque me había percatado, que esta empleada no era la misma que me atendió en la primera oportunidad, quise entrar en el jueguito de la confusión y el mal entendido.

No encontraba motivo en mi lógica cartesiana, del porqué alguien que ve en una oficina el teléfono descolgado, en obvia situación de estar ocupado, lo coge sin más ni más, para meterse en un tema que no le incumbe.

-Mire, disculpe, me pareció que usted era la misma persona que me atendió cuando levantaron el teléfono por primera vez.

Mentí descaradamente.

-¡¡¡Ahaaaa!!! Satisfecha con mi disculpa. ¡¿Si, dígame?!

-Como le decía, quiero saber el correo electrónico de la institución. Es ese el motivo por el cual estoy llamando.

-Eheeemmmm... Espere un momento.

Apoya el tubo sobre el escritorio. Unas nubecitas de billones de partículas se arremolinan frenéticamente alrededor del parlante y del auricular, como infinitesimales huracanes.
Conciliábulo de las dos. Las voces se cuelan por el tubo.

-Hay un pezao ahí que quiere saber el correo eléctrico.

-Electrónico Carmita, electrónico.

-Eléctrico o electrónico o lo que pinga sea. Pero a quien coño se lo pregunto, Yuli. El correo ese, es el que tiene la “a” esa con la colita para atrás.... ¿nooooo?

-Si. ¿Dónde está Lázaro?

-En la merienda, no se lo puede molestar.

-¿Y el Presidente...?

-Está en una reunión de trabajo con unos chinos o japoneses.

-¡¿Aún está con los vietnamitas?! Y ¡El vice está en comisión!

-¡Ah no sé! ¡Yo no sé nada!

-No te estoy preguntando nada. Te estoy diciendo que está en comisión, Carmita.

-¡¿Si le decimos que eso no funciona?!

-No, mejor le decimos que llame en 15 minutos, para cuando Lázaro haya terminado su merienda.

-¡¿Si, señor?! Mire, llame en unos 15 minutos, que el compañero que lo sabe, se lo va a resolver.

-Bueno, muchísimas gracias, en 15 minutos vuelvo a llamar.

Sexto round y ahí, ya tú sabes, dando lucha.

Marco. Llama. Levanta el tubo la primera voz.

-¡¿Dígame?!

-¿Carmita?

-¡¡¡¿¿¿Siiii!!!???

-¿No se acuerda de mi? El del correo electrónico.

-Ahaaa...sííí.....sííí. ¡¿Entonces ...ya resolvió?!

-No, no se acuerda que me dijo......

-Eheee... ¿cómo sabe mi nombre?

-¿No se acuerda que usted me lo dijo?

-¿¿¿Siiii???

-Y no se acuerda que usted me dijo que llamara en 15 minutos, que Lázaro, después de su merienda me resolvía. ¿Se acuerda?

Ahaaa, sí, sí, yo ya hablé con Lazarito. Espere un momento que lo voy a buscar.

-¡¿Dígame?!

Segunda voz femenina.

-¿Yuli?

-¡¡¡¿¿¿Siiii!!!??? ¿Quién habla?

-El del correo electrónico.

-Ahaaa sí... ¿cómo le va?... ¿resolvió?

Bueno, no, pero no se haga problema que ya me atendió Carmita. Gracias por preguntarme cómo me va. Ahí vio, peleándola. A veces la vida es un ring.

-Ahaa...bueeeeno, y... ¿cómo supo mi nombre?

-¿No se acuerda que usted me lo dijo?

-¿¿¿Siiiiiii???

-A no ser que usted crea que soy un adivino. ¿Es el diminutivo de qué nombre?

-¿Qué?

-Yuli es el diminutivo ¿de qué nombre?

-De Yolanda, pero a mi Yolanda no me gusta, es nombre de vieja. Bueno, lo dejo porque tengo que coger mi merienda. No cuelgue...¡eheee!

-No se preocupe, que no voy a colgar.

-¡¿Dígame?!

Voz masculina.

-¡¿Usted es Lázaro?!

-¡Sí, dígame!

-¡¡¡¿¿¿Usted habló con Carmita???!!! Supongo que ella le contó todo.

-Sí, me acaba de decir algo de un correo electrónico.

-Ah que bueno, mire, yo soy la persona que necesita el correo electrónico de la institución.

-Ah si, pero mire, yo sé que es....la sigla de la institución....luego...la a comercial...pero el resto, eso sí que no lo sé. Pero espere, espere, yo conozco una persona que seguro lo sabe.
Dejó el teléfono sobre el escritorio. Pasaron los minutos.

-¡¿Si?! ¡¡¡¿¿¿Señor???!!! La voz de Lázaro.

-¡Sí, aquí estoy!

-Mire, la compañera está cogiendo su merienda, llame en 15 minutos. Séptimo round y estoy entre las cuerdas.

-¿Es Yuli?

Pregunté, cruzando los dedos y pidiéndole al Olimpo (completico) Yoruba que Lázaro me diera un no rotundo.

-¡¡¡Sí!!! ¡¡¡¿¿¿Ahaa???!!! ¡¡¡Pero ustedes ya se conocen!!! Hubiera empezado por ahí ¡¡¡cabaaaieeeeroooo!!! ¿Usted no se da cuenta el tiempo que me ha hecho perder? ¿Como van a andar bien las instituciones si la gente no sabe lo que quiere? Nosotros no somos magos, ni tenemos la bola de cristal, ¡¡¡cabaaieeroo!!!

Y me colgó el teléfono.

Primeros 10 segundos del octavo round y knock-out.

Era cerca del mediodía. Cerré las ventanas del escritorio. El cuarto se oscureció de repente. Apagué la computadora y la desconecté, por si alguna descarga eléctrica, esas cosas imprevisibles de la naturaleza.

El cielo estaba cubierto de densos nubarrones de un gris oscuro.

Volví a la cama, total, me dije, el día está perdido. Mañana me vuelvo a subir al ring y ahí sí, mañana sí. Cogí el despertador y le ajusté la alarma para las 7.

Mañana, negro, te aplico un uno-dos, y me quedé dormido, como si me hubieran noqueado.

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No es un agradecimiento

Paula Orellana (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No es un agradecimiento
el decirte mil gracias por ser yo otra vez
por sentir la circulación tan fuerte en mi pecho y en toda mi tez.

Ver una orquídea y querer regalártela
Sin cortarla, ni mucho menos comprártela.

Por que en primavera sólo pienso en vos
luego de bastantes inviernos sólo con yo.

No, no es un agradecimiento
porque no me hacés ningún favor.
Pero si te digo que envidiés el viento
por yo querer todo el tiempo que el viento seas vos.



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Libros: “Cuentos cortos (Bastante atípicos)”, de Rodolfo Bassarksy

ARGENPRESS CULTURAL

Del autor argentino radicado en Barcelona (España), médico ginecólogo de profesión, apasionado lector y profundo escritor, presentamos hoy su colección de relatos “Cuentos cortos (Bastante atípicos)”.

Que disfruten su lectura.

Descargar libro desde aquí (formato pdf)

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Bellas animaciones artísticas en China

El Ave Fénix

Una bella colección de animaciones de la China. Vale la pena verlas.



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Utopía

Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A la guarda de los sueños…
en el pedregoso camino
del escepticismo
despojado de esperanzas,
aún vive la utopía.

Eclipsada por el pesimismo
de los nuevos tiempos.
Hostigada por las incertidumbres
y las dudas,
entre las cenizas
del estrepitoso derrumbe de la historia
aún vive la utopía.

Peregrinando el desencanto
de la vida,
acorralada en las profundidades
del alma
de los hombres
y de las mujeres
que no abandonan sus sueños…
aún vive la utopía.

Sin lugar,
sin tiempo.
Buscando ese hoy
y ese mañana…
la utopía sin límites…
posible…
deseable…
Ese horizonte imaginario
que entrañe tiempos
de verdades…
de justicias…
de concordias…
de llanezas…

Tras un siglo de derrotas,
desafiando a los molinos…
buscando la gloria tardía
de los sueños justos…
aún vive la utopía.



Ilustración: aldodelapuente2011

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Caminos de solidaridad: Voces de Roberto Camerieri

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El planeta necesita de voluntarios, porque su presencia convierte en posible cuando nada es seguro. Una de esas voces es de Roberto Camerieri, ciudadano americano, que con voz propia, analiza la realidad social, desde los principios de la Ética.

En el caso de las drogas, el alcohol es la de mayor consumo humano, cuyos efectos en la salud personal y colectiva son tan graves que los esfuerzos de organizaciones privadas y públicas siguen siendo insuficientes.



En este horizonte se suman múltiples estudios académicos y voluntarios que hacen denodados esfuerzos en diversas organizaciones:

Alcohólicos Anónimos - AA, que actualmente opera en el planeta con más de cien mil Grupos Locales, tuvo su comienzo en Akron, USA, en 1935, cuando un hombre de negocios de Nueva York, - Bill W. quien había conseguido permanecer sin beber por primera vez, tras haberlo intentado durante varios años, buscó a otro alcohólico para compartir con él sus experiencias en un esfuerzo por superar un mal momento y temía que lo llevase a una recaída.

 Desde el campo de la medicina, para atender los males de la adicción al alcohol destaca Carl Jung (1875-1961), psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis. Se le relaciona con Sigmund Freud, de quien fuera colaborador en sus comienzos. Impulsó la incorporación de su metodología, en base a nociones procedentes de la antropología, la alquimia, los sueños, el arte, la literatura, la mitología, análisis comparativos de las religiones, la filosofía y la sociología.

William D. Silkworth, comenzó a trabajar en AA desde el año 1930, en su condición de director médico del Hospital de Charles B. Towns, New York y desde el centro de rehabilitación para millonarios, que servía a una clientela mundial, incluyendo a la realeza europea y jeques del petróleo de Oriente Medio. Benjamín Rush, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia norteamericana, fue el primer miembro de la comunidad médica que consideró al alcoholismo como "un proceso de la enfermedad."

Estos y otros antecedentes han contribuido a la generación de movimientos e instituciones sólidas que trabajan en esta problemática social y más allá. Bob Camerieri, es un referente valioso. Hijo de migrantes italianos, un humanista en esencia. En Nueva York, su tierra natal y otras localidades, participó en la gestación de diversas organizaciones comunitarias. Convocando estudiantes y trabajadores, planeó propuestas para encontrar respuestas sobre los temas de vivienda, marginalidad y consumo de drogas.

La solidaridad para el cambio

Roberto Cameriri, nació en 1947, su hermano Donald en 1948 y su hermana Carol en 1951. Vivieron en Brooklyn NY, ciudad donde conocieron muy de cerca la compleja realidad social, acerca de la pobreza, la injusticia, la soledad y el desamparo, y al mismo tiempo la solidaridad entre las pandillas de los migrantes españoles, italianos, puertorriqueños y de otros mundos, que permitió a muchos a aprender el español y otros idiomas, en algunos casos mejor que el inglés nativo, es decir una cultura multifacética, en una zona fronteriza, donde negros, blancos y otras poblaciones vivían en las proximidades.



Entendió, desde joven, que tenía que ser autosuficiente para sobrevivir. Después de salir de la escuela, abría un pequeño stand en una esquina de la avenida Atlántico. Supone que el trabajo lo hizo más fuerte para sostener su autoestima, sin las galas de clubes sociales, equipo de deportes y de protección.

En el Ejército, en sus dos años de servicios obtuvo el Diploma de Equivalencia General (GED High School), de donde fue retirado por haber sufrido un accidente automovilístico. Licenciado en Hunter College, Magister con estudios en Negro y Puerto Rico; SUNY en Buffalo, Planificación Urbana y Regional.

En el Instituto Pratt de Brooklyn impulsó un estudio sobre "El desarrollo económico de la Comunidad". Sobre Urbanización en el Instituto de Capacitación para el Desarrollo ( DTI ) Baltimore , MD. Educador comunitario en VIH / SIDA". Tiene experiencias en el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, Atlanta.

En la década del noventa se inició como consultor y cumplió funciones ejecutivas en un centro para el desarrollo comunitario, planificación de vivienda para pobladores hispanos en Nueva York, en la Universidad de Massachusetts, en asuntos de las minorías de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston.

Su actividad profesional abarca varias organizaciones no lucrativas y departamentos universitarios que implicaban habilidades interpersonales, habiendo supervisado múltiples actividades desde el Departamento Administración a cientos de consultores.

Esta posición requiere una concertación con varios comités nacionales, junto con representantes de mayores intermediarios, supone gestión de gastos e ingresos, presupuestos, revisiones de cumplimiento de políticas, aspectos de desarrollo, fiscales, y el programa de supervisión de los contratos.

Desde el Centro Nacional de Barrio Empresa, emprendió una investigación, diseño e implementación de plan de estudios para la " Academia de Jóvenes Empresarios ", que conducen a 40 premios, incluyendo el Presidente de la República.

Es un convencido que la familia es consustancial al ser humano y elemento fundamental para el desarrollo integral de la persona y la comunidad. Cuando mira hacia atrás y recuerda todo lo que le ha sucedido, afirma: "Mi vida no ha sido siempre feliz, pero nunca fue aburrida”.



Su voluntariado lo ha llevado a encontrar respuestas positivas a partir de la identificación personal o grupal, cohesión, esperanza y apoyo, en un entorno disciplinado, con límites definidos, estableciendo una distinción clara entre "tomar la primera copa" y responsabilidad de "la enfermedad de la adicción".

Distingue que en esta área es muy distinta cuando las personas adictas no integran grupos, pues en esa circunstancia son siempre furiosos, están asustados y llenos de miedo. Luego pueden pasar a un estado de culpa y remordimiento. Todo esto conduce a bloquear la menta y la necesidad de acercarnos a valores supremos.

Para conocer una experiencia espiritual se necesita saber tres cosas: ¿Cuál es el problema? ¿Cuál es la solución?, y el Programa de Acción para encontrar la solución.

La meta es profundizar la entrega. Que los principios de la aceptación, la humildad, la honestidad y la apertura mental son una parte fundamental de lo que somos. Es fundamental explorar aquel comportamiento que hace ingobernable nuestras vidas.

Recuerda que cuando tomó contacto con la AA le dijeron que asistiera a 90 reuniones en 90 días para encontrar un grupo de origen, un grupo de casa. El patrocinador lo guió a las reuniones y los asistentes no querían que un recién llegado debiera estar solo.

Un inventario moral es algo que nos lleva a descubrir nuestra moral individual, propia. Tendremos que ser meticulosamente honestos con nosotros mismos. La ética en su más sentido debe ser el rumbo, el objetivo final de la conducta humana. Propicia el apoyo y la presión de los compañeros para la abstinencia de alcohol y drogas. Identifica que la persona no debe estar sola. El intercambio de información siempre concede prioridad a la abstinencia.

La metodología de los doce pasos es un proceso independiente en sí. Es necesario empezar a reflexionar sobre nuestros propios caminos espirituales: El ateo cree que no hay Dios. El Agnóstico dice es probable que haya un Dios, pero él no tiene conocimiento de ello y por lo tanto se comporta como un ateo. El que tiene el conocimiento de Dios y dirige su vida y se pregunta ¿cómo llegamos a ser un ateo o un agnóstico a convertirse en un verdadero creyente?

La meta es cómo conseguir los beneficios del programa en nuestras vidas. El proceso de doce pasos trata de llevar este mensaje y practicar los principios en todas nuestras actividades. Estos esfuerzos teóricos y prácticos, también pueden ser válidos en América Latina, según análisis de la CEPAL y otras entidades especializadas en los problemas asociados a la producción, el tráfico y consumo de drogas, en tanto afectan a la calidad de vida de la población, porque están ligados a formas de exclusión social, mayor inseguridad y violencia, y en la gobernabilidad en algunos países.



Los gobiernos en América Latina han formulado planes nacionales para reducir tanto la demanda como la oferta, colocando especial énfasis en el control de la producción y el tráfico de drogas, campañas de comunicación y prevención, fortalecimiento jurídico e institucional y la mayor cooperación internacional, en tanto poblaciones de campesinos e indígenas se han incorporado a los cultivos ilícitos, porque la actividad vinculada a la economía de la droga genera altos ingresos.

El ha viajado dentro y fuera de Estados Unidos, incluyendo al Perú, donde hace cinco años tomó contacto con organizaciones como el Centro Cultural de la Universidad Católica – PUCP y la Parroquia de San Borja, los distritos más poblados del Sur de Lima y del entorno de Pachacamac, ciudadela preinca. En esos escenarios dialogó sobre la recuperación de la adicción a las drogas y ha tenido oportunidad de conocer las causas y los efectos del crecimiento de la economía y las brechas sociales. Definitivamente, un mar tranquilo nunca hizo un buen marinero.

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El universo atómico

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Andrés era físico porque siempre, desde chico, fue muy curioso.

Quería siempre saber de qué y cómo estaban compuestas las cosas. Los objetos más mínimos. Y también los líquidos. Sus compuestos químicos. Líquidos y sólidos que obviamente estaban compuestos por algo.



Ese algo eran átomos. Lo más pequeño que constituían todos los objetos, todas las cosas.

Átomos que estaban en las mesas, las sillas, los cuerpos, la sangre, las nubes, las piedras, el agua.

Así fue que inventó y construyó un microscopio telescópico. Aparato con el cual se introducía en los átomos que constituían cualquier objeto.

Fue así que descubrió que esos átomos eran universos donde había planetas, y posiblemente vida inteligente. Y si eran así, amores, odios, guerras, pasiones.

Tuvo que admitir entonces que el espacio que rodea al planeta Tierra, los astros, satélites, soles y otros planetas, eran partes de un átomo.

Pero ahí le vinieron preguntas a las que no podía responder: ¿ese átomo, del que el planeta Tierra forma parte, a qué objeto pertenece?. ¿De qué cosa es? ¿Dónde está?

Otros misterios.

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Cine: Baraka, de Ron Fricke

INDYMEDIA

Baraka (1992), director Ron Fricke, duración: 100 min. Sinopsis: Rodada en 24 países diferentes, trata de captar la esencia de la naturaleza y la cultura de la humanidad y sus costumbres, al tiempo que señala las formas en las que el ser humano se relaciona con su medio ambiente. La aparente fragilidad de la vida humana es contrastada con la grandeza de sus obras, subrayándose la desigual relación entre hombre y naturaleza. Baraka no tiene argumento lineal, ni personajes ni diálogos, pero, en medio de estos enormes contrastes, la espiritualidad de la humanidad surge como el elemento más importante que la distingue de otras especies. Un mundo más allá de las palabras.



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Música: Grandes obras de guitarra clásica por grandes guitarristas

ARGENPRESS CULTURAL

La guitarra es uno de los instrumentos más populares en Occidente. Hace parte de un sinnúmero de expresiones musicales, en las distintas producciones folclóricas de variados países. Y también hace parte de la llamada música académica.

De hecho, numerosos compositores “clásicos” dedicaron páginas a este bello instrumento. Fue durante el siglo XIX cuando alcanza su mayor desarrollo, con autores hoy día famosos como Francisco Tárrega, Fernando Sor, Dionisio Aguado, Mauro Giuliani. En el siglo XX, intérpretes de alta calidad técnica la revitalizaron como instrumento, haciendo de la guitarra algo tan exquisito, quizá, como el violín.

Dejamos aquí una pequeña selección de obras clásicas interpretadas por algunos de los monstruos más conspicuos del arte guitarrístico de estas últimas décadas.

Andrés Segovia: Preludio N° 1, de Héctor Villalobos


Narciso Yepes: Romance anónimo


Ernesto Bitetti: Asturias, de Isaac Albéniz


Ana Vidovic: Gran Overtura, de Mauro Giuliani


Carlos Barbosa Lima: Adelita, de Francisco Tárrega


John Williams: Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega


Aldo Lagrutta: Gran Jota aragonesa, de Francisco Tárrega


Paola Requena Capricho árabe de Francisco Tárrega


Julian Bream: Variaciones sobre un tema de Mozart, de Fernando Sor


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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



a) Ahí callada en tanto miras cuanto miro y no;
desde cuándoparaadónde esta estación cambiante
pues hoy no tengo tu pendiente con declive.

En el traeeyecto re-viso con presura mis catá logos
y recuerdo haber oído en tus palabras tu insonoro interés;
pero me anima que una vez sentí pasar tus párpadostuslabiostusmaneras
por donde ya has estado y no te alcanzo.

b) Breve instante si vino se esfumó deseo.
Resta
este cuarto en que me niegan todo.
Cuánto ahínco ahí,
por un minuto más para vivir,
gruta grata e ingrata o algo insimilar,
plétora de tu vacío,
feliz acre momento.
Sólo resta
este cuarto cerrado en que me dicen todo.

c) Consumiendo así mis horas,
de cada día un día,
lo que conmigo muere y nacerá
-nútreme con tus semillas-.
Agoto mi agosto,
lo único que también síesnoes,
lo mío que se va con ello.

Toda ganancia también es otra pérdida
salvo lo que dejas, es decir, todo.

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El arca de Noé se detuvo en Tarragona

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un arzobispo, obispo de una iglesia metropolitana o que tiene honores de tal, cual cardo lechero, estaba que se subía por las paredes, tocando el fuste delantero o trasero de la silla de montar. Iba de Arzúa, villa capital en la provincia de La Coruña, a Tarragona, a jugar la carta primera en la beatificación de un palo santo de una nación construida a palos.

Estaba cantando en gregoriano, y apoyado en las artolas que se colocan sobre el aparejo de la bestia de carga, formado por dos asientos que viene a quedar a los lados y sirven para viajar dos personas sentadas espalda contra espalda.

Llevaba de compaña a una monja de monacato, que no de “mentecato”, como decían las malas lenguas del lugar, cual manga perdida.

Monocotiledón le llaman al obispo, e iba cantando mirándole a la hermana o Sor con artificio, astucia, con suavidad y halago, con mónita:

-“As de oros no lo jueguen bobos”.

A ella, la Sor, le llama Momota, nombre de cierta pájara venida de la América Meridional.

Llegados a Tarragona, se concentraron en el punto de unión de miembros “que se topan y que giran sobre una coyuntura pseudo religiosa”, como diría José Gervasio Artigas, primer caudillo uruguayo de la emancipación del territorio que hoy constituye la república oriental del Uruguay.

En el medio del conjunto de la artillería mística, olas espumosas se formaban en un mar de almas, cuando comenzó a refrescar el viento de la oración; un tren de oraciones, morteros de incienso y otras campanillas recordatorias del odio y olvido sembrados con alegría fascista en paredones y cunetas. “Artillería de campanas”, como dijo la Sor, contemplando ensimismada el gratil, extremidad u orilla de una vela, avivaron ese mecanismo de artificio y artimañas, trampas para cazar acólitos en ligadura con que de trecho en trecho y a falta de costuras, se sujeta la relinga a su vela o cirio.

“Se movía la relinga
Con el viento
Y empezaba a flamear
Los primeros puntos
De la vela”, recitó el Obispo.

La Fiesta tejía su red, y el insecto de Roma, especie de candelabro colgante, en coche espiritual ligerísimo para una sola persona que es la que lo guía, con dolor o achaque que queda como rastro de una maldad de crueldad y martirio civil pasado, así la bendecía:

-Araña, ¿quién te arañó?

-Otra araña como yo; picóme una araña y ateme una sábana.

El obispo nervioso hacía rayas someras en un reclinatorio, mueble para arrodillarse y rezar, con las uñas, mientras la Sor, cual artesana beata, recogía con mucho afán las partículas por si algún día subiera el obispo a los altares.

A la salida, una dama o moza, rodeada de romeros franchutes, y de gentes venidas de todo lugar de la Nación, ¡hasta de Cañamero!, donde comen burra por carnero, como cuenta la anécdota, llena de alegría, empezó a rascarse con gana, y diciendo:

-Aquí, en Tarragona, se detuvo el Arca de Noé

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Cine: “Infierno o paraíso”, de Germán Piffano (2013)

Jesús Dapena Botero (Desde Villagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: Colombiana
GÉNERO: Cinemá-Verité
DIRECCIÓN: Germán Piffano Mendoza
PRODUCCIÓN: Victoria Cedeño / Heidi Rojas
PROTAGONISTAS: José Antonio Iglesias Prieto, Yineth Constanza Rodríguez, Germán Piffano Mendoza
MONTAJE: Pepe Salcedo
FOTOGRAFÍA: Paulo Pérez, Adriana Bernal, Pierre Heron
MÚSICA: Mateo Ojeda
DURACIÓN: 99 minutos

Una tarde del 2012, mientras leía el libro de mis amigos valencianos Anacleto Ferrer, Xavier García-Raffi, Bernardo Lerma y Cándido Polo, Psiquiatras de celuloide me entraraba una llamada por Facebook de una persona, para mí, hasta ese momento perfectamente desconocida, el antropólogo y director de cine Germán Piffano Mendoza, recomendado por el gran director de cine colombiano Víctor Gaviria, a pedirme una asesoría sobre asuntos psicopatológicos, para una cinta que estaba realizando sobre un hombre, cuya historia me evoca al Sísifo de la mitología griega, un hombre que desciende a los infiernos para ir resucitando, no precisamente al tercer día, dadas las grandes dificultades para pasar de ser un “desechable” - aunque no me gusta esa palabra tan denigratoria del ser humano - de El Cartucho a ser un hombre que lucha por salir adelante en su España natal, en medio de la crisis económica y política que ha asolado a este país, sin que por ello, el repatriado haya recaído en la drogadicción; ello atrajo profundamente mi atención porque era como un sueño, toda una realización de un deseo; precisamente, en el capítulo que estaba leyendo hablaban de la asesoría que le brindaron muchísimos psiquiatras estadounidenses a John Huston, cuando le fuera encargado a este magnífico director hacer un documental sobre el proceso de reinserción de los soldados, quienes volvían traumatizados de las contiendas de la Segunda Guerra Mundial, otro regreso de un infierno al supuesto paraíso del American Way of Life y yo envidiaba la situación de esos colegas, que habían colaborado con Huston en su cinta Let there be light (1946), un filme en el que las cámaras apenas registraron lo que tenía lugar en un hospital militar de los Estados Unidos de América, destinado a la reinserción psicosocial de los veteranos de guerra.



Para dar tal asesoría debía ver una película en proceso de gestación, lo que para mí, resultaba todo un honor, que agradezco tanto a Germán Piffano, como a Víctor Gaviria, quien me recomendó para ayudar a pensar algunos problemillas, que no resultaban difíciles, y haberme abierto la relación amistosa que ahora me une con Germán y Victoria Cedeño, una de las productoras del filme, cargados de esperanza de que la cinta tenga reconocimiento en festivales como el de Cartagena.

Ahora, que la cinta ya está lista, vuelven a enviármela, corregida y mejorada, con el sorprendente montaje de Pepe Salcedo, ayudante de Luis Buñuel y editor predilecto de muchas de las cintas de Pedro Almodóvar. Según comunicación personal del propio Germán Piffano, la historia narrada está marcada por la presencia del Dante, que se expresa en el bello exergo, que anticipa el desarrollo de la película:

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura,
ché la diritta via era smarrita

No sé si Germán fuese muy consciente que al acercarse a la calle de El Cartucho, se encontraría con parte de su destino, el cual lo convertiría en el Virgilio, encargado de llevar a José Antonio Iglesias Prieto, cariñosamente Jose, de su condición en los círculos del infierno de los paraísos artificiales, de los que nos hablara Baudelaire, en busca de un Paraíso, que no es posible encontrar en esta tierra, por más que una Beatriz, como Yineth se atravesase en el camino, para acompañar al galleguiño de Sanxenxo, criado en Venezuela y habitante en Colombia a la aventura andaluza, sin las españoladas de la copla ni el flamenco, junto con el pequeño José, a quienes vemos caminar por hermosos parajes de Sevilla, en lo que más bien pudiera ser una especie de purgatorio, que es ese de la rehabilitación psicosocial de un hombre, que descendió a los infiernos, pero que como una suerte de Sísifo, no encuentra otro lugar en el mundo laboral, que el de cargar una roca que vuelve a rodarse cada vez que cree ir llegando a la cima, todo ello acompasado por un profundo sentimiento trágico de la vida, un poco, a la manera de Unamuno, sin acudir de nuevo al mundo del bazuco.

Es seguro, que de ahí, surgió el título de esta película, Infierno o paraíso, frase que lleva implícitos los interrogantes, que inician el poema homónimo de Víctor Hugo, poeta torturado por los profesores de matemáticas, que lo ponen en el dilema de elegir entre el infierno de los números y el paraíso de las letras.

La pregunta de Germán no se refiere a la ciencia de las cifras, sino más bien a saber cuál es el infierno, si el mundo de El Cartucho, poblado por muchos hombres apodados “El diablo” o si está lejos de ese mundo donde residen esos seres condenados a la otredad, al decir del psicoanalista Rodolfo Moguillansky, a ese espacio en el que habitan esos sujetos, que una sociedad “bien pensante”, muy entrecomillada, lanza al espacio de lo deleznable, de lo despreciable, de lo desechable, a los que se trata con la violencia de la llegada inicial de los esbirros de Enrique Peñalosa, cuando sin diálogo alguno, de por medio, llega a deshacerles su casa.

Pero nuestro director, en aquél entonces estudiante de antropología no duda en lanzarse a ese extraño mundo, cuando tras la primera intentona devastadora de Peñalosa a esas calle, el Gobierno municipal comprende que se hace necesaria una estrategia dialogante, que implique a todo un esquipo de profesionales de las ciencias sociales.

Y, con esos técnicos humanista, Germán se acerca a ese lugar donde habitan esos hombres, mujeres, ancianos y niños, sitio que retrata en un magistral documental, que queda como testimonio histórico de un espacio, donde podríamos decir que se agudiza el malestar en nuestra cultura, del que muchos tratan de escapar, con el recurso de la droga, que anestesia esa desazón que los carcome, en lo que yo llamaría el goce del adicto, para emplear un concepto netamente lacaniano, que como bien lo expresa el propio José Antonio, deja un vacío, porque él mismo se da cuenta que el bazuco, de alguna manera, lo estaba vaciando, como si fuese un hueco negro, sin devolver esa primera experiencia de satisfacción, principio y fin de la búsqueda de esa juissance, para decirlo en buen francés.

Para mí, toda la secuencia de El Cartucho es lo mejor de la cinta, que más allá de las ficciones buñuelinas, que evoca, nos hace recordar la cinta de 1950 del genio de Calanda, Los olvidados o esa última cena de Viridiana, en la fiesta, que se celebra en torno al fuego, como un canto a la libertad aparente del adicto, ya que nadie está más esclavizado que el drogodependiente de la substancia que consume, la cual llega a dominarlo por completo

Pero más que un surrealismo oniroide, lo que hace Germán, es a la manera de Dziga Vertov, hacer cinema-verité, cargado de cierto neorrealismo, al hacer un testimonio con las voces, de todos aquellos que como “El diablo” y el propio José Antonio conviven con la muerte constantemente, aunque ésta nunca deje de afligirlos, en medio de una vida súper dura, al precio de un gran sufrimiento, no sólo en El Cartucho sino en todas partes, en esa vida en la calle, así proviniesen de medios elitistas, donde les dieran tanto en la infancia, que terminaran por dañarlos, con tanta condescendencia y tanto mimo, como bien lo declarara aquella mujer que fuera administradora hotelera.

Todos comparten una renegación de los vínculos preexistentes, como si no hubiesen existido, muchas veces, movidos por tanto, tanto sentimiento de culpa.

Y ahí, en ese contexto, vemos surgir en el aparentemente repulsivo José, que está cansado de serlo, un ser con un estilo lírico, yo diría, con el psicoanalista David Liberman, melancólico, cuando extraña las cosas íntimas del hogar, los perfumes, un poco a la manera de un Marcel Proust, quien se lanza en busca de un tiempo perdido, cuando de forma improvisada expresa:

Extraño ver tu cuerpo desnudo
a través del espejo empañado por la ducha,
que entremezclados con el olor de la pasta de dientes
y el perfume del jazmín y la aurora,
darán paso a la mañana
para acrecentar más
el brillo eterno que hay en tus ojos.

Tu presencia y tu ausencia,
tu ira por la mentira y tu amor por la verdad…

Hacerte el amor en los rincones,
el ver las huellas de tus pies mojados
en los pasillos de la casa…
Tu risa, tu paz,
tu fe y tu llanto…
el olor a café,
el ruido del mar…
Tu ruido,
el olor de mujer,
las pastillas de jabón,
guardadas entre la ropa…

Extraño…

¿No se trata, acaso, de una pieza antológica para un poemario erótico?

Para enseguida adentrarnos de nuevo en El Cartucho, mediante tomas aéreas, que nos hacen entrar por El Castillo, en un mundo, donde los seres humanos se confunden con la basura, lejos de toda urbanidad, mientras se vive por las alcantarillas, mientras los verdaderos narcotraficantes, son tratados de don…, porque son los que mueven el negocio, a la vez que los consumidores son meros ñeros, a los que se les echa como a perros, porque huelen mal, denuncia que también vi en un documental gallego, Déjanos vivir, que me prestara una paciente de esta zona de la Rías Baixas de la Galicia paterna, tan hermosamente acompasado por la Negra Sombra de Rosalía de Castro, la gran lírica de estas tierras.

Porque como en el Cambalache de Enrique Santos Discépolo, cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón, en el macrocontexto de un sistema, que no sólo es corrupto en el ámbito del negocio de la droga, sino también en el de las fuerzas policiales, que penalizan la adicción, a la manera de inquisidores, que consideran al consumidor un pecador, un vicioso, sin percatarse que detrás de ese síntoma adictivo, hay el sufrimiento y el malestar de lo que se ha dado en llamar, en la actualidad, patología dual, coexistencia del trastorno de la drogodependencia con otras psicopatologías, de donde habría que mirar el fenómeno de la adicción más como una enfermedad que como un vicio o un delito, porque más que la violencia policiva, como toda violencia generadora de más violencia, como reza el dicho popular español, lo que el adicto necesita es otra cosa, para poder salir del universo en el que ha quedado entrampado; buena fue la lección que aprendiera el imprudente Enrique Peñalosa, al entrar a la brava, a derrumbar El Cartucho, para mantener la seguridad de la “buena sociedad capitalina”, al comprender que si avanzaba en su escalada salvaje, encontraría la resistencia de personas, que también sienten, como todo ciudadano, por suburbanas que sean, que tienen derecho a existir, a ser lo que creen que han elegido con absoluta libertad, aunque esa creencia sea, en sí misma, una falacia de la alienación; porque lo que la cinta de Piffano nos demuestra es que el afrontamiento del problema no es el recurso a los aparatos represivos del Estado sino el ver, como a través, de las profesiones humanísticas, se llega a un diálogo, a una razón dialogada con ese otro, por distinto que sea, hasta el momento, considerado como deleznable, pero que nos sorprende con la genialidad de discursos como el de Jose, ese habitante de la calle y tantos otros, como la hotelera o el ancianito, que nos dicen, con su vida, que son tan humanos, tan demasiado humanos, como lo conceptualizara Federico Nietzsche, sólo que viven en un mundo dionisíaco, que un universo apolíneo no se permite tolerar, cuando quizás lo que se requería era la posibilidad de llegar a una razón dialogada, entre universos con lógicas distintas, como bien lo señalara Jürgen Habermas, a lo largo de su obra.

Impresionante resulta el desmonte de El Cartucho, como si se recreara la bestialidad de la violencia institucionalizada de las Uvas de la ira, de un John Steinbeck, que destruye auténticas joyas arquitectónicas, que bien pudiesen haber sido restauradas de otra manera.

De ahí, para mí, la importancia de la cinta de Germán Piffano, quien es como la otra mano del vínculo humano, que hace que se realice el anhelo de un Jose, quien nos clama, desde el orden de la necesidad:

Por eso necesito que alguien rompa el silencio, hermano… que alguien rompa el frío y que alguien me devuelva la necesidad de afecto y de amor, sin manipulación. - aunque sabemos que con el amor no basta.

En la medida que Jose se siente contenido por un grupo humano, que funciona como una madre suficientemente buena, con capacidad de ensoñación, puede volverse a ver en el espejo, un poco a la manera del infans de Wallon y de Lacan, ya no para ver un marco vacío, que llena de un terror sin nombre, sino para reconstituirse a sí mismo como sujeto y darse cuenta de que está saliendo del cascarón, en el que se había metido; en la medida que algunos miembros de la colectividad humana, lo abrazan, para anudarlo en un lazo social, con el cuidado médico, tan distinto a la frialdad tecnológica del funcionario del primer centro de acogida, al que se ve poner una distancia fóbica, para no confundirse con lo ominoso, que puede ser portado por un hombre, que viene del espacio de la otredad; todo ese reencuentro con seres humanos empáticos, le devuelve la fuerza propia, mientras dura ese proceso de prevención secundaria, que es la cura propiamente dicha.

Y, entonces, creo que comienza la segunda parte de la película, con ese interludio de la acogida de parte de la supuesta sociedad bien pensante.

Toca ahora guerrear en otro universo, casi kafkiano, el del mundo de la burocracia, que supuestamente vela por la salud y el bienestar de la ciudadanía, ámbito administrativo, al que hay que soportar con paciencia, algo que Jose no deja de caricaturizar, como si estuviese siguiendo una radionovela, que siempre deja en suspenso, mientras derrumban ese otro universo que hay que hacer desaparecer, a como dé lugar.

Piffano nos transporta, entonces, a una Comunidad Terapéutica, denominada Fundación Lugar de Encuentro, que le permite no sólo reconstruirse sino volver a hallar a su familia, a la cual, se le había desaparecido durante los largos años de El Cartucho, un grupo consanguíneo sometido a la torturas, que genera, a los dolientes, la desaparición de un ser querido, del que no se sabe si es vivo o muerto y, a su vez, toparse con el amor de Yineth, una compañera de ese centro curativo, con quien se embaraza con todo un proyecto existencial, el hijo, la posibilidad del retorno a España, al llenarse de ilusiones y esperanzas, de deseos de vivir.

Volver a España es toda una Odisea, que puede recordarnos la aventura de Karl Rossman, el personaje de Kafka, que emprendiera en el sentido inverso hacia América, aunque no nos tropecemos con el apoteósico final que el autor checo le diera a su personaje en, quizás, la más optimista de las obras kafkianas, puesto que a Jose, al sacarlo del mundo de El Cartucho, no se le prometería nunca un jardín de rosas, ni un infierno ni un paraíso, porque de éste fuimos expulsados, si somos fieles al episodio bíblico; bien sabemos que, para vivir en la tierra, hemos de aprender a navegar, como decía el gran psicoanalista inglés, W. R. Bion, en un archipiélago de incertidumbres, un poco, a la manera del Sísifo de Camus, siempre enfrentados al absurdo de la existencia humana, para lo que necesitamos cierto espíritu de rebeldía, de búsqueda de sentido, sin quedarnos ni en el quietismo ni en la pasividad, algo que podemos constatar en el diálogo de Jose con Germán, en su reunión, en Santafé de Bogotá, cuando nuestro protagonista va en busca de la reagrupación familiar, trámite requerido para traer la parentela a España; de ahí que no cabe duda que, en este hombre, descubrimos a un luchador, a un guerrero, así, a veces, lo veamos a punto de desfallecer en esa vía dolorosa de la reparación, que, asimismo, da cuenta de su vitalidad, de su erotismo, de su contienda contra la enfermedad y la muerte, siempre con la esperanza del Freud de Lo perecedero, quien, por equivocado que estuviese, al final de ese hermoso artículo, estaba convencido de que en la Europa de 1915, volveríamos a construir lo que la guerra había destruido, quizás sobre un terreno más firme y con mayor perennidad.

Jose no se arredra para dar testimonio de su batalla interior y con el mundo externo, movido por un narcisismo de vida, opuesto a ese narcisismo primario, tanático, que es el que quisiera gozarse el drogadicto, aun al precio de la muerte, en medio de esos paraísos artificiales, descritos por Baudelaire.

No hay lugar para la conmiseración, pero sí para la aceptación de la plena responsabilidad de la recuperación, por moralista que suene esta declaración.

Vemos a Jose contento del reencuentro con su mundo interno, ese que parecía devastado en los tiempos de El Cartucho, con una familia por la que combate en la lidia cotidiana, más allá de la belleza del Guadalquivir y de la Giralda, por lo conflictiva y contradictoria que es la vida misma, máxime cuando se vive la absurdidad de la crisis económica española, de una España engañada por los banqueros, vendedores de ilusiones, para luego, a la manera de los sofistas, culpabilizar al pueblo español de vivir más allá de sus posibilidades, mientras les prometían que las tenían todas y no debían desaprovechar las oportunidades, que el engañoso neoliberalismo y la sociedad de consumo les brindaban, a pesar de la inestabilidad laboral, que ellos mismos promueven, pues como acertadamente lo dice Yineth, en las dificultades que están ellos, como familia, están miles de personas aquí en España y en el mundo, como si fuésemos habitantes de un universo orwelliano.

Pero con todo, a pesar de la pobreza económica, no podemos dejar de pensar a Jose como un rico, que puede, a la hora de nona, confesar, como Pablo Neruda, que ha vivido, lo eximio y lo ruin, a la manera del Sergio Stepansky de León de Greiff, por ser una persona tan valiente, como el sastrecillo de los hermanos Grimm, que regala a su niño; tal vez, en un intento de darle un ideal del yo, para enfrentar ese miedo de vivir, que - según Eladia Blázquez- tenemos que asumir en cada nuevo día, esa angustia sorda en las que estamos y nos acercan a todos, como si estuviésemos unido codo con codo, por temor que nos roben el amor, la paciencia y ese pan, que ganamos a sudor y a conciencia.

Y es que el valiente, a diferencia del arrogante, no es el que no siente miedo, sino quien mide el peligro, asume el temor y se arriesga a luchar contra la fatalidad; he ahí, el desafío para enfrentar este mundo que no sabemos si es infierno o paraíso, tremendo interrogante; en todo caso, para nada, un jardín de rosas, un mundo que tenemos que pensar para aprender de la experiencia, transformarnos y transformarlo, esperanza que nunca deberíamos perder, porque como dice Jose, al final de la cinta:

Ahora no se puede huir… - con puntos suspensivos, en vez, de punto final; pues, querámoslo o no la vida sigue, sin un final hollywoodense.

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Los curas de Valladolid

Orosia Castán (HISTORIA INFAME)

En el año 1936, tras la sublevación militar, los párrocos de los pueblos tomaron mayoritariamente partido por los alzados, en quienes veían unos valedores que les iban a devolver el poder que detentaban antes de la llegada de la República. Bien sabían estos curas que el alzamiento era ilegal y que se estaba haciendo mediante el derramamiento de sangre inocente. Prácticamente en todas las localidades, falangistas y guardias civiles desleales detenían a las autoridades legales, a los dirigentes sindicales, a los obreros significados, a sus mujeres y a sus familiares, y los sometían a tratos inhumanos, golpeando, violando, robando y asesinando a muchos de ellos.


Foto: Curas del 36 en Valladolid

El mandato de los religiosos está bien claro para todos: su deber era detener la violencia, impedir los crímenes y acabar con la orgía de sangre que se desataba sobre la población civil, inerme e indefensa. Sin embargo, la Iglesia desoyó estos mandatos sagrados y alentó a sus párrocos a que se unieran al golpe, al que de inmediato bautizaron como Cruzada, otorgándole todas sus bendiciones.

Los curas tenían una gran autoridad moral. Allí donde se opusieron a los crímenes, éstos no se produjeron. Pero por desgracia para las víctimas, para sus familias, para los pueblos y para su propia imagen y la de la Iglesia, la gran mayoría de los curas apoyaron decididamente el alzamiento y sus procedimientos sanguinarios, y a veces no solo intelectualmente o dando su bendición a los asesinos, sino también materialmente, con las armas en la mano.

Cegada por la posibilidad de ejercer su poder sobre la sociedad entera, la Iglesia católica se dedicó a forzar la voluntad de los ciudadanos que se habían salvado de la muerte obligándolos a casarse por la iglesia, a bautizar a los hijos de los que no eran católicos cambiándoles incluso el nombre si no estaba en el santoral, a penalizar a las personas que no asistían a misa, llevando al día la relación de los que no se confesaban o no comulgaban. Daba igual que esas personas no fuesen creyentes o que profesasen otra religión. La iglesia católica reclamó para sí la obediencia debida de todos los ciudadanos y la obligatoriedad de las prácticas religiosas por las buenas o por las malas. La coacción, la amenaza, los malos informes que destruían la vida de la gente o el señalamiento de los que ellos denominaban “malos cristianos” fueron la seña de identidad de una iglesia inquisitorial, cuyos ministros causaron mucho daño y dolor con sus actos o su pasividad.

Obligar a una persona a practicar la religión en contra de su voluntad está considerado sacrilegio por la propia iglesia, lo que no fue obstáculo para que se implantase la religión de manera obligatoria en todo el país y a todos los niveles de la vida: en la enseñanza, las instituciones, las costumbres sociales y la vida personal.

En muchas localidades de nuestra provincia y en la propia capital, la actuación de los curas fue tan inhumana, tan cruel y tan alejada de lo que puede considerarse un comportamiento cristiano, que quedó impresa en la memoria de los vecinos. Estos curas, que por su posición hubieran podido mediar a favor de las víctimas, muchas veces aparecieron al lado de los verdugos, contribuyendo con sus acciones a empeorar la suerte de sus vecinos. Es una verdadera lástima que la iglesia católica pierda oportunidad tras oportunidad de desmarcarse de estos elementos, condenando sus acciones y pidiendo perdón por su actuación en aquellos años de crimen y terror.


Foto: La actuación de los curas según la memoria de los testigos

Juan Julián, párroco de San Ildefonso, en Valladolid, acudía a las Cocheras de Tranvías para catequizar por las buenas o por las malas a los allí detenidos, aunque se declarasen ateos, agnósticos o protestantes. Acudía a las sacas, dejándose ver por los presos, quienes por su presencia detectaban que iba a producirse un asesinato. Dos o tres curas de Los Filipinos solían acompañar a las patrullas falangistas en sus acciones. Llevaban camisa azul e iban armados. Se les llegó a conocer bien y se les reconocía por su tonsura y sus medallas y escapularios. Además eran los encargados de catequizar a los presos de Las Cocheras. Se llamaban el padre Tirso y el padre Baladrón. Sus homilías eran amenazadoras. Una frase que repetían continuamente y que quedó grabada en la memoria de los detenidos era: “Habéis pasado por una criba ancha; ahora pasareis por otra más fina, y al final no quedará nadie”. Y hubo gente que se atemorizó y marchaba a comulgar, pensando que los curas darían buenos informes y que podrían salir, pero estaban muy equivocados, pues aquellos curas deseaban de verdad que no quedara nadie. (Testimonio de J. P. R., preso en Las Cocheras).

Padre Cid: adscrito a la Cárcel Nueva, impartía la misa obligatoria, descalificaba y humillaba a los presos e intentaba que recibieran los sacramentos cuando los iban a fusilar. Más adelante fundó un Patronato para menores, a donde fueron a parar muchos hijos de estos mismos fusilados; allí intentaba “reeducarles”. Ese lugar, “Cristo Rey”, se financió con el trabajo esclavo de los presos.

Rufino Caldevilla, párroco de La Magdalena y sobrino del canónigo Valero Caldevilla, acudió al Alto del León, presa de un ataque de patriotismo, según testimonio de J.L. Galindo, un falangista camisa vieja, que estuvo con él; iba armado. Es un alegre clérigo… me lo imagino disparando trabucos y no le cae mal la imagen… Cuando regresó a Valladolid y volvió a hacerse cargo de la parroquia, denunció a aquellos vecinos que bajo su punto de vista eran “indeseables”. Anteriormente se había mostrado beligerante con los sectores de la izquierda, y cuando se produjo el golpe colaboró con eficacia: denunció personalmente a la familia de Heraclio Conde, quien fue fusilado junto con sus dos hijos varones (testimonio de Conde Conde).

Eladio Tejedor Torcida, párroco de Barcial de la Loma en 1936, estaba enfrentado con las gentes de izquierdas desde el advenimiento de la República. Cuando se produjo el golpe, el alcalde impuesto por los golpistas fue Vicente Vázquez de Prada, que era partidario de detener y entregar a los izquierdistas, pero se opuso a que los mataran. El cura insistió e insistió en la necesidad de “limpiar el pueblo, como se estaba haciendo en todos los pueblos de alrededor”, y al final se hizo así. Este cura, tras inducir al asesinato del alcalde elegido, Modesto Rodríguez, obligó a la viuda a bautizar al hijo de éste y a cambiarle el nombre que su padre le había puesto (Besteiro). Otro acto de este cura fue el de casar in extremis al vecino Florencio Sinde, destrozado por las torturas recibidas, con brazos y piernas rotos e inconsciente en los calabozos del ayuntamiento de Barcial; este hombre estaba casado por lo civil, y antes de rematarlo, hizo que llevaran allí a su esposa y los casó religiosamente (testimonio de la esposa).

Florentino, cura de Bocigas, acompañaba a las patrullas de asesinos, según él para confesar a las víctimas.

Lorenzo Pérez González “Lucilina”, fue uno de los máximos responsables de los hechos sangrientos ocurridos en el pueblo de Villabáñez. Mantenía un enfrentamiento directo con los vecinos de ideas izquierdistas y con la Corporación Municipal; intervenía en las cuestiones políticas, en los temas económicos, como la gestión de los montes comunales; impulsó un sindicato católico, con el que se enfrentaba a la Casa del Pueblo… El propio arzobispo Gandásegui llegó a decir de él que “había envenenado al pueblo”. En 1936 designó a las víctimas y no movió un dedo para frenar la represión desatada contra los vecinos, aunque salvó al que le pareció oportuno, con lo que demostró que tenía poder para haber impedido la matanza.

José de Rojas Martín, ejercía como párroco en Castrillo Tejeriego, donde dio el visto bueno y firmó la lista de los que debían ser represaliados. La madre de este cura iba diciendo por el pueblo que “había que fusilar a los hijos de los detenidos, porque llevaban el mismo camino que sus padres”.

Sergio Martín Martín, procedente de Medina de Rioseco, donde también colaboró en la elaboración de las listas de los que debían morir, estaba en Castromonte como párroco. En julio de 1936 se encontraba en Asturias, pero pudo regresar a mediados del mes de septiembre, y fue entonces cuando comenzó la represión en Castromonte. Muchos testimonios le atribuyen responsabilidad directa en muertes ocurridas en Rioseco y la zona de la Santa Espina, además de las ocurridas en Castromonte.

Ictinio, párroco de Tiedra, ayudó a elaborar las listas de víctimas; alentó a los falangistas de la localidad, y fue directamente responsable del asesinato de David Criado, un vecino que estuvo detenido y regresó al pueblo al finalizar la guerra.

Bibiano del Campo Mucientes, natural de Villalba de los Alcores. Estaba de párroco en Wamba en la época de la sublevación. Colaboró haciendo listas y también de manera material: él mismo llevó cuerdas para atar a los detenidos.

Pablo Rojo era párroco en Mojados. En los locales del ayuntamiento estaban detenidos medio centenar de vecinos. El día 25 de julio, los sublevados del pueblo decidieron asesinar a varios de ellos. El cura acudió a la prisión e intentó confesarlos con argucias y amenazas. A pesar de los ruegos de las familias y de la cantidad de huérfanos que dejaban y de que el cura sabía positivamente que todos eran inocentes y que los asesinatos se producían sin juicio ni asistencia de autoridad legal alguna, Pablo Rojo colaboró con los asesinos hasta que el último detenido subió al camión. Ese día 25 vecinos de Mojados fueron trasladados al puente que une los términos de Boecillo y Laguna de Duero y tiroteados allí. Algunos no fallecieron en el acto y cayeron al agua con vida. Por fin los remataron a todos. Uno de ellos, J.N. logró llegar herido, hasta el Coto del Cardiel, donde el guarda de campo lo remató con su escopeta.

Andrés del Amo, de Saelices. Fue un inductor fundamental de los crímenes cometidos en Villacarralón, donde era párroco, pues señaló a los vecinos que según él eran peligrosos. Años después de la guerra, vino al pueblo un cura nuevo. Estando en la plaza, un hijo de Petra Cimas, asesinada por una patrulla venida de otros pueblos ante los ojos de sus dos hijos, lo reconoció como integrante de una de las patrullas y se dirigió a él: “Usted bajaba de paisano a detener gente”. El cura se llamaba Jesús Ceinos Casero, y fue reconocido por otros vecinos como uno de los hombres que iban sacando a la gente de sus casas en el verano de 1936, vestido con un mono azul y armado con un fusil.

Teodosio era el nombre del párroco de Quintanilla de Abajo. Cuando se pidió el indulto de los condenados a muerte dijo en la puerta de la iglesia ante muchos vecinos que si les conmutaban la pena, él quemaba la sotana.


Fotos: Curas en el frente

La presencia de curas en el frente fue frecuente. Particularmente abundaron en la zona del Alto del León. Iban vestidos con mono y armados. Otros muchos iban de visita, acompañando a grupos.

Núñez, jesuita, coadjutor de la parroquia de San Juan, en Valladolid, marchó al Alto del León en julio del 36, integrado en el grupo de falangistas como combatiente. Este cura, bastante joven, murió en un bombardeo en el Alto del León a finales de julio de 1936. Juan Martínez, cura combatiente, murió en el frente.

Padre Nevares, jesuita: recibió en San Rafael a los falangistas que se iban a incorporar al frente en julio del 36. Al llegar al Hotel Regina, donde comían estas tropas, el padre Nevares vestía mono azul y llevaba casco y una gran cayada. Era beligerante y además confesaba a los voluntarios. Ramón Arregui Moliner, falangista, quiso confesarse con él tras una escaramuza en la que disparó y mató a soldados enemigos. Después relató, escandalizado, que el cura le dijo: “Eso no tiene importancia: es la guerra”. Este cura estuvo siempre a la cabeza de las fuerzas golpistas en San Rafael, dando el beneplácito eclesiástico. Antes del golpe, había organizado en Valladolid las Cooperativas Agrarias de Derechas.

Pedro, un párroco natural de Castrillo de Duero, en julio del 36 se integró en un batallón falangista y marchó al frente. J.L. Martínez Galindo, que coincidió con él, dice que era “un cura guerrillero”.

Cosas de curas

Pedro Cantero Cuadrado, nacido en Carrión de los Condes, fue capellán de la Cuarta Bandera de Castilla. En una de sus arengas pronunció esta frase: “El general Franco es de origen providencial y carismático, y por tanto legítimo. Solo ante Dios y ante la Historia debe dar cuentas”. Llegó a ser obispo de Huelva.

Ignacio Menéndez Raigada, autor del Catecismo Patriótico: “Yo soy cura, pero antes que cura, falangista”. Fue capellán y confesor de Franco.

Enrique Herrera Oria: “Los masones matan niños menores de siete años y beben su sangre en un cráneo”.

Fernando Martín Sánchez Juliá, “Secretario de Dios”, cabeza de la Iglesia, escribió una pastoral: “De los frentes saldrá una nueva España. A nosotros nos toca ayudar al parto y educar a la criatura…”.

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Sinfonía de sirenas o revolución en el arte

María Dunáeva (RIA NOVOSTI, Rusia. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Sirenas de fábricas y navíos, silbidos de trenes, rugidos de los motores de aeronaves, pitidos de automóviles, campanadas y disparos de cañones y metralletas se fusionan en una sinfonía, mezcla de la Internacional, la Marsellesa, la revolucionaria Varsoviana y, sorprendentemente, de la marcha fúnebre.

Los sonidos invaden la Ciudad. De pronto, interviene una orquesta de viento, luego, un coro. El público también se pone a cantar. El autor de la composición dirige el espectáculo desde un tejado levantando banderines de diferentes colores…



Escena fantasmagórica, imposible, de película. Sin embargo, completamente real.

La Sinfonía de Sirenas de Arseni Avraamov se escenificó dos veces, en 1922 en Bakú y en 1923 en Moscú, siempre el 7 de noviembre, en el aniversario de la revolución de octubre.

La insólita amalgama de sonidos, raramente asociados con la música, es emblemática para el nuevo arte de la época que renunció al ámbito académico e intentó acercarse al pueblo y expresar sus preocupaciones cotidianas. Y, claro está, fomentar su entusiasmo por el alba comunista e instigar el odio contra los enemigos de clase: la marcha fúnebre que intercala entre los himnos revolucionarios hace recordar a los soldados del Ejército Rojo caídos en la Guerra Civil.

El arte revolucionario continuamente creaba formas nuevas. Se volvían obsoletas en poco tiempo y las suplantaban nuevas, otras y otras más nuevas aún. Este arte no estaba pensado para quedar, vivía el momento y despreciaba la eternidad. Su potencia innovadora importaba mucho más que el valor artístico. Nadie se preocupaba por grabar su música o conservar sus monumentos, hechos a menudo de yeso que se derretían bajo las lluvias.

Quizás la literatura, impresa y por tanto menos perecedera, nos pueda ayudar a comprender cómo eran las creaciones de aquella época. Las vehementes poesías de Mayakovski están llenas de neologismos al igual que la lengua de entonces, que se vio forzada a transformarse para adaptarse a las nuevas realidades.

Mayakovski conocía al autor de la Sinfonía de Sirenas (¿acaso algo pueda representar mejor el triunfo y el ímpetu revolucionario de la clase obrera que el sonido de la sirena de una fábrica?), Arseni Avraamov. El músico nació en 1886 en una familia de cosacos del Don bajo el apellido de Krasnokutski, pero siempre recurrió a seudónimos artísticos. Además de Avraamov, también se presentó como ARS o RevArsAvr (acrónimo de Revolucionario Arseni Avraamov). La decisión de ocultar su apellido no fue, probablemente, tan solo un capricho del artista. Su padre fue general del Ejército zarista y el músico prefería no hacer pública esa información.

Además de compositor, Avraamov fue inventor de instrumentos musicales y creador de un nuevo sistema tonal de 48 notas. Su mayor sueño, jamás realizado, era crear un laboratorio poético que permitiera sintetizar las voces de personajes famosos, ante todo de Lenin, para crear versiones auditivas de sus obras. En 1944 escribió una carta a Stalin criticando duramente el himno soviético. El músico proponía componer otro y grabarlo utilizando la voz sintetizada de Mayakovski.

Pero sus ideas ya no correspondían a las tendencias en boga.

Los años 20 del pasado siglo marcaron el fin de la utopía revolucionaria a las puertas del Estado totalitario de Stalin. Hacia 1935 los experimentos artísticos casi desaparecieron y a partir de los años 60 las representaciones de la sinfonía de Avraamov en Bakú y Moscú dejaron de mencionarse en la URSS.

En los últimos años la situación está cambiando. Hace unos años la discográfica británica ReR Megacorp incluyó la Sinfonía de Sirenas en un disco y en 2009 en san Petersburgo el compositor Serguéi Jismatov presentó su versión, que además de sirenas incluye sierras eléctricas, martillos neumáticos y hormigoneras.

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Cine clásico: “Doña Flor y sus dos maridos”, de Bruno Barreto (Brasil, 1976)

ARGENPRESS CULTURAL

“Doña Flor y sus dos maridos” (Dona Flor e Seus Dois Maridos) es una película brasileña realizada en 1976 por del director Bruno Barreto y protagonizada por Sonia Braga, José Wilker, Mauro Mendonça. Está basada en la novela homónima del escritor brasileño Jorge Amado.

Sinopsis

Nos encontramos en el pueblito brasileño Bahia, en los años veinte. La bella Floripides Guimaraes, más conocida como Doña Flor, está casada con el pícaro y mujeriego Valdomiro Santos Guimaraes, alias Vadinho. Si bien su marido es un irresponsable apostador y juerguista, Doña Flor se siente compensada con la ardiente vida sexual que le da su forajido esposo.



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