viernes, 24 de enero de 2014

Anoche fui las cosas de mi armario

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Anoche, acostado, me puse a mirar el closet blanco de mi habitación y de pronto sentí que yo era parte de lo que había adentro. Una cosa más. Desde ese otro lado, comprendí que un escaparate es la vivienda de la intimidad. Una camisa bien alisada, los interiores, los pantalones que cuelgan en ganchos, las gavetas con relojes de pulsera, documentos, alguna joya que ya nadie usa, los perfumes. Todo reservado para alguien, que es quien las ha comprado, o recibido en regalo, quien las ordena y desordena, que sabe dónde está cada prenda, o que puede ser que la haya olvidado y tras algún tiempo de indiferencia la encuentra y se sorprende. Empecé a mirar el mundo desde dentro del armario.



Las cosas, tan diversas, están ahí, en su hábitat, a veces se comunican entre ellas y hablan de la costumbre. Están hechas para ser utilizadas. O guardadas por mucho tiempo, sin que las usen. Pueden ser víctimas del olvido, situación que las hace permanecer casi intactas. Mirar desde dentro de un armario es limitado. Pero puede uno comprender ciertos aspectos de lo que denominan lo íntimo, lo interior. Lo que solo existe cuando el dueño de las cosas abre las puertas y observa, busca, revuelca, grita, se desespera. Uno, como cosa de escaparate, solo es. No tiene posibilidades de escape. Ni de rebelión. Es una condición como de sometimiento, de servidumbre. No es bueno ser una cosa, pero anoche tuve sensaciones jamás experimentadas. Y tal vez creí que cuando alguien, que no es el de siempre, el poseedor, abre las puertas, esculca, mira con otros ojos, uno, como cosa, se siente violado. O por lo menos, visto de una manera poco familiar. El extrañamiento.

Una criada, por ejemplo, abre y cierra, mecánicamente. Pone aquí, allá, sin sentir nada especial por esta camiseta, por una corbata, por las medias. Y éstas, a su vez, saben que no tienen ninguna relación con aquélla. Les es indiferente. Pero, viéndolo de otro modo, la doméstica es una suerte de transgresora. Penetra en un mundo secreto, único, que no está hecho para lo público. Un universo privado, con olores particulares, con parte del carácter de quien es su poseedor. Hay, entonces, una especie de forzamiento del extraño frente a las ropas diversas. Porque, además, las cosas son parte, aunque no esencial, de ese otro al que ellas se han habituado. Puede ser un agregado de su personalidad. Abrigo de su desnudez. Elementos de lo superficial.

Cuando uno, pongamos por caso, se va de viaje y deja a alguien cuidando sus cosas, éstas pueden vivir momentos de inquietud. Se pueden sentir tratadas con desdén o con despreocupación. Las maneras de tocar, descolgar un bluyín, sacar una toalla, abrir un cajoncito para extraer un objeto, son diferentes a las del que el mundo de la propiedad denomina el dueño. Además, el presunto cuidador puede abrir su curiosidad y registrar. Puede especular acerca de la ropa interior, de los cuellos de las camisas, y, por qué no, tener ansias de revisarlo todo, encontrar una vieja carta, mirar álbumes fotográficos, formarse opiniones según las pertenencias, probarse alguna vestimenta. Y las cosas nada pueden hacer. Están a merced de lo con ellas quieran hacer o decir.

Anoche, recordé a algunas damas que en casa cumplieron su labor de ayuda doméstica. Marta la Negra, se llevó una cámara fotográfica. Cristina, la ojiverde, alzó con desodorantes y con una colección de discos de música tropical. Irene, una muchacha de cara inocente, se enamoró de una chaqueta que jamás volví a ver. Lucía se encarteraba los jabones de olor. Ninguna se llevó libros, ni tampoco ninguna grabación de música clásica. Una vez, cuando mi residencia era otra, una visita de ladrones, que se hurtaron pasaporte, relojes, lociones, equipo de sonido, televisor, computador, olla arrocera con arroz incluido, dejaron intactos los libros, las pinturas y la música. Qué incultos.

No sé por qué, mientras me volvía ropa, zapatos, cofres, ganchos, me acordé de Proust, tal vez el mejor descriptor de cosas que haya leído jamás. Para él, cada objeto, una lámpara, una vajilla, una linterna, en fin, tienen una relación clave y sentimental con el hombre. Y a su vez, memoré un poema de Borges, que durante mucho tiempo tuve enmarcado en un cuadrito en el patio de atrás: “… / ¡Cuántas cosas, / láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas! / Durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido”.

Anoche fui camisa y pantaloncillos; zapatos y medias; perfumes y sábanas, y supe de la intimidad que esas cosas sienten, y de su pasividad impasible, como a la espera de que su “dueño” las tome y las saque de su encierro de escaparate para tener relación con el mundo y con la luz.

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