jueves, 16 de enero de 2014

Bala Suelta

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hola Anita:

¿Cómo estás mi querida? Hace rato venís reclamando que no me comunico con vos como debiera y tenés razón; a veces es como si me enchufara y creo que un día de setenta y seis horas me resultaría tan corto como los normales de veinticuatro.



Pero hoy me pasó algo y quiero contártelo porque te recordé mucho a partir de algunas situaciones padecidas, ¡creí morirme, hermana! ¿Te acordás que siempre me dijiste que te sorprendía que no conociera el miedo? ¿Y te acordás que te respondía que justamente no me estabas halagando con ese pensamiento, sino todo lo contrario? Claro, porque la ausencia de registro del miedo no deja de mencionar, subrepticiamente, un alto sentido de irresponsabilidad y se ve que eso es, justamente, mi característica central.

Bueno, hoy puedo asegurarte que lo sentí en serio. Sí, sí, aunque te parezca mentira, creéme, me asusté mucho. No duró tanto tiempo pero, además de parecerme que giraba en un siglo, comprendí que es cierto eso de que el miedo paraliza, idiotiza, te hace poner la piel de gallina, te llena la cabeza de preguntas a la vez que te imposibilita razonar. ¡Supieras qué mal me sentí! No se si por la sensación que me asaltó o por esa incapacidad momentánea de pensamiento.

Te cuento bien: hoy fue un día hermoso acá en la costa, aunque demasiado caluroso, daba la sensación de que te faltaba el aire por momentos.

Ya te había contado, cuando nos vimos, que en la otra cuadra de casa vive un milico que perteneció a fuerza aérea en aquella época en que los días parecían transcurrir bajo la égida de Hades.

Tipo desagradable si los hay…

Vive hablando de su pasado, de su capacitación nada menos que en los Estados Unidos donde lo ayudaron a crecer como persona, agrega, con un bajísimo concepto de lo que significa ser persona.

Yo lo llamo Bala Suelta, dado que es recurrente su deseo de seguir andando a balazo limpio por la vida. Te conté también que este pueblito entró en una especie de caos ya que no hay día en el que no te enteres de varios robos en viviendas ocupadas y en negocios. Realmente es preocupante pero ¡Vamos! Esa situación no omite tener en cuenta de cuántas formas se puede robar, cosa que también vemos. Y sabemos que siempre el proceso de putrefacción del pescado comienza por la cabeza.

El tipo anda con unas ganas locas de usar, luego de supuestos varios años de encajonamiento –o “almohadamiento” para decir la verdad- de su pistola THUNDER .380Super que todas las noches dice poner bajo su almohada esperando que se le meta algún ladrón en la casa, para darle un balazo “acá”, dice, poniendo su dedo índice entre ceja y ceja.

Continúa su monólogo del espanto asegurando que en el país hay que aplicar la pena de muerte, que si pidieran voluntarios para ejecutarla el sería el primero en enrolarse como voluntario para el trabajo. Luego, cuando habla de Pablo, ese jovencito que se me ocurrió de espuma y los pasos equivocados que está dando el muchacho, dice que la vida del pibe se resuelve con un pedacito así, de plomo.

El tipo me da asco, hoy cuando pasó como todas las mañanas yendo a hacer sus compras me saludó con su acostumbrado –buenos días, señora, ¿cómo amaneció?, tuve un ataque de ironía y le respondí –muy bien, con la conciencia tranquila, apostando a la vida como siempre.

Pero volviendo al tema del susto que te comentaba, sucedió en la noche, a eso de las nueve. Estaba de espaldas a la calle, ordenando todo para cerrar el local de ventas que me está ayudando a sostener la economía en este país donde uno ve como se dispara y nos preocupa pensar que podríamos volver a décadas pasadas. Cuando me di vuelta, casi a punto de cerrar la puerta, vi una imagen que puedo asegurarte me produjo un sobresalto como pocas veces sentí.

Estaba ahí mirándome, no, no… No era Bala Suelta, era otro que me pareció que tenía su mismo rostro, sus mismos ojos, su misma mirada y sus mismas muecas.

Ni bien lo vi, encontré a otros vestidos igual que el primero, con ese uniforme verde milico, pero no de los que uno sueña encontrar algún día en su tierra, sino con el otro. El color de los que nunca ayudarían a que se cumplan tus sueños sino todo lo contrario. Los de mano abortista de proyectos sanos, justos, equitativos.

Todos me miraban, eran como una escuadra impecablemente formada, unos un poco adelantados, a una distancia muy corta de los otros. Sus miradas me recorrían, los mismos ojos, el mismo gesto hostil, lo único que se me ocurrió pensar fue:

-¿Qué le pasa a éstos? ¿Qué hice? ¿Qué buscan? ¿Por qué me miran así?

Quedé en un estado de parálisis casi absoluto, sentí un sudor frío recorriéndome la espalda mientras los por qué, aparecían en mi cabecita imposibilitada para pensar otras preguntas.

Pude entender en toda su magnitud el sentido de la frase definitoria: el miedo paraliza. Tuve miedo, Anita, mucho miedo. Ellos, se dieron cuenta de mi terror, estoy segura.

Uno, tal vez el líder del grupo, dio un paso hacia adelante acercándose más a mi metro cincuenta, desde el piso hasta mi cabeza, contando los centímetros que tengo de pelo parado.

Inmediatamente y siguiendo la iniciativa del primero, los otros comenzaron a acercarse. Quería contarlos pero ni la secuencia me salía, uno, dos, cuatro, tres, hasta que logré ordenarla. ¡Eran ocho!

Los imaginé como un escuadrón paramilitar, mientras sus miradas parecían acribillarme, apuñalarme, como si quisieran extraerme las vísceras de a poco.

No obstante, tomé coraje, agarré la escoba sin dejar de mirarlos fijamente ya que no quería que ellos supieran que estaba muerta de miedo y ya sabés, yo siempre, hasta en las peores circunstancias, apuesto a la vida. No utilicé la fuerza porque creo que ya no la tenía. Simplemente barrí al primero hacia el cordón de la vereda. Luego al otro, de un escobazo barrí a cuatro juntos mientras los otros dos se alejaban hacia la casa de al lado.

Por supuesto, cuando logré espantarlos a todos, pensé qué cierto es, también aquello que habla del poder escapista de los cobardes.

Te juro, Ani, entré en casa y todavía temblaba. Cuando me fui calmando comprendí que seguramente lo que atrajo a ese manojo de sapos fue la luz del local.

Y eran tan parecidos, Ana, tan parecidos a Bala Suelta que cuando logré dormirme, muy tarde, bien entrada la madrugada, hasta soñé con ellos.

Y ya eran nueve.

Ilustración: “Milicos” obra de la artista visual argentina Beatriz Palmieri.

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