jueves, 30 de enero de 2014

Cine clásico: “El nacimiento de una nación”, de David Wark Griffith (Estados Unidos, 1915)

Joaquín Vallet

David Wark Griffith (1875-1948) es uno de los grandes pioneros del cine y es considerado el creador del lenguaje cinematográfico tal y como lo entendemos en la actualidad, debido a la instauración de elementos como el montaje simultáneo profundidad de campo (exponer diferentes niveles en un mismo encuadre; según su posicionamiento -más cerca o más lejos de la cámara- se dividirán en primeros términos, segundos, terceros, etc.), o la combinación de escenarios naturales con los interiores en estudios. Cabe decir que la gran mayoría de los recursos narrativos empleados por Griffith no aparecen por vez primera en sus obras. El montaje simultáneo, que se convertiría en una seña de identidad en su estilo desde que lo utilizara en The Lonely Villa (1909), tiene su origen en The Great Train Robbery (1903) dirigido por Edwin S. Porter; de igual manera, el cambio del tamaño de los encuadres en una misma unidad secuencial (pasar de plano general a planos más cortos) ya fue utilizado por el cineasta inglés George Albert Smith en su cortometraje de 1903 Mary Jean´s Mishaps. Aún así, el talento de Griffith consiste en otorgar verdadera entidad dramática a todos estos dispositivos. Apartarlos del constreñido estatismo en el que se hallaban y situarlos en su exacto lugar dentro de la incipiente sintaxis fílmica. Si hay algo de lo que Griffith es el auténtico creador, es del montaje narrativo (también denominado “invisible”), una combinación de los elementos previamente citados, cuya única finalidad es hacer avanzar la narración de manera estrictamente lógica, prestando especial atención a la continuidad de la acción. Los cimientos, en definitiva, sobre los que se sostienen las maneras cinematográficas y que se deben, enteramente, al cineasta. Desde su primer cortometraje como director, The Adventures of Dollie, fechado en 1908, Griffith construye unas estructuras rítmicas y expresivas profundamente personales que, asimismo, irá transformando convenientemente a lo largo de sus más de quinientas películas alcanzando, sin duda, uno de sus mayores logros con la realización en 1915 de El nacimiento de una nación.

De más de tres horas de duración, la película es una obra capital y representa el más apasionado paradigma de la épica en el cine. La influencia posterior del film es determinante. Su fusión entre la poética y el realismo será clave en el estilo de John Ford, quien debutará en el cine apenas dos años después. De igual manera, su idea del montaje condicionará a los cineastas soviéticos (con Eisenstein y Pudovkin a la cabeza) los cuales, a partir de la década siguiente, revolucionarán el concepto de la edición cinematográfica con la mirada puesta en los hallazgos de ésta película. El nacimiento de una nación se divide en tres grandes bloques de similar construcción. Su primera parte, expone la historia central de dos familias, los Cameron (sececionistas) y los Stoneman (unionistas) en los meses previos al estallido de la Guerra Civil.El segmento central, muestra la barbarie de la contienda (con notorio espíritu crítico) y el tercer bloque (el más extenso en duración) incide en la humillación del Sur y el triunfo del Ku Klux Klan. Las características del montaje alterno se repiten en las tres partes, constituyendo la base sobre la que se sostiene el film y lo que, en definitiva, le otorga su máximo valor. Hasta cuatro acciones simultáneas se desarrollan sin que ninguna prevalezca sobre la otra, llegando a su máximo nivel en el apoteósico final donde Griffith asienta, definitivamente, su idea del cine como espectáculo emotivo (el “rescate en el último minuto” que también llevaría a cabo en otras producciones como Las dos tormentas -1920- o Las dos huerfanitas -1921). Ello, en definitiva, es la constatación de la plena madurez de un estilo que tiene, asimismo, en el gusto por el detalle otra de sus características básicas. Son constantes los planos cortos en la película con el fin de subrayar emociones, no únicamente en lo que respecta al rostro de los actores sino, incluso, en partes de sus cuerpos (pies, manos) u objetos (el retrato de Elsie), sirviéndose de la manipulación del tiempo y el espacio de manera harto compleja (dilatando las acciones hasta el límite –el asedio final a la cabaña), aunque convenientemente revestido de una admirable sensación de sencillez y naturalidad que no hace más que ocultar a los ojos del espectador su complicado proceso de construcción. La línea que unifica toda la película, por tanto, se plantea mediante la decisiva importancia de los niveles emocionales, apartándose por completo de factores racionales. Un aspecto arraigado en la filmografía de Griffith desde sus inicios.

Pese a todo ello, El nacimiento de una nación, es una de las películas más controvertidas de toda la Historia del Cine. La película deviene una apología del racismo tan visceral que incluso en el período de filmación obtuvo serias críticas de varios sectores a favor de la igualdad, provocando que muy pocos actores negros quisieran intervenir en el rodaje (los papeles de peso que requerían intérpretes de color fueron incorporados por blancos convenientemente maquillados para la ocasión). El hecho de que Griffith fuera hijo de un soldado confederado puede, en parte, explicar el carácter que impregna la producción y su apasionada defensa de los métodos del Ku Klux Klan, organización que fue creada una vez finalizada la Guerra de Secesión por varios veteranos sudistas. Sin embargo, al igual que sucede con los documentales de Leni Riefenstahl, la soberanía cinematográfica acaba imponiéndose sobre su peligroso trasfondo ideológico. Y, en este caso, El nacimiento de una nación, no se debe entender como un panfleto racista, sino como la construcción de un modelo de sintaxis cinematográfica que ha marcado un punto y aparte en el transcurso del Séptimo Arte.



Fuente: http://www.artecreha.com/Miradas_de_cine/dw-griffith-qel-nacimiento-de-una-nacionq.html

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