jueves, 21 de noviembre de 2013

La carta robada

Edgar Allan Poe

Nil sapientiae odiosius acumine nimio.
SÉNECA

Me hallaba en París en el otoño de 18... Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del n°. 33, rue Dunot, au troisième, Faubourg Saint-Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos tópicos sobre los cuales habíamos departido al comienzo de la velada; me refiero al caso de la rue Morgue y al misterio del asesinato de Marie Rogêt. No dejé de pensar, pues, en una coincidencia, cuando vi abrirse la puerta para dejar paso a nuestro viejo conocido G..., el prefecto de la policía de París.

Lo recibimos cordialmente, pues en aquel hombre había tanto de despreciable como de divertido, y llevábamos varios años sin verlo. Como habíamos estado sentados en la oscuridad, Dupin se levantó para encender una lámpara, pero volvió a su asiento sin hacerlo cuando G... nos hizo saber que venía a consultarnos, o, mejor dicho, a pedir la opinión de mi amigo sobre cierto asunto oficial que lo preocupaba grandemente.

-Si se trata de algo que requiere reflexión -observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha- será mejor examinarlo en la oscuridad.

-He aquí una de sus ideas raras -dijo el prefecto, para quien todo lo que excedía su comprensión era «raro», por lo cual vivía rodeado de una verdadera legión de «rarezas».

-Muy cierto -repuso Dupin, entregando una pipa a nuestro visitante y ofreciéndole un confortable asiento.

-¿Y cuál es la dificultad? -pregunté-. Espero que no sea otro asesinato.

-¡Oh, no, nada de eso! Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo de que podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta; de todos modos pensé que a Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.

-Sencillo y raro -dijo Dupin.

-Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos bastante confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.

-Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto -observó mi amigo.

-¡Qué absurdos dice usted! -repuso el prefecto, riendo a carcajadas.

-Quizá el misterio es un poco demasiado sencillo -dijo Dupin.

-¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?

-Un poco demasiado evidente.

-¡Ja, ja! ¡Oh, oh! -reía el prefecto, divertido hasta más no poder-. Dupin, usted acabará por hacerme morir de risa.

-Veamos, ¿de qué se trata? -pregunté.

-Pues bien, voy a decírselo -repuso el prefecto, aspirando profundamente una bocanada de humo e instalándose en un sillón-. Puedo explicarlo en pocas palabras, pero antes debo advertirles que el asunto exige el mayor secreto, pues si se supiera que lo he confiado a otras personas podría costarme mi actual posición.

-Hable usted -dije.

-O no hable -dijo Dupin.

-Está bien. He sido informado personalmente, por alguien que ocupa un altísimo puesto, de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado en las cámaras reales. Se sabe quién es la persona que lo ha robado, pues fue vista cuando se apoderaba de él. También se sabe que el documento continúa en su poder.

-¿Cómo se sabe eso? -preguntó Dupin.

-Se deduce claramente -repuso el prefecto- de la naturaleza del documento y de que no se hayan producido ciertas consecuencias que tendrían lugar inmediatamente después que aquél pasara a otras manos; vale decir, en caso de que fuera empleado en la forma en que el ladrón ha de pretender hacerlo al final.

-Sea un poco más explícito -dije.

-Pues bien, puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.
El prefecto estaba encantado de su jerga diplomática.

-Pues sigo sin entender nada -dijo Dupin.

-¿No? Veamos: la presentación del documento a una tercera persona que no nombraremos pondría sobre el tapete el honor de un personaje de las más altas esferas y ello da al poseedor del documento un dominio sobre el ilustre personaje cuyo honor y tranquilidad se ven de tal modo amenazados.

-Pero ese dominio -interrumpí- dependerá de que el ladrón supiera que dicho personaje lo conoce como tal. ¿Y quién osaría...?

-El ladrón -dijo G...- es el ministro D..., que se atreve a todo, tanto en lo que es digno como lo que es indigno de un hombre. La forma en que cometió el robo es tan ingeniosa como audaz. El documento en cuestión -una carta, para ser francos- fue recibido por la persona robada mientras se hallaba a solas en el boudoir real. Mientras la leía, se vio repentinamente interrumpida por la entrada de la otra eminente persona, a la cual la primera deseaba ocultar especialmente la carta. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en un cajón, debió dejarla, abierta como estaba, sobre una mesa. Como el sobrescrito había quedado hacia arriba y no se veía el contenido, la carta podía pasar sin ser vista. Pero en ese momento aparece el ministro D... Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconoce la escritura del sobrescrito, observa la confusión de la persona en cuestión y adivina su secreto. Luego de tratar algunos asuntos en la forma expeditiva que le es usual, extrae una carta parecida a la que nos ocupa, la abre, finge leerla y la coloca luego exactamente al lado de la otra. Vuelve entonces a departir sobre las cuestiones públicas durante un cuarto de hora. Se levanta, finalmente, y, al despedirse, toma la carta que no le pertenece. La persona robada ve la maniobra, pero no se atreve a llamarle la atención en presencia de la tercera, que no se mueve de su lado. El ministro se marcha, dejando sobre la mesa la otra carta sin importancia.

-Pues bien -dijo Dupin, dirigiéndose a mí-, ahí tiene usted lo que se requería para que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce como el ladrón.

-En efecto -dijo el prefecto-, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. La persona robada está cada vez más convencida de la necesidad de recobrar su carta. Pero, claro está, una cosa así no puede hacerse abiertamente. Por fin, arrastrada por la desesperación, dicha persona me ha encargado de la tarea.

-Para la cual -dijo Dupin, envuelto en un perfecto torbellino de humo- no podía haberse deseado, o siquiera imaginado, agente más sagaz.

-Me halaga usted -repuso el prefecto-, pero no es imposible que, en efecto, se tenga de mi tal opinión.

-Como hace usted notar -dije-, es evidente que la carta sigue en posesión del ministro, pues lo que le confiere su poder es dicha posesión y no su empleo. Apenas empleada la carta, el poder cesaría.
Muy cierto -convino G...-. Mis pesquisas se basan en esa convicción. Lo primero que hice fue registrar cuidadosamente la mansión del ministro, aunque la mayor dificultad residía en evitar que llegara a enterarse. Se me ha prevenido que, por sobre todo, debo impedir que sospeche nuestras intenciones, lo cual sería muy peligroso.

-Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones -dije-. No es la primera vez que la policía parisiense las practica.

-¡Oh, naturalmente! Por eso no me preocupé demasiado. Las costumbres del ministro me daban, además, una gran ventaja. Con frecuencia pasa la noche fuera de su casa. Los sirvientes no son muchos y duermen alejados de los aposentos de su amo; como casi todos son napolitanos, es muy fácil inducirlos a beber copiosamente. Bien saben ustedes que poseo llaves con las cuales puedo abrir cualquier habitación de París. Durante estos tres meses no ha pasado una noche sin que me dedicara personalmente a registrar la casa de D... Mi honor está en juego y, para confiarles un gran secreto, la recompensa prometida es enorme. Por eso no abandoné la búsqueda hasta no tener seguridad completa de que el ladrón es más astuto que yo. Estoy seguro de haber mirado en cada rincón posible de la casa donde la carta podría haber sido escondida.

-¿No sería posible -pregunté- que si bien la carta se halla en posesión del ministro, como parece incuestionable, éste la haya escondido en otra parte que en su casa?

-Es muy poco probable -dijo Dupin-. El especial giro de los asuntos actuales en la corte, y especialmente de las intrigas en las cuales se halla envuelto D..., exigen que el documento esté a mano y que pueda ser exhibido en cualquier momento; esto último es tan importante como el hecho mismo de su posesión.

-¿Que el documento pueda ser exhibido? -pregunte.

-Si lo prefiere, que pueda ser destruido -dijo Dupin.

-Pues bien -convine-, el papel tiene entonces que estar en la casa. Supongo que podemos descartar toda idea de que el ministro lo lleve consigo.

-Por supuesto -dijo el prefecto-. He mandado detenerlo dos veces por falsos salteadores de caminos y he visto personalmente cómo le registraban.

-Pudo usted ahorrarse esa molestia -dijo Dupin-. Supongo que D... no es completamente loco y que ha debido prever esos falsos asaltos como una consecuencia lógica.

-No es completamente loco -dijo G...-, pero es un poeta, lo que en mi opinión viene a ser más o menos lo mismo.

-Cierto -dijo Dupin, después de aspirar una profunda bocanada de su pipa de espuma de mar-, aunque, por mi parte, me confieso culpable de algunas malas rimas.

-¿Por qué no nos da detalles de su requisición? -pregunté.

-Pues bien; como disponíamos del tiempo necesario, buscamos en todas partes. Tengo una larga experiencia en estos casos. Revisé íntegramente la mansión, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada aposento. Primero examiné el moblaje. Abrimos todos los cajones; supongo que no ignoran ustedes que, para un agente de policía bien adiestrado, no hay cajón secreto que pueda escapársele. En una búsqueda de esta especie, el hombre que deja sin ver un cajón secreto es un imbécil. ¡Son tan evidentes! En cada mueble hay una cierta masa, un cierto espacio que debe ser explicado. Para eso tenemos reglas muy precisas. No se nos escaparía ni la quincuagésima parte de una línea.
»Terminada la inspección de armarios pasamos a las sillas. Atravesamos los almohadones con esas largas y finas agujas que me han visto ustedes emplear. Levantamos las tablas de las mesas.»

-¿Porqué?

-Con frecuencia, la persona que desea esconder algo levanta la tapa de una mesa o de un mueble similar, hace un orificio en cada una de las patas, esconde el objeto en cuestión y vuelve a poner la tabla en su sitio. Lo mismo suele hacerse en las cabeceras y postes de las camas.

-Pero, ¿no puede localizarse la cavidad por el sonido? -pregunté.

-De ninguna manera si, luego de haberse depositado el objeto, se lo rodea con una capa de algodón. Además, en este caso estábamos forzados a proceder sin hacer ruido.

-Pero es imposible que hayan ustedes revisado y desarmado todos los muebles donde pudo ser escondida la carta en la forma que menciona. Una carta puede ser reducida a un delgadísimo rollo, casi igual en volumen al de una aguja larga de tejer, y en esa forma se la puede insertar, por ejemplo, en el travesaño de una silla. ¿Supongo que no desarmaron todas las sillas?

-Por supuesto que no, pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de todas las sillas de la casa y las junturas de todos los muebles con ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido la menor señal de un reciente cambio, no habríamos dejado de advertirlo instantáneamente. Un simple grano de polvo producido por un barreno nos hubiera saltado a los ojos como si fuera una manzana. La menor diferencia en la encoladura, la más mínima apertura en los ensamblajes, hubiera bastado para orientarnos.

-Supongo que miraron en los espejos, entre los marcos y el cristal, y que examinaron las camas y la ropa de la cama, así como los cortinados y alfombras.

-Naturalmente, y luego que hubimos revisado todo el moblaje en la misma forma minuciosa, pasamos a la casa misma. Dividimos su superficie en compartimentos que numeramos, a fin de que no se nos escapara ninguno; luego escrutamos cada pulgada cuadrada, incluyendo las dos casas adyacentes, siempre ayudados por el microscopio.

-¿Las dos casas adyacentes? -exclamé-. ¡Habrán tenido toda clase de dificultades!

-Sí. Pero la recompensa ofrecida es enorme.

-¿Incluían ustedes el terreno contiguo a las casas?

-Dicho terreno está pavimentado con ladrillos. No nos dio demasiado trabajo comparativamente, pues examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos intacto.

-¿Miraron entre los papeles de D..., naturalmente, y en los libros de la biblioteca?

-Claro está. Abrimos todos los paquetes, y no sólo examinamos cada libro, sino que lo hojeamos cuidadosamente, sin conformarnos con una mera sacudida, como suelen hacerlo nuestros oficiales de policía. Medimos asimismo el espesor de cada encuadernación, escrutándola luego de la manera más detallada con el microscopio. Si se hubiera insertado un papel en una de esas encuadernaciones, resultaría imposible que pasara inadvertido. Cinco o seis volúmenes que salían de manos del encuadernador fueron probados longitudinalmente con las agujas.

-¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?

-Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el microscopio.

-¿Y el papel de las paredes?

-Lo mismo.

-¿Miraron en los sótanos?

-Miramos.

-Pues entonces -declaré- se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está en la casa del ministro.

-Me temo que tenga razón -dijo el prefecto-. Pues bien, Dupin, ¿qué me aconseja usted?

-Revisar de nuevo completamente la casa.

-¡Pero es inútil! -replicó G...-. Tan seguro estoy de que respiro como de que la carta no está en la casa.

-No tengo mejor consejo que darle -dijo Dupin-. Supongo que posee usted una descripción precisa de la carta.

-¡Oh, sí!
Luego de extraer una libreta, el prefecto procedió a leernos una minuciosa descripción del aspecto interior de la carta, y especialmente del exterior. Poco después de terminar su lectura se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto antes.
Un mes más tarde nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi en la misma forma que la primera vez. Tomó posesión de una pipa y un sillón y se puso a charlar de cosas triviales. Al cabo de un rato le dije:

-Veamos, G..., ¿qué pasó con la carta robada? Supongo que, por lo menos, se habrá convencido de que no es cosa fácil sobrepujar en astucia al ministro.

-¡El diablo se lo lleve! Volví a revisar su casa, como me lo había aconsejado Dupin, pero fue tiempo perdido. Ya lo sabía yo de antemano.

-¿A cuánto dijo usted que ascendía la recompensa ofrecida? -preguntó Dupin.

-Pues... a mucho dinero... muchísimo. No quiero decir exactamente cuánto, pero eso sí, afirmo que estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera que me consiguiese esa carta. El asunto va adquiriendo día a día más importancia, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero, aunque ofrecieran tres voces esa suma, no podría hacer más de lo que he hecho.

-Pues... la verdad... -dijo Dupin, arrastrando las palabras entre bocanadas de humo-, me parece a mí, G..., que usted no ha hecho... todo lo que podía hacerse. ¿No cree que... aún podría hacer algo más, eh?

-¿Cómo? ¿En qué sentido?

-Pues... puf... podría usted... puf, puf... pedir consejo en este asunto... puf, puf, puf... ¿Se acuerda de la historia que cuentan de Abernethy?

-No. ¡Al diablo con Abernethy!

-De acuerdo. ¡Al diablo, pero bienvenido! Érase una vez cierto avaro que tuvo la idea de obtener gratis el consejo médico de Abernethy. Aprovechó una reunión y una conversación corrientes para explicar un caso personal como si se tratara del de otra persona. «Supongamos que los síntomas del enfermo son tales y cuales -dijo-. Ahora bien, doctor: ¿qué le aconsejaría usted hacer?» «Lo que yo le aconsejaría -repuso Abernethy- es que consultara a un médico.»

-¡Vamos! -exclamó el prefecto, bastante desconcertado-. Estoy plenamente dispuesto a pedir consejo y a pagar por él. De verdad, daría cincuenta mil francos a quienquiera me ayudara en este asunto.

-En ese caso -replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques-, bien puede usted llenarme un cheque por la suma mencionada. Cuando lo haya firmado le entregaré la carta.
Me quedé estupefacto. En cuanto al prefecto, parecía fulminado. Durante algunos minutos fue incapaz de hablar y de moverse, mientras contemplaba a mi amigo con ojos que parecían salírsele de las órbitas y con la boca abierta. Recobrándose un tanto, tomó una pluma y, después de varias pausas y abstraídas contemplaciones, llenó y firmó un cheque por cincuenta mil francos, extendiéndolo por encima de la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardo en su cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la entregó al prefecto. Nuestro funcionario la tomó en una convulsión de alegría, la abrió con manos trémulas, lanzó una ojeada a su contenido y luego, lanzándose vacilante hacia la puerta, desapareció bruscamente del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde el momento en que Dupin le pidió que llenara el cheque.
Una vez que se hubo marchado, mi amigo consintió en darme algunas explicaciones.

-La policía parisiense es sumamente hábil a su manera -dijo-. Es perseverante, ingeniosa, astuta y muy versada en los conocimientos que sus deberes exigen. Así, cuando G... nos explicó su manera de registrar la mansión de D..., tuve plena confianza en que había cumplido una investigación satisfactoria, hasta donde podía alcanzar.

-¿Hasta donde podía alcanzar? -repetí.

-Sí -dijo Dupin-. Las medidas adoptadas no solamente eran las mejores en su género, sino que habían sido llevadas a la más absoluta perfección. Si la carta hubiera estado dentro del ámbito de su búsqueda, no cabe la menor duda de que los policías la hubieran encontrado.
Me eché a reír, pero Dupin parecía hablar muy en serio.

-Las medidas -continuó- eran excelentes en su género, y fueron bien ejecutadas; su defecto residía en que eran inaplicables al caso y al hombre en cuestión. Una cierta cantidad de recursos altamente ingeniosos constituyen para el prefecto una especie de lecho de Procusto, en el cual quiere meter a la fuerza sus designios. Continuamente se equivoca por ser demasiado profundo o demasiado superficial para el caso, y más de un colegial razonaría mejor que él. Conocí a uno que tenía ocho años y cuyos triunfos en el juego de «par e impar» atraían la admiración general. El juego es muy sencillo y se juega con bolitas. Uno de los contendientes oculta en la mano cierta cantidad de bolitas y pregunta al otro: «¿Par o impar?» Si éste adivina correctamente, gana una bolita; si se equivoca, pierde una. El niño de quien hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Naturalmente, tenía un método de adivinación que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia de sus adversarios. Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la mano cerrada, le pregunta: «¿Par o impar?» Nuestro colegial responde: «Impar», y pierde, pero a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo: «El tonto tenía pares la primera vez, y su astucia no va más allá de preparar impares para la segunda vez. Por lo tanto, diré impar.» Lo dice, y gana. Ahora bien, si le toca jugar con un tonto ligeramente superior al anterior, razonará en la siguiente forma: «Este muchacho sabe que la primera vez elegí impar, y en la segunda se le ocurrirá como primer impulso pasar de par a impar, pero entonces un nuevo impulso le sugerirá que la variación es demasiado sencilla, y finalmente se decidirá a poner bolitas pares como la primera vez. Por lo tanto, diré pares.» Así lo hace, y gana. Ahora bien, esta manera de razonar del colegial, a quien sus camaradas llaman «afortunado», ¿en qué consiste si se la analiza con cuidado?

-Consiste -repuse- en la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.

-Exactamente -dijo Dupin-. Cuando pregunté al muchacho de qué manera lograba esa total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: «Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara.» Esta respuesta del colegial está en la base de toda la falsa profundidad atribuida a La Rochefoucauld, La Bruyère, Maquiavelo y Campanella.

-Si comprendo bien -dije- la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente depende de la precisión con que se mida la inteligencia de este último.

-Depende de ello para sus resultados prácticos -replicó Dupin-, y el prefecto y sus cohortes fracasan con tanta frecuencia, primero por no lograr dicha identificación y segundo por medir mal -o, mejor dicho, por no medir- el intelecto con el cual se miden. Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna cosa oculta, se fijan solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para ocultarla. Tienen mucha razón en la medida en que su propio ingenio es fiel representante del de la masa; pero, cuando la astucia del malhechor posee un carácter distinto de la suya, aquél los derrota, como es natural. Esto ocurre siempre cuando se trata de una astucia superior a la suya y, muy frecuentemente, cuando está por debajo. Los policías no admiten variación de principio en sus investigaciones; a lo sumo, si se ven apurados por algún caso insólito, o movidos por una recompensa extraordinaria, extienden o exageran sus viejas modalidades rutinarias, pero sin tocar los principios. Por ejemplo, en este asunto de D..., ¿qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué son esas perforaciones, esos escrutinios con el microscopio, esa división de la superficie del edificio en pulgadas cuadradas numeradas? ¿Qué representan sino la aplicación exagerada del principio o la serie de principios que rigen una búsqueda, y que se basan a su vez en una serie de nociones sobre el ingenio humano, a las cuales se ha acostumbrado el prefecto en la prolongada rutina de su tarea? ¿No ha advertido que G... da por sentado que todo hombre esconde una carta, si no exactamente en un agujero practicado en la pata de una silla, por lo menos en algún agujero o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que inspira la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? Observe asimismo que esos escondrijos rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias igualmente ordinarias; vale decir que en todos los casos de ocultamiento cabe presumir, en primer término, que se lo ha efectuado dentro de esas líneas; por lo tanto, su descubrimiento no depende en absoluto de la perspicacia, sino del cuidado, la paciencia y la obstinación de los buscadores; y si el caso es de importancia (o la recompensa magnifica, lo cual equivale a la misma cosa a los ojos de los policías), las cualidades aludidas no fracasan jamás. Comprenderá usted ahora lo que quiero decir cuando sostengo que si la carta robada hubiese estado escondida en cualquier parte dentro de los límites de la perquisición del prefecto (en otras palabras, si el principio rector de su ocultamiento hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto) hubiera sido descubierta sin la más mínima duda. Pero nuestro funcionario ha sido mistificado por completo, y la remota fuente de su derrota yace en su suposición de que el ministro es un loco porque ha logrado renombre como poeta. Todos los locos son poetas en el pensamiento del prefecto, de donde cabe considerarlo culpable de un non distributio medii por inferir de lo anterior que todos los poetas son locos.

-¿Pero se trata realmente del poeta? -pregunté-. Sé que D... tiene un hermano, y que ambos han logrado reputación en el campo de las letras. Creo que el ministro ha escrito una obra notable sobre el cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.

-Se equivoca usted. Lo conozco bien, y sé que es ambas cosas. Como poeta y matemático es capaz de razonar bien, en tanto que como mero matemático hubiera sido capaz de hacerlo y habría quedado a merced del prefecto.

-Me sorprenden esas opiniones -dije-, que el consenso universal contradice. Supongo que no pretende usted aniquilar nociones que tienen siglos de existencia sancionada. La razón matemática fue considerada siempre como la razón por excelencia.

-Il y a à parier -replicó Dupin, citando a Chamfort- que toute idée publique, toute convention reçue est une sottise, car elle a convenu au plus grand nombre. Le aseguro que los matemáticos han sido los primeros en difundir el error popular al cual alude usted, y que no por difundido deja de ser un error. Con arte digno de mejor causa han introducido, por ejemplo, el término «análisis» en las operaciones algebraicas. Los franceses son los causantes de este engaño, pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras derivan su valor de su aplicación, entonces concedo que «análisis» abarca «álgebra», tanto como en latín ambitus implica «ambición»; religio, «religión», u homines honesti, la clase de las gentes honorables.

-Me temo que se malquiste usted con algunos de los algebristas de París. Pero continúe.

-Niego la validez y, por tanto, los resultados de una razón cultivada por cualquier procedimiento especial que no sea el lógico abstracto. Niego, en particular, la razón extraída del estudio matemático. Las matemáticas constituyen la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación de la forma y la cantidad. El gran error está en suponer que incluso las verdades de lo que se denomina álgebra pura constituyen verdades abstractas o generales. Y este error es tan enorme que me asombra se lo haya aceptado universalmente. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es cierto de la relación (de la forma y la cantidad) resulta con frecuencia erróneo aplicado, por ejemplo, a la moral. En esta última ciencia suele no ser cierto que el todo sea igual a la suma de las partes. También en química este axioma no se cumple. En la consideración de los móviles falla igualmente, pues dos móviles de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse un valor equivalente a la suma de sus valores. Hay muchas otras verdades matemáticas que sólo son tales dentro de los límites de la relación. Pero el matemático, llevado por el hábito, arguye, basándose en sus verdades finitas, como si tuvieran una aplicación general, cosa que por lo demás la gente acepta y cree. En su erudita Mitología, Bryant alude a una análoga fuente de error cuando señala que, «aunque no se cree en las fábulas paganas, solemos olvidarnos de ello y extraemos consecuencias como si fueran realidades existentes». Pero, para los algebristas, que son realmente paganos, las «fábulas paganas» constituyen materia de credulidad, y las inferencias que de ellas extraen no nacen de un descuido de la memoria sino de un inexplicable reblandecimiento mental. Para resumir: jamás he encontrado a un matemático en quien se pudiera confiar fuera de sus raíces y sus ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe que x2+px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Por vía de experimento, diga a uno de esos caballeros que, en su opinión, podrían darse casos en que x2+px no fuera absolutamente igual a q; pero, una vez que le haya hecho comprender lo que quiere decir, sálgase de su camino lo antes posible, porque es seguro que tratará de golpearlo.

»Lo que busco indicar -agregó Dupin, mientras yo reía de sus últimas observaciones- es que, si el ministro hubiera sido sólo un matemático, el prefecto no se habría visto en la necesidad de extenderme este cheque. Pero sé que es tanto matemático como poeta, y mis medidas se han adaptado a sus capacidades, teniendo en cuenta las circunstancias que lo rodeaban. Sabía que es un cortesano y un audaz intrigant. Pensé que un hombre semejante no dejaría de estar al tanto de los métodos policiales ordinarios. Imposible que no anticipara (y los hechos lo han probado así) los falsos asaltos a que fue sometido. Reflexioné que igualmente habría previsto las pesquisiciones secretas en su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que el prefecto consideraba una excelente ayuda para su triunfo, me parecieron simplemente astucias destinadas a brindar oportunidades a la perquisición y convencer lo antes posible a la policía de que la carta no se hallaba en la casa, como G... terminó finalmente por creer. Me pareció asimismo que toda la serie de pensamientos que con algún trabajo acabo de exponerle y que se refieren al principio invariable de la acción policial en sus búsquedas de objetos ocultos, no podía dejar de ocurrírsele al ministro. Ello debía conducirlo inflexiblemente a desdeñar todos los escondrijos vulgares. Reflexioné que ese hombre no podía ser tan simple como para no comprender que el rincón más remoto e inaccesible de su morada estaría tan abierto como el más vulgar de los armarios a los ojos, las sondas, los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi, por último, que D... terminaría necesariamente en la simplicidad, si es que no la adoptaba por una cuestión de gusto personal. Quizá recuerde usted con qué ganas rió el prefecto cuando, en nuestra primera entrevista, sugerí que acaso el misterio lo perturbaba por su absoluta evidencia.

-Me acuerdo muy bien -respondí-. Por un momento pensé que iban a darle convulsiones.

-El mundo material -continuó Dupin- abunda en estrictas analogías con el inmaterial, y ello tiñe de verdad el dogma retórico según el cual la metáfora o el símil sirven tanto para reforzar un argumento como para embellecer una descripción. El principio de la vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en la física y en la metafísica. Si en la primera es cierto que resulta más difícil poner en movimiento un cuerpo grande que uno pequeño, y que el impulso o cantidad de movimiento subsecuente se hallará en relación con la dificultad, no menos cierto es en metafísica que los intelectos de máxima capacidad, aunque más vigorosos, constantes y eficaces en sus avances que los de grado inferior, son más lentos en iniciar dicho avance y se muestran más embarazados y vacilantes en los primeros pasos. Otra cosa: ¿Ha observado usted alguna vez, entre las muestras de las tiendas, cuáles atraen la atención en mayor grado?

-Jamás se me ocurrió pensarlo -dije.

-Hay un juego de adivinación -continuó Dupin- que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes. De todos modos, es éste un asunto que se halla por encima o por debajo del entendimiento del prefecto. Jamás se le ocurrió como probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta delante de las narices del mundo entero, a fin de impedir mejor que una parte de ese mundo pudiera verla.

»Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D..., en que el documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus fines, y en la absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento no se hallaba oculto dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho funcionario, más seguro me sentía de que, para esconder la carta, el ministro había acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla.

»Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes, y una hermosa mañana acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D... en casa, bostezando, paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del ennui. Probablemente se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes, pero eso tan sólo cuando nadie lo ve.

»Para no ser menos, me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento, mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huésped.

»Dediqué especial cuidado a una gran mesa-escritorio junto a la cual se sentaba D..., y en la que aparecían mezcladas algunas cartas y papeles, juntamente con un par de instrumentos musicales y unos pocos libros. Pero, después de un prolongado y atento escrutinio, no vi nada que procurara mis sospechas.

»Dando la vuelta al aposento, mis ojos cayeron por fin sobre un insignificante tarjetero de cartón recortado que colgaba, sujeto por una sucia cinta azul, de una pequeña perilla de bronce en mitad de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que estaba dividido en tres o cuatro compartimentos, vi cinco o seis tarjetas de visitantes y una sola carta. Esta última parecía muy arrugada y manchada. Estaba rota casi por la mitad, como si a una primera intención de destruirla por inútil hubiera sucedido otra. Ostentaba un gran sello negro, con el monograma de D... muy visible, y el sobrescrito, dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. La carta había sido arrojada con descuido, casi se diría que desdeñosamente, en uno de los compartimentos superiores del tarjetero.

»Tan pronto hube visto dicha carta, me di cuenta de que era la que buscaba. Por cierto que su apariencia difería completamente de la minuciosa descripción que nos había leído el prefecto. En este caso el sello era grande y negro, con el monograma de D...; en el otro, era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S... El sobrescrito de la presente carta mostraba una letra menuda y femenina, mientras que el otro, dirigido a cierta persona real, había sido trazado con caracteres firmes y decididos. Sólo el tamaño mostraba analogía. Pero, en cambio, lo radical de unas diferencias que resultaban excesivas; la suciedad, el papel arrugado y roto en parte, tan inconciliables con los verdaderos hábitos metódicos de D..., y tan sugestivos de la intención de engañar sobre el verdadero valor del documento, todo ello, digo sumado a la ubicación de la carta, insolentemente colocada bajo los ojos de cualquier visitante, y coincidente, por tanto, con las conclusiones a las que ya había arribado, corroboraron decididamente las sospechas de alguien que había ido allá con intenciones de sospechar.

»Prolongué lo más posible mi visita y, mientras discutía animadamente con el ministro acerca de un tema que jamás ha dejado de interesarle y apasionarlo, mantuve mi atención clavada en la carta. Confiaba así a mi memoria los detalles de su apariencia exterior y de su colocación en el tarjetero; pero terminé además por descubrir algo que disipó las últimas dudas que podía haber abrigado. Al mirar atentamente los bordes del papel, noté que estaban más ajados de lo necesario. Presentaban el aspecto típico de todo papel grueso que ha sido doblado y aplastado con una plegadera, y que luego es vuelto en sentido contrario, usando los mismos pliegues formados la primera vez. Este descubrimiento me bastó. Era evidente que la carta había sido dada vuelta como un guante, a fin de ponerle un nuevo sobrescrito y un nuevo sello. Me despedí del ministro y me marché en seguida, dejando sobre la mesa una tabaquera de oro.

»A la mañana siguiente volví en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Pero, mientras departíamos, oyóse justo debajo de las ventanas un disparo como de pistola, seguido por una serie de gritos espantosos y las voces de una multitud aterrorizada. D... corrió a una ventana, la abrió de par en par y miró hacia afuera. Por mi parte, me acerqué al tarjetero, saqué la carta, guardándola en el bolsillo, y la reemplacé por un facsímil (por lo menos en el aspecto exterior) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D... con ayuda de un sello de miga de pan.

»La causa del alboroto callejero había sido la extravagante conducta de un hombre armado de un fusil, quien acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres y niños. Comprobóse, sin embargo, que el arma no estaba cargada, y los presentes dejaron en libertad al individuo considerándolo borracho o loco. Apenas se hubo alejado, D... se apartó de la ventana, donde me le había reunido inmediatamente después de apoderarme de la carta. Momentos después me despedí de él. Por cierto que el pretendido lunático había sido pagado por mí.»

-¿Pero qué intención tenía usted -pregunté- al reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido preferible apoderarse abiertamente de ella en su primera visita, y abandonar la casa?

-D... es un hombre resuelto a todo y lleno de coraje -repuso Dupin-. En su casa no faltan servidores devotos a su causa. Si me hubiera atrevido a lo que usted sugiere, jamás habría salido de allí con vida. El buen pueblo de París no hubiese oído hablar nunca más de mí. Pero, además, llevaba una segunda intención. Bien conoce usted mis preferencias políticas. En este asunto he actuado como partidario de la dama en cuestión. Durante dieciocho meses, el ministro la tuvo a su merced. Ahora es ella quien lo tiene a él, pues, ignorante de que la carta no se halla ya en su posesión, D... continuará presionando como si la tuviera. Esto lo llevará inevitablemente a la ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Está muy bien hablar del facilis descensus Averni; pero, en materia de ascensiones, cabe decir lo que la Catalani decía del canto, o sea, que es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía -o, por lo menos, compasión- hacia el que baja. D... es el monstrum horrendum, el hombre de genio carente de principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando, al recibir el desafío de aquélla a quien el prefecto llama «cierta persona», se vea forzado a abrir la carta que le dejé en el tarjetero.

-¿Cómo? ¿Escribió usted algo en ella?

-¡Vamos, no me pareció bien dejar el interior en blanco!

Hubiera sido insultante. Cierta vez, en Viena, D... me jugó una mala pasada, y sin perder el buen humor le dije que no la olvidaría. De modo que, como no dudo de que sentirá cierta curiosidad por saber quién se ha mostrado más ingenioso que él, pensé que era una lástima no dejarle un indicio. Como conoce muy bien mi letra, me limité a copiar en mitad de la página estas palabras:

...Un dessein si funeste, S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste.

»Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.»

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Plástica: El Museo de arte Thyssen-Bornemisza, en Madrid, España

El Ave Fénix



Descargar presentación desde aquí

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El poder de la duda

Paula Orellana (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Si pudiera quemar las armas, no lo dudaría
Si pudiera cortar los látigos, no lo dudaría
Si pudiera enseñarle la verdad a la mentira, no lo dudaría
Si pudiera acariciar al dolor, no lo dudaría
Si pudiera sólo hablarle al grito, no lo dudaría
Si pudiera pintar el blanco, no lo dudaría
Si pudiera abrazar al odio, no lo dudaría
Si pudiera alimentar al hambre, no lo dudaría
Si pudiera cantarle al silencio, no lo dudaría
Si pudiera borrar el evidente futuro, no lo dudaría
Si pudiera pegar los árboles cortados, no lo dudaría

Pero, si pudiera mandar todo a la mierda, eso sí lo dudaría.



Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Cine clásico: “El ángel exterminador”, de Luis Buñuel (México, 1962)

ARGENPRESS CULTURAL

Foto 1

Una producción de: Gustavo Alatriste
Género: Drama surrealista
Duración: 93 min.
Sonido: Monoaural
Dirección: Luis Buñuel
Asistentes de Dirección: Ignacio Villarreal y Arturo Ripstein (sin crédito)
Producción: Gustavo Alatriste; gerente de producción: Antonio de Salazar; jefe de producción:  Fidel Pizarro
Guión: Luis Buñuel; adaptación: Luis Buñuel y Luis Alcoriza
Fotografía: Gabriel Figueroa
Escenografía: Jesús Bracho
Vestuario: Georgette Somohano
Edición: Carlos Savage y Luis Buñuel (sin crédito)
Sonido: José B. Carles
Música: Raúl Lavista; extractos de Scarlati, Beethoven, Chopin y Paradisi; cantos gregorianos

Sinopsis:

Al finalizar una cena en la mansión de los Nóbile, un grupo de burgueses descubre que una razón inexplicable les impide salir del lugar. Al transcurrir los días, la cortesía inicial de los invitados se transforma en el más primitivo instinto por la supervivencia.

Comentario:

Tras el éxito internacional alcanzado por Viridiana (1961) la mancuerna Alatriste-Buñuel emprendió un nuevo proyecto basado en un guión escrito por Buñuel y Luis Alcoriza. "El punto de partida era una historia que se me había ocurrido hacia 1940, en Nueva York, en la que un grupo de invitados a una cena elegante se veía obligado a permanecer en la mansión, sin que hubiese una explicación lógica de por medio."

El título original de "Los náufragos de la calle Providencia" fue modificado gracias a una obra teatral que nunca se escribió. "Durante el rodaje de «Viridiana» me encontré con el escritor José Bergamín, quien me dijo que se proponía escribir una obra de teatro con el título de «El ángel exterminador». Yo le dije que era un título magnífico y que si iba por la calle y lo veía anunciado, entraría a ver el espectáculo. Como Bergamín jamás escribió la obra, le escribí pidiéndole los derechos del título. Me respondió que no necesitaba pedírselos, puesto que esas palabras aparecían en el Apocalipsis."

A diferencia de Viridiana, el presupuesto con el que contaba Alatriste para financiar El ángel exterminador era muy limitado. "Lo ideal, desde luego, hubiera sido hacerla en Inglaterra, en un lugar donde verdaderamente existe un estilo de alta sociedad. Pero, en cambio, con Alatriste tuve toda la libertad del mundo."

La película presenta uno de los temas favoritos de Buñuel: el de las repeticiones. "Creo haber sido el primero en emplearlas en el cine. La entrada de los invitados en la lujosa mansión de los Nóbile y la subida por la escalera al piso superior la repetí dos veces consecutivas, sin otra variación que una toma en picado y otra en contrapicado. Cuando terminó de hacerse la copia, el fotógrafo Gabriel Figueroa vino a verme alarmado y me dijo «Oiga usted, la copia no está bien, una escena se repite.» Le dije: «Pero Gabriel, el montaje lo hago siempre yo mismo. Además usted filmaba conmigo y sabe que en la repetición usamos otro encuadre. Es una repetición voluntaria...» «Ah, ya veo», dijo, pero en verdad estaba asustado."

Además de la doble entrada de los invitados, en El ángel exterminador existen un gran número de situaciones duplicadas. "La repetición me atrae, tiene un efecto hipnótico. En la película hay como veinte repeticiones. Unas se notan menos que otras."

Acerca del enigmático título de la película Buñuel comenta: "Yo primero pensé que el título tenía una relación subterránea con el argumento, aunque no sabía cuál. A posteriori lo he interpretado así: los hombres cada vez se entienden menos entre sí. Pero ¿por qué no se entienden? ¿Por qué no salen de esta situación? En la película es lo mismo: ¿Por qué no llegan juntos a una solución para salir de su encierro?"

Ver película completa desde aquí: http://www.youtube.com/watch?v=U0uxDJHLLOI

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Forjando vanguardia, propuesta para un frente amplio

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En la 34 Feria Latinoamericana del Libro, en Lima, una de las publicaciones que provocó especial interés de los asistentes fue “Forjando Vanguardia Revolucionaria”, una acuciosa remembranza de los años sesenta y la insurgencia de los movimientos de izquierda. El autor: Ricardo Letts Colmenares, entregó al público un testimonio de 1964 - 1965, el cual abre espacios para profundizar los estudios sobre la política de la Región y crear alternativas que permitan superar los estragos que causa el neoliberalismo. Este reciente libro va precedido de ocho textos, que han salido a la luz sobre reforma agraria en 1961, pasando por la insurrección y las guerrillas, el mito de la revolución militar, la revolución socialista o caricatura de revolución, la izquierda peruana, honrar padre y madre, La Ruptura: diario íntimo, en el 2011.



La siguiente crónica es un recuento de la obra y una conversación con este infatigable político que busca constituir un Frente Amplio de Izquierda, en cuyo esfuerzo concurren dos revistas de alta calidad Hildebrant en sus 13 y Agronoticias, dirigidas por Cesar Hildebrandt y Reynaldo Trinidad:

La noche del verano de 1983, llegó al diario Marka una comunicación del Frente Obrero Campesino – FOCEP, dando cuenta que su principal líder, Genaro Ledesma Izquieta, internado en el Hospital del Seguro Social, atravesaba por un cuadro de septicemia generalizada.

Este documento tan importante, siguiendo los manuales del buen periodismo, merecía una crónica especial para su oportuna publicación. En ella recordaba su lucha librada como alcalde provincial de Cerro de Pasco contra las miserias de un minera americana. Igualmente su candidatura a la presidencia de la República, acompañado del laureado Manuel Scorza, quien hizo de Ledesma, uno de los personajes centrales de “La tumba del relámpago”, la quinta y última de su portentoso ciclo novelístico denominado “La guerra silenciosa”.

La crónica, concluida, con las respectivas fotografías de archivo, pasó a la gaveta del atareado Editor como un “tema pendiente”…. Semanas después, Ricardo Letts asumía la dirección del diario que gozaba de un gran respaldo popular, con tirajes superiores a los 120 mil ejemplares, y cuya línea esencial era promover la unidad de los partidos de Izquierda.

En la aludida crónica recordaba a Genaro Ledesma que años atrás también había sido internado a ese mismo nosocomio para que le extirparan las amígdalas, como único recurso que la permitía burlar de la persecución policial, ya que solo le faltaban 48 horas para acceder a la inmunidad política, establecida por la Constitución, al haber sido elegido Diputado, responsabilidad que la volvió a asumir en la Asamblea Constituyente de 1979 y después Senador de la República.

Ricardo Letts, a la media noche recibió un ejemplar del diario y ya era tarde para detener la rotativa, la suerte de Ledesma estaba echada. Esperó el amanecer y tomó contacto con Genaro para darle explicaciones y pedirle disculpas; y me sugirió que también yo hiciera lo mismo….



Aló, Doctor Ledesma. Le habla Jorge Zavaleta, redactor de Marka. Le llama para explicarle lo sucedido… Y su respuesta no se dejó esperar. Fue inmediata, espontánea, amigable, y con voz alegre, me dijo lo siguiente: “Jorge, durante toda la mañana he recibido una serie de llamadas de distintos lugares del país, y ahora debo agradecer al diario Marka y a Ud., porque tengo la suerte de saber cómo me iban a tratar después de muerto…”

Así terminó la conversación y para alegría de quienes conocemos la dimensión humana de Genaro Ledesma Izquieta, saludamos que en el año 2013 siga con vida, trabajando en la construcción de sus ideales.

El libro que Ricardo Letts presenta en el 2013 - “Forjando Vanguardia Revolucionaria, pertenece rigurosamente al género testimonial, género que se ha convertido en el más visitado para evocar los históricos años sesenta, y poner en vigencia los ideales juveniles frente a la actual debacle planetaria causada por el neoliberalismo o el neorrealismo de la usura que sufre la gran parte de la sociedad actual.

Los relatos de Letts, alternando epístolas personales y documentos impresos, nos revelan facetas íntimas de la compatibilidad entre defender los ideales sin mellar el profundo amor a sus padres no obstante las severas discrepancias ideológicas de su entorno familiar.

El autor nos recuerda pormenores de la persecución y la clandestinidad de los líderes de izquierda, incluyendo los planes secretos del grupo integrado por unos treinta jóvenes decididos a conformar una vanguardia revolucionaria, que empezara por cambiar los centros carcelarios. Recuerda que desde las rejas de El Sexto, donde se practicaba torturas y reinaba el silencio de la Justicia y la degradación moral de todo orden, en el Parlamento, con el voto aprista, accio-populista, pradista, odriísta y democristiano, se aprobaba la Ley de Pena de Muerte para los guerrilleros y sus colaboradores, cuando Armando Villanueva del Campo presidía esa institución.

Letts escribe que a comienzos del 2008 “el líder aprista, fue a visitarlo a su casa, muy solidariamente y derramó más de una lágrima en señal de arrepentimiento”.

También recuerda que los presos de entonces recibieron una carta con “la caución moral” que les daba un grupo de intelectuales desde Paris, entre ellos Vargas Llosa. Fue muy discutida. “Yo la aprecié y la defendí siempre como valedera. Hasta hoy pienso así”, aunque poco más tarde ese pensamiento juvenil haya sido diametralmente alterado.

El velasquismo militar

El 3 de Octubre de 1968, el Perú sufrió un nuevo golpe de Estado, esta vez representado por el Comando Conjunto de la Fuerza Armada, que se enfrentaba contra Estados Unidos de América, decisión inédita en el Perú, que obligaba a revisar y repensar la situación política y sus perspectivas. Vanguardia Revolucionaria, dirigiéndose a los generales liderados por Juan Velasco calificó de progresista, y tomó varios años para diseñar “una línea política de alianza y lucha”, reconociendo que Vanguardia Revolucionaria estaba errando por dogmático, sin reconocer que era una administración progresista.



También planteaba una Reforma Agraria radical, argumentando que la concentración de la producción es una cuestión hacia la cual debemos tender, y la concentración en manos individuales y privadas es una cuestión que debemos evitar por todos los medios. Enunciado, que después de cuatro décadas, la concentración de las tierras se repite, con el agravante de que las transnacionales han conculcado los derechos del campesino, con bajos salarios y hasta amenazas de muerte a aquellos parceleros que se niegan a traspasar el pozo de agua al neolatifundio.

Invasión a Checoslovaquia

En el contexto internacional, Vanguardia Revolucionaria criticó severamente la Invasión Soviética a Checoslovaquia, país que era miembro del Pacto de Varsovia. “Esa invasión de la Unión Soviética fue agresiva y condenable”. Checoslovaquia era una “Democracia Popular”, que surgió a partir de un Frente Único que incluía a importantes sectores burgueses.

Poco después quienes ocuparon Checoslovaquia, han descubierto su propio rostro, actual y futuro, enfatiza el autor. La solución habría estado por una Revolución Cultural Proletaria, como en China, que fue una Democracia Popular, cuyo proceso la salvó del revisionismo y la puso a la vanguardia de la Revolución Mundial, con Vietnam y Cuba.

Américo Pumaruna - Seudónimo de Ricardo Letts Colmenares - advierte que la Revolución, Insurrección, Guerrillas fue un trabajo preparado en 1966, motivado por la necesidad de cumplir con el elemental deber revolucionario. Vanguardia Revolucionaria, en su II Congreso dice “No al foquismo”, reconociendo que el foquismo es auténtico heredero de la Revolución Cubana. La concepción foquista viene dando su veredicto histórico. La revolución precisa de un partido, de un mínimo suficiente de partido, reflexión vigente para todos los que valoramos la Democracia.

La vigente gran crisis del planeta, se debe al neoliberalismo a ultranza. El socialismo no ha perdido vigencia sino que ha tomado diferentes formas, que ya Nietzsche (Niche) pronosticó al analizar el crepúsculo de los ídolos.

Las teorías del Pensamiento Complejo o Revolución de la Ética de Edgar Morin. O la Teología de la Liberación de Gustavo Gutiérrez, son filosofías que se traducen hoy entre los movimientos de Los Pingüinos de Chile, el 132 de México, Los Indignados de Nueva York, los Maras de Centroamérica, los campesinos sin territorio del Brasil o las Consultas Previas en Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú exigiendo que la extracción de sus recursos naturales sea de acuerdo a los derechos que las propias Naciones Unidas proclaman en sendos foros y congresos.

Ricardo Letts Colmenares nos entrega en 674 pp. una vida sembrada de persecuciones y amenazas de muerte, de grandes amores y poesía comprometida con sus compañeros de lucha. Me emocionó saber que en agosto de 1965, cuando estuvo en El Sexto, recibió de su padre una de sus principales lecturas: un libro de Mahatma Gandhi, conductor de la independencia de la India a través de métodos no violentos.

El Frente Amplio que plantea Letts evitará que "el Perú se quede aislado respecto de los países vecinos que emprenden reformas sociales". Lo he escuchado esta tesis en seminarios abiertos de Gana Perú, actual Partido de Gobierno, en el homenaje a la memoria de Carlos Malpica y en otros escenarios.

En este esfuerzo editorial yacen conceptos que coinciden en la mente y en el corazón de millones de mujeres y hombres de África, el Ártico, Asia, Pacífico, EEUU y América Latina que siguen apelando al lenguaje de los derechos humanos, asumidos y entendidos desde nuestras raíces.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

En buenas manos está el pandero

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Manifestaciones, y más manifestaciones, cada uno se escoge para sí la protesta de la vida, y sus mandamases, conforme a la fábula del que está hasta los cojones de ver vivir a los zánganos, gente de mal vivir, facineroso y rufianes, que proceden con poca honradez y delicadeza, aprovechando el cargo que se desempeña para lucrarse ilegalmente a mansalva; y al trabajador morir de hambre, aunque se sienta feliz, “entre comillas”, con un trabajo, y sea perseguido y escarmentado hasta callarle la boca para que no se le escuche este refrán: “España, la rucia, cuánto bellaco te busca, y después de haberte hallado, que feliz de haberte violado, estafado”.

Montejo, de la Vega de la Serrezuela, en la provincia de Segovia, marcha con Jorge, de Montemayor, en la provincia de Córdoba, a una manifestación manilarga a favor de la Escuela Pública, la Libertad de Abortar y el Laicismo Ateo. A pesar de la información dada por una puta maniquí manipuladora del sistema de que han ido unos pocos, han sido miles los que han asistido. Otra cosa será la resolución que se tome por el gobierno, que, sin duda será la misma que tomó Luis de Godoy, corregidor de Murcia, persiguiendo y escarmentando al pueblo en lucha.

- A estas manifestaciones de la izquierda roja, asisten hombres y mujeres caracterizados, distinguidos por su calidad y empleo; dice Montejo.

También, a los dos compañeros, algunos dicen que se pierden, se malbaratan, les gusta ir a manifestaciones blancas, la derecha blanca, como el caracú, tuétano de los huesos de patas de cuadrúpedo, en honor de la Familia, la Secta de Roma, la vida de los fetos, el fundamentalismo religioso, etc., por ver los caretos meapilas que admiten a los curas por su mejor comer, cenar y beber, por su bien follar, y su bien manosear a los niños y a las niñas.

- Ellos son como pulpos negros de tinta negra, que no pueden tener quietas las manos ni el morcillo, dice Jorge.

- Son buenos pájaros en buena fe, replica Montejo; prosiguiendo: a estos tontos de capirote, carachochos, santificamuertos, muy pesados e indigestos, que creen una patraña, cantando en la mano por la fuerza que le da la autoridad, pero nunca la razón ni el derecho, ven el cielo pelado detrás de la albarda, y les encanta que el poder use la mandarria, palo largo y fuerte que sirve de brazo de palanca a que se enganchan bestias o se uncen bueyes para poner en movimiento la embustera paz social sostenida por las armas, o la porra para arrear a los manolos.

El de Montemayor no se queda corto, y dice:

- Yo, como la gran mayoría, me siento estafado. La trompa del elefante, en cardas unidas y aparejadas, nos guía para cardarnos en cada una de las vueltas que nos hacen dar por las calles obligadas.

- En buenas manos está el pandero, canta el de Vega de la Serrezuela.

- Atado y bien atado, el pueblo, contesta Jorge.

- Manos blancas no ofenden, matan. Que quien a mano ajena espera, mal yanta y peor cena, termina Montejo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

La vejez y la muerte

Rodolfo Bassarsky (Desde Barcelona, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Anciano:

No te compliques innecesariamente. Convierte todo o casi todo en algo sencillo y simple.

Es importante implicarse con el alma en cualquier actividad que se desarrolle e ilusionarse. Estar activo.

No dejes de aprender y de buscar activamente el conocimiento.

Un rotundo no a la ofuscación y a la prisa. Todo lentamente pero sin dejar de utilizar cada instante.

Pasión por la creatividad. Pasión.

Existe una nostalgia buena y una mala. Opta siempre por la primera.

Este momento es el más importante de toda mi vida.

Reflexiona. Discierne. Medita.

Todos tus varios proyectos deben ser realistas y factibles.

El ocio no tiene por qué ser siempre profundo ni muy elaborado.

No abandones la lectura ni la música. No renuncies a las llamadas nuevas tecnologías pero no te obsesiones.

Muévete. El sedentarismo es un enemigo peligroso. Dieta variada y adecuada. Aséate.

Mis tiempos son los de ayer y también los de hoy.

A medida que se acerca el final, tu generosidad crece y te enaltece.

Asumir la progresiva merma de tu autonomía y gestionar sabiamente el grado de dependencia creciente. Adaptarse. No soy una víctima, soy un anciano. Convive con amor.

Serán inevitables y contundentes el sufrimiento, el miedo, la sensación de vulnerabilidad, la pérdida de personas queridas y finalmente la muerte.

Se hace imprescindible una estrategia emocional para afrontarlos. No tan sólo un análisis racional o científico. Una estrategia que sea capaz de una consideración totalizadora y global sobre mi vida y el sentido que tuvo y tiene. Calma y sosiego. Una respuesta pacífica fundamentada en la experiencia que es una herramienta que asesora y asiste. Tu experiencia es tu mejor ayudante.

Autoestimarse y tener una actitud didáctica respetuosa. Escuchar. Pensar.

Regala o vende lo que no uses.

Los valores intercambiables son el poder y el dinero. Los valores intrínsecos son el amor, la amistad, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad. Conservar los intercambiables mínimos, llenar la vejez con los intrínsecos, no rezongar por lo que no tenemos y gozar de lo que poseemos.

Tu biografía es individual y sagrada.

La muerte no debe ser un tema ajeno. No permitas que convenciones religiosas o sociales te impidan pensar, reflexionar y hablar sobre la muerte y sobre tu propia desaparición.

Un instante antes del preciso instante de mi muerte, acudirán todos mis recuerdos, todas mis añoranzas, todos mis amores y todos mis sufrimientos. Se escuchará el vals triste al que seguirán los acordes de toda la música que me acompañó y emocionó. Abrazaré a quienes quise y a quienes me quisieron. Charlaré con mis amigos, mis padres, mis hermanos, mis hijos y mi mujer y les repetiré lo que les dije cuando estuve junto a ellos.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Venezuela - Lagunillas 1939-2013: en el vientre del lago de óleo de Maracaibo

Evaristo Pérez (Desde Zulia, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A nuestro hermano Javier Fernández
sembrado en el vientre histórico de Cabimas

Del dolor de Paraute, Lagunillas, surgió Ciudad Ojeda en 1939.

El 13 de Noviembre de 1939 ocurrió la gran tragedia de Lagunillas.

En 1928 se inició el historial petrolífero de incendios diversos.

El Maestro Jesús Prieto Soto mucho nos ha dejado escrito en múltiples crónicas y entrevistas:

“cuando los musiúes se apoderaron de las tierras en contubernio con jefes civiles autócratas ignorantes, Lagunillas se convirtió en un infierno, por las múltiples penalidades que empezaron a sucederse”.

Vincencio Pérez Soto, general y terrateniente, fue a partir del 7 de junio de 1926 Presidente del Zulia y desde antes de los primeros incendios de 1928 había planteado el peligro de los pozos en Lagunillas de Agua y propuso las indemnizaciones y reubicación.

Aunque la construcción de una población naciente estaba decretada desde 1937 por el gobierno presidido por López Contreras, fue el desenlace fatal de un nuevo, definitivo y último incendio en Lagunillas de Agua el 13 de noviembre de 1939, lo que forzó la medida.

Allí, su economía laboral y simbiosis ribereña fue desviada forzosamente desde la pesca, hacia el aluvión de la extracción petrolera en las orillas del lago.

El enorme mar endógeno de Maracaibo fue incursionado primero en Cabimas a partir del 5 de julio de 1923 cuando se comenzó a perforar en La Rosa Nro. 1 a través de la British Equatorial Company subsidiaria de The Tankers Limited and Co. que había adquirido concesiones a manos de familiares de Julio Méndez, yerno de Gómez, quien, de acuerdo al autor Franco D’Orazio era representante de la empresa Kunhardt & Co. y logró así a lo largo de la costa un tramo de 1 km. de ancho. Posteriormente otra entrega similar hacia el sur se otorgó a Harold Curtis en mayo de 1921 que luego pasó a la Creole y afloró colosalmente el mene de su vientre acuífero desde 1924. El lago, con la “ventaja” de que nadie podía “reclamarlo” como sí ocurría en tierra, fue concedido sin restricciones inicialmente a la Standard Oil Company of Venezuela, que había llegado al festín en 1919, luego a Lago Petroleum Corporation, Vacuum Oil Company, Richmond Petroleum Co., etc . El geólogo Charles Eckes que ya en 1912 había venido con el geólogo líder Ralph Arnold, lideró la primera perforación en el lago frente a La Salina. Pero la Gulf en el lago, frente a Lagunillas hizo el pozo Lago No. 1 en 1926.

Los antiguos paraujanos, ya criollizados, fueron imposibilitados de sus faenas de pesca en la medida en que la Lago Petroleum Company, se apoderó de las concesiones en un “lugar” que entonces era inédito: el lago. Quién podría aludir su propiedad? ...pero igualmente el oprobioso Juan Vicente Gómez desde el control omnímodo de la patria, benefició con casi todo el fondo del lago a Lago Petroleum Corp., a la Venezuelan Gulf Oil Co., a la British Oil Controlled. Las compañías eran tragadas por los grandes trust en el exterior y de pronto aparecían con otro nombre o afiliadas.

El bosque de torres en el lago creció desmesuradamente y el caos ecológico enseguida acabó con las lavanderas de orilla, impidió la potabilización y llovieron desde allí los reclamos sin fin por el agua en Cabimas, en toda la costa e incluso la mancha fue atravesando la ribera.

El dolor produjo el lamento en la pluma del poeta Ismael Urdaneta impreso desde 1928 e inaugurando en la patria los antecedentes del reclamo por la naturaleza:

En “El lago petrolizado” algunos fragmentos nos legan…

“No he sentido en mi vida dolor más lírico
De irremediable ausencia de colorido local
A mi regreso a Maracaibo
Que el ver en el Lago de mi infancia
Las barcas… ingenuas y blancas… de cabotaje
…con el pecho y las alas tiznados de petróleo
El estertor bituminoso que en Cabimas salpica la blusa de los obreros…
Vomitó al lago su negro Wall Street…
…su inocencia marchita clama a los cielos zulianos…”

En “La Agonía del Alcatraz”…buchón en el Lago de Maracaibo revelaba…

“El alcatraz vivía felíz en nuestras ribas
Este buzo con alas retozaba entre dos turquesas: lago y cielo…
…Pero…no contaba con el petróleo
La capa de aceite flotante en el lago no se ha contentado
Con embetunarle el plumaje gris…
…las “Standards Oil del planeta
Se los sirven ahora con una matizada mayonesa homicida…
…En Lagunillas, en La Rita, en Cabimas,
Sus cadáveres van a la deriva en una balsa de aceite…”

Quienes esto desconocen ya van sabiendo el porqué del dolor y las críticas de los habitantes del Lago de Maracaibo y luego su actitud satírica y mordaz frente al poder ejecutivo permisivo y secuaz, que además, ya en 1904, con Cipriano Castro había cerrado la Universidad del Zulia que así permaneció hasta 1946, a fines del siglo XIX eliminó la recaudación aduanera que era la principal de la nación o muy cercana, sin retribuir absolutamente nada y además luego Cipriano Castro eliminó varias industrias cosecheras del tabaco maravilloso de las riberas de nuestro orgullo lacustre, como por ejemplo la firma La Flor de la Habana que beneficiaron a otras tabaqueras en el país allegadas a intereses cercanos a él.

Si bien se estima altamente aquella disposición decidida de Castro frente al bloqueo y agresión de guerra real transnacional y frente a las pretensiones de la New York & Bermúdez Co. por apoderarse del lago de Guanoco y su riqueza asfáltica en oriente de manos de sus representantes locales vendepatria como Manuel Matos, esas realidades no estaban exentas de contradicciones.

Hasta ese momento se conocían ya las “danzas de las concesiones” como las han llamado las afiladas plumas soberanistas de R.Quintero, F. Mieres, Gastón Parra L., Carlos Mendoza P., por nombrar algunos de nuestros dignos profesores de la soberanía patriótica, a partir del desarrollo logrado del campo Mene Grande, con su Zumaque en 1914, y otorgadas en la febril entrega demencial por la dictadura de Gómez al imperio corporativo angloholandés y luego al norteamericano.

Ya la expansión moderno industrial del capital en materia petrolera estaba comenzando a regirse por las líneas estratégicas del primer Lord del Almirantazgo W. Churchill y por el departamento de Estado de Estados Unidos para apoderarse de los yacimientos importantes conseguidos en espacios orilleros y de más inmediato acceso por los avances de la geología de entonces que tuvo en Venezuela pioneros destacados como Ralph Arnold.

Pero aquella Lagunillas petrolizada, sumida en el vicio fue descrita por el verso de Narciso Perozo, canoero, pescador, cantor y decimista popular y “guachimán” del pozo La Rosa fundador del Reventón en 1922:

Ah! pueblo lagunillero!
Quien te ha visto
Y quien te ve!
Lleno de tan mala fe
Tan corrompido y grosero!

Tres desastres silenciados: el saqueo económico, la depredación ecológica incluido el ser humano y por extensión el desastre social plenaron la historia del asentamiento transnacional violento en la protagónica geografía petrolera de la región del Lago de Maracaibo.

 Las crónicas, entrevistas e historiaciones vividas con los protagonistas plenan las bibliotecas de Jesus Prieto Soto:

“He llegado a Lagunillas al anochecer -recoge de Enrique Bernardo Núñez-…la orilla del lago aparece a lo lejos erizada de torres tan finas…son los taladros de La Lago- Petroleum-, después los de la V.O.C.-Venezuelan Oil Concessions- y los de la Mene Grande Oil Co…
…viéndose sin salida se arrojaban al agua o asaltaban las piraguas…con el balanceo y el peso excesivo se viraban…y muchos caían al fondo. Mujeres desnudas corrían por entre la muchedumbre…las casas construidas con zinc y madera de cajones sobre horquetas o estacas se hundieron de pronto y sepultaron a los que se hallaban dentro…cuando sacan un cadáver es enseguida reemplazada por otra…algunas tablas flotan sobre aquellas aguas aceitosas, de muerte…un poco al noroeste se levanta el taladro No. 1 de la Mene Grande Oil Co.

Una gabarra remueve los escombros…lo cual hace decir al pueblo que están destruyendo los cadáveres para evitar reclamaciones. Pero en su mayor parte están sepultados bajo láminas de zinc. Y no se sabrá nunca cuántos fueron…”

Y también recoge Prieto Soto a Hermes Coello León:

“Más de 5 mil personas entre mujeres , hombres y niños murieron en el incendio el cual fue provocado por las compañías petroleras…en lagunillas habían grandes yacimientos…y ellas querían obtenerlo a toda costa…”, aseveró el primer Presidente del SOEP- Sindicato De Obreros y empleados Petroleros de Cabimas.

En todo caso cientos o miles, modelaron la tragedia de Lagunillas, que como nos acaba de confesar hace tres meses el obrero Rafael Salcedo, salvador de vidas en la “planchada” de tablas de aquella Lagunillas sobreviviente a sus actuales 97 años, fueron enterrados en fosas comunes en lo que empezaba a ser Ciudad Ojeda.

¿Por qué no se conforma desde nuestras universidades e instituciones de Estado una comisión que inicie legalmente los estudios para una excavación, la exhumación de la tragedia, científicamente, y resarcimos este oprobio de la desidia metido en el escondrijo del olvido cómplice por la voracidad histórica de la riqueza petrolera? Demostremos la Soberanía y el rescate de la memoria histórica.

Pues en nuestro absurdo criollismo y falso cosmopolitismo actuamos al revés, y en lugar de reivindicar a los hijos de Paraute y Lagunillas de Agua en su dignidad originaria de arawacos, añúu de nuestros pueblos palafíticos que comunicaban el inmenso Lago, bautizamos con el nombre del colonizador - Ciudad Ojeda – al saqueador y comprobado genocida, evidenciada en sus propias Crónicas de Indias.

Viva Paraute, Viva Lagunillas de Agua y sus hijos devenidos del vientre silenciado del Lago de Óleo de Maracaibo.

Archivo Evaristo Pérez Suárez


Fragmento de Lagunillas de Agua 1939


Lagunillas 13-11-1938


Muertos de la tragedia: muchos obreros no anglosajones quedaron carbonizados


Lagunillas 14-11-1939

Pero en Lagunillas los extranjeros anglosajones vivían aquí y así desde mucho antes.



Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Verde que me faltas, verde que te has ido...Verde...que te venden... Verde

Miguel Longarini (Desde 9 de julio, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



¡¡ENVENENAR LA TIERRA, EL AIRE, EL AGUA, LA VIDA!!; TALAR TODOS LOS BOSQUES PARA EXPANDIR LA FRONTERA SOJERA, ¿¿¿¿ES HONRAR LA TRADICIÓN, ES SER TRADICIONAL????

Me dices que festejas la tradición, pues me parece algo muy positivo y necesario. Ahora también incluyes en los festejos las recomendaciones y las acciones para que detengamos a los que dañan a nuestra naturaleza, a nuestra Madre Tierra, a proclamar una vida con ¿TODOS? Te pregunto esto porque yo creo en las tradiciones y me interesa como a vos, festejar o conmemorar o traer a la memoria la tradición de los pueblos. Pero, sabemos los que tenemos más de 50 o más, que nuestros viejos - nuestra tradición- nunca ENVENENARON LA TIERRA, EL AGUA, EL AIRE Y A LA VIDA... Tradición es mucho más que un día y un ropaje: Es VIVIR en armonía planetaria y sin deudas, con nuestros antepasados y nuestra heredad.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Plástica: Bellas imágenes que recuerdan el Pop Art

Argenpress Cultural



Descargar presentación desde aquí

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Amores de celuloide

Reinaldo Spitaletta (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Enamorarse de una actriz era la máxima expresión del idealismo erótico. Era ir más allá de la piel y ubicarse en los terrenos de la imaginación. No recuerdo ya cuál fue mi primer amor de celuloide, que nació, al principio, en las funciones de cine matinal, cuando los sueños estaban intactos y el mundo era menos infeliz. Después, la matiné, la vespertina y las proyecciones de las nueve de la noche. De lo que sí tengo certeza es que hubo varias mujeres (bueno, en rigor una artista cinematográfica no es una mujer sino una imagen) que llenaron mi anochecido cuarto unas veces con fotografías y carteles de cine y otras con su presencia íntima, secreta, en mi recién inaugurada adolescencia.



Como decía Benedetti, es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz. O de varias, al mismo tiempo, que en estos asuntos no hay manera de que te acusen de poligamia. Una actriz (ah, y seguro para las mujeres, un actor) era una compañía de ensueño, un modo de sentir palpitaciones y aspirar al paraíso instantáneo de un “mal pensamiento”. Digamos que, por ejemplo, a Marlene Dietrich, la de las piernas sensuales de cabaret, la conocí cuando mi adolescencia era ya un recuerdo de acné y de tropelías callejeras. No me enamoré de ella, aunque, si la hubiera visto en El Ángel azul, cuando yo tenía catorce o quince, seguro la hubiera abrazado en mis oscuridades de cuartito azul.

De la que sí me enamoré fue de Claudia Cardinale, a la que conocí en El fabuloso mundo del circo, una película que vi, creo, en el Teatro Bello. Muchos años después, la apreciaría en papeles estelares en El gato pardo y Rocco y sus hermanos, dirigidas por Visconti, y filmadas antes que la hollywoodense del circo. Tenía una cara de ángel perverso y toda ella denotaba que estaba hecha para ser acariciada. No pude conseguir ningún afiche suyo, pero si la vi en alguna revista que papá llevó a casa, en la que, además, estaban otros dos amores italianos: Gina Lollobrigida y Virna Lisi, que para mí fueron, en aquellos años fogosos y de represiones sexuales, mis vírgenes de medianoche.



Parece (o mejor dicho, es) una obviedad, pero hay que declararla. Creo que los muchachos de mi generación, por lo menos aquellos que habitábamos en Manchester, El Congolo o Andalucía, queríamos ser los bebés de Sophia Loren. Era un manantial. Una vía láctea. Una perturbación eterna. Me parece que la vi por primera vez en El Cid y después, en una semana santa, en una versión de Quo Vadis. Aunque me hubiera gustado verla entonces en Bocaccio 70 o Matrimonio a la italiana, pero eran para mayores de 21 años. Bueno, es un decir, porque, a veces, el portero del Teatro Bello, al que le dábamos una propinita, nos permitía el ingreso a las de adultos. De ella, aunque no conseguí cartel, sí coleccionaba las “vistas”, que eran fotogramas de películas, que en Bello se pusieron de moda en los sesenta, y uno las intercambiaba, las compraba como si fueran “caramelos” o cromos, y a veces algún chico con alma de inventor, fabricaba un “telescopio” para mirar en él a las más bellas actrices, pero, también, a actores del Oeste o de filmes de “capa y espada” o a algún gladiador.

Sophia Loren estuvo mucho tiempo en nuestras imaginaciones calenturientas, acompañándonos con su belleza casi inverosímil (como la de Anita Ekberg) en jornadas nocturnas y, por qué no decirlo, en atardeceres tropicales, en los que la lujuria simbólica era la única posibilidad para aguantar el calor en un pueblo sin acueducto. Qué bella era esa muchacha de La campesina (Dos mujeres, dirigida por Vittorio de Sica), con sus cuerpo hecho para la contemplación de distantes adolescentes de la zona tórrida.



Pero la más bella mujer que estuvo en mi pieza (tuve alguna sin revocar y por la noche las cucarachas bajaban y subían por las paredes) fue Raquel Welch. Cuando la vi en El viaje fantástico no tuve dudas: sería mía. Y en efecto en medio de mi aturdimiento por tanta sensualidad, me puse a buscar afiches o fotos, hasta cuando una vez mi mamá (sí, ella, no mi padre) llevó a casa una revista de farándula cinematográfica y ahí, en la portada, en bikini, estaba ella, espléndida, única, diosa de la piel, la misma que vi más tarde en Cien rifles. Las más ardientes noches de mis soledades las pasé con esa actriz gringa, mientras miraba sus imágenes o las soñaba, con la respiración entrecortada.

Algún guasón preguntará que por qué no aparece la gran Marilyn, la mujer fatal, el máximo símbolo sexual de varias generaciones, y yo le contestaré que en mi adolescencia no vi ninguna de sus películas. Pero sí sus fotos de periódicos y revistas, y los almanaques que llevaba papá con la presencia inefable de aquella muchacha infeliz que cuando murió (¿la asesinaron?) dejó un vacío existencial en el mundo y millares de viudos que la amaron con un amor imposible. No me enamoré de aquella mujer de celuloide. Me hubiera enamorado más fácil de Isabel Sarli, pero a ella la conocí cuando ya la adolescencia había terminado.

Qué tiempos aquellos, de cierta casta ingenuidad, en la que uno proyectaba imaginarias películas de amor contra la pared de su cuarto, en noches plenas de estremecimientos y aventuras solitarias debajo de las cobijas.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

“Nepal: crisis permanente en la cima del mundo”, de Jon Juanma (Jon Illescas Martínez)

ARGENPRESS CULTURAL



Del autor español y habitual colaborador de Argenpress, Jon Juanma (Jon Illescas Martínez), presentamos este imprescindible estudio sobre la situación de Nepal, nación en general bastante o muy desconocida por esta parte del mundo. Pero además, texto que no sólo pasa revista al país asiático sino que constituye una profunda reflexión sobre el socialismo, sus logros y sus obstáculos.

¡Feliz lectura!

Descargar el libro desde aquí (formato PDF)

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Viajar y leer

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estando de vacaciones en Cuba, de esto hace apenas unas semanas, me topé con una de las obras del escritor Sergio Pitol. Mi limitado conocimiento del maestro, no abarcaba más que el de haberme deleitado con algunos de sus artículos, sobre su pasión por la literatura, el Renacimiento del Cinquecento, sus viajes y estadías lejanos de su México natal, algunos amores eternos como los jurados a Chéjov y Mann, y no mucho más. Verdaderamente muy poco para el universo pitoliano.

El encuentro se dio, como no podía ser de otra manera, si hablamos de Pitol, por medio de ese puente, aun indispensable, entre el deseo de saber y la belleza, que es el libro.

El Palacio del Segundo Cabo, donde funciona el Instituto Cubano del Libro en La Habana, está en plena restauración, así que a la librería “Fayad Jamís” (otro mexicano, vaya coincidencia) la trasladaron a la Calle Obispo, frente a la mítica droguería Johnson, casi esquina con la calle Aguiar.

La editorial cubana Arte y Literatura, estuvo muy acertada en el diseño de la tapa de El arte de la fuga, obra de Pitol del año 1996. El arte… es difícil de encasillar en un solo género, pues recorre magistralmente varios, como el ensayo literario, el testimonio, el relato de viajes, la autobiografía; donde lo real, la ficción y lo poético viven en perpetuo pacto amoroso.

Les decía de lo acertado de la tapa, pues aparece la foto de un Pitol reflexivo, mirando directamente a los ojos del potencial comprador-lector, mirada que convence hasta al más lego, que ese hombre está en la madurez más creativa de su arte literario.

El libro de casi cuatrocientas páginas tiene, para los que en Cuba manejan “moneda dura” (CUC), un precio más que tentador, $ 20 MN, lo que equivale a 83 centavos de Dólar, americano o canadiense.

El libro viajó conmigo a varios destinos de la geografía cubana. Estando en Cabo San Antonio, en la Península de Guanahacabibes, el extremo occidental del archipiélago, los residentes y trabajadores del complejo Faro Roncalli y del resort Cabañas San Antonio, me aseguraron que en noches de luna nueva se divisan las luces de Cancún.

Al día siguiente, frente a una playa desierta, releí en voz alta el primer ensayo literario-relato de viaje de El arte de la fuga: Todo está en toda las cosas, con el infantil empeño de los náufragos, llegar a la otra orilla, llegar a Xalapa (Veracruz), lugar de residencia permanente de Sergio Pitol desde hace algunos años.

Era un acto de agradecimiento más que un pedido de rescate, aunque pensándolo bien, ahora no estoy muy seguro. Pitol seguramente ha salvado a muchos mediocres marinos, de sucumbir en las aguas de la escritura sin belleza, sin poesía, sin misterio, y sin ese descubrimiento que nos enfrenta a un nuevo misterio.

No somos lectores modelos de un determinado escritor solo y puramente por su manejo del lenguaje, por sus recursos narrativos, en definitiva por solo una afinidad estéticamente literaria. Más allá de todo eso, está la vida, la experiencia vital, ese nexo de múltiples canales comunicantes, que nos hacen ver (al escritor y al lector) el mundo con una mirada semejante.

Eso es lo que me sucedió con Pitol, o con lo que es lo mismo decir (o casi) con El arte de la fuga.

Su primera experiencia con Venecia, me hizo recordar la mía. En las primeras cuatro páginas del primer capítulo, Todo está en todas partes, sentí vibrar nuevamente mi personal emoción al cruzar esa catedral modernista de mediados del siglo XIX, que es la Estación de Trenes Venecia Santa Lucía, y parado sobre su anchísima escalinata, contemplar por primera vez el Gran Canal.



Pitol habla de “estar a un paso de la meta”, de “haber viajado durante años para transponer el umbral” mientras desde el vaporetto vislumbra la aparición de las fachadas de los palazzos, y de los templos a lo largo de esa anchísima avenida navegable.

El había llegado a la Serenísima desde Trieste, donde por una anomalía en el visado de su pasaporte, su estadía en Italia se hacía ilegal. De viaje a Roma, decide hacer una parada en Venecia. Era muy temprano en la mañana, y las primeras luces del día comenzaban a caer sobre la Piazzeta. El café Florian abría sus puertas, “el legendario lugar reseñado por todos los escritores y artistas que alguna vez visitaron Venecia”. Después sería caminar frenéticamente, tratando de visitar el mayor número posible de lugares.En la Gallerie dell’ Accademia, el deslumbramiento frente a las obras de Tiziano, Tintoretto, Veronese y Carpaccio.



La Venus de Urbino - Tiziano - Gallerie dell’ Accademia
Sus recuerdos sobre la obra de Bernard Berenson Los pintores venecianos del Renacimiento, desde donde le asomó la sentencia lapidaria del historiador, “El mayor regalo que nos han dado los venecianos es el color”, o la otra, igualmente sugestiva, “La maestría de los pintores venecianos sobre el color, es lo primero que nos atrae. La coloración de sus obras no solo nos brinda un inmediato placer a los ojos, sino que funciona como la música sobre las emociones, estimulando el pensamiento y la memoria, como la composición musical de un gran maestro”.

Dice Pitol que creyó localizar el palacio Mocenigo “donde Byron vivió dos años de estruendosas orgías y fecunda creación”.



Palazzo Mocenigo

Y el otro, donde Wagner se alojó por una temporada, el palazzo Vendramin.



Palazzo Vendramin

En definitiva, ese lugar mágico, donde Thomas Mann reflexionando sobre el amor y la muerte, escribió esa obra maestra que es Muerte en Venecia, y que Luchino Visconti la llevó a la pantalla grande.

Mann dice en su obra, “Esta era Venecia, la de favorecida y sospechosa belleza - ésta ciudad mitad cuento de hadas y mitad trampa para turistas, en cuyo aire insalubre las artes florecieron estrepitosa y voluptuosamente; donde los compositores han sido inspirados por los tonos eroticamente adormecedores de las canciones de cuna.”

Arbit Blatas, otro de los frecuentes visitantes de Venecia, y a tiempo completo enamorado de la ciudad, escribió: “Durante el invierno, Venecia es como un teatro abandonado. La función terminó, pero sus ecos aun persisten”.

“Venecia es como comerse una caja de bombones de licor, uno detrás del otro”, dijo Truman Capote.

Mann, Byron, Hemingway, Visconti, Blatas, Herzen, Capote, como tantos otros artistas incluido Pitol, luego de ver Venecia, tuvieron su “también yo he tenido mi visión” como dice uno de los personajes de Virginia Woolf en To the lighthouse.



El Gran Canal y sus palacios



Vaporettos, góndolas y taxis por el Gran Canal

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Música. Desde México: Los Tigres del Norte y el narcocorrido

“Los Tigres del Norte” es un grupo de música regional mexicana, denominada también música norteña (por haber surgido en el norte de México). Es una de las agrupaciones más reconocidas del género, debido a su larga trayectoria y a sus éxitos a nivel mundial. Su campo principal son los corridos, los cuales han sido censurados en varias ocasiones, incluso en su propio país.



Se fundó en 1968 en la ciudad de San José, California. Su estilo está basado en la música regional del norte de México, el cual se funda principalmente en instrumentos como el bajo eléctrico o contrabajo, el acordeón, el bajo sexto, la batería, y en ocasiones se incluyen otros instrumentos de percusión. La lírica en sus canciones fluctúa entre lo romántico y el corrido, y han dado paso a un nuevo género letrístico musical, denominado narcocorrido, en el que narran vivencias de miembros (líderes, la mayoría) de bandas del narcotráfico que operan en México. Destaca el narcocorrido «Muerte anunciada», que dedican al legendario narcotraficante colombiano Pablo Escobar, y «Jefe de jefes», en el que glorifican el poder y la influencia del ahora preso Miguel Ángel Félix Gallardo. Más tarde, el ahora fallecido Arturo Beltrán Leyva adoptaría como mote el título de este último.

Han alcanzado fama en México, así como en muchas regiones del sur de los Estados Unidos, debido principalmente a la gran cantidad de comunidades de origen hispano que habitan allí.

Su repertorio musical incluye más de 55 discos grabados, y un total de aproximadamente 700 temas, incluyendo los lp's, discos compactos, cassetes, sencillos y remasterizados.

En 1988 fueron acreedores al Premio Grammy, por su disco Gracias, América sin fronteras. Algunas de sus canciones más destacadas son «El niño y la boda», «La banda del carro rojo», «La mesa del rincón», «Golpes en el corazón» o «El jefe de jefes».

Presentamos tres de sus canciones, inconfundibles en su estilo:

1. Contrabando y traición


2. La pista secreta


3. La granja


Fuente: WIKIPEDIA

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El okeiés

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era un pueblito del interior

Poco a poco todos sus habitantes fueron teniendo, además de la televisión, un computador.

Lo que reforzó la esperanza, fantasía que siempre tuvieron: vivir en una ciudad grande. Si fuera posible, Buenos Aires.

Querían estar actualizados.

Fue por eso tal vez que comenzaron a decir “okey” por cualquier cosa.

En lugar de “si”, okey. Concordar con algo, estar de acuerdo era decir “okey”.

Pero poco a poco esa palabra fue siendo usada para todo. Lo que se quería, lo que no se quería, lo bueno, lo malo.

Las diferencias fonéticas al pronunciarla, al decirla, eran los nombres de diferentes cosas, verbos, adjetivos.

Por ejemplo, prolongar alguna vocal, o acentuar la “k”, única consonante de esa palabra. O solamente decir “oká”.

Así fue que apareció un nuevo idioma: el okeiés.

Y el pueblito pasó a llamarse Villa Okey.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.